Непо́мнящий

El enfrentamiento por el cetro mundial de ajedrez comienza hoy viernes 26 de Noviembre, en Dubai. Mientras desayuno, leo un artículo en el periódico sobre los adversarios, esto es, el actual campeón islandés Carlsen y el retador, el ruso Niepomniatchi.

El articulista saca punta al desafío señalando que el candidato fue hasta no hace mucho amigo y personal y colaborador del actual campeón. Y que por ello, el gran reto del ruso será olvidar esa relación del pasado y evitar que influya en su juego. 

Me ha llamado mucho la atención este enfoque. Y también me ha entristecido lo que me ha evocado.

–¿Por qué te ha llamado la atención?

Porque no se si el periodista ha caído en la cuenta de que el apellido ruso Niemponiatchi significa justamente “el que no recuerda”. 

–Ah, qué casualidad. Y ¿por qué te ha entristecido?

–Pues porque ese apellido es un testimonio de la terrible opresión que sufrían los rusos en los tiempos de la esclavitud, que apenas terminó cuando alboreó el siglo XX.

–Ya me dirás.

–Cuando la policía zarista interrogaba a un vagabundo o a un siervo, y le preguntaba su nombre, era relativamente usual que este respondiese con un “yo no lo recuerdo”, es decir, “ia niepomniu”. Y lo tremendo es que ese olvido era creíble, hasta tal punto llegaba la mísera ignorancia de los siervos.

–Eran tan pobres que por no tener no tenían ni siquiera nombre…

–Así es. Y por ello la policía se limitaba a registrar al desdichado paisano como “el que no recuerda”, 

–Exacto: niepomniatchi, el que no recuerda, una expresión que con el tiempo se ha convertido en un apellido ruso más.

–Triste, estoy de acuerdo.

–Sí. A veces, explorar el origen de las palabras nos lleva a mundos oscuros. Pero también se puede ver algo luminoso en ese apellido, si te fijas bien.

–Explícate.

–Pues verás; nie-pomniatchi es un derivado del verbo ruso napominat que significa, en efecto, recordar. La partícula inicial nie es la que da el sentido negativo. Pero lo bonito, creo yo, es que a su vez, napominat está vinculado a mniti, que significa a la vez “recuerda” y “piensa”. Todo proviene de la raíz protoindoeuropea «men«, pensar, que es la que da vocablos como mantra, manía, amnesia, mentor, y, por supuesto, mente.

–¿A dónde quieres llegar? Siempre me acabas confundiendo con todos tus derivados y tus raíces protoindonosequé.

–Lo que quiero es resaltar que para el lenguaje ruso, de algún modo, el conocimiento es puro recuerdo. Y eso es muy sutil, muy platónico. Recuerda que ya hemos comentado alguna vez que para los antiguos griegos la verdad, la a-leteia, es aquello que se desvela, aquello que deja de estar escondido por el olvido, como el olvido que el lago Leteo produce en las almas de quienes pasan al otro lado para evitar que sufran recordando a los seres queridos.

–Uff, mejor lo dejamos aquí. Y ya me dirás quien gana la partida de hoy entre Carlsen y… ¿cómo es el nombre del otro?

–No me acuerdo.

Ni mu.

Me preguntan por qué escribo tan poco últimamente.

–No se. La verdad es que tengo bastante trabajo. Y el poco tiempo libre que tengo lo dedico a los amigos, a la bicicleta o al ajedrez.

–Qué lástima. Deberías dejar un poco de espacio en tu jornada para escribir.

–No se. He escrito diez mil publicaciones en el blog antiguo y varios miles más en este. Ya he contado bastantes cosas; supongo que alguna de ellas interesante.

–Pero ¿es que ya no se te ocurre nada que merezca la pena publicar?

–Mu.

–¿Cómo?

–He dicho que mu. Si quieres te lo repito.

–¿Y eso? ¿Me estás llamando rumiante o algo así?

–No. Estoy diciendo que la pregunta sobre si se me ocurre o no algo que merezca la pena está mal planteada. No puedo responder ni afirmativa ni negativamente. Porque ignoro qué es lo que merece la pena publicar. Tal vez no merezca la pena publicar nada. Tal vez cualquier cosa es digna de ser compartida.

–Ya. Y que tiene que ver “mu” con eso que estás diciendo.

–Muy sencillo. En japonés para responder afirmativamente a una pregunta dicen “hai”. Y para responder negativamente dicen “iie”.

–¿Y?

–Pues que también tienen los nipones una expresión para no decir ni sí no, sino que la pregunta no está planteada de forma en que pueda ser respondida afirmativa o negativamente.

–Ah, ya lo pillo. Esa expresión es “mu”. 

–Exacto. Existe un koan zen en el que un estudiante le pregunta al maestro Zhaozhou si un perro podría conseguir la iluminación de Buda. El maestro se limita a responder “mu”, es decir, nada, respuesta ausente, silencio, cualquier cosa vale como respuesta…

–¡Qué interesante!

–Ya lo creo. Este “mu” es muy interesante porque pone de manifiesto algunas limitaciones estructurales de nuestra lógica binaria. Y viene al caso recordar que en los próximos ordenadores el “mu” será una tercera opción. Seguro que has oído hablar de esos llamados qubits que añaden al 0 y al 1 un tercer valor definido por el estado de indeterminación o superposición cuántica, lo que incrementa prodigiosamente el potencial de cálculo de las máquinas inteligentes.

–O sea, que en cierto modo, los japoneses, con su “mu”, se anticiparon a la nueva revolución informática que está en cambio.

–Podemos verlo así, si quieres. Aunque no son solo los japoneses, también existen otros lenguajes como el coreano o el tibetano en el que utilizan una particula parecida. Yo creo que mu es algo muy útil, dejando aparte el laberinto cuántico, porque muchas discusiones estúpidas quedarían neutralizadas si aprendiésemos a decir “mu”, es decir, a poner en cuestión la formulación misma de la cuestión. Frente a la tontería dialéctica no hay que decir ni mu, o más bien hay que decir exactamente mu.

–Oye, y ahora que lo pienso, ¿por qué no escribes hoy sobre la importancia de “mu”?

–Puede ser. Pero será cuando termine unas cosillas que tengo entre manos. Hasta entonces, ni mu.

¡Eia, eia, alalá!

Los populismos, en cualquiera de sus sabores y presentaciones, son muy eficaces en cambiar el nombre de las cosas, tal vez para compensar lo poco eficaces que son en cambiar las cosas.

Nombres de calles, pronombres, adjetivos, referencias históricas…todo ha de llamarse de la manera nueva y mejor…

Anteayer, los pulsateclas de la Carrera de San Jerónimo aprobaron que el Valle de los Caídos deje de llamarse Valle de los Caídos, por ser políticamente incorrecto. Mira por dónde a mí ese cambio no me parece mal. En cambio, tengo mis dudas sobre la nueva toponimia que proponen, pues nos mandan que llamemos a ese enclave como antaño, esto es, Cuelgamuros, que acaso también resulte políticamente incorrecto, si hacemos caso de lo que por ejemplo asevera Nicolas Sánchez Albornoz–jornalero forzoso durante seis años en el faraónico panteón que Franco se preparó–quien remite esta última toponimia a una derivación del muy feo  “Cuelga Moros”.

En realidad, el profesor Sánchez Albornoz se equivoca: ese “muros” o “moros” está relacionado con uno de los lexemas toponímicos más populares en la península ibérica, sin la menor relación con los mahometanos o con las paredes. Se trata de “murr” o “mor”, que es partícula prerrománica y que significa montón de piedras o colina pedregosa, y que está presente en incontables topónimos de nuestros pagos: Moron, Mora, Morella, Moretón, Morilla, Morra, Morral, Morales, Morata…

Sobre el orígen prerrománico de estos topónimos no hay la menor duda. Solo se discute si el lexema prerromano en cuestión proviene del substrato mediterráneo (Menéndez Pidal) o del alpino-cántabro-pirenaico (Hubschmid). De hecho, hay referencias en los textos griegos y latinos a estos viejos topónimos relacionados con mor. Estrabón hace referencia a un Morón cerca de Lisboa, en lo alto de un cerro, y Ptolomeo a un cierto Moroika, por ejemplo.

O sea, que me parece muy bien y me da que es políticamente impecable, que el Valle de los Caídos se vuelva a llamar Cuelgamuros, sin que dicha modificación tenga por qué ofender a los musulmanes, si se entiende bien (aunque alguno habrá que clame en este sentido).

Pero, me inquieta, después de todo, que este cambio, por más que bienvenido, sea otra manifestación de la funesta propensión populista para cambiar los nombres y no las cosas, como dije arriba. Precisamente estos días estoy releyendo a Primo Levi y me troncho con sus sarcasmos sobre la “italianizzacione delle parole” que promovió el fascismo en los años 30 del pasado siglo. Mussolini decidió que habría que prohibir el uso de todo vocablo que no fuese de estricto carácter italiano, so pena de multa y 6 meses de cárcel. Así, los sufridos italianos tuvieron que acostumbrarse a cambiar de nombre a más de 500 palabras: el croissant pasó a llamarse cornetto, el hotel, albergo, un panorama se convertía en tuttochesivede (todoloqueseve), el sandwich pasaba a ser un traidue (entredos), el gangster ya no era un gangster sino un malfattore (malhechor), nada de records sino primatos, y prohibido mencionar el color burdeos, pues debía decirse color barolo (como ese caldo tan sobrevalorado del Piamonte). Y que no se le ocurriese a nadie decir “insalata russa”, existiendo el muy fascista término de “insalata tricolore”. Ni de broma hablar del zar o la zarina, sino del cesar y la cesarina. No se podía jugar al tenis, sino a la pallacorda. Y había normas aún más hilarantes: por ejemplo, que no se debía mencionar a Louis Armstrong sino con su nombre italianizado, esto es Luigi Braccioforte. O que no se podía exclamar “hip, hip, hurra!”, sino “eia, eia, alalá!, que era el grito de guerra de los hoplitas de la Hélade, tal como sabemos por Esquilo y Platón.

Casi ninguno de estos cambios promovidos por el fascio redentor italiano ha subsistido, salvo acaso el tramezzino para sandwich o el calcio para fúbol. Poco más.

En fin, lo que he dicho al principio, que lo fácil en este mundo es pretender cambiar los nombres de las cosas. Y lo difícil, cambiar las cosas mismas.

De aquí que los populistas se centren siempre en lo primero, para disimular su impotencia en lo segundo.

Recelemos, entonces, de los manipuladores del lenguaje. Esconden siempre a los manipuladores de personas.

Humanidad.

Parece ser que los mandamases del mundo se deciden a tomar ciertas medidas para frenar el calentamiento global. ¡A buenas horas!

Es sorprendente la falta de reflejos que tiene el ser humano como conjunto en relación a los problemas que también afectan al ser humano globalmente.

Pondré un ejemplo quizá no muy conocido. 

En el discurso de recepción del Nobel, Alexander Fleming dejó dicho que un mal uso de los antibióticos podría generar resistencia, y que eso representaba un peligro (“The time may come when penicillin can be bought by anyone in the shops. Then there is the danger that the ignorant man may easily underdose himself and by exposing his microbes to non-lethal quantities of the drug make them resistant”).

Y eso se dijo, fijémonos bien, en 1945.

Da la impresión de que pasaron muchas décadas hasta que se empezó a hacer frente al problema con cierta seriedad. Y parece haber ocurrido lo mismo con el cambio climático.

¡Oh, la Humanidad!

Derrida en Halloween.

Tras la enésima visita de los niños de la zona, reclamando caramelos, le digo a Marta que hoy me apetece escribir sobre ese nuevo ritual infantil que es el “truco o trato”.

–¿Qué vas a decir al respecto, no será otra vez uno de tus rollos sobre la actualidad sociopolítica?

–La verdad es que el asunto del «truco o trato» bien podría dar pie a una reflexión sobre la política que sufrimos, porque parece ahora que todo va de un juego interminable de sucios trucos y feos tratos…Pero, no temas, nada de política. Esta oscura tarde del 31 de Octubre me gustaría escribir mas bien, y con la excusa de lo del “truco o trato”, sobre el problema de la traducción de idiomas. 

–¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

–Pues en que lo de “truco o trato” es un ejemplo de lo difícil que es traducir. En realidad, en cierto modo, proclamo que toda traducción es un imposible.

–Vamos a ver, Truco o trato no es mas que la obvia traducción del inglés “trick or treat”…¿Te parece errónea? ¿Y por qué tienes que sacarle punta a todo?

-Totalmente errónea. Y es algo que epitomiza el problema de la traducción.

Para empezar, el “Trick” importado del Halloween anglosajón debería entenderse, en este contexto, como la amenaza de gastar una broma más o menos pesada. Nada de «trucos».

Trick viene del bajo latín tricare, con el significado entrelazar, especialmente de barajar los naipes (y hacerlo posiblemente haciendo trampa), como cuando se entrelazan los pelos del cabello (ya sabes que trija es pelo en griego). Este verbo se relaciona con nuestro bonito adjetivo «inextricable» que viene a calificar algo que es tan complicado que no se puede desenredar.

–Sí. ¿Y?

Pues que el campo semántico del trick inglés es amplio, ya que incluye no solo la idea de broma sino la de engaño o incluso ventaja, una triple acepción que no se da completamente en nuestro truco, que precisamente carece de esa idea de broma más o menos pesada. Esa idea, y no otra es la que cuenta en esta dichosa movida infantil de Halloween. Traducir «trick» por «truco» es un desastre.

En cuanto a la palabra inglesa “treat”, se trata de un vocablo que proviene en última instancia, y a través del francés, del latín “tractare”, que tenía el sentido de tratar, tocar, manipular, preparar algo material o inmaterial.

Tal vez, originalmente en latín, tractare significaba estirar, en referencia al trabajo de amasar el pan. El hecho es que de aquel tractare latino se derivan muchas palabras romances, desde las trattorie (los restaurantes italianos) hasta los tratos o negociaciones de los mercaderes, pasando por los tratamientos que aplican los galenos. Ahora bien, en inglés, treat también ha adquirido (al parecer desde 1650) el significado de detalle amigable, cortesía o atención especial hacia alguien, tal vez como un derivado de la idea de negociación o trato (hay aún más acepciones; por ejemplo en Shakespeare, trick es un rasgo facial agradable). Obviamente, es ese sentido de agasajo que tiene el “treat”inglés el que no tenemos en español, siendo así que es justamente el que se relaciona con el “trick or treat.» No se puede traducir en este contexto treat como trato. Es un disparate.

–¿Y cómo traducirías tú «trick or treat», si puede saberse?

Como, “broma o premio”, o algo así. Pero yo no acabo de ver una alternativa correcta.

–Tal vez no la haya.

Exacto. Y tal vez Derrida tenía razón al señalar que cuando Dios condenó al mundo a sufrir una multiplicidad de lenguas por el atrevimiento de haber intentado crear una puerta hacia él (Bab-Ylu), también lo condenó a soportar la imposibilidad/necesidad de toda traducción.

Escribiendo esto, y tentado de seguir escribiendo sobre Benjamin, la intraductibilidad y otras cosas muy serias, pongo punto final a este post, porque llaman de nuevo a nuestra puerta para amenazarnos con una bromita si no les damos el oportuno premio.

Como se descuiden les suelto lo de Derrida y Benjamin.

Madroños

Los madroños empiezan a dar fruto a finales de Octubre; al menos los de aquí, por la Sierra del Guadarrama. 

Los antiguos miraban al cielo para saber cuándo podrían comer estas bayas.

Al parecer, en Octubre, cuando las seis Pléyades ya se ven bien en el firmamento–la séptima, Mérope, apenas se vislumbra pues fue la única que no se unió a los dioses–es el momento de disfrutar del muy azucarado fruto de este arbusto al que los ingleses llaman árbol de fresas (por cierto, querido lector ¿no te llama la atención que el logotipo de Subaru sea un conjunto de seis estrellas? Tiene su lógica, porque Subaru significa Pléyades en japonés).

Las Pleyades por otro lado, eran también las palomas que llevaban la dulce ambrosía a los dioses, de modo que todo encaja.

En fin, que me desvío y enrollo, como siempre; solo quería decir que es muy oportuno que los madroños puedan comerse en estas noches que quieren ser de brujas, muertos y juegos infantiles. Porque, se crea o no, los romanos consideraban que el «arbutus«, que así llamaban al madroño–arbusto por antonomasia–resguardaba a los niños que vagaban por las calles, y les libraba de las brujas y los encantamientos, gracias a la intervención de la deidad de esta planta, esto es Cardea, que era la hermana de Apolo y protegida de Jano, quien a su vez resultaba ser el guardián de las vías y de las puertas.

¿No es fascinante esta vinculación entre los mitos de antaño y las costumbres de hoy?

Esta mañana he salido a fotografíar madroños, que son muy agradecidos. Y me he comido unos cuantos. Debo estar por tanto bien protegido frente a los hechizos.

Pero habré ganado algo de peso, porque el madroño maduro es sumamente dulce. De hecho, cuando fermenta, produce mucho alcohol. Por eso en los pueblos lo llaman borrachero o algo similar. En esto también se une el presente y el pasado porque Plinio el Viejo nos dejó dicho que solo se debe tomar un madroño si se quiere evitar la melopea, y por eso les puso el epíteto de «unedo«, que es el término al que recurrió Linneo para denominar taxonómicamente a esta baya: arbutus unedo, derivado de unum tantum edo, yo como solo uno.

Quién sabe, pues, si el oso del escudo de la villa de Madrid está abrazado al madroño para no derrumbarse por la borrachera producida por estos rojos frutos.

O quizá sea más cierta la hipótesis de Mingote, que aseguraba que ese oso se abraza al árbol para evitar que venga un concejal y lo corte.

Bis repetita.

Me dice una lectora, y sin embargo ya amiga, que el post que he publicado esta mañana sobre un texto de Nabokov está repe.

Vaya por dios. Resulta que es cierto: ya lo había publicado en el pasado mes de Junio. 

El caso es que me lo encontré hoy entre mis borradores y me pareció que a lo mejor le interesaría a alguien. No caí.

Bueno, qué mas da. El texto nabokoviano que incluye es tan bueno que no importa transcribirlo dos veces. 

Lo romanos decían «bis repetita placent», siguiendo un aforismo de Horacio.

¿Complacen las cosas repetidas? Puede ser, pero habría que especificar que solo las buenas cosas complacen al repetirse. Para las otras, como la mayoría de mis post, se aplica lo de siempre perdiz cansa o nunca segundas partes fueron buenas. 

Por lo tanto, tendré mas cuidado en el futuro.

Amnesia Infantil

Es bien sabido que la senilidad se parece mucho a la primera infancia, como sugiere el acertijo que resolvió Edipo. 

El niño pequeño y el viejo se parecen en su torpe forma de moverse, en su manera de alimentarse, en su indefensión. 

Y sobre todo, en ambas etapas está la muerte o la inexistencia muy cerca, ya sea delante o detrás. Hay un punto más en común, del que apenas se habla. Se trata de la memoria. El viejo sufre a menudo esa terrible dolencia que le arrebata sus recuerdos y su identidad. Pero de los primeros dos o tres años de nuestra vida, tampoco guardamos recuerdos ni sentimos que «estábamos ahí».

A este fenómeno de ausencia de recuerdos de la primera infancia se le llama amnesia infantil y es todo un enigma. Se han dado toda clase de explicaciones, desde vincularlo a un desarrollo cerebral insuficiente hasta cumplir los 2 años y medio o tres, a considerar que con el crecimiento, esos recuerdos primigenios subsisten pero en un estado reprimido, tal como sostuvo Freud.

Puede haber una explicación más sutil. Tal vez hasta esos tres años de edad, aproximadamente, no nos queda claro quién somos. Vivimos ese tiempo en un mundo de sensaciones caóticas, en el que progresivamente va configurándose la noción del yo. Debe haber un momento en el que el niño llega a la conclusión de que todo lo que percibe lo está percibiéndo él y no otro ser. Y así nace la identidad.

Entonces, hasta que no haya identidad no puede haber recuerdos. Del mismo modo que cuando desaparecen los recuerdos deja de haber identidad (como ocurre en la demencia senil). Es decir, no recordamos lo que nos pasaba antes de los 3 años simplemente porque no estábamos ahí; no eramos todavía «nosotros».

Pensar en todo esto me evoca el fascinante comienzo de la autobiografía de Nabokov. Son solo unas líneas que dan la medida de su absoluta genialidad. Rompiendo por una vez una norma de este blog, voy a transcribir aquí.

«La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado–la misma casa, la misma gente–, pero comprendió que él no existía allí , y que nadie lloraba su ausencia. Tuvo una fugaz visión de su madre saludando desde una ventana de arriba, y aquel ademán le perturbó, como si fuese una misteriosa despedida. Pero lo que más le asustó fue la imagen de un cochecito nuevo, plantado en pleno porche, y con el mismo aire de respetabilidad y entrometimiento que un ataúd; hasta el cochecito estaba vacío, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismísimos huesos se hubiesen desintegrado»

¡Ah, el genial Nabokov, que acierta a ver el espectro del escalofriante féretro en el inocente perfil del cochecito!

La metáfora nabokoviana le hace pensar a uno que acaso la amnesia infantil, al igual que la demencia senil, no sea otra cosa sino un ingenioso mecanismo de defensa para que conjuremos el terror de nuestra inexistencia cercana.

Decadencia

El rubicundo e improbable baranda de la pérfida Albión ha declarado anteayer, llevando el agua a su triste molino, que el Imperio Romano cayó «por no haber sabido detener la invasión de los inmigrantes«. 

No se puede decir una tontería histórica mayor. 

La llamada «caída» del Imperio Romano de Occidente fue un proceso larguísimo que duró, técnicamente, desde el siglo III d.c hasta el siglo VIII d.c. (hoy está descartada aquella teoría clásica que nos enseñaban en el colegio, respecto a una caída súbita y catastrófica en el 476 d.c. con el ascenso al poder romano de Odoacro, ta como terroríficamente nos la pintaba Cole.)

La llamada «caída» del Imperio de Occidente se debió a un conjunto amplio de causas entre las que actualmente los historiadores competentes destacan el cambio climático, las sucesivas pandemias (plaga Antonina, plaga Cypriana, plaga Justiniana, malaria crónica en toda la cuenca mediterránea…) y a una transformación en la naturaleza de las fuerzas militares (la inmensidad del Imperio obligó transformar el eficientísimo ejército de ciudadanos, de raíces republicanas, en un poco fiable ejército de mercenarios sin raíces). Sin olvidar el factor final y decisivo de la imparable expansión islámica, en el siglo VII.

La entrada, igualmente progresiva, y por lo general pacífica, entrada de los pueblos escitas y germánicos en el sistema de poder político del Imperio, no fue una causa de la decadencia imperial sino a lo sumo una natural consecuencia de esa decadencia.

Uno de los mayores expertos mundiales en Historia de Roma, el profesor Alexander Dermandt, de la Universidad de Berlín, detalló nada menos que 210 causas del progresivo, lentísimo ocaso del Imperio Romano de Occidente.

Pero, ojo al dato, Mr. Johnson lo tiene mucho más claro y nos dice que la culpa fue de no poner barreras a los inmigrantes.

Y esto lo dice precisamente el insospechado premier cuando su país se encuentra en una seria crisis ocasionada por haber levantado los de su cuerda tontas barreras fronterizas donde felizmente no las había…

Es sorprendente la capacidad de los prebostes populistas para intentar hacer pasar por verdades contrastadas lo que no son sino majaderías.

Y es asombroso que tanta gente les compre sin más esa mercancía averíada.

Tal vez esa sea precisamente otra de las causas principales de que los países y los imperios entren en decadencia.

Horteras y Chandals

Me dice Violeta que muchos niños de su clase se disfrazarán esta noche con los clásicos chandals que aparecen en esa dichosa serie del calamar. 

Tiene gracia que la repulsiva (pero excelentemente producida) serie coreana haya conseguido que vuelvan a ponerse de moda estas prendas, muy denostadas últimamente en cuanto quintaesencia de lo hortera. 

Un amigo mío dice que cuando un hombre baja el domingo a a la calle a comprar el pan en chandal, es evidente que su vida es un auténtico fracaso. Puede ser.

Caigo ahora en la cuenta de que he usado en el párrafo anterior el adjetivo hortera para relacionarlo con el chandal. Y esto también es notable porque de algún modo hay una relación entre ambas cosas, lo hortera y los chandals.

Hortera es palabra de etimología incierta, pero todo parece indicar que su significado original venía a ser lo que llamamos ahora «tupper«. Al parecer, muchos aprendices de tenderos en los comercios del Madrid decimonónico llevaban horteras, es decir, «tuppers» a sus puestos de trabajo. Y como esos aprendices (pollos, les llamaría Galdós), se esforzaban sin éxito por ir atusados y más o menos elegantes, acababan siendo llamados «horteras«, en el sentido de carencia de buen gusto o clase natural.

Pues bien, si por un lado «hortera» nos lleva a los mancebos de las tiendas de Madrid, curiosamente «chandal» nos conduce por su parte a los vendedores de verduras de los mercados de París, porque el «chandail» francés era, al parecer, una vestimenta o mandil que utilizaban los vendedores de verduras y ajos en la capital francesa, o sea, los «marchands d’ail«. Curiosa coincidencia.

Cada vez me divierte más pensar en las palabras que usamos para referirnos a las cosas de actualidad. Tal vez porque esas cosas mismas me aburren cada vez más.