Todos somos Onoda.

Quiero leer el libro que Werner Herzog ha escrito sobre el Teniente Onoda, ese soldado japonés que se negó a creer en el fin de la segunda guerra mundial y permaneció solo en la jungla de una pequeña isla del Pacífico, durante décadas, plenamente convencido de que el conflicto persistía. Decidido a rendirse únicamente ante su superior.

Durante años, Onoda contemplaba cómo los aviones de guerra seguían cruzando el cielo. Eran los vuelos de la Air Force hacia Corea primero y después hacia Vietnam. Eso le confirmaba que la guerra proseguía. Y en eso tenía cierta razón.

Así que lo fascinante de Onoda es que interpretaba bien los datos particulares de la realidad, es decir, esos vuelos de cazas y bombarderos en dirección norte. Sin embargo, no articulaba correctamente todos esos datos en un todo lógico y coherente. 

Quizá todos los humanos somos un poco Onoda. Nuestro problema no reside en percibir y comprender aquello que nos rodea, sino en integrarlo e interpretarlo bien como un conjunto.

Ese debe ser el drama epistemológico que sufrimos los humanos: estamos solos en la jungla, viendo aviones que cruzan el cielo. Solo entendemos o creemos entender una pequeña parte de lo que nos rodea.

Hipócrates e Hipócritas

Recuerdo que una vez, en la sala de espera de un hospital, Marta se quedó mirando un poster bien enmarcado en el que se enunciaba el Juramento Hipocrático. Tras leerlo con atención, Marta me preguntó si “hipocrático” tenía algo que ver con “hipócrita”.

Me hizo reir la pregunta de mi hija, porque algo de hipocresía hay sin duda en ese juramento o más bien la forma de aplicarlo. Le aclaré a Marta que Hipócrates era el nombre propio del médico del siglo V a.c, al que los antiguos griegos consideraban el mejor de su época. 

Hipócrates es nombre que en griego significa algo así como domador o dominador de caballos (hypo, caballo, crates, poder). En cambio hipócrita era el nombre que se daba al actor de una obra dramática, que ejercía la hypocrisis, es decir, que se dedicaba a opinar o juzgar (crinei) bajo (hypo) su máscara teatral. Un hypo nos lleva al caballo, mientras que el otro hypo no es sino un prefijo con sentido de localización.

Una vez aclarado el asunto etimológico, y mientras proseguía la espera, me quedé pensando en que después de todo, y como intuía Marta, el gran Hipócrates también podría ser considerado el gran Hipócrita pues es bien conocida la anécdota según la cual este médico se negó a la petición que le hizo Artajerjes para que acudiese a curar a los soldados persas, a cambio de importantes emolumentos. “No curaré por nada del mundo a los enemigos de mi patria”, se dice que contestó Hipócrates a Artajerjes (“Mano Larga”, lo que tiene su gracia). Y les dejó morir.

Está anécdota, que en buena medida nos muestra a Hipócrates contradiciendo muy hipócritamente el espíritu hipocrático, es la que se refleja en múltiples grabados y pinturas, como la que arriba reproduzco, obra de Anne-Louis de Girodet. Quien sabe si alguna reproducción de estas obras que muestran al legendario médico heleno cuelga también en las paredes de algún hospital del mundo, junto al Juramento Hipocrático. Tendría gracia.

Subconsciente.

De nuevo, tras Parásitos, llega desde Corea otra creación audiovisual, en forma de serie esta vez, que habla de la lucha desigual entre ricos y pobres, entre poderosos y parias. 

Quizá no es casual que todo eso provenga de aquel país asiático. Sufrieron allí la cruel invasión japonesa de los 40, luego la guerra entre el sur y el norte de los 50, después la sucesión de gobiernos autocráticos de los 60, bajo los cuales los trabajadores coreanos eran forzados a trabajar en condiciones laborales propias de la esclavitud. Y en los 80 y 90 cuando Corea del Sur ya comenzaba a ser un país demócrata, llegaron las crisis financieras y la debacle de los grandes grupos empresariales, en el contexto de una competitividad feroz, inhumana, en la escuela, en la universidad, en la empresa…

Pero, más allá de la especificidad coreana, es obvio que el Juego del Calamar está siendo la serie más vista en 90 países porque refleja una ansiedad universal. Por eso se ha convertido en el mayor éxito en la historia de Netflix.

Si nuestra sociedad occidental, como un todo, pudiese soñar, es evidente que tendría pesadillas interpretables tal y como interpretan los psicoanalistas nuestros sueños. Y esas pesadillas podrían ser acaso algo parecido al Juego del Calamar o las otras series de moda en las que se nos muestran infiernos distópicos y atroces, desde los Juegos del Hambre o el Cuento de la Críada a Altered Carbon. 

Si hay algo como el subconsciente colectivo, algo capaz de reflejar los miedos, ansiedades y deseos ocultos latentes en la comunidad como un todo, está claro que habría que buscarlo en las series de televisión. 

Las series de televisión no reflejan tanto la realidad que nos rodea, como los fantasmas que nos angustian.

Apocalipsis

Hay otro fanatismo similar al de los antivacunas.

Es el fanatismo de los apocalípticos que ven cerca el fin del mundo a manos de terribles e interminables plagas (tiene su gracia que apocalipsis signifique “verdad” en griego, siendo así que no hay nada más fantasioso que un “apocalíptico”).

Hay que reconocer que sí, que en efecto podemos estar ante una Tercera Transición, la de globalización. Sobreviene esta nueva transición tras la irrupción de enfermedades que llegó con la agricultura y la ganadería (Primera Transición), y la contención de las mismas con la higiene y los antibióticos (Segunda Transición).

Así que conviene andarse con ojo por lo que pueda venir.

Pero basta echar un vistazo a una foto aérea de Madrid, por ejemplo.

Ahí viven ahora más de la mitad de los humanos que habitaban todo el planeta Tierra en el 10.000 a.c.

Pensar en ese dato nos da cierta esperanza para afrontar esta Tercera Transición. Ya sería fatalidad que no nos las arreglásemos ahora, después de ciento veinte siglos resistiendo.

Infinitud

Los majaderos antivacunas deberían hacer una visita turística en estos días a Rumanía. En este país europeo, solo se ha vacunado al 30% de la población. Y, en el contexto de un continente que parece dejar atrás la pandemia, Rumanía está sufriendo ahora la crisis sanitaria con una intensidad similar a la de Lombardía en las primeras semanas del gran confinamiento.

Así que durante la estancia turística en Rumanía, los chiflados antivax podrían reflexionar sobre los dos infinitos de los que, según la leyenda, hablaba Einstein, a saber, la estupidez humana y el tamaño del Universo.

Sobre este último infinito, el creador de la Teoría de la Relatividad reconocía albergar ciertas dudas.

Competir.

Candela me dice que en su clase del Instituto están todos con resfriado, pese a que no se quitan la dichosa mascarilla.

Es un tanto misterioso. La mascarilla parece haberlos protegido de un virus como el Sars-Cov2, durante un período en el que nadie cogía la gripe o se resfriaba. Pero ahora que el Sars-Cov2 parece controlado, la gripe y los resfriados irrumpen de forma masiva.

A juzgar por esto, se diría que los virus se turnan; cuando uno circula los otros se abstienen de hacerlo. Y cuando uno queda neutralizado, otro ocupa su lugar.

En realidad, esto es exactamente lo que ocurre, aunque los virólogos no sean capaces de explicarlo razonadamente. Se especula con el hecho de que los virus actúan obligando a las células a replicarlos, y al parecer, las células no son capaces de replicar dos tipos de virus a la vez. 

Otra forma de abordar el enigma es el razonamiento evolutivo. Si los virus pudiesen “converger” en el cuerpo de los humanos, acumulando síntomas y secuelas, hace ya tiempo que nuestra especie habría desaparecido. Si estamos aquí es porque hay algo en los virus o en nuestro sistema inmunitario que hace hace que la efectividad simultánea de dos tipos de contagio viral sea difícil o poco probable.

Bueno, el hecho es que va a resultar que los virus, como los seres vivos, compiten ferozmente entre sí. Y esto los asimila aún más a todas las criaturas que pueblan el planeta. Lo cual nos lleva a pensar que la verdadera esencia de la vida es la competencia. Un ser vivo es, entonces, básicamente, un ser que compite con otros seres vivos.

Puede que sea consolador saber (o suponer) que la inminente eclosión de la gripe estacional será un signo de que la pandemia del Covid toca a su fin. 

Pero no deja de ser perturbador constatar que hasta los mismísimos virus, esos ínfimos trocitos de ácidos nucleicos envueltos en malas noticias, en palabras del profesor Medawar, son entes que, por encima de todo, también compiten de forma implacable entre sí.

Putiferio

He sabido que hace unos días se ha pronunciado la palabra putiferio en sede parlamentaria, y se ha armado una buena. Creo que ha tenido que intervenir hasta la Presidenta de la Asamblea para poner freno al desenfreno verbal.

Me parece que la razón es que se ha interpretado el vocablo putiferio como una comparación entre el actual panorama de la política y el mal llamado oficio más antiguo del mundo.

Bueno, pues, en principio, no debería ser así. 

Putiferio no es palabra castellana, sino que la hemos tomado de la bella lingua. 

Es putiferio un término cuyo uso por estos pagos se ha extendido mucho, especialmente en Barcelona, donde residen regularmente decenas de miles de italianos.

Putiferio en italiano significa simplemente una discusión subida de tono, en la que se utilizan palabras gruesas o indecentes. Nada que ver con la prostitución, pese a la sonoridad sospechosa del término.

O tal vez sí. Porque la raíz etimológica del putiferio itálico es el latín putire, con el significado de producir mal olor o apestar. Y mira por donde, sucede que en la la palabra “puta”, se produce una convergencia de dos líneas etimológicas.

De un lado, nuestra puta se relaciona con la “puta” del bajo latín, en el sentido de muchacha (en Roma, putae-muchachas- era el eufemismo para referirse a las peregrinae, a las circulatrices, a las ambulatrices, las scorta o a cualquier otra variedad de profesionales del amor que operaban en el Imperio), 

Por otro lado, puta se relaciona también con ese mencionada etimología del mal olor, que a su vez nos remite a la fascinante raíz protoindoeuropea “pu”, sin duda vinculada con el característico gesto facial  que adoptamos cuando percibimos algo fétido, y que ha generado muchos derivados conceptualmente vinculados a la idea de lo apestoso, tales como pudrir, pus o piorrea.

Por lo tanto, quiero pensar que los que se han escandalizado estos días por el uso de “putiferio” en la tribuna de oradores, lo han hecho con razón y desde un profundo conocimiento lingüístico, sabedores de que se está imputando no solo pestilencia y griterío a la actual vida política, sino también indecente venalidad.

Todo lo cual, se puede considerar preciso. Y no solo desde el punto de vista lingüístico.