Thalassa, thalassa !

Al hilo de lo que publiqué el otro día, un amigo me dice que los griegos llamaban al mar “thalassa” más bien que “pontos“, como yo escribí.
Tiene razón en lo de “thalassa“, que es esa palabra que gritaron jubilosos los diez mil de Jenofonte, cuando por fin llegaron a la costa, tras su largo periplo en el imperio persa: thalassa!, thalassa!
Y, por supuesto, thalassa es la palabra que da nuestro talasocrático o talasoterapia. Nada que objetar.
Pero también yo tengo razón. Porque ocurre que un pueblo como el griego antiguo, para el que el mar lo era todo, lo veía y lo llamaba de muchas maneras. Dicen que le pasa lo mismo a los esquimales, por ejemplo, con respecto a la nieve. Y creo que a los escoceses con la lluvia.
Para aquellos griegos, el mar podía verse como algo puramente material, una informe masa salina que comienza en la orilla cercana, y entonces lo llamaban “als“, “la sal”, “la orilla”.
O podían verlo como una extensión infinita y un tanto temible, y lo llamaban entonces “pélagos” (que nos da nuestro pelágico).
Si en cambio se referían a él como puente o vía de encuentro entre los diferentes mundos, lo llamaban “pontos“, y usaban esta palabra especialmente para referirse al mar abierto (es, en efecto, palabra relacionada con nuestro puente, a través del pons latino).
Si el énfasis se ponía en la parte del mar que abraza la costa, usaban la palabra “colpos” (que es la antepasada de nuestro “golfo“). Y si ese énfasis se ponía en la profundidad insondable del mar, usaban “laitma“, el abismo (palabra a la que se remite nuestra laitmafobia, que es algo que a veces yo mismo he sentido intensamente al nadar en alta mar y ver debajo de mí tan solo un abismo oscuro).
Eso sí, en un sentido general, los griegos llamaban al mar thalassa. No cabe duda.
–O Mediterráneo, supongo.
–No exactamente. La palabra mediterráneo es latina y se usaba para referirse a un territorio o región central con respecto a otro territorio mayor, sin necesaria referencia al mar. También se usaba para referirse, paradójicamente, a las gentes del interior continental, de la tierra del medio. Ese sentido lo encontramos en Cicerón, por ejemplo, que en su discurso Contra Verres, utiliza homines maxime mediterranei (hombres de la máxima mediterraneidad) para referirse a la gente del interior profundo del continente)
–¿Entonces?
–Pues la invención del Mediterráneo (en el sentido de la acuñación del nombre para referirse al Mare Nostrum) parece que se la debemos a un hispano de Cartagena. Fue el gran Isidoro quien convirtió el adjetivo “mediterráneo” en el nombre propio, con mayúsculas, para referirse a nuestro mar. Ahí es nada.
En fin, que los griegos tenían muchas formas de referirse a ese mar que San Isidoro bautizó como Mediterráneo y los árabes y los turcos llamaron después “mar de Rumelia“, en referencia a Rum, es decir, al imperio romano. Muchas formas en verdad. Pero es que siendo el mar un absoluto, las maneras de verlo solo pueden ser relativas, parciales y numerosas.

Nurture or nature.

Cada día me interesan más las abejas. Cada día menos los humanos. Todos los detalles de su forma de vida (de las abejas) me hablan de una solidaridad y cooperación que ya quisieramos ver en nuestra especie, por más que compartamos con ellas, se supone, el carácter eusocial. El de las abejas es un esprit de corp que incluso parece poner en cuestión las leyes de la evolución, puesto que las obreras de la colmena no se reproducen y eso a priori resulta un status insostenible a medio plazo desde el punto de vista evolutivo. Pero el hecho es que la reina, para quien trabaja el grueso de la colmena, es hermana o madre de todas las demás abejas, por lo que el llamado “conundrum” evolutivo que atormentaba a Darwin queda resuelto en términos de lo que Hamilton llamó “kin selection“, es decir, el fenómeno por el cual el individuo acepta sacrificar su propia reproducción si le consta que sus mismos genes se transmitirán a través de sus hermanos.
Todo en las abejas hace que la mandíbula se me desencaje una y otra vez por los gestos admirativos. Daré solo un ejemplo más: la abeja reina de la colmena es mucho más grande que el resto y, como es sabido, es la única que está a cargo de la reproducción en la colmena. Pero lo curioso es que desde el punto de vista de dotación genética, la reina no es una criatura especial respecto a las restantes abejas. En sentido biológico es idéntica a las demás. Lo único que la hace especial es la alimentación extra que recibe de las obreras.
Son por lo tanto las obreras las que hacen reina a la reina. No la estirpe ni nada parecido.
Ὁ ἔχων ὦτα ἀκουέτω !

Sputnik

El gobierno ruso ha llamado Sputnik a la flamante vacuna contra el Sars-Cov-2. Se explica en todos los medios que el nombre es un homenaje al primer satélite de la historia espacial, lanzado hace mas de medio siglo por la extinta URSS.
Puede ser. Pero yo estoy convencido de que el nombre del medicamento es un guiño al actual caudillo ruso, en la línea del populismo neofascista que nos aflige a los ciudadanos del mundo actual y contra el que no parece haber vacuna que valga. Me extraña que nadie vea lo que a mí me parece tan obvio.
Ocurre que sputnik significa en ruso compañero de viaje. Es palabra compuesta de la partícula s (con) y de putnik, que significa viajero-amigo, colega-que-viaja-conmigo. Se aplicó este término al satélite pionero porque, en cierto modo, el satélite que inseparable acompaña a la tierra por el cosmos viene a ser justamente algo así como un entrañable compañero de viaje.
Y ocurre también que Putin, en ruso, significa aproximadamente “el del viaje“, “el que hace o sigue la ruta“. Putin se deriva del ruso put, camino, vía. Esta palabra está relacionada, por cierto, con el griego pontos, con el mismo significado, si bien los griegos usaban preferentemente pontos para referirse al mar (sobre todo al Mar Negro, mira por dónde, al que llamaban Pontos Euxeinos), lo que sugiere hasta que punto aquel pueblo de marineros veía el mar como el camino por antonomasia.
En fin, no nos desviemos; que a mí me da que lo de Sputnik para la vacuna es porque alguien le ha querido hacer la pelota al conducator del Moscova. Sostengo firmemente que la vacuna salvadora (ya veremos) se llama así porque se la presenta como la compañera del viajero, o sea, la compañera del ínclito Vladimir Vladimirovich. La que viene con él. O gracias a él.
Ah, qué importantes son los nombres de las cosas…A veces más que las cosas mismas.

Días de Perros

Dicen que estas noches tan cálidas están siendo tropicales. Yo prefiero llamarlas caniculares, es decir, noches perrunas.
Con esta alusión canina, evocamos, como es sabido, a la constelación Canis Majoris, cuya estrella más brillante, Sirio, se deja ver muy bien en el firmamento de estos días de Agosto. Por eso los romanos sacrificaban perros en estas fechas, para propiciar así a los dioses y que el calor no apretase tanto como para dañar algunos cultivos. Tal vez de esos sacrificios viene la expresión “días de perros“.
Sirio, por su parte, significa caliente o soleado en griego (“seiros“). Es palabra que debe derivar de seir, que es como llamaban al sol los griegos tal vez usando un término derivado del verbo hebreo sereh, brillar.
En esta época ardiente, el cielo nocturno no solo nos muestra al Perro, sino a las famosas Perseidas, esos meteoros que parecen venir de la constelación de Perseo. La gente suele interesarse por verlas y es tradición formular un deseo cuando alguna surca el cielo. Esto también tiene miga etimológica y es una costumbre que sin duda, como tantas, se remonta a los tiempos de nuestros antepasados grecolatinos. Porque ocurre que la palabra “deseo“, etimológicamente, no significa otra cosa que aspirar a librarse del destino marcado por los dioses. No olvidemos que las estrellas no son sino otras formas de los dioses, tal como nos recuerda Ovidio: Astra tenent coelestes solum formaeque deorum.
Así pues: desear, de-siderar…no es sino el optimista intento del mortal por librarse de lo prescrito por la sidus, por la constelación (Sirio, por antonomasia), por los dioses.
Y es que para los antiguos, los dioses no eran benignos precisamente. Mas bien gustaban de jugar con los mortales y castigar su orgullo y su presunción. Eludir sus designios era lo “deseable“.
La noción de un dios todopoderoso y a la vez benevolente, resultaba incomprensible en la antigüedad clásica. O todopoderoso o benevolente. Pero no ambas cosas a la vez.
Es el cristianismo el que aporta esa dualidad de atributos del Ser Supremo que resulta tan difícil de comprender.
Muy difícil, la verdad, especialmente en días como los que está viviendo el mundo ahora.
Días indeseables. Días fatales. Días de perros, propiamente, dicho sea esto con todo respeto hacia la admirable raza canina.

Narradores y Aulladores.

A menudo, cuando paseamos juntos, Mao y yo nos cruzamos con pequeños perritos airados cuyos paroxísticos ladridos evocan a ejemplares caninos mucho mayores. A mí esto me llama mucho la atención.
Es evidente que se trata de un recurso puramente propagandístico. El pequeño gozque de fiero ladrido se las arregla para ser percibido mayor de lo que es, como medida disuasoria frente a posibles agresores.
Pero lo interesante es que estas técnicas histriónicas son propias de casi todos los mamíferos, no solo de los perros, y las practican sistemáticamente muchas otras especies, desde las gacelas a los koalas, pasando, muy especialmente, por los monos, que son auténticos especialistas en este tipo de fingimientos.
Y aún hay más. Aún hay algo más interesante. Al parecer, estas habilidades de los mamíferos para impostar la voz pudieran ser el punto de partida del nacimiento del lenguaje humano. Dicho de otro modo, tal vez fuimos capaces de empezar a hablar porque, al igual que otros mamíferos, aprendimos a simular sonidos para disuadir a posibles agresores.
De modo que no es solo nuestra habilidad narrativa lo que nos hace humanos. Ocurre que mucho antes de ser capaces de inventar historias fuimos capaces de inventar aullidos.
Y parece ser que una cosa llevó a la otra.
Esto me hace mirar de otra manera al pequeño pomerania que, escondido tras el alcornoque centenario, ladra a Mao con tal furor que se diría un verdadero bull dog. No hay una diferencia esencial entre lo que hace el perrillo ahí ladrando y lo que hago yo aquí contando cosas. Pienso en esto y sigo paseando.

Mao y el Tiempo.

Temo que Mao ya ve muy poco. Y quizá tampoco oye muy bien. Pero su olfato debe seguir siendo muy bueno, a juzgar por cómo olisquea cada árbol, cada poste, cada rueda de coche. Ocurre que el olfato es el primer sentido que entra en juego en los mamíferos. Y el último en desaparecer.
Quizá el mundo de Mao es ahora tan solo un mundo de infinitos olores que vienen y van. Una miríada de sensaciones olfativas que se activan y desactivan sin descanso.
Trato de imaginar cómo será ese mundo. Y entonces pienso en el tiempo.
¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan lo se. Si me lo preguntan lo ignoro.
Eso es lo que decía respecto a la noción del tiempo el infausto obispo de Hipona, aquel amargado inventor de la parte más oscura del cristianismo.
A mí, en cambio, no me parece complicado definir el tiempo. Yo veo el tiempo simplemente como nuestra conciencia de que se producen cambios continuados e irreversibles en las cosas que nos rodean. Cambios que no se detienen. Cambios que no tienen vuelta atrás.
Pero, volviendo a Mao ¿siendo su mundo un mundo de olores que van y vuelven ¿tendrá mi querido amigo, o más bien hermano, cierta conciencia de que todo cambia a su alrededor de forma irreversible?
Yo creo que no. Yo creo que para Mao no hay nada que asemeje la noción del tiempo de los humanos. Su olfato le va llevando por un continuum de sensaciones que difícilmente puede dibujar una línea temporal.
Creo sinceramente que Mao vive en un mundo sin tiempo.
Sí. Mao solo vive en el presente. Un presente de incontables olores.
Tal vez por eso me mira siempre con serena calma, sobre todo cuando me pongo la gorra, cojo las llaves y me dispongo a salir a pasear con él por la dehesa, cuando todavía la mañana canicular es fresca en la sierra.
Mao vive solo el ahora. Tal vez por eso es feliz.

Justicia Poética

Hay mucho de justicia poética en el hecho de que en la capital de Oregon se encuentre el epicentro del actual movimiento de protestas antirracistas. Y también existe una cierta explicación histórica para el sorprendente fenómeno de que en las revueltas de Portland la mayoría de los manifestantes sean blancos. De esto hablan estos días los periódicos.

Para empezar, digamos que fue en Oregon donde se promulgaron algunas de las leyes racistas más insidiosas e hipócritas de la historia legal norteamericana. 

A mediados del siglo XIX, Oregon no destacaba por ser un estado esclavista. Mas bien al contrario, pues en 1843 se incorporó a su ordenamiento jurídico lo previsto en la Northwest Ordinance, en el sentido de que nadie podría ser esclavizado excepto por crímenes cometidos y debidamente juzgados.

Pero la aplicación de esta normativa tuvo un vergonzante complemento. Al cabo de un año, el órgano legislativo del Estado aclaró las cosas: nadie podría ser esclavizado, ciertamente, pero los negros deberían abandonar sus casas y salir de Oregon. Y quien no se marchase por las buenas sería sometido a latigazos. 

Esta norma, promovida por el parlamentario Peter Burnett, se conoció como la Ley Burnett del Látigo. Y en su exposición de motivos se aclaraba bien su fundamentación jurídica: “su objeto es mantener limpio (el Estado) de la más conflictiva clase de población (los negros). Estamos en el nuevo mundo, bajo circunstancias muy favorables, y deseamos evitar los males que han afligido tanto a los Estados Unidos y otros países”.

Pocos años después, en 1857, se organizó un referéndum en Oregon para legalizar la esclavitud. Los esclavistas lo perdieron por estrecho margen, enervando la legislación de Burnett (que en realidad nunca había sido plenamente aplicada). Sin embargo, con la Constitución de 1857 (fragmento en la foto de arriba) se consolidó la exclusión de los negros de todo derecho civil; a ningún negro le estaba permitido votar, tener propiedades o realizar contratos, y esto convirtió a Oregon en una excepción en el contexto de los estados no esclavistas asociados a la Unión.

Por las mismas, Oregon se convirtió en uno de los estados con menor población negra de los Estados Unidos. En 2013, solo el 2 por ciento de la población de Oregon era negra.

Y mira por dónde está allí ahora el epicentro del movimiento Black Lives Matter.

Lo dicho. Justicia poética.

Esclavitud

Al hilo de mi comentario sobre las protestas de Oregon, me pregunta Mercedes si estoy de acuerdo con el derribo de estatuas y la proscripción de todo símbolo o recuerdo que evoque directa o indirectamente el esclavismo.

Le contesto que lo veo excesivo. Pero es que todo movimiento de liberación, todo despliegue de la libertad suele acabar en excesos. La Razón y la Justicia, cuando se ponen en marcha, no pocas veces se ciegan y abocan a una cierta insensatez de las masas. Esto nos lo enseña la Historia, y quizá estamos ahora ante un ejemplo vívido de este fenómeno, acrecentado por el inmenso poder movilizador y catalizador de actitudes extremas que han traído las nuevas redes sociales, dios las confunda.

La esclavitud forma parte esencial de la cultura occidental, de modo que la nueva fiebre iconoclasta, llevada hasta sus últimas consecuencias, tendría que borrar del mapa casi toda nuestra historia y nuestra cultura. No bastaría con bajar del pedestal a Fray Junípero, a Jefferson o a Colón. Ni mucho menos.

Arístoteles aceptaba la institución de la esclavitud, por supuesto, y calificaba a los esclavos de pura propiedad, aunque, eso sí, los veía como “propiedad con alma” (ὁ δοῦλος κτῆμά τι ἔμψυχον). Platón también daba por sentada la esclavitud, aunque ponía reparos a que los griegos fuesen esclavizados. Los romanos instituyeron la figura jurídica del esclavo (servus) diferenciándola del siervo (colonus). Y el mundo cristiano primitivo no rechazó en absoluto dicha institución. En la Epístola a Filemón, San Pablo, que como se sabe era ciudadano romano, cumple con la ley y devuelve a su dueño un esclavo fugado, aunque, eso sí, le solicita al amo que no lo reciba como esclavo (doulon) sino como hermano (οὐκέτι ὡς δοῦλον ἀλλὰ ὑπὲρ δοῦλον). Para San Pablo, si el esclavo ha nacido esclavo, ha de permanecer en ese estado, tal como lo deja indicado en la Epístola a los Efesios: “‘Esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo con respeto de corazón” (a menudo se traduce en este pasaje el servus latino como siervo, lo cual es incorrecto y es falaz; servus es esclavo). En esta misma línea, el Concilio Cristiano de Gangra (345 d.c) especificaba que debían ser condenados los que enseñaban a los esclavos a odiar a sus amos. Poco más tarde, San Agustín proporcionará incluso una justificación teológica de la esclavitud. Y el Papa León el Grande, proclamó en 443 d.c que ningún esclavo podría convertirse en sacerdote. 

En total coherencia, en todo el medievo cristiano la esclavitud es aceptada y justificada. San Isidoro, en la misma línea de San Agustín, considera que “a causa del pecado del primer hombre, Dios impuso a la raza humana el castigo de la esclavitud; a los que no son capaces de libertad les concedió misericordiosamente la esclavitud“. Santo Tomás, por su parte, elabora una de sus alambicadas teorizaciones filosóficas para justificar que unos deban mandar (los amos) y otros obedecer (los esclavos). 

A partir de esas bases ideológicas, todos los grandes imperios y potencias del pasado milenio se fueron levantando gracias a la mano de obra esclava: el mongol, el portugués, el español, el turco, el holandés, el ruso, británico, el norteamericano…Todos sin excepción.

Llevaría mucho tiempo glosar el persistente fenómeno de la esclavitud en la Historia. Y hay muy buenos estudios que lo hacen de una manera amena y documentada (por ejemplo el de Hugh Thomas sobre la historia del tráfico de seres humanos desde 1440 a 1870, cuya lectura es muy recomendable). Pero el detalle es lo de menos. Lo esencial es comprender que no muy es sensato juzgar con rigor el tiempo pretérito con arreglo a los valores de hoy. Y que más que dedicar energías a destruir estatuas y ajustar cuentas con el pasado, deberíamos tal vez centrarnos en construir espacios de tolerancia y comprensión para el futuro. 

Dicho esto sin perjuicio de que no pocas estatuas y monumentos deberían ser derribados sin paliativos o reducidos a salas recónditas de museos. No tanto por su valor simbólico sino simplemente por ser feos. La fealdad también es un crimen.

Envidiar.

En la portada de una revista leo no se qué sobre un “bronceado envidiable”.
Tiene gracia que para encomiar algo, digamos que es “envidiable”. Dice poco de nosotros. Algo envidiable parece ser algo más admirable que lo meramente admirable, da la impresión. Lo envidiable es el colmo de lo bueno.
También llama la atención que nunca consideremos envidiables los valores humanos. No decimos nunca “ese tiene una bondad envidiable“, ni “qué generosidad envidiable tiene aquel“. Solo nos parece envidiable lo material, lo físico o lo externo. Como el bronceado, mismamente.
Quevedo consideraba que en el mundo existían cuatro pestes. Ponía en primer lugar la envidia. A continuación enumeraba la ingratitud, la soberbia y la avaricia. Pero en primer lugar, repito, ponía a la envidia.

Perdonar.

Hablo con Marta sobre la felicidad y el equilibrio interior. Le digo una vez más que la felicidad del ser humano parece tener cuatro terribles enemigos, que vienen a ser como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis de la desdicha, a saber, La Culpa, La Falta de Autoestima, El Miedo y La Ira.
Casi todos los supuestos de tristeza, depresión, sensación de fracaso y melancolía en general están relacionados con esos Cuatro Jinetes que, además, interactúan y refuerzan mutuamente.
–Pero entonces, si hay Cuatro Jinetes de la Desdicha…¿cuales serían los correspondientes Cuatro Jinetes de la Felicidad?
–De esos no hay cuatro. Solo hay uno.
–¿Solo uno? ¿Cuál es?
–El Perdón.
–No lo pillo.
–Cuando perdonamos, neutralizamos la Ira, parece claro.
–Sí. Pero ¿la Culpa y la Autoestima?
–Nacen de no saber perdonarnos a nosotros mismos.
–Ya. Pero ¿y el Miedo?
–Quien no siente culpa y se aprecia a sí mismo, no teme a nada. En todo miedo hay un fondo de temor al castigo merecido.
–O sea, que el Perdón sería la navaja suiza de la felicidad.
–Más o menos. La culpa, la falta de autoestima, el miedo y la ira, son los que envenenan nuestra vida. El perdón, es la antídoto universal de la desdicha. Es curioso que sea tan poco practicado. Tan simple, tan polivalente y tan olvidado.