Los helicópteros de Friedman.

Nos hemos enterado ayer de que la Unión Europea emitirá deuda a fin de inyectar 750 mil millones de euros en los países miembros, con el propósito de aliviar la crisis económica desencadenada por la pandemia. Será un endeudamiento colosal del que, obviamente, participaremos todos los ciudadanos europeos.

Mercedes, desde Berlín, me pregunta por qué en lugar de emitir esa montaña de deuda, no se imprimen nuevos euros (o fórmula equivalente) por parte del Banco Central Europeo.

Es una pregunta buenísima. Y de hecho, no existe una respuesta universalmente aceptada por los economistas. Tomar partido por una u otra respuesta define la escuela o la tendencia a la que se adscribe cada profesional de la economía.

Pero se puede al menos afirmar lo que diferencia a una y otra solución, deuda o creación de dinero.

Cuando se crea dinero de la nada, la masa monetaria aumenta sin que la economía real haya crecido. 

Si en la economía tenemos 10 manzanas y el gobierno, necesitando manzanas, crea dinero para comprarlas, entonces no cambia el número de manzanas y sube el número de euros, por lo que seguramente las manzanas acabarán subiendo de precio. Se producirá inflación y estaremos en el mismo lugar que al principio. Pero con menos confianza por parte de los agentes económicos.

Ahora bien, si para comprar manzanas el gobierno emite deuda, habrá personas que renuncien a algún euro para comprar esa deuda y, seducidas por los intereses y la seguridad de la deuda pública, entregarán temporalmente sus euros al Estado, que los utilizará para comprar las manzanas que necesita. No habrá más manzanas, desde luego, pero tampoco más euros, que simplemente habrán cambiado de manos con la emisión de deuda. No se producirá inflación y habremos dado al gobierno herramientas financieras para paliar la crisis.

Esto es un enfoque muy simplista. En realidad, la emisión de deuda también tiende a crear efectos inflacionistas conforme a los sutiles mecanismos de la dinámica económica. Pero, en esencia, el control de la inflacion es la razón que justifica que se opte por emisión de deuda en lugar de incremento ex nihilo de la masa monetaria. 

Porque crear moneda sin más, sin que las existencias de mercancías y servicios hayan crecido en el sistema, no solo tiende a aumentar la inflación, sino, lo que quizá es aún peor, debilita la confianza de los grandes inversores respecto a la entidades económicas que recurren a la socorrida maquina de imprimir (o su equivalente; “máquina de imprimir” es aquí solo una metáfora). 

Y esa pérdida de confianza, a su vez, tiene consecuencias muy negativas en la capacidad de financiarse de los Estados. 

La gran cuestión es ¿compensan o no compensan las ventajas de imprimir dinero los inconvenientes (inflación, pérdida de confianza…) de la creación de masa monetaria de la nada? Pues, depende. Realmente, depende. Y en cada situación económica la respuesta correcta puede ser totalmente diferente.

Por ejemplo, la masa monetaria de un sistema está en función, entre otros muchos factores, de la velocidad de circulación del dinero. Si como consecuencia de una atmósfera económica muy negativa, los bancos pierden la confianza necesaria para ofrecer préstamos, o exigen tipos muy altos para hacerlo, esa circulación se ralentiza, y en la práctica eso significa que se produce una reducción de la masa monetaria, Entonces, puede ser muy oportuno compensar la contracción de esa masa monetaria, mediante la creación de dinero. De lo contrario, entraríamos en una peligrosa espiral deflacionaria. Tal vez por eso preclaros economistas como Milton Friedman han sostenido seriamente que hay situaciones en las que resultaría inteligente que los gobiernos contratasen helicópteros y lanzasen numerosos sacos de dólares recién impresos desde el aire. 

Puede ser que nos encontremos ahora en una situación en la que sean necesarios helicópteros como los de Friedman. 

Muchos helicópteros. Un enjambre de helicópteros. Y uno de ellos puede ser, por ejemplo, la famosa renta mínima universal o la reducción de tasas, que ahora tanto critican algunos, creyendo, erróneamente, que son iniciativas populistas que contradicen las leyes económicas. No es exactamente así. Pero es que en Economía, yo afirmo que nada es exactamente así…Con la posible excepción de esta misma afirmación.

El mundo de ayer.

Un amigo mío, generalmente bien informado, me dice que el gobierno norteamericano, encabezado por su rubicundo majadero, está considerando plantear una colosal demanda contra  China, por atribuir a ese país la eclosión y la expansión del Sars-Cov-2, de consecuencias humanas y económicas incalculables.

–Ya se librará mucho de hacerlo.Y no solo por razones de economía y geopolítica, ya que pondría al mundo a las puertas de un nuevo conflicto bélico mundial. Sino por razones estrictamente legales. 

–Explícate.

–Hoy se sabe a ciencia cierta que la gripe de 1918 se registró oficialmente por primera vez en Arkansas, en uno de aquellos gigantescos campamentos militares, como Camp Beauregard o Camp Bowie, en los que se adiestraban hasta 100.000 novatos, en preparación para el viaje a Europa en guerra.

–Bien. ¿Y qué? No me irás a decir que debe responder Estados Unidos por aquella pandemia de hace más de un siglo.

–Yo no afirmo eso. Pero el caso es que cuando en 1918 el grueso del ejército expedicionario norteamericano se disponía a embarcar para Europa, las autoridades políticas y militares conocían perfectamente el riesgo de que sus soldados exportasen al Viejo Continente el mortífero virus que se expandía desde el epicentro del MidWest. 

–¿Hay constancia de tal cosa?

–Consta que Woodrow Wilson, el Presidente USA, a mediados de 1918, consultó a su Jefe de Estado Mayor, Peyton C. March,  si, dada la enorme y mortal epidemia entre la tropa, convenía enviar soldados a Europa. El General Peyton March, Jefe de Estado Mayor, respondió al inquilino de la Casa Blanca que ni de broma; que las necesidades de la guerra exigían mirar hacia otro lado. Quizá añadió el General que si habían de morir esos chicos, tal vez daba lo mismo que fuera desangrándose en las trincheras que con los pulmones inundados de sangre por la terrible neumonía.  Así que, por orden de Peyton C. March, Jefe de Estado Mayor de la US Army, los Estados Unidos de Norteamérica decidieron ampliar la fuerza expedicionaria en Europa hasta superar el millón de soldados. Y esto se hizo a sabiendas de que ese millón de combatientes llevaba consigo un virus mas mortífero que cualquier arma. No es impensable que esa decisión se tomase en la creencia doblemente criminal de pensar que el virus sería más nocivo para el enemigo, puesto que los aliados eran superiores en número a las potencias centrales.

–¿Y esto se ha demostrado?

–Plenamente. Se ha investigado y se ha demostrado. Aquel envío masivo de tropas enfermas a Europa por parte de las autoridades de USA fue, con alta probabilidad, no solo una irresponsabilidad criminal, sino probablemente un espantoso delito biológico.

–Bueno. Pues quizá sea cierto, pero pasó hace más de cien años.

–Sí. Pero ocurre que los crímenes contra la Humanidad, como sabes, no prescriben. Si cualquier país de Europa, por ejemplo España, que fue ferozmente desolada por aquella pestilencia, decidiese formalizar una gigantesca reclamación de indemnización a Estados Unidos. pues…

–…pues dudo mucho entonces que EEUU mueva ficha, la verdad.

–Yo también, pero con un psicópata en el 1600 de la Avenida Pensylvania, todo es posible.

El mundo de mañana.

A medida que avanza el desconfinamiento se empieza a intuir que el mundo no va a cambiar tanto como se nos había venido diciendo. Da la impresión de que, como viene ocurriendo durante los 300.000 años de historia de nuestra especie, la terrible crisis no va a desviar demasiado al homo sapiens de su camino. El ser humano no suele cambiar mucho, por horrible que sea lo que le ocurre, ya se trate de guerras mundiales o tragedias biológicas. Cuando le sucede algo atroz, se apresura a buscar culpables y tan pronto la calma retorna, se dejan de lado a esos culpables y se vuelve a las andadas sin más. Históricamente, los culpables eran los propios pecados, Dios, el diablo…Ahora, los culpables han querido verse en la venganza de Gaia, la explotación animal, el monstruo neoliberal o los laboratorios chinos. Parece que pasarán a segundo plano no muy tarde. El mundo de mañana acaba siendo bastante parecido al mundo de ayer, como no le dio tiempo a comprobar al gran Zweig, a quien estoy releyendo estos días con supremo placer.

Sin embargo, sí que hay algo que se va a consolidar definitivamente tras la pandemia. Se trata del panmedicalismo, es decir, la ideología que hace de la salud el valor supremo, por encima de la justicia, la libertad, el amor, la dignidad, el bienestar…). 

El panmedicalismo, que ha alcanzado su apogeo absoluto durante esta crisis planetaria, condicionará todos los aspectos de la sociedad, ya sean políticos, económicos, jurídicos o de cualquier tipo. 

La salud, y solo la salud, es y será lo que importa. Habiendo salud, ya sabemos, lo demás no contará. Si algo es para proteger la salud, pues se acepta sin más. No se discute.

Tal vez esto lo intuyese Voltaire cuando hizo aquella broma suya tan conocida, que se ha interpretado generalmente al revés en los libros de motivación y autoayuda (interpretación panmedicalista, justamente): “j’ai decide d’être heureux parce que c’est bon pour la santé.”

Hinojos y moscas.

En el paseo con Mao de esta mañana no he podido menos de hacer una foto, apresurada y mal encuadrada, a un espléndido hinojo, que se recortaba sobre el fondo del Guadarrama. 

¡Qué humildísimo arbusto, pero dios cómo rivaliza en belleza con la más exquisita de las flores!

Me quedo absorto, mirando al hinojo, y me viene a la mente un par de cosas, una buena y otra mala.

La buena es que, según la mitología, el hinojo es lo que sirvió al astuto Prometeo para llevar al hombre el fuego, sin que los dioses se apercibieran. Se valió el filántropo y malogrado titán del hecho comúnmente aceptado según el cual el hinojo puede arder por dentro sin que la llama se note por fuera. Ningún olímpico se apercibió del sacrílego hurto.

La mala también está relacionada con el fuego interior, y nos la contó hace unas semanas Nico, nuestro amigo siciliano al que ya echamos mucho de menos, tras haber compartido con él dos meses de arresto domiciliario. Nico me dice que en los Estados Pontificios, cuando quemaban a un homosexual, añadían a la hoguera arbustos de hinojo, a fin de que ardiera más lentamente y se multiplicase el dolor del condenado. Dice Nico que de ahí viene el uso de llamar a un gay “finocchio”, es decir, hinojo en italiano. Es una hipótesis creíble. Recordemos que cuando los calvinistas de Ginebra ejecutaron en la hoguera a Servet, los verdugos añadieron al fuego leña verde, para alargar el tormento. El sabio aragonés, ignorante de la malicia, viendo el pobre combustible que aprestaban los ejecutores, se quejaba en voz alta, desde el poste al que estaba atado, de que no hubiese recursos en la ciudad para quemar a un cristiano con buena leña…

Me olvido de Servet y su tormento para volver a la contemplación extática de la belleza del hinojo. Pero entonces un moscardón viene al acecho y se posa en una de las hojas; se puede ver ahí, abajo y a la derecha de mi descuidada foto. Ese díptero intruso altera mi goce en la contemplación de la planta. Tenía razón el hace muy poco desaparecido Steiner cuando decía que la mosca es una expresión de la fragilidad de nuestra atención sensorial, a su vez una causa de la indestructible tristeza del ser humano, la que Steiner llamaba “unzerstörliche Melancholie”.

Al fijarme en esta mosca insolente sobre el hinojo, cuando trato de componer torpemente la foto, me viene a la mente la extraña omnipresencia de la mosca en la pintura, la famosa “musca depicta“.

Creo que la primera “musca depicta” fue obra de Giotto, como una broma maquinada por el genio florentino para burlar a su maestro Cimabue (nos cuenta esto, como siempre, Vasari, y antes de él, Filarete).

Yo no creo que fuese una simple broma. Yo creo más bien que esas moscas pintadas fueron la coartada para marcar el punto de partida de toda la pintura renacentista. Si el pintor se sentía con fuerzas para pintar lo más profano, e incluso maligno, esto es, una mosca, junto a los temas sagrados, entonces la suerte ya estaba echada para refutar la concepcion primitiva de la pintura como otra ancilla religionis. Con la excusa de la broma y el “trompe l’oeil”, los artistas estaban abriendo la puerta a la modernidad y al Humanismo.

A partir de las moscas de Giotto son incontables las moscas que alcanzamos a ver, aunque con dificultades, cuidadosamente camufladas en obras maestras de la pintura. La mosca aparece por todas partes. La vemos posada en el marco falso del fabuloso Retrato de un Cartujo de Petrus Christus. En la cofia blanca del Autorretrato Con Su Esposa del maestro de Francoforte. En el manto que cae sobre el hombro del San Jerónimo, de Benaglio. En la repisa de la Madonna con Niño, de Crivelli. En la espalda de un angelote que decora el arco de la Madonna con Niño de Giorgio Schiavone. En un pasquín colgado en una superficie de la Anunciación de Cima di Comegliano. En una tarjetita sobre la mesa donde trabaja Luca Paccioli en el famosísimo cuadro de Jacopo de Barbari que si mal no recuerdo ilustraba mi libro de Contabilidad Financiera. En la calavera de “Los Cuatro Doctores de la Iglesia Contemplando a Jesucristo”, de Lorenzo di Pietro. En el pecho del Nazareno del “Cristo en el Sepulcro” de Giovanni Santi. En un rincón del mantelito donde reposa una hogaza de pan negro en El Pago, de Lucas Cranach el Viejo. En el borde de un paño que sujeta en su mano derecha Agostino. en el fantástico retrato de los hermanos della Torre de Lorenzo Lotto. En la rodilla izquierda del Cardenal Bandinello, de Sebastiano del Pombo. En un escalón del altillo en el que vemos a la Santa Ana con Niño de Jacopo di Bassano. En un cráneo de la Vanitas de Bruyn y en la cofia de su Retrato de Mujer. En una grieta del techo del estudio donde pinta el Artista en su Estudio, de Gerrit Dou. En un grano de uva de una naturaleza muerta de Louise Moillon. En el dintel de la ventana de la Naturaleza Muerta con Flores de Ambrosius Boschaert. En un pomelo del Trofeo de Fruta de Jois van Jan. En un membrillo de la Naturaleza Muerta con Cesto de Fruta de Baltasar van der Ast. En la calavera de Et In Arcadia Ego del Guercino. En un jarrón del bodegón de Juan Van der Hamen que podemos ver en el Prado. En el melón de los Muchachos Comiendo Melón y Uva de Murillo. En la Calavera del San Jerónimo, de Joos Van Cleve. O en la tapa de un cesto en La Ultima Cena del Cristo, de Hausbuchmeister. ¡Hay moscas por todas partes!

No sigo enumerando más porque sería repetir el ímprobo esfuerzo que ya hizo en su día Andor Pigler, el autor del catálogo más extenso sobre la presencia de la mosca en la pintura.

Pero es un tema tan apasionante como turbador. Porque a mí a veces se me antoja que todas esas moscas son en realidad un misma y única mosca. Acaso la misma mosca impertinente que ha venido a perturbar mi contemplación de un esplendoroso hinojo, en una hermosa mañana de Mayo. Nos volvemos a casa Mao y yo mientras le doy vueltas a este pensamiento.

Ley de Aladino

Ante un futuro inminente en el que parece que el teletrabajo se va a generalizar, ya se están perfeccionando tecnologías para facilitarlo. Tecnologías que parecen pura magia. Me entero de que en Facebook están desarrollando un sistema de pantallas flotantes en el aire que se podrán manejar con las manos, al estilo de Minority Report. La idea es que el trabajador se sienta sumergido en un mundo de realidad aumentada, con sensaciones similares a la de estar presente en la oficina clásica.

Es un enfoque inquietante. Uno se imagina rodeado de esas imágenes fantasmales que invadirán el propio domicilio y resulta imposible no sentir un escalofrío. 

Creo que no me gusta la perspectiva.

Me doy cuenta de que he mencionado la expresión pura magia para referirme a esta siniestra tecnología de espectros a domicilio. Será porque me ha venido a la cabeza la famosa tercera Ley de Clarke: “Any sufficiently advanced technology is indistinguishable from magic”…

Esta Ley es inapelable en nuestro tiempo. Y en realidad lo ha sido siempre. De hecho, yo prefiero llamarla Ley de Aladino, en honor del personaje de las 1001 Noches. 

Era lógico que el genio de Sherazade, es decir, la personificación misma de la magia, saliese como flotando, al igual que los fantasmas de Facebook, de aquellas lámparas persas sin humo que en lugar de aceite quemaban queroseno, una sustancia innovadora creada por el sabio Al Razi, tras refinar pacientemente el petróleo en su laboratorio.

Nadie podía entender que un líquido tan límpido y cristalino como el queroseno de Al Razi pudiese prender sin humo en aquellas nuevas lámparas, a las que el polímata llamó “naffatah” (naftas), Eran lámparas verdaderamente “mágicas”, así que resultaba lógico que el genio de Sherazade saliese de su interior. La magia no estaba tanto en el genio como en la propia lámpara. Suele ocurrir.

Ya lo llamemos Ley de Aladino o Tercera Ley de Clarke, lo cierto es que la tecnología se hace cada vez más indistinguible de la magia.

Y, en cierto modo–agujeros negros, universos paralelos, neutrinos, viajes en el tiempo…–me parece a mí que la ciencia también empieza a ser indistinguible de la filosofía.

El futuro es muy mágico y muy filosófico.

No se si muy deseable.

Sin posible revancha.

Hay quien dice que las series le han salvado la cuarentena. A mí, me la han salvado muchas cosas, entre ellas el ajedrez. Si no fuese por la tragedia humana…ahí me las den todas.

Han sido muchas mas horas disponibles para deleitarse jugando on line con rivales de todo el mundo, en chess.com. Muchas horas disfrutando de algo que no es posible hacer en la vida, esto es, dejar que el potentísimo computador analice en profundidad tu partida una vez esta ha concluido y que te indique los errores y los aciertos cometidos, a fin de aprender para una futura ocasión…

Mi norma en esa maravillosa plataforma de chess.com es jamás iniciar una nueva partida sin examinar en detalle el análisis computerizado de la anterior. 

¡Ah, si se pudiese hacer esto con las grandes decisiones que tomamos en el curso de la existencia!

Con esta desiderata me viene a la mente algo que dijo Freud respecto al ajedrez, un juego al que pese a saber practicarlo, como buen vienés culto, no le prestó nunca mucha atención. Cosa rara porque el ajedrez es toda una metáfora de la obsesión psicoanalítica por antonomasia, esto es, el oscuro afán de quedarse con la dama/madre y de acorralar y matar al padre/rey.

Ahora bien, Freud hizo un comentario respecto al noble juego en el que se refleja muy bien su carácter sombrío y su pesimismo respecto al fenómeno humano. “La vida es como una partida de ajedrez, pero la pena es que siempre acabamos perdiendo, sin que nadie nos ofrezca la revancha”, dejo dicho el maestro austriaco de la sospecha. Esto rivaliza con la célebre frase de Forrest Gump sobre la caja de bombones…

Pero es que es verdad. Y habría que ponerle una nota a Dios en el programa de la vida, tal como se hace en las plataformas de juego on line para estigmatizar a los los jugadores que ganan y huyen como bellacos: 

“Poca deportividad; no ofrece revanchas.”

Las Tijeras de Oro.

“El joven príncipe heredero Shin le preguntó a su tutor, el venerable Saomar, a qué virtud habría de dar preferencia a fin de estar mejor preparado el día que le correspondiese heredar el Reino. Estaba lleno de dudas.

¿Debía esforzarse por dominar el arte del prudente raciocinio o bien debía adiestrarse en la habilidad de decidir con la rapidez del rayo?

¿Debía ser calculador o más bien intuitivo,?

¿Debía aprender a moderar sus pasiones o bien debía descubrir cómo usarlas al servicio de un buen fin?

¿Qué era más importante para ser un buen rey? ¿la cabeza o el corazón?

Por toda respuesta Saomar le entregó al príncipe Shin unas tijeras de oro. Y le pidió que cortase un pedazo de terciopelo.

Así lo hizo el joven príncipe.

–Dime Shin–preguntó el sabio–¿cuál de las dos hojas de las tijeras es la que ha cortado el terciopelo?”

¡Cómo son ellos!

Al parecer, una parte de la población se resiste a cumplir con la normativa de la mal llamada desescalada y rechaza el seguimiento estricto de la distancia social. Ocurre sobre todo en España e Italia, que comparten tantas cosas buenas y otras tantas cosas que no lo son tanto.

A mí esto, si es verdad (al parecer en un paroxismo sancionador, se han impuesto no menos de un millón de multas), me interesa porque tiene una obvia interpretación psicoanalítica. Podríamos pensar que el gobierno, como figura paterna, le ha fallado a su hijo. Los poderes públicos han sido demasiado dubitativos. Harto inseguros. Acaso irresponsables. Siempre imprecisos. A menudo confusos. Ocasionalmente falaces. Y también, no pocas veces, prepotentes.

Esta crisis de la figura paterna bien puede haber provocado una reacción psicótica en una parte de la ciudadanía. 

Hastiado de recibir instrucciones confusas o contradictorias, el hijo acaba pensando que ya no rigen las normas paternas. Por ello, se atreve a ignorarlas sin más, y retorna ciegamente a una normalidad que conoce bien y en la que siente la seguridad del hábito y de lo familiar, incluyendo el solaz playero o el insustituible vermut de mediodía en esa terracita encantadora tan atestada de gente. ¡Cómo puede ser eso malo! 

Hay también en todo esto la negación palmaria de una amenazante realidad que se ha intuido incontrolable, porque la autoridad no ha sido capaz de crear convicciones creíbles y positivas. Y cuando lo ha intentado, hablando de guerras, muertes sin fin y tragedias, ha sido tan ineficaz como esos anuncios tétricos de las cajetillas de cigarrillos que desde hace mucho tiempo han descartado los psicólogos como herramienta de reducción del tabaquismo . 

Entonces, negando la realidad, con esa ansiedad que solo provoca lo que no se puede combatir o controlar, una parte de la ciudadanía se ha decidido a considerar súbitamente obsoleta toda norma o restricción, y a juzgarla ya irrelevante.

“¡Cómo es la gente!”, oímos a menudo, respecto a las súbitas aglomeraciones de esta desescalada multifásica. 

Sí. Pero en realidad, el verdadero problema no es el comportamiento adolescente del hijo, sino la crisis de la figura paterna en la forma de una autoridad que se ha mostrado quebrada por los muchos titubeos, los errores de comunicación, las pueriles querellas con la oposición, la incoherencia por sistema, el trato desigual a iguales y el incumplimiento de muchos compromisos que se anuncian primero con el bombo y el platillo de la demagogia populista pero que después, ay, se quedan en agua de borrajas. Me viene a la cabeza la frase lapidaria de Victor Hugo: “No existen malas hierbas ni mala gente, solo existen malos cultivadores.”

“¡Cómo es la gente!”. Más bien habría que pensar en cómo son los que en la gente están mandando. ¡Cómo son ellos!

La terapia del melón.

Ahora, a finales de Mayo, llega la temporada de los melones y me parece que, con ellos, la vida se hace algo más amable, a pesar de los pesares.

No hay fruto tan grato a los sentidos como un buen melón, dulce, fragante, carnoso…Siempre habrá quien nos alarme con su presunta propensión a indigestarnos, pero esa será otra gran mentira de estos tiempos saduceos que nos han hecho saber que cuando llega la pandemia, el primer confinado es la verdad.

Yo sostengo que, en cierto modo, el melón es un invento español. Entiéndase bien, lo que quiero decir es que solo gracias a los sensuales musulmanes de Al Andalus el melón volvió a entrar en Europa de forma masiva. Porque en el alto medievo no se comían melones en Europa, lo que me parece a mí que es la única buena razón por la que podríamos calificar a la Edad Media de época oscura…

Incomprensiblemente, se había dejado de cultivar en el continente el pequeño melopeponum que, traído desde Armenia, hacía las delicias de los patricios romanos, como atestigua Apicio y como consta en las paredes de Herculano. Marco Polo, es cierto, había cantado con su inconfundible elocuencia las excelencias de los “poponi” asiáticos, al igual que los cruzados que volvían de Oriente Medio.

Se deshacía en elogios Marco Polo sobre los míticos melones de Sapurgán, en Afganistán, que por lo visto era el Villaconejos de Asia. El gran viajero nos cuenta con nostalgia que los sapurganeses dejaban secar sus maravillosos melones al sol, en medio de las calles, hasta que estas frutas adquirían un sabor “piú dolci che mèle”. Y, antes que él, los cruzados, a su vuelta, ya habían mostrado nostalgia por la meliflua carnosidad de aquellas cucurbitáceas orientales, quizá entremezclada con otras muchas dulces nostalgias orientales no menos dulces y menos confesables…

Pero a finales del siglo XIV, ya fuera por la publicidad de Marco Polo, por los relatos de los cruzados, o por influencia del mundo morisco español, las semillas del melón ya se plantaban en Europa y esta sublime fruta se empezaba a cultivar con entusiasmo en los huertos europeos, donde adquirió características de verdadero fenómeno sociológico. Por aquella época era cuando los castellanos veían florecer uno de sus primeros monumentos literarios, el Libro del Buen Amor, que, mira por dónde, incluye un episodio dedicado al melón y a la sandía. Un poco más tarde, en la Francia de Montaigne (que en sus ensayos nos dice que el melón es la única fruta que le gusta comer), se publica en Lyon el célebre Sommaire Traitté des Melons, del médico Jacques Pons, donde se eleva el humilde melón al rango de manjar de reyes y príncipes. Pons se deshace en frases encomiásticas respecto a los amados y deseados melones –“tant prisez et avec si grand desir recherchez et cheris”– y describe hasta cincuenta maneras diferentes de prepararlos, entre ellas, claro está, la combinación insuperable del melón con jamón, genialidad de la alquimia culinaria que yo creo tiene su verdadero origen en la Castilla cristiana, donde mezclar carne de cerdo con fruta tan morisca se antojaba una forma conveniente de agasajar el paladar y a la vez aquilatar la limpieza de sangre. ¿No tendría sentido utilizar el melón con jamón como el mejor estandarte de la Alianza de Civilizaciones?

Luis XIV debió leer mucho a Pons y sus recetas, pues se sabe que hacía cultivar con primor hasta siete variedades de melones en los huertos reales, bajo protección militar y en invernaderos protegidos por cristales para hacer posible que en Versalles fuese viable esta fruta, que exige para madurar mucho calor, poca humedad y cuatro largos meses de espera…

Fruta de reyes pues son los melones. La única fruta que se goza integralmente, porque además de su belleza, su sabor y su perfume, la palpamos y la oímos cuidadosamente antes de abrirla, para tratar de atisbar a priori el enigma supremo de su dulzura.

No hay por tanto fruta que supere al melón; ninguna tan noble y a la vez tan humilde y asequible. 

Deberíamos preocuparnos más de los melones en estos tiempos oscuros. Porque ni siquiera el pandémico virus con toda su sediciosa malignidad nos va a quitar el placer de saborearlos este verano. Creo.

Escrachados,

Ha vuelto a la actualidad la palabra “escrache”. Es un término que popularizaron los argentinos, cuando pretendían hacer despertar a la sociedad de su amnesia con respecto a los crímenes de la dictadura.

Los activistas porteños pensaron que había que “retratar”, señalizar, estigmatizar, a los responsables de aquella infamia, y ponerlos sin piedad en evidencia. Se trataba de no incurrir en ilegalidad flagrante, pero no había más remedio que moverse con cuidado por una fina línea fronteriza.

Echaron mano de una palabra lunfarda, escrache, que significaba, en la jerga de la germanía porteña, ficha policial, o retrato muy feo de alguien. El origen etimológico del término lunfardo puede ser el scratch inglés, o garabato, debidamente relexematizado con influencia del término del italiano schizzare, salpicar, o más bien de schiacciare, estrujar, y en casi segura convergencia con el francés écraser, aplastar, destruir…En etimología no hay verdades simples. Como en casi nada.

Écraser es un verbo muy importante en la literatura de rebelión. Lo empleaba sistemáticamente Voltaire, para referirse a la lucha sin cuartel contra las fuerzas del Antiguo Régimen. “Écrasez l’infame!” escribía Voltaire al inicio de cada una de los muchos miles de cartas que escribió, como si fuese un Catón epistolar recordando continuamente que Cartago debía ser destruida. Así es;  “¡aplastad al infame!” era su peculiar Johnson Box, en lugar de la habitual cruz que se dibujaba en la cabecera de las cartas en aquellos tiempos…¡cómo era Monsieur Arouet!

Azaña, que era culto, también hizo un guiño a esta idea volteriana cuando, en una gran manifestación, se le ocurrió decir que había que “aplastar al infame”, refiriéndose sin duda, al igual que Voltaire, al Ejército y a la Iglesia, que en su tiempo eran, como sabemos, particularmente reaccionarios. 

Pero fue a él a quien precisamente se escrachó. Más o menos como está haciendo ahora esa bolita de grasa y RNA cinco mil veces más pequeña que el punto con el que concluyo esta frase. Estamos todos, en alguna medida, escrachados.