Sabio

Oigo en la radio, mientras desayuno, que el mandamás que sufrimos ha emprendido un viaje vacacional al Imperio y, al parecer, allí ha dicho que desea pasar a la Historia “por mi labor contra la pandemia…” (sic).

Es una notable declaración. Casi se me atraganta la tostada. Es frase que expresa un deseo fácilmente validable, aunque tal vez no en la forma y sentido que el preboste querría.

Quien sabe, pienso: Sánchez I el Vacunador, o Sánchez I el Loimofobo. O Sánchez I el Antigénico. ¿Todo es posible?

Sí que puede ser. Porque en realidad, el alias de los diferentes monarcas de nuestra historia no siempre hace justicia a quienes lo han acabado llevando. En absoluto.

Fernando VII fue “El Deseado“, siendo así que resultó ser el monarca más indeseable, felón e infame que ha pasado por estas tierras.

Felipe IV fue llamado “El Grande” o “Rey Planeta“, pese que durante su ejecutoria, el inmenso reino que heredó no dejó de empequeñecerse día tras día y en casi todos los sentidos.

Y lo mismo podría decirse de Alfonso X el Sabio, a quien por sus hechos mas propiamente deberíamos conocer como Alfonso X el Majadero. Tal vez merezca la pena repasar un poco su ejecutoria para comprenderlo. Si mi esforzado lector tiene hoy gusto de un poco de historia, le animo a que siga leyendo. Pero reconozco que hay cosas mejores que hacer.

Veamos. Al comenzar su reinado, tras la coronación en 1254 en Toledo, y dada la ruina del país por causa de la costosísima campaña sevillana de su padre Fernando, más tarde elevado a los altares, Alfonso X comprobó que era muy difícil recaudar los ingentes impuestos que necesitaba para llevar a cabo su fantasía de convertirse en Emperador de Europa, a lo que juzgaba tener pleno derecho por ser su madre prima del Emperador Federico II y por sus antepasados godos.

Así que a este rey memo no se le ocurrió otra cosa que empezar por acuñar cuanta moneda fuera posible, de mínimo valor intrínseco, para iniciar así su campaña de promoción personal en Europa. La devaluación subsiguiente provocó una inflación galopante y, entonces, para evitar la carestía, ordenó un control estricto de los precios de los alimentos. Naturalmente, esto provocó que los comerciantes escondiesen los géneros y que surgiese por todas partes el mercado negro.

Furioso ante esta natural reacción, este monarca de ínfulas imperiales decidió promulgar leyes de austeridad, que fueron objeto de mofa por parte del paisanaje. Más aún, para recuperar algo de la fiscalidad, incautó las herencias de los hermanos para con hermanos, entre otros atropellos a la elemental justicia e ignominiosos desafueros.

Pese al absoluto caos al que llevó al país, este monarca incompetente se sentía muy orgulloso por su control de buena parte de la península ibérica (Granada le pagaba tributos e incluso poseía el Algarve en usufructo). Decía no tener a nadie por encima de él en términos de poder temporal en la Tierra y se autoproclamó vicario de Dios en este mundo. Tal cual.

En coherencia con esta autoproclamación, y para congraciarse con Roma, puso en marcha un costoso programa de expansión territorial hacia las tierras infieles del norte de Africa, invirtiendo una fortuna en naves y tripulaciones genovesas (lo que fue propiamente el punto de partida de una triste rivalidad secular marítima entre Castilla y Cataluña). 

También, como correspondía a un candidato a emperador, decidió llevar una vida de máximo lujo y pompa, como demostró en el gran bodorrio de su hijo Fernando con Blanca de Francia, en Burgos. La gente se escandalizó y enfureció con esos dispendios, que se producían al mismo tiempo que se ordenaba un nuevo impuesto sobre el ganado y se intentaba aplicar, a sangre y fuego, las dichosas leyes de austeridad.

Pero este monarca no solo extorsionó y soliviantó al pueblo llano, sino que también se enfrentó con las ciudades y con la pequeña nobleza. Lo hizo, por ejemplo, al apropiarse por las buenas del montazgo, o impuesto local por el paso de rebaños (fuente clave de ingresos de los pueblos y de los pequeños propietarios). Tuvo pues la suprema habilidad de hacerse odiar por todos: nobles, obispos y concejos. Un hacha.

Decidió huir hacia adelante y un mal día viajó a Lyon en la idea de que iba a ser coronado allí Emperador por el Papá. Nada más lejos de la realidad. Fue burlado. Ni Papa ni corona imperial encontró Alfonso en la ciudad francesa, y ese fracaso sirvió de señal del comienzo de muchas y diversas hostilidades en su contra, que trajeron la desdicha al Reino.

Tuvo que regresar apresuradamente de Lyon, “molt ayrat e malaut” como dejó dicho el cronista Muntaner. Porque aprovechando el inmenso fiasco y ridículo real de Lyon y su larga ausencia, no solo los mudéjares se alzaron en armas por todas partes, sino que su propio hijo Sancho conspiró para proclamarse unilateralmente monarca de Castilla, con el apoyo de Aragón y de su tío Don Fadrique, al que, furioso, el rey, su hermano, ordenó ejecutar cruelmente en Burgos (1277) tras acusarle de homosexualidad.

Entre tanta desazón, su esposa, Violante de Aragón, lo abandonó, al tiempo que llegaba a España un legado Papal para apercibirle del enfado generalizado del clero castellano. El desastre era general.

En 1282, las Cortes de Valladolid despojaron a Alfonso de la corona. Pero el malhadado monarca se negó a ser depuesto y decidió pedir ayuda al caudillo benimerín Abu Yusuf para defender su posición. Con ayuda de estos musulmanes reconquistó Córdoba y maldijo y desheredó a su hijo, recuperando por breve tiempo el trono de Castilla, para fallecer en 1284, no sin antes dejar un testamento que era una bomba de relojería, pues consagraba los derechos de su nieto Alfonso de la Cerda para heredar el reino de Castilla. Esta disposición anunciaba un enfrentamiento inminente entre dicho nieto y el desheredado hijo Sancho, con mayor derecho. Así ocurrió, y el conflicto, de carambola, acabaría provocando una guerra entre Aragón y Castilla, dando paso a un siglo entero (el XIV) de hegemonía en la península de Aragón/Cataluña, cuyos monarcas capitalizaron lo mucho logrado por el muy hábil y muy longevo Jaime I el Conquistador, verdadera antítesis de su contemporáneo Alfonso X, al que deberíamos llamar el Insensato.

Así que esta fue en grandes rasgos, la lamentable trayectoria de un rey que no escribió por sí mismo un solo libro y que muy pocos debió leer, y que ha pasado a la historia como “Sabio”, sin duda por su promoción de la Escuela de Traductores de Toledo, que fue una iniciativa orientada más bien a la propaganda y el prestigio, y que no era sino la imitación de la ingente labor cultural que venía haciendo en Sicilia Federico II Hohenstaufen, quien por ello, en su caso y con toda razón, fue llamado “Stupor Mundi“.

Sabio” ha quedado pues como apelativo el de un monarca que arruinó a su pueblo con sus locas y costosísimas fantasías imperiales y que dejó a Castilla como subsidiaria de Cataluña/Aragon por más de cien años.

Siendo esto así, el apelativo con el que pase a la historia el actual preboste puede ser cualquiera.

Incluso puede ser también “Sabio“.

Dardos y agujas.

Al hilo de mi comentario de anteayer sobre la relación entre felicidad y magia, me dice Marta que algo de razón debo tener, pues el amor, ese componente clave de la felicidad, también parece cosa de magia…

Eso está bien visto, le contesto. Y ya que me da pie, de forma irresponsable, prosigo diciéndole que el amor puede ser en efecto, la cosa más relacionada con la magia. 

–¿Por qué lo dices?

–Se podrían dar muchos argumentos, pero a mí me gusta mencionar al respecto el hecho de que la mitología grecolatina nos presente a Cupido creando pasiones amorosas mediante las flechas que lanza. Y por cierto que seguimos diciendo flechazo para referirnos al enamoramiento súbito (pleonasmo, pues no suele haber enamoramiento paulatino).

–¿Y qué tienen de especial las flechas?

Pues la clave es justamente la magia, que está asociada desde tiempo inmemorial a las agujas, a los pinchazos. El dardo que clava Cupido para provocar ardor amoroso es el reverso oscuro de las agujas que usa, también desde tiempo inmemorarial, la magia negra. 

El hombre primitivo, ve en las agujas la herramienta perfecta para penetrar en el alma del prójimo y dominarla. Y esta es una forma de pensar que según parece comparten plenamente esos chiflados peligrosos de nuestro tiempo, que están convencidos de que las vacunas son una conspiración global, mira qué poco cambiamos.

Además–le sigo diciendo a Marta, que se está riendo ahora por mi observación sobre los majaderos antivax– recuerda que Cupido lleva en su carcaj dos tipos de dardos, los de punta de oro y los de punta de plomo. Con estos últimos, el divino niño arquero podía provocar no el amor, sino el disgusto y el rechazo. Dafne huye de Apolo por el dardo de plomo que ha recibido.

Y por cierto que la asociación entre los dardos y el amor proviene de la madre de Cupido, es decir, de Afrodita, diosa del amor, y experta en toda clase de filtros, hechizos y amarres, como el dardo que enloqueció a Medea por Jasón. Afrodita Cyprogeneia es a quien Píndaro denomina en sus odas “πότνια δ‘ ὀξυτάτων βελέων Κυπρογένεια”, es decir “señora de los velocísimos/agudísimos dardos” (Pítica Cuarta, 213). De hecho, en sus odas, el poeta griego menciona una amplia gama de dardos divinos con muy diferentes usos; dardos para crear odio, dardos para crear codicia, dardos para embelesar las armas…Había dardos pinchazos para todo. Gran variedad.

Sí. Sin la menor duda; el amor es uno de los ámbitos más propios y genuinos de la magia, si no el que mas. Y lo es porque, al igual que los de la felicidad, los mecanismos del amor se nos escapan; no parecen responder a reglas previsibles o racionales. Y allí donde la razón no tiene cabida, surge inmediatamente la necesidad del pensamiento mágico o supersticioso. Estamos hechos así.

–Es divertida tu explicación sobre los dardos de Cupido. No había caído en ello. Pero, ya que estamos ¿por qué narices tiene que ser Cupido un niño y no un dios hecho y derecho?

–Ah, ese es un tema discutido. Podríamos recurrir a Homero, que nos dice que el amor roba el sentido incluso a los hombres más sabios, y los hace niños.

O podemos releer a Shakespeare en el Sueño de una Noche de Verano, donde Helena nos dice que Cupido se pinta como un niño porque…solo a los enamorados y a los niños es muy fácil engañar.

–Me quedo con la explicación de Homero.

–Yo con ambas.

Ajedrez.

Tengo entendido que hoy es el Día Mundial del Ajedrez. Me parece muy bien.

El hecho es que para mí, todos los días son días del ajedrez, porque juego mucho. A diario y en el ordenador. Partidas muy rápidas, en tiempo real, con desconocidos de todo el mundo. Cada vez juego más y cada vez escribo menos.

–Y por qué juegas tanto al ajedrez? 

–Pues por la misma razón que tú disfrutas leyendo una buena novela o un gran poema. Porque en un tablero de ajedrez se producen más aventuras que en todos los mares del mundo…

–Esa frase no es tuya. 

–En efecto. La frase pertenece a Pierre Mac Orlan, el mandamás (con el bonito título de “Sátrapa“) de esa inolvidable agrupación de talentos provocadores autodenominada Colegio de Patafísica, de la que eran miembros de número nada menos que Queneau, Boris Vian, Jean Genet, Ionesco, Umberto Eco y Fernando Arrabal (este último buen jugador y gran erudito del juego ciencia).

Todos los literatos que acabo de mencionar eran ajedrecistas competentes. Y no pocas veces incluían al ajedrez en las tramas que fabulaban. 

Hay muchos premios Nóbel de Literatura que han llevado el ajedrez a su vida y a sus obras: Hauptman, Anatole France, Yeats, Isaac Bashevis Singer, Eugene O’Neill, Kipling, Thomas Mann, Canetti, Becket…

Samuel Becket escribió una novela ambientada en un hospital psiquiátrico en el que los enfermeros y los pacientes se enfrentan en el tablero (la títuló Murphy, como aquel prodigio norteamericano del ajedrez decimonónico, al que los trebejos condujeron a la demencia precoz). También Becket fue el autor del drama teatral denominado Final de Partida que no es sino una alegoría del afán de dominio y control que intoxica al mundo.

Canetti nos mostró en su Auto da Fe a un extraño personaje que fantaseaba con ser campeón del mundo del ajedrez y que, mira por dónde, se llamaba Fischerle (todo un caso de anticipación, pues Auto da Fe fue publicada ocho años antes de que naciese Bobby Fischer)

Para abonar mi tesis, en el sentido de que el ajedrez es una variante concentrada o un alcaloide de la buena literatura no quiero quedarme con la mención de ese puñado de ilustres laureados. Resalto que nada menos que Nabokov y Borges, los dos genios más injustamente preteridos por la  Academia Sueca, crearon también obras maestras en torno al ajedrez, como La Defensa Luzhin, del sublime ruso políglota o como aquel perfecto soneto en el que el coloso argentino convierte al ajedrez en la mas bella metáfora de la vida humana y su finitud.

Y por qué no evocar también a Woody Allen, que en un hilarante cuento cómico nos describe una kafkiana partida por correspondencia en la que cada uno de los dos jugadores pretende imponer sus propias reglas al duelo: toda una brillante glosa de la incapacidad de los humanos para dialogar y entenderse. Insuperable.

Sí. Efectivamente, se producen más aventuras en un tablero de ajedrez que en todos los mares del mundo. Tenía razón Mac Orlan, porque cada buena partida es una gran historia; un relato fascinante de pasión, lucha, ambición y crueldad.

–Claro. Y que siempre acaba en tragedia. 

–Pero sin derramar una gota de sangre.

Superpoderes.

¿Se puede ser lúcido  y al mismo tiempo ser feliz?

Jardiel decía que hay dos formas de ser dichoso en la vida. Una es ser imbécil. Y otra es hacérselo. 

Yo tengo dudas sobre la segunda vía. Creo que no siempre funciona.

Hay muchos pensadores que han visto en la razón no solo algo innecesario para alcanzar la felicidad (así pensaba Kant) sino algo que en realidad la obstaculiza. 

Gramsci verbalizaba esta idea de recalcitrante cenizo con eso tan manido del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, que en realidad no es sino una forma ingeniosa de decir que lo razonable es ver el vaso camino de quedarse vacío, por más que nos empeñemos en soñar que rebosará dentro de poco.

En realidad, puede que Kant tuviese razón. La felicidad es cuestión de instinto, de imaginación, de suerte en suma. Los antiguos también pensaban así. Que no se atreviese un mortal a buscar la felicidad por medio de su razón, talento o poderes. Tarde o temprano, los dioses castigaban su soberbia. La felicidad duradera solo podía llegar por otros conductos. Conductos más bien mágicos.

Mozart le decía a Bullinger: “sin algo de magia no me va a llegar la felicidad“. Y Kafka pensaba que la felicidad solo le llega a uno si uno acierta a llamarla por su nombre mágico y secreto.

Es decir, necesitamos una dosis de magia para invocar con éxito a la dicha. Sin magia, ni la vida ni la felicidad nos es dada.

Lo malo es que la magia la perdemos en cuanto nos hacemos mayores. Mi querida Violeta, con sus 11 años llenos de fantasía e inteligencia, bromea conmigo sobre nuestros respectivos superpoderes. Ella me dice que yo tengo el superpoder de convencer a su madre de que la permita quedarse a merendar en casa, viendo otra película de Disney. Yo le digo que ella tiene el superpoder de convencerme a mí de lo mismo. 

Pero estos superpoderes no son muy relevantes, la verdad.

En realidad, reconozcámoslo, no tenemos ni verdadera magia ni genuinos superpoderes. No somos como los personajes de Los Increibles.

Y sin superpoderes o magia no es fácil conseguir la felicidad.

Sobre este punto pensó Benjamin. Dejó dicho que la primera experiencia de la desdicha, el primer adiós a la felicidad de la vida es la comprobación por parte del niño de que no hay magia en el mundo, de que los adultos no tienen superpoderes. 

He ahí la primera frustración de nuestra existencia. Tomamos conciencia de que no podemos volar. De que no podemos mover objetos con la mirada. De que no tenemos magia a mano. 

Y sin embargo, necesitamos desesperadamente esa magia y esos superpoderes para ser felices. Con la razón no nos basta. 

De hecho, en buena medida, nos sobra.

Draco dormiens.

He sabido que el Museo del Louvre va a sustituir la numeración romana que actualmente identifica a las salas por simples números arábigos.

Y anteayer me enteré de que Bergoglio ha desterrado la misa en latín con el sacerdote de espaldas, tan querida por los integristas de la fé católica.

Yo lo siento. Obviamente solo por el latín, esa vieja lengua viva por la que tengo notable debilidad (afecto no correspondido, pues nunca he conseguido traducir latín de corrido y mucho menos a los clásicos).

Pero pese al motu proprio de Francisco con respecto a la misa en ese idioma que según Pio XII era la lengua universal e inmutable de la Iglesia Católica ocurrirá como con tantas otras cosas. Se irá, pero quedará su huella.

Después de todo, son muchas las palabras y expresiones de uso común cuyo origen nos remonta a la misa latina y que subsistirán, diga lo que diga el Pontífice.

Por ejemplo, seguiremos diciendo “sursum corda” para referirnos a algo o alguien de extrema importancia y poder, que ni siquiera por esa importancia y poder nos va a hacer de menos. Y lo diremos tal vez sin caer en la cuenta que eso de “sursum corda” es una expresión de la llamada plegaria eucarística de la misa latina, cuando el sacerdote invita a los fieles a animarse, a levantar los corazones.

También proviene de la misa latina la expresión “mea culpa“, que deberíamos usar más a menudo. O el gracioso giro idiomático “perder el oremus“, con el que significamos el desvío irracional de lo esencial y de lo que importa, y en el que usamos la palabra que pronuncia el cura en la misa–oremus– para invitar a la oración.

Naturalmente, el saecula seculorum, para indicar hiperbólicamente lo muy duradero, también proviene de la misa latina, así como el término “miserere” (ten misericordia) para referirse al doloroso cólico derivado de la apendicitis aguda que conducía a menudo a la muerte, antes del descubrimiento de los antibióticos (de un cólico miserere murió Rodolfo Valentino, por cierto). Aleluya y hosana son también palabras que figuran en la liturgia latina. Y “memento“, que según la RAE es sinónimo formal en castellano de “recuerdo“. 

Me atrevería a asegurar que la marca de automóviles “Audi”, toma la palabra del imperativo que se dice en la misa: “¡óyenos! (“te rogamus, audi nos“). Tengo entendido que el creador de estos coches, el ingeniero teutón August Horch, consideró inicialmente llamarles  “horch” (escucha, en alemán), pero prefirió decir lo mismo en latín, dando forma así a una marca más sonora que por añadidura acaba también siendo acrónimo de Auto Union Deutsch Industrie. Esto no tiene nada de extraordinario: hay varios nombres más de coches con resonancias latinas, como Volvo, que es “ruedo” en latín, o Fiat, que significa “hágase” (y no deja de ser llamativa la frecuencia con la que se denominan modelos de diferentes marcas de automóviles con palabras pertenecientes a la cultura latina: Corolla, Prius, Fabia, Supra, Octavia, Flaminia, Aurelia, Fulvia, Focus, Argenta, Senator, Aprilia, Felicia, Horizon…debe haber alguna razón para esta preferencia)

Y, en fin, la estupenda expresión “hocus pocus”, que me parece solo usan los anglosajones para referirse a un artificio verbal grandilocuente y un tanto críptico, pero engañoso, se deriva también, muy macarrónicamente, de las palabras que pronuncia el sacerdote en el momento más solemne de la celebración litúrgica: “hoc est enim corpus meum” (este pues es mi cuerpo).

En fin, perdemos la misa en latín, pero siempre nos quedará Harry Potter, con el extenso vocabulario latino que aparece en sus libros.  

Por ejemplo, “¡impedimenta!”, que es lo que ha de decir un mago que se precie cuando desea frenar algo indeseable. 

O “¡reparo!”, que es lo oportuno para arreglar algo como por arte de magia. 

O, mi latinismo potteriano favorito, “impervious“, que en latín significa lo que no deja pasar algo, lo in-pervius, es decir, lo impermeable, y que usan los magos expertos para hacer que las gafas no se empañen con la lluvia (deberíamos usar también ¡impervious! en estos tiempos de mascarillas y gafas enturbiadas por el vaho).

Todo Harry Potter está imbuido de latinismos, bastante correctos, por añadidura. De hecho, en el escudo de armas de Hogwart leemos “Draco dormiens nunquam titillandus“. Es una correctísima frase latina que, mira por dónde, me recuerda que hoy es la efemérides del comienzo de la contienda contienda civil que estalló hace justo 85 años y de la que tal vez no hemos aprendido lo suficiente. 

¿Por qué digo esto? ¿Desvarío? ¿Es esto el colmo de mi patológica manía por mezclar y confundir todo en una olla podrida de ocurrencias? ¿He perdido el “oremus”?

Pues ocurre que Sánchez Albornoz escribió hace años algo muy cierto, a saber, que existe en lo español una especie de deposito permanente de violencia que puede encenderse en el momento más inesperado, si no nos empeñamos racionalmente en evitarlo.  

Y esto viene al caso de lo que significa el lema latino del mencionado escudo potteriano: “no conviene despertar jamás a un dragón que duerme”.

Tal vez las verdades parecen más verdades si se dicen en latín. Amén.

मुदिता

Es bien sabido que la palabra del idioma alemán “Schadenfreude“, se ha universalizado para definir esa morbosa alegría por el mal ajeno que siente quien ha eludido un mal similar. 

El concepto se remonta a Lucrecio, quien, en unos versos de De Rerum Natura, describe la emoción de alguien que, desde la seguridad de la tierra firme, encuentra cierto placer contemplando cómo naufraga un barco en medio de los arrecifes.

Ayer tarde, visité la casa de una amiga, que ella ha levantado y embellecido casi con sus propias manos, en un paradisíaco rincón del Guadarrama cuyas vistas a las cumbres de Gredos nutren por sí mismas el alma.

Mientras ella me guiaba por su magnífica casa y su huerta, pensé en el hecho curioso de que no existe el antónimo de “Schadenfreude“, es decir, no hay palabra para describir con precisión el gozo que debería uno sentir al ver la dicha del otro. Una dicha como la que se podía percibir cuando mi amiga hablaba, con comprensible orgullo, de su hogar y su familia.

No. 

No tenemos a mano, al menos no en los idiomas que nos son más cercanos, nada que pueda parecerse a un opuesto de “Schadenfreude“. 

Quien sabe si esto será porque, cuando el animal humano contempla la fortuna de un semejante, el furor de la envidia, ese triste vicio que lleva consigo su propio castigo, tiende a sobreponerse a sentimientos mejores.

Tendríamos que acudir, para el antónimo, a una lengua como el pali, la variante sagrada del sánscrito clásico, usada por los primeros budistas.

Hay quien sostiene que en pali, existe y se usa la palabra “mudita“, para definir justamente el reverso luminoso del contento por el mal ajeno.

Da qué pensar que tengamos que recurrir a un idioma tan remoto, limitado y exclusivo como el pali para solucionar esta carencia de palabra, 

Pero yo no creo que “mudita” acabe siendo un término tan universal como “Schadenfreude“. 

No. No lo creo.

Porque algo me dice que la ausencia de la palabra no suele ser sino el forzoso trasunto de la ausencia de la cosa misma. 

O al menos de su rareza.

Lo luciferino.

Ayer escribí un largo texto en el que mencioné el Principio de Lucifer, esa oscura, escandalosa y posiblemente acertada hipótesis de Harold Bloom sobre el terrible motor que en muchos sentidos parece impulsar el llamado progreso humano. 

Tras escribir, salí a dar un paseo y me vino a la memoria que Bloom, en las primeras páginas de su libro hace referencia a una peculiaridad clave de los humanos adolescentes, esto es, una rebeldía que en no pocas ocasiones se tiñe de violencia luciferina. 

Bloom señala el carácter estructural y universal de esta rebeldía y argumenta que incluso se da en otros primates. En particular, el autor hace referencia a los jóvenes monos langur, que en plena adolescencia, abandonan sus hogares, forman bandas con sus iguales y buscan monos adultos a los que atacar. Cuando los encuentran, los despojan sin más de todo cuanto tienen (poder, prestigio y hembras).

Pensando en esas crueles bandas de langures adolescentes, recuerdo que en la antigua Esparta se daba un comportamiento totalmente similar. La agogé, que era el durísimo entrenamiento para la guerra de los adolescentes espartanos, empezaba a los 15 o 16 años. Y como parte de ese peculiar programa formativo bélico, los adolescentes debían pasar por un período de aislamiento, vagando por los campos en busca de algún infeliz granjero o campesino mesenio al que debían, sin dar explicaciones, asesinar. Solo tras acabar con el infortunado ilota, los adolescentes podían regresar a la ciudad y continuar su entrenamiento militar. 

Este tipo de ritos iniciáticos de paso, protagonizados por adolescentes airados, se da en muchas culturas, bajo diferentes formas. 

Por ejemplo, tradicionalmente, los adolescentes masai, llegado cierto momento, debían abandonar sus hogares y pasar días o semanas por los campos, en grupos de tres o cuatro compañeros, en busca de un león al que matar a lanzadas. Solo entonces podían retornar a la boma y proseguir su formación para convertirse en verdaderos guerreros masai, en “morans“. 

Y cómo no mencionar al respecto el fenómeno de las bandas urbanas de nuestro tiempo, con sus ritos sangrientos, que en muchos casos no se quedan a la zaga de la ἀγωγή espartana. Ayer se supo una tristísima noticia al respecto, sobre un brutal crimen en las calles de Madrid.

Adolescentes sanguinarios de Lacedemonia, masais africanos en busca de fieras a las que matar, monos langures juveniles, bandas urbanas de las metrópolis occidentales…Todo ello nos habla de ese principio luciferino que parece palpitar en el alma primate, y que se empieza a atisbar con nitidez en el conflictivo período de la adolescencia. 

No se si consuela mucho constatar que esa adolescencia, a su vez, es tan destructora como creadora de nuevos valores y que en buena medida es el fenómeno que está detrás de eso que llamamos progreso de la especie, generación tras generación.

Realmente no lo se. Vuelvo a casa un poco melancólico, pedaleando muy despacio, mientras veo al sol de Junio ocultarse lentamente tras las crestas de Peguerinos.

Pobre Diablo.

Me han pedido desde una emisora de radio que intervenga esta noche para hablar nada menos que de “El Diablo”. 

Así que me puesto a reflexionar sobre el tema. Y las líneas que siguen son el resultado. No se pensar sin escribir. Ni siquiera estoy seguro de saber pensar escribiendo. Puede que sean líneas excesivas y me consta que van a dar forma a un post hipertrofiado, pero tal vez a alguno de mis sufridos amigos lectores le parezca interesante el asunto. Así que aquí van.

Empiezo señalando que el ser humano está prediseñado para creer y temer en las fuerzas del mal, del mismo modo que está prediseñado también para creer y confiar en las fuerzas del bien. Estas dos características, cada una de una manera, son claves para entender el fenómeno de la religiosidad monoteista, con sus diferentes componentes clásicos: dios creador, bueno y omnipotente, paraíso, infierno, juicio final, y, por supuesto, demonio.

Ahora bien, lo que merece la pena pensar es por qué surge el demonio como personalización de las fuerzas del mal. 

Cuándo surge. 

Cómo evoluciona su figura. 

Qué papel juega en nuestro tiempo.

Eso es lo que trato de dilucidar en lo que sigue.

Tiene sentido comenzar diciendo que el Demonio, tal como lo entendemos en el Occidente judeocristiano, nace muy tarde, apenas hace un par de milenios.

En el Antiguo Testamento no se describe propiamente a Satanás como lo concebimos desde los comienzos del cristianismo. Los satanes de los que habla la Biblia son por lo general meros funcionarios de Dios, inspectores de la vida de los hombres. Son colaboradores divinos.  Parte del staff celestial. La etimología de la palabra hebrea “satan” indica justamente esta idea de vigilancia, acusación, fiscalización.

En Isaías se habla, ciertamente, de un tal Lucifer, pero no tiene nada que ver con el Diablo, sino que es una referencia del profeta a un malvado rey babilonio que al parecer ascendió muy alto y rápido al poder, para perderlo enseguida, emulando lo que hace en el cielo cada noche la estrella Venus, el lucero del alba. Isaías usa su figura para evocar lo efímero del poder humano.

Solo en los últimos libros del Antiguo Testamento, como Enoc, Jubileos o Job, escritos ya muy cerca del comlenzo de nuestra era, aparece alguna figura llamada Satán que se encarga no ya de vigilar sino de tentar al hombre, de tratar de conducirlo hacia el mal. 

Pero, así y todo, este Satán tentador, no lo olvidemos, sigue actuando a instancias de su “jefe”, Yahvé, que gusta de poner a prueba (peirasmoi) a sus mejores fieles, como Abraham o Job. 

Un paso más hacia la personalización de Satanás lo apreciamos en los manuscritos de Qumram, que en buena medida, definen una regla de vida para los religiosos judíos de estricto cumplimiento. En esos manuscritos, descubiertos en una gruta de las orillas del Mar Muerto hace más de medio siglo, ya empezamos a entrever la siniestra sombra del Maligno tal como lo conocemos. 

En las columnas 3 y 4 de la Regla de la Comunidad de Qumran se nos dice:

“Dios creó al hombre para regir el mundo, pero (como parte de su designio inescrutable) colocó también en su interior dos espíritus para que caminaran con él. El espíritu bondadoso recibe el nombre de espíritu de la verdad y el espíritu malvado se conoce como espíritu de la perversión. El espíritu bondadoso es el principe de la luz, mientras que el malvado es el ángel de las tinieblas.

¿Por qué tarda tanto la religiosidad judía en alumbrar (valga la paradoja) a este Ser de las Sombras del Mar Muerto? Es relativamente sencillo responder. La fe judía se basa en la sólida creencia de un dios supremo, aliado del pueblo elegido, superior a todo y a todos, creador universal que por sus características, hace imposible un pensamiento dual como el de los babilonios y los persas, que conciben un dios bueno (Mazda) al mismo nivel que un dios malvado (Arimán). O incluso la solución ingeniosa del hinduismo, que incorpora atributos buenos y malos en una misma divinidad, como es el caso de Shiva, que lleva en una mano el fuego destructor y en otra el timbal cónico sagrado (damuru, de aquí deriva nuestro sustantivo “tambor”) cuyo ritmo marca el ritmo de la creación y la fecundidad.

Sin embargo, incluso en el contexto del pensamiento clásico hebreo, como hemos visto por los manúscritos del Mar Muerto, se va abriendo camino la necesidad lógica de un Ser Maligno para explicar la indiscutible existencia del Mal en el mundo. No puede haber un dios que a la vez sea omnipotente y bueno a no ser que…a no ser que exista también un Ser Maligno responsable del mucho mal en el mundo (otra solución sería la gnóstica que contempla una colosal jerarquía de Dioses, siendo el que nos ha tocado poco más o menos un Dios menor, de segunda clase, lo que explica los desastres de nuestro mundo…) 

Esa vía del Ser Maligno que emerge al término de los libros bíblicos, es decir, de un ser más o menos simétrico a Dios, se hace mucho mas ancha con la aparición del cristianismo. 

En el Nuevo Testamento ya vemos a Satanás convertido en super estrella. Ya no se habla en esos Evangelios de serviciales satanes, como en el Pentateuco, sino de Satanás con mayúscula, es decir, de un personaje que se atreve a tentar al mismo Jesús y al que se culpabiliza, de muchas cosas, desde la enfermedad de un leproso o de una artrítica hasta la traición final de Judas Iscariote.

Junto con esta combinación de elementos (judaismo finisecular y evangelios canónicos) encontramos el colosal edificio doctrinal de san Pablo, a través de sus diferentes epístolas, que en conjunto constituyen la verdadera “invención” del cristianismo. En esas epístolas, Satanás es ya un gran protagonista, listo para ser envuelto en toda su maligna majestad, lo que será una tarea que realizarán cumplidamente los primeros Padres de la Iglesia, comenzando por san Ireneo o San Jerónimo (el exitoso creador de “Lucifer”) y terminando por San Agustín.

San Pablo, al igual que San Pedro (según se nos cuenta en Hechos de los Apóstoles) no duda en utilizar la nueva figura de Satanás, el Maligno, el Mentiroso, el Embaucador, para pedir el castigo a los cristianos díscolos de las “asambleas” o “iglesias” que configuraban esa especie de secta cerrada que fue el cristianismo primitivo. “Arrojad a Satanás a esos desobedientes“, dice San Pablo una y otra vez. Y lo mismo dice San Pedro, como en ese terrible episodio de Ananías y su mujer Safira, relatado en Hechos, que han sido obligados a vender sus tierras para donar el importe a su grupo cristiano pero, habiéndose quedado con una parte de su importe, reciben una brutal reprimenda de San Pedro “por haber dejado que Satanás se haya adueñado de su corazón“. Ananías y Safira caerán fulminados seguidamente tras escuchar la terrible bronca del primer Pontífice. Deberían llamar “Ananías” o “Safira” a la próxima operación policial contra la corrupción de los altos cargos…

Hablando en serio: la clave del boom de Satanás entre el cristianismo primitivo es doble. Por un lado, es preciso imbuir terror y miedo al infierno en los primeros creyentes, para evitar las desviaciones ideológicas y la disolución de la secta. Para esto, viene de perlas la figura de El Maligno. Por otro lado, la idea de un Satanás poderoso es la que ayuda a explicar las terribles persecuciones y los martirios de los primeros cristianos, así como a justificar el mal resultado “social” que a menudo produce la fe cristiana, que a menudo conduce a sus seguidores a la pobreza y a la indefensión. No rinde mucho, francamente, poner la otra mejilla cuando te han golpeado en una. Ser pobre no es una bicoca.

A partir de aquí la figura de Satanás no para de crecer, de enriquecerse. Lo hace especialmente durante el medievo, saliendo a escena de continuo, mezclándose con la magia, la hechicería, la brujería, hasta convertirse en un topos central de la cultura occidental, con caracteres descritos magistralmente por genios de la narración como Dante, Tirso de Molina, Calderón o Goethe.

Pero hay una nueva transformación de Satanás que tiene lugar a partir de la Revolución Francesa y la subsiguiente crisis profunda del poder social de la Iglesia. El Satanás del siglo XIX ya no es un elemento instrumental de la fe cristiana, sino que adquiere vida propia. En esos años post revolucionarios, en los que además la Ciencia ha dado un paso hacia lo inexplicable e invisible (como la electricidad o los rayos X, por ejemplo) es cuando aparece el ocultismo, el saber esotérico, tipos como Eliphas Levi, entidades como la Sociedad Teosófica, movimientos populares como el Espiritismo… Es en ese Siglo de las Luces, paradójicamente, cuando encuentra su mejor acogida el Señor de las Tinieblas. O quizá no es tan paradójico, porque una cosa puede llevar a la otra.

Más aún, tras el satanismo literario decimonónico, ese satanismo romántico de Allan Poe, de Stevenson, de Melville, de Baudelaire, incluso del de Becker, todo está dispuesto para que en el siglo XX se capitalice esta eclosión y surjan personajes siniestros y astutos, ávidos de dinero y poder, como Sandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán en San Francisco, o Aleister Crowley, el espabilado creador de la secta satánica de Telema, ambos pícaros truhanes y hábiles explotadores de esa cierta seducción por el mal, la rebeldía y la transgresión que se diría es inherente a la naturaleza humana. 

Y con todo esto llegamos a nuestro tiempo, en el que Satanás ya entra incluso por derecho propio en la cultura pop, gracias a la literatura, al cine, o, por supuesto, a la música, con el heavy metal y sus cacofónicos acordes, con esas satánicas majestades, como se denomina a los Rolling Stones, y con muchos otros grupos y organizaciones que juegan, tal vez irresponsablemente, con la idea de la “simpatía” por el Señor de las Tinieblas. Hasta en las tiendas de juguetes se venden “ouijas”, que según los que saben de esto, resultan ser una divertida (!) puerta hacia el mundo de los espíritus y del Maligno.

¿Y que ha sido entretanto del Satanás del cristianismo? Pues subsiste, evidentemente. ¡Y con qué fuerza! El actual pontífice, el Papa Francisco, ha expresado decenas de veces la existencia  del diablo. “El diablo no es solo un cuento de ancianas“, dice Bergoglio, “existe y es nuestro mayor enemigo“.

Se trata a toda costa de evitar que se pierda la fe en Satanás, tal vez por las mismas razones por las que en el cristianismo primitivo se intentó construir esa misma fe ciega en el Maligno, es decir, por el mal momento que vive la Iglesia, por su indudable decadencia, por su debilidad, por su pérdida de influencia social. Sin olvidar circunstancias como la actual pandemia, que desde ámbitos de religiosidad fanática tiende a verse como un castigo de Dios. Lo que a su vez nos lleva a mencionar esas tristes organizaciones de cristianismo integrista, como la célebre Quannon, que sostiene la existencia de una especie de conspiración satánica y caníbal en la que estarían todos los grandes líderes políticos del mundo, excepto Trump, por supuesto, y tal vez el tristemente célebre premier húngaro Viktor Orván.

El mejor truco del Demonio es hacernos creer que no existe“, nos indican los sacerdotes y los partidarios de esa conspiración universal, haciéndose eco, irónicamente y quizá sin saberlo, de una frase cuya autoría pertenece a un maldito redomado como Baudelaire, amante de las flores del mal.

Según datos de la Iglesia Católica, la posesión diabólica ha crecido exponencialmente en los úlitmos años. En Estados Unidos hay 50 exorcistas católicos en activo. Y con mucho trabajo, al parecer. En 18 de las 69 diócesis españolas hay un exorcista oficial. En Italia, más de medio millón de personas acuden cada año a un exorcista porque consideran que están poseídas por el demonio. Un cardenal italiano, que además es exorcista oficial, informa de que cada día realiza cuatro o cinco exorcismos…¡con el teléfono móvil!

Cuanto más católica o creyente es una comunidad, más se da en ella la posesión diabólica. La fe del carbonero lleva a menudo a la posesión. Todo místico es un endemoniado en potencia. Esto puede parecer paradójico pero no lo es. Entre el éxtasis de ese místico y la posesión diabólica il n’ya qu’un pas. Los mismos mecanismos que llevan al fanatismo religioso son los que llevan también a la vulnerabilidad frente a la idea de que Satán ha entrado en el cuerpo.

Quien cree a ciegas en Dios y en su papel activo en el mundo, está también expuesto a creer a ciegas también en el diablo y su papel activo en el mundo y en él mismo.

Porque además, en relación con este boom de la posesión diabólica entre los creyentes católicos, se puede mencionar el hecho de que el rito del bautismo es un verdadero ritual de exorcismo. Esto es así desde el punto de vista canónico estricto. El sacerdote, al bautizar, está exorcizando al bebé. Le da el soplito mágico y la pulverización de líquido que nos es tan familiar por los documentales sobre el vudú. Y este caracter exorcista del bautismo lo deja claro el catecismo vigente de la Iglesia Católica que, en su capítulo IV, artículo 1673, indica “en forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del bautismo“.

Así que, por lo tanto, habiendo sido muchos de nosotros, incluido el que esto escribe, sometidos a un forzado exorcismo en el momento de entrar en el mundo, cabe indicar cuál es la posición personal respecto a la figura de Satán o incluso el satanismo.

Yo empezaría diciendo que, como dicen un refrán gallego “Deus é bo, mais o demo non é malo”.

Puedo suscribir esta idea, pero, entiéndaseme bien, esto no implica necesariamente que yo esté convencido de la realidad de alguna de esas dos hipóstasis…

Lo que estoy queriendo decir es que en cierto modo, en la existencia humana se da lo que Harold Bloom llamó el Principio de Lucifer, es decir, un arraigado e indomable impulso violento, competitivo y de dominación en cada individuo y en cada grupo. Un impulso que, curiosamente, como Bloom demuestra, puede producir efectos positivos en el desarrollo global de las organizaciones y de la especie humana. Esto puede ser triste, pero hay que reconocerlo. Experimentos psicológicos como los de Miligram o Zimbardo han demostrado también lo profundamente que está inscrita en el alma del hombre la capacidad de ser “malo” o de cometer maldades, cuando el sistema y la colectividad así lo exigen. He escrito sobre esto recientemente.

Así que sí, en este sentido, “o demo no é malo“. O no es totalmente malo.

Pero lo es, y mucho, en todos los demás sentidos. 

El temor de Satanás hace al hombre más indefenso frente a la manipulación y la opresión. 

El panico hacia el Diablo hace la vida más triste y más oscura.

Y lo contrario, esto es, la adoración de Satanás, o bien es pura moda y postureo superficial, o, siendo una actitud sincera, no solo es una odiosa concepción del mundo que a menudo conduce a los más abyectos crímenes sino que es una profunda contradicción lógica.

El seguidor de Satán no puede esperar recompensa o ventaja alguna por su fe en el Maligno, pues esa recompensa o ventaja para el feligrés leal formaría parte de los valores morales positivos, algo que se compadece muy poco con la “malignidad” del ser al que se venera.

El seguidor de Satán es, propiamente, un imbécil.

En suma, para concluir esta larga (y tal vez tediosa) reflexión sobre ese pobre diablo creado por lo peor de la fantasía humana al que podemos llamar Satanás, Bellzebú, Beliar, Arimán o de mil maneras distintas más, no me queda otra cosa que gritar con Goethe:

¡fuera, idos, que ya hemos amanecido! 

Y terminar con el bonito lema que se me ocurre en estos momentos: ¡al infierno con el demonio!

Lo absoluto.

Mientras subimos hacia el castillo de Mataespesa, no se por qué, tal vez en relación con la tecnología gps que nos guiaba, le menciono a Diego, la teoría de la Relatividad. Me atrevo a decirle que, para empezar, el nombre es equívoco. Debería llamarse Teoría de la Absolutez.

–¿Por qué?

–Porque el viaje intelectual de Einstein tuvo como punto de partida la búsqueda de una determinación absoluta de los eventos, constatando que desde el punto de vista de la física newtoniana no era posible definir unívocamente y para varios observadores un punto en el espacio o un instante en el tiempo. 

–¿Ah no?

–Yo tengo mi tiempo. Tú tienes el tuyo. Y nuestros tiempos se modifican con nuestras velocidades relativas. Nuestros relojes funcionan de distinta manera. Ya hablamos de esto el otro día. Y es fácil demostrarlo. Por otro lado, yo no puedo decirte exactamente dónde estoy a no ser que definamos un cierto marco de referencia, que será completamente relativo o convencional. No hay tal cosa como un marco de referencia único y común a todos los observadores del Universo.

–¿Entonces?

–Pues Einstein llegó a la conclusión de que, ante este relativismo, deberíamos ampliar nuestra noción de la realidad añadiendo una cuarta dimensión, incorporando el tiempo a las tres que ya intuimos. Es decir, Einstein nos sugiere que no pensemos en cosas o eventos en el tiempo o en el espacio, sino en cosas o eventos en el espacio-tiempo. Y para parametrizar este concepto del espacio-tiempo que nos cuesta tanto intuir, Einstein recurrió a la geometría hiperbólica de Minkowski, que comprobó que se adaptaba maravillosamente a la nueva noción y que permitía determinar relaciones absolutas entre eventos y cosas en el nuevo y bizarro espacio-tiempo. Es fascinante que modelos matemáticos abstractos, nacidos de la pura creatividad de un pensador, acaben con el tiempo ajustándose a un hallazgo científico.

–No entiendo mucho lo que dices, la verdad. En particular, me parece rarísimo eso de una cuarta dimensión. Yo solo veo tres. Y creo que nadie puede entender eso del espacio-tiempo. No comprendo por qué hay que liarse tanto.

–Veamos. Piensa en un trenecito que circula en el salón de tu casa por un circuito un tanto laberíntico. ¿Te lo puedes imaginar?

–Sí. Claro.

–Vale. Pues ahora imagina que ese trenecito tiene mente y piensa. Para ese trenecito, el mundo solo es lineal, como los railes por los que se mueve. ¿Correcto?

–Sí.

–Entonces supongamos que alguien le dice al trenecito que, de acuerdo con pruebas empíricas, se puede pasar de un punto de las vías a otro que está cercano, en línea horizontal, “cruzando” y sin necesidad de hacer todo el largo recorrido habitual por los railes. Seguramente esto le extrañaría mucho, pero, si su mente de trenecito fuera brillante, podría asumir que, en efecto, su mundo–el mundo– podría no estar solo definido por los raíles, sino que podría haber algo entre medias. Es decir, el trenecito habría pasado de una concepción lineal de su realidad a un concepción bidimensional. A nosotros, que somos seres con visión tridimensional, este salto intelectual nos parece trivial, pero para el trenecito sería realmente un paso de gigante. 

Del mismo modo, si hubiese alienígenas con percepción del mundo en cuatro dimensiones, se extrañarían mucho de que nos costase tanto a nosotros salir de nuestra realidad tridimensional.

–Creo que lo voy pillando. Así que deberíamos concebir el mundo que nos rodea en forma cuatridimensional. Está bien. Si lo dice Einstein, pues vale…A mí me cuesta trabajo, pero capto la idea. Yo soy un trenecito tridimensional y si alguien demuestra que hay más dimensiones pues me lo creo. Al menos una más. Lo que no entiendo es para qué narices sirve todo esto.

–La gran ventaja de considerar el espacio-tiempo de cuatro dimensiones como ámbito de la realidad, es que nos permite hacer cálculos precisos sobre lo que pasa en el Universo, sin las enigmáticas distorsiones que apreciaríamos si nos atuviésemos a la noción newtoniana clásica (y relativa) del espacio y del tiempo por separado. Tal como te he dicho, con la ayuda de la geometría de Minkowski aplicada a la noción de espacio-tiempo, Einstein consiguió hacer absoluto lo que antes era relativo, es decir, consiguió un método para definir (medir) unívocamente un evento del espacio/temporal y su relación con otro cualquiera. Gracias a esto, el gps que nos está ayudando ahora a llegar al castillo funciona con precisión. Y gracias a esto entendemos también mucho mejor cómo funciona el Universo, a gran escala.

Y diciendo estas cosillas llegamos a la ruinosa edificación almenada que en tiempos fue elegante refugio para cazadores de alcurnia, en el altozano de Mataespesa. Diego me dice que estas ruinas tienen no se cuantos años años de antigüedad. Yo me dispongo a indicarle que, según la Teoría de la Relatividad, es imposible definir inequivocamente esa antigüedad, pues en el planeta Tierra, el tiempo transcurre más despacio para lo que está en las cimas que para lo que está en los valles.

Pero decido callarme y disfrutar contemplando el maravilloso panorama del Guadarrama que se disfruta desde estos pedruscos ruinosos también conocidos como Castillo de Alpedrete.

Un absoluto de belleza.

Algunos Hombres Buenos

Dicen los psicólogos que es en la adolescencia cuando surge el pensamiento moral con toda su torrencial fuerza y sus caóticas contradicciones. Tal vez por eso Diego se interesa, con sus 14 años recién cumplidos, por el dilema moral de la obediencia debida, y lo hace en relación con un admirable film de los años 90 protagonizado por Tom Cruise y Jack Nicholson.

Le explico al despierto adolescente que en esa película hay dos dilemas, no uno. El primero es de orden estrictamente jurídico: ¿cuándo es jurídicamente correcto desobedecer una norma o una ley injusta?. El segundo–mucho más complejo– es de orden moral, a saber,: con independencia de que exista o no soporte jurídico ¿estamos moralmente legitimados para realizar algo que es éticamente malo en sí, cuando lo aconsejan razones prácticas de cualquier tipo? 

El primer dilema–esto es, el jurídico–es engañosamente fácil de resolver. En principio, no estamos obligados nunca a cumplir una ley o una orden manifiestamente injusta. Así se nos indica en la mayoría de los órdenes normativos, desde los reglamentos militares a los ordenamientos jurídicos de los países democráticos. Pero esta solución es engañosa porque nunca está claro ni bien definido lo que significa “manifiestamente“. Por ejemplo, en el reglamento militar del ejército norteamericano se indica que una orden es manifiestamente injusta si cualquier persona normal la podría ver como tal. Pero esto no arregla mucho, en tanto no exista alguna forma de concretar quién es una persona “normal” , donde puede encontrarse y cómo piensa ella realmente. Estamos meramente ante un subterfugio. Un subterfugio similar al que utilizaba el antiguo Derecho Romano cuando hablaba del criterio de un hipotético -y abstracto-“paterfamilias” como medida para determinar aquello que no se podía determinar de otra manera.

El segundo dilema que emerge de la película en la que se enfrentan los personajes interpretados por Cruise y Nicholson es, con mucho, el más peliagudo. Nos lleva hacia dos concepciones opuestas de la legitimidad moral. 

Una de ellas es una perspectiva flexible y pragmática, y fue  teorizada por Jeremy Bentham. Se nos dice que es moralmente bueno aquello que evita nuestra desdicha y la desdicha del mayor número posible de personas. Este concepto, al que se suele denominar consecuencialismo, habilitaría la posibilidad de obedecer una orden injusta si, por ejemplo, su cumplimiento ayuda al colectivo al que se pertenece o produce un bien ulterior más allá del mal que conlleva en sí misma, tanto para uno mismo como para otros. Así que podemos arrojar por la borda a uno o varios de nuestros compañeros de patera si con ello hacemos posible que el bote con decenas de inmigrantes siga a flote hasta que nos rescate la guardia costera, 

La otra concepción de lo moralmente correcto, mucho más rígida, es la que nos dice que no debemos actuar nunca moralmente mal, con independencia de las consecuencias que pudieran tener nuestros actos. Lo que es malo en sí es malo en sí, sin que sea posible matiz o excusa. Ni siquiera las mentiras “piadosas” tienen cabida en este enfoque, que teorizó Kant. Por supuesto que no podemos arrojar por la borda a los últimos que se subieron a la patera. Más aún, si unos nazis acuden a nuestra casa en el Prinsengracht 263 de Amsterdam, para preguntarnos si tenemos escondida a Anna Frank, debemos responder a los matones de la Gestapo que sí, que en efecto la tenemos ahí arriba, porque la mentira es un mal en sí mismo. Así nos lo habría indicado el implacable sabio de Könisberg, por extraño que parezca, más allá de su lógica impecable.

–Y para tí ¿cuál de los dos enfoques es el correcto?

Solo puedo decir que los dos enfoques son claramente incompatibles, aunque mentes egregias como la de Stuart Mill por ejemplo, se hayan esforzado en reconciliarlos. Yo me ahogo en el absurdo al que conduce la rigidez moral imperativa kantiana, pero no hago pie en las aguas pantanosas y más bien sucias del consecuencialismo de Bentham.

En realidad, el mundo de la moral está lleno de dilemas que no es posible resolver de forma contundente. La moral es un mundo de perplejidades. 

Mientras le voy diciendo esto a Diego, con cierto aire resignado, acudo a un rincón de mi librería y extraigo un volumen. Se titula 101 Dilemas Eticos. Se lo muestro a mi joven interlocutor y le hago ver que tiene más de 500 densas páginas. Y le adelanto que en ninguna de ellas se encuentra una verdadera e indiscutible solución a los mas de cien rompecabezas morales descritos.

La moralidad es un misterio insondable. Y el mayor de ellos, el misterio moral primigenio, es saber si el hombre es bueno o malo por naturaleza. Resolviendo ese misterio seguramente se podrían empezar a aclarar otros muchos dilemas morales.

–¿Y tú que piensas al respecto? ¿Somos malos o buenos por naturaleza?

–Tampoco lo tengo muy claro, pero me parece que sin una cierta filantropía natural en los individuos, la especie humana habría desaparecido hace muchos siglos, víctima de sí misma. 

–Abundan más los héroes que los monstruos, entonces.

–Quiero pensar que sí. Sobre todo abundan los héroes anónimos. Los de las heroicidades calladas y cotidianas, de andar por casa. Verás, Diego, en relación con los grupos, tribus o familias a las que pertenecemos, somos animales esencialmente eusociales, como ha demostrado Edward E. Wilson. Tan eusociales como las hormigas o las abejas.

–¿Y cómo explicas entonces la abundancia de mal, de codicia, de guerras y crímenes? O sea ¿cómo explicas tú que la gente “normal” a veces haga o apoye cosas horribles, y lo digo por eso que me contabas ayer sobre esa filosofa, el juicio del nazi Eichman y lo que llamabas la banalidad del mal.

–Pues lo único que tengo claro es que los principios morales son frágiles y pueden ser ajustados y reajustados por la presión social. Un psicólogo norteamericano, Zimbardo, realizó un famoso experimento que demostraba hasta que punto las personas totalmente normales pueden ser sumamente crueles y llegar a torturar a sus semejantes, sin la menor empatía con respecto a ellos, siempre que se sientan autorizados o presionados para hacerlo por un determinado contexto normativo al que respetan. De algún modo, ese experimento de Zimbardo confirmó la “banalidad” del mal de la que hablaba Arendt.

–Ajá. Entonces ese experimento indica que tenemos tendencia a ser malos. Que cualquiera podemos serlo.

–Lo dudo. Solo indica que es muy fácil que el Sistema “resetee” nuestros valores morales, lo que explicaría enigmas como ese cierto apoyo social que tuvo Hitler y sus crímenes durante el Tercer Reich. Por otro lado, ese experimento de Zimbardo tiene un sesgo. O una insuficiencia, si quieres. Debió concebir y realizar Zimbardo otro experimento simétrico en el que sin duda se probaría que el ser humano es fácilmente llevado a realizar actos altruistas, incluso mediando su propio sacrificio. Estoy seguro de que ese experimento probaría también una cierta banalidad del bien.

–O sea que tú ves a las dos caras de la moral a la vez. Es como si vieses el alma en toda su fealdad y en toda su belleza al mismo tiempo.

–Correcto. No somos ni ángeles ni bestias. Todo dependerá de cómo queramos vernos y en dónde pongamos el énfasis de la observación. Todo parece determinado por las circunstancias y sistemas que nos afecten, condicionen o presionen, sin perjuicio de esa eusocialidad wilsoniana que me parece indiscutible.

En fin, Diego, todo se resume en que siempre, y sobre todo dependiendo del contexto, nos vamos a encontrar en la vida con algunos hombres malos y, afortunadamente, con algunos hombres buenos. Tal vez algunos más.