Cuando me vine a vivir a la pequeña localidad de la Sierra, me empezó a ocurrir algo molesto. Muy a menudo, recibía llamadas en el teléfono de casa, preguntando por Don Mauricio Barea.

Te diré, querido lector, que yo conocía, de oídas, al tal Mauricio, que al parecer era un destacado agente de deportistas de élite, ya jubilado, y propietario de un adosado en La Vega, una urbanización no muy distante de mi casa.

Casi a diario yo recibía una de esas llamadas erróneas. Al principio me las tomaba con calma, pero con el tiempo acabaron resultando una molestia insoportable. Eran llamadas que casi siempre tenían lugar en la sobremesa o en mitad de la tarde. Tanto en días laborables como festivos. 

Al descolgar, siempre sonaba una musiquita durante unos segundos; una musiquita que a mí me daba la pista de lo que vendría después. Seguidamente, la voz de un operador o operadora, cada vez uno distinto, preguntaba mecánicamente por el señor Mauricio Barea. Yo, resignado siempre y a veces airado, explicaba que era un error. Aquí no hay ningún Mauricio Barea, tome nota por favor, es la enésima vez que se lo indico. Le ruego que no vuelva a lllamar…

Con el tiempo, deduje que casi todas esas llamadas provenían de empresas de cobro de deudas. La fría tenacidad de los operadores al otro lado de la línea, su serena incredulidad cuando yo les decía, casi colérico, que yo no era Mauricio Barea, fueron algunos de los indicios que me indicaron la naturaleza de ese acoso telefónico.

Lo curioso es que las llamadas siguieron produciéndose una vez que Mauricio Barea falleció, tal como supe cierto día, mientras tomaba un café en el bar de la Estación. Lo sentí por Don Mauricio, claro, pero me alegró mucho saber que el deceso haría que esas llamadas por fin desaparecerían…

Pero no fue así. Las llamadas continuaron. Incluso se hicieron más frecuentes. De nada servía que yo le informase a mi interlocutor sobre el fallecimiento del Sr. Barea. Era inútil que yo exigiese que diesen de baja mi número de su lista. Hiciera lo que hiciera, dijese lo que dijese, el teléfono nunca dejaba de sonar, con esa musiquita infernal que precedía a la entrada en la línea de los obstinados operadores.

Así que un buen día decidí cortar por lo sano. Cancelé mi número de teléfono fijo y contraté otro en otra compañía. Respiré aliviado cuando comprobé que mi viejo número ya había sido debidamente cancelado y que otro completamente diferente estaba asociado a mi línea telefónica fija.

Pero entonces ocurrió algo asombroso: aquellas llamadas preguntando por Mauricio Barea continuaron produciéndose. Sí, sí…querido lector, llamadas recibidas en un nuevo número que nadie debería conocer. Con igual frecuencia. Con igual contenido…

Eso me desesperó. No lo podía comprender. Elucubré toda clase de hipótesis. Pero nada encajaba.

Vencido por el absurdo, opté por otra decisión radical. Renuncié al terminal de la línea fija, habida cuenta de que en estos tiempos todo el mundo se comunica ya por los teléfonos móviles. En un gesto decidido y heroico, arranqué los cables de su clavija y sentí la satisfacción de enmudecer para siempre esas llamadas insoportables…

Sin embargo, la pesadilla no concluyó.

Se crea o no, comencé a recibir las mismas llamadas…pero ahora en mi móvil. “Buenas tardes, ¿es usted Don Mauricio Barea?”

Querido lector…si eres imaginativo, si te gustan los enigmas insondables, trata de interpretar este fenómeno. ¿Cómo explicas que me llamasen, ahora a mi móvil, preguntando por error por alguien con quien yo no tenía nada que ver? ¿Cómo explicar este cadena infinita de equivocaciones a lo largo de los años?

Verás, amigo lector, yo soy una persona profundamente racional. Soy de los que creen que en la vida debemos razonar tal como lo hace un competente detective que investiga un crimen; cuando el investigador ha descartado a todos los sospechosos menos uno, está claro que el que queda es el culpable, por extraño o absurdo que pueda parecer.

Y este razonamiento es el que un buen día, preso de perplejidad, casi al borde del delirio, llegué a una indiscutible, irrefutable conclusión. Una conclusión derivada de la misma naturaleza de las cosas. Una deducción tan rigurosa como un axioma matemático.

Comprendí que, después de todo, yo soy Mauricio Barea.

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