Hamna shida.

Me cruzo con José Manuel apenas ha amanecido, cuando inicio mi paseo con Mao por la dehesa. Hablamos un rato, comentando la actualidad con cierta tristeza resignada. Me dice, y tiene razón, que hay una verdadera pandemia de ansiedad en el mundo, una crisis colectiva de miedo y mal humor.

Le hablo entonces a José Manuel de los hazda,

–¿Los hazda?

Sí-le respondo-me refiero a esas tribus de cazadores y recolectores de Africa central que se consideran un eco vivo de la Humanidad más primitiva. Yo pasé un par de días con ellos, hace algunos años. Les acompañé cuando salían al alba a cazar palomas, que capturaban con un certero disparo de arco y luego cocinaban in situ, junto a un baobab, sobre una hoguera encendida con un palito y un puñado de hojarasca, para mi asombro, (yo simulaba que comía las tajadas que me iban dando, pero creo que ellos se daban cuenta de que iba dejando los pedacitos a mi espalda).

Durante aquellas dos jornadas de caza, me di cuenta de que aquellos hazda preferían no hablar mucho. Solo recuerdo que contestaban a mis gestos con un par de palabras. Siempre las mismas. Era algo que sonaba como “hamna shida”.

Mas tarde supe que “hamna shida” significa en su idioma “no hay problema”. Es algo así como la traducción al hazda del famoso lema swahili “hakuna matata”, popularizado por la película de Disney.

Los hazda pronuncian el “hamna shida” en toda clase de situaciones. 

¿No hemos conseguido cazar hoy? Hamna shida. 

¿Hay una bamba verde dentro de la choza? Hamna shida.

¿Hay un leopardo dando vueltas en torno al campamento? Hamna shida.

Ahora que ya empieza parecer claro que nuestra civilización ha seguido un camino en buena medida equivocado en su evolución secular, tal vez conviene echar una mirada atrás y aprender algo de estas gentes primitivas que, con todas sus limitaciones, parecen felices y capaces de aliviar las consecuencias de cualquier eventualidad, con la actitud del hamna shida.

No está a nuestro alcance, como individuos singulares, le digo a José Manuel, parar las guerras ni podemos por nosotros mismos evitar el deterioro del planeta. 

Pero sí podemos intentar no contribuir a esta espantosa pandemia de ansiedad que avanza por el mundo. 

Y podemos hacerlo practicando, pese todo lo que está lloviendo, la actitud hamma shida: el secreto de los maravillosos hazda.

Willy, Niki y Georgy.

Cristina Peri Rossi, en su discurso reciente en la ceremonia de entrega del Cervantes, pronunciado de forma vicaria por Cecilia Roth, ha evocado una famosa frase del as de la Luftwaffe Erich Hartmann (aunque la ha atribuido erróneamente a Neruda): 

“La guerra es eso en lo que se masacran unos hombres que no se conocen entre sí, en beneficio de otros hombres que sí se conocen perfectamente”

Esto, que es ciertísimo y de actualidad, me ha hecho recordar el bufonesco espectáculo de telegramas y ultimatums que, en las vísperas de la Gran Guerra, se intercambiaban los soberanos del Reino Unido, Alemania y Rusia, es decir, Jorge V, el Kaiser Guillermo II y el zar Nicolas II.

Estas tres cabezas coronadas ya lo creo que se conocían. Eran primos, y amigos entrañables desde la infancia. El Kaiser era nieto de la Reina Victoria de Inglaterra, lo que le convertía en primo hermano de Jorge V. A su vez, Jorge V y el Zar Nicolás también eran primos hermanos, pues Jorge V era hijo de Alejandra de Dinamarca, cuya hermana, Dagmar de Dinamarca, era la madre del zar Nicolas II.

Los tres primitos se conocían más que bien, confirmando con ello la aguda observación de Hartmann. Y de hecho, los tres se trataban con los hipocorísticos propios de sus tiernos juegos infantiles: Georgy, Willy y Niky.

Y el hecho es que cuando la Gran Guerra estaba a punto de empezar, Georgy le mandaba a Willy un telegrama, Willy le lanzaba un ultimatum a Niky y Niki se aliaba cordialmente con Georgy contra Willy. 

Al cabo, Niki se unía a Georgy y Willy le declaraba la guerra a Niki y a Georgy…

Y así, tras esos mensajes cordiales que Willy, Niki y Georgy intercambiaban, daba comienzo la carnicería continental que acabaría con decenas de millones de seres humanos, los cuales, como bien dice Hartmann, ni se conocían, ni eran parientes, ni mucho menos primos hermanos, como los entrañables Willy, Niki y Georgy.

Yuri Averbaj.

Casi a diario me llega la noticia de un adolescente o un niño que consigue el título de Gran Maestro de ajedrez, estableciendo un nuevo récord de precocidad.

Pero también debería ser noticia celebrada lo opuesto, es decir, la plusmarca de la mayor edad alcanzada por un GM. 

Esto exactamente es lo que ocurrió el pasado mes de Febrero, cuando Yuri Avervaj cumplió cien años.

Por desgracia, el sábado pasado falleció este GM ruso, gran divulgador de la teoría y magnífico publicista del ajedrez. Era un gran experto en finales pero no ha podido resolver este último final que se nos plantea a todos y que no hay manera de ganar.

En honor de este extraordinario finado, me permito reproducir el famoso «Estudio Saavedra», del que precisamente yo tuve primera noticia gracias al delicioso libro de Avervaj «Lecturas de Ajedrez» (colección Escaques, Martínez Roca).

La historia detrás de este estudio, que lleva el nombre de un sacerdote y destacado ajedrecista sevillano de densa biografía (que incluye el puesto de capellán en la cárcel de Glasgow y un viaje a Australia como misionero, en el siglo XIX), es apasionante, pero llevaría tiempo resumirla. Baste que nos centremos en el diagrama.

El asunto es que en esta posición, que se dió en una partida real, el blanco, al que le corresponde mover, puede ganar, pese al obstinado esfuerzo de la torre negra por marear al rey blanco y conseguir en última instancia un ahogado, tan pronto el peón corona dama. Frente a esta tenaz defensa, el abate descubrió la elegante maniobra ganadora que lleva su nombre, y que se ha incorporado por derecho propio al acervo universal de cultura ajedrecística, garantizando la victoria blanca en 12 jugadas.

Pero me he permitido consultar la posición en mi programa de ajedrez y he comprobado que el negro puede dilatar su agonía hasta las 34 jugadas (!), si, dejando coronar dama, realiza un movimiento que parece que se le pasó por alto a Saavedra y a los muchos expertos que comentaron el estudio. Incluido Avervaj, por supuesto.

En fin, ante este hallazgo y ante la noticia del tránsito a mejor vida del Gran Maestro ruso, siento la tópica tentación de decir que, en efecto, no somos nada, especialmente frente a los monstruos de silicio…

Pero quiero pensar que en el caso de los grandes ajedrecistas como Yuri Avervaj queda para siempre la profunda belleza de sus partidas y sus análisis. 

Una belleza que ninguna endiablada máquina podrá apreciar jamás. 

Supongo.

Bullshit of bullshits.

En una plataforma de televisión en streaming, está teniendo éxito un concurso televisivo un tanto especial. En esencia, es parecido a Quien Quiere Ser Millonario. Es decir, se plantean preguntas con posibles respuestas que los concursantes de un grupo tienen que ser rápidos en acertar.

Pero el matiz es importante. Aquí no solo se pasa de nivel acertando. Antes de saber si su respuesta es correcta, el concursante que la ofreció tendrá la oportunidad de justificar su decisión ante los otros participantes. Si consigue convencer, imaginativamente, a alguno de ellos, también pasa de nivel.

Es decir, en última instancia, puede ganar este concurso cultural un auténtico cafre, siempre que tenga la capacidad para tomar el pelo al prójimo.

Este concurso representa la normalización en el mundo del ocio televisivo de lo que ya es más que normal en la sociedad como un todo: estamos ante la esencia misma de lo que los anglosajones llaman “bullshit”.

Yo no se muy bien cómo traducir bullshit. Es un concepto que sintetiza dos nociones a las que en castellano nos referimos respectivamente como “parlotear sin sentido” y “tomar el pelo”. Yo lo traduciría como “vender humo”, que es una expresión de gran abolengo. La encontramos en Marcial, Apuleyo, Plauto o Erasmo, aunque más bien con el significado de traficar fraudulentamente con pretendidas influencias en poderosos («vendere nec vanus circa Palatia fumos» escribe Marcial en uno de sus epigramas, en el que fustiga a Fabiano por traficar con influencias. Y consta que un tal Trinus o Turino “vendía” a los incautos su presunta amistad con el Emperador, pero en cuanto este se enteró, hizo ejecutar al vendehumos asfixiándole…con humo; fumut pereat qui fumus vendit, perezca en humo quien humo vende, es el dicho que se acuñó desde entonces).

Sea como sea, el bullshit o el bullshitting (pues en el flexible idioma inglés existe el sustantivo y el verbo), parece ser algo que forma parte de la atmósfera que respiramos, junto con el oxígeno y el nitrógeno.

En todas partes (y como se ve, ahora también en los concursos televisivos), lo único que importa es la narración, el relato. 

Los hechos no son relevantes en ningún ámbito. La verdad tampoco.

Cuenta solo el cuento.

Los políticos viven de cambiar humo por votos y sus palabras no son más que infumables volutas de charlatanería vacía. 

Los fundadores de las flamantes start ups consiguen millones vendiendo con suma habilidad su humo tecnológico. 

La burocracia administrativa es venta de humo protocolizada. 

La publicidad es creatividad aplicada para convertir el humo en ventas (¡qué bonita la historia que cuenta Rabelais sobre el vendedor del humo del horno de pan al que el comprador paga con el sonido de una moneda!). 

Los hombres de ciencia se especializan en sofisticada venta de humo a fin de publicar una y otra vez sus “papers” y progresar en el escalafón científico. 

Las criptomonedas apenas son apenas algo más que humo, por más que se coticen a más precio que el oro. Quizá también es humo el dinero mismo. O va camino de serlo.

¿Y en el arte?…¡ah! en el arte contemporáneo, en el que ahora han irrumpido esos inconcebibles NFT, apenas ya parece haber otra cosa que venta de humo o incluso venta de nada, como esas asombrosas “esculturas invisibles” de Salvatore Garau, que se venden por decenas de miles de euros, siendo incluso menos que aire o polvo, esto es, no siendo nada.

Pero, no nos engañemos, la venta de humo no es cosa de nuestro tiempo.

Recordemos lo que nos advierte el Qohelet, esto es, que todo viene a ser μάταιος, todo es cosa vacía, cosa inútil y sin sentido…

Ese mataios de la Septuaginta se traduce en La Vulgata indebidamente como vanidad: «Vanitas, vanitatum, et omnia vanitas«, es lo que San Jerónimo pone en boca del Asambleista. Bueno, en realidad, lo que es erróneo o al menos equívoco, es la traducción al castellano del latín “vanitas” como “vanidad”.

Pero sería más exacto traducirlo como venta de humo.

Todo es venta de humo, todo es tomadura de pelo, todo es imperio del relato y hegemonía de los cuentistas.

Bullshit of bullshits, en suma.

La Carretera.

En la Antigua Roma, el aborto no fue nunca propiamente un crimen contra la vida. De hecho, hasta Caracalla, en el siglo III, ni siquiera era un delito. 

Los romanos pensaban que el feto era solo una spes animantis, es decir, una expectativa de alma, de vida humana. 

Papiniano deja dicho que el feto, técnicamente, no debería llamarse hombre (homo non recte dicitur). 

Sin embargo, el hecho de que el aborto no implicase problemas morales o de conciencia, no significaba que pudiese ser llevado a cabo libremente en Roma. Para los romanos, la esposa no podía privar libremente al marido de la descendencia. Hay pruebas de esto. Por ejemplo, sabemos que en tiempos de Marco Aurelio, un tal Rutilio Severo, después de haberse divorciado de su esposa encinta, pide protección jurídica para evitar que ella aborte. Y la consigue. Se obliga a la mujer a ser vigilada permanentemente por un guardián al que se denominaba con el significativo epíteto de “vigilante del vientre” (curator ventris).

Pero los curator ventris no resultaron remedio eficaz ni suficiente para detener la crisis de natalidad del siglo III. Así que con Septimio Severo se inició el proceso de criminalización del aborto. Ahora bien, ni siquiera con las nuevas leyes que castigaban el aborto con el exilio, se configuraba al aborto como transgresión moral. Era más bien algo relacionado con la violación de un derecho del varón, como cualquier otro. Nos lo deja claro Marciano: la pena a la mujer que aborta se aplica porque no debe ni puede “defraudar impunemente al marido de su derecho a la prole”…

Hablo de todo esto con Marta al hilo de las turbadoras noticias que llegan de los ámbitos judiciales de los Estados Unidos, donde parece que se va a retroceder medio siglo en lo relativo al derecho a la interrupción del embarazo. Y no solo eso. Según ciertas opiniones, incluso se va a limitar el acceso a los métodos anticonceptivos. Cuesta creerlo. Asombra el interés de los «neocons» por la natalidad y la familia, mientras sacralizan el libre mercado a ultranza, que acaba despojando de protección a esas mismas familias que dicen defender. ¿De qué extrañarse, si dicen defender a ultranza la vida pero apoyan las armas y la pena de muerte?

Marta me dice que tal como están las cosas en el mundo, el verdadero crimen tal vez no sea impedir el nacimiento, sino no hacerlo.

Entiendo esta idea hiperbólica pero comprensible, tal como van las cosas por el planeta. Sin embargo–le digo a Marta– yo creo que es exactamente todo lo contrario…

–¿Qué quieres decir?

–No se si sabré explicarme. Pero me gustaría referirme a una película que pude ver hace algo así como diez años. Se titulaba La Carretera y estaba basada en una novela de Cormac McCarthy. En ese film, un padre y su hijo de corta edad luchaban por la supervivencia en un mundo convertido en un infierno tras un gran cataclismo. Un mundo calcinado, sin animales, sin plantas, sin océanos, en el que solo habían sobrevivido algunas hordas errantes de humanos, convertidos en bestias egoistas y asesinas, devorándose unos a otros y en perpetua búsqueda de víveres entre los escombros de la civilización.

–¿Y bien?

–Pues que en ese atroz mundo post-apocalíptico que nos describe el film, la relación entre el padre, interpretado por Viggo Mortensen, y el niño, cuidándose y protegiéndose mutuamente, constituye un rayo de luz en medio de las inmensas tinieblas. Yo pienso que esa es la verdadera idea de la novela de McCarthy; en un mundo infernal, el amor de padres e hijos se convierte en lo único que resta de humanidad. Puede que ya no quede policía, ni justicia, ni orden público, ni Estado…pero queda el amor filial entre un padre y un hijo.

–Tiene gracia, empezamos hablando del derecho interrumpir el embarazo y has terminado haciendo un elogio de la paternidad.

–Suele ocurrir. Los asuntos morales son a menudo como una carretera. No pocas veces se puede transitar por ellos en direcciones opuestas. Y quizá se debe hacerlo.