Philip K. Dick

Produce escalofríos pensarlo.

De no ser por la pandemia, Trump estaría hoy en la Casa Blanca y los Estados Unidos habrían iniciado ya un camino hacia el fascismo de pleno derecho. Un camino hacia un mundo no muy diferente al que fue imaginado por Philip K. Dick en The Man in the High Castle, esa novela que ganó en 1963 el premio Hugo y que ha sido adaptada a una serie televisiva.

Así que una vez más hay que descubrirse ante la portentosa intuición de este visionario. Cuando seguimos la mencionada serie, o vemos Blade Runner, o Minority Report, nacido todo ello de su imaginación, nos damos cuenta de su inmenso talento para entender lo que se nos venía encima, muchos años antes de que tuviese lugar.

Pero no son solo las obras citadas. Es menos sabido que el reality show Gran Hermano, tal vez el formato televisivo más tristemente exitoso de todos los tiempos (junto con la Ruleta de la Fortuna), está también inspirado en una obra de Philip K. Dick.

No es discutible que el Big Brother creado por Endemol en 1999 y que apareció por primera vez en una cadena holandesa tiene mucho del Show de Truman, estrenado apenas un año antes, en 1998. Pero es que, a su vez, el Show de Truman fue meramente una adaptación de Time Out of Joint, la novela escrita por Philip K.Dick en 1959, en la que un ciudadano, Raggle Gumm, habitual ganador de cierto concurso, parece vivir con normalidad en una tranquila y placentera ciudad de California, hasta que empieza a descubrir que todo lo que le rodea no es más que un montaje cuidadosamente orquestado para manipularle.

Si se quiere entender nuestro mundo y su inmediato futuro, uno puede apuntarse a un master de sociología. O, tal vez mejor y mucho más divertido, puede leer las novelas de Philip K.Dick.

Es un escándalo.

Cuando el moralista se queja de que un comportamiento sexual ajeno le resulta escandaloso, en realidad está dándonos pistas sobre lo que de verdad está pasando en su cerebro.

Escándalo significa etimológicamente trampa; una trampa que nos hace caer.

Escándalo se relaciona con la raíz indoeuropea skand, que significa salto o tropiezo-

Podremos reconocer este ancestro común en la forma que toma la palabra escándalo en un asombroso número de lenguas, desde el ruso al persa, pasando por el búlgaro o el danés. Escándalo es sin duda (junto con gengibre) una de las palabras que mejor sugieren el tronco común de nuestro léxico ( incluso en japonés o coreano es reconocible el ancestro indoeuropeo skand, si bien en estos dos casos, claro está, se debe a los préstamos que esas lenguas han tomado del inglés o el portugués para referirse al concepto de escándalo: sukiandaru en japonés, seukandeul en coreano).

En todo caso, el sentido actual de escándalo, que es de orden moral, lo tomamos del antiguo griego, en el que para denotar el acto de preparar cepos para los animales se usaba el verbo skandalizein. Por analogía (como vemos en Aristófanes) el verbo se refería al acto de hacer surgir tentaciones irresistibles.

Es decir, quien dice haberse topado con un escándalo, verdaderamente está poniendo al descubierto que ha caído pastueño en la trampa, en el σκάνδαλο . Esto es iluminador.

El psicoanálisis y la etimología son con frecuencia muy buenos amigos. Y esto me parece muy curioso.

La Muy Entretenida Comedia y Mayormente Lamentable Tragedia del Granuja Donald Trump

A lo largo del infausto reinado del rubicundo tirano, finiquitado por ventura anteayer, han proliferado las resonancias de su figura en Shakespeare. 

Los actos y las palabras del loco de la Avenida Pensilvania parecían provenir de los más sórdidos pasajes de Macbeth, de Ricardo III, del Rey Lear, de Coriolano…

Es un personaje shakespeariano este matón. A Shakespeare le saldría de corrido la historia de un político hipócrita, servidor de sí mismo, capaz de cualquier cosa para preservar su poder, volcado en preservar la desigualdad social y económica, agitador y explotador de las pasiones de las masas, maquiavélico en el peor sentido, payaso carismático, traidor, amoral, insaciable de poder, insensible al dolor ajeno…

Afortunadamente, la pesadilla parece haber terminado. Pero incluso en este momento final de su hégira el clown se comporta como un personaje de Shakespeare. Y se atreve a dejar escrita (al parecer, porque no lo he podido confirmar) una extravagante carta al nuevo Presidente (sobre una mesa de la Casa Blanca, siguiendo la tradición, admirablemente consolidada por anteriores mandatarios) en la que este majadero se limita a decir con suprema insolencia. “Joe, I won, and you know it” (me cuesta creer que esta carta exista realmente).

En todo caso, está acabado. Despedido. Game over. De repente, de un día para otro, se ha hecho pequeño, muy pequeño. Ha quedado deshecho, “undone“, por utilizar el mismo término que Shakespeare utiliza en Ricardo II. 

No tiene ya ni la estatura de la gente corriente. Su vida, en lo sucesivo, será más bien normal, porque no podrá ser de otro modo. Durante cierto tiempo, tal vez viva de la inercia del carisma acumulado.  Pero ahora que está fuera de la Casa Blanca se irá convirtiendo en una persona más. O mejor dicho, en una no persona, porque la máscara teatral que llevaba en el escenario de su presidencia se le ha caído de la cara para siempre. 

Tal vez, disponiéndose a mirarse en el espejo para atusar su flequillo, ya sin su título de presidente, esta mañana habrá repetido las palabras del Ricardo II de Shakespeare: 

…no soy señor de nadie…¡maldito sea este día funesto! ¡Qué haya podido yo sobrellevar tantos inviernos y ahora ya no sepa ni con qué nombre llamarme!…si mi palabra tiene aún curso en Inglaterra, que ella ordene que me traigan de inmediato un espejo, para poder constatar qué rostro tengo, desde que fui despojado de toda majestad…

Definitivamente, si el cisne de Avon levantara la cabeza y empuñase la pluma, creo que escribiría de un tirón su obra número 38 y la titularía algo así como “La Muy Entretenida Comedia y Mayormente Lamentable Tragedia del Granuja Donald Trump“…

Ciao.

Ayer fue muy entretenido contemplar la ceremonia inaugural en el Capitolio. Un feliz acontecimiento, más allá de su carácter de gran exposición de la pompa y la hipocresía. Pero es que una cierta forma de hipocresía, que a menudo llamamos cortesía, viene a ser el cemento que aglutina el edificio social es algo que admite poca discusión. Pero si se quiere una prueba sencilla, se puede mencionar el origen de una forma de saludar que se ha hecho prácticamente universal.

Me estoy refiriendo a la palabra originalmente italiana “ciao” (que los españoles pronunciamos como “chao” y los argentinos o uruguayos como “chau“).

Ciao es un derivado de “schiavo“. Etimológicamente, cada vez que decimos “ciao“, estamos indicando que somos seguros servidores de nuestro interlocutor, lo cual es poco plausible, ciertamente. “Schiavo!” era la expresión cortés que se usaba hace siglos en el norte de Italia para saludar al prójimo; ciao es el apócope en el que ha derivado.

¿Es un caso aislado? No tanto. Hace años, también aquí se decía “¡servidor!”, para hacerse notar ante una llamada (por ejemplo cuando alguien pasaba lista). Se usaba mucho esta odiosa expresión hasta que los ideólogos del franquismo llegaron a la conclusión que era contraria a la indiscutible hidalguía esencial del hombre español que ellos imaginaban, y la sustituyeron, casi por decreto, por el joseantoniano”¡presente!”. Venía a ser lo mismo, pero distinto.

Y si alguien cree que esto de ponerse por defecto al servicio del prójimo es solo una peculiar característica de ibéricos o itálicos, se equivoca.

Los magyares, cuando, por ejemplo, responden a una llamada telefónica, no dicen el equivalente a “dígame”, sino que dicen: “soy su servidor“, o sea, “szia!”, que es el apócope del magyar “szervusz“, a su vez un derivado del latín “servus” o más bien “servus humilisimus“, es decir, su humildísimo servidor. Los rumanos simplemente dicen a estos efectos “servus“, que no deja lugar a dudas y que coincide con el arcaísmo alemán “servus“. Los suecos dicen “tjänare“, que es elipsis de muja tjänare, humilde servidor.

Y dicho esto, solo me queda, amable lector, por hoy, decirte una sola palabra: ¡ciao!

Pero, por favor, no te la tomes al pie de la letra. Es solo cortesía.

Un cuento chino.

Xuan Fo decidió iniciar el cultivo de un jardín de flores. 

Trabajó con extremo cuidado la tierra. 

Escogió las mejores semillas y las plantó amorosamente. 

Esperó con paciencia y por fin vio nacer sus flores.

Pero además de las flores, aparecieron en el jardín muchos cardos.

Xuan Fo los cortó. Pero volvieron a salir. Una y otra vez.

Le mortificaba que su jardín no fuese perfecto. Decidió acudir a recibir el consejo de Shi Shi, gran sabio.

El sabio le dio a Xuan algunos consejos sobre cómo cortar esos cardos y evitar las malas hierbas.

Pero los cardos volvían a aparecer.

Xuan Fo acudió una vez más ante el sabio.

–¿De modo que no consigues acabar con los cardos?–dijo el sabio. Y se quedó muy pensativo.

–Entonces, probemos a comprender su belleza–añadió flemático Shi Shi.

El gato, el perro y Dios.

Cuando Violeta viene a casa el perro le hace la la fiesta. Y el gato la observa.

¿Cuál de los dos crees que es más listo?“, me pregunta la niña mientras ella hace un regate de talón al viejo labrador con un balón de futbol mordisqueado y ante la mirada reflexiva del peludo bosque de Noruega, ahora con un abrigo más tupido que nunca, dadas las bajas temperaturas de este invierno.

Pues no sé. Reflexiono en silencio ante la cuestión de la niña. 

Supongo, le digo al cabo de unos instantes, que son inteligencias diferentes. 

Yo creo que el gato está fabulosamente atento al mundo.

Por su parte, me parece que el perro está asombrosamente pendiente no del mundo, sino de nosotros. 

Cuestión de foco por tanto.

De foco, sí, o acaso de interpretación, digo para mí, mientras la veo seguir jugando con Mao y abro mi ordenador.

El perro, pienso, percibe que, sin pedirle nada a cambio, yo le doy de comer, le ofrezco cobijo, le cuido y le protejo. 

Por ello, el perro piensa: “mi amo debe ser Dios“. 

El gato percibe que, sin pedirle nada a cambio, yo le doy de comer, le ofrezco cobijo, le cuido y le protejo. 

Por ello, el gato piensa: “yo debo ser Dios“.

No son las cosas las que marcan las diferencias. Son más bien nuestras interpretaciones de las cosas. Si acaso.

Celos

Mi amiga Cristina no deja de padecer las querellas por celos de sus hijos, algunos adolescentes y otros camino de serlo. Pero es que los celos son algo inherente a la especie humana, le aseguro. O quizá a todas las especies de mamíferos. 

Yo estoy convencido de que la lucha por las mamas hace de nosotros, desde la tierna infancia, celosos patológicos. No he encontrado validación para esta teoría, lo reconozco. Pero nadie me quita de la cabeza que si naciésemos de huevos, no tendríamos tanto sentido de la competencia. Es en el ámbito primigenio del pecho materno donde debe buscarse la causa última de tanto idiota ambicioso, de tanto codazo, de tanta pugna por ser el primero, de tanta soberbia.

Espero ansioso que algún investigador de una prestigiosa universidad me dé la razón. Mientras tanto me conformo con saber (lo leí ayer en el NYT) que durante la infancia, los hermanos tienen disputas a razón de unas ocho por hora (!). El dato lo ha proporcionado el profesor Ethan Feinberg, de la Pennsylvania State University.

La envidia, los celos, la competitividad, son inherentes a esta especie de mamíferos llamada homo sapiens. No es casualidad que en la Biblia, el comienzo de la historia del hombre en el mundo tenga lugar en el contexto de una cuestión de celos entre hermanos. Por no mencionar episodios bíblicos ulteriores de similar conflictividad fraterna, como los de Jacob y Esau, José y sus hermanos o la parábola del hijo pródigo. Con razón se ha dicho que la Biblia es el compendio fundacional de toda la psique occidental. En la Biblia está casi todo lo que nos explica. Y lo que falta en la Biblia lo encuentras en el Quijote.

Mil es infinito.

“Por mil razones”, dice el preboste para justificar su postura. Cuánto mejor sería que nos diese al menos una.

“Por mil razones”, nos dice la campaña publicitaria de cierta ONG. 

“Por mil razones”, canta la estrella del pop para justificar su pasión amorosa (pese a que el amor y la razón apenas tienen nada que ver). 

Se repite mucho esto de mil. Tal vez porque en lo profundo de la mente humana, mil equivale a lo infinito, a lo incontable. El símbolo de infinito, ∞, que el matemático Wallis se inventó y utilizó por primera vez en su tratado sobre las secciones cónicas, allá por el siglo XVII, se deriva precisamente de la M mayúscula en fuente uncial antigua: M, que a su vez era el símbolo del mil en numeración romana. La palabra milia en latin, nos lleva a la convergencia de las palabras griegas mirion y xilia. La primera significa lo inmenso. La segunda significa mil propiamente, pero su etimología nos conduce a la idea de lo que fluye, de lo que discurre eternamente. 

Milhojas, decimos para referirnos a un pastel de hojaldre con incontables capas. 

Reich de los Mil Años, prometía Hitler a sus masas, para indicar la vocación de eternidad del nacional socialismo.

Mil y una Noches son los cuentos que va improvisando Sherazade para alargar hasta el infinito la suspensión de su sentencia (los árabes ven, por cierto, en las 28 letras de su alfabeto un eco del guarismo 1000, puesto que dicha cantidad se obtiene con 9 centenas, 9 decenas y 9 unidades, más la letra ghayn, que precisamente por ello se convierte en el indicador de lo incontable). 

Mil soles fundidos, era la metáfora con la que Oppenheimer describió la infinitud del primer hongo atómico.

Y, desde luego, el mas hermoso ejemplo de la relación entre mil y lo infinito nos lo da Catulo en el famoso poema que comienza con el Vivamus, Lesbia Mea. El vate de Verona le pide a su amada mil besos, aunque le ruega que le sean dados en secreto, para evitar el mal de ojo de algún perverso “envidioso” de tanta pasión osculatoria. Atque nequis malus invidere possit…dice Catulo, y esto, por cierto, nos lleva al interesante asunto del concepto etimológico de envidia, relacionado con la vista del bien ajeno. Pero ese asunto lo dejaré para otro momento, pues este post llegaría en ese caso a las mil palabras, y eso sería un abuso intolerable de la paciencia que demuestran mis amigos lectores.

Infinita paciencia.

Freud

Sugerí el otro día que el psicoanálisis puede ser una herramienta para estimular la creatividad del narrador. Debí añadir también que no es estrictamente necesario ponerse en manos de un analista. Solo faltaría.

Es casi igual de útil–y más barato– leer mucho sobre psicoanálisis. El propio Freud reconocía que “mis observaciones se leen como una novela”. 

Personalmente yo considero que el viejo profesor vienés ha sido uno de los grandes literatos del siglo XX. Y lo mejor es que lo ha sido sin pretenderlo.

No es extravagante mi convicción. Recordemos quién fue galardonado en 1930 con el prestigioso premio Goethe, que también han conseguido destacados fabuladores como Hauptmann, Hesse, Thomas Mann, Ingmar Bergman o Amos Oz, por ejemplo. Pues fue Siegmund Freud, precisamente.

Coach o Couch.

Una amiga de Marta, que me lee de vez en cuando (brave fille!), me dice que le recomiende algún taller de escritura, o tal vez un coach especializado, pues le gustaría escribir cuentos de ciencia ficción.

No estoy muy cualificado para lo que me pide. No soy literato. No puedo acreditar más que la autoría de dos o tres libritos de ensayo sin importancia. Me he ganado la vida escribiendo publicidad, es cierto. Pero eso poco tiene que ver con el arte de narrar.

No obstante me atrevo a recomendarle algo. Le sugiero que descarte los talleres de escritura y que en cambio, se tumbe en el diván de un buen psicoanalista. O sea, le recomiendo un couch en lugar de un coach.

–¿Un psicoanálisis? ¿Por qué?

–Hay muchas razones. El psicoanálisis enseña a definir personajes en su abisal profundidad, a dominar el arte de la metáfora y la alegoría, a desconfiar de las frases hechas, a explotar los dobles sentidos…

–Qué consejo tan curioso: el diván como instrumento de creación…

–Así es. Y así lo vieron gentes como Fellini, Bataille o Perec, por citar tres casos evidentes.

–Pero yo quiero escribir ciencia ficción; quiero narrar sobre las sorpresas que nos deparará el futuro ¿Me ayudará el psicoanalista?

–No se si te ayudará a narrar el futuro y sus incógnitas. Pero te aseguro que te ayudará a desvelar otras incógnitas aún más fascinantes que las del futuro. 

–¿A qué te refieres?

–Al pasado. Créeme, no se sabe nunca las sorpresas que nuestro pasado nos puede deparar…