Insidioso y Marrullero Animal

Alguien ha dicho, hablando de ciertas difíciles decisiones de gobierno, que su eficacia estaría condicionada por “las habilidades de ese insidioso y marrullero animal, al que vulgarmente conocemos como hombre de estado o político, cuyas posiciones son guiadas por la evolución de las circunstancias en cada momento

Es curioso que tan aguda frase frase, que muchos suscribirían hoy como perfecta descripción de los prebostillos y mandamases que sufrimos, fue escrita precisamente, hace dos siglos y medio, por el gran patriarca del sistema económico liberal. El sistema que, en cierto sentido, fundamenta y soporta precisamente a todo este desolador tinglado de la política y los políticos. 

Puedes encontrar la fuente en el Libro IV , capítulo II de la Riqueza de las Naciones. 

Y por si no me crees, aquí te transcribo las mismísimas palabras usadas por Adam Smith:

…of that insidious and crafty animal, vulgarly called a statesman or politician, whose councils are directed by the momentary fluctuations of affairs

No hay nada nuevo bajo el sol.

Uppgivenhets-Syndrom

Pensemos en un tema para un cuento cautelar. Para una fábula de carácter más bien infantil.

La idea sería que los niños del mundo, indignados por cómo lo están dejando los adultos, deciden rebelarse. Y su forma de rebelarse es dormirse. Así que millones de niños en todo el planeta entran en un sueño profundo y continuo del que no despertarán hasta que las cosas empiecen a cambiar. Solo su sueño colectivo podrá salvar el mundo.

Bueno, pues, en cierto modo, esto ha venido ocurriendo en realidad, aunque parezca una fábula. Ha venido ocurriendo-y ocurre- en Suecia y lo llaman Uppgivenhets-Syndrom. 

Es algo que ha afectado y afecta a niños (y adolescentes) de familias de refugiados que llegan de los Balcanes o bien–recientemente– de origen yazida.

No es un virus. No es una enfermedad infecciosa, aunque lo parece. Es una reacción al dolor y a la tristeza.

Los niños que padecen el síndrome no simulan. Se ha comprobado cuidadosamente. Lo saben bien los médicos y los padres, que alimentan a sus hijos dormidos mediante sonda.

Al parecer, estos niños perciben la tensión en sus familias de refugiados. Sienten la angustia insoportable, la miseria, la tensión. Y reaccionan entrando en un sueño del que no despiertan. 

Solo salen del mundo de los sueños cuando, de algún modo inexplicable, perciben el retorno de la serenidad a sus hogares.

Cuesta trabajo creer en esto. Pero un largo artículo en el New Yorker ha explicado con todo detalle la naturaleza del fenómeno. 

Podría ser una fábula. Pero es una turbadora realidad. Como tantas cosas que nos rodean.

Uppgivenhets-Syndrom; significa síndrome de resignación infantil.

Pero quizá la verdadera resignación es la nuestra. Y tal vez los que estamos tristemente dormidos somos nosotros.

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Tristis

Se llama R21 y es la nueva vacuna contra la malaria, que mejora sustancialmente la que se desarrolló hace 30 años y que solo ofrecía un 50% de eficacia. Hablan de ella en Le Figaro de hoy, 3 de Mayo.

La innovación se debe a la Universidad de Oxford, y es el fruto del trabajo del mismo equipo que ha hecho posible la vacuna Astra Zeneca contra la Covid.

Es una gran noticia, porque la malaria es, desde hace muchos siglos, el enemigo público número 1 del hombre; un insidioso, constante e implacable verdugo del género humano. 

Tan solo en el pasado año se calcula que más de un cuarto de millón de niños menores de 5 años murieron por esta dolencia. 

A pesar de esta pandemia silenciosa que se sucede año tras año, se dedican pocos recursos para perfeccionar una vacuna realmente eficaz contra el paludismo. Esto debe ser porque la malaria es esencialmente una enfermedad de países pobres y, por lo tanto, para las grandes compañías farmacéuticas resulta inútil invertir en este asunto. 

Tiene triste gracia que el nombre del mosquito que transmite la malaria signifique precisamente esto tan escandaloso que comento.

Porque, mira por donde, anopheles es palabra griega que indica lo que no es provechoso, lo que no produce beneficios. Lo inútil.

Anopheles incluye la particula de negación “an“, seguida de “opheles“, que significa en griego “ventajoso“, “provechoso“, “aumentador de recursos“, tal como se nos indica en el monumental diccionario de Liddell (novena edición, página 1277).

Por lo tanto, “an-opheles” es lo que no da beneficio.

El adjetivo griego, “opheles“, es interesante. No solo nos lleva al dichoso mosquito “inútil“, sino también, nada menos, que al texto de la oración principal cristiana, el “Padre Nuestro” (tal como se lee en el Evangelio de Mateo), y a una traducción escandalosamente manipulada.

Ahí se dice (Mateo 6,12) que hay que pedir que nos sean condonadas las ventajas o recursos que hemos adquirido (se sobreentiende que adquiridos mediante endeudamiento) del mismo modo que nosotros perdonamos a los demás sus cargas (afes hemin ta ofeilemata hemon, os kai hemeis afekamen tois ofeiletais hemon). 

Sin embargo, recientemente, los que mandan en la Iglesia Católica, han renunciado a la traducción fiel, modificando el texto tradicional del Padre Nuestro e introduciendo, sin ninguna base, la idea de “ofensa“, que no guarda ninguna relación con el término original del Evangelio, esto es, ofeilemata, (ὀφειλήματα), el cual significa propiamente, carga, beneficio pendiente de devolución, deuda económica o moral, en suma. Nada de ofensa.

He aquí pues una traducción manipuladora, realmente. 

En fin, veo que en mi errabundo vagar mental de esta mañana de Mayo, antes de irme a caminar con buenos amigos por el Valle del Lozoya, he pasado de la malaria a la oración, con pensamientos bastante tristes en ambos casos.

Acaso es porque el día ha amanecido lluvioso en la sierra (tristis era en latín la forma de referirse al cielo cuando se oscurecía por las nubes, y por extensión a un día gris y lluvioso)

O puede que sea porque en mi subconsciente ha palpitado aquel delicioso poema de Rubén Darío sobre Francisco de Asís y el lobo de Gubbia, que concluye con el santo mínimo murmurando en voz baja un Padre Nuestro, triste y resignado ante el pertinaz imperio del mal entre los hombres.

Al-iftitan bi-l-suwar

Le comento a Marta que este año es el año de Dante, que falleció hace siete siglos justos. Surge al poco el tema del amor y su relación con la belleza, y hablamos de todo ello mientras, desayunamos en el jardín, en una incierta mañana primaveral.

Llegamos a la conclusión de que es la belleza la que desencadena el enamoramiento, lo queramos o no. 

Y que la belleza entra por los ojos, eso es algo que acordamos también, con resignación. 

Le digo a Marta que sobre este hecho irrefutable han meditado mucho los filósofos y han versificado sin descanso los poetas. 

Para Platón, lo bello y lo bueno solo podían ser la misma cosa. Por ello, en la lógica platónica, el amor no tendría sentido sin la belleza. 

Para la lírica europea medieval, solo la belleza idealizada, incluso divinizada, de la amada es el factor capaz de provocar el impulso amoroso puro. 

A su vez, aquellos poetas medievales, especialmente en el midi francés y en las penínsulas itálicas e ibéricas, beben del caudal de los poetas islámicos, verdaderos inventores del concepto de “flechazo” amoroso. 

Mucho antes de que los trovadores de Aquitania, Provenza o Sicilia cantasen apasionadamente al fin’amor, en el mundo musulmán ya se asumía como algo normal el trastorno o conmoción amorosa que sufre el alma al contemplar la belleza y la armonía de las formas. 

En ese mundo musulmán daban un bello nombre al flechazo irresistible y perturbador: “al-iftitan bi-l-suwar“, y se remontaban sus raíces y su justificación nada menos que a los textos coránicos. Se distinguía en árabe además dos modalidades del trastorno amoroso; por un lado, la variante irremediable, el idtirari, una especie de “amor fatal”, y por otro la forma libre y evitable, esto es, el ijtiyari

Pero ya se traté de idtirari o ijtiyari, lo cierto es que la lírica islámica idolatraba la contemplación de la belleza de los cuerpos vivos, quien sabe si como una forma de sabia compensación por la prohibición coránica de reproducir imágenes humanas en cuadros, esculturas o decoración. 

A su vez, esta adoración de los cuerpos en la lírica del Islam podría estar en relación, como contrapartida, con el peculiar rigor de las prohibiciones y restricciones que impone la religión musulmana respecto al cuerpo femenino y a su percepción. “El que mientras ayuna mira a una mujer hasta el punto de imaginar su anatomía, rompe el ayuno“, se dice en el Corán. 

Lo que me mueve a amarte, oh mi tormento / es la hermosura de tu rostro“, escribe el andalusí Ibn Zaydun dirigiéndose a la bella Wallada. 

Esa flecha que hiere y atormenta a Ibn Zaydun es la misma que penetra en Dante cuando ve pasar, en un rincón de Florencia, a Beatriz.

Al-ifitan bi-l-suwar.

Loco. Sabio.

Se dice “loco de alegría”.

Se debería decir “sabio de dolor”. 

Esto escribió Marguerite.

Que de dolor sabía.

Y de locura. Y de amor.

El pájaro maullador.

Escribí un cuentecito, hace mucho, mucho tiempo (y creo que desde una galaxia lejana) que a mis hijas les gustaba bastante escuchar, antes de dormir. 

Trataba mi cuentecito de un pájaro que se había olvidado de cómo se cantaba. 

Había bebido, transgrediendo una norma capital de su bandada, el dulce néctar de cierta flor mágica y el resultado fue que olvidó cómo cantar.

Por más que lo intentaba, no conseguía recordar cómo debían hacerse los trinos. 

Estaba muy triste este pájaro por esto y no conseguía encontrar a nadie que le ayudase. 

Hasta que una gatita se compadeció de él y, con mucha paciencia gatuna, enseñó al pajarito…a maullar. 

No es lo mismo un trino que un maullido, claro está, pero al pajarito le pareció muy bien saber hacerlo.

Y lo mejor es que aquel pajarito, al poder hablar el lenguaje de los gatos, consiguió un buen día explicarles lo mucho que sufrían los de su especie por la feroz persecución felina. ¡Qué cosa tan injusta!

Y, así, gracias a sus flamantes nuevos maullidos, el pajarito maullador consiguió que se estableciese una tregua provisional en la absurda guerra ancestral que viene enfrentando a gatos y pájaros desde que el mundo es mundo. 

La moraleja (solo en la literatura infantil es aceptable la moraleja) era que el lenguaje y el entendimiento mutuo acaban uniendo a los enemigos irreconciliables y consiguen a menudo hacer compañeros de viaje a los que antes se enfrentaban sin piedad.

He recordado este cuento anoche, leyendo el último número de Science Avenir, cuando he sabido que los regentes, una especie australiana de pájaros comedores de miel (en la foto), están teniendo grandes dificultades para aprender a cantar, por no encontrar tutores en su misma especie, seriamente amenazada de extinción (yo no sabía que los pájaros necesitan tutores, y esto hila con lo que escribí ayer, por cierto). En cierto modo, como dice el titular de la noticia, estos pájaros se han olvidado de cómo se canta.

Además, esta dificultad derivada de la amenaza de extinción de los regentes se retroalimenta, porque los pájaros necesitan el canto para el emparejamiento y la reproducción.

Lástima que esos regentes no encuentren a la gatita de mi cuento y aprendan al menos a maullar. Quizá eso también serviría, por añadidura, para pacificar el eterno conflicto entre las dos especies que, según también he sabido, tan solo en Francia causa bajas anuales entre los pájaros superiores a 75 millones. Sin duda debido a la falta de entendimiento…

Terrible historia, la de estos regentes devoradores de miel que han olvidado el gorjeo. No se si contársela a las chicas o más bien dejar que subsista en su recuerdo aquel gato que un buen día aprendió a maullar.

Algo más que nos enseña el pulpo.

Ayer escribí sobre el documental “Lo que me enseñó el pulpo” que, me parece, ha ganado esta noche un Oscar.

Olvidé mencionar ayer una extraña particularidad de los pulpos: tienen una vida muy corta, apenas tres o cuatro años, algo muy anómalo en criaturas tan dotadas desde el punto de vista “cerebral”. 

Lo cierto es que tan pronto el macho del pulpo insemina a la hembra, a través de su extraño apéndice en su tercer brazo, su cuerpo comienza a deteriorarse rápidamente y muere al cabo de unos días. En cuanto a la hembra, morirá justo cuando termine la incubación de los huevos. 

Los pulpos, por tanto, pagan el sexo con la vida. 

Pero en realidad, eso mismo pasa en casi todas las especies. Cambia solo el lapso de tiempo que transcurre entre el momento de madurez sexual y la muerte. Puede ser tan corto como en el caso de los opossum brasileños, que mueren el mismo día en que procrean. O puede ser tan largo como en el caso de algunos mamíferos, como los elefantes (30 años o más) o el hombre (65 años o más).

Ahora bien ¿por qué morimos precisamente después de la madurez sexual? O más genéricamente, ¿por qué diablos tenemos que morirnos?

No existe una fatalidad biológica que nos deba conducir a la muerte. Ni tampoco existe una regla que diga lo corto o largo que debe ser el período de supervivencia a la madurez sexual. Hay árboles que están vivos desde los tiempos de los reyes godos. Ese pez de roca llamado gallineta que quizá veas este verano en la playa puede haber conocido la invasión de las tropas  napoleónicas. Hay tortugas gigantes que ya estaban vivas cuando Darwin era solo un niño.

Podríamos pensar que, después de todo, nuestros órganos se desgastan, como las piezas de una maquinaria. Pero esto es totalmente erróneo. 

Nosotros, al igual que todos los animales, estamos hechos de células que continuamente se renuevan. Entonces, el misterio es que ese proceso no sea indefinido. El misterio es que a partir de un momento determinado sobrevenga la senescencia, es decir, la degradación y la muerte.

Como es lógico, los biólogos y los filósofos de la ciencia (y los filósofos en general) han pensado mucho en torno al problema de la senescencia, que tan gráficamente pone de manifiesto esa vida efímera del pulpo, a la que me refería al principio.

Se han elaborado muchos modelos. Un posible enfoque sería introducir en el análisis la idea de mutaciones perjudiciales de efecto tardío. Ocurre que las mutaciones perjudiciales de efecto temprano tienen a desaparecer, porque los individuos que las padecen no llegan a la edad de reproducción y por lo tanto no las transmiten a su descendencia. Pero las mutaciones perjudiciales de efecto tardío sí llegan a los “viejos” y con el tiempo, la población que ha superado la edad de reproducción se encuentra asediada por numerosas mutaciones de este tipo  que, en conjunto, constituyen la degradación y la vejez. Esto, explicado de forma simplificada (y seguramente imprecisa), sería el llamado efecto Medawar para explicar evolutivamente la vejez, por haber sido planteado por el inmunólogo británico Peter Medawar (con un modelo que fue después formalizado matemáticamente por William Hamilton y complementado después por George Williams).

El efecto Medawar no parece ser, sin embargo, una explicación totalmente convincente del proceso de senescencia, aunque nos llevaría tiempo detallar aquí sus puntos débiles. El hecho es que no tenemos todavía una respuesta clara y contundente al interrogante de por qué envejecemos y morimos.

Quizá el problema radique en la formulación misma de la pregunta. Tal vez habría que preguntarse no por qué envejecemos y empezamos a morir sino por qué no morimos antes de empezar a envejecer.

Después de todo, desde el punto de vista de la especie, una vez alcanzamos la madurez sexual y la ejercemos, no servimos para nada. Gracias al sexo habremos contribuido, eso sí, a mantener y fortalecer nuestra especie, pero, hecho esto, nuestra vida, al menos desde el frío, implacable punto de vista de la especie, carece ya de sentido.

Existe una posible respuesta. 

Tal vez la especie sigue necesitando de algún modo a los individuos que han superado la edad reproductiva, incluso después de que hayan procreado. Y tal vez los necesita por razones que podríamos llamar, de forma aproximativa e impropia “culturales”. 

Tal vez la supervivencia tras la procreación sea necesaria o al menos útil a fin de hacer posible la adquisición y transmisión de destrezas a las nuevas generaciones, así como facilitar como el cuidado y protección de los vástagos indefensos . Esta necesidad podría tener especial sentido en el caso de animales sociales y aún más si el período juvenil (de indefensión) del animal es muy largo.

Ambos escenarios se dan en la especie humana. 

Y ocurre que ambos escenarios son opuestos a lo que vemos en la vida del pulpo.

El pulpo es una criatura sorprendentemente solitaria. Justo lo opuesto a un animal social.

Y ocurre que sus recién nacidos se valen por sí mismos desde el mismo instante en el que salen de sus huevos. Apenas miden unos milímetros, pero ya son pulpos adultos en miniatura, capaces de camuflarse cambiando de color e incluso arrojar tinta para despistar a sus depredadores: todo un milagro de madurez anticipada.

Ambas cosas podrían justificar que los “padres pulpo” resulten innecesarios una vez que la nueva generación está en marcha. 

Mueren los pulpos después de procrear porque ya no son en absoluto útiles para la especie.

Y sobreviven los homo sapiens mucho después de procrear porque acaso sí lo son.

Así que he aquí algo más que nos enseña o al menos sugiere el pulpo. Y esta es una enseñanza, en cierto sentido, estimulante. Consoladora.

Lo que nos enseña el pulpo.

He visto, a instancias de Mercedes y Marta, el documental de Pippa Ehrlich “Lo que me enseñó el pulpo”. 

Tiene una soberbia fotografía submarina, lo que hará que posiblemente gane el Oscar en su especialidad en la entrega de premios que tendrá lugar la próxima madrugada.

En cuanto al contenido, el documental es simplemente una ingeniosa fabulación a partir de hechos y datos que ya se conocen desde hace tiempo. En este sentido, el documental es un poco “tramposo”, debo decir.

Tiene en todo caso esta obra audiovisual la virtud de hacer reflexionar a mucha gente sobre si la consciencia es algo privativo del hombre o si los animales también “sienten”, igual que nosotros sentimos. Este enfoque no es nuevo; muchas reflexiones sobre la conciencia de los animales se han realizado tomando al pulpo como elemento de análisis. 

Parafraseando a Thomas Nagel, que en 1975 formulaba la famosa pregunta “¿Qué es ser un murciélago?”, Frans de Waal, el gran primatólogo, se planteó también la pregunta “¿Qué es ser un pulpo?”.

Y de Waal se respondió a sí mismo diciendo que para saberlo, “necesitaríamos tener ocho brazos pensantes y una piel con capacidad de visión…”

El profesor Peter Godfrey-Smith, escribió no hace mucho una fascinante obra en la que indagaba en la consciencia humana y no humana, a la que precisamente tituló “Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia“. El capítulo tercero de esta obra es el que ha servido básicamente de guión al documental de Pippa Ehrlich, algo que hubiese estado bien que se reconociese en la obra audiovisual (a esto me refería cuando hablaba de “trampa” en el documental).

Y antes que el libro del profesor Godfrey-Smith, la fabulosa naturalista alemana Sy Montgomery escribió una muy amena obra divulgativa titulada “El alma del pulpo: una sorprendente exploración en la maravilla de la consciencia“. Recomiendo su lectura.

Pero ¿por qué tanto interés por el pulpo y por su relación con la inteligencia y la consciencia?

Pues porque desde tiempo inmemorial el hombre ha visto al pulpo como un ser sumamente astuto, un ser malicioso…

Claudio Eliano, en el siglo III de nuestra era, ya avisaba que “la malignidad y la astucia se nos han mostrado como las características de estos animales”. Plinio el Viejo también se hacía eco de lo mismo, y nos habló de las leyendas sobre grandes pulpos que se las arreglaban para vivir en las cloacas de Roma. 

Theognis de Megara, cinco siglos antes, ya se había hecho eco de la fascinante capacidad del pulpo la para el camuflaje. Su contemporáneo Clearco de Soli, por su parte, recomendaba a su hijo que imitase el mimetismo del pulpo e hiciese en lo posible como aquellos del país que esté visitando.

Un cierto temor hacia estas criaturas también arranca desde muy antiguo. En la saga nórdica Orvar-Odds, se habla de un gran pulpo, el “Hafgafa” que devora hombres y barcos; es el precedente del Kraken, fabulado por un obispo noruego.

Tennyson convierte a un pulpo monstruoso en sujeto de uno de sus sonetos. Victor Hugo y Julio Verne nos presentan también a monstruos con forma de pulpo gigante (un personaje de Los Trabajadores del Mar, de Hugo, nos dice que un tigre puede acabar con nosotros, pero un gran pulpo hace algo peor, pues absorbe brutalmente nuestro fluido vital).

Pero es en el siglo XX cuando el pulpo deja de ser sujeto de horrores literarios y fantasías de terror para convertirse en objeto de interés para biólogos y psicólogos. Hacia 1950, comenzó a verse el pulpo como un animal de fascinante inteligencia, gracias a los trabajos de Peter Dews en la Stazione Zoologica Marina de Napoles. Algo mas tarde, en 1973, el mismísimo Jacques Cousteau publicó su obra “El Pulpo y el Calamar: la inteligencia suave“. En esa obra, Cousteau se asombra de que el pulpo le produce “una sensación de lucidez, mucho más expresiva que la de cualquier pez o incluso que cualquier mamífero“.

El pulpo interesa entre otras muchas cosas porque tiene un cerebro sorprendentemente grande y aparentemente innecesario para una criatura tan pequeña. Es un cerebro con más de 50 lóbulos. En conjunto, el pulpo cuenta con 500 millones de neuronas, poco menos que las de un perro y muchísimo más que cualquier otro molusco, cuyo número de neuronas no supera unas pocas decenas de miles. En realidad, los pulpos son los únicos moluscos con verdadero cerebro. Un cerebro que al parecer desarrollaron para hacer frente a los grandes depredadores que surgieron en el mar en el período Devoniano, hace 400 millones de años. Se desprendieron los antepasados de los pulpos de su concha, para poder bajar a las profundidades, y desarrollaron un cerebro y un sistema nervioso poderoso para cazar mejor y evitar ser cazados. Fue una maniobra evolutiva que en cierto modo es paralela a la nuestra, cuando decidimos renunciar a la seguridad arbórea y adentrarnos en la sabana.

Jennifer Mather, de la Universidad Lethbridge en Canadá, y Roland Anderson, del Acuario de Seattle comprobaron cada uno por su lado, que los pulpos pueden abrir con sus tentáculos los frascos de medicinas con protección para niños (algo que no todos los humanos son capaces de hacer). Estos hallazgos, y otros no menos increíbles, fueron publicados en Journal of Comparative Pshycology. En particular, Mather y Anderson demostraron que los pulpos juegan, algo solo privativo de animales con “inteligencia” (primates, cuervos y loros, perros y humanos).

Sí, de algún modo, los pulpos parecen ser el resultado de un experimento de la evolución distinto y alternativo, pero paralelo, al que condujo al homo sapiens. 

Entonces, si podemos entrar en contacto con los cefalópodos no es porque seamos sus “primos”, como puede pensarse de nuestra relación con otros primates, sino porque la evolución parece haber hecho lo mismo, con ellos y nosotros, de dos formas distintas. Para Peter Godfrey-Smith, el encuentro con un pulpo es lo más parecido que podemos tener al encuentro con un alienígena.

Dicho de otro modo, el homo sapiens y el pulpo parecen ser dos extremos de un proceso evolutivo que se disoció a partir de criaturas ancestrales, antepasados de ambos, que apenas eran un simple gusano. La bifurcación de la derecha llevó hasta nosotros. La de la izquierda, al pulpo.  

Pese a lo anterior. y esto es fascinante, nosotros y los pulpos tenemos ojos similares, con sistema de enfoque como de lentes, con córneas transparentes, con irises que regulan la luz y retinas en la parte trasera del ojo para convertir la luz en señales neurales. (Pero hay también grandes diferencias: el ojo del pulpo solo trabaja en escala de grises y su percepción del color se realiza exclusivamente a través de la piel, como ya he indicado más arriba).

Siendo así que los pulpos son el resultado de un experimento de la evolución distinto y alternativo al que condujo al homo sapiens, se sigue que si podemos entrar en contacto con los cefalópodos no es porque seamos sus “primos”, como puede pensarse de nuestra relación con otros primates, sino porque la evolución parece haber hecho lo mismo de dos formas distintas.

Pero esta sorprendente inteligencia y paralelismo evolutivo del pulpo no explica completamente el por qué nos interesa tanto esta criatura cuando se trata de especular sobre la existencia de consciencia animal.

En realidad, esto se debe a que los pulpos, después de todo, son afectuosos, cariñosos, y amigables con los humanos. El pulpo, como muestra el documental de Pippa Ehrlich, a menudo extiende un tentáculo para tocar la mano del buceador, lo que parece todo un milagro de comunicación entre dos mundos, un poco como el dedo del extraterrestre de ET o como el dedo de Dios en la Sixtina.

En el pulpo encontramos las mismas hormonas y los mismos neurotransmisores que operan en el ser humano. Las hormonas del cariño, las hormonas del estress, las hormonas del miedo…el pulpo las posee. Eso casi nos obliga a pensar que esos seres deben algo parecido al cariño, al stress y al miedo que nosotros sentimos. Quizá por eso el pulpo tiene la condición de “vertebrado honorario” de acuerdo en la normativa vigente de la Unión Europea sobre experimentos con animales y maltrato de los mismos.

Quien sabe. Tal vez Wittgenstein tenía razón cuando decía que es metafísicamente imposible saber lo que siente un animal distinto a nosotros. Pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, no sentir ternura y empatía ante una criatura como el pulpo. Y esa ternura y empatía, que el documental de Ehrlich promueve eficazmente, puede servir para que demos un paso más en respetar a otras criaturas que nos acompañan en nuestro viaje por el cosmos sobre la nave Tierra.

Lo que me lleva a concluir un tanto jocosamente este post tan serio diciendo que, después de todo, el pulpo sí debe aceptarse como animal de compañía…

Nombres.

El mundo clásico grecolatino–la literatura, el teatro, la historia–nos ha dejado muchos nombres de perros. No menos de treinta. Algunos son muy hermosos, como Actis (Rayo de Luz) o Thymos (Animoso) o Chará (Alegría). Otros son apropiados al carácter del cánido: Phonax (Sanguinario), Phylax (Guardián), Lochos (Vigilante), Lonche (Lanza), Bremón (Ladrador)…y así sucesivamente.

En cambio no nos consta nombre de ningún gato clásico. Debe haber alguna razón. 

Pienso que la clave es que el gato es inmanejable, mientras que el perro llega a obedecernos. De modo que damos nombre al perro para poder darle órdenes (por eso escogemos palabras bisílabas y contundentes). Al gato es menos urgente darle nombre porque intuimos que será inutil tratar de usar ese nombre para manejarle.

Es decir, damos nombre a las cosas o a las criaturas para ejercer poder sobre ellas. Quizá por eso, como nos dice Cunqueiro, los campesinos gallegos, siempre dan dos nombres a sus vacas. Un nombre es público, y se usa para llamarla. El otro es secreto; solo lo conoce su dueño y solo se usa en la tenebrosa intimidad del establo.

Mi amado labrador, ya muy viejito pero tan maravilloso como siempre, se llama Mao y jamás me refiero a él como “el perro”. 

Mi gato, no menos querido, también tiene nombre.

Pero cuando al amanecer maulla en la puerta, insistente, para que le deje entrar en casa, tras su largo paseo nocturno por la dehesa, yo se que quien vuelve es, simplemente “el gato”.

Las llamadas.

Cuando me vine a vivir a la pequeña localidad de la Sierra, me empezó a ocurrir algo molesto. Muy a menudo, recibía llamadas en el teléfono de casa, preguntando por Don Mauricio Barea.

Te diré, querido lector, que yo conocía, de oídas, al tal Mauricio, que al parecer era un destacado agente de deportistas de élite, ya jubilado, y propietario de un adosado en La Vega, una urbanización no muy distante de mi casa.

Casi a diario yo recibía una de esas llamadas erróneas. Al principio me las tomaba con calma, pero con el tiempo acabaron resultando una molestia insoportable. Eran llamadas que casi siempre tenían lugar en la sobremesa o en mitad de la tarde. Tanto en días laborables como festivos. 

Al descolgar, siempre sonaba una musiquita durante unos segundos; una musiquita que a mí me daba la pista de lo que vendría después. Seguidamente, la voz de un operador o operadora, cada vez uno distinto, preguntaba mecánicamente por el señor Mauricio Barea. Yo, resignado siempre y a veces airado, explicaba que era un error. Aquí no hay ningún Mauricio Barea, tome nota por favor, es la enésima vez que se lo indico. Le ruego que no vuelva a lllamar…

Con el tiempo, deduje que casi todas esas llamadas provenían de empresas de cobro de deudas. La fría tenacidad de los operadores al otro lado de la línea, su serena incredulidad cuando yo les decía, casi colérico, que yo no era Mauricio Barea, fueron algunos de los indicios que me indicaron la naturaleza de ese acoso telefónico.

Lo curioso es que las llamadas siguieron produciéndose una vez que Mauricio Barea falleció, tal como supe cierto día, mientras tomaba un café en el bar de la Estación. Lo sentí por Don Mauricio, claro, pero me alegró mucho saber que el deceso haría que esas llamadas por fin desaparecerían…

Pero no fue así. Las llamadas continuaron. Incluso se hicieron más frecuentes. De nada servía que yo le informase a mi interlocutor sobre el fallecimiento del Sr. Barea. Era inútil que yo exigiese que diesen de baja mi número de su lista. Hiciera lo que hiciera, dijese lo que dijese, el teléfono nunca dejaba de sonar, con esa musiquita infernal que precedía a la entrada en la línea de los obstinados operadores.

Así que un buen día decidí cortar por lo sano. Cancelé mi número de teléfono fijo y contraté otro en otra compañía. Respiré aliviado cuando comprobé que mi viejo número ya había sido debidamente cancelado y que otro completamente diferente estaba asociado a mi línea telefónica fija.

Pero entonces ocurrió algo asombroso: aquellas llamadas preguntando por Mauricio Barea continuaron produciéndose. Sí, sí…querido lector, llamadas recibidas en un nuevo número que nadie debería conocer. Con igual frecuencia. Con igual contenido…

Eso me desesperó. No lo podía comprender. Elucubré toda clase de hipótesis. Pero nada encajaba.

Vencido por el absurdo, opté por otra decisión radical. Renuncié al terminal de la línea fija, habida cuenta de que en estos tiempos todo el mundo se comunica ya por los teléfonos móviles. En un gesto decidido y heroico, arranqué los cables de su clavija y sentí la satisfacción de enmudecer para siempre esas llamadas insoportables…

Sin embargo, la pesadilla no concluyó.

Se crea o no, comencé a recibir las mismas llamadas…pero ahora en mi móvil. “Buenas tardes, ¿es usted Don Mauricio Barea?”

Querido lector…si eres imaginativo, si te gustan los enigmas insondables, trata de interpretar este fenómeno. ¿Cómo explicas que me llamasen, ahora a mi móvil, preguntando por error por alguien con quien yo no tenía nada que ver? ¿Cómo explicar este cadena infinita de equivocaciones a lo largo de los años?

Verás, amigo lector, yo soy una persona profundamente racional. Soy de los que creen que en la vida debemos razonar tal como lo hace un competente detective que investiga un crimen; cuando el investigador ha descartado a todos los sospechosos menos uno, está claro que el que queda es el culpable, por extraño o absurdo que pueda parecer.

Y este razonamiento es el que un buen día, preso de perplejidad, casi al borde del delirio, llegué a una indiscutible, irrefutable conclusión. Una conclusión derivada de la misma naturaleza de las cosas. Una deducción tan rigurosa como un axioma matemático.

Comprendí que, después de todo, yo soy Mauricio Barea.