Narciso y narcóticos

Hablo con una amiga sobre el peliagudo asunto del amor y sus condicionantes.
Me dice que a su juicio, el amor requiere de admiración mutua entre los miembros de la pareja.
Yo no estoy tan seguro. Creo que la admiración más bien la requiere el varón o quien asume ese rol. Y que esa necesidad de admiración es propia de la versión más oscura del amor, es decir, del amor narcisista, tal como lo describía Freud (acertó en esto, seguramente, el maestro de la sospecha, pese a no poder acreditar mucho conocimiento personal del amor, pues él mismo reconocía que la relación con su esposa estaba vacía de contenido, dado que él había dedicado toda su libido a la ciencia…).
El amor narcisista, el amor que requiere de grandes dosis de admiración viene a ser un eco de la añoranza que siente el varón adulto respecto a los remotos tiempos en que se sentía querido incondicionalmente por su madre. De alguna manera, siente culpa por no recibir del mundo el mismo afecto absoluto que recibía de aquella madre. Y, también de algún modo, esa persona se odia a sí misma por ello.
Pero un día, ese que añora su infancia en el regazo materno encuentra la pareja que le ve tal y como él quiere verse. Entonces el narcisista cree amar a esa persona que alimenta su colosal ansia de autoestima.
Pero en realidad no la ama. Simplemente ama en ella el reflejo de su propia imagen ideal.
La pareja del amante narcisista juega el papel del agua cristalina del estanque en el que para su mal se refleja el rostro de ese personaje mitológico llamado Narciso.Y mientras dura ese reflejo, el amante narcisista se encuentra en un estado de beatitud, como narcotizado (eso es lo que significa Narciso en griego).
Lo malo es que cuando el espejo se rompe, surge el rudo despertar del dulce sueño, y a menudo se desencadena la violencia.
Lo que me lleva a pensar que la violencia amorosa no debería llamarse así. Es más bien violencia narcisista. Nace a menudo de la pérdida brutal de autoestima. De la frustración por el espejo que se rompe de repente.
¿Es todo amor un amor narcisista? Ni hablar. Puede que el narcisismo esté presente en alguna medida como componente de toda relación. Pero hay un amor que no nos arrastra hacia ese tiempo infantil que añoramos. Hay un amor que que no convierte en instrumental al otro. Hay un amor que no busca en el otro un dócil colaborador de nuestra voracidad de autoestima.
Ese otro amor es un amor que no ama a quien refleja su imagen, sino que ama al ser más diferente diferente de uno mismo de todos los posibles seres. Ese amor no evoca la vida vieja del narcisista, sino la verdadera vida nueva (la Vita Nuova de Dante y Beatriz) que se abre a los amantes, y que les ofrece todo un mundo diferente a lo vivido hasta el momento. Ese es el milagro del amor.
En ese amor que no se ama a sí mismo, la admiración mutua puede existir, pero no es esencial ni está sobredimensionada. El verdadero amante conoce los defectos del otro, pero incluso los puede llegar a amar, sin dejar de ser consciente de ellos.
No se si era Lacan o Badiou quien decía que la medida del amor es la medida de los defectos que podemos tolerar en nuestra pareja.
Por contra, quien es víctima de un amante narcisista se ve obligado a negar todo defecto del otro, a riesgo de romper el espejo que al otro le narcotiza. Y pagar las consecuencias.
El amor que requiere de admiración es, posiblemente, mero narcisismo. Y, en cierto modo, no hay nada más contrario al amor que el narcotizante narcisismo.

La lección del cinamomo.

Cerca de mi casa hay unos cuantos árboles de los llamados cinamomos. Me es grato mirar el milagro del cielo del Guadarrama al amanecer a través de sus ramas cargadas de drupas globulosas. Me suelo detener por ahí unos instantes durante el primer paseo del día con Mao.
A estos árboles también les llaman árboles santos, tal vez porque sus drupas se pueden ensartar fácilmente para formar rosarios. Hay cierta paradoja en esa denominación popular, pues estos frutos amarillos en forma de cuentas son sumamente tóxicos. Bastaría que Mao comiese diez o quince de estas drupas para que sufriese un envenenamiento letal. Afortunadamente, Mao ya intuye, por alguna razón, esta extrema toxicidad y no le he visto nunca intentando comer estas bolitas amarillas.
El nombre de cinamomo parece extraño pero evoca simplemente la idea de corteza, y se relaciona con la palabra latina cinnamomum, vinculada a su vez, a través del griego, con la palabra hebrea relacionada con la idea de caña o corteza de árbol y que servía para referirse a una de las once especies con las que se preparaba el ketoret o “incienso sagrado de los judíos”, esto es, la canela, que es la corteza por excelencia. Tal vez la razón de la denominación es el uso medicinal que en los tiempos de Al Andalus se daba a la corteza de estos árboles. Esta puede ser la explicación de que a los cinamomos les llamen en muchos de nuestros pueblos “canelos“. Es curioso.
Para referirse a estos cinamomos, los persas, no se por qué, usaban la expresión “árbol libre” o “árbol noble“, es decir, “azad darekh“. Y esa es la razón por la que Linneo los llamó “melia azedarach” (melia se relaciona con el hecho de que los antiguos romanos los asociaban a los fresnos floridos, o árboles del maná, cuya savia dulce , melosa, evocaba el maná bíblico.)
Esa misteriosa denominación persa de “árbol libre” para el cinamomo, me invita a una reflexión. Porque el adjetivo persa “azad” no significa propiamente libre sino bien nacido, es decir, nacido en una buena familia o clan (“azad“, “zan” y el protoindoeuropeo “gen“, muestran una probada relación filológica). Lo que ocurre es que ese nacimiento en un entorno social dominante o privilegiado es justamente lo que garantizaba la libertad. No se concebía la libertad sino en los bien nacidos. Por eso, “azad” en persa se traduce unas veces como “libre” y otras como “noble”. Venía a ser lo mismo.
En realidad–voy pensando junto a Mao tras hacer la pertinente fotografía con el móvil–no hemos cambiado mucho desde los tiempos de los antiguos persas.
Sin igualdad, sin justicia, me parece que no tiene sentido hablar de libertad. Y es una falsa libertad la libertad de quien, después de todo, está esclavizado por la miseria. Más aún, la libertad sin justicia acaba siendo tóxica, acaso como lo son estas drupas amarillas. Esa, creo, podría ser la lección del cinamomo. En eso pienso mientras veo el sol que enciende ya la ladera de Cuelgamuros. A lo lejos.

El Muro y la Peste

A la corte del Rajá llegó la noticia: se acercaba la Peste Negra. El soberano convocó a los sabios. Tras deliberaciones, los consejeros consideraron que lo mejor era invocar a Shuma, protectora de la salud, cuyo templo se encontraba en lo alto de la montaña. Hasta lo más alto ascendió la comitiva de sabios y funcionarios con dones para la diosa, a fin de propiciar su ayuda.

Shuma escuchó a los notables del reino.

–Me enfrentaré a la peste. Volved a vuestra casas.

Como estaba anunciado, al cabo de dos lunas la peste se acercó a las murallas de la ciudad, con su olor a muerte. ¿Cumpliría su palabra la diosa?

Sí. Shuma se hizo ver en toda su grandeza junto a la puerta de la gran muralla. Y allí se dispuso a enfrentarse a la Peste. La Peste, aceptando el desafío de la diosa, y para hacer posible el combate, adoptó la forma terrible de Rashnu, uno de los Siete Diablos. Y se presentó ante Shuma, armado de una larga espada negra, un gran arco de diamante y mil dardos ponzoñosos.

Allí lucharon Shuma y Rashnu, es decir, la Salud y la Peste, durante siete días, con sus correspondientes noches. Fue una lucha colosal. Shuma separó enormes piedras de las murallas para lanzarlas contra Rashnu. Este, cuando agotó sus dardos letales, destruyó diez mil árboles para afilarlos y convertirlos en nuevas flechas que lanzó contra la diosa.

Exhaustos, los dos colosos comprendieron que no tenía sentido proseguir la disputa. No quedaban más árboles para hacer flechas. No quedaban sillares de la muralla que lanzar contra Rashnu. Los bosques que rodeaban la ciudad y las murallas que la protegían habían desaparecido. Incluso a los dos seres sobrenaturales les flaqueaban las fuerzas. Llegaron pues a un pacto.

Shuma accedió a dejar pasar a la Peste a la ciudad con tal de que sólo se llevase el alma de un hombre. Un sólo hombre. La Peste aceptó el acuerdo. Y Shuma se retiró a su montaña.

Algunos días después, un enviado del Rajá llegó cabalgando hasta el templo de Shuma. Desmontó y entró hasta la estancia donde la diosa moraba. El mensajero se dirigió a la enorme estatua de oro que representaba a Shuma y expuso lo ocurrido. La Peste negra había entrado en la ciudad sin murallas y había exterminado ya a 10.000 hombres.

Furiosa al saberlo, Shuma adoptó la forma de un águila gigante de garras de acero. Y voló hasta la ciudad. Allí encontró de nuevo a la Peste, que parecía ya dispuesta a marcharse, tras haber realizado su misión de muerte.

Con cólera divina, Shuma se fue hacia la Peste antes de que ella pudiera darse cuenta, la derribó y colocó una enorme garra en su garganta.

–¡Has roto tu pacto! Acabaré para siempre contigo, oh destructora de hombres–gritó la diosa.¡

¡No!–se excusó la Peste, sin que el frío acero de las garras del águila en su garganta afectase la firmeza de su voz–yo sólo llevé la muerte a una sola casa, como acordamos. Solo acabe con la vida de un hombre. Un sólo hombre.

–¿Entonces?–dijo Shuma–cuya incredulidad se disipaba al contemplar la firmeza de la respuesta de la Peste, pese a lo comprometido de su situación–entonces, dime ¿quién ha matado a los restantes 9999 de entre mis fieles?

No fui yo, puedes creerme–replicó la Peste–estoy demasiado cansado para hacerlo. Esos 9999 hombres y mujeres murieron de miedo. Sí, murieron de miedo cuando supieron que yo había entrado en la ciudad para apropiarme de la única vida que me pertenecía, según nuestro pacto.

Shuma comprendió. Aflojó su garra y alzó el vuelo llorando, en dirección a su templo. Su lágrima de diosa cayó sobre la ciudad y formó un barro divino que sirvió a los habitantes para levantar un nuevo muro.

Sin embargo, en el silencio de las montañas, Shuma se dio cuenta que las murallas más difíciles de construir son las que nos protegen contra el miedo, esa Peste a la que ni siquiera los dioses pueden exterminar del corazón de los humanos. En realidad, siempre lo había sabido.

Raza.

El racismo, esa hidra de cien cabezas que ahora parece que se despereza en toda Europa después de una ligera siestecilla, es, en cierto sentido, un invento esencialmente español, lo queramos o no.
Un pequeño viaje al mundo de las palabras nos enfrentará a los hechos.
Para empezar, ocurre que, sin la menor duda, el dichoso vocablo “raza” surgió en la península ibérica allá por los comienzos del siglo XV. Ahí está el origen del inglés “race“, el italiano “razza“, el francés “race” o el alemán “Rasse“.
En esto están de acuerdo todos los filólogos.
Es nuestra “raza” palabra que vino sin duda del árabe “ras“, cabeza, y que en sentido figurado quiso significar origen. Puede que además existiera una convergencia etimológica con la palabra castellana de origen latino raíz.
El primer eco escrito de “raza” lo encontramos en el “Tratado de la Brida“, un manual escrito en torno a 1430 por Diego Ramírez de Haro. En este códice de 113 hojas y 42 capítulos se ofrecen consejos referentes al modo “de conservar y mejorar la raza de de los caballos“. Aparece ahí por vez primera el dichoso término importado del árabe, y resulta lógico que sea así pues la cría optimizada de caballos españoles nos remonta por un lado al mundo de lo andalusí y por otro al mundo de la cría, la selección y la eugenesia de los animales domésticos. Por otro lado, en la sociedad multiétnica y multirreligiosa de la España musulmana no es de extrañar que surgiese un caldo de cultivo para asentar la idea de raza; al fin y al cabo un sabio medio sevillano como Ibn Jaldún había querido justificar teóricamente, allá por 1377, la esclavitud de los negros y los eslavos, por poseer “atributos que son bastante similares a los de los animales
Apenas ocho años después de la aparición de Tratado de la Brida, en 1438, el Arcipreste de Talavera, en el capítulo XVIII de ese monumento de la literatura castellana que es el Corvacho, nos explica que todo hombre es tributario de su verdadero linaje. Si el hijo de un campesino intercambia papeles con el hijo de un noble, no tardará en manifestarse el equívoco. “El que de linaje bueno viene”–nos dice el arcipreste–“apenas mostrará sino de dónde viene…mientras el vil y de poco linaje, si fortuna le administra bienes…luego se desconoce y retrae de dónde viene, aunque mucho se quiera infingir en mostrarse otro que no es”.
Es en ese mismo siglo XV es cuando se producen en España dos hechos tan anómalos como trascendentes. Por un lado la constitución de un Santo Oficio dependiente de la Corona y no de Roma (lo que se relaciona con un Papado que en aquellos tiempos era decididamente hispanófilo). Y por otro lado la expulsión de todos los judíos, a no ser que no se convirtiesen al catolicismo. Lo primero da una dimensión extraordinaria y genuina a la Inquisición española, en comparación con otros Tribunales del Santo Oficio en Europa, existentes desde tres siglos antes pero que, reportando a Roma, tenían una naturaleza bien distinta, muchos menos recursos para reprimir y unas cuantas razones menos para hacerlo. Lo segundo, esto es el recurso a la conversión para que el judío permanezca en España, tiene apariencia de medida suave y dulcificante, pero en realidad es justo lo que provoca el fanatismo racial hispánico pues, ante las dudas, la poderosa Inquisición española recurre a la idea muy racial de “limpieza de sangre” para identificar así al falso converso y al pérfido judaizante.
Para colmo, es también en ese mismo siglo cuando los españoles contactan con los pueblos americanos a los que al menos al principio de la Conquista conviene ver como razas distintas e inferiores, lo que sirve de coartada a la práctica del esclavismo y la encomienda. A finales del siglo siguiente, es cierto que el esclavismo de los nativos amerindios (pero no de los africanos) ha sido ya puesto más o menos en cuestión por las Leyes de Indias, pero la idea de raza superior e inferior ha arraigado para siempre. Así, en 1600 leemos en un memorial escrito por Alonso de Oñate y dirigido a Felipe III que había opiniones según las cuales “los indios podrían ser esclavos de los españoles, de acuerdo con la doctrina aristotélica, pues la Naturaleza ha hecho (a los españoles) “especialmente proporcionados…inteligentes y hábiles, lo que les hace capaces de dirigir la vida política y civil…”
A partir de aquí comienza la triste historia del racismo teórico europeo, que no es privativa de los españoles, claro está. Es una historia de horror que parece no acabar nunca y que en algún sentido, ay, resulta que tiene su origen remoto en nuestros lares.
Ahora, cuando también florece, inesperadamente, un burdo movimiento ideológico empeñado en desmontar a torpes martillazos la llamada leyenda negra española, esa que ha venido vinculando durante los últimos cuatro siglos lo hispano al antisemitismo, a la inquisición, al oscurantismo y la irracionalidad, cuando se editan libros, de fingida erudición, rigor dudoso y mucha venta, que tratan de probar, mediante pueriles falacias, sesgo sistemático de inspección y manipulación o invención impúdica de datos, que no había tanta tiniebla por aquí, y que mucha más había, si acaso, por allá, no viene mal recordar este cierto pedigree hispánico del racismo en su acepción moderna.
Viene bien hacerlo, aunque solo sea para sosegar los furores neonacionalistas emergentes y entender con un poco más de ecuanimidad lo bueno y lo malo que ha tenido lugar en esta península, que es mucho, pero de lo que las presentes generaciones, por no ser responsables de ello, no tenemos por qué sentir ni el menor orgullo ni la más mínima culpa, sino tan solo uno obligación de humilde búsqueda de conocimiento y de diligente obtención de enseñanza para el futuro.

Da mi basia mille

Ayer fue San Valentín y, dado el estado de irracional pánico producido por la posible pandemia, entiendo que habrá sido un San Valentín con menos besos que el de otros años. Habrá acaso habido cierta escasez de besos de amor, esos besos profundos a los que San Isidoro llamaba muy propiamente basia, para distinguirlos de los tiernos besos familiares, a los que llamaba osculi, y de los que se dan, según nos decía, a las prostitutas, es decir, los savii: “filiis osculum dari dicimus, uxoribus basium, scorto savium“.
Ante este desastre osculatorio, yo me he consolado leyéndole a mi amiga Ana el delicioso poema sobre el beso que Catulo le dedicó a Lesbia hace un par de milenios, más o menos. Lo copio aquí, con una traducción que me he permitido hacer yo mismo:

Vivamos, mi Lesbia, y amemos.
y demos al escándalo y a las habladurías
de la gente, no más valor que el valor que se da a un pedo.
los soles podrán salir y ponerse hasta el infinito, pero
para nosotros, una vez hayamos apurado el néctar
de nuestra vida, la existencia solo habrá sido esta
noche interminable que hemos atravesado besándonos.
Dame, sí, mil besos, luego una centena,
después otra centena más y luego otros mil,
y otros cien, y cuando nos hayamos dado todos esos miles,
trastoca las cifras, pierde la cuenta del total,
no sea que algún malvado enemigo nuestro nos hechice
al conocer la suma exacta de nuestros besos.

Miedo

El asunto del dichoso coronavirus, se presenta como el ejemplo más perfeccionado de la administración del miedo, entendiendo administración en el doble sentido que le asigna Paul Virilio, es decir, nos suministran miedo sí, y lo hacen de forma cuidadosamente sofisticada. Tal vez me equivoque, pero me da que en unos meses este pánico al virus será solo historia y se estará comercializando, con pingües beneficios económicos, una vacuna, seguramente innecesaria, fabricada y comercializada, claro está, por China o Estados Unidos, dejando paso a cualquier otro miedo colectivo debidamente orquestado y manipulado.
Habremos dado otro paso más en la implantación de la cultura del miedo colectivo convenientemente administrado, para el mejor dominio de las masas. Miedo al cambio climático, miedo a la nueva recesión económica, miedo al terrorismo, miedo al fascismo emergente, miedo a los ciberataques, miedo a las emanaciones tóxicas, miedo a los productos caducados, miedo a los inmigrantes, miedo a una conflagración nuclear, miedo a cualquier cosa…Incluso hoy mismo ya se empieza a hablar del miedo a un cierto asteroide denominado PZ39, de un diámetro de unos 650 metros, que al parecer va a pasar frente ante nuestro planeta a la considerable distancia de 5 millones de kilómetros, pero al que ya se atribuye el riesgo de producir millones de víctimas entre los humanos. Es el colmo.
Son muchos los miedos, ciertamente. Pero este de los virus es algo especial, por lo invisible de la amenaza, por el estigma social que genera, por el hecho de venir por el mismo aire que nos da la vida. Es algo insidioso que nos invade, que se nos mete dentro (miedo y meter son palabras relacionadas). Tiene por ello mucho de imposición de pena, de castigo divino. De hecho, el virus de la gripe, que ha ido asolando a la Humanidad a lo largo de los siglos en sus infinitas mutaciones, es históricamente conocido con el nombre de influencia, y este es un término con el que se pretendía definir un fluido maléfico proveniente de los planetas, es decir, del cielo.
En realidad casi todos los virus dañinos vienen del cielo realmente, si tenemos en cuenta que los que producen nuestras enfermedades suelen ser el resultado de un cruce de los virus de aves o murciélagos con los virus de otros mamíferos en contacto con el hombre o incluso con virus humanos propiamente, pero no dañinos o transmisibles. Una vez realizada esa combinación de genes (o “reassortment” como dicen los virólogos), el nuevo virus resultante ya puede estar en condiciones de transmitirse entre humanos y producir enfermedades cuyos síntomas (suprema astucia) le ayudará a ir encontrando nuevos huéspedes vivos (por ejemplo, a través de los estornudos, la mucosidad u otros fluidos que puedan salir del cuerpo afectado).
Los virus son realmente entes fascinantes, a caballo entre la vida y la no vida. Un virus no es sino un poco de proteína y apenas una docena de genes, con un tamaño centenares de veces más pequeño que una pequeña bacteria. Por sí mismos no pueden reproducirse. Pero, increiblemente, tienen la capacidad de introducirse en las mucho más complejas células de los seres vivos y apropiarse de esos ricos recursos celulares, para reproducirse de forma vertiginosa y según los planes inscritos en su DNA, ese puñadito de genes que incopora cada virus. Además, muchos de los virus que os enferman, se las arreglan para producir síntomas que les sirven para trasladarse de un huésped a otro: estornudos, toses, mucosidades, vomitos, sudoración…incluso sangre que brota por oídos y ojos, como en el caso del ébola o la fiebre amarilla…escalofriantes criaturas que crean su propia infraestructura de transportes…
Uno, en modo filosófico, se podría plantear respecto a los virus, cuál es su sentido, cuál su razón de ser, puesto que solo parecen ser entes destructivos. En realidad, muchos de los virus son benéficos. Los océanos, por ejemplo, contienen una inmensa cantidad de virus, y la ciencia ha demostrado que esos virus son indispensables para el mantenimiento del equilibrio climático. También hay quien sostiene que unos virus tan habituales y al fin y al cabo inocuos como los del resfriado común (el 30 por ciento de los cuales son también coronavirus, dicho sea de paso), ayudan al organismo infantil a prepararse para otras infecciones y alergias en la edad adulta. Y el hecho es que nuestro organismo contiene o puede contener miles de distintos tipos de virus, que conviven sin problemas con nosotros, y solo una pequeña fracción de los cuales puede producirnos enfermedades. Por no mencionar el caso de los virus “comebacterias”, que hasta la llegada de la penicilina fueron la única forma que tenía la Medicina de combatir las infecciones bacterianas. Una forma razonablemente eficaz, por cierto, y en muchos sentidos menos agresiva que los modernos antibióticos.
Y no es menos cierto que para algunos destacados virólogos, como por ejemplo Patrick Forterre, en un pasado remoto fueron los virus los que pudieron “inventar” la molécula de doble cadena de DNA para preservar información genética. Si esto fuera así, los virus serían el punto de partida del fenómeno, casi inexplicable, de la vida.
Lo cual es coherente con el hecho de que la palabra virus, en latín, solo significaba esperma. Y tal vez por lo untuoso del veneno de las serpientes, con el tiempo, ese virus latino sirvió para referirse a cualquier líquido venenoso, significado con el que el término ha entrado en las lenguas modernas.
Es decir, una vez más, la etimología nos da una maravillosa pista sobre las cosas, al desvelarnos la doble naturaleza del virus. Como dice Zimmerman, los virus son, o pueden ser, exquisitamente letales, pero puede que hayan proporcionado al mundo alguna de las más importantes innovaciones biológicas. Creación y destrucción unidas. Dualidad eterna. Como la del miedo mismo, ese virus que nos salva y nos pierde al mismo tiempo.

Hacer café.

Escucho de lejos una canción en la que se dice “nadie como tú me sabe hacer café”. Pienso en que es muy curioso el hecho de que hacer o tomar café signifique sexo (típicamente sexo anal) tanto en el argot que se habla en California (vease el Urban Dictionary) como en el de los inmigrantes norteafricanos en Francia. Yo no acabo de explicármelo. ¿Me puede ayudar alguien?

A Modest Proposal.

Se rebelan airados los campesinos de Extremadura. Y hay algo de señal de alarma epocal en este nuevo movimiento (los que buscan fatídicos paralelismos históricos evocarán a aquellos 80.000 campesinos extremeños que salieron a ocupar fincas de terratenientes en los tiempos del Frente Popular, menos de 90 días antes del llamado “Alzamiento”).
Las grandes revueltas campesinas son las primeras manifestaciones de la historia de la rebelión social contra el orden establecido. En Europa, comenzaron con la Grande Jacquerie de los campesinos franceses, en 1358, contra los nuevos impuestos de los señores feudales, ávidos de recabar más y más fondos para rescatar al rey preso en Londres y financiar la defensa de la corona gala frente a los invasores ingleses. Aquella gran revuelta campesina fue la primera de las “jackeries” europeas. Le siguieron muchas más, sobre todo en Francia, el gran país agrícola del continente. Y todas ellas, en general, fueron, si no causas, al menos sí avisos de grandes cambios sociales. En el Grande Peur revolucionario de Julio de 1789, que extendió la furia campesina por toda la campiña francesa, resonaba una docena larga de grandes revueltas campesinas que se fueron desencadenando desde la Gran Jacquerie, a razón de una o dos por siglo: la de los Tuchins, la de los Pitauds, la de los Gautiers, la de los Crocquants, la de los Nu-PIeds, la del Roure, la del Papel Sellado y así hasta la Guerra de las Harinas, apenas 17 años antes del Terror.
Y en España la trayectoria de la furia campesina fue similar. Comienza con la revuelta de los mudéjares murcianos contra Alfonso X, y es seguida de innumerables levantamientos campesinos musulmanes, desde Sevilla a Granada. Luego llega la rebelión de los remensas catalanes, la de los irmandiños gallegos, la de las germanías valencianas, o el Motín del Hambre en tierras cordobesas, ya cuando el sol del Imperio empezaba a declinar.
Sobre los hombros de los campesinos siempre se ha descargado prioritariamente el peso de la injusticia social. Y siempre han sido ellos las víctimas propiciatorias de la rapiña del trabajo ajeno por parte de los poderosos. Porque el campesino es el trabajador sufrido por excelencia. No es casualidad que el lenguaje nos sugiera una identidad entre el acto de arar el campo y el de trabajar. Labrar y laborar vienen a ser la misma cosa en español, al igual que en francés. Y en esas palabras palpita la raíz latina “labo” que sugiere el agobio, la inclinación, el doblamiento de quien sostiene un gran peso.
Mas vale que se preste atención a esta nueva marea de campesinos empobrecidos. Y que se acallen esas voces disparatadas y crueles que dicen que no hay nada que hacer, que son las sacrosantas leyes económicas las que están detrás de su empobrecimiento. Estos fanáticos del libre mercado (la segunda superstición más nefasta que ha conocido el hombre) hacen recordar el sarcástico ensayo de Swift en 1729, en el que después de analizar el drama sangrante del campesinado irlandés de su tiempo, propuso como solución que los labradores vendieran a sus hijos a los terratenientes, para que ellos se los comieran…
El titulo de aquella ácida sátira de Swift,”A Modest Proposal”, se ha convertido en el mundo anglosajón en una referencia habitual para definir las propuestas crueles de los sacerdotes del falso dios mercado. Hoy también se escuchan modestas propuestas como aquella. Yo tengo la mía: invitar a todos esos majaderos del laissez faire a pasarse una temporada recogiendo patatas o vareando aceitunas.

El Revés del Derecho

Salimos consternados de ver la película “1917”, y Marta me pregunta entre otras muchas cosas cómo es posible que no estuviese prohibido el uso de armas químicas en los tiempos de la Primera Guerra Mundial (por más que en la muy aburrida película no se muestre este pérfido sistema de matar).
En realidad, estaban prohibidas, siguiendo una larga tradición expresada en Convenios Internacionales. Nada menos que en 1675, los alemanes y los franceses ya habían acordado en el Tratado de Estrasbourgo no usar balas venenosas en sus conflictos. Dos siglos más tarde, la Convención de Bruselas prohibía el uso de proyectiles venenosos o material que causase innecesario sufrimiento. Esta Convención no fue suscrita debidamente, pero pocos años después, la Convención de La Haya de 1899 sí específicaba que los firmantes no utilizarían “proyectiles cuyo único propósito fuese la difusión de gases asfixiantes o deletéreos”.
–¿Entonces?
–Pues aquí entra en juego un subterfugio que comenzaron por aplicar los juristas alemanes. Como el texto de la Convención hablaba de “único propósito”, bastaría con usar armas mixtas, capaces de destruir a la manera tradicional y también con gases asfixiantes. Esas armas no tendrían como “único propósito” asfixiar, sino que también realizaban la habitual carnicería con metralla. Voilà. Problema resuelto y barra libre de armas químicas.
–Es lo que tu dices siempre, el revés del Derecho…
–Sí. Se podría culpar también a los redactores del tratado, que no atisbaron el subterfugio, pero hay que reconocer que por encima de la lógica de la norma está casi siempre la lógica de la fuerza y el poder. Y se impone. Así es el mundo.