El alejamiento de la Luna.

Mientras desayuno, muy temprano, leo en un digital la feliz noticia del inminente estreno de  Luca, una nueva obra de animación de Casarosa. Esto me alegra, y me evoca el primer trabajo de este creador italiano, aquel inolvidable corto “Luna”. 

Saco a Mao recordando aquellas primeras escenas de los pescadores, padre, niño y abuelo, en medio del mar, en plena noche, levantando una escalera para llegar desde la barca a la luna que está emergiendo en el horizonte.

Aquella escena inicial de la barca y la escalera de “Luna” para llegar al satélite, me lleva a su vez al recuerdo un cuentecito de otro italiano admirable, Italo Calvino. 

En su narración, Calvino parte de un hecho científico, que en su día divulgó por primera vez el hijo de Darwin, catedrático de astronomía, a quien el propio Calvino menciona en las primeras líneas. Se trata del fenómeno constatado del alejamiento de la Luna.

En su fábula, Calvino imputa ese alejamiento a las tribulaciones de los pescadores encargados de mantener al satélite en su sitio, con ayuda de escalera y cuerdas. 

Pero en la cruda realidad no literaria, el alejamiento, como George Darwin demostró, es real y tiene causas físicas.

Cada vez que la Luna se sitúa justo sobre un océano, atrae la gran masa de agua, pero al hacerlo, reduce un poco la velocidad de rotación de la Tierra. En un sistema rotacional acoplado, si reducimos la velocidad de rotación de uno de los dos componentes, eso necesariamente influye sobre el otro, haciendo que la distancia entre ambos aumente, a fin de garantizar el mantenimiento del momento angular total. El resultado, en el caso que nos ocupa, es un alejamiento de la Luna respecto a la Tierra de unos 4 centímetros al año, por culpa de las mareas.

Mao se ha parado un buen rato olisqueando unos hinojos. Y yo pienso si ese alejamiento de la Luna respecto a la Tierra no será un trasunto del destino que parece tener el enamoramiento. Dos seres acoplados se atraen y giran graciosamente en el espacio y el tiempo. Pero esa atracción ralentiza, como un castigo divino, la rotación de esos cuerpos. Por efecto de alguna inflexible ley cósmica, los dos seres antes unidos acaban un día separándose, girando cada uno por su lado, en la negrura de los abismos del Universo.

Mao parece que ya quiere volver a casa. Y yo le obedezco. Voy caminando de vuelta, mirando con algo de melancolía el espectro de la Luna creciente, que aún se atisba, se me antoja muy lejana, en el cielo del amanecer. 

Mutter courage.

Es extraño (e incorrecto) que se llame “madre coraje” a esas madres que resisten con esperanza ante el terrible drama de un secuestro de sus hijos. Dramas como el que hemos vivido estos días a través de los medios y que está teniendo el más espantoso y más temido de los desenlaces. Produce náuseas escuchar las noticias.

La expresión “madre coraje” proviene de una obra de teatro de Bertolt Brecht. Su protagonista, que es a quien Brecht lllama sarcásticamente “madre coraje”, no es precisamente un ejemplo moral. Es más bien un personaje de repugnante codicia que aprovecha el estado de guerra para lucrarse. Vive o malvive la muy pícara, arrastrando su carro de buhonero, gracias a la tragedia bélica. Una tragedia que acabará por llevarse a sus tres hijas. Pero, muertas sus hijas, ella, la “mutter courage”, seguirá tirando del carro.

No es madre coraje, en el sentido brechtiano, esa infortunada mujer cuyos hijos parecen haber sido asesinados y arrojados al mar por el despechado  e inimaginablemente infame ex cónyuge, en otra especie de horrenda versión masculina del viejo mito de Medea. 

Madre coraje es más bien una sociedad en la que la injusticia social y los dramas humanos se aceptan a cambio de preservar el sagrado principio del beneficio y del lucro. Madre coraje es una sociedad que está ciega o se desentiende respecto al crónico malestar mental de los ciudadanos, y que consiente pasiva su infortunio, su vacío, su locura o su violencia.

Madre coraje, mütter courage, en el peor y más estricto sentido de la expresión…somos nosotros.

Pri.

Marta me pregunta por el logo de Apple. Quiere saber por qué eligieron una manzana como estandarte de la compañía.

La pregunta ya se la hicieron en su día al fundador, con ocasión de una de sus conferencias. Jobs dio una respuesta un tanto frustrante. Se limitó a decir que la manzana mordida era un símbolo de la simplicidad. Eso era todo.

En realidad, antes de la manzana mordida, el primer logo de Apple sí mostraba a Newton bajo un manzano haciendo referencia al fruto que se supone inspiró la Ley de la Gravedad al científico británico. Pronto Apple cambió ese logo. Tal vez porque, además de su insufrible diseño vintage alguien les dijo que esa manzana inspiradora era una patraña. Newton, por supuesto, no necesitó ver ninguna manzana caer para entender que la Tierra atraía a los cuerpos. Lo que él intuyo, sin mediar manzana ni otro fruto, es que todos los cuerpos del Universo, sean cual sean sus tamaños, se atraen unos a otros de acuerdo a sus masas, y conforme a la ley del cuadrado de las distancias. 

No le iluminó a Newton la manzana cayendo sobre la Tierra. Si acaso, imaginó Newton esa manzana en el aire y comprendió que también la Tierra estaba cayendo sobre la manzana.

En fin, que Newton y su apócrifa manzana sí que están detrás del logo de Apple, dijese lo que dijese Jobs. No así la manzana de Turing, que también se ha mencionado como origen del diseño de la multinacional informática. 

–¿La manzana de Turing?

–Sí. Seguro que recuerdas que el fundador de la informática se suicidó mordiendo una manzana.

–Es verdad. No podía resistir el infierno en el que se había convertido su vida cuando se desveló su homosexualidad, que era delito en Inglaterra en aquellos tiempos.

–Exacto. Le aplicaron una humillante castración química, como alternativa a la cárcel. Eso le destruyó.

–Ya. Es curioso esa forma de suicidio: morder una manzana envenenada. Qué curioso.

–Tiene una explicación. Una explicación que sobrecoge.

–¿Cuál?

–Turing tenía una relación muy profunda con su madre. Le horrorizaba que ella, irlandesa y católica, recibiese la noticia de su suicidio, un crimen terrible para la Iglesia, que impedía el entierro en sagrado (un mero recurso eclesial para garantizar el mayor número posible de legados mortis causa). Se le ocurrió a Turing fingir un envenenamiento. Así que una noche, usando una jeringuilla, inyectó veneno en una manzana y ya en la cama la mordió para acabar con su vida, fabricando así la idea de un atentado de un espía ruso o algo así.

–Terrible. 

–Sí. Turing fue brillante hasta en esto, porque en efecto, una manzana envenenada es un buen expediente para asesinar a alguien. Desde fuera es imposible saber que el fruto contiene veneno, y una vez que la muerdes estás acabado. 

–Claro. Entonces es por eso que el cuento de la Bella Durmiente también incluye un envenamiento con una manzana. Pero, un momento, las jeringuillas y las agujas hipodérmicas son una cosa moderna ¿no?

–La jeringuilla hipodérmica es algo del siglo XIX, cuando la metalurgia hizo posible la creación de tubos metálicos huecos muy finos. Pero los tubos de caña o tallos vegetales para inyectar medicinas (o sangrar) son muy antiguos. Ya en tiempos de la antigüedad grecorromana se utilizaban. La palabra jeringa es de origen griego y su etimología es flauta, por cierto (syringa). 

–Pues seguramente habrá otros casos en la historia de envenenamiento con manzanas, además del de Turing…

–No se. Tal vez. Pero aunque la idea de envenenar con una manzana sea buena, no supera a las ventajas del arsénico, el líder absoluto en el ranking de métodos de envenenamiento. Es incoloro, insípido y si es preciso puede matar progresivamente. Añadiendo pequeñas dosis cada día.

–Bueno, pero lo que sí tenemos la manzana del paraíso bíblico, esa también estaba, de alguna manera, envenenada.

–En cierto modo, sí. Pero no era una manzana. En la versión hebrea o griega de la Biblia solo se habla de un cierto “fruto” prohibido, no se específica que sea una manzana. Se menciona “un fruto de la tierra”, en genérico (פֶּ֫רִי, en hebreo, pri, que puede tratarse incluso del trigo o de la vid, como interpretan los musulmanes). Ese prí como “producto de la tierra” tiene el mismo sentido genérico que el frux latino, lo que sugiere una conexión remota, a través del griego fryktos, desecado, con la palabra hebrea. Es San Jerónimo, en su traducción al latín quien provoca el equívoco, porque manzana en latín es “mala“, y sugiere la idea de maldad, así que la prohibición divina de no comer “de ligno autem scientiae boni et mali“, parece incluir la idea de las malvadas manzanas (“mali”).

–Pues si no es una manzana ¿qué fruto podría ser?

–Una granada, casi con total seguridad. Pero explicar este asunto es algo de lo que podríamos hablar largo y tendido otro día.

–Sí. Casi mejor. Otro día.

El Despertar del Yo y del Tiempo.

A alguno de mis amables y desocupados lectores (solo los muy amables y harto desocupados lectores pueden tener tiempo y aplomo para leerme) les ha llamado la atención mi texto de ayer sobre la amnesia infantil, y me han pedido alguna referencia sobre lo que yo escribí.

Les puedo recomendar un interesantísimo, aunque extenso, artículo de los profesores Mark L.Howe y Mary L. Courage en Psichological Bulletin, Vol. 113, No. 2. Es un trabajo sumamente documentado y con una extensa bibliografía. Se resume en la idea según la cual la amnesia infantil no se deriva de que el niño solo memoriza cuando puede hablar o cuando se forma en su cerebro un sistema secundario de memoria. Lo que Howe y Courage sostienen es que simplemente no recordamos nada del yo previo a cierta edad porque por entonces no había yo.

Los mencionados investigadores alegan haber demostrado que en esos años primeros cuyo recuerdo parece haberse borrado, el niño ya contaba con capacidades neurológicas y perceptivas suficientes como para codificar, almacenar y recuperar recuerdos. Entonces–concluyen–si no hay rastro de memoria de esos años es solo porque faltaba en esos niños un marco de referencia que convirtiese los recuerdos en material autobiográfico. En suma, faltaba el yo. Lo mismo que le falta al anciano con demencia senil, cuya identidad se desvanece al tiempo que se borran sus recuerdos.

Lo fascinante es que el texto autobiográfico de la obra de Nabokov (grave, por favor, con acento fonético en la primera o, y v final portuguesa) que ayer mencioné y algunas de cuyas líneas transcribí, muestra una increible intución de lo mismo que expresa esta teoría de Howe y Courage. Incluso el genial autor afirma que hubo un tiempo en el que él mismo no tenía todavía conciencia del yo, pese a saber ya hablar y contar; justo lo mismo que sostienen Howe y Courage.

También sugiere Nabokov la emergencia del yo como algo progresivo y relacionado con la percepción del tiempo. Lo cual es muy plausible. Y muy profundo. Si no percibiésemos el tiempo no tendríamos conciencia de nosotros mismos. Tiene lógica entonces pensar que es la percepción del tiempo la que abre las puertas de la identidad. Otra conclusión podría ser que el tiempo no existe sino como mera excrecencia del yo.

Lo mejor es romper una vez más la regla de este blog (no transcribir sin más ideas o textos ajenos) y copiar, con respeto reverencial, las luminosas palabras del insigne escritor ruso. En el texto que copio, de las primeras páginas de Speak, Memory! (se me disculpe el atrevimiento de la traducción) el autor fija una fecha exacta para determinar el limite de su amnesia infantil, que él atribuye justamente, como Howe y Courage, a la inexistencia previa de la conciencia del yo. Se nos regala, además, otra intuición asombrosa relacionada con la llamada teoría de la recapitulación, en el sentido de que el despertar del yo en el niño debe ser homólogo al despertar de la conciencia en nuestros ancestros homínidos, hace millones de años, en coherencia con la hipótesis de que la filogenia (evolución del individuo) y la ontogenia (evolución de la especie) son procesos misteriosamente paralelos. Leamos el texto del maestro:

“Al sondear en las profundidades de mi infancia (que es lo que más parecido a sondear en la propia eternidad) veo el despertar de la conciencia como una serie de flashes espaciados, y los intervalos que los separan van disminuyendo gradualmente hasta que se forman luminosos bloques de percepción que proporcionan a la memoria un resbaladizo asidero. Aprendí los números y el habla en fecha muy temprana, y casi simultáneamente, pero el conocimiento interior de que yo era yo y de que mis padres eran mis padres, solo parece haberse establecido mas tarde, cuando se asoció directamente a mi descubrimiento de cuál era la edad de ellos en relación con la mía. A juzgar por la intensa luz solar que, cuando pienso en esa revelación, invade de inmediato mi memoria con manchas lobuladas de sol que se cuelan por entre capas superpuestas de verdor, el día al que me refiero pudo ser el del cumpleaños de mi madre, al final del verano, en el campo, una fecha en la que hice preguntas y calibré las respuestas recibidas. Así es como deberían ser las cosas según la teoría de la recapitulación; el comienzo de la conciencia reflexiva en el cerebro de nuestro más remoto antepasado debe sin duda de haber coincidido con el despertar del sentido del tiempo.”

La cuna que se mece junto al abismo.

Es bien sabido que la senilidad se parece mucho a la primera infancia, como sugiere el acertijo que resolvió Edipo. 

El niño pequeño y el viejo se parecen en su torpe forma de moverse, en su manera de alimentarse, en su indefensión. 

Y sobre todo, en ambas etapas está la muerte o la inexistencia muy cerca, ya sea delante o detrás. Hay un punto más en común, del que apenas se habla. Se trata de la memoria. El viejo sufre a menudo esa terrible dolencia que le arrebata sus recuerdos y su identidad. Pero de los primeros dos o tres años de nuestra vida, tampoco guardamos recuerdos ni sentimos que “estábamos ahí”.

A este fenómeno de ausencia de recuerdos de la primera infancia se le llama amnesia infantil y es todo un enigma. Se han dado toda clase de explicaciones, desde vincularlo a un desarrollo cerebral insuficiente hasta cumplir los 2 años y medio o tres, a considerar que con el crecimiento, esos recuerdos primigenios subsisten pero en un estado reprimido, tal como sostuvo Freud.

Puede haber una explicación más sutil. Tal vez hasta esos tres años de edad, aproximadamente, no nos queda claro quién somos. Vivimos ese tiempo en un mundo de sensaciones caóticas, en el que progresivamente va configurándose la noción del yo. Debe haber un momento en el que el niño llega a la conclusión de que todo lo que percibe lo está percibiéndo él y no otro ser. Y así nace la identidad.

Entonces, hasta que no haya identidad no puede haber recuerdos. Del mismo modo que cuando desaparecen los recuerdos deja de haber identidad (como ocurre en la demencia senil). Es decir, no recordamos lo que nos pasaba antes de los 3 años simplemente porque no estábamos ahí; no eramos todavía “nosotros”.

Pensar en todo esto me evoca el fascinante comienzo de la autobiografía de Nabokov. Son solo unas líneas que dan la medida de sus absoluta genialidad y que, rompiendo por una vez una norma de este blog, voy a transcribir aquí, con mi torpe traducción del sublime inglés del autor.

“La cuna se mece sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de oscuridad. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, ve el abismo prenatal con mas calma que aquel otro hacia el que él se dirige (a algo así como cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un joven cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado–la misma casa, la misma gente–, pero comprendió que él no existía allí , y que nadie guardaba luto por su ausencia. Captó una imagen de su madre saludando desde una ventana de arriba, y aquel ademán le perturbó, como si fuese un misterioso adios. Pero lo que más le asustó fue la visión de un cochecito nuevo, plantado ahi, en pleno porche, con el mismo componente de invasiva relevancia que un ataúd; hasta el cochecito estaba vacío, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismísimos huesos se hubiesen desintegrado”

¡Ah, el genial Nabokov, que acierta a ver el espectro del féretro en el cochecito! Quizá para él, la amnesia infantil al igual que la demencia senil no fuera otra cosa sino un mecanismo de defensa de la vida para conjurar el terror de la proximidad de la inexistencia. El pánico de la cuna que se mece junto al abismo.

Non sei piu mia madre.

Al parecer, en la televisión, lo que está generando enormes audiencias son dos escándalos de enfrentamientos brutales de hijos famosos contra sus madres famosas. 

Son dos asuntos que han alcanzado la escala de acontecimientos, más allá de las pantallas, con toda clase de implicaciones, incluso políticas

Hay algo extraño y casi inexplicable en esto. El hijo contra la madre es algo inusual en nuestra cultura, seguramente por la sacralización del rol maternal como contrapartida de la subordinación de la mujer al hombre.

Massimo Recalcati y otros autores, consideran que esa sacralización de la figura materna tiende a dilurse como consecuencia del fenómeno de la liberación de la mujer. Por ello, asuntos como los dos que tienen a España en vilo, al parecer, son solo el punto de partida de un proceso irreversible. Se verán más casos.

La mitología y la historia están llenas de ejemplos de enfrentamiento brutal entre hijos y padres, pero no hay muchos entre hijos y madres. 

Si te fijas en la Historia, te vendrá acaso a la cabeza la lucha a muerte entre Alfonso Enriquez y Teresa, su madre, que acabaría dando origen al reino de Portugal. O las infamias de Fernando I y de Carlos V con quien era hija de aquel y madre de este, además de reina legítima, pero sin corona, de Castilla. O las intrigas, maldades y conspiraciones del felón Fernando contra su madre la reina María Luisa. O la insistencia de Alfonso XII por mantener a su progenitora, la depuesta Reina Isabel, en su triste exilio parisino.

Pero poco más.

Como nos ha enseñado Eva Cantarella (Non Sei Piu Mio Padre, Feltrinelli 2015), en la mitología grecolatina todo son enfrentamientos de padre e hijo, pero no de madre e hijo. Crono eviscera con una hoz a su padre Urano. A su vez, el hijo de Urano, Zeus, le abre en canal a su padre para liberar a sus hermanos y apoderarse del trono universal. Teseo comete un parricidio culposo, haciendo que se suicide el padre por su imperdonable negligencia respecto al color de las velas de su barco. A su vez, Teseo, ordena el exilio de su hijo Hipólito, por una rivalidad sexual, y expresa su deseo de que muera, algo que escuchó Poseidón, tal vez padre del mismo Teseo, apresurándose a aniquilar a Hipólito por mediación de un monstruo marino.

No es fácil encontrar en la historia de nuestra cultura patriarcal o en nuestro imaginario colectivo, algún significativo ejemplo de querella brutal entre madre e hijos, como esas atrocidades que ahora se nos narran como si tal cosa en la televisión y los medios. Pero las cosas parecen estar cambiando velozmente.

Tal vez no sea disparatado considerar esto como un sórdido efecto colateral de ese cambio sociológico planetario que ha desacralizado la función de la mujer como exclusiva procreadora y cuidadora de hijos. Tiene sentido.

Inflación.

Los expertos en la ciencia triste y gris, más gris y triste que nunca, nos avisan de que llega la inflación, cual apocalíptico corcel que se acerca galopando. 

Era más que previsible que la orgía de deuda pública y el eufemísticamente llamado “quantitative easing“, (que no viene a ser sino el viejísimo recurso de fabricar dinero para cubrir las necesidades del poderoso) acabasen elevando los precios de los productos y los servicios (no así los salarios, dado el peso del abultado ejército de parados). 

Así que, por fas o por nefas, retorna en toda su gloria el más injusto de todos los impuestos, el menos progresivo, el más falaz. Keynes sostenía que la inflación permitía, entre otras cosas, apaciguar a los sindicatos, facilitando el ajuste al alza de los salarios nominales, pero escamoteando el hecho de que las retribuciones reales se iban achicando.

Se suele decir que el dinero termina corrompiendo al hombre, haciendo que renuncie a sus principios y valores. 

Pero no es menos cierto que los hombres corrompen al dinero, aniquilando su valor y contrariando su principio esencial. Y empobreciendo sediciosamente a la gente que solo puede vivir de su salario. Si acaso.

Cuarenta y nueve escalones.

Por un pequeño problema ocular, no he leído casi periódicos esta semana, y apenas he sentido el habitual impulso de escribir. Pero he oído los noticieros de la radio y me ha sorprendido hace tres o cuatro días la declaración de una vicepresidenta del gobierno en relación a la dialéctica muy actual entre lo que parece requerir la política y lo que establece la ley. La citada política, ha citado a un tal “Presidente Franklin” según el cual, se nos dice, “a veces, la mejor justicia es la peor política”.

Quiero suponer que al referirse al “Presidente Franklin”, la política estaba citando a Franklin Delano Roosevelt, si bien me extraña esa familiaridad al mencionar por su nombre de pila al gran artífice del New Deal. 

Otra posibilidad, que en principio descarto, podría ser que la vicepresidenta se estuviese refiriendo a Benjamín Franklin, tal vez considerando que dicho personaje fue elegido en 1787 Presidente de la Sociedad para Promover la Abolición de la Esclavitud. 

En fin, quién sabe lo que fluye en la cabeza de esta política que, por otra parte, ha ejercido labores como profesora de Derecho y la debemos suponer cierto grado de erudición.

Sea como sea, me apuesto algo a qué tanto Benjamin Franklin como Franklin Delano Roosevelt habrían rechazado de plano esa idea según la cual la política puede estar por encima de la justicia o ser en ocasiones mejor que ella. Esta idea es en sí misma la definición del principio antidemocrático, es decir, asumir que alguien (el que decide la política) puede llegar a tener prerrogativas para torcerle con razón el brazo a la justicia.

Tal vez la prebostuela había oído campanas. No es la primera vez que ocurre esto en relación a una cita mal hecha por uno de nuestros políticos o políticas. Acaso le sonaba a la vicepresidenta una célebre frase de Abraham Lincoln: “Yo siempre he creído que la misericordia produce frutos más ricos que la estricta justicia“. 

Lincoln dijo esa frase en el contexto del debate sobre la clemencia con los soldados desertores, tras la Guerra de Secesión. La idea no es exactamente la misma que esa frase que la política pone en boca del tal “Presidente Franklin”; es mucho más afinada y se limita a señalar una creencia sobre la oportunidad de modular la “estricta” justicia, en atención a criterios de conveniencia social u opinión mayoritaria.

Hay que reconocer que el debate entre conveniencia, opinión mayoritaria y justicia es muy antiguo. Lo encontramos por ejemplo en el libro del Exodo, donde se lee un mandato divino que parece indicarnos que hemos de seguir siempre los criterios de la mayoría (“acharey rabbim lahatot“), más bien que ajustarse a los puros criterios de justicia (otras traducciones o interpretaciones del texto bíblico van en sentido totalmente contrario, por cierto). Pero, en relación con este chocante mandato divino, la exégesis talmúdica aporta una aclaración bellísima: antes de optar por lo que la mayoría opina hay que debatir en profundidad, y ese debate obliga a que se expongan cuarenta y nueve razones a favor… y cuarenta y nueve en contra.

¡Cuarenta y nueve argumentos en un sentido y otras tantas en otro antes de decidir sobre un asunto o una persona! ¡Qué idea maravillosa! Es una forma poética de expresar lo complicado que es encontrar la verdad y la justicia ante cualquier cuestión conflictiva. E ilustra lo peligroso que es inclinarse sin más por la mera opinión de la mayoría. Cada uno de esos cuarenta y nueve escalones de los que nos habla el Talmud es un paso hacia la Verdad y la Justicia, que deberían converger en el ideal escalón número cincuenta. Ese quizá es el punto esencial. Lo importante, cuando la Justicia y la Oportunidad parecen entrar en contradicción, es analizar hasta la extenuación los diferentes aspectos del problema. Y esto, en relación con lo que provocó la cita apócrifa de la vicepresidente, y en general con las posturas de los diferentes mandamases de la política, no se está haciendo.

Le hablo de todo esto a Cristina y a Mercedes, que, anoche, me escuchan pacientemente en la primera cena al fresco de la temporada. Noto que acaso les ha interesado a ambas no tanto mi referencia crítica a la cita apócrifa de la prebostuela como ese asunto talmúdico de los cuarenta y nueve escalones hacia la Verdad. Les digo que debería haber mucho contenido en internet sobre el tema y me permito recomendarles que lo miren.

Antes de acostarme, por curiosidad, echo mano del móvil y trato de preguntarle a Google sobre los cuarenta y nueve escalones. Lo hago en varios idiomas, por si acaso. Pero, oh tristeza, solo aparecen anuncios de escaleras y tiendas de bricolaje. 

En internet es difícil encontrar la verdad de las cosas. Es frustrante ese mundo de las búsquedas donde lo que cuenta, por obra de los algoritmos, es ante todo la opinión o intereses de la mayoría, sin ninguno de los cuarenta y nueve escalones de análisis o información deseables. 

Es también lo que ocurre en la triste vida política, tan llena de sofismas, de citas apócrifas, de ignaros prebostes, de indoctos doctores, de posturas impostoras, de escaleras de bricolaje.