La Camiseta.

Le envío la infografía que reproduzco a una amiga. Me dice que le parece muy interesante. 

A mí lo que me parece es que es muy perturbador.

Se deduce de esos datos que la mano de obra apenas se queda con una pizca del valor de su trabajo.

Por contra, el grueso del valor se lo apropian las marcas, es decir, los dueños del capital productivo.

También se deduce que en nuestro sistema, no apreciamos realmente las cosas, sino más bien todo aquello se nos dice sobre las cosas.

No nos importa la camiseta sino más bien el logo que lleva la camiseta.

Mujer, Vida, Libertad.

Anteayer titulé un post con un lema en forma de tricolon o hendriatis: Zan, Zendegi, Azadi…

Alguien me ha preguntado qué significa exactamente. Yo pensé que resultaría obvio a partir de la lectura del texto.

Significa, en farsi, Mujer, Vida, Libertad, y es el lema utilizado por la revuelta feminista en Iran contra el despotismo misógino de sus actuales gobernantes. Es el lema que ahora también se está viendo en pancartas en los estadios de Catar.

Lo curioso es que esas tres palabras del idioma de los persas tienen un origen etimológico común. 

Y aún es más curioso que ese origen etimológico entronque también con nuestro propio idioma (y con otros idiomas europeos). Gens una sumus.

La clave de bóveda es la raíz protoindoeuropea “genh”, con el significado de “nacido”, o más específicamente “nacido en nuestra tribu”.

Esa raíz protoindoeuropea es a la que se remontan, en última instancia, palabras españolas como genético, género o génesis (y muchas más). 

Contando con esa raíz, podríamos comenzar por zan, el primer término del tricolon, que significa mujer en el idioma de los persas, y tiene como ancestro la raíz mencionada . De hecho, zan también es un verbo con el significado de nacer.

Lógico. Mujer es la que hace posible el nacimiento.

Por su parte, zendegi, que significa vida en farsi, es, tal como se puede intuir, es palabra  también relacionada con zan, nacimiento. 

Lógico también. Vida es lo que surge cuando tiene lugar el nacimiento

Por cierto, es muy interesante constatar esta vinculación que hace el espíritu de las lenguas entre la noción de mujer y la de vida. Baste mencionar que también se da la misma vinculación en hebreo, pues la palabra hebrea “havah” significa “respirar”, “vivir”, “dar vida”. Y a su vez, ese “havah” es el que origina el nombre bíblico helenizado de la mujer primigenia, es decir, de Eva

Nos queda azadi, con el significado de “libertad” en farsi. Y aquí de nuevo encontramos la misma convergencia. 

Porque el trasfondo etimológico del azadi persa es “nobleza”, “buen nacimiento”. Resulta que en el mundo persa la idea de “buena cuna” estaba vinculada a la de libertad, tal vez porque en el pasado, tristemente, la situación del hombre anónimo o extranjero por defecto era o acabaría siendo la esclavitud, y solo los bien nacidos, los de “nuestra familia” o “nuestra tribu”, podían tener derecho a que los considerásemos libres…por nacimiento. Y, una vez más, esto no solo es privativo de los persas, por supuesto. Se da en otros muchos idiomas. Por ejemplo, en ruso, libertad es свобода (esbovoda) que originariamente (y etimológicamente) significaba «lo nuestro», «lo que poseemos», «lo que nos es propio», «aquello o aquel que pertenece a nuestra comunidad o a nuestro clan».

Por supuesto, azadi –libertad–también está relacionado con las otras dos palabras–mujer y vida–, pues, de hecho, azadi es simplemente el participio del verbo farsi zan, nacer. 

Así que el tricolon que me sirvió ayer de titular es también, en realidad, un pleonasmo.

Lo cual se puede decir de una manera menos pedante, más lírica y más cierta.

Se puede afirmar que, como nos enseña el alma profunda de las palabras, decir mujer es decir vida, y decir vida es decir libertad. 

Zan, Zendegi, Azadi.

Mientras desayunamos, comentamos Marta y yo lo ocurrido ayer en Catar. Ya es bien sabido: los jugadores del equipo de Irán se negaron a cantar su himno, como protesta por la opresión que están sufriendo las mujeres en su país. Con sus bocas rabiosamente cerradas, con su silencio atronador, tal vez gritando interiormente la hendiatris de la actual revuelta persa-¡Mujer, Vida, Libertad!– se arriesgaron a todo. Incluso a perder la vida. Y esto es así por el disparatado uso que hacen las autoridades de su país de la repugnante noción “jurídica” de “guerra contra dios”. 

El gesto de los once futbolistas iraníes vale por todas las quejas que millones de nosotros podamos hacer desde el confort y seguridad de nuestro entorno. Ese gesto sobre el césped es verdadero coraje. Ese gesto es bravura. Ese gesto es dignidad. Ese gesto es lo que nos reconcilia de golpe con el género humano a todos los que estamos contemplando la ignominia de ver cómo un evento deportivo mundial se celebra en un siniestro feudo tiranizado por, infames, opulentos déspotas, con la manos manchadas de sangre.

La rebelión en Irán parece ya imparable. 

Mientras los fubolistas hacen llegar al mundo entero su gesto de valor, las mujeres en Irán siguen cortándose el pelo en señal de protesta. Son cada día miles las que lo hacen, decenas de miles tal vez, y lo vienen haciendo, más y más, desde que Mahsa Amini fue masacrada por la policía, tan solo por el crimen de no llevar el velo correctamente, vestir con faldas, cantar canciones y sonreir.

En este punto, Marta me pregunta por el sentido simbólico del corte de cabellos. Le indico que en la Persia medieval, hace más de un milenio, hay referencias literarias, por ejemplo en el poema épico Shahnahmeh, que ya nos hablan de una tradición secular persa según la cual las mujeres se cortan violentamente el pelo en circunstancias de luto o duelo. También nos sonarán las muchas veces que la Biblia menciona la costumbre de “mesarse (del latín metere, segar) los cabellos” como muestra de profundo dolor (junto con “rasgarse la vestiduras”).  En el antiguo Egipto, se sabe que las plañideras se tiraban del pelo en los funerales. Y, por cierto, en Occidente ha existido siempre la curiosa costumbre de conservar algo de los cabellos de los seres queridos desaparecidos, haciéndolos formar parte de esos pequeños y un tanto morbosos relicarios o bordados llamados guardapelos.

El cabello humano parece pues estar entrelazado con el amor, con la vida, y con la muerte. También con la libertad, como atestigua el tsunami de rebeldía femenina en Irán.

Para concluir la conversación, pues ya se hace tarde, y al hilo de estos comentarios sobre los cabellos y el duelo, le pregunto a Marta si recuerda una hermosísima copla del cancionero flamenco que cierto día escuchamos en una peña flamenca, cantada por gentes cuyos ancestros hunden también sus raíces remotas allá por Oriente Medio. Es una copla por seguidillas que habla también de cabellos cortados, de amor, de vida y de muerte. Sí que la recuerda. Debe ser de las cosas que no se olvidan nunca:

“Cuando me muera…/…te pido un encargo…que con las trenzas…/…de tu pelo negro…/ me amarres las manos…”

Hipóstasis y goles de sangre.

El preboste del balompié se ha decidido a decir majaderías, y lo ha hecho a conciencia, con ocasión del comienzo del magno evento deportivo mundial. Ha pronunciado un discurso que en sí mismo constituye la mejor proclama contra la celebración de dicho evento. Hay que ser imbécil para citar, retóricamente, y una por una, todas las razones para repudiar que ese acontecimiento tenga lugar en el estado promotor del yihadismo, adalid de la persecución LGTB, opresor de las mujeres y ejemplo de la peor explotación laboral de los inmigrantes.

De propina, el personaje ha dicho también alguna enormidad histórica. Según él, Occidente debe pedir perdón por lo que ha hecho en los últimos 3000 años (!).

Esto es un disparate colosal. 

Para empezar, hace 3000 años, el llamado “Occidente” no había entrado propiamente en la Historia. Aún faltaban algunos siglos para que Homero cantase la lucha entre aqueos y troyanos. O para que los persas acosasen a los helenos en el Peloponeso. 

Hace 3000 años, los habitantes de Europa se entretenían no en hacerle la vida imposible a “Oriente”, sino en l llenar los humeantes calderos con la pócimas de los druidas. Eran gentes que acababan de salir de la Edad del Bronce y que vivían de forma primitiva, esencialmente tribal, sin grandes estructuras sociales, militares o políticas y sin muchas ganas ni medios para ofender a “Oriente”, donde, en aquellos años, progresaban civilizaciones infinitamente más avanzadas, como las de los sumerios, los acadios o los egipcios.

Solo a partir de las conquistas de los macedonios en Oriente Medio, hace 2350 años, que no 3000, se podría hablar (así lo hace Anthony Pagden, que es voz muy cualificada) de una especie de enemistad perpetua entre dos mundos; Roma, las Cruzadas, la expansión del Islam, los Imperios Coloniales, el capitalismo extractivo multinacional…

Pero, en todo caso, aún asumiendo esa “enemistad perpetua”, hablar de culpabilidad de Occidente es una trampa intelectual. Es la trampa consistente en “hipostasiar”

Hipostasiar es el término al que recurrió Kant para referirse al delito intelectual de dar carta de naturaleza real a lo que solo es un objeto de razón. En este sentido, Occidente es una hipóstasis vacía. Nadie ni nada real es “Occidente”. Yo no soy “Occidente”. Ni tú tampoco, amable lector. Y  tú ni yo, creo, tenemos nada que ver con la barbarie de la conquista de Jerusalén por los Cruzados, en 1099, pongamos por caso.

Nos pasamos la vida hipostasiando de forma temeraria. Decimos por ejemplo, “Rusia quiere reconstruir el imperio de los zares”. Sin embargo, en ese sentido, “Rusia” es una  simple hipóstasis. Deberíamos en todo caso hablar del lamentable gobierno actual de Moscú, o algo similar. También se dice, “España debería pedir perdón por los crímenes de la Conquista”. Pero, en ese contexto, España es una hipóstasis y no creo que ni tú ni yo, si es que somos «España», tengamos que disculparnos por los atropellos de Pizarro y su banda en Nueva Castilla, allá por el siglo XVI. 

En la torpe dialéctica de los prebostes, en las paparruchas de los clérigos, en la charlatanería de los malos filósofos…por todas partes se hipostasia alegremente y a conveniencia de quien habla.

La proclama del cabecilla federativo, ayer en Catar, ha sido un ejemplo perfecto de tonta hipóstasis y de profunda incultura histórica. 

Ahora bien, como ya he dicho más arriba, el discursillo ha tenido la virtud de poner en primer plano el infame hecho de blanquear, a base de goles-goles de sangre- a unos sátrapas criminales y opulentos.

Hay que disculparle la hipóstasis. Más que nada por lo oportuno de su intervención. Un gol en propia puerta.

Entrar profundamente en la montaña.

Paseo con Mao en la mañana de llovizna y justo al llegar a casa de vuelta me encuentro con una flor marchita en el jardín. 

Unos instantes después, Mao, con un delicado gesto, me avisa de que es hora de entrar en casa. Solo entonces me doy cuenta de que me he quedado estático, ensimismado todo ese tiempo, observando cada detalle de esa flor ajada. Ha debido ser varios minutos.

¡Qué instantes de lucidez bajo la lluvia! ¡Qué sensación de comprender hasta qué punto la naturaleza puede ser inmensamente creativa! ¡Qué intuición sobre el poder del paso del tiempo para enriquecer las cosas con una pátina de belleza y llenarlas así de una rara emoción!

Me doy cuenta de que es esa la noción wabi-sabi, el principio estético del budismo zen. Es la sublimación de lo que aparentemente es triste, pesimista, melancólico (wabishi), cuando se combina con la idea de soledad, de abandono, de austeridad y de elegante envejecimiento (sabishi). 

La contemplación de esa flor otoñal, embellecida delicadamente por las gotas de lluvia ha sido como entrar profundamente, con un corazón melancólico, en una montaña de sabiduría. Justo lo que expresó, en un verso inmortal, Fujiwara no Shunzei, el poeta medieval japonés que mostró, acaso por vez primera, el camino luminoso/numinoso del wabi-sabi…

Eso es: entrar profundamente en la montaña, con un corazón melancólico…wabishi, sabishi.

Eutyquia

Los sábados, suelo bajar hasta el centro de Madrid a primera hora. Esto me da ocasión para contemplar las inmensas colas de personas que, desde mediados de Octubre, pretenden adquirir boletos (!) en una famosa administración de lotería.

Comento el extraño fenómeno con un amigo que vive en la zona. Me dice que pasa todos los años. Y cada vez más. Y él tampoco entiende bien la razón.

–Hombre, yo quiero pensar que la gente ya sabe que en ese establecimiento se reparten más premios porque se vende mucha lotería. Y que se vende mucha lotería porque se reparten muchos premios. Es un proceso autoalimentado…

–Sí–asiente, mi amigo–aceptemos que lo saben, aunque eso es mucho aceptar, pero entonces cabe preguntarse por qué no compran esa lotería de esa tienda por internet y se ahorran estas colas interminables.

–¡Ah, querido! pues porque el ser humano quiere sentir, tocar, palpar la buena suerte y la felicidad. 

Esto es algo que también nos lo confirma la etimología…Seguimos siendo hombres primitivos que creemos que la buena fortuna y la mala fortuna, se transmiten mediante aquello que se puede tocar, coger, llevar…Seguimos creyendo en talismanes y amuletos, tras decenas de miles de años.

–Mencionas la etimología. ¿Es que la palabra suerte tiene algo que ver con tocar algo con las manos?

–En cierto modo, sí. Los griegos, por ejemplo, llamaban a la buena suerte, y por extensión a la felicidad “eutyquia”, que es palabra formada de eu, bueno y tykhe, suerte. Pero, a su vez, y esto es lo interesante, tykhe se deriva del verbo griego tynkhano, que significa “tocar”. Es el mismo verbo del que deriva en última instancia nuestro “tangible” o nuestro “tacto”.

Es decir, la suerte es, desde hace milenios, algo que se toca.

Y todas estas personas que hacen cola para comprar su décimo, necesitan sentir, tocar…En cierto modo intuyen que la suerte les empezará a llegar solo cuando tengan el boleto en sus manos.

–Muy curioso.

–Sí. Pero hay una lectura un tanto turbadora del hecho. Ciertamente necesitamos tocar, coger, sentir, y palpar para ser felices o creer que tendremos buena suerte. Pero ocurre que el mundo que se nos avecina parece ser que será un mundo en el que se nos va a privar de todo eso. Tiene pinta de que va a ser un mundo de oscuros metaversos y gélidos encuentros virtuales. Un mundo nada feliz, según yo lo veo. 

–Ya.

–Por eso no me parecen tan mal estas largas colas. 

–Ajá. Entonces incluso a lo mejor te animas y tratas de conseguir tú también algún décimo…

–Ja, ja…no. Hasta ahí no llego. Aunque, pensándolo bien…¿por qué no?

Toda enfermedad comienza en el intestino.

Estoy leyendo un libro interesante y ameno que trata de algo que está de moda: cómo la colonia bacteriana personal, particularmente la que habita en el sistema digestivo, influye en nuestra salud física en general y en nuestro estado anímico. El segundo de los capítulos del libro, escrito por Alanna Collen, se titula con la llamativa frase “toda enfermedad comienza en el intestino”.

Lo curioso es que otro de los libros que tengo (casi de forma permanente) al retortero en mi mesita de noche es el de los aforismos del fabuloso Lichtenberg. Ahí se puede leer que “en general se habla demasiado de la cabeza y el corazón, y demasiado poco del estómago, presumiblemente porque este está alojado en el piso de abajo; pero los antiguos lo entendieron mejor. Persio consideraba un sabio catedrático al estómago. Y ese (estómago) sabio, 1700 años después, seguro que sabe aún mucho mas…

Es sorprendente la gran cantidad de ideas probadas por la ciencia que mucho antes de ser confirmadas fueron yo intuidas por las mentes de los genios…

Aceptación.

Marta tiene, por razones personales, una relación con la cultura japonesa. A veces me habla de aspectos de la cultura nipona que yo desconozco, pues apenas he pasado un par de semanas recorriendo Japón. Y ¡ay, qué corto se me hizo aquel periplo!

Ayer, Marta me hablaba del concepto de “aceptación”, que al parecer es axial en la cultura japonesa. Me dice que los japoneses tienen muchas palabras distintas para expresar los diferentes sentidos de la aceptación.

Por ejemplo, “ukeireru” es la aceptación de una madre respecto a la conducta de su hijo.

O “uketumeru” que es una variante de “ukeireru”, para definir la aceptación de una explosión emocional o incluso violenta del hijo.

Ukenagasu” es un término para expresar la idea de dejar hacer, dejar pasar…

Kikinegasu” es lo mismo que “ukenagasu”, pero añadiendo un toque de sana hipocresía, como haciendo que prestamos gran atención a aquello que en realidad dejamos hacer y pasar.

Juyo-Suro” es también aceptación; pero se refiere a la sumisión frente a la aculturación derivada de la occidentalización del Japón.

Marta me dice que tal vez esa cultura de la aceptación es la responsable de la felicidad de los japoneses.

–Tengo mis dudas–le replico–hasta donde yo sé, el actual Japón no es precisamente el paraíso de la dicha. La mayoría de los indicadores (suicidios, divorcios…) alejan a los japoneses en la cabeza mundial de la felicidad. 

–Pero aceptar lo que nos viene seguro que es clave para no enloquecer…

Non dubito quin, pero hay un tiempo para aceptar y un tiempo para rebelarse. La clave es cuándo hacer una cosa u otra. Tal vez el secreto es ser sumisos para aceptar el mundo y nuestra situación tal como es, pero al mismo tiempo ser rebeldes para intentar cambiarlo.

Y dicho esto, que suena muy bien, pero es dificilísimo de aplicar, le enseño a Marta, una foto que copié de la edición de The Guardian de hace unos días y que guardo en el iphone. Es la que aparece más arriba. 

Marta ve la foto sin decir una palabra. No dice nada y reconoce el escenario y la situación. Ese cabello sin velo…Esa mujer sobre el techo del coche… Es una foto que debería ganar el premio Pulitzer.

Creo que Marta está a punto de llorar de emoción mirando la imagen en absoluto silencio. A mí me dan ganas. No volvemos a hablar de la aceptación.

Dar calabazas.

Son estos unos días de muchas calabazas. Mercedes me pregunta por qué esta suculenta legumbre (que en realidad es una fruta o una baya grande, pues contiene semillas y nace de una flor) se relaciona con estas detestables celebraciones de lo siniestro y de la muerte. 

–Tengo alguna idea, pero la verdad es que es asunto que no me interesa casi nada. 

En cambio, respondo, lo que sí me interesa es encontrar la razón por la que los españoles usamos la expresión “dar calabazas” para referirnos a la contestación negativa de un posible amante ante el requerimiento de quien le corteja.

Hay quien dice que esto se debe a que en los monasterios medievales daban semillas de calabaza a los monjes, a fin de que calmasen su deseo sexual y sublimasen sus instintos. A mí esto me extraña un poco. No acabo de entender que las semillas de calabaza tengan ese presunto efecto anafrodisíaco. En realidad, la farmacopea moderna dice justamente lo contrario, por el alto contenido en zinc de este vegetal, que al parecer ayuda a mantener el vigor sexual. Es verdad, sin embargo, que las calabazas eran algo que se sembraba a menudo en los monasterios. En Pedralbes, por ejemplo, hay una zona importante del huerto monacal dedicado a las calabazas. Puede haber una cierta relación de metonimia por contigüidad.

–Claro, y además, las calabazas vienen de América. Así que no tiene mucho sentido ese pretendido uso en los monasterios medievales…

–Cuidado. Es verdad que algunas variedades de calabazas provienen del Nuevo Mundo, pero otras variedades se conocen desde la antigüedad grecolatina. Anchuroso es el universo de las cucurbitáceas… Basta evocar la imagen de los peregrinos medievales a Compostela, que llevaban junto a su cayado la consabida calabaza en forma de botella (esto es, la calabaza de la variedad a la que los romanos llamaban lagenaria, de lagena, botella o frasca en latín.

Los griegos llamaban a la calabaza “kolokunza” (de kolon, alimento) y es posible que este término sea el que está detrás de nuestro vocablo, cuya etimología no es clara. También existe en el Dic. de la Rae la palabra “abobra”, para definir al mismo vegetal que llevaban los peregrinos. Este término lo encontramos en San Isidoro, aunque en la forma “abobora” (como calabaza en portugués) que es palabra derivada del griego “apópora” (retorcida, por la forma en la que crece la planta), con el que los antiguos se referían a las calabazas usadas en los ritos de fecundidad, por razones visualmente obvias. 

–Muy bien, pero nos hemos desviado del tema. Estábamos en descubrir por qué “dar calabazas” es sinónimo de rechazar a un posible amante.

–Pues mira por dónde, yo no lo tengo nada claro. Ya te digo que no me creo esa patraña de las semillas anafrodisiacas. Así que no se me ocurre cuál puede ser la razón. Y lo curioso es que, hasta donde yo se, esta relación de la calabaza con el rechazo solo se da en España y en…Ucrania.

–¿En Ucrania?

–Así es. No tengo certeza de un sentido parecido al español en Italia, Francia o Alemania. Sin embargo, los ucranianos dicen lo mismo que nosotros. Se dice dar “garbús”. Garbús es calabaza en ucraniano: гарбуз, igual que sandía en ruso; por ello, a todo ruso que pida a un ucraniano sandía, ocurrirá que le darán, en el mejor de los casos, calabazas…Tiene su gracia.

–Así que en ucraniano también…entonces debe haber alguna razón…

–Sí. Pero no la conozco. Y ¿sabes? Puedo sobrevivir sin saberla. Le doy гарбуз a la pregunta.

Un paréntesis entre dos sopas.

Nos disponemos a cenar en un sencillo restaurante de la Sierra.

Miro la carta y no acabo de decidirme.

Yo me tomaría una sopa, pero ya estoy acostumbrado a no encontrar sopas en los menús de los restaurantes.

Esta ausencia me parece intolerable.

Yo tengo dicho que el mundo se divide en dos tipos de personas.

Por un lado, los bocadilleros, que son todos potencialmente asesinos en serie.

Por otro lado los soperos (como yo) que somos en general personas de gran sensibilidad y buenos sentimientos…

Hay que movilizarse a favor de las sopas y los caldos, que además son comida muy apropiada, por lo económico y austero, para los tiempos duros que se avecinan (recuerdo haber leído que durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno inglés se esforzaba muchísimo en divulgar el consumo de sopas y caldos de verduras entre la sufrida población). 

Si es preciso, debemos ofrecer sólidos argumentos teológicos. Como es sabido, el relato evangélico nos dice que el nazareno gustaba de la sopa, ya que se nos explica que, al menos en la Ultima Cena, el Redentor mojaba el pan en caldo.

Así es, en San Juan leemos que Jesús, “moja” un trozo de pan (βάψω τὸ ψωμίον). Nótese por cierto que ese “bapso” griego es un forma del verbo “bapto”, sumergir algo en líquido, de aquí baptismo y nuestro “bautizo”), 

Después de bautizar ese pedazo de pan en caldo, nos sigue diciendo el evangelista, Jesús se lo ofrece a Judas para que lo coma, y es al ingerir ese bocado cuando, al parecer, Satanás entra en el alma del apóstol deicida…

Para mí no cabe ninguna duda que esto tiene relación con el hecho de que, en la Ultima Cena, el Iscariote no estaba tomando sopa y era preciso que algún otro comensal le ofreciese el pan mojado en ella…Clarísimo.

En fin, teología aparte, el hecho de que en estos procelosos tiempos, las sopas parezcan haber sido proscritas de los restaurantes es, además de muy criticable, paradójico.

Es paradójico porque los restaurantes nacieron precisamente como lugares en los que, principalmente, se servía sopa. 

Verás, amable lector: en los años previos a la Revolución Francesa, las tiendas de alimentación orientadas a la gente humilde estaban sometidas a un océano de impuestos y restricciones legales. Esto hizo surgir un tipo de establecimientos destinados a proporcionar alimentos “restauradores” para los sufridos estómagos de las clases altas, en la confianza de que esos negocios se beneficiarían de una mayor permisividad. Muy astuto.

Y así fue. Florecieron en la capital francesa algunos locales en los que se ofrecían, a precios altos, preparados alimenticios con ciertos supuestos beneficios, digamos, terapéuticos, entre los que destacaban los consomés de carne y otros caldos (también huevos, cremas y valiosas conservas). 

Esos alimentos eran denominados “restaurants”, esto es “restauradores”. Así se indicaba en el Dictionnaire de L’Académie française, que definía “restaurant” como un “aliment qui restaure, que donne des forces”, y en particular “un consommé fort succulent, un pressis de viande”.

Conforme a una obvia metonimia, aquellos establecimientos de París que servían restaurants acabaron denominándose precisamente restaurants

¡He aquí la lacerante y paradójica injusticia de la desaparición de las sopas en nuestras actuales casas de comida…!

En fin, recién venidos al mundo, comenzamos alimentándonos con el nutritivo líquido tibio que nos ofrece el pecho materno.

Y en las horas finales, cuando ya no tenemos dentadura, nos alimentamos con potajes y purés. 

La vida es entonces un simple y confuso paréntesis entre dos sopas.

Con no poco desconsuelo lo constato.