Números.

Al parecer, la herramienta definitiva para erradicar la pandemia va a ser el control exhaustivo de los ciudadanos mediante sus teléfonos móviles.
Un amigo mío me dice, comentando esto, que vamos hacia una sociedad de control.
En realidad hace mucho tiempo que estamos en una sociedad de control.
Para empezar, recordemos que Gilles Delleuze, allá por 1990, mostraba que las sociedades de control comenzaban a sustituir a las “sociedades disciplinarias” (en la terminología de Foucault).
En las sociedades de control, nos decía Delleuze, lo esencial es la contraseña, “el número asociado al individuo, que permite o prohibe el acceso a la información“.
Delleuze, en modo absolutamente anticipatorio, pensaba–¡hace ya 30 años!–que “no es preciso apelar a la ficción científica para concebir un mecanismo de control capaz de proporcionar a cada instante la posición de un elemento en un medio abierto, ya sea un animal dentro de una reserva o un hombre en una empresa (collares electrónicos)“.
Delleuze y Guattari acertaban a concebir “una ciudad en la que cada uno podría salir de su apartamento, de su casa o de su barrio, gracias a su tarjeta electrónica, dividual, mediante la que podría ir levantando barreras; si bien podría haber días u horas en los que la tarjeta fuera rechazada…“. El hecho es que tres décadas después de que estas ideas se esbozasen, ya son el pan nuestro de cada día.
Para Delleuze, el componente de control permanente estaba ya a punto de impregnar todos los ámbitos sociales, desde la actividad policial o empresarial hasta la nueva medicina, “que localiza enfermos potenciales y grupos de riesgo y que en absoluto indica un progreso en la individuación, como a veces se dice, sino que sustituye el cuerpo individual por una materia “dividual” numérica que es preciso controlar“.
Pero el avance hacia la sociedad de control no es algo que tenga su punto de partida en aquellos años 90 del siglo XX en los que escribían Delleuze y Guattari, alertándonos sobre una sociedad en la que “la individualidad sería aniquilada y sustituida por “divuales” informatizados e informatizables desplazándose en un espacio virtual“. En realidad, la historia misma de la Sociedad es la historia del avance imparable del control del individuo por parte del sistema. Y, también, del mismo modo, la historia de las Revoluciones es en buena medida la historia de la rebeldía de los individuos frente al afán expansivo de los mecanismos sociales de control. Para confirmarlo, nos podemos fijar, por ejemplo, en los textos del Antiguo Testamento, que nos muestran la obsesión de los gobernantes por censar una y otra vez al pueblo elegido. Las motivaciones de aquellos censos eran variadas–desde lo militar a lo fiscal–pero el hecho es que las autoridades no paraban de contar súbditos hasta el punto de que incluso uno de los cinco libros del Pentateuco toma su titulo precisamente en relación a la obsesión de los que mandan por hacer…”números” y contar súbditos. Y no paraban de numerar pese a la comprobada antipatía que los pueblos semíticos sentían hacia esas medidas (consideraban que solo Dios, a través de sus sacerdotes, podría ordenar la labor de cuenta de los judíos y eso explica que el rey David sea terriblemente castigado por Yahvé por no haber respetado este principio). De hecho, la Torah prohibe que los judíos sean contados “directamente” y obliga a deliciosos subterfugios para poder hacerlo; por ejemplo cuando los ultra-ortodoxos judíos examinan el quorum de una asamblea, no van diciendo “uno, dos…” etc., sino “no uno, no dos…“, o bien cuentan los pies y luego dividen por dos…¿no es esto genial? Pues la clave es el rechazo tradicional judío hacia los censos.
Por lo tanto, la Historia y la Historia del pensamiento (hasta la Historia de las religiones), sugieren que el avance hacia la sociedad de control es imparable, si no es que ya estamos en ella metidos hasta el cuello.
La malhadada pandemia, combinada con la ubicuidad de los smartphones y las redes sociales, permitirá tan solo al poder dar el paso final de esa caminata milenaria.
Solo cabe confiar (más bien soñar) en que la ciudadanía despierte en algún momento y comprenda que una vez instaurado, en el ámbido de la salud pública, el control personal mediante los móviles e internet, solo será cuestión de tiempo que ese control permanente se extienda hacia otras muchas esferas como la seguridad, la medicina, los seguros, la vida laboral, la enseñanza, el deporte y cualquier otro campo en el que al sistema le interese meter las narices en la vida del individuo.
Estamos en la cuenta atrás para detener ese paso final para evitar convertirnos en…números.

Una oración de Rumiz.

Al igual que no se debe hablar si no es para mejorar el silencio, no procede publicar nada si lo que se va a escribir no mejora lo que se acaba de leer.
Y yo acabo de leer esta mañana una deliciosa oración laica que ha escrito Paolo Rumiz, pensando en estos tiempos de tribulación. No me he resistido a traducirla y me parece que no escribiré ninguna otra cosa en el día de hoy. Simplemente porque no seré capaz de escribir algo que mejore lo que a continuación transcribo.

Librémonos

De la loca carrera que te atrapa y de creer que el tiempo
es dinero solamente; de la codicia de lo superfluo;
de la tiranía de las cosas, que nos aleja del Hombre;
del espejismo de pensar que poseer es ser feliz.

de la indiferencia hacia el árbol, las flores o la lagartija, de creer
que la tierra madre es una vaca a la que ordeñar hasta vaciarla
de la manipulación de la naturaleza y de la ingenuidad de pensar
que el genio, una vez perturbado, podrá quedarse en la lámpara

de la inflación indecente del Yo, de olvidarnos que existe
también el Nosotros y que sin él no existe país ni nación
de la la tentación de cambiar libertad por seguridad,
del instinto brutal de quien se toma la justicia por su m
ano

de la tentación de ser súbditos y doblar la espalda
de la resignación que impide la lucha; del miedo
a imaginar lo que es posible; de temer el fin del mundo
mas bien que ansiar el fin del consumismo y del saqueo

de la Bestia que se lanza contra el distinto
del miedo de responder al violento con palabras duras;
del gritar “asesinos” a los médicos para luego
aplaudirles como héroes; del abuso de la palabra “guerra”
que nos hace creer que el mal nos llega siempre por los otros

de la tentación de creer que solos es mejor y que Europa
es más bien una rémora, no unas manos que se juntan
del desamor por la patria y la fuga a paraísos artificiales,
de descargar el desastre otra vez sobre espaldas de mujeres

de la blasfemia de usar a Dios para absolver y santificar el latrocinio;
de la tentación de usar la Cruz contra los cristos infelices
de pensar que no estamos todos en la misma patera
y de la presunción de creer que no seremos nunca pobres o migrantes

de callar ante la muerte, juzgándola indecente
del desprecio por las manos arrugadas y la frente con sudor
de ignorar a quien, callado, nos provee del alimento
de la falta de respeto hacia quien sirve a lo público
ya se trate de un maestro o un basurero

de la sumisión a lo virtual que oculta la vida y roba
el gozo del encuentro; de la impaciencia que ni escucha ni tolera;
del estruendo que aturde y mata el regalo del silencio
que es el padre de la armonía y la creación

de la renuncia a darle tiempo a los hijos y a educarles
con ejemplos, dignidad y buenas narraciones;
de la marginación de los viejos, guardianes del pasado,
de la explotación de los jóvenes y el desprecio a quien los forma

de negar que somos frágiles y negar los propios límites
que nos harían sabios de aceptarlos
de no darle valor a lo sutil y a lo pequeño
de creer que la felicidad es un derecho,
siendo así que sonreir es el deber
que tenemos hacia el Mundo
.

Una fábula de Gracián.

No suelo publicar en este blog textos que no sean los que a duras penas van floreciendo en los remotos baldíos de mi pobre caletre. No viene a cuento llenar el ya rebosante ciberespacio con palabras o ideas que cada cual ya habrá encontrado, o acaso lo haga algún día, en los estantes de su biblioteca.
Pero anoche, releyendo en la cama al inmenso Gracián, me di de bruces con un texto que es un prodigio de expresividad e ingenio. Hay tanto talento y competencia expresiva en esas líneas que no puedo desear sino compartirlas con mis lectores, que son pocos pero selectos, como solía decir un jesuita al que no podré olvidar, cuando veía la poco nutrida la asistencia a sus clases.
Solo Quevedo o Borges están a la altura de este otro jesuita aragonés y universal (su Arte de la Prudencia se sigue vendiendo como un best seller en todo el mundo, año tras año). Es que no hay mejor castellano que el de ese trío de ases. Por lo tanto, y sin que sirva de precedente, aquí va el fragmento de la Crisi Cuarta de el Criticón.

—Y aun por eso —dijo Critilo— la próvida naturaleza privó a los hombres de las armas naturales y como a gente sospechosa los desarmó: no se fió de su malicia. Y si esto no hubiera prevenido, ¡qué fuera de su crueldad! Ya hubieran acabado con todo. Aunque no les faltan otras armas mucho más terribles y sangrientas que ésas, porque tienen una lengua más afilada que las navajas de los leones, con que desgarran las personas y despedazan las honras; tienen una mala intención más torcida que los cuernos de un toro y que hiere más a ciegas; tienen unas entrañas más dañadas que las víboras, un aliento venenoso más que el de los dragones, unos ojos invidiosos y malévolos más que los del basilisco, unos dientes que clavan más que los colmillos de un jabalí y que los dientes de un perro, unas narices fisgonas (encubridoras de su irrisión) que exceden a las trompas de los elefantes. De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas que se hallan repartidas entre las fieras, y así, él ofende más que todas. Y, porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material y perecedera, pero entre los hombres hay muchos más y mayores: y a de perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones, hurtos, homicidios, adulterios, invidias, injurias, detracciones y falsedades que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: a todos excede en fiereza. Y así dicen por cosa cierta, y yo la creo, que habiendo condenado en una república un insigne malhechor a cierto número de tormento muy conforme a sus delitos (que fue sepultarle vivo en una profunda hoya llena de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos, tapando muy bien la boca porque pereciese sin compasión ni remedio), acertó a pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz castigo, y sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuese llegando compasivo y, movido de sus plegarias, fue apartando la losa que cubría la cueva: al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada ligereza, y cuando el temeroso pasajero creyó ser depedazado, vio que mansamente se le ponía a lamer las manos, que fue más que besárselas. Saltó tras él la serpiente, y cuando la temió enroscada entre sus pies, vio que los adoraba; lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las gracias de haberles hecho una tan buena obra como era librarles de tan mala compañía cual la de un hombre ruin, y añadieron que en pago de tanto beneficio le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese, si no quería perecer allí a manos de su fiereza; y al mismo instante echaron todos ellos a huir, unos volando, otros corriendo. Estábase tan inmoble el pasajero cuan espantado, cuando salió el último el hombre, el cual, concibiendo que su bienhechor llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle la vida para robarle la hacienda, que éste fue el galardón del beneficio. Juzga tú ahora cuáles son los crueles, los hombres o las fieras.”

Chi può metta…

Me pregunta un sufrido lector por qué escribí el otro día que la pandemia nos está haciendo a todos matemáticos comunistas.
Lo de “mátemáticos” es muy obvio: todo el mundo anda dando vueltas a esa dichosa curva que representa gráficamente el progreso de la mortalidad, ya sea en escala proporcional o logarítmica, y quien más quien menos va analizando el progreso de la epidemia no ya en términos de aumento de muertos, sino de evolución del incremento de las víctimas con respecto al día anterior, que no es otra cosa sino hablar de derivadas…
Lo de “comunistas“, tampoco requiere muchas explicaciones. Todos reclaman ahora que el Estado se vuelque en solventar el problema. Y que se subordine cualquier interés, libertad o derecho civil al supremo bien de la comunidad, debidamente interpretado por la autoridad competente. Este nuevo e inesperado Zeitgeist totalizante, se sintetiza a las mil maravillas en la espléndida foto que he visto esta mañana en Repubblica. Es una deliciosa formulación napolitana (aunque parece que ha nacido en Toscana) del famoso dictum de la Kritik des Gothaer Programms. Exacto. “Chi può metta, chi non può prenda“. Es la deliciosa versión italiana y callejera de ese aforismo del viejo barbudo que debía definir la fase superior de la sociedad comunista, aquella en la que el trabajo dejaría de ser una medio necesario para sobrevivir y se convertiría mas bien en una necesidad para hacer mas digna la vida. ¡Claro que sí!… Jeder nach seinen Fähigkeiten, jedem nach seinen Bedürfnissen!…todo un programa político muy actual…en la cestita de mimbre de la calleja napolitana.
Matemáticos y comunistas. Pues eso. “Quien pueda, ponga. El que no, coja.”

Vibrisas

Cuando vemos fotos de la criatura que impropiamente llamamos nuestro gato (no tiene ningún sentido decir “nuestro“, porque tratándose de gatos a lo sumo correspondería decir que nosotros somos “suyos“) nos asombra comprobar cómo esos largos bigotitos se proyectan hacia delante unos buenos centímetros.
En realidad no son propiamente bigotes, sino vibrisas, que es así como en buen español deberíamos llamar a esos veinticuatro pelillos táctiles de los gatos a modo de bigotes. Vibrisas es palabra con mucha raigambre, derivada del bajo latín vibrissae, connotando la capacidad de vibrar.
Existe una razón para que las vibrisas de Maquiavelo sean largas y proyectadas hacia delante. Los gatos tienen una fabulosa vista de lejos, pero están sorprendentemente incapacitados para enfocar la mirada en los objetos cercanos. Para eso necesitan las vibrisas, que les permiten detectar lo que está justo delante con una precisión asombrosa. Y no solo lo que está delante, porque las vibrisas les ofrecen también información sobre los más mínimos movimientos que se produzcan en torno a ellos. Tienen una sensibilidad inimaginable. Se ha comprobado que incluso pueden detectar las vibraciones producidas por imperceptibles movimientos de tierra.
Hoy me he quedado reflexionando al ver las vibrisas de Maquiavelo, en el jardín. Me sugieren que en la vida, tal vez lo más difícil es combinar la capacidad para ver lo distante y lo lejano, lo futuro y lo presente, lo profundo y lo superficial.
Todos necesitaríamos unas buenas vibrisas como las de Maquiavello. Para ver y apreciar mejor lo que tenemos al lado.
Lo que tenemos aquí y ahora.

Tras la cuarentena.

Se habían conocido en internet, en uno de esos sitios, durante los largos días de confinamiento. Este era el emocionante primer encuentro personal que iban a tener. Se habían citado el atardecer anterior, el último de la cuarentena, en la estación de Chamartín.
Cuando él llega, ella ya le espera, al fondo del andén. Oh, sí, es ella, inconfundible. Bella y esbelta como en las fotos que se intercambiaron por email…¡Y le ha reconocido! A duras penas sale de su fascinación y su parálisis…Tal vez a ella le ocurre lo mismo. Camina
titubeando hacia ella. Se paran los dos a unos metros.
Comprende él que ahora ya no puede continuar el engaño. Una mujer tan bella no lo merece. Como respuesta a un impulso interior se lleva la mano a la cabeza con energía y retira de un golpe su peluca rubia, mostrando su calva contundente, total…Ella observa el espectáculo frente a él, sin reaccionar, mirándolo fijamente. Ahora es ella la que está sintiendo un impulso similar. Sin dejar de mirarlo fijamente, como quien acepta un desafío, se agacha para quitarse los tacones colosales que lleva, que aumentaban su estatura en más de un palmo.
Ahora es el turno de él. ¡Fuera la chaqueta con hombreras reforzadas que le hacían parecer un campeón de atletismo! Ella, a su vez, se está quitando las lentillas azules, para dejar ver el color marrón natural de sus ojos.
Ambos son como estatuas en medio del andén. Se miran. Ven cómo son de verdad. Nada de pelo rubio. Nada de ojos azules. Nada de aire atlético o figura esbelta.
Ahora caminan el uno hacia el otro. Se han juntado. Se están besando. Se han unido en un intenso, silencioso, interminable abrazo…mientras otro tren llega lentamente al andén.

Lustris labentibus aetas.

Cuando una persona normal comprueba que ha metido la pata, suele reconocer que ha metido la pata (no siempre). Pero cuando es un preboste o prebostillo el que la mete, y lo hace en público, lo que suele decir es que ha sido un lapsus.
En realidad, esta muletilla del lapsus empeora mucho las cosas.
Porque lapsus solo puede entenderse en dos sentidos.
El primer sentido es el que recoge tradicionalmente el diccionario, es decir, lapsus es una equivocación involuntaria, al hablar o al escribir, cometida por descuido en la escritura (lapsus calami) o bien en la pronunciación (lapsus linguae). Este sentido nos remonta hasta el vergo griego βλαβομαι, con el significado de hacerse daño por una caída, tropiezo o desliz. Tenemos herederos en español de ese interesante verbo griego, a través, claro, del latín, como es el caso de nuestro “lábil“, por ejemplo, que denota algo escurridizo o que se desliza fácilmente. Y, obviamente el ascendente directo de nuestro abusado lapsus es el participio pasivo del verbo latino labo, que, como era de esperar, tiene, entre otros significados, el de caer o deslizarse. Virgilio, por ejemplo, usa así este verbo en la Eneida, en una bella metáfora que alude a la forma en la que los años se van deslizando, tambaleándose y desfalleciendo, debido al inexorable paso del tiempo: lustris labentibus aetas…
El segundo sentido de lapsus es el que se deriva de la teoría psicoanalítica, es decir, un lapsus viene a ser un acto fallido que revela lo que nuestro subconsciente realmente siente, y por lo tanto lo que en realidad queremos, sentimos o pensamos, mas allá de lo que alcanzamos a decir o aparentar.
Aplicar el primero de los anteriores sentidos a las grandes meteduras de pata de los prebostes en sus discursos o ruedas de prensa, (como ha ocurrido recientemente en un sonado caso protagonizado por ponente adornado de imponentes entorchados) es muy injusto con el congruo sentido de las palabras. Esas meteduras de pata que el infeliz orador o ponente se apresura a calificar como lapsus no son casi nunca errores de dicción, sino simple y llanamente inconveniencias. Inconveniencias correctamente expresadas. Vulgo meteduras de pata. No lapsus.
Aplicar el segundo sentido de lapsus, es decir, acto fallido, es aún peor, porque revela que una cosa es lo que tiende a decir el preboste y otra cosa es lo que de verdad piensa. Hablar de lapsus en estos casos viene a ser dejar claro que hay doblez, ocultación o hipocresía en el sujeto.
En fin, que en cualquiera de las dos posibles acepciones que consideremos, calificar una metedura de pata como un lapsus, sería solo correcto en un forzado y estricto sentido etimológico, es decir, aludiendo al mencionado verbo latino labo para expresar un cierto desfallecimiento de la razón, un tambaleo de la lógica, un deslizamiento fatal hacia aquello que no es oportuno decir.
Fuera de este sutil sentido filológico, que me extrañaría en nuestros ignaros prebostillos, llamar lapsus a lo que se está viendo que es una simple metedura de pata es echar albarda sobre albarda y añadir una segunda y esclarecedora metedura de pata que se acumula a aquella previa que se pretende excusar. Aún siendo así, creo que seguiremos viendo este vicio y esta torpe muletilla de los prebostes cada vez que incurran en inconveniencia. Lo seguirán haciendo por los siglos de los siglos…lustris labentibus aetas, que diría el laureado vate mantuano.

A propósito de nada.

Le digo a Marta que estoy leyendo el recientemente aparecido libro de memorias de Woody Allen , y que me está encantando. Es brillante, ameno, hilarante, enriquecedor…
Marta me mira extañada y me dice que es cuestionable que me guste tanto lo que escribe ese monstruo de depravación, ese tipejo que ha incurrido en el horror de molestar a una de sus hijas y seducir a una hija de su pareja.
Pues no sé. Para empezar, creo que es perfectamente posible admirar una obra artística (o en general cualquier creación intelectual del hombre) haciendo abstracción de los valores morales que pueda o no lucir su autor.
La admiración por el edificio sede de Naciones Unidas en Nueva York, por ejemplo, no tiene por qué verse afectada por saber que el arquitecto que la diseñó fue un fascista redomado que no dudó en aceptar el encargo de rehacer el barrio judío de Marsella, al servicio de Vichy, tan pronto los nazis se llevaron de allá a los hebreos hacia la muerte en los crematorios. Es solo el primer caso que se me ha venido a la cabeza.
En literatura (o cine, o en música) la cuestión es aún más clara. Porque cuando el autor introduce el elemento moral en su obra artística literaria, musical o cinematográfica, eso suele ser garantía de una creación mediocre o decididamente mala. El arte no es moral ni inmoral. Es simplemente arte. O a lo sumo es moral, porque con independencia de los vicios o virtudes del autor, el arte suele hacernos mejores.
Por eso, yo no entro en juzgar si son o no ciertas las terribles acusaciones que se han hecho contra Allen. Al extremo, me permito ponerlas en cuestión (de hecho en Apropos of Nothing aparecen nuevos argumentos muy sólidos para hacerlo). Hay algo que no encaja si alguien que es tan incapaz de controlar sus impulsos como para incurrir en la abominación de hacerlo con sus propios hijos, no lo haya perpetrado también en otros casos, lo que sin duda habría hecho aparecer otras muchas acusaciones, especialmente tratándose de una personalidad; lo que no ha ocurrido.
Da lo mismo. Lo que rechazo, con toda convicción, es la persecución inquisitorial contra las obras de un artista genial. Hachette se ha negado a publicar las memorias de Woody Allen, pero no ha dudado en convertir en un bestseller la autobiografía de Joey the Hitman, un asesino mafioso de la peor especie. Algo va muy mal cuando pasa esto. Y hay que comprenderlo en clave de hipocresía, neopuritanismo y estrategias puramente comerciales.
Déjame evocar algunos nombres a vuela pluma.
Baudelaire era un putero y un colgado de las drogas. Jardiel era un narcisista donjuan, implacable seductor serial que no dudaba en destrozar emocionalmente a sus víctimas, algo parecido a lo que hacía Lope de Vega. Cervantes, que tuvo no pocos y variados problemas con la justicia, fue rescatado de Argel con dinero del prostíbulo que tenían montado sus dos bellas hermanas y al parecer siguió beneficiándose del fructífero negocio una vez devuelto a España. Cela fue censor al servicio del franquismo. César González Ruano era una hiena que ofrecía ayuda a los judíos que huían de los nazis para delatarlos después a la Gestapo y hacerse con su patrimonio. Frank Capra era un chivato al servicio del FBI. Miguel Angel era un ávaro sin piedad. Caravaggio cometió algún asesinato que otro. Apollinaire era cleptómano sin remedio. Picasso maltrataba a sus incontables mujeres. Rodín martirizaba sin piedad a sus joven amante. Ezra Pound era un fascista declarado. Quevedo era perseguidor de judíos e informador del Santo Oficio. Céline fue un perverso colaboracionista con los nazis. T.S.Elliott fue un furibundo antisemita, al igual que Chesterton o Virginia Wolf. Chateaubriand era asquerosamente racista. Dostoievsky fue un ludópata empedernido y un experto en sablazos que jamás devolvía. Gauguin era racista y seguramente abusó de menores en Polinesia. Rimbaud fue (un tiempo corto) tratante de esclavos, y a él casi lo asesina con un disparo que debió ser mortal su despechado amante Verlaine. Nabokov fue posiblemente un pederasta (acaso tan solo un pederasta frustrado) al igual que Lewis Carroll. Y la lista sería interminable.
Todo eso que se dice de ellos es cierto. Pero nada de eso puede poner en cuestión las obras que crearon. Nada de eso pone en cuestión a Las Flores del Mal. O a Eloísa está debajo de un Almendro. O a Fuentevejuna. O a El Quijote. O a La Familia de Pascual Duarte. O a Ni César ni Nada. O a Mr. Smith Goes to Washington. O a la Capilla Sixtina. O al Martirio de San Andrés. O a las Tetas de Tiresias. O a La Mujer de Azul. O a ese sublime Beso en mármol, que el escultor hizo nacer inspirándose en la tragedia del romance de Paula y Francesco (canto V). O a Cathay. O al Buscón. O al Viaje al Fin de la Noche. O a La Tierra Baldía. O al Hombre que fue Jueves. O a la Señora Dalloway. O al Genio del Cristianismo. O a las Memorias del Subsuelo. O a Mata Mua. O A Una Temporada en el Infierno. O a Fiestas Galantes. O a Ada o el Ardor. O a Alicia.
En fin, los ejemplos de obras maestras creadas por autores cuya moralidad se podría poner, si queremos, en cuestión son tantos y tan notables que a uno le sobreviene el muy turbador pensamiento sobre la posible incompatibilidad entre la altura moral y el proceso creativo…Prefiero no pensarlo.

Germs and Germans.

La Historia enseña que las pandemias son más decisivas en relación con las grandes transformaciones sociales que ningún otro factor. El casi milenario sistema feudal europeo se derrumbó como un castillo de naipes a consecuencia los cambios sociodemográficos producidos por la peste bubónica de mediados del siglo XIV. El Imperio Azteca no quebró tanto por el puñado de hombres que llevó Cortés a Mexico como por el virus de la viruela que viajó con ellos. Y, desde luego–quizá el más claro de los ejemplos–el milenario imperio romano no fue tan dañado por la expansión de los hombres del norte como por aquellas pandemias sucesivas que empezaron con la primera peste Antonina del 169 d.c, prosiguieron en 249. d.c con la segunda de estas pandemias, y alcanzaron su climax con la terrible plaga de Justiniano, en el 541.d.c.
La magnitud de esas sucesivas catastrofes biológicas, que en conjunto se llevaron la vida de decenas de millones de ciudadanos romanos, no es comparable ni siquiera con la más sangrienta derrota de las legiones, esto es, la que tuvo lugar en Adrianopolis, a manos de los germanos, en la que perecieron no más de veinte mil imperiales.
Conviene pues evocar las palabras de Kyle Harper, el historiador que ha cambiado recientemente la visión tradicional sobre la caída de Roma, vinculándola más que a las invasiones al clima y a las pestes (en la línea de lo que ya Jared Diamond apuntó mucho antes). “Germs are far deadlier than Germans“, escribió con verbal ingenió Harper.
Podríamos decir algo parecido referido a nuestros tiempos, aludiendo a los virus y a la expansión económica china de las últimas décadas. Sería igual de exacto, aunque no sonase igual de bien.

Números.

El gobierno opresor de Madrid ha enviado cierta cantidad de mascarillas a Cataluña, y los prebostillos periféricos se han alzado como un solo hombre, ofendidísimos porque consideran que ese contingente de productos sanitarios contiene un mensaje oculto para fastidiarles, ya que sin duda el numeral del envío evoca, con muy mala idea, la derrota que en cierta fecha, funesta para ellos, sufrieron los partidarios de los habsburgo frente a los partidarios de los borbones.
Mucha gente se ha extrañado de esta susceptibilidad un tanto esotérica que han mostrado los prebostillos autonómicos y la consideran exagerada. Pero eso es porque se desconoce que Cataluña es, en buena medida, la cuna y crisol de la Cabala, ese saber místico judío que atribuye, entre otras cosas, profundos significados a los números, relacionándolos con palabras o conceptos.
Es imperdonable que quienes han preparado el contingente de mascarillas no tengan conocimientos, siquiera elementales, de la conexión entre la Cabala y Cataluña. ¡Hombre, cómo es posible!
Yo desde aquí quiero recordar y divulgar a los cuatro vientos que Cataluña y lo Cabalístico son una misma cosa, como sugiere la Historia, y como prueban los acontecimientos políticos recientes, para que así no vuelvan a perpetrar las empresas de mensajeria, los camioneros o quien sea, un despropósito y un descuido semejante. No por favor.
Quiero que se sepa, por ejemplo, que uno de los mayores cabalistas actuales, Shev Ben Halevi, ha declarado en varias ocasiones que Cataluña, y especialmente el barrio judío de Gerona, es la verdadera cuna mundial de la Cabala.
El Zohar, el libro que se considera como el más importante de la cabalística judía, fue obra de un leonés (vaya por dios) pero no es menos cierto que a la altura de ese autor mesetario y sin duda intelectualmente opresor, Mosé Ben Sem Tob, hay que situar a su contemporáneo y en cierto modo rival, el gran gerundés Rambán. ¡He dicho gerundés! De Gerona ¿te has dado cuenta? Y qué podríamos decir del legendario rabino de Barcelona, Sholom Ben Adret, o de su predecesor, el rabino Isaac Sagi Nehor, al que el recientemente fallecido Harold Bloom elogió apasionadamente en una célebre conferencia en Barcelona sobre judaismo en Cataluña.
Siendo esto así ¿cómo extrañarse de que los números tengan un significado especial para los prebostes catalanes, tan cabalísticos ellos? Un poco de por favor…Y que los que mandan en la capital del Estado se aseguren de mandar los nuevos contingentes con unidades en números redondos, que se yo, un millón, millón y medio, y así. Aunque, por si acaso, voy a consultar este punto en algún manual de gematría para asegurarme de que no se vuelve a meter de nuevo la pata. Hay que andarse con ojo en estas cosas. Si no te fijas en los números, te acaban montando el numerito.