Infelix minuendo corpus.

Al hilo de lo que escribí ayer sobre la degradación del pan, en paralelo a su cada vez menor consumo, me pregunta Cristina si no habrá una relación causal entre ambas cosas; es decir, si no será que se come menos pan precisamente porque se hace incomestible (especialmente cuando han transcurrido algunas horas desde su compra, como cualquiera de nosotros puede comprobar).

Realmente no acabo de ver esa hipótesis. El descenso del consumo de pan responde a razones sociológicas relacionadas con el estigma del pan como alimento básico propio de un pasado de miseria, con el crecimiento de la renta disponible y con la presión publicitaria de los fabricantes de muy rentables productos procesados.

Sin embargo, lo que me dice Cristina tiene un fondo indudable de razón, al menos en la visión panorámica. Nuestra sociedad es autodestructiva: se va devorando a sí misma al ritmo mismo del llamado progreso. Creemos que nos comemos el mundo, pero somos nosotros los que nos comemos a nosotros mismos. Todo lo que nos rodea confirma esta pulsión autofágica: la crisis climática, las pandemias, las guerras, la inflación, la desertificación, las sequías, o el espectro de una nueva e inesperada escasez que afecta desde los microchips hasta los cereales

–¿Esto es así ahora o ha sido siempre así?– me pregunta Cristina.

Pues–le contesto–a lo peor es una constante en la trayectoria de la Humanidad. Bastaría evocar un fascinante mito de la Grecia antigua para comprender que la autofagia puede ser la verdadera condición del «hombre que cree que progresa«.

–Ya estás con la mitología. No falla. Tan pronto surge un tema, te marcas una referencia etimológica o mitológica–me protesta Cristina, mientras sujeta con esfuerzo a Kira, que trata denodadamente de ir a saludar al setter que ladra tras una verja.

Claro-replico-la etimología y la mitología nos desvelan verdades ocultas a las que de ninguna otra forma accedemos. Verdades que están en el alma de las palabras o en lo profundo de nuestros temores y ansiedades.

–¿Y cuál es ese mito griego del que hablas? Te doy tres minutos para que me lo cuentes. Ni uno mas.

–Es el mito que nos habla de un personaje, soberbio y tiránico, llamado Ericsicton, rey de Tesalia. Nos da detalles sobre él, entre otros autores, Ovidio, en las Metamorfósis. 

–¿Y que le pasa a ese tal Ericsicton?

–Ovidio nos dice que en cierta ocasión a este matón le dió por construir un majestuoso nuevo techo de madera para su sala de banquetes y decidió talar a golpe de hacha un gran árbol milenario consagrado a la diosa madre protectora de la Tierra, esto es a Demeter (la Ceres latina, eso es la diosa de los cereales). Como castigo por su transgresión, Demeter ordenó a Limos (el Hambre) que tocase el vientre del voraz Ericsicton y lo convirtiese en un ser insaciable; cuanto más comiera, más debería crecer su apetito.

Ericsicton, ya incapaz de conseguir saciarse, fue vendiendo todas sus posesiones a fin de poder comprar más comida. Incluso vendió a su propia hija. Pero era tal su hambre que no había forma de calmarla. Terminó como un mendigo, devorándose a sí mismo y comiendo sus propios miembros. «Et infelix minuendo corpus alebat«, termina Ovidio el relato, esto es, «el infeliz alimentaba su cuerpo disminuyéndolo«

–Pues la verdad, si que parece que este mito habla de lo que nos pasa–me dice Cristina, a punto de entrar ya en su casa–da mucho que pensar este mito de Ericsicton

–Lo que también da que pensar es que el movimiento ecologista no haya divulgado este delicioso relato cautelar. Solo se puede explicar eso por la cancelación del saber humanístico en nuestros tiempos. 

–Lo cual, en cierto modo, también podría ser otra consecuencia de la obsesión por devorarnos a nosotros mismos..

-Sí, De nuestra tendencia hacernos cada vez más infelices devorando o cancelando lo mejor que tenemos a nuestro alrededor o en nosotros mismos.

–Infelix minuendo corpus…

–Eso.

Pan, progreso y corrupción.

Mientras desayunamos unas tostadas con aceite y tomate, Mercedes me ve muy silencioso, muy pensativo. Como ausente.

–Vamos a ver ¿por dónde viaja ahora esa mente errabunda?

–¿Cómo? Ah…pues estaba pensando en el pan precisamente. Como este que vamos a comer que acabo de traer en la bicicleta desde la panadería de Guadarrama. Y en la idea de progreso. Y en la corrupción generalizada.

–A ver, explícate.

–Estaba pensando en que cuando yo nací, cada español comía al día una barra de pan como media. Hoy esa cantidad se ha dividido por cinco, es decir, poco más de un par de tostadas como estas. Esa transformación de la dieta nacional es increíble y ha debido tener consecuencias de todo orden.

–Claro, hemos sustituido todo aquel pan por alimentos procesados, con sus correspondientes dosis de conservantes, aditivos…en detrimento de un producto natural como el pan. Mala cosa.

–Sí. Y lo peor es que incluso el pan es ahora algo altamente procesado. Es uno de los alimentos con más sustancias químicas añadidas entre los que consumimos a diario: amilasas, hemicelulasas, proteasas, oxidasas…. Ahora no se hace nunca pan con harina, agua y levadura. Se le añade siempre un conjunto de sustancias químicas destinadas a reducir el tiempo de fabricación, facilitar la tarea del panadero y darle su pan una apariencia más «comercial»; todo ello a costa de hacer un pan más insípido, con menos proporción de harina, más de agua y por supuesto, nada natural.

–Pues buenos estamos–me dice Mercedes mientras echa una mirada escéptica a la media tostada que aún queda en su plato. Vamos empeorando en muchas cosas, la verdad. 

–Así es. Y lo malo es que no sabemos cómo retroceder cuando vamos por un camino al que erróneamente llamamos progreso. Como decía Walter Benjamin, el verdadero progreso no es acelerar la locomotora en la que vamos, sino saber cuando debemos echar el freno.

–Ya. Pero es innegable que en la mayoría de las cosas vamos mejorando.

–Depende de qué entendamos por mejora. Y depende de quién sea el que se beneficie de esa presunta mejora. Mira, a ese conjunto de aditivos del pan a los que me acabo de referir, la industria panadera los llama «mejorante«.

-¿Mejorante?

–Sí. Y tiene gracia que se llame mejorante a algo que en realidad empeora las cosas. Ese mejorante lo único que mejora es la productividad de la industria de panificación. Y el beneficio de las empresas extranjeras (generalmente belgas o francesas) que poseen las patentes de esos odiosos potingues químicos. 

–O sea, que cada barra de pan que compramos enriquece un poco más a un potentado de Bruselas o París.

–Básicamente. La masa de panificación lleva casi un 1% de ese cóctel químico mal llamado «mejorante«, y es un producto que se vende (en polvo) a precio de oro, por los dos o tres fabricantes europeos que monopolizan el mercado. Nadie hace pan sin ello.

–Eso es un tanto escandaloso.

–Para mí, lo más escandaloso es la corrupción de las palabras; esto es, que exista una conspiración generalizada, en muchos ámbitos, para llamar mejor a lo que en realidad es peor. Cuando las palabras se corrompen, todo lo demás se acaba corrompiendo con ellas. 

–¿Eso lo dijo también Benjamin, como lo del progreso y el freno de la locomotora?

–Esto lo digo yo. Y ahora, vayamos de una vez con estas tostadas, que ya se están enfriando. Tal vez no sean tan buenas como deberían, pero el caso es que me he levantado con hambre y tampoco vamos a ser tan estrictos…

–Claro, te levantas con hambre y te da por cavilar amargamente. Cómo te conozco…Pero se te pasará con un par de bocados y el café con leche.

–Creo que sí.

Principios

Varias veces al día, Mao y yo salimos al jardín para jugar un rato con el disco de silicona. Nos conviene a los dos hacer esas breves pausas. Yo estoy seguro de que la artritis de mi amigo mejora mucho con el ejercicio metódico. Y a mí me viene bien levantarme de mi silla y quitar la vista de la pantalla unos minutos.

Lo curioso es que, con el tiempo, esta rutina cotidiana ha experimentado importantes cambios. 

Al principio, Mao corría tras el disco, lo cogía y me lo traía. Entonces yo se lo quitaba de la boca y volvía a arrojarlo lo más lejos que podía, para iniciar de nuevo el proceso. 

Sin embargo, poco a poco, Mao empezó a negarse a devolverme el disco. Se acercaba a mi lado, pero se resistía cada vez más a aflojar su mandíbula para permitirme retomar el objeto y seguir jugando.

Yo no comprendía bien ese comportamiento. Supuse, en todo caso, que en el alma de ese “retriever” profesional que es mi amigo canino, empezaba a primar algún elemento genético que le ordenaba no soltar la presa nunca, ni siquiera a costa de perder el placer de seguir jugando. Una cuestión de principios, por lo tanto, razoné.

Así que, forzado por las circunstancias, me acabé viendo obligado a ofrecerle pequeños trocitos de queso para conseguir que soltase el disco de una bendita vez. 

Al principio fue sencillo, pero una vez más las cosas cambiaron. 

Mao empezó a rechazar mis trocitos de queso. Yo se los acercaba tentadoramente a su boca pero, en esta segunda fase, él me rechazaba y movía a un lado su cabeza, manteniendo siempre el disco entre los dientes y como si estuviera despreciando mi oferta, tal vez desconfiando de mi vil truco de artero homo sapiens. 

“He aquí el soberbio poder de los principios en estas nobles criaturas”, llegué a pensar.

Sin embargo, no tardé pronto en descubrir que si cambiaba el queso por jamón, y si además aumentaba la dosis, el sistema volvía a funcionar. Mao me devolvía entonces el disco, se comía feliz el jamón, y así podíamos seguir jugando.

Estos hallazgos de conductismo de andar por casa, me alegraron, pues pude encontrar en ellos una solución para el ejercicio cotidiano. 

Pero por otro lado, esos hechos me hicieron reflexionar, no sin cierta tristeza. Resultaba que para los perros, al igual que para los humanos (especialmente para los que gobiernan, claro) los principios venían a ser algo esencialmente flexible y acomodable. Todo era función de la cantidad de jamón ofrecida. 

Pero da lo mismo. Lo importante es que gracias a mis artimañas, mi viejo compañero, ese amigo maravilloso que no me juzga jamás, y que ya cumple trece años, se anima a llevar a cabo breves pero vigorosas carreras tras el disco. 

Son tal vez las últimas carreras de su vida, pero las lleva a cabo con admirable vigor, como si quisiese hacer buenos aquellos memorables versos del Ulysses. 

Es decir, se ve que ya no tiene la fuerza de los días pasados, esa que movía tierra y cielo, pero no es menos cierto que sigue teniendo, al decir de Tennyson, el mismo temple de los corazones heroicos, un tanto debilitado, sí, por el tiempo y el destino, pero fuerte en voluntad, para resistir, para buscar, para encontrar y para no rendirse…

Umwelt.

–Siempre te veo justamente por aquí con Mao–me dice un vecino y amigo al encontrarse con nosotros camino de la dehesa.

–Es que en lo relativo a los paseos matutinos–le respondo– Mao y yo somos gentes de costumbres. Hacemos siempre el mismo recorrido. 

–Ya. Lo que pasa es que a tí ve veo con los auriculares; debes ir entretenido escuchando música, pero ¿no se aburrirá un tanto Mao, que le llevas siempre por el mismo sitio?

–¡Ah! qué interesante pregunta. La respuesta es el Umwelt…

–¿Umqué…?

–Umwelt, es decir, el mundo que tenemos a ambos lados. Es una palabra alemana derivada del prefijo latino amb, por ambos lados, y de welt, mundo en alemán, pero no me hagas contarte la etimología de world o welt, porque es compleja. 

–No es necesario, la verdad. Pero, bueno, pero ¿qué pasa con eso de… Umwelt?

–Pues que Mao, al igual que este collie que va junto a tí, tiene su propio mundo, su propio Umwelt, y es bien diferente del nuestro. 

El Umwelt de cada criatura está definido por su propio sistema sensorial. El Umwelt de los murciélagos, con su sistema de sónar y ecolocalización, es diferente del de los tiburones, que están dotados de un maravilloso sistema de electrorrecepción, o del de las abejas, que pueden orientarse manejando la luz polarizada como si fuese una brújula. ¿Cómo imaginar cómo es el Umwelt de una almeja o el de una medusa? 

De esta barrera entre los diferentes “Umwelten” dio cuenta por primera vez Jakob von Uexküll, el  bigotudo zoólogo de primeros del pasado siglo, que fue quien acuñó el concepto…

–¿Y bien? ¿Por qué me cuentas todo esto?

–Pues que para Mao, y para tu collie, cada paseo por los mismos caminos es sin duda infinitamente diferente del anterior o del siguiente. Ambos experimentan cada día un mundo de variaciones en los olores, que ellos perciben con una amplitud cien mil veces superior a la nuestra, y que interpretan de una manera que quizá ni siquiera somos capaces de comprender.

–Ya.

–O sea, querido amigo, que quien se debería aburrir mucho en todo caso durante estos paseos soy yo, con mis limitados cinco sentidos de homo sapiens. Y entonces yo, perteneciente a una especie antropocéntrica, cerril y agresiva, me tengo que conformar con entretenerme oyendo a Schubert y meditando sobre asuntos trascendentes, como esta limitación que nosotros tenemos para entender el mundo de los otros, ya se trate de animales o semejantes. Un tema por cierto que a veces justifica no poca melancolía.

–No, si al final me vas a decir que te gustaría ser perro.

–Pues-respondo con cinismo propiamente dicho– tal como va el mundo de los humanos, no me parece tan mala idea…

Y tras esta breve pero enjundiosa conversación, mi amigo y vecino se despide e inicia el camino hacia su casa. Tengo la convicción de que seguramente va planeando no frecuentar demasiado el recorrido que ha hecho hoy, so pena de soportar de nuevo estas cavilaciones mías. Cavilaciones que casi siempre tienen un toque de amargura. Debe ser mi Umwelt.

…darüber muß man schweigen

A veces, Cristina me pide que ayude con las matemáticas a Diego. Yo lo hago con gusto, aunque acabo siempre un poco triste. Los chicos con dificultades en la materia solo buscan “recetas” para aprobar a cualquier precio (lo mismo que sus padres). A mí en cambio, me parece que lo esencial es ir a los fundamentos, sin darle mucha importancia al examen próximo. Mala estrategia la mía.

Yo pienso que en una materia como la Historia, por ejemplo, se puede enseñar relativamente bien la Primera Guerra Mundial a alguien que no sepa absolutamente nada de la Guerra de los Treinta Años (aunque ayudaría bastante el conocimiento de aquel terrible conflicto europeo del siglo XVII que está en la raíz de las grandes masacres bélicas de la pasada centuria o incluso de la presente). Pero en el campo de las matemáticas, es totalmente imposible enseñar, digamos, trigonometría, a alguien que no maneje bien el algebra elemental. 

He aquí el gran problema de la didáctica de las matemáticas. El profesor enseña algo del programa, los alumnos no entienden nada, y pese a ello, el profesor…sigue (Jardiel decía algo parecido de los malos escritores: se ponen ante el papel blanco, no se les ocurre nada y…siguen).

No es de extrañar el odio generalizado hacia una materia que, bien aprendida, es grata, además de enormemente útil.

Precisamente ahí radica parte del problema. Los enseñantes de matemáticas parecen ser incapaces de motivar al alumno mostrándole las incontables aplicaciones de las matemáticas en la ciencia y en la vida. Una y otra vez, alumnos inteligentes como Diego le preguntan al profesor “¿y esto de las matemáticas para qué sirve? La respuesta del docente suele ser siempre una estéril y tonta generalidad: “pues para todo, las matemáticas sirven para todo y están en todas partes?”. Y dicho esto, el profesor prosigue, convencido de que ha resuelto la inquietud del alumno y su aversión por las matemáticas.

En los casos en los que a mí hacen esta pregunta, suelo contar el episodio de la vida de Pitágoras que nos cuenta Boecio.

Al parecer, se fijó el sabio de Crotona en la labor de un herrero en su taller y comprobó que cada vez que el artesano usaba un martillo con el doble de peso, el sonido del martillazo cambiaba en una octava exactamente. Con esa experiencia, Pitágoras empezó a comprender, acaso por vez primera en la Historia, que existía una misteriosa y precisa relación entre el mundo físico y el mundo matemático.

A partir de aquel momento de revelación de Pitágoras, toda la historia de la ciencia y la tecnología ha sido una demostración continuada de que las matemáticas y el mundo tienen una estructura similar. Y esto es por cierto asombroso. Porque incluso los modelos matemáticos más abstractos y aparentemente alejados de la realidad acaban siendo un reflejo de algún aspecto de esa misma realidad (baste como botón de muestra el ejemplo de los cuaterniones concebidos “en abstracto” por Hamilton o los números imaginarios pensados de igual modo por Euler y Cauchy).

Es decir, me atrevo a comentarle a Diego, la verdadera cuestión no es entender la aplicabilidad de las matemáticas, sino explicarse por qué la matemática es tan prodigiosamente aplicable a todo nuestro mundo. Wigner calificó esta asombrosa “aplicabilidad” como “un milagro”, y como un “don que se nos ha dado sin que realmente lo merezcamos…”

Yo a menudo pienso en estas cosillas. Veo el mundo como un fascinante reflejo de las matemáticas. Y viceversa. Pero entonces me inquieta mucho saber que si, como nos enseñó Gödel, no es posible “demostrar” las matemáticas como un todo, entonces también el mundo parece ser en última instancia indemostrable. 

Llegando a estos desvaríos, yo me acuerdo de lo que decía Aristóteles al comprender que había cosas que la mente humana no podría resolver y ante las que lo mejor que se podía hacer es callarse. Wittgenstein tenía sin duda en la cabeza esta reflexión resignada del Filosofo cuando puso punto final a su Tractatus con aquello de que “de lo que no se puede hablar, lo mejor es callar”.

Y yo también pongo ahora punto final a este texto. Noto que empieza a ser demasiado metafísico. 

Debe ser porque estoy haciendo dieta.

Con artists…

Se suele decir que la verdad es la primera víctima de las guerras. Eso parece muy cierto, a juzgar por las patrañas que orquesta cada bando para justificar o negar sus propias atrocidades, o para fingir o realzar las del enemigo. 

Pero en realidad no es así. Porque la verdad muere antes de que las guerras estallen. De hecho, la mayoría de las guerras estallan solo cuando la verdad ya se ha retorcido a conciencia.

Todos los conflictos bélicos han surgido del engaño; de un engaño cuidadosamente orquestado por los gobernantes. Un engaño en el que quizá incluso ellos mismos llegan a creer en alguna medida.

No se encontraron armas de destrucción masiva en Irak, pese a los interrogatorios en Abu Ghraib.

Hitler hizo creer a sus ciudadanos que el país estaba amenazado por una conspiración internacional, promovida por los judíos, para destruir Alemania, lo que le obligaba a iniciar una guerra “defensiva”.

Napoleón, tras una larga sucesión de triunfos militares, se embarcó en la catastrófica aventura rusa, tal vez impulsado por el autoengaño de ser invencible y convenciendo a sus soldados de que la Grande Armée se disponía a un simple paseo militar por las estepas.

Y en nuestro tiempo, estamos viviendo una guerra que ha surgido tanto del engaño previo sistemático al pueblo ruso sobre la malignidad de los “nazis” ucranianos, como de la hábil propaganda occidental orientada a reforzar la idea de una Rusia siempre expansionista y tiránica.

Los hombres engañamos y nos autoengañamos. Y de qué manera. Tenemos una extraña habilidad para hacerlo. De hecho, pudiera ser que la explicación real del fenómeno humano sea justamente el asombroso talento de este simio que somos para autoengañarse y para engañar al prójimo. Este factor, junto con la extraña capacidad para pensarse a sí mismo, para tener “conciencia del yo personal” y para promoverlo por todos los medios, podría explicar lo que somos y lo que hacemos, especialmente en los aspectos más negativos de nuestra trayectoria como especie.

Se me puede protestar que todos los animales engañan. Y es cierto. El engaño tiene lugar en todos los ámbitos de la Naturaleza. Un pez agitará parte de su cuerpo para simular que es un gusano, de tal forma que atraerá a otro pez y se lo comerá. Un insecto imitará la forma y color de una ramita para evitar ser devorado. Y hay mil casos más, a cuál mas asombroso. El zoólogo suizo Thomas Bugnyar demostró que un cuervo hace creer que esconde trocitos de queso en ciertos recipientes vacíos, para engañar así a su rival dominante y poder ir luego a los que recipientes que están llenos. Incluso hay engaño en el mundo de las bacterias y los virus. El VIH modifica continuamente su cobertura de proteinas, a fin de despistar el sistema inmunitario del huésped.

Pero, aceptémoslo, nada supera la creatividad y diversidad del engaño y autoengaño del ser humano, y, sobre todo, su vinculación con el poder y la agresividad. En este punto solo se nos aproximan, mira por dónde, los chimpancés. La forma en la que los machos de estos primates organizan sutiles emboscadas para masacrar a los rivales, solo puede ser equiparada a nuestras habilidades para hacer lo mismo con nuestros semejantes. Esto sugiere una especie de continuum en la Naturaleza que va desde los elementales engaños de las bacterias hasta el sofisticado arte de embaucar de los humanos (arte, sí; recordemos que los anglosajones llaman a los grandes estafadores “con artists”, usando un término relacionado con la “confidence” , es decir, de la confianza de la que abusa el tramposo profesional).

Conciencia y engaño. Nuestro cerebro ha ido evolucionando para hacer que podamos pensarnos a nosotros mismos y para conseguir engañar con eficacia a los otros (es decir, en cierto modo, pensar en los otros). Y ambas cosas, voluntad de poder respecto al yo propio y capacidad engaño de cara a los demás (o autoengaño) explican lo mucho que el hombre, ay, tiene de dominante, falsario y, sobre todo, agresivo. Somos, tristemente, artistas del poder, del engaño y de la violencia.

Wasted.

Acabo de volver de un largo paseo en bicicleta, con Violeta, por los caminos de la dehesa.

Siempre conversamos mucho, mientras pedaleamos. Y, curiosamente, conversamos de cosas trascendentes. 

No se cómo, ya cerca de Alpedrete, ha salido a relucir el tema del mal en el mundo; creo que ha sido a colación de algún comentario sobre el último tiroteo en el colegio norteamericano. O tal vez sobre el conflicto en Ucrania.

–¿Pero, dime, cómo puede evitar alguien ser malo, si es que está hecho así? 

–Mmm…vaya–le respondo, jadeando un poco, porque vamos por una pequeña cuesta–verás, Violeta, a esa pregunta tan difícil yo no se qué responderte. La verdad es que me parece que somos mucho menos libres de lo que pensamos para dejar de ser nosotros mismos. 

–Entonces ¿por qué castigamos a los malos?-me pregunta Violeta.

–Ejem. Tampoco tengo una respuesta clara…Lo mas que puedo decir es que no tenemos más remedio que actuar y pensar en en el mundo, en nuestro propio interior, como si las personas fuésemos libres de ser buenas o malas. Si no asumimos esa premisa, la vida sería invivible y el mundo inhabitable.

–¿Premisa? ¿Qué es premisa?

–Bueno, premisa es algo que suponemos, algo en lo que necesitamos creer, por alguna razón. Algo que nos conviene creer.

–Ya. Pero ¿sabes qué?

–¿Qué? 

–Que muchas veces el problema es que se deja a los niños estar todo el día con los videojuegos. En mi clase hay uno que se llama Sebas que se cree que cuando uno se muere le aparece una pantalla que dice “wasted, has perdido 50.000 euros y vas a reaparecer en el otro lado de la ciudad”.

–¿De verdad?–respondo asombrado, pero entendiendo al cabo de unos segundos lo que quiere decirme Violeta– ¿wasted es “gastado”, “acabado” ¿no?

–Claro. Y si piensas eso, no me extraña que cojas un día el arma y te pongas a matar gente. Total, si van aparecer todos en el otro lado de la ciudad del videojuego…

Me quedo fascinado por lo que me cuenta. Y sigo pedaleando en silencio. 

El sol ha caído tras las montañas y el horizonte se ha llenado de arreboles. Ya estamos llegando a casa.

Al desmontar, me sobreviene un pensamiento.

Un niño o una niña no es un proyecto de adulto. 

Un adulto es simplemente lo que queda de un niño.

O de una niña.

Injusticia, no poética.

Caen misiles rusos sobre Odessa, la ciudad cosmopolita creada ex nihilo por el aventurero español José de Ribas, a quien Catalina II entregó 26.000 rublos para fundar una ciudad al estilo europeo, a imagen y semejanza de Nápoles o Milán. 

Caen ingenios destructores enviados desde Moscú sobre la ciudad que inquietaba a los zares por ser “demasiado europea”, y en la que por todas partes uno “respira Europa”, según dejó dicho Pushkin, que al parecer pasó allí algunos de los momentos más dichosos de su vida.

Caen los misiles rusos sobre la ciudad que vio nacer a la nueva Rusia; la ciudad en la que prendió la primera chispa del incendio bolchevique. Y son misiles lanzados por quienes alegan ser los herederos de aquellos rebeldes contra la servidumbre y la opresión.

Este bucle siniestro de la Historia hace pensar en la idea de justicia poética, si no fuese porque en esta tragedia no puede hablarse de justicia ni mucho menos de poesía. 

La llamada “justicia poética”, esa tonta noción que acuñó Rymer, el crítico literario británico que menospreciaba a Shakespeare por no cerrar sus obras con finales felices, exigiría algo muy distinto a esta brutal destrucción de la Perla del Mar Negro.

No. No hay ninguna “justicia poética” en la Historia, que viene a ser la consabida narración de ruido y furia contada por un idiota. 

No hay nada de justicia poética en el acontecer del homo sapiens. El mal y el bien se entrecruzan en la vida humana sin orden ni concierto, y todo, tanto lo bueno como lo malo, parece fatalmente determinado por ese imparable impulso hacia la autoafirmación y enaltecimiento del yo que caracteriza a la extraña “criatura pensante”. Es el impulso que acaso mueve tanto al héroe o al santo como al peor tirano o asesino depravado. El impulso que identifica al prímate que un día bajó de los árboles y comenzó a caminar por la sabana llevando en su interior una obsesión por el dominio y el poder que se diría no es sino un efecto secundario indeseable de la emergencia de la reflexión y la conciencia individual.

Hamna shida.

Me cruzo con José Manuel apenas ha amanecido, cuando inicio mi numinoso paseo con Mao por la dehesa. Hablamos un rato, comentando la actualidad con cierta tristeza resignada. Me dice, y tiene razón, que hay una verdadera pandemia de ansiedad en el mundo, una crisis colectiva de miedo y mal humor.

Le hablo entonces a José Manuel de los hazda,

–¿Los hazda?

Sí-le respondo-me refiero a esas tribus de cazadores y recolectores de Africa central que se consideran un eco vivo de la Humanidad más primitiva. Yo pasé un par de días con ellos, hace algunos años. Les acompañé cuando salían al alba a cazar palomas, que capturaban con un certero disparo de arco y luego cocinaban in situ, junto a un baobab, sobre una hoguera encendida con un palito y un puñado de hojarasca, para mi asombro, (yo simulaba que comía las tajadas que me iban dando, pero creo que ellos se daban cuenta de que iba dejando los pedacitos a mi espalda).

Durante aquellas dos jornadas de caza, me di cuenta de que aquellos hazda preferían no hablar mucho. Solo recuerdo que contestaban a mis gestos con un par de palabras. Siempre las mismas. Era algo que sonaba como “hamna shida”.

Mas tarde supe que “hamna shida” significa en su idioma “no hay problema”. Es algo así como la traducción al hazda del famoso lema swahili “hakuna matata”, popularizado por la película de Disney.

Los hazda pronuncian el “hamna shida” en toda clase de situaciones. 

¿No hemos conseguido cazar hoy? Hamna shida. 

¿Hay una bamba verde dentro de la choza? Hamna shida.

¿Hay un leopardo dando vueltas en torno al campamento? Hamna shida.

Ahora que ya empieza parecer claro que nuestra civilización ha seguido un camino en buena medida equivocado en su evolución secular, tal vez conviene echar una mirada atrás y aprender algo de estas gentes primitivas que, con todas sus limitaciones, parecen felices y capaces de aliviar las consecuencias de cualquier eventualidad, con la actitud del hamna shida.

No está a nuestro alcance, como individuos singulares, le digo a José Manuel, parar las guerras ni podemos por nosotros mismos evitar el deterioro del planeta. 

Pero sí podemos intentar no contribuir a esta espantosa pandemia de ansiedad que avanza por el mundo. 

Y podemos hacerlo practicando, pese todo lo que está lloviendo, la actitud hamma shida: el secreto de los maravillosos hazda.

Willy, Niki y Georgy.

Cristina Peri Rossi, en su discurso reciente en la ceremonia de entrega del Cervantes, pronunciado de forma vicaria por Cecilia Roth, ha evocado una famosa frase del as de la Luftwaffe Erich Hartmann (aunque la ha atribuido erróneamente a Neruda): 

“La guerra es eso en lo que se masacran unos hombres que no se conocen entre sí, en beneficio de otros hombres que sí se conocen perfectamente”

Esto, que es ciertísimo y de actualidad, me ha hecho recordar el bufonesco espectáculo de telegramas y ultimatums que, en las vísperas de la Gran Guerra, se intercambiaban los soberanos del Reino Unido, Alemania y Rusia, es decir, Jorge V, el Kaiser Guillermo II y el zar Nicolas II.

Estas tres cabezas coronadas ya lo creo que se conocían. Eran primos, y amigos entrañables desde la infancia. El Kaiser era nieto de la Reina Victoria de Inglaterra, lo que le convertía en primo hermano de Jorge V. A su vez, Jorge V y el Zar Nicolás también eran primos hermanos, pues Jorge V era hijo de Alejandra de Dinamarca, cuya hermana, Dagmar de Dinamarca, era la madre del zar Nicolas II.

Los tres primitos se conocían más que bien, confirmando con ello la aguda observación de Hartmann. Y de hecho, los tres se trataban con los hipocorísticos propios de sus tiernos juegos infantiles: Georgy, Willy y Niky.

Y el hecho es que cuando la Gran Guerra estaba a punto de empezar, Georgy le mandaba a Willy un telegrama, Willy le lanzaba un ultimatum a Niky y Niki se aliaba cordialmente con Georgy contra Willy. 

Al cabo, Niki se unía a Georgy y Willy le declaraba la guerra a Niki y a Georgy…

Y así, tras esos mensajes cordiales que Willy, Niki y Georgy intercambiaban, daba comienzo la carnicería continental que acabaría con decenas de millones de seres humanos, los cuales, como bien dice Hartmann, ni se conocían, ni eran parientes, ni mucho menos primos hermanos, como los entrañables Willy, Niki y Georgy.