Perdrix aux Truffes.

Mi amigo se queja de la situación política actual, y en particular de la debilidad de aquel movimiento esperanzador que nació en aquel lejano 15M y que encara ahora con tristes perspectivas la insidiosa nueva convocatoria electoral. 

En este país–me dice, mi amigo–un buen día surge un líder joven, razonablemente dotado y extraordinariamente preparado y no se tarda nada en crucificarlo, simplemente por comprarse un chalet. Es infame.”

Tal vez–le concedo (aunque yo desconfío de todo aquel que empieza diciendo “en este país“, como si él conociese en profundidad la totalidad de las sociedades del mundo y las hubiese cotejado). 

Pero–añado–conviene que recuerdes que a Danton, ya sabes, alias L’Incorruptible, la prensa le pilló en un restaurante muy caro de París, zampándose un menú de 100 libras, con perdiz trufada de segundo plato. Y lo gracioso es que no ocultaba Danton esos exquisitos y caros gustos culinarios, sino que se vanagloriaba de ellos, tal como hacía también su aliado Desmoulins.

Pero esa perdiz trufada que se zampó Dantón fue el primer paso que condujo al radical lider revolucionario a aquella guillotina que él mismo había promovido…Y a su compañero de escaño y festines Desmoulins, claro.

En tiempos de crisis, no hay que subestimar nunca la exigencia popular de una frugalidad ejemplar y el riesgo de ser arrollado por el impulso de un rigor moral exacerbado y no exento de cierta hipocresía.

En “este país” y en cualquier otro.

Colchicum Autumnale

Por qué llaman con un nombre tan tonto como “quitameriendas” a esas florecillas que crecen en la dehesa cuando se acerca el Otoño. Se suele decir que el nombre se debe a que cuando aparecen ya empieza a hacer frío, y no se puede merendar en el campo…

Pero esta es una explicación poco plausible. Mi amiga Cristina, que pasea conmigo entre “quitameriendas”, lo duda, y me dice que además la gente no se dedica a merendar en el campo con tanta asiduidad como para que a ciertas florecillas se les endose el sambenito de marcar el final de temporada de tan ociosa práctica. Además, lo de merienda le suena a palabra demasiado moderna, veraniega e infantil, con resonancias a colacao, nocilla o pan con chocolate…

Tiene razón Cristina en la primera de las objecciones. No tanto en la segunda.

Merienda, o más bien su antecedente latino, es palabra de muy antiguas raíces. Aparece por ejemplo en San Isidoro de Sevilla, quien nos explica que la merienda es algo así como una “antecena” y que merendar es como comer cuando el día ya está mediado (…item merendare quasi meridie edere…).

En esas palabras está la clave del significado original de la merienda y tal vez de la justificación del nombre de la florecita.

La merienda era una especie de gratificación voluntaria, en forma de piscolabis, que el amo ofrecía a los obreros cuando los días de trabajo, como ocurre en verano, son demasiado largos. La idea era que se pudiese alargar con ello algo más la jornada laboral. Y la palabra merienda se utilizaba porque el amo pretendía darle al mínimo condumio un carácter de premio o incentivo. Merienda está relacionada con la idea de partir, repartir o asignar (el griego meiromai) y por añadidura con la noción de merecer (merere en latín), porque si lo miras bien, el merecimiento no es sino el derecho a recibir la parte que a uno le corresponde (toda justicia es en esencia justicia distributiva).

Entonces, cuando se acerca el Otoño, los días se hacen más cortos. Y ya no resulta ni oportuno ni preciso que el patrón gaste recursos en dar de merendar a los campesinos a su servicio. Así que a los braceros les bastaba ver florecer estas colchicum autumnale, como el propio Linneo las denominó (le llamaba mucho la atención al taxónomo sueco el fuerte olor a chivo que despiden estas plantas) para saber que la gratificación alimenticia del amo tocaba a su fin. Total, les diría el amo, si ya enseguida vais a cenar…

Esta y no otra es la razón de que llamemos a estas florecillas quitameriendas. Son preciosas, sí. Pero por el origen de su nombre, que evoca, frío, trabajo duro y manipulación laboral, no me acaban de gustar, la verdad. Además son tóxicas y no huelen nada bien. Como la explotación.

De Sphaera.

Es hoy el aniversario de la partida de la expedición de Magallanes hacia el Oeste. Es algo que se comenta en los medios, como es natural.

Los tertulianos o plumíferos de turno, además de lamentarse mucho de que en el ámbito internacional se de más importancia al portugués Magallanes que al español Elcano (lo cual es pueril), se empeñan en señalar que con esa hazaña, se confirmó la redondez de la Tierra.

Esto último es completamente erróneo, y es una muestra del ridículo desprecio que siempre muestra el hombre de una época hacia sus antecesores, a los que indefectiblemente ve como brutos ignorantes, incapaces de razonar debidamente cómo él y sus coetáneos. Cualquier semianalfabeto cerril y supersticioso del siglo XXI se considera, por definición, mucho más inteligente que Arquímedes o Maimónides, pongamos por caso.

Por supuesto que no hizo falta que retornase Elcano para saber que la Tierra redonda. Esa redondez era parte del acervo universal de conocimientos, desde mucho antes de Magallanes.

Los antigos griegos lo sabían perfectamente. 

Aristóteles (cuyas ideas fueron dogma para los sabios a lo largo de todo el medievo) ya afirmó la redondez de la Tierra con toda certeza, y la dedujo sin discusión a partir del movimiento de las constelaciones y de la sombra de la Tierra sobre la luna. Y Aristóteles no fue original en este punto, porque también Tales, Anaximandro, Pitágoras y Platón habían comprendido la esfericidad (Platón, en el Timeo, nos dice que el mundo tiene la forma de la esfera, que es la más perfecta de todas las figuras). Y habría que remontarse a Hesíodo o Homero para encontrar una visión alternativa y más rudimentaria de la Tierra, en forma de plato o círculo. En particular, sabios griegos como Heráclido del Póntico, Hiparco de Nicea o Aristárco de Samos, en los siglos tercero y segundo a.c, formalizaron la concepción redonda de la Tierra, con ayuda de los instrumentos geométricos y matemáticos disponibles y sentando las bases para la astronomía Tolemaica descrita en en Almagesto y en los Tetrabiblos, que está basada en la multiplicidad de esferas, y que fue de general aceptación hasta Copérnico, tanto en el ámbito europeo como, muy especialmente, en el islámico.

Beda el Venerable, el gran sabio irlandés del siglo VIII que ocupa con su enorme figura toda la cultura europea de los siglos medievales más oscuros, también argumenta con rotundidad (nunca mejor dicho) la forma esférica de la Tierra. Y otro irlandés universal, John of Hollywood (también conocido por la divertida adaptación de su nombre como Juan de Sacromonte) cuyas obras fueron libros de texto indispensables durante buena parte del medievo) escribió el sesudo tratado “De la Esfera” por si existiera alguna duda al respecto. Y sería imperdonable dejar de mencionar a Isidoro de Sevilla, el cartaginés responsable de la verdadera Wikipedia del medievo, que seis siglos antes que dos siglos antes que Beda el Venerable ya había estimado el círculo ecuatorial en ochenta mil estadios, lo que sugiere con claridad que concebía la tierra como una esfera, tal como Umberto Eco se encargó de comentar in extenso.

Y aclaremos que no estamos hablando de un saber exquisito, constreñido a los más cultos. La esfericidad de la Tierra era parte del saber convencional y consistentemente divulgado, desde tiempo de los romanos. Esto se puede colegir cuando observamos las incontables representaciones artísticas de los emperadores (esculturas, pinturas, bajorrelieves…) creadas con vocación de propaganda y vulgarización para afianzar la idea de poder “global” de dichos emperadores, ya fueran romanos, bizantinos o del Sacro Imperio. En todas esas representaciones, desde Octaviano hasta Carlomagno, aparece siempre junto al emperador, el consabido globo terráqueo, icono y símbolo del poder omnímodo sobre todo y todos. Y lo mismo se puede apreciar en el campo de la numismática, o en el de los glípticos, como el famoso camafeo de Licinio (siglo IV d.c) en el que se representa al emperador victorioso junto al globo terráqueo, el sol y la luna. Es similar lo que se deduce de las representaciones religiosas del supremo poder divino. Nunca falta el globo terráqueo, en estos casos en manos del Salvador o del Padre Eterno (he reproducido aquí una maravillosa miniatura que aparece en Les Très Belles Heures de Notre-Dame, y en la que se representa la coronación de la Virgen María, y en la que se puede apreciar el consabido globo de la Tierra). Ese manuscrito impulsado por el Duque de Berry, antecede a la expedición de Magallanes en 130 años exactamente. Y en 107 años a la de Colón.

Ni qué decir tiene, por cierto, que Cristobal Colón jamás hubiera conseguido apoyo real para su expedición de 1492, de no estar clarísima, más allá de toda duda, la redondez de la Tierra. 

Y, por si hubiera dudas, como se puede deducir de la iconografía religiosa (valga de ejemplo el misal que acabo de mencionar) ni siquiera la Iglesia puso nunca en cuestión la redondez de la Tierra

Es cierto que en la Biblia, por influencia de la visión de los astrónomos de Mesopotamia, se habla de los cuatro ángulos de la Tierra (en Apocalipsis), o de su forma de “tienda” (en Isaías, recordemos que los hebreos eran pueblo de fabricantes de tiendas, como lo era el oficio de San Pablo antes irse a predicar por el mundo).  Pero los padres de la Iglesia, por puro pundonor intelectual (o por miedo al ridículo), se apresuraron a decir que esas concepciones bíblicas (ángulos, tenderetes…) eran puramente metafóricas y que no representaban en su literalidad ningún artículo de fé. San Agustín es muy explícito, y eso le honra, en este sentido. Sugería que dejásemos ese tema a los especialistas.

Así que cada vez que escucho eso de que la expedición de Magallanes (o de Magallanes/Elcano, para que no se me enfade nadie) demostró la redondez de la Tierra, me viene a la cabeza esa extraña convicción de que los hombres contemporáneos somos más inteligentes, más civilizados y menos supersticiosos que nuestros antepasados. 

Nada de eso me parece evidente.

Ni de lejos.

Trabajo.

Me preguntan cuántas horas trabajo al día. Y no se muy bien qué contestar. Lo que hago durante el día casi siempre es de mi agrado o incluso me apasiona. Así que me cuesta trabajo dar respuesta a la pregunta de cuánto trabajo.

Porque, como es bien sabido, trabajo es palabra con connotaciones negativas. El vocablo tal vez esté relacionado con el tripalium latino, que era un artefacto usado en el manejo de los caballos de tiro, y que al parecer les hacía sufrir mucho a los equinos (de hecho, luego se llamó tripalium a un instrumento de tortura que utilizaba el mismo adminículo para obtener confesiones). 

En el medievo, el trabajo era algo que por definición solo hacían los campesinos. Nadie trabajaba o laboraba sino ellos. Los demás o vivían de las rentas o comerciaban, no siendo esto último propiamente un trabajo. Y el epítome del trabajo era la acción de arar la tierra, como nos sugiere el hecho de que en francés, por ejemplo, arar la tierra es “labourer“, y en español seguimos usando para esa actividad el verbo labrar, que no es sino una deformación de “laborar”.

El gran desafío de nuestra sociedad sigue siendo el de evitar los trabajos alienantes e insoportables y revertir la maldición bíblica del Génesis, en la que ya se establece y da carta de naturaleza a la nefasta asociación entre trabajo y dolor. Allí se asocia indisolublemente la comida con la penalidad, y por lo tanto, el trabajo para conseguir el alimento con el puro sufrimiento. Y esto se hace en la Biblia con el sustantivo hebreo que significa dolor y esfuerzo a la vez, beitsavovn, y que se deriva de “atsab” que a su vez connota en hebreo la idea de dar forma a la tierra, haciendo surcos o creando figuras (también nosotros usamos labrar en el sentido artesanal o artístico de hacer figuras que resaltan sobre el plano). Ese “atsab” hebreo, vinculado a la labranza, es al que recurre en última instancia el autor bíblico para dar la idea de dolor, como condición necesaria para la subsistencia.

Sufrimiento, alimento, labranza y trabajo…todo ello asociado desde el capítulo 3 del Génesis…¡una catástrofe!

Respondo, pues. No trabajo nada, si entendemos por trabajo arar la tierra o soportar la estúpida e insufrible organización laboral vigente. O trabajo mucho, si atendemos al hecho de que no me gusta desaprovechar ni un ápice del tiempo que la vida me ha regalado, ni acepto en absoluto ir viviendo a expensas del esfuerzo ajeno.

Dark Forest.

Un genio del ajedrez como Mikhail Tal, que fue campeón del mundo y cuya destreza táctica y capacidad para crear colosales complicaciones en la partida (de las que siempre solía salir vencedor) dejó dicha una frase de apariencia misteriosa, pero que encierra una enorme profundidad, sobre todo cuando se conoce el perfil de jugador que tenía Tal:

you must take your opponent into a deep dark forest where 2+2=5, and the path leading out is only wide enough for one.

A veces, contemplando las circunvoluciones y triquiñuelas tácticas de los políticos, se diría que se inspiran en Tal. Pero la política no es como el ajedrez. Ni estos políticos son como Mikhail Tal.

Gracia y Justicia.

La idea de que el monarca (o el poder ejecutivo en nuestros tiempos) pueda ejercer el perdón sobre quienes han cometido delitos y condenados en firme, es algo mucho más importante de lo que parece. 

La capacidad de indultar es la mejor expresión de la fuerza omnímoda del poder, incluso por encima de la capacidad de castigar. Nada expresa mejor la potestad absoluta que la potestad de perdonar, cuando al poder le conviene hacerlo.

Por eso, hasta hace no mucho, en España, el Ministerio de Justicia se llamaba Ministerio de Gracia y Justicia (también en Italia, con el curiosísimo añadido de “e Culti”. 

Cuando de niño yo paseaba con mi abuelo por la calle San Bernardo de Madrid, él siempre me decía que allí estaba en tiempos ese Ministerio de Gracia y Justicia. A mí me parecía muy raro eso de “gracia”.

No acababa de entender yo que la gracia estuviese antes que la justicia. ¿Acaso hacían chistes?

Y ahora, chistes aparte, me sigue pareciendo extraño que la discrecionalidad del poder se anteponga tantas veces al rigor de la ley, como sugería aquella vieja denominación. Ha cambiado el nombre, pero el poder es el mismo. 

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Banderas

Las banderas hoy son el signo distintivo de las naciones, sin especiales connotaciones bélicas. Pero el hecho es que surgieron en la Europa medieval en el contexto de las interminables guerras entre señores feudales. 

Por entonces, las mesnadas que se enfrentaban no tenían uniformes ni había una organización militar verdadera. La única forma de orientarse en la refriega era mantenerse junto al estandarte propio y dar mamporros a los que se agrupaban junto al estandarte ajeno.

Seguir la bandera y pelear junto a ella proporcionaba la ciega convicción de estar haciendo algo correcto y legítimo, sin más cuestiones.

Por ello, en toda bandera, sea cual sea su color, está presente el inconfundible rojo de la sangre. Conviene saberlo.

Melancolía.

Este verano, los fuegos del Amazonas han calcinado algo así como 1 millón de hectáreas de bosque. Es decir, 10.000 millones de metros cuadrados. O lo que es lo mismo, 10.000 kilómetros cuadrados. Más o menos la superficie de Chipre o tres veces la superficie completa de la Isla de Mallorca.

En términos de árboles quemados, eso significa alrededor de 2500 millones de árboles convertidos en ceniza (dos mil quinientos millones). Tal vez se pueda decir que no es mucho, ya que el Amazonas es tan grande que esos árboles ni siquiera representan un 1% del total de más de 390 mil millones de árboles que se estima existen en ese territorio. Pero lo cierto es que a este ritmo de destrucción, la Tierra perderá para siempre, en este mismo siglo, un tesoro natural que a la vida le ha costado millones crear y sin el cual el planeta no volverá a ser nunca el mismo.

Pienso en ello mientras Mao se entretiene, ajeno él a la locura de los humanos, junto al maravilloso alcornoque centenario que apenas está a unos metros de mi casa. Es una obra maestra de la Naturaleza que puedo admirar cada día. Con la lógica melancolía.

Panni stesi.

Me entero de que en muchas localidades de Croacia se está prohibiendo la ropa tendida en las fachadas que dan a la vía pública.

Pues me parece muy mal. No solo porque la ropa tendida es un signo de identidad de los pueblos del Mediterráneo, sino porque ver ropa tendida nos da la confianza de que no hemos dado con un simple museo urbano sin vida ,diseñado para captar turismo.

Ya decidí en su día no volver jamás a Dubrovnik, que se ha convertido en un detestable parque temático tras el  boom turístico derivado de Juego de Tronos. Ahora tendré aún más razones para mantenerme alejado de la vieja Ragusa.

Incluso en Venecia se puede ver aún ropa tendida en las viejas fachadas. Y son imágenes tan maravillosas como puedan serlo las del Puente de Rialto. O aún más. Esa ropa tendida nos dice que la vieja capital de la Serenissima sigue teniendo aún algún aliento de vida, resistiendo como puede a las hordas de visitantes y a la invasión de los cruceros. La ropa tendida de Venecia es, a la vez, prueba y talismán de esa supervivencia.

Unweave the rainbow.

Paseo con Mao al atardecer del primer sábado lluvioso en muchas semanas. Y me paro para observar un arco iris. Mao me mira extrañado. No acaba de entender por qué no sigo caminando. Debe ser que a él le impresiona poco este fenómeno óptico.

Sin embargo, a los humanos siempre nos ha maravillado el arco iris. Y lo hemos interpretado de todas las maneras posibles. Los aborígenes australianos veneran a la Serpiente Multicolor (como los locutores que retransmiten la Vuelta a España, por cierto), una enorme bestia que vive en el fondo de los pozos naturales. Atribuyen a este ser el poder de dar forma a las montañas y la consideran a veces maligna y a veces benigna, en coherencia con la ambivalencia que tiene para el ser humano la tormenta, vehículo de fertilidad pero también de destrucción. En la antigua China, el arco iris era una grieta en el cielo que los dioses habían sellado con ladrillos de diferentes colores. Esto es muy lírico. En Groenlandia lo consideraban como el dobladillo de una túnica que viste Dios, lo que también tiene gracia. Un mito germánico nos explica que el arco iris es el tazón con pinturas que Dios utilizó para dar colores a las aves. Y en la tradición popular húngara se piensa que el arco iris, el szivárvany, como le llama mi amigo Razvan, es en realidad un sistema para transportar agua de un mar a otro.

En realidad, hay pocas cosas tan maravillosas como el arco iris, y en un sentido muy estricto. Le damos ese nombre porque en la tradición grecorromana se pensaba que era una especie de sendero trazado por Iris, la mensajera entre la tierra y el cielo. Pero Iris era la hija de la diosa marina Thaumas, que en griego significa precisamente eso, maravilla, como nos recuerda la palabra taumaturgia, o el concepto filosófico de thaumaxo, que según Aristóteles era el comienzo de toda ciencia o sabiduría (pensamos porque nos maravillamos). El propio Aristóteles se ocupó también, cómo no, del arco iris, y lo hizo desde su habitual y admirable planteamiento estrictamente racional. Su explicación del arco iris como fenómeno óptico mantuvo una validez universalmente reconocida durante dieciseis siglos, justo hasta que un sabio persa, de forma simultánea con otro alemán, llegaron a la conclusión de que el fenómeno lo producía el conjunto de gotas de agua y no, como Aristóteles pensaba, una nube actuando como espejo. 

Algún siglo más tarde, Descartes utilizó las matemáticas de la óptica para demostrar que el arco iris siempre se presenta con una elevación en el cielo de 41 grados. Casi acertó y tuvo que venir Newton, para dar un parámetro más preciso, entre 50 y y 54 grados. A Newton se le imputa, desde una sensibilidad lírica, el “delito” de haber destruido la magia del arco iris reduciendo este fenómeno multicolor a la prosaica racionalidad de sus colores prismáticos. Son bien conocidos los versos de Keats en los que se refiere a esa “philosophy” que corta las alas a los ángeles y desteje la maravilla del arco iris.

Me gustaría contarle todas estas cosas a Mao, que me sigue mirando un poco resignado, sentado ya sobre la hierba. No se. Tal vez él conozca otras maravillas que yo no soy capaz de concebir y cuya magia acaso ninguna ciencia será nunca capaz de destejer.