El mundo clásico grecolatino–la literatura, el teatro, la historia–nos ha dejado muchos nombres de perros. No menos de treinta. Algunos son muy hermosos, como Actis (Rayo de Luz) o Thymos (Animoso) o Chará (Alegría). Otros son apropiados al carácter del cánido: Phonax (Sanguinario), Phylax (Guardián), Lochos (Vigilante), Lonche (Lanza), Bremón (Ladrador)…y así sucesivamente.

En cambio no nos consta nombre de ningún gato clásico. Debe haber alguna razón. 

Pienso que la clave es que el gato es inmanejable, mientras que el perro llega a obedecernos. De modo que damos nombre al perro para poder darle órdenes (por eso escogemos palabras bisílabas y contundentes). Al gato es menos urgente darle nombre porque intuimos que será inutil tratar de usar ese nombre para manejarle.

Es decir, damos nombre a las cosas o a las criaturas para ejercer poder sobre ellas. Quizá por eso, como nos dice Cunqueiro, los campesinos gallegos, siempre dan dos nombres a sus vacas. Un nombre es público, y se usa para llamarla. El otro es secreto; solo lo conoce su dueño y solo se usa en la tenebrosa intimidad del establo.

Mi amado labrador, ya muy viejito pero tan maravilloso como siempre, se llama Mao y jamás me refiero a él como “el perro”. 

Mi gato, no menos querido, también tiene nombre.

Pero cuando al amanecer maulla en la puerta, insistente, para que le deje entrar en casa, tras su largo paseo nocturno por la dehesa, yo se que quien vuelve es, simplemente “el gato”.

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