El Codex

Me han regalado por mi cumpleaños un ejemplar, con encuadernación in-folio (como debe ser), editado por Rizzoli, del Codex Seraphinianus, esa obra maestra de la fantasía surrealista. 

Esta mañana le he mostrado mi espléndido regalo a un amigo y vecino que acude regularmente a un taller de escritura. Me lo he encontrado mientras paseaba con Mao y le he invitado a echar una ojeada a mi flamante ejemplar del Codex. Lo he hecho para sugerirle que utilice las increibles páginas del Seraphinianus como palestra de ejercicios para sus compañeros aficionados a la literatura. 

Elegir una página de esta enloquecedora enciclopedia, al azar, y tratar de traducir los textos que acompañan a esas imágenes sobrenaturales y perturbadoras puede ser una maravillosa gimnasia para la creatividad. 

Estoy seguro de que si Gianni Rodari hubiese conocido esta obra (el admirable autor de Gramática de la Fantasía murió en Roma pocos meses antes de la publicación del Codex) hubiera quedado tan fascinado y atraído por ella como lo estuvo, por ejemplo, Italo Calvino, Roland Barthes, o Franco María Ricci. 

En realidad, dada la casi simultaneidad entre el óbito de Rodari y la edición del Seraphinianus, estoy convencido de que fue el alma inmortal de Rodari la fuente de inspiración para la creación de estos dibujos, y no la gata callejera que se posaba en la espalda del autor mientras dibujaba, a la que Serafini ha reconocido la totalidad de la autoría del Codex. O tal vez Rodari era esa gata.

En fin, hoy he traído a colación el Codex, interrumpiendo brevemente el ya dilatado hiato creador al que me está obligando mi esforzada preparación ajedrecística para cada partida dominical, por una razón realmente importante. 

Sí, queridos lectores, sí. Tengo el inmenso placer de anunciar al mundo que he conseguido algo extraordinario: he logrado decodificar el Codex Seraphinianus. 

No voy a cometer la ingenuidad de divulgar aquí la clave, no. Me las arreglaré para “monetarizar” mi descubrimiento, como se dice ahora. Pero, como prueba de mi asombroso hallazgo, voy a copiar a continuación el texto de una de las páginas de la obra, en la sección V, Máquinas y Vehículos. Aquí la transcribo.

Y añado que si alguno de mis lectores desea conseguir la versión digital del Codex, solo tiene que pedírmela. Puede que además le obsequie con alguna otra página traducida gracias a mi esfuerzo criptográfico, solo comparable a los trabajos de descifrado de Bletchley Park.

Textos de la página aquí reproducida:

(Titular) 

Corrutecnia

(Leyenda 1, junto a la mano mecánica) 

Ingeniería aplicada a la corrupción masiva. Industrialización del soborno artesanal clásico.

(Leyenda 2, bajo el ingenio superior)

El Corrumotor Móvil permite industrializar la corrupción, multiplicando los fondos recibidos. Sus cuatro manos captadoras alimentan un tren de blanqueo de dinero. Dispone de una gran oruga en lugar de ruedas, para trasladarse a todas las Autonomías y municipios.

(Leyenda 3, junto a la mano mecánica)

El movimiento de dedo sabiamente articulado plantea una irresistible invitación para la entrega de fondos.

(Leyenda 4, bajo el ingenio inferior)

El Gran Corrupio es el máximo exponente de la nueva tecnología corruptiva. Cuando la captura de fondos con el Corrumotor Móvil es insuficiente, lo cual es cada vez más frecuente, dada la voracidad de los prebostes, este ingenio permite recoger una gran cantidad de fondos en convenientes carretillas, las cuales ascienden velozmente por unos rieles hasta el túnel de blanqueo.

El gato, Unamuno y Berdyaev.

Un amigo, que se anima a leerme de vez en cuando, se extraña de que yo escriba a menudo sobre mi compañero canino pero que rara vez lo haga sobre mi camarada felino.

Es cierto. Y lo es a pesar de que frecuentemente medito sobre el gato. Sobre los gatos.

Más de una vez, a lo largo del día, me quedo mirando a mi gato. El quieto. Yo absorto, pensativo, melancólico.

Sí. Pienso mucho mirando a mi gato, cuando está inmóvil sobre mi mesa de trabajo, mientras escribo. O cuando le veo estático, como una esfinge egipcia, en su rincón favorito del jardín, tomando el dulce sol de invierno. O cuando sestea, en la misma cama que Mao, a un par de metros de mí. Como lo hace mientras escribo esto.

Pienso por ejemplo en que el gato es una criatura mejor que yo. O más bien que su relación con el mundo es sustancialmente mejor que la mía.

Yo me paso la vida luchando agónicamente por ser feliz. Y para ser feliz trato de cambiar el mundo y acaso cambiarme también a mí mismo. 

El gato, no. 

El gato no necesita escapar de sí mismo para ser feliz. 

El gato es feliz siendo quien es. 

De hecho, palabra felino está relacionada con felicidad, a través del ancestro común de ambos vocablos, esto es, el verbo arcaico griego phyo, φύω, que significaba producir, crear, dar fruto.

Un felino es un felino, claro, por su gran capacidad para producir, para procrear, pero, al menos etimológicamente, también es felino por ser feliz.

Desde su felicidad casi metafísica, me parece que no trata el gato de cambiar el mundo, ni siquiera de juzgarlo. 

Para el gato, el mundo también es como es. Tal vez por eso se suele decir de los gatos que son más bien amorales. 

No son amorales los gatos, lo que son es sabios. 

Y de ellos podríamos aprender que toda búsqueda desesperada de la felicidad, si se busca fuera de uno mismo, está llamada a fracasar.

En estas cosas pienso cuando miro a mi gato. Contemplarle me invita a meditar. Me ayuda a meditar.

Puede que Mao me impulse más a menudo a escribir sobre él. Pero el gato me invita a diario a pensar y sentir.

E, impulsándome una a jugar y otra a pensar, tengo un afecto profundo por ambas criaturas. Sin privilegios.

En particular, con respecto al gato, comprendo bien a quienes como el filósofo ruso Nicolas Berdyaev escribían sobre su gato algo tan emocionante como lo que a continuación voy a transcribir. 

Es un texto conmovedor, en la autobiografía del autor, y tiene un tono en el que es imposible no reconocer a Unamuno, quien por cierto también amaba a su gato, al que jamás veía reir o lamentarse, pero de cuya capacidad de razonar el maestro vasco daba fé.

Pero escuchemos la voz de Berdyaev:

En el momento mismo de la liberación de París, perdimos a nuestro amado Muri, que murió después de una dolorosa enfermedad. Sus sufrimientos antes de la muerte fueron para mí los sufrimientos y trabajos de toda la Creación; a través de Muri yo me sentí unido a la totalidad de la Creación y tuve la esperanza de su redención. Era extremadamente conmovedor ver a Muri, en la víspera de su muerte, abrirse camino con dificultad hasta la habitación de Lidia (ella estaba también seriamente enferma) y subirse a su cama; llegaba hasta ella para decirle adios. Yo lloro raras veces-y esto puede parecer extraño, cómico o ridículo–pero cuando Muri murió lloré amargamente. La gente especula sobre “la inmortalidad del alma humana”, pero al respecto yo exigía también una vida inmortal y eterna para Muri. No podía conformarme con nada menos que con una vida eterna para él.

Unos meses después, perdí también a Lidia…No puedo reconciliarme con la muerte y con el destino trágico de la existencia humana…No puede haber vida más allá a no ser que restaure en su ser a todos aquellos a quienes hemos amado.»

El Pabellón (recordando a Bartleby)

«A Sonia no le pareció mal tener que confinarse en el pabellón diez días, tan pronto supimos que su test era positivo. 

Me pareció un poco rara tan buena actitud, teniendo en cuenta que ella es poco más que una adolescente. Pero hay que reconocer que el confinamiento se presentaba como algo relativamente cómodo en el pequeño pabellón para invitados que tenemos junto a la casa familiar. 

El hecho es que la cuidamos y la atendimos con esmero. En el pabellón, ella tenía de todo: ordenadores con wifi, televisión con Netflix, un baño completo, cafetera e incluso una pequeña cocinita para calentar algo entre horas. Y en cuanto a las comidas, ¡hay que ver cómo nos esmerábamos !. Le indicábamos para cada desayuno, comida o cena el menú a elegir. Y se lo servíamos todo a través de la ventana del pabellón; vamos, como en un hotel de cinco estrellas.

Pero, ay, cuando llegó el décimo día, el momento en el que debía concluir Sonia su confinamiento, ella nos dijo que se encontraba mejor dentro del pabellón, y que no creía que fuera el momento de salir. Decía que le dolía la cabeza y que mejor saldría mañana…

Fue una sorpresa. Pero pensamos que quizá ella sentía que todavía no estaba curada del todo. Asi que le fuimos pasando algunos tests para que comprobase la situación. No sirvió de nada. Los tests eran siempre negativos, uno tras otro, pero los días pasaban y Sonia nos decía que prefería quedarse en el pabellón. Tenía jaqueca, al parecer, y le dolía todo el cuerpo.

Comprenderá el lector que esto no tiene mucha importancia. Un día o una semana más sin querer salir al mundo no significa nada, aunque no haya razones evidentes para ello. Pero el caso es, querido lector,  que nuestra hija ya lleva diez meses en el pabellón. ¡Diez meses bien contados! Y no tiene pinta de que esto se arregle.

Algo me dice que será cuestión de años. 

Nosotros hemos hecho de todo para convencerle de que salga, pero su respuesta es siempre la misma: “tengo un poco de jaqueca y me duele todo el cuerpo; mejor mañana”.

A mí me cuesta cada vez más entender a los seres humanos. ¿Qué la retiene ahí adentro?

No se que pensar. 

Hombre, es cierto que el mundo se está haciendo algo complicado últimamente. Los virus y sus pandemias. La incompetencia y soberbia de los que mandan. La cerrazón de muchos. La irracionalidad de casi todos. Las traiciones. Las despedidas. Las pasiones dolorosas…Por no hablar del paro, el cambio climático, la nueva Guerra Fría o el precio de la luz.

En fin, pienso en alguna explicación plausible mientras escucho en la radio no se qué del concurso de Eurovisión y la participación en él de dos añosas folclóricas cuyos berridos, permítaseme la expresión, ya me producían a mí un shock anafiláctico en mi lejana juventud. Tras la noticia han puesto una canción del duo en cuestión; me parece entender la letra; ‘te lo juro por Louis Vuitton, que contra la depresión, quema la visa, vive deprisa, esas es la solución…

Y oyendo esta noticia y escuchando esta canción, noto yo mismo, mirando con ansiedad la puerta del pabellón, que, al igual que a Sonia, me está entrando un poco de jaqueca y me comienza a doler todo el cuerpo…«

Un claro en la jungla del caos.

Acompaño a Violeta hasta su casa, con Mao. Llueve un poco, sí, pero este paseo al atardecer resulta agradable.

Le pregunto a Violeta por sus clases y me dice que está divirtiéndose con unas actividades relacionadas con el Sistema Periódico.

Me alegra oir eso. Le digo que la Tabla de Mendeleyev es algo fascinante. Le deja a uno perplejo esa disciplinada alineación de los elementos que forman el cosmos en filas y columnas, dispuestos según el número de los electrones y protones, como si, después de todo, existiese un cierto orden en este universo que se nos antoja tan caótico.

Tiene gracia que Violeta me hable del sistema periódico, porque los tres libros que acabo de leer hablan precisamente de esa tabla, concretamente el muy entretenido de Hugh Aldersey-Williams, el best seller de Sam Kean y la obra maestra de Primo Levi sobre el sistema periódico que quizá sea el más bello libro de divulgación jamás escrito y que releo a menudo. Los tres están ahora en mi mesilla.

Al salir a la luz los átomos que forman la materia, le digo a Violeta que ocurre una cosa muy curiosa con ellos: están prácticamente vacíos. 

–¿Qué quieres decir?

–Pues que un átomo es básicamente  como una cáscara de huevo vacía, con un insignificante trocito de materia en el centro. 

–O sea que todo lo que tocamos en realidad está casi vacío. ¿Todo es cáscara?

–Pues sí. De hecho, ni siquiera hay cáscara. El núcleo, hecho de protones y neutrones, en torno al cual orbitan en sus capas los electrones, es veinte mil veces más pequeño que el átomo en sí. Cada átomo no resulta ser sino un pequeño universo espantosamente vacío. De hecho, podríamos pensar en una mosca en el centro de una catedral y eso nos daría una idea de lo muy vacíos que están los átomos.

–¿Todos los átomos que componen las cosas que vemos y tocamos son así de vacíos?.

–Así de vacíos.

Violeta se queda muy meditabunada. Caminamos. Su casa ya está cerca. Mao se para junto a un acebo.

–¿Sabes qué? A veces yo también pienso en cosas muy filosóficas–me dice-y en lo que más pienso es en por qué yo soy yo. Eso es lo que no puedo entender.

–¿Por qué tú no eres tú?

–Sí. Por qué yo soy yo y no soy cualquier otra persona, eso mismo, No se, por ejemplo por qué no soy yo esa señora que va ahí con el paraguas y en cambio soy yo misma…

Sonrío porque el problema que está planteando Violeta es mucho más interesante de lo que parece. Y es notable que sea una de esas cuestiones trascendentales que nos planteamos en la infancia, antes de que la vida nos empuje a ocuparnos de cuestiones más urgentes, como el pago del seguro del coche o el cambio de la caldera de calefacción.

Le digo a Violeta que tiene muchísima razón en plantearse esa cuestión tan “filosófica”. Le aclaro que es el genuino enigma de la conciencia del yo. Algo que no ha resuelto ni la ciencia ni la filosofía. Hasta el momento. Y que quizá sea el último problema que podamos resolver algún día.

–¿De verdad no existe explicación?

Pienso un poco antes de contestar. No se muy bien qué camino seguir. Podría hacer cómo los filósofos analíticos y salir del paso con un sucio truco, diciendo que simplemente la pregunta está mal planteada pues nos lleva a un bucle sin sentido: podemos preguntar por cualquier cosa excepto preguntar qué cosa es la cosa que pregunta. El ojo no puede verse a sí mismo. Podría incluso mencionarle aquella efectista, pero vacua, frase de Heidegger, que dejó dicho lo de que la conciencia del yo, la conciencia del ser, es un claro en la selva del caos universal (también Ortega y María Zambrano recurrieron a la metáfora del claro del bosque). 

Nada de esto me convence.

–Pues, verás, Violeta, yo creo que tú te sientes tú, simplemente porque si no te sintieses tú no sobrevivirías…no te alimentarías…no te protegerías de los peligros…desaparecerías…El sentido del yo te lo ha dado la Naturaleza  para que sigas siendo tú…

Se queda muy pensativa ante mi observación…

–Entonces, yo soy yo porque no podría ser otra cosa. Yo soy yo misma y ya está. ¿Es eso lo que quieres decir?

–Más o menos, Vio. Tu eres tú porque todos los demás…¡ya están cogidos…!

Se ríe. Pero sigue en silencio. Ya hemos llegado los tres a su casa. 

Kira ladra porque ha notado la presencia de Mao en la puerta. 

Violeta piensa. 

Suena un villancico en el interior de la casa.

El Poder del Perro

Mao acaba de cumplir 12 años. Son muchos. Demasiados para un labrador.

Se le nota la edad en su forma cansina de andar, en la expresión de su cara, en lo mucho que le cuesta levantarse cada mañana de su colchón para darme los buenos días tan pronto me ve bajar del dormitorio. Yo trato de aliviar un pcco su artritis con ejercicio. Dos veces al día nos vamos a la dehesa y jugamos él y yo con el platillo de silicona. Y hay que ver cómo corre tras el juguete cuando gira y gira en el aire. Parece otro. A tal punto el juego nos motiva y nos cura a los seres vivos. Pero al terminar la sesión vuelve a ser un perro viejecito, aunque maravilloso hasta el último de sus días.

A veces me encuentro con vecinos que se dan cuenta de cómo ha envejecido mi amigo. A menudo me dicen que ya no quieren otro perro debido lo mucho que sufrieron cuando murió el que tenían. Yo me revelo frente a esa tesis. Creo que los largos años de felicidad que Mao nos ha dado-y nos sigue dando- compensan de sobra el dolor de su ya no lejana partida.

Pero alcanzo a comprender lo que me dicen. Yo también noto cómo se ensombrece mi ánimo cuando pienso en que le tendré que decir adios a Mao. Tal vez en un año. Tal vez en dos. Quién sabe.

Hoy he sentido particularmente esa espina en el alma. No se por qué. Tal vez porque la mañana de sábado era hermosa y hemos jugado mejor que nunca.

Volviendo los dos hacia casa he pensado en un poema de Rudyard Kipling. Es un poema en el que precisamente el poeta inglés se lamenta de que nos encariñemos con un perro. Bastantes tristezas nos da la vida, dice Kypling en unos versos que he traducido parcialmente abajo, como para que, encima, hagamos que un perro, cierto día, nos haga trizas el corazón. 

Puede ser. Pero creo que Kypling, en ese poema, en realidad no está hablando de un perro, sino de su amado hijo, que murió trágicamente en la Primera Guerra Mundial. Quizá le vino en algún momento la negra idea según la cual es mejor no tener hijos, para evitar que algún día nos partan el alma de algún modo. No se atrevió Kipling a convertir en un poema este negro pensamiento, así que usó la metáfora del perro. Tituló al poema “El Poder del Perro”, tomando una expresión de los Salmos bíblicos en la que el salmista le pide a Dios que le libre del poder de los fieros canes. Yo creo que Kypling quisó dar otra interpretación a la frase bíblica. Quiso indicar que el poder del perro es abrumarnos cuando nos dice adios. Como ocurre con cualquier otro ser querido. Ese es el verdadero poder del perro.

El Poder del Perro ha sido el título que se ha dado a una fascinante obra cinematográfica que acaba de estrenarse, basada en el libro de Thomas Savage. 

No tengo claro si el Director ha querido hacer alusión al salmo bíblico o al poema de Kipling. Yo me inclino por lo último, pero explicar por qué implicaría destripar la película para quien todavía no la haya visto. Y vaya que merece la pena hacerlo pues es una fascinante producción en verdad. Una obra maestra.

Y dicho esto, solo me queda transcribir mi traducción de una de la estrofas del poema de Kipling. Es triste. Yo no estoy de acuerdo con sus implicaciones. Me niego a aceptar lo que sugiere. Mil veces vale más lo que nos dan que lo que nos quitan. Los hijos o los perros.

Pero lo entiendo.

“Hay suficiente tristeza en la vida,

de hombres y mujeres como para colmar nuestra resistencia

Y cuando sabemos que el depósito rebosa de amarguras

¿Por qué buscamos añadir aún más?

Hermanos y hermanas, os pido que lo penséis antes de hacerlo; 

Pesadlo antes de dar el corazón a un perro, para que algún día te lo desgarre.”

Непо́мнящий

El enfrentamiento por el cetro mundial de ajedrez comienza hoy viernes 26 de Noviembre, en Dubai. Mientras desayuno, leo un artículo en el periódico sobre los adversarios, esto es, el actual campeón islandés Carlsen y el retador, el ruso Niepomniatchi.

El articulista saca punta al desafío señalando que el candidato fue hasta no hace mucho amigo y personal y colaborador del actual campeón. Y que por ello, el gran reto del ruso será olvidar esa relación del pasado y evitar que influya en su juego. 

Me ha llamado mucho la atención este enfoque. Y también me ha entristecido lo que me ha evocado.

–¿Por qué te ha llamado la atención?

Porque no se si el periodista ha caído en la cuenta de que el apellido ruso Niemponiatchi significa justamente “el que no recuerda”. 

–Ah, qué casualidad. Y ¿por qué te ha entristecido?

–Pues porque ese apellido es un testimonio de la terrible opresión que sufrían los rusos en los tiempos de la esclavitud, que apenas terminó cuando alboreó el siglo XX.

–Ya me dirás.

–Cuando la policía zarista interrogaba a un vagabundo o a un siervo, y le preguntaba su nombre, era relativamente usual que este respondiese con un “yo no lo recuerdo”, es decir, “ia niepomniu”. Y lo tremendo es que ese olvido era creíble, hasta tal punto llegaba la mísera ignorancia de los siervos.

–Eran tan pobres que por no tener no tenían ni siquiera nombre…

–Así es. Y por ello la policía se limitaba a registrar al desdichado paisano como “el que no recuerda”, 

–Exacto: niepomniatchi, el que no recuerda, una expresión que con el tiempo se ha convertido en un apellido ruso más.

–Triste, estoy de acuerdo.

–Sí. A veces, explorar el origen de las palabras nos lleva a mundos oscuros. Pero también se puede ver algo luminoso en ese apellido, si te fijas bien.

–Explícate.

–Pues verás; nie-pomniatchi es un derivado del verbo ruso napominat que significa, en efecto, recordar. La partícula inicial nie es la que da el sentido negativo. Pero lo bonito, creo yo, es que a su vez, napominat está vinculado a mniti, que significa a la vez “recuerda” y “piensa”. Todo proviene de la raíz protoindoeuropea «men«, pensar, que es la que da vocablos como mantra, manía, amnesia, mentor, y, por supuesto, mente.

–¿A dónde quieres llegar? Siempre me acabas confundiendo con todos tus derivados y tus raíces protoindonosequé.

–Lo que quiero es resaltar que para el lenguaje ruso, de algún modo, el conocimiento es puro recuerdo. Y eso es muy sutil, muy platónico. Recuerda que ya hemos comentado alguna vez que para los antiguos griegos la verdad, la a-leteia, es aquello que se desvela, aquello que deja de estar escondido por el olvido, como el olvido que el lago Leteo produce en las almas de quienes pasan al otro lado para evitar que sufran recordando a los seres queridos.

–Uff, mejor lo dejamos aquí. Y ya me dirás quien gana la partida de hoy entre Carlsen y… ¿cómo es el nombre del otro?

–No me acuerdo.

Ni mu.

Me preguntan por qué escribo tan poco últimamente.

–No se. La verdad es que tengo bastante trabajo. Y el poco tiempo libre que tengo lo dedico a los amigos, a la bicicleta o al ajedrez.

–Qué lástima. Deberías dejar un poco de espacio en tu jornada para escribir.

–No se. He escrito diez mil publicaciones en el blog antiguo y varios miles más en este. Ya he contado bastantes cosas; supongo que alguna de ellas interesante.

–Pero ¿es que ya no se te ocurre nada que merezca la pena publicar?

–Mu.

–¿Cómo?

–He dicho que mu. Si quieres te lo repito.

–¿Y eso? ¿Me estás llamando rumiante o algo así?

–No. Estoy diciendo que la pregunta sobre si se me ocurre o no algo que merezca la pena está mal planteada. No puedo responder ni afirmativa ni negativamente. Porque ignoro qué es lo que merece la pena publicar. Tal vez no merezca la pena publicar nada. Tal vez cualquier cosa es digna de ser compartida.

–Ya. Y que tiene que ver “mu” con eso que estás diciendo.

–Muy sencillo. En japonés para responder afirmativamente a una pregunta dicen “hai”. Y para responder negativamente dicen “iie”.

–¿Y?

–Pues que también tienen los nipones una expresión para no decir ni sí no, sino que la pregunta no está planteada de forma en que pueda ser respondida afirmativa o negativamente.

–Ah, ya lo pillo. Esa expresión es “mu”. 

–Exacto. Existe un koan zen en el que un estudiante le pregunta al maestro Zhaozhou si un perro podría conseguir la iluminación de Buda. El maestro se limita a responder “mu”, es decir, nada, respuesta ausente, silencio, cualquier cosa vale como respuesta…

–¡Qué interesante!

–Ya lo creo. Este “mu” es muy interesante porque pone de manifiesto algunas limitaciones estructurales de nuestra lógica binaria. Y viene al caso recordar que en los próximos ordenadores el “mu” será una tercera opción. Seguro que has oído hablar de esos llamados qubits que añaden al 0 y al 1 un tercer valor definido por el estado de indeterminación o superposición cuántica, lo que incrementa prodigiosamente el potencial de cálculo de las máquinas inteligentes.

–O sea, que en cierto modo, los japoneses, con su “mu”, se anticiparon a la nueva revolución informática que está en cambio.

–Podemos verlo así, si quieres. Aunque no son solo los japoneses, también existen otros lenguajes como el coreano o el tibetano en el que utilizan una particula parecida. Yo creo que mu es algo muy útil, dejando aparte el laberinto cuántico, porque muchas discusiones estúpidas quedarían neutralizadas si aprendiésemos a decir “mu”, es decir, a poner en cuestión la formulación misma de la cuestión. Frente a la tontería dialéctica no hay que decir ni mu, o más bien hay que decir exactamente mu.

–Oye, y ahora que lo pienso, ¿por qué no escribes hoy sobre la importancia de “mu”?

–Puede ser. Pero será cuando termine unas cosillas que tengo entre manos. Hasta entonces, ni mu.

¡Eia, eia, alalá!

Los populismos, en cualquiera de sus sabores y presentaciones, son muy eficaces en cambiar el nombre de las cosas, tal vez para compensar lo poco eficaces que son en cambiar las cosas.

Nombres de calles, pronombres, adjetivos, referencias históricas…todo ha de llamarse de la manera nueva y mejor…

Anteayer, los pulsateclas de la Carrera de San Jerónimo aprobaron que el Valle de los Caídos deje de llamarse Valle de los Caídos, por ser políticamente incorrecto. Mira por dónde a mí ese cambio no me parece mal. En cambio, tengo mis dudas sobre la nueva toponimia que proponen, pues nos mandan que llamemos a ese enclave como antaño, esto es, Cuelgamuros, que acaso también resulte políticamente incorrecto, si hacemos caso de lo que por ejemplo asevera Nicolas Sánchez Albornoz–jornalero forzoso durante seis años en el faraónico panteón que Franco se preparó–quien remite esta última toponimia a una derivación del muy feo  “Cuelga Moros”.

En realidad, el profesor Sánchez Albornoz se equivoca: ese “muros” o “moros” está relacionado con uno de los lexemas toponímicos más populares en la península ibérica, sin la menor relación con los mahometanos o con las paredes. Se trata de “murr” o “mor”, que es partícula prerrománica y que significa montón de piedras o colina pedregosa, y que está presente en incontables topónimos de nuestros pagos: Moron, Mora, Morella, Moretón, Morilla, Morra, Morral, Morales, Morata…

Sobre el orígen prerrománico de estos topónimos no hay la menor duda. Solo se discute si el lexema prerromano en cuestión proviene del substrato mediterráneo (Menéndez Pidal) o del alpino-cántabro-pirenaico (Hubschmid). De hecho, hay referencias en los textos griegos y latinos a estos viejos topónimos relacionados con mor. Estrabón hace referencia a un Morón cerca de Lisboa, en lo alto de un cerro, y Ptolomeo a un cierto Moroika, por ejemplo.

O sea, que me parece muy bien y me da que es políticamente impecable, que el Valle de los Caídos se vuelva a llamar Cuelgamuros, sin que dicha modificación tenga por qué ofender a los musulmanes, si se entiende bien (aunque alguno habrá que clame en este sentido).

Pero, me inquieta, después de todo, que este cambio, por más que bienvenido, sea otra manifestación de la funesta propensión populista para cambiar los nombres y no las cosas, como dije arriba. Precisamente estos días estoy releyendo a Primo Levi y me troncho con sus sarcasmos sobre la “italianizzacione delle parole” que promovió el fascismo en los años 30 del pasado siglo. Mussolini decidió que habría que prohibir el uso de todo vocablo que no fuese de estricto carácter italiano, so pena de multa y 6 meses de cárcel. Así, los sufridos italianos tuvieron que acostumbrarse a cambiar de nombre a más de 500 palabras: el croissant pasó a llamarse cornetto, el hotel, albergo, un panorama se convertía en tuttochesivede (todoloqueseve), el sandwich pasaba a ser un traidue (entredos), el gangster ya no era un gangster sino un malfattore (malhechor), nada de records sino primatos, y prohibido mencionar el color burdeos, pues debía decirse color barolo (como ese caldo tan sobrevalorado del Piamonte). Y que no se le ocurriese a nadie decir “insalata russa”, existiendo el muy fascista término de “insalata tricolore”. Ni de broma hablar del zar o la zarina, sino del cesar y la cesarina. No se podía jugar al tenis, sino a la pallacorda. Y había normas aún más hilarantes: por ejemplo, que no se debía mencionar a Louis Armstrong sino con su nombre italianizado, esto es Luigi Braccioforte. O que no se podía exclamar “hip, hip, hurra!”, sino “eia, eia, alalá!, que era el grito de guerra de los hoplitas de la Hélade, tal como sabemos por Esquilo y Platón.

Casi ninguno de estos cambios promovidos por el fascio redentor italiano ha subsistido, salvo acaso el tramezzino para sandwich o el calcio para fúbol. Poco más.

En fin, lo que he dicho al principio, que lo fácil en este mundo es pretender cambiar los nombres de las cosas. Y lo difícil, cambiar las cosas mismas.

De aquí que los populistas se centren siempre en lo primero, para disimular su impotencia en lo segundo.

Recelemos, entonces, de los manipuladores del lenguaje. Esconden siempre a los manipuladores de personas.

Humanidad.

Parece ser que los mandamases del mundo se deciden a tomar ciertas medidas para frenar el calentamiento global. ¡A buenas horas!

Es sorprendente la falta de reflejos que tiene el ser humano como conjunto en relación a los problemas que también afectan al ser humano globalmente.

Pondré un ejemplo quizá no muy conocido. 

En el discurso de recepción del Nobel, Alexander Fleming dejó dicho que un mal uso de los antibióticos podría generar resistencia, y que eso representaba un peligro (“The time may come when penicillin can be bought by anyone in the shops. Then there is the danger that the ignorant man may easily underdose himself and by exposing his microbes to non-lethal quantities of the drug make them resistant”).

Y eso se dijo, fijémonos bien, en 1945.

Da la impresión de que pasaron muchas décadas hasta que se empezó a hacer frente al problema con cierta seriedad. Y parece haber ocurrido lo mismo con el cambio climático.

¡Oh, la Humanidad!

Derrida en Halloween.

Tras la enésima visita de los niños de la zona, reclamando caramelos, le digo a Marta que hoy me apetece escribir sobre ese nuevo ritual infantil que es el “truco o trato”.

–¿Qué vas a decir al respecto, no será otra vez uno de tus rollos sobre la actualidad sociopolítica?

–La verdad es que el asunto del «truco o trato» bien podría dar pie a una reflexión sobre la política que sufrimos, porque parece ahora que todo va de un juego interminable de sucios trucos y feos tratos…Pero, no temas, nada de política. Esta oscura tarde del 31 de Octubre me gustaría escribir mas bien, y con la excusa de lo del “truco o trato”, sobre el problema de la traducción de idiomas. 

–¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

–Pues en que lo de “truco o trato” es un ejemplo de lo difícil que es traducir. En realidad, en cierto modo, proclamo que toda traducción es un imposible.

–Vamos a ver, Truco o trato no es mas que la obvia traducción del inglés “trick or treat”…¿Te parece errónea? ¿Y por qué tienes que sacarle punta a todo?

-Totalmente errónea. Y es algo que epitomiza el problema de la traducción.

Para empezar, el “Trick” importado del Halloween anglosajón debería entenderse, en este contexto, como la amenaza de gastar una broma más o menos pesada. Nada de «trucos».

Trick viene del bajo latín tricare, con el significado entrelazar, especialmente de barajar los naipes (y hacerlo posiblemente haciendo trampa), como cuando se entrelazan los pelos del cabello (ya sabes que trija es pelo en griego). Este verbo se relaciona con nuestro bonito adjetivo «inextricable» que viene a calificar algo que es tan complicado que no se puede desenredar.

–Sí. ¿Y?

Pues que el campo semántico del trick inglés es amplio, ya que incluye no solo la idea de broma sino la de engaño o incluso ventaja, una triple acepción que no se da completamente en nuestro truco, que precisamente carece de esa idea de broma más o menos pesada. Esa idea, y no otra es la que cuenta en esta dichosa movida infantil de Halloween. Traducir «trick» por «truco» es un desastre.

En cuanto a la palabra inglesa “treat”, se trata de un vocablo que proviene en última instancia, y a través del francés, del latín “tractare”, que tenía el sentido de tratar, tocar, manipular, preparar algo material o inmaterial.

Tal vez, originalmente en latín, tractare significaba estirar, en referencia al trabajo de amasar el pan. El hecho es que de aquel tractare latino se derivan muchas palabras romances, desde las trattorie (los restaurantes italianos) hasta los tratos o negociaciones de los mercaderes, pasando por los tratamientos que aplican los galenos. Ahora bien, en inglés, treat también ha adquirido (al parecer desde 1650) el significado de detalle amigable, cortesía o atención especial hacia alguien, tal vez como un derivado de la idea de negociación o trato (hay aún más acepciones; por ejemplo en Shakespeare, trick es un rasgo facial agradable). Obviamente, es ese sentido de agasajo que tiene el “treat”inglés el que no tenemos en español, siendo así que es justamente el que se relaciona con el “trick or treat.» No se puede traducir en este contexto treat como trato. Es un disparate.

–¿Y cómo traducirías tú «trick or treat», si puede saberse?

Como, “broma o premio”, o algo así. Pero yo no acabo de ver una alternativa correcta.

–Tal vez no la haya.

Exacto. Y tal vez Derrida tenía razón al señalar que cuando Dios condenó al mundo a sufrir una multiplicidad de lenguas por el atrevimiento de haber intentado crear una puerta hacia él (Bab-Ylu), también lo condenó a soportar la imposibilidad/necesidad de toda traducción.

Escribiendo esto, y tentado de seguir escribiendo sobre Benjamin, la intraductibilidad y otras cosas muy serias, pongo punto final a este post, porque llaman de nuevo a nuestra puerta para amenazarnos con una bromita si no les damos el oportuno premio.

Como se descuiden les suelto lo de Derrida y Benjamin.