Tank You Very Much.

Me dijo ayer Mercedes, desde Berlín, que la opinión pública alemana parece apoyar la escalada bélica  en territorio ucraniano.

Por estos lares debe ser lo mismo. 

A mí, todo esto no me sorprende mucho, pues me consta el enorme poder de manipulación de los medios sobre el público en general. Se ha conseguido, explotando la ignorancia generalizada y la credulidad, convencer a la opinión europea de que no hay otra alternativa sino armar hasta los dientes al ejército ucraniano, aunque eso ponga en serio riesgo la vida de todos.

Pero lo que me deja perplejo es que los intelectuales no se levanten como un solo hombre para protestar contra este ciego belicismo que está poniendo en inmenso peligro la vida de todos. ¿Por qué no se escucha ahora el grito de “no a la guerra” por parte de la intelectualidad, tal como se ha escuchado, y bien alto, en tantos otros conflictos. No lo entiendo.

También me deja perplejo que el dichoso envío de tanques esté siendo una decisión tomada por los gobernantes europeos sin la menor tentación de pedir su validación por los parlamentos…Si algo así, si algo tan trascendente como esto, que puede conducirnos a la catástrofe nuclear, no se consulta ni siquiera a los parlamentos…¿dónde queda la idea democrática? Se diría que más que democracia lo que tenemos es un simple teatro de marionetas manejado desde Washington por el gran capital global.

El envío de tanques a Ucrania impulsará la forma mas sanguinaria del conflicto militar, es decir, la batalla en campo abierto, el enfrentamiento a muerte entre masivas fuerzas armadas y acorazadas (medio millón de muertos dejó el malhadado choque de tanques de 1943, en Kursk apenas a 200 kms de Jarkov, que nos debería valer como referencia).

Cuando la guerra toma esta forma de “campestre bellum”, no hay manera de tener certezas sobre el desenlace, salvo la seguridad de que miles, o decenas de miles de seres humanos perecerán calcinados entre el retorcido acero de los ingenios bélicos. Esto último es lo único incuestionable.

Las batallas campales, como la que se promueve ahora mediante el envío de cientos de tanques, son algo que los militares sensatos tratan de evitar a toda costa, si pueden. Esto ya nos lo decía, en su Epitome Rei Militaris, Vegecio, el célebre teórico altomedieval del arte de la guerra: “Los buenos generales nunca entran en combate en campo abierto, salvo porque lo demande la ocasión o porque apremie la necesidad…es mejor someter al enemigo con la escasez, con ataques por sorpresa ocon el miedo, que en combate abierto, pues en este suele jugar un papel más importante la fortuna…”

En las batallas en campo abierto, se tiene la certeza de la masacre generalizada, pero predecir quien ganará es difícil, no importa la habilidad de los estrategas. “Nngún plan, por bueno que sea, resiste su primer contacto con el enemigo, con la realidad”, dejó dicho Motke el Viejo, que algo de guerra sí sabía.

La temeraria decisión sobre los dichosos “Leopard”, escandalosamente hurtada por políticos serviles a los representantes del electorado europeo, tan solo alargará unos meses más el terrible conflicto, pero aumentará al mismo tiempo, de forma proporcional, el valor de las acciones del fabricante de estos ingenios bélicos, la firma KMW, propiedad de la familia Bode, cuyos miembros, a su vez son los descendientes y herederos del infame August Bode, uno de los más conspicuos empresarios de la industria militar nazi, que se enriqueció, durante el horror nacionalsocialista, con el trabajo esclavo de presos políticos y prisioneros de guerra.

Esta mañana, ya he escuchado en la radio, mientras desayunaba, que KMW ha visto subir su valor en bolsa en un 150%, desde que se empezó a especular con el envío de Leopards.

Se me han quitado las ganas de terminar el café con leche.

La Náusea.

Me comenta Laura los muchos anuncios de cruceros que están apareciendo estos días de Enero. Le extraña esta gran concentración de publicidad de algo que prácticamente solo tiene sentido en la estación veraniega. 

–¿Con este frío y hacen publicidad de cruceros veraniegos?

–Cada año es lo mismo–le indico–Estamos en lo que en el mundo de los cruceros se llama “wave season”, el período que cubre dos o tres meses, de Enero a Marzo. Las navieras concentran en esta “Wave Season” todos sus esfuerzos de márketing, pues necesitan contar con el máximo número de reservas anticipadas, de cara a planificar de forma rentable las singladuras. En primavera o verano ya no hacen publicidad, pues una nave dispuesta a navegar tendrá ya la práctica totalidad de plazas vendidas o simplemente no saldrá del puerto.

–Pues el caso es que me parecen tentadoras todas esas ofertas de viajes maravillosos…Lo malo es que siempre me mareo en los barcos. Y acabo vomitando.

–No tiene nada de raro. Creo que es algo que le ocurre regularmente al 30% de la población. Y parece que tres cuartas partes de los que han navegado lo han sufrido en alguna ocasión. Incluso los profesionales. Consta por ejemplo  (por una carta) que Lord Nelson se mareaba a menudo. Y también consta (por otra carta, tal vez apócrifa) que el Duque de Medina Sidonia, al que el imprudente Felipe II asignó el mando de la Invencible, no soportaba el movimiento de las olas: “yo no me hallo con salud para embarcarme–le protestaba el Duque al Rey– porque tengo poca experiencia de lo poco que he andado en el mar, que me mareo, porque tengo muchas reúmas”.

Laura se ríe. Y terminamos esta conversación de temática náutica, porque me dice que tiene prisa. 

Pero yo me quedo meditando sobre el hecho mismo del mareo.

¿Por qué diablos nos mareamos? Y, más específicamente ¿por qué el mareo nos hace vomitar?

Hago un esfuerzo por recordar algo que leí hace tiempo. Al parecer, nos mareamos porque nuestro cerebro no entiende bien lo que está pasando. 

La función básica, el sentido original, del cerebro humano no es pensar, como puede creerse, sino permitir el movimiento, hacer posible la consecución del alimento y poder escapar de los depredadores. 

Sí. El cerebro y los sentidos son el sistema que se empezó a desarrollar desde que aquellas criaturas marinas varadas en las lagunas creadas por grandes mareas (hace millones de años la Luna estaba mucho más cerca de la Tierra) se vieron obligadas a sobrevivir moviéndose en tierra firme. 

Y lo interesante es que este sistema cerebral de movimiento tiene un carácter “automático”, por decirlo así. Es un sistema anclado en la parte reptiliana, en los abismos ancestrales de nuestro cerebro. Por eso nos movemos eficazmente sin tener que pensar en cada paso. Incluso podemos caminar  como sonámbulos. Este pequeño milagro es posible gracias a los llamados mecanismos de propiocepción, es decir, aquellos que nos permiten percibir cómo está dispuesto nuestro cuerpo en cada momento y ajustar convenientemente nuestro equilibrio y la posición de nuestros miembros.

Ahora bien, cuando estamos navegando en un barco, sin otra referencia que el horizonte marino, nuestro cerebro se confunde. Nuestros ojos, y el sistema de propiocepción, nos indican que no nos estamos moviendo, mientras que el sistema vestibular del oído interno nos indica lo contrario. Todo este caos lo tratamos de procesar y hacer coherente en lo profundo de nuestro cerebro reptiliano, sin éxito.

Entonces, ese cerebro reptiliano, al que le debemos la supervivencia de la especie durante millones de años, llega a una conclusión: nos están envenenando; no hay otra opción.

Y esta convicción reptiliana es la que genera la irresistible náusea (palabra etimológicamente relacionada con la navegacion) y el vómito. 

O sea, que el ser humano vomita ante la incoherencia profunda de la información que nos mandan los sentidos. Creemos que algo nos está envenenando y nos las arreglamos para vacíar cuanto antes nuestro estómago.

¿No es fascinante?

Sin duda. Es un maravilloso ejemplo de los muchos «bugs», como se diría ahora, de nuestro cerebro primitivo. 

Medito sobre estas cosillas mientras paseo con Mao, en una mañana gélida.

Y estas elucubraciones de mi mente errabunda me llevan a pensar si la sociedad, a la que podríamos atribuir una especie de entendimiento agente, tal como hacía Aristóteles, reacciona también ante la incoherencia de todo lo que está viendo y viviendo: belicismo, corrupción, avaricia, manipulación mediática, degradación democrática…

¿Puede sentirse envenenada la sociedad como un todo? ¿Puede experimentar también la colectividad el mareo y la náusea?

Tal vez. 

Pero me temo que la forma que adopta el vómito, en la escala social, no sea otra, ay, que el ciego, tóxico y nauseabundo auge de las mil y una formas de populismo que estamos padeciendo…

Crisis

Ayer fue viernes 13 y no parece que ocurriese nada especial en el mundo, si no consideramos especial que prosigan, insufribles, la carestía, el hambre, la guerra y la corrupción en todo el planeta.

Cada viernes 13, alguien me pregunta la razón de este temor al número 13. En realidad, hay mucho publicado al respecto de lo que técnicamente se podría llamar treiscaidekafobia (del griego treis-kai-deka, tres más diez, y fobia, del griego fobos, esto es, temor, odio…)

Se suele mencionar como razón, por ejemplo, el hecho de que fueron 13 los comensales de la Última Cena. El 13 entonces sería el número de la Traición.

Hay también quien busca referencias en no se qué líos de la mitología germánica o nórdica.

Incluso existen explicaciones tan chuscas como el hecho de que fue un viernes 13 cuando se quemó en una hoguera de París al maestre de los Caballeros del Temple, allá por los comienzos del siglo XIV.

Nunca me ha convencido todo esto.

Yo tengo mi particular teoría. Estoy casi seguro de que el temor al 13 está relacionado con un principio de la medicina antigua que estuvo vigente en toda Europa desde los tiempos de Hipócrates hasta el siglo XVI por lo menos. 

Hipócrates (siglo IV a.c), y todos sus seguidores a través de los siglos, especialmente Galeno (siglo II d.c) estaban convencidos de que las enfermedades se relacionaban con los planetas y que por lo tanto, un médico tendría que ser necesariamente un gran experto en matemáticas, geometría y astrología. Con estos saberes a mano, la medicina antigua y medieval establecía que el curso de toda enfermedad implicaba unos ciertos ciclos en los que cierto día el enfermo se ponía malísimo (paroxismo), y al día siguiente se producía la disyuntiva (crisis) entre la recuperación o la muerte. Los planetas y sus posiciones relativas lo determinaban todo.

Para Hipócrates, el primer paroxismo tenía lugar siempre (o mejor dicho, en las dolencias invernales, las más frecuentes según el Padre de la Medicina) en el cuarto día, seguido de una crisis en el quinto y la recuperación (o no) en el sexto. Y así sucesivamente. Pero si la crisis tenía lugar en el día doce, no se podía esperar una recuperación en el día 13, sino a lo sumo en el 14, pues muy frecuentemente, el desenlace era fatal en la jornada decimotercera…

Para mí, que no soy supersticioso (me atrevería a bromear diciendo que no lo soy porque temo que supersticioso me de mala suerte), todas estas historias me traen sin cuidado, incluyendo las disquisiciones planetarias derivadas de la astrología, ese cuento infantil que la Humanidad parece incapaz de proscribir.

Sin embargo, me interesa mucho la concepción de la “crisis” y de las “situaciones críticas” que tenían Hipócrates y, Galeno, a quienes yo me permito atribuir la entrada de estos términos en las lenguas que hablamos.

Para estos protomédicos, la crisis era “un súbito cambio en una enfermedad, bien hacia la muerte o bien hacia la recuperación” (lo entrecomillado es literal de Galeno). Tal vez tomaron el término del léxico de la tragedia griega.

Por su parte, la medicina medieval islámica, alimentada en buena parte por las traducciones de Hipócrates al árabe, tradujo también muy correctamente el término griego κρίσις como buḥrān, es decir, prueba o test. Avicena prefirió traducir el término como fasl, es decir, división. Pero en todo caso la idea es la misma. 

En general, los médicos musulmanes profundizaron mucho en la relación entre los planetas y las dolencias, con la ayuda de los avances astronómicos de Ptolomeo y de instrumentos como el astrolabio, que facilitaban los cálculos astrológicos. De esa vinculación entre los movimientos de los planetas y las enfermedades, ellos deducían la importancia de los diferentes días «críticos» en el curso del mal.

En fin, hoy he mencionado esta interpretación médica original de la “crisis” solo como algo que evoca una cierta esperanza. 

Tal vez, la crisis poliédrica que estamos viviendo sea simplemente un test, una prueba, una división. 

Quizá estamos llegando a ese paroxismo o exacerbación que podría preceder a la recuperación…

Y más vale que lo veamos así.

Más vale que pensemos que, como dice mi amigo Paul, que está sufriendo las turbulencias políticas allá en Perú, las cosas tal vez deban ponerse incluso algo peor, para que empiecen a ponerse bien…

Tal vez haya que llegar, metafóricamente hablando, a la oscura noche del 13, para que amanezca un día 14 tan hermoso como el que he disfrutado este sábado frío y de aire limpísimo, cuando he salido a pasear con Mao por la dehesa, casi al amanecer y me he entretenido pensando en crisis, en planetas y en esperanza.

Cacahuetes.

Voy camino de Barcelona en el magnífico tren de alta velocidad que los italianos acaban de poner en marcha en España. Un carrito con viandas (incluyendo una verdadera cafetera de expreso) llega hasta mi asiento. Pido simplemente unos frutos secos. La empleada me ofrece una bolsita diciendo que son “cacahuetes y arachidi”, interpretando erróneamente el mensaje bilingüe de la bolsa.

Me siento con ganas de bromear y le digo muy serio a la empleada que yo solo quiero cacahuetes, que los aracidi me hacen daño y además suenan como a arácnidos y eso me espanta.

La empleada no sabe bien qué hacer.

Titubea y me dice que solo tiene estos cacahuetes con arachidi…

Sonrió y le digo que estaba bromeando, que arachidi es cómo llaman los italianos a los cacahuetes. Me mira entonces con una expresión en la que adivino cierto malestar. Es obvio que no se ha tomado bien mi bromita…

Es lo que tienen las bromas. Nunca sabes cómo va a reaccionar la víctima de la chanza.

En realidad, ella tenía mucha razón al interpretar que los arachidi eran algo distinto de los cacahuetes. Son dos palabras que no tienen el menor parecido…algo raro cuando se cotejan vocablos del español y del italiano.

El origen de la palabra española cacahuete es nahuatl. Y la palabra original nahuatl significa cacao de la tierra. Muy lógico esto.

Los españoles del siglo XVI conocieron este fruto seco a través de los indígenas de México, así que no dudaron en llamarlo como lo hacían aquellos nativos con los que se relacionaron. En cambio, los ingleses optaron por bautizarlo a su modo, como “nuez-guisante”, y los italianos a su vez, se diría que recurrieron a un término derivado de la palabra griega para pistacho o algarroba, arako, y acuñaron arachide (pronunciado arakide).

Este recurso al griego de nuestros primos italianos vino en realidad mediatizado por la taxonomia de Linneo, quien,en el siglo XVIII, astutamente, combinó el significado nahuatl (recordemos, cacao de tierra) y el término griego para las algarrobas y los pistachos. Así, el sabio sueco acertó a denominar los cacahuetes como “arachis hipogea”, es decir, algarrobas de debajo de la tierra. Y de este “arachis” de Linneo creo que proviene realmente el italiano “arachide”…

Me hubiese encantado comentar todo esto con la empleada del carrito. Pero, de sobra se que mis reflexiones etimológicas aburren a buena parte del personal. No digamos a quienes no se han tomado bien una de mis bromas.

Así que me consuelo en soledad, viendo el carrito alejarse, y consolando mi apetito con los humildes cacahuetes…con el cacao de la tierra, con las algarrobas del subsuelo…

Creo que ya estoy llegando a Sants…

Amor, muerte y belleza.

Cada mañana, cuando salgo a hacer correr un poco a Mao, me quedo pasmado mirando un majestuoso acebo que crece apenas a unos pasos de mi casa, junto a la de Cristina. 

He ido viendo como el color de sus frutos, verdes en el comienzo del pasado Otoño, ha ido variando, semana tras semana, hasta llegar a un rojo intenso a mediados de Diciembre. ¿Será esta sincronización una de las claves que hacen de esta planta un símbolo de las fiestas navideñas, con sus connotaciones de paz y fraternidad?

Estos frutos del acebo, que ahora muestran un tono entre carmesí y amaranto, son muy parecidos a los del muérdago, que en los países anglosajones simboliza también el período navideño; o más específicamente el amor, de acuerdo con esa tradición de besarse bajo los auspicios de una rama de muérdago.

Puede tener lógica que tanto el acebo como el muérdago se asocien a la felicidad y al amor, en sus diferentes formas. La explicación debe estar en el hecho de que estos arbustos se empeñan en mostrar este intenso color rojo, que puede asociarse a la sangre y a la vida, en un momento en el que todo en la Naturaleza parece ser fatalmente gris y marchito. 

Eso es quizá lo más propio del amor: rebelarse frente lo inexorable de lo real, renegar del destino, oponerse a la degradación y a la muerte.

Pero cuando me viene a la mente esta idea de la muerte, ya caminando de vuelta a casa, con Mao renqueando tras de mí y su frisbee en la boca, me doy cuenta de que los bellos frutos de ambos arbustos, que parecen tan deseables, son muy tóxicos en realidad, siendo su ingestión fatal en muchos casos. 

El muérdago, además, es una planta parásita, que necesita asociarse a un árbol, penetrar en su corteza lentamente y absorber el agua, las sales minerales y los nutrientes que el muérdago no puede conseguir por sí mismo…Y haciendo todo eso acaba a menudo con el árbol que parasita.

Prefiero no seguir con estos pensamientos. Quizá son la consecuencia de la noticia que he leído esta misma mañana, sobre el enésimo crimen de género. Me ha producido escalofríos constatar que unirse a una pareja parece ser una de las conductas más peligrosas que pueden realizarse en la actualidad. 

Recuerdo un estudio publicado hace cuatro años por el Ministerio del Interior de España, según el cual el 35% de todos los homicidios está vinculado a relaciones de pareja o ex-pareja.

A partir de este dato escandaloso, se podría decir, en cierto modo, que el amor mata, si no fuese porque no puede llamarse amor al espantoso impulso que lleva a un ser humano a acabar con la vida de otro.

Trato de quitarme estos pensamientos de la cabeza. Y hago esfuerzos por quedarme con la increible magnificencia de esos frutos del acebo impregnados del agua que ha caído en esta lluviosa mañana de enero. 

Al fin y al cabo, la belleza es uno de los pocos consuelos a los que podemos recurrir frente a la brutalidad del odio y del crimen. 

Puede que el amor, mal entendido, acabe matando. Pero la belleza siempre nos regala vida.

Un rocín con tercianas.

No seré yo quien participe esta noche en esa libación ritual que forma parte ineludible de los ritos propiciatorios impuestos por Jano cada fin de año. 

Yo odio el champagne y aborrezco igualmente cualquiera de sus sucedáneos burbujeantes. 

Me produce dispepsia y me repugna su gusto acético.

El vino es sin burbujas. Las burbujas son para el agua de Vichy.

Sin embargo, me interesa el champagne como fenómeno. 

Porque este brebaje infame epitomiza el poder del márketing. Permíteme que te cuente.

El champagne era el vino que se producía en la región homónima del norte de Francia. Una región que nadie imaginaba que pudiese dar buenos caldos. 

Los vinos de la zona eran tan ácidos que se echaban a perder en las cubas. 

Pero alguien tuvo la idea de conservarlos en recipientes de cristal, por ver si eso mejoraba el resultado y suavizaba el sabor. Esto fue lo que ocasionó la incorporación de gas carbónico al vino, que disimulaba al menos la intolerable acidez. 

Y así es como nació el champagne que conocemos. Un vino infecto, pero con burbujitas.

Pero esa región era en cambio famosa por la calidad de las lanas. Y, de hecho, los comerciantes de la zona incentivaban sus ventas regalando con las balas de lana algunas botellas del vil vino espumoso del terruño. ¿Qué otro fin darle a un líquido tan imbebible? Con esto empezó a divulgarse por doquier, especialmente en Inglaterra, este brebaje al que indebidamente llamamos vino. Al parecer los comerciantes ingleses que volvían con lana y vino de Francia, no le hacían ascos al líquido incentivo, lo cual dice bastante del criterio enológico de los habitantes de Albión.

Además, en la región de Champagne había también muchos monasterios benedictinos. Eran enclaves en los que se cultivaba masivamente la vid y se producía abundante vino carbonatado. Aquellos monjes se las arreglaron para extender aún mas el conocimiento de este mal vino, quién sabe con qué creativos subterfugios, pero con indudable provecho económico.

Ahora bien, aquel vino de Champagne no era sólo diferente por las burbujas, sino por la consecuencia necesaria de esas mismas burbujas, a saber, el envase y transporte en botellas… El champagne solo puede transportarse en botellas (de hecho, una ley de tiempos de Luis XV autorizaba, qué remedio, el transporte de champagne en botellas, algo prohibido para cualquier otro vino).

¿Y qué tiene la botella de especial? ¿Cuál puede ser su ventaja? 

Muy sencillo: la botella permite la etiqueta o el grabado en el cristal. Algo que no puede aplicarse a las cubas o barricas.

Con la botella nace el márketing del vino.

Los vinos de champagne fueron los primeros en beneficiarse de ideas de venta incorporadas a la etiqueta. Las botellas de champagne se llenaron de mensajes más o menos atractivos, y generalmente de tono patriótico: imágenes de Juana de Arco (en el Titanic, por cierto, se bebía un champagne con esta marca), ilustraciones que evocaban grandes gestas militares francesas…

Luego vinieron las grandes firmas, claro: Möet, Veuve Clicquot…Y así fue como el champagne inicio su improbable camino hasta convertirse en un artículo de lujo.

Un camino en el que jugó un papel clave el chauvinismo de esos inventores del nacionalismo que fueron los franceses. Voltaire dejó dicho que el vino espumoso era el «brillante reflejo del alma de la nación» (añadamos por cierto, que esos malos vinos de champagne se habían bebido tradicionalmente en las ceremonias de coronación de los monarcas galos, que necesariamente debían tener lugar en la catedral de Reims, capital de la región champenoise, lo que de algún modo vinculaba un mal vino a una buena celebración).

El resto es historia.

La Revolución francesa se apropió del champagne como símbolo supremo de la conquista por parte de los citoyens de lo que otrora era privilegio de los señores. 

Napoleón recurrió al champagne como símbolo de la emergencia de una nueva y pujante clase burguesa. 

En los incontables banquetes del Congreso de Viena corrían ríos de este vino, como perfecta expresión de la sumisión de Francia a los poderes aliados. 

En el Segundo Imperio, los trenes que circulaban por los railes recién tendidos llevaban miles de botellas de champagne a todos los rincones de Europa. 

Los militares prusianos que ocuparon París saquearon las bodegas y llevaron a Alemania la pasión por el champagne. 

Algo parecido ocurrió cuando los nazis invadieron Francia. En el Reichstag, en Berchtesgaden, en la Guarida del Lobo, jamás faltaron cajas y cajas de Veuve Clicqot

Y esta es la magia del champagne. 

Quien lo bebe, en realidad no bebe vino, sino que bebe una etiqueta, bebe un símbolo, bebe una imaginería, bebe márketing…

Bebe humo, en suma. 

Pues que sea a su salud…

Pero aparten de mí ese caliz,

Porque, si se me permite usar palabras de Lope… «con mejores ganas/ tomara una purga yo / pues pienso que lo orinó/ algún rocín con tercianas».

Avatar

Mientras las chicas y Kenny parecen entretenidas viendo la película, yo me distraigo meditando sobre el milagro de las palabras y sobre el mensaje de unidad que nos transmiten.

Avatar es un perfecto ejemplo de esta idea de profunda unidad. Para nosotros, avatar significa vicisitud o, más precisamente, y en relación con el uso actual, identidad virtual en el mundo de los videojuegos.

Pero es bien sabido que avatar deriva del gerundio sánscrito avatarati con el significado de «descender atravesando«. Esta palabra sánscrita es la usada por la religión hinduista para referirse a cualquiera de los múltiples episodios de reencarnación del dios Vishnu (el último sería el de Buda Siddharta). Un avatar es cualquiera de esos episodios en los que la deidad hindú cambia su aspecto aparente, atravesando su identidad previa, por así decirlo, y haciéndolo mediante un descenso desde lo alto.

Ahora bien, en esa palabra de la lengua sagrada del Indostán, aprecian dos elementos.

Por un lado, ava, o aua, con el sentido en sánscrito de algo que está fuera, en otro lado. Esto nos conduce a la raíz indoeuropea «au», con ese mismo significado, que resulta ser el antepasado etimológico de palabras como away en inglés («fuera»), autem en latín («por otro lado») o öde en alemán («desolado», «aislado»…), por citar solo unos pocos ejemplos…

Y en cuanto al otro elemento de avatar, nos lleva al sánscrito तरति, tarati, con el sentido de atravesar. Un sentido que, a partir de la raíz protoindoeuropea *terə, también encontramos en numerosas palabras de nuestro idioma, como atravesar, tránsito, transponer…(incluso tarot, como creo haber comentado en otro lugar, pues los primeros naipes de tarot estaban artesanalmente “taladrados»). Por supuesto, esta raíz *terə también tiene descendientes en otros muchos idiomas de nuestro entorno, baste citar por ejemplo, la preposición inglesa «through«, con el sentido de atravesar, cruzar…

Precisamente, focalizando en el inglés moderno, el término avatar podría traducirse muy literalmente por algo así como «awaythrough», que suena muy parecido a avatar, ¿no es cierto?. Por eso me resulta fascinante esta curiosa conexión entre el idioma que hablaban los sacerdotes hindúes de hace miles de años, con el habla actual de una buena parte de los habitantes del planeta.

–Pero, ¿de verdad te has pasado dando vueltas a todo ese lío lingüístico durante las tres horas que ha durado la película?–me pregunta Mercedes cuando comento por encima estas reflexiones, mientras tomamos unos tacos a la salida del cine.

–Qué remedio–respondo–eso o dormir una siesta; la película me parecía insoportable, infumable, inaceptable y todos los demás términos derogatorios terminados en able que se os puedan ocurrir.

–¿En serio?

–En serio. Este nuevo «Avatar», es una chapuza de tres interminables horas. Ciertamente es un despliegue sorprendente de tecnología audiovisual, eso es innegable. Pero el relato parece la obra de un alumno de un curso de escritura cinematográfica, y no de los más aventajados de la clase.

–Ja, ja. Tú siempre tan maximalista y tan dogmático.

–Puede ser. Pero es que hay que ser radical cuando un tipo como este director, consigue (o le dejan) quemar dos mil quinientos millones de dólares para contarnos una historia que no es sino un vulgar refrito de narrativa barata. Su guionista-dios lo confunda-se ha limitado a preparar un chopsuey mediante el vulgar expediente de meter sin más en la olla una película de cowboys o de indios, la mala conciencia de la sociedad norteamericana por Vietnam, Irán o Wounded Knee, la ambivalente mitología y los discutibes usos de los «marines» (watch your six!, dice todo el rato el malo de la peli–de nombre Miles, es decir, soldado–para reclamar atención en la retaguardia), la preocupación colectiva por la ecología y la sostenibilidad del planeta, el feminismo más elemental (es la madre la que furiosamente pelea y salva la situación), el miedo abstracto a la tecnología, la dialéctica primaria entre primitivismo y civilización, el conflicto entre padres e hijos, el capitalismo extractivo, la consabida voracidad empresarial, la sacrosanta unidad de la familia tradicional (pero solo la basada en la sangre, claro está), la inteligencia artificial y sus desafíos, la memez de la singularidad y el no envejecimiento, las identidades virtuales, el metaverso, las evocaciones de Titanic y su naufragio y qué se yo cuantos topicazos y estereotipos más.

–Vaya, pues sí que parece que te ha fastidiado la peli. El caso es que a nosotras nos ha gustado bastante…Y a Kenny también.

–Puedo entenderlo, pues el espectáculo visual es soberbio. Pero ahí no hay nada más que tecnología. Pura y fría tecnología. Desde el punto de vista artístico no es mejor esa película que un frigorífico. No hay nada de todo aquello que debe caracterizar a una obra artística, esto es, la capacidad para conmovernos, para elevarnos, para emocionarnos, para hacernos llorar o reir o soñar, para admirar la creatividad del autor. Para sentirnos mejores después de ver la obra. Nada.

–Pero la película tiene un mensaje ¿no? Al menos nos dice que debemos deshacer el camino que nos ha alejado de la Naturaleza…

–Tampoco lo veo claro. Y ciertamente yo no quiero estar en un mundo como ese Club Mediterranée de los «navis» pasados por agua, en el que no hay nada de lo que a mí me hace algo más soportable la existencia, es decir, pensamiento, filosofía, arte, música, literatura, historia, ciencia…

–Ni ajedrez, ja, ja…

-¡En efecto! Si acaso hubiese ajedrez…

En fin, este soporífero film solo me parece que es un juguete carísimo de James Cameron, que se lo habrá pasado de maravilla creando su fantasía particular y consumiendo para ello una ingente cantidad de dinero que supera el producto nacional bruto en todo un año de un país como Somalia, por poner un ejemplo. Esta película es una versión moderna de las pirámides de Egipto o los jardínes colgantes de Babilonia; es el delirante capricho de un faraón, un Nerón o un sultán loco…Y lo malo es que incluso tendrá cierto éxito comercial (aunque tengo mis dudas).

–Bueno, la película ha tenido al menos la ventaja de hacerte meditar sobre palabras y etimologías, como nos decías antes. 

–Cierto. Lo interesante de Avatar es, como mucho, el título. Todo lo demás es prescindible. Volvamos a ese asunto…Os iba diciendo que la palabra avatar nos evoca la profunda unidad de nuestra especie…

–Mejor no. Que ya es muy tarde y hay que sacar a Mao a dar un paseo…

Injusticia Poética

La semana pasada, en un cuartel de Infantería situado en Barcelona, los militares organizaron un sorteo o concurso cuyo premio era un encuentro pagado con una hetaira.…Han hablado de esto los periódicos.

Lo curioso es que ese evento tuvo lugar en el mismísimo día en el que este país, teóricamente no confesional, celebraba la fiesta religiosa nacional de la “Inmaculada Concepción”, patrona, para más inri, del Arma de Infantería.

Esto podría verse como un caso de injusticia poética…si no fuese porque la poesía solo puede asociarse, si acaso, con la noción de justicia y verdad.

Se trata a lo sumo de una paradoja. Y es, por otra parte, muy posible, que esos militares promotores del sexo pagado ni siquiera supiesen que la celebración religiosa del día tenía que ver con el dogma católico sobre el nacimiento sin pecado de la Virgen. 

Y si acaso lo sabían, me malicio que ignoraban que ese nacimiento sin pecado, según nos dicen los teólogos, esos maestros de la literatura fantástica, no tuvo que ver con el sexo, sino con la idea según la cual el pecado original con el que Adán y Eva condenaron a sus descendientes no pudo afectar a la Theotokos, pues no podría aceptarse que el Dios encarnado naciese en cuerpo pecador…Antes del sacrificio del Redentor, todos los humanos anteriores nacieron mancillados con el pecado…todos menos uno. O una, más bien. Pura lógica ¿no?

También dudo que supieran esos militares que ese dogma sobre la concepción inmaculada de la María es algo muy vinculado al país cuya bandera solemnemente juraron. Es algo que se relaciona con el llamado Milagro de Empel, según el cual unos soldados españoles del Tercio de Flandes, en el siglo XVI, salvaron su pellejo gracias al portentoso hecho de que un lago se heló de repente, y esto se atribuyó fuera de toda duda a la intervención de María siempre virgen, sobre todo porque al parecer se encontró por esos fríos andurriales una tabla con su imagen.

A partir de ahí, durante los siglos siguientes, en las luchas intestinas por el poder en la Iglesia Católica, los clérigos españoles se alinearon para reclamar la elevación a dogma la convicción sobre la concepción inmaculada de la Virgen. Siempre viene muy bien este tipo de articulaciones en forma de “discurso” de lo que en realidad no es sino una lucha por la hegemonía. Pasa en muchos ámbitos, y muy especialmente en los jaleos políticos.

Y el hecho es que los clérigos y políticos españoles al final lo consiguieron. A mediados del siglo XIX, quien sabe si seducido también por los sublimes lienzos del español Murillo, el Papa Pío Nono, reaccionario e integrista como pocos pontífices, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, para alborozo de las fuerzas vivas hispanas (hasta se popularizaron pastelitos en honor del Santo Padre: los llamados “piononos” que hoy se pueden degustar en Granada y algún otro lugar de la península y cuya forma evoca una tiara papal).

Este Pío IX, archienemigo de los placeres de la carne, fue precisamente el Papa que ordenó la llamada “Gran Castración Vaticana”, haciendo que todos los genitales masculinos de las incontables obras de arte de la ciudad papal fueran brutalmente eliminados, a golpe de brochazos, escoplos y mazos. Así fueron fatalmente mutiladas obras de Miguel Angel, de Bramante, de Bernini…lo que hiciera falta con tal de reprimir la lujuria y el deseo pecaminoso…

En fin, todo esto de los soldados de El Bruc, el premio en sexo, la festividad del día, la patrona del Arma de Infantería, la Gran Castración, el Santo Padre Pionono y el dogma de la Purísima, como digo, podría ser visto en conjunto como “injusticia poética”. Pero no es así.

Estamos simplemente ante la miserable estupidez humana, lo mires como lo mires.

La poesía es otra cosa.

La Camiseta.

Le envío la infografía que reproduzco a una amiga. Me dice que le parece muy interesante. 

A mí lo que me parece es que es muy perturbador.

Se deduce de esos datos que la mano de obra apenas se queda con una pizca del valor de su trabajo.

Por contra, el grueso del valor se lo apropian las marcas, es decir, los dueños del capital productivo.

También se deduce que en nuestro sistema, no apreciamos realmente las cosas, sino más bien todo aquello se nos dice sobre las cosas.

No nos importa la camiseta sino más bien el logo que lleva la camiseta.

Mujer, Vida, Libertad.

Anteayer titulé un post con un lema en forma de tricolon o hendriatis: Zan, Zendegi, Azadi…

Alguien me ha preguntado qué significa exactamente. Yo pensé que resultaría obvio a partir de la lectura del texto.

Significa, en farsi, Mujer, Vida, Libertad, y es el lema utilizado por la revuelta feminista en Iran contra el despotismo misógino de sus actuales gobernantes. Es el lema que ahora también se está viendo en pancartas en los estadios de Catar.

Lo curioso es que esas tres palabras del idioma de los persas tienen un origen etimológico común. 

Y aún es más curioso que ese origen etimológico entronque también con nuestro propio idioma (y con otros idiomas europeos). Gens una sumus.

La clave de bóveda es la raíz protoindoeuropea “genh”, con el significado de “nacido”, o más específicamente “nacido en nuestra tribu”.

Esa raíz protoindoeuropea es a la que se remontan, en última instancia, palabras españolas como genético, género o génesis (y muchas más). 

Contando con esa raíz, podríamos comenzar por zan, el primer término del tricolon, que significa mujer en el idioma de los persas, y tiene como ancestro la raíz mencionada . De hecho, zan también es un verbo con el significado de nacer.

Lógico. Mujer es la que hace posible el nacimiento.

Por su parte, zendegi, que significa vida en farsi, es, tal como se puede intuir, es palabra  también relacionada con zan, nacimiento. 

Lógico también. Vida es lo que surge cuando tiene lugar el nacimiento

Por cierto, es muy interesante constatar esta vinculación que hace el espíritu de las lenguas entre la noción de mujer y la de vida. Baste mencionar que también se da la misma vinculación en hebreo, pues la palabra hebrea “havah” significa “respirar”, “vivir”, “dar vida”. Y a su vez, ese “havah” es el que origina el nombre bíblico helenizado de la mujer primigenia, es decir, de Eva

Nos queda azadi, con el significado de “libertad” en farsi. Y aquí de nuevo encontramos la misma convergencia. 

Porque el trasfondo etimológico del azadi persa es “nobleza”, “buen nacimiento”. Resulta que en el mundo persa la idea de “buena cuna” estaba vinculada a la de libertad, tal vez porque en el pasado, tristemente, la situación del hombre anónimo o extranjero por defecto era o acabaría siendo la esclavitud, y solo los bien nacidos, los de “nuestra familia” o “nuestra tribu”, podían tener derecho a que los considerásemos libres…por nacimiento. Y, una vez más, esto no solo es privativo de los persas, por supuesto. Se da en otros muchos idiomas. Por ejemplo, en ruso, libertad es свобода (esbovoda) que originariamente (y etimológicamente) significaba «lo nuestro», «lo que poseemos», «lo que nos es propio», «aquello o aquel que pertenece a nuestra comunidad o a nuestro clan».

Por supuesto, azadi –libertad–también está relacionado con las otras dos palabras–mujer y vida–, pues, de hecho, azadi es simplemente el participio del verbo farsi zan, nacer. 

Así que el tricolon que me sirvió ayer de titular es también, en realidad, un pleonasmo.

Lo cual se puede decir de una manera menos pedante, más lírica y más cierta.

Se puede afirmar que, como nos enseña el alma profunda de las palabras, decir mujer es decir vida, y decir vida es decir libertad.