Umwelt.

–Siempre te veo justamente por aquí con Mao–me dice un vecino y amigo al encontrarse con nosotros camino de la dehesa.

–Es que en lo relativo a los paseos matutinos–le respondo– Mao y yo somos gentes de costumbres. Hacemos siempre el mismo recorrido. 

–Ya. Lo que pasa es que a tí ve veo con los auriculares; debes ir entretenido escuchando música, pero ¿no se aburrirá un tanto Mao, que le llevas siempre por el mismo sitio?

–¡Ah! qué interesante pregunta. La respuesta es el Umwelt…

–¿Umqué…?

–Umwelt, es decir, el mundo que tenemos a ambos lados. Es una palabra alemana derivada del prefijo latino amb, por ambos lados, y de welt, mundo en alemán, pero no me hagas contarte la etimología de world o welt, porque es compleja. 

–No es necesario, la verdad. Pero, bueno, pero ¿qué pasa con eso de… Umwelt?

–Pues que Mao, al igual que este collie que va junto a tí, tiene su propio mundo, su propio Umwelt, y es bien diferente del nuestro. 

El Umwelt de cada criatura está definido por su propio sistema sensorial. El Umwelt de los murciélagos, con su sistema de sónar y ecolocalización, es diferente del de los tiburones, que están dotados de un maravilloso sistema de electrorrecepción, o del de las abejas, que pueden orientarse manejando la luz polarizada como si fuese una brújula. ¿Cómo imaginar cómo es el Umwelt de una almeja o el de una medusa? 

De esta barrera entre los diferentes “Umwelten” dio cuenta por primera vez Jakob von Uexküll, el  bigotudo zoólogo de primeros del pasado siglo, que fue quien acuñó el concepto…

–¿Y bien? ¿Por qué me cuentas todo esto?

–Pues que para Mao, y para tu collie, cada paseo por los mismos caminos es sin duda infinitamente diferente del anterior o del siguiente. Ambos experimentan cada día un mundo de variaciones en los olores, que ellos perciben con una amplitud cien mil veces superior a la nuestra, y que interpretan de una manera que quizá ni siquiera somos capaces de comprender.

–Ya.

–O sea, querido amigo, que quien se debería aburrir mucho en todo caso durante estos paseos soy yo, con mis limitados cinco sentidos de homo sapiens. Y entonces yo, perteneciente a una especie antropocéntrica, cerril y agresiva, me tengo que conformar con entretenerme oyendo a Schubert y meditando sobre asuntos trascendentes, como esta limitación que nosotros tenemos para entender el mundo de los otros, ya se trate de animales o semejantes. Un tema por cierto que a veces justifica no poca melancolía.

–No, si al final me vas a decir que te gustaría ser perro.

–Pues-respondo con cinismo propiamente dicho– tal como va el mundo de los humanos, no me parece tan mala idea…

Y tras esta breve pero enjundiosa conversación, mi amigo y vecino se despide e inicia el camino hacia su casa. Tengo la convicción de que seguramente va planeando no frecuentar demasiado el recorrido que ha hecho hoy, so pena de soportar de nuevo estas cavilaciones mías. Cavilaciones que casi siempre tienen un toque de amargura. Debe ser mi Umwelt.

…darüber muß man schweigen

A veces, Cristina me pide que ayude con las matemáticas a Diego. Yo lo hago con gusto, aunque acabo siempre un poco triste. Los chicos con dificultades en la materia solo buscan “recetas” para aprobar a cualquier precio (lo mismo que sus padres). A mí en cambio, me parece que lo esencial es ir a los fundamentos, sin darle mucha importancia al examen próximo. Mala estrategia la mía.

Yo pienso que en una materia como la Historia, por ejemplo, se puede enseñar relativamente bien la Primera Guerra Mundial a alguien que no sepa absolutamente nada de la Guerra de los Treinta Años (aunque ayudaría bastante el conocimiento de aquel terrible conflicto europeo del siglo XVII que está en la raíz de las grandes masacres bélicas de la pasada centuria o incluso de la presente). Pero en el campo de las matemáticas, es totalmente imposible enseñar, digamos, trigonometría, a alguien que no maneje bien el algebra elemental. 

He aquí el gran problema de la didáctica de las matemáticas. El profesor enseña algo del programa, los alumnos no entienden nada, y pese a ello, el profesor…sigue (Jardiel decía algo parecido de los malos escritores: se ponen ante el papel blanco, no se les ocurre nada y…siguen).

No es de extrañar el odio generalizado hacia una materia que, bien aprendida, es grata, además de enormemente útil.

Precisamente ahí radica parte del problema. Los enseñantes de matemáticas parecen ser incapaces de motivar al alumno mostrándole las incontables aplicaciones de las matemáticas en la ciencia y en la vida. Una y otra vez, alumnos inteligentes como Diego le preguntan al profesor “¿y esto de las matemáticas para qué sirve? La respuesta del docente suele ser siempre una estéril y tonta generalidad: “pues para todo, las matemáticas sirven para todo y están en todas partes?”. Y dicho esto, el profesor prosigue, convencido de que ha resuelto la inquietud del alumno y su aversión por las matemáticas.

En los casos en los que a mí hacen esta pregunta, suelo contar el episodio de la vida de Pitágoras que nos cuenta Boecio.

Al parecer, se fijó el sabio de Crotona en la labor de un herrero en su taller y comprobó que cada vez que el artesano usaba un martillo con el doble de peso, el sonido del martillazo cambiaba en una octava exactamente. Con esa experiencia, Pitágoras empezó a comprender, acaso por vez primera en la Historia, que existía una misteriosa y precisa relación entre el mundo físico y el mundo matemático.

A partir de aquel momento de revelación de Pitágoras, toda la historia de la ciencia y la tecnología ha sido una demostración continuada de que las matemáticas y el mundo tienen una estructura similar. Y esto es por cierto asombroso. Porque incluso los modelos matemáticos más abstractos y aparentemente alejados de la realidad acaban siendo un reflejo de algún aspecto de esa misma realidad (baste como botón de muestra el ejemplo de los cuaterniones concebidos “en abstracto” por Hamilton o los números imaginarios pensados de igual modo por Euler y Cauchy).

Es decir, me atrevo a comentarle a Diego, la verdadera cuestión no es entender la aplicabilidad de las matemáticas, sino explicarse por qué la matemática es tan prodigiosamente aplicable a todo nuestro mundo. Wigner calificó esta asombrosa “aplicabilidad” como “un milagro”, y como un “don que se nos ha dado sin que realmente lo merezcamos…”

Yo a menudo pienso en estas cosillas. Veo el mundo como un fascinante reflejo de las matemáticas. Y viceversa. Pero entonces me inquieta mucho saber que si, como nos enseñó Gödel, no es posible “demostrar” las matemáticas como un todo, entonces también el mundo parece ser en última instancia indemostrable. 

Llegando a estos desvaríos, yo me acuerdo de lo que decía Aristóteles al comprender que había cosas que la mente humana no podría resolver y ante las que lo mejor que se podía hacer es callarse. Wittgenstein tenía sin duda en la cabeza esta reflexión resignada del Filosofo cuando puso punto final a su Tractatus con aquello de que “de lo que no se puede hablar, lo mejor es callar”.

Y yo también pongo ahora punto final a este texto. Noto que empieza a ser demasiado metafísico. 

Debe ser porque estoy haciendo dieta.

Con artists…

Se suele decir que la verdad es la primera víctima de las guerras. Eso parece muy cierto, a juzgar por las patrañas que orquesta cada bando para justificar o negar sus propias atrocidades, o para fingir o realzar las del enemigo. 

Pero en realidad no es así. Porque la verdad muere antes de que las guerras estallen. De hecho, la mayoría de las guerras estallan solo cuando la verdad ya se ha retorcido a conciencia.

Todos los conflictos bélicos han surgido del engaño; de un engaño cuidadosamente orquestado por los gobernantes. Un engaño en el que quizá incluso ellos mismos llegan a creer en alguna medida.

No se encontraron armas de destrucción masiva en Irak, pese a los interrogatorios en Abu Ghraib.

Hitler hizo creer a sus ciudadanos que el país estaba amenazado por una conspiración internacional, promovida por los judíos, para destruir Alemania, lo que le obligaba a iniciar una guerra “defensiva”.

Napoleón, tras una larga sucesión de triunfos militares, se embarcó en la catastrófica aventura rusa, tal vez impulsado por el autoengaño de ser invencible y convenciendo a sus soldados de que la Grande Armée se disponía a un simple paseo militar por las estepas.

Y en nuestro tiempo, estamos viviendo una guerra que ha surgido tanto del engaño previo sistemático al pueblo ruso sobre la malignidad de los “nazis” ucranianos, como de la hábil propaganda occidental orientada a reforzar la idea de una Rusia siempre expansionista y tiránica.

Los hombres engañamos y nos autoengañamos. Y de qué manera. Tenemos una extraña habilidad para hacerlo. De hecho, pudiera ser que la explicación real del fenómeno humano sea justamente el asombroso talento de este simio que somos para autoengañarse y para engañar al prójimo. Este factor, junto con la extraña capacidad para pensarse a sí mismo, para tener “conciencia del yo personal” y para promoverlo por todos los medios, podría explicar lo que somos y lo que hacemos, especialmente en los aspectos más negativos de nuestra trayectoria como especie.

Se me puede protestar que todos los animales engañan. Y es cierto. El engaño tiene lugar en todos los ámbitos de la Naturaleza. Un pez agitará parte de su cuerpo para simular que es un gusano, de tal forma que atraerá a otro pez y se lo comerá. Un insecto imitará la forma y color de una ramita para evitar ser devorado. Y hay mil casos más, a cuál mas asombroso. El zoólogo suizo Thomas Bugnyar demostró que un cuervo hace creer que esconde trocitos de queso en ciertos recipientes vacíos, para engañar así a su rival dominante y poder ir luego a los que recipientes que están llenos. Incluso hay engaño en el mundo de las bacterias y los virus. El VIH modifica continuamente su cobertura de proteinas, a fin de despistar el sistema inmunitario del huésped.

Pero, aceptémoslo, nada supera la creatividad y diversidad del engaño y autoengaño del ser humano, y, sobre todo, su vinculación con el poder y la agresividad. En este punto solo se nos aproximan, mira por dónde, los chimpancés. La forma en la que los machos de estos primates organizan sutiles emboscadas para masacrar a los rivales, solo puede ser equiparada a nuestras habilidades para hacer lo mismo con nuestros semejantes. Esto sugiere una especie de continuum en la Naturaleza que va desde los elementales engaños de las bacterias hasta el sofisticado arte de embaucar de los humanos (arte, sí; recordemos que los anglosajones llaman a los grandes estafadores “con artists”, usando un término relacionado con la “confidence” , es decir, de la confianza de la que abusa el tramposo profesional).

Conciencia y engaño. Nuestro cerebro ha ido evolucionando para hacer que podamos pensarnos a nosotros mismos y para conseguir engañar con eficacia a los otros (es decir, en cierto modo, pensar en los otros). Y ambas cosas, voluntad de poder respecto al yo propio y capacidad engaño de cara a los demás (o autoengaño) explican lo mucho que el hombre, ay, tiene de dominante, falsario y, sobre todo, agresivo. Somos, tristemente, artistas del poder, del engaño y de la violencia.

Wasted.

Acabo de volver de un largo paseo en bicicleta, con Violeta, por los caminos de la dehesa.

Siempre conversamos mucho, mientras pedaleamos. Y, curiosamente, conversamos de cosas trascendentes. 

No se cómo, ya cerca de Alpedrete, ha salido a relucir el tema del mal en el mundo; creo que ha sido a colación de algún comentario sobre el último tiroteo en el colegio norteamericano. O tal vez sobre el conflicto en Ucrania.

–¿Pero, dime, cómo puede evitar alguien ser malo, si es que está hecho así? 

–Mmm…vaya–le respondo, jadeando un poco, porque vamos por una pequeña cuesta–verás, Violeta, a esa pregunta tan difícil yo no se qué responderte. La verdad es que me parece que somos mucho menos libres de lo que pensamos para dejar de ser nosotros mismos. 

–Entonces ¿por qué castigamos a los malos?-me pregunta Violeta.

–Ejem. Tampoco tengo una respuesta clara…Lo mas que puedo decir es que no tenemos más remedio que actuar y pensar en en el mundo, en nuestro propio interior, como si las personas fuésemos libres de ser buenas o malas. Si no asumimos esa premisa, la vida sería invivible y el mundo inhabitable.

–¿Premisa? ¿Qué es premisa?

–Bueno, premisa es algo que suponemos, algo en lo que necesitamos creer, por alguna razón. Algo que nos conviene creer.

–Ya. Pero ¿sabes qué?

–¿Qué? 

–Que muchas veces el problema es que se deja a los niños estar todo el día con los videojuegos. En mi clase hay uno que se llama Sebas que se cree que cuando uno se muere le aparece una pantalla que dice “wasted, has perdido 50.000 euros y vas a reaparecer en el otro lado de la ciudad”.

–¿De verdad?–respondo asombrado, pero entendiendo al cabo de unos segundos lo que quiere decirme Violeta– ¿wasted es “gastado”, “acabado” ¿no?

–Claro. Y si piensas eso, no me extraña que cojas un día el arma y te pongas a matar gente. Total, si van aparecer todos en el otro lado de la ciudad del videojuego…

Me quedo fascinado por lo que me cuenta. Y sigo pedaleando en silencio. 

El sol ha caído tras las montañas y el horizonte se ha llenado de arreboles. Ya estamos llegando a casa.

Al desmontar, me sobreviene un pensamiento.

Un niño o una niña no es un proyecto de adulto. 

Un adulto es simplemente lo que queda de un niño.

O de una niña.

Injusticia, no poética.

Caen misiles rusos sobre Odessa, la ciudad cosmopolita creada ex nihilo por el aventurero español José de Ribas, a quien Catalina II entregó 26.000 rublos para fundar una ciudad al estilo europeo, a imagen y semejanza de Nápoles o Milán. 

Caen ingenios destructores enviados desde Moscú sobre la ciudad que inquietaba a los zares por ser “demasiado europea”, y en la que por todas partes uno “respira Europa”, según dejó dicho Pushkin, que al parecer pasó allí algunos de los momentos más dichosos de su vida.

Caen los misiles rusos sobre la ciudad que vio nacer a la nueva Rusia; la ciudad en la que prendió la primera chispa del incendio bolchevique. Y son misiles lanzados por quienes alegan ser los herederos de aquellos rebeldes contra la servidumbre y la opresión.

Este bucle siniestro de la Historia hace pensar en la idea de justicia poética, si no fuese porque en esta tragedia no puede hablarse de justicia ni mucho menos de poesía. 

La llamada “justicia poética”, esa tonta noción que acuñó Rymer, el crítico literario británico que menospreciaba a Shakespeare por no cerrar sus obras con finales felices, exigiría algo muy distinto a esta brutal destrucción de la Perla del Mar Negro.

No. No hay ninguna “justicia poética” en la Historia, que viene a ser la consabida narración de ruido y furia contada por un idiota. 

No hay nada de justicia poética en el acontecer del homo sapiens. El mal y el bien se entrecruzan en la vida humana sin orden ni concierto, y todo, tanto lo bueno como lo malo, parece fatalmente determinado por ese imparable impulso hacia la autoafirmación y enaltecimiento del yo que caracteriza a la extraña “criatura pensante”. Es el impulso que acaso mueve tanto al héroe o al santo como al peor tirano o asesino depravado. El impulso que identifica al prímate que un día bajó de los árboles y comenzó a caminar por la sabana llevando en su interior una obsesión por el dominio y el poder que se diría no es sino un efecto secundario indeseable de la emergencia de la reflexión y la conciencia individual.

Hamna shida.

Me cruzo con José Manuel apenas ha amanecido, cuando inicio mi numinoso paseo con Mao por la dehesa. Hablamos un rato, comentando la actualidad con cierta tristeza resignada. Me dice, y tiene razón, que hay una verdadera pandemia de ansiedad en el mundo, una crisis colectiva de miedo y mal humor.

Le hablo entonces a José Manuel de los hazda,

–¿Los hazda?

Sí-le respondo-me refiero a esas tribus de cazadores y recolectores de Africa central que se consideran un eco vivo de la Humanidad más primitiva. Yo pasé un par de días con ellos, hace algunos años. Les acompañé cuando salían al alba a cazar palomas, que capturaban con un certero disparo de arco y luego cocinaban in situ, junto a un baobab, sobre una hoguera encendida con un palito y un puñado de hojarasca, para mi asombro, (yo simulaba que comía las tajadas que me iban dando, pero creo que ellos se daban cuenta de que iba dejando los pedacitos a mi espalda).

Durante aquellas dos jornadas de caza, me di cuenta de que aquellos hazda preferían no hablar mucho. Solo recuerdo que contestaban a mis gestos con un par de palabras. Siempre las mismas. Era algo que sonaba como “hamna shida”.

Mas tarde supe que “hamna shida” significa en su idioma “no hay problema”. Es algo así como la traducción al hazda del famoso lema swahili “hakuna matata”, popularizado por la película de Disney.

Los hazda pronuncian el “hamna shida” en toda clase de situaciones. 

¿No hemos conseguido cazar hoy? Hamna shida. 

¿Hay una bamba verde dentro de la choza? Hamna shida.

¿Hay un leopardo dando vueltas en torno al campamento? Hamna shida.

Ahora que ya empieza parecer claro que nuestra civilización ha seguido un camino en buena medida equivocado en su evolución secular, tal vez conviene echar una mirada atrás y aprender algo de estas gentes primitivas que, con todas sus limitaciones, parecen felices y capaces de aliviar las consecuencias de cualquier eventualidad, con la actitud del hamna shida.

No está a nuestro alcance, como individuos singulares, le digo a José Manuel, parar las guerras ni podemos por nosotros mismos evitar el deterioro del planeta. 

Pero sí podemos intentar no contribuir a esta espantosa pandemia de ansiedad que avanza por el mundo. 

Y podemos hacerlo practicando, pese todo lo que está lloviendo, la actitud hamma shida: el secreto de los maravillosos hazda.

Willy, Niki y Georgy.

Cristina Peri Rossi, en su discurso reciente en la ceremonia de entrega del Cervantes, pronunciado de forma vicaria por Cecilia Roth, ha evocado una famosa frase del as de la Luftwaffe Erich Hartmann (aunque la ha atribuido erróneamente a Neruda): 

“La guerra es eso en lo que se masacran unos hombres que no se conocen entre sí, en beneficio de otros hombres que sí se conocen perfectamente”

Esto, que es ciertísimo y de actualidad, me ha hecho recordar el bufonesco espectáculo de telegramas y ultimatums que, en las vísperas de la Gran Guerra, se intercambiaban los soberanos del Reino Unido, Alemania y Rusia, es decir, Jorge V, el Kaiser Guillermo II y el zar Nicolas II.

Estas tres cabezas coronadas ya lo creo que se conocían. Eran primos, y amigos entrañables desde la infancia. El Kaiser era nieto de la Reina Victoria de Inglaterra, lo que le convertía en primo hermano de Jorge V. A su vez, Jorge V y el Zar Nicolás también eran primos hermanos, pues Jorge V era hijo de Alejandra de Dinamarca, cuya hermana, Dagmar de Dinamarca, era la madre del zar Nicolas II.

Los tres primitos se conocían más que bien, confirmando con ello la aguda observación de Hartmann. Y de hecho, los tres se trataban con los hipocorísticos propios de sus tiernos juegos infantiles: Georgy, Willy y Niky.

Y el hecho es que cuando la Gran Guerra estaba a punto de empezar, Georgy le mandaba a Willy un telegrama, Willy le lanzaba un ultimatum a Niky y Niki se aliaba cordialmente con Georgy contra Willy. 

Al cabo, Niki se unía a Georgy y Willy le declaraba la guerra a Niki y a Georgy…

Y así, tras esos mensajes cordiales que Willy, Niki y Georgy intercambiaban, daba comienzo la carnicería continental que acabaría con decenas de millones de seres humanos, los cuales, como bien dice Hartmann, ni se conocían, ni eran parientes, ni mucho menos primos hermanos, como los entrañables Willy, Niki y Georgy.

Yuri Averbaj.

Casi a diario me llega la noticia de un adolescente o un niño que consigue el título de Gran Maestro de ajedrez, estableciendo un nuevo récord de precocidad.

Pero también debería ser noticia celebrada lo opuesto, es decir, la plusmarca de la mayor edad alcanzada por un GM. 

Esto exactamente es lo que ocurrió el pasado mes de Febrero, cuando Yuri Avervaj cumplió cien años.

Por desgracia, el sábado pasado falleció este GM ruso, gran divulgador de la teoría y magnífico publicista del ajedrez. Era un gran experto en finales pero no ha podido resolver este último final que se nos plantea a todos y que no hay manera de ganar.

En honor de este extraordinario finado, me permito reproducir el famoso «Estudio Saavedra», del que precisamente yo tuve primera noticia gracias al delicioso libro de Avervaj «Lecturas de Ajedrez» (colección Escaques, Martínez Roca).

La historia detrás de este estudio, que lleva el nombre de un sacerdote y destacado ajedrecista sevillano de densa biografía (que incluye el puesto de capellán en la cárcel de Glasgow y un viaje a Australia como misionero, en el siglo XIX), es apasionante, pero llevaría tiempo resumirla. Baste que nos centremos en el diagrama.

El asunto es que en esta posición, que se dió en una partida real, el blanco, al que le corresponde mover, puede ganar, pese al obstinado esfuerzo de la torre negra por marear al rey blanco y conseguir en última instancia un ahogado, tan pronto el peón corona dama. Frente a esta tenaz defensa, el abate descubrió la elegante maniobra ganadora que lleva su nombre, y que se ha incorporado por derecho propio al acervo universal de cultura ajedrecística, garantizando la victoria blanca en 12 jugadas.

Pero me he permitido consultar la posición en mi programa de ajedrez y he comprobado que el negro puede dilatar su agonía hasta las 34 jugadas (!), si, dejando coronar dama, realiza un movimiento que parece que se le pasó por alto a Saavedra y a los muchos expertos que comentaron el estudio. Incluido Avervaj, por supuesto.

En fin, ante este hallazgo y ante la noticia del tránsito a mejor vida del Gran Maestro ruso, siento la tópica tentación de decir que, en efecto, no somos nada, especialmente frente a los monstruos de silicio…

Pero quiero pensar que en el caso de los grandes ajedrecistas como Yuri Avervaj queda para siempre la profunda belleza de sus partidas y sus análisis. 

Una belleza que ninguna endiablada máquina podrá apreciar jamás. 

Supongo.

Bullshit of bullshits.

En una plataforma de televisión en streaming, está teniendo éxito un concurso televisivo un tanto especial. En esencia, es parecido a Quien Quiere Ser Millonario. Es decir, se plantean preguntas con posibles respuestas que los concursantes de un grupo tienen que ser rápidos en acertar.

Pero el matiz es importante. Aquí no solo se pasa de nivel acertando. Antes de saber si su respuesta es correcta, el concursante que la ofreció tendrá la oportunidad de justificar su decisión ante los otros participantes. Si consigue convencer, imaginativamente, a alguno de ellos, también pasa de nivel.

Es decir, en última instancia, puede ganar este concurso cultural un auténtico cafre, siempre que tenga la capacidad para tomar el pelo al prójimo.

Este concurso representa la normalización en el mundo del ocio televisivo de lo que ya es más que normal en la sociedad como un todo: estamos ante la esencia misma de lo que los anglosajones llaman “bullshit”.

Yo no se muy bien cómo traducir bullshit. Es un concepto que sintetiza dos nociones a las que en castellano nos referimos respectivamente como “parlotear sin sentido” y “tomar el pelo”. Yo lo traduciría como “vender humo”, que es una expresión de gran abolengo. La encontramos en Marcial, Apuleyo, Plauto o Erasmo, aunque más bien con el significado de traficar fraudulentamente con pretendidas influencias en poderosos («vendere nec vanus circa Palatia fumos» escribe Marcial en uno de sus epigramas, en el que fustiga a Fabiano por traficar con influencias. Y consta que un tal Trinus o Turino “vendía” a los incautos su presunta amistad con el Emperador, pero en cuanto este se enteró, hizo ejecutar al vendehumos asfixiándole…con humo; fumut pereat qui fumus vendit, perezca en humo quien humo vende, es el dicho que se acuñó desde entonces).

Sea como sea, el bullshit o el bullshitting (pues en el flexible idioma inglés existe el sustantivo y el verbo), parece ser algo que forma parte de la atmósfera que respiramos, junto con el oxígeno y el nitrógeno.

En todas partes (y como se ve, ahora también en los concursos televisivos), lo único que importa es la narración, el relato. 

Los hechos no son relevantes en ningún ámbito. La verdad tampoco.

Cuenta solo el cuento.

Los políticos viven de cambiar humo por votos y sus palabras no son más que infumables volutas de charlatanería vacía. 

Los fundadores de las flamantes start ups consiguen millones vendiendo con suma habilidad su humo tecnológico. 

La burocracia administrativa es venta de humo protocolizada. 

La publicidad es creatividad aplicada para convertir el humo en ventas (¡qué bonita la historia que cuenta Rabelais sobre el vendedor del humo del horno de pan al que el comprador paga con el sonido de una moneda!). 

Los hombres de ciencia se especializan en sofisticada venta de humo a fin de publicar una y otra vez sus “papers” y progresar en el escalafón científico. 

Las criptomonedas apenas son apenas algo más que humo, por más que se coticen a más precio que el oro. Quizá también es humo el dinero mismo. O va camino de serlo.

¿Y en el arte?…¡ah! en el arte contemporáneo, en el que ahora han irrumpido esos inconcebibles NFT, apenas ya parece haber otra cosa que venta de humo o incluso venta de nada, como esas asombrosas “esculturas invisibles” de Salvatore Garau, que se venden por decenas de miles de euros, siendo incluso menos que aire o polvo, esto es, no siendo nada.

Pero, no nos engañemos, la venta de humo no es cosa de nuestro tiempo.

Recordemos lo que nos advierte el Qohelet, esto es, que todo viene a ser μάταιος, todo es cosa vacía, cosa inútil y sin sentido…

Ese mataios de la Septuaginta se traduce en La Vulgata indebidamente como vanidad: «Vanitas, vanitatum, et omnia vanitas«, es lo que San Jerónimo pone en boca del Asambleista. Bueno, en realidad, lo que es erróneo o al menos equívoco, es la traducción al castellano del latín “vanitas” como “vanidad”.

Pero sería más exacto traducirlo como venta de humo.

Todo es venta de humo, todo es tomadura de pelo, todo es imperio del relato y hegemonía de los cuentistas.

Bullshit of bullshits, en suma.

La Carretera.

En la Antigua Roma, el aborto no fue nunca propiamente un crimen contra la vida. De hecho, hasta Caracalla, en el siglo III, ni siquiera era un delito. 

Los romanos pensaban que el feto era solo una spes animantis, es decir, una expectativa de alma, de vida humana. 

Papiniano deja dicho que el feto, técnicamente, no debería llamarse hombre (homo non recte dicitur). 

Sin embargo, el hecho de que el aborto no implicase problemas morales o de conciencia, no significaba que pudiese ser llevado a cabo libremente en Roma. Para los romanos, la esposa no podía privar libremente al marido de la descendencia. Hay pruebas de esto. Por ejemplo, sabemos que en tiempos de Marco Aurelio, un tal Rutilio Severo, después de haberse divorciado de su esposa encinta, pide protección jurídica para evitar que ella aborte. Y la consigue. Se obliga a la mujer a ser vigilada permanentemente por un guardián al que se denominaba con el significativo epíteto de “vigilante del vientre” (curator ventris).

Pero los curator ventris no resultaron remedio eficaz ni suficiente para detener la crisis de natalidad del siglo III. Así que con Septimio Severo se inició el proceso de criminalización del aborto. Ahora bien, ni siquiera con las nuevas leyes que castigaban el aborto con el exilio, se configuraba al aborto como transgresión moral. Era más bien algo relacionado con la violación de un derecho del varón, como cualquier otro. Nos lo deja claro Marciano: la pena a la mujer que aborta se aplica porque no debe ni puede “defraudar impunemente al marido de su derecho a la prole”…

Hablo de todo esto con Marta al hilo de las turbadoras noticias que llegan de los ámbitos judiciales de los Estados Unidos, donde parece que se va a retroceder medio siglo en lo relativo al derecho a la interrupción del embarazo. Y no solo eso. Según ciertas opiniones, incluso se va a limitar el acceso a los métodos anticonceptivos. Cuesta creerlo. Asombra el interés de los «neocons» por la natalidad y la familia, mientras sacralizan el libre mercado a ultranza, que acaba despojando de protección a esas mismas familias que dicen defender. ¿De qué extrañarse, si dicen defender a ultranza la vida pero apoyan las armas y la pena de muerte?

Marta me dice que tal como están las cosas en el mundo, el verdadero crimen tal vez no sea impedir el nacimiento, sino no hacerlo.

Entiendo esta idea hiperbólica pero comprensible, tal como van las cosas por el planeta. Sin embargo–le digo a Marta– yo creo que es exactamente todo lo contrario…

–¿Qué quieres decir?

–No se si sabré explicarme. Pero me gustaría referirme a una película que pude ver hace algo así como diez años. Se titulaba La Carretera y estaba basada en una novela de Cormac McCarthy. En ese film, un padre y su hijo de corta edad luchaban por la supervivencia en un mundo convertido en un infierno tras un gran cataclismo. Un mundo calcinado, sin animales, sin plantas, sin océanos, en el que solo habían sobrevivido algunas hordas errantes de humanos, convertidos en bestias egoistas y asesinas, devorándose unos a otros y en perpetua búsqueda de víveres entre los escombros de la civilización.

–¿Y bien?

–Pues que en ese atroz mundo post-apocalíptico que nos describe el film, la relación entre el padre, interpretado por Viggo Mortensen, y el niño, cuidándose y protegiéndose mutuamente, constituye un rayo de luz en medio de las inmensas tinieblas. Yo pienso que esa es la verdadera idea de la novela de McCarthy; en un mundo infernal, el amor de padres e hijos se convierte en lo único que resta de humanidad. Puede que ya no quede policía, ni justicia, ni orden público, ni Estado…pero queda el amor filial entre un padre y un hijo.

–Tiene gracia, empezamos hablando del derecho interrumpir el embarazo y has terminado haciendo un elogio de la paternidad.

–Suele ocurrir. Los asuntos morales son a menudo como una carretera. No pocas veces se puede transitar por ellos en direcciones opuestas. Y quizá se debe hacerlo.