El Árbol de la Ciencia.

El preboste maximus ha citado. 

Fue anteayer. Ha dicho que “tenía razón Pio Baroja cuando decía que la ciencia es la única construcción fuerte de la Humanidad

No es un disparate, pero es inexacto.

Para citar bien, habría que decir no que es algo dicho por Baroja, sino algo puesto por Baroja en uno de sus personajes (concretamente Andrés, en el Arbol de la Ciencia).

Hay una cierta diferencia porque, de hecho, en la citada novela barojiana, ese postulado de Andrés es matizado por Iturrioz, quien le indica a su sobrino que la ciencia no solo arrolla la religión, los sistemas morales y las utopías, sino que arrolla también al hombre. Y esto, Andrés lo reconoce humildemente. Hay consenso en ese punto.

Tanto la frase de Andrés, como la de Iturrioz, quien considera una gran mentira la construcción racionalista, no son pensamientos de Baroja, sino pensamientos o ideas de sus personajes. Conviene distinguirlo.

Y conviene que no se cite nunca sin haber leído al autor de la cita y al contexto de lo que se dice que dicho autor dijo. No hay nada más ridículo que tirar de compilación de libro de citas para mentir aparentando una cultura que tal vez no se tiene. 

Pero, pensándolo bien, esa mentira es de las menos perniciosas que venimos sufriendo a cargo de estos ignaros prebostes y prebostillos, tan amantes de las citas.

Credito de Veracidad.

Lo del “solo sí es sí” y la legislación que va a consagrar ese principio suscita debates.

Hay sesudos juristas que consideran que esa legislación protectora de la mujer conculca el principio de que una persona es inocente mientras no se pruebe lo contrario. 

Puede ser. Seguramente es así. Pero no es menos cierto que es un escándalo que muchos de los que ejercen violencia de género en el ámbito íntimo queden impunes precisamente por el carácter íntimo del ámbito en el que su violencia se ejerce.

Yo propongo algo así como un crédito de veracidad a favor de la mujer que dice haber sido víctima. 

Tal vez tenga sentido extender un cheque de credibilidad a esa mujer que se atreve a denunciar un atentado contra su libertad sexual. 

Ese crédito podrá devolverse luego en forma de pruebas, indiciarias o de cualquier tipo. Los jueces deberán decidir.

Pero el crédito de veracidad tal vez debe tenerlo la mujer que denuncia. Y ese crédito debe animarla a denunciar.

Quizá sea la única forma de acabar con esa inmensa infamia que representan los incontables abusos sexuales sin castigo que vienen produciéndose desde que el mundo es mundo.

Y, por cierto, tras escribir esto, caigo en la cuenta, al recordar que solo faltan unas horas para el Domingo de Resurrección, que el crédito de veracidad dado a cierta mujer hace casi un par de milenios, modificó la historia de la Humanidad. Me refiero, como es obvio, al relato evangélico.

En ese relato se nos dice que fue una mujer la que dio la noticia de que la tumba estaba vacía. Y fue una mujer la que dio la noticia de haber visto al resucitado. Y como sabemos, esa mujer disfrutó de un trascendental crédito de veracidad…

Sunt Lacrimae Rerum.

Miro a al viejo y querido Mao mientras duerme y me pregunto si está soñando. Y si en su sueño hay emociones como las que nosotros, los humanos, sentimos. Quizá esté llorando en sus sueños, recordando sus ya lejanos años de juventud. Me viene a la mente esto cuando me fijo en la comisura de su ojo derecho, que tiene desde siempre algo que recuerda el rastro de una lágrima.

Yo estoy seguro que sí. Yo intuyo que Mao, y en general todos los animales tienen una experiencia vital muy similar a la nuestra. Incluso, una conciencia y un sentido de identidad. Y no solo los animales que consideramos particularmente inteligentes, como los simios, los perros o los elefantes. 

El caso de los elefantes es poco discutible. Se sabe que lloran a lágrima viva y por razones estrictamente emocionales, no como respuesta fisiológica automática a un dolor físico.

El baronet escocés Roulaleyn Gordon-Cumming, el tristemente famoso cazador de finales del XIX que pasó su vida en Africa liquidando por placer la de incontables hermosas criaturas y que en su autobiografía se explaya en lo que Livingston calificó de “nauseabundos detalles de sus indiscriminadas matanzas de animales salvajes” relata un encuentro con un elefante al que no conseguía derribar “pese a disparar varias veces sobre él a quemarropa“. Finalmente, “sorprendido al comprobar que estaba solo atormentándolo…la noble bestia…” se decide el cazador a culminar el asesinato y nos cuenta que “disparé seis disparos más que deberían haber resultado mortales, pero en la medida en que no percibí evidencia de que le afectasen ordené que le disparasen una bala de cañon de seis libras; entonces, grandes lágrimas salieron de sus ojos, que abría y cerraba una y otra vez; su colosal cuerpo se convulsionó y desplomándose hacia un lado , expiró. Los colmillos de este elefante los enmarqué primorosamente y fueron los más grandes que nunca conseguí pues pesaban noventa libras cada pieza.

No solo los cazadores como el miserable Gordon-Cumming hacen llorar a los elefantes. Existe, si bien en un orden moral superior, una polilla en Thailandia, la llamada Mabra Elephantophila, que se alimenta de las lágrimas de estos grandes paquidermos.

Otra polilla, la Lobocraspis griseifusa, también lo hace, pero además ha desarrollado una habilidad para conseguir que las lágrimas surjan de los ojos del elefante.

Qué fascinante criatura esa esa Lobocraspis, tan evocadora de quienes, en el ámbito humano, tienen la odiosa habilidad de provocar el llanto en el prójimo y aprovechar sus lágrimas para sus fines.

Existe por cierto una palabra para denominar a quienes se alimentan del llanto ajeno: son los lacrifagos, término espléndido que se debería aplicar, en sentido propio, a las dos especies de polillas mencionadas y en sentido figurado a los que hábilmente hacen llorar al otro y se alimentan de sus lágrimas.

Por cierto que la lacrifagia nos obliga a reflexionar sobre el hecho de que la leche materna y las lágrimas son los dos únicos fluidos corporales que el humano puede concebir beber sin sentir repugnancia. Curioso.

Pesach Seder

Marta me ha pedido que le explique bien el significado de la festividad religiosa de hoy, Jueves Santo. Según ella entiende, los cristianos conmemoran este jueves la noche en la que Jesús fue prendido por los romanos y al cabo de unas horas, clavado en la cruz del Calvario (en la mañana del viernes, concretamente). ¿Es eso?

Sí. Le explico que, en principio, es tal como ella dice. Pero añado que esa cronología no está nada clara, si leemos lo que dicen respecto a “la Pasión” los cuatro evangelios canónicos. 

Marta me pide aclaración sobre este punto. ¿Cómo que no está claro? ¿Se contradicen en un punto tan importante los textos fundamentales?

En efecto.Le digo que se prepare y que se ponga cómoda. Le voy a explicar este misterioso asunto, si bien necesito mencionar antes algunos aspectos del contexto histórico de la Pascua judía.

–Ya. No hay manera de que alguna vez vayas directamente al grano.

Verás. Hay que empezar diciendo que el calendario tradicional judío era de carácter lunar. El primer día de cada mes comenzaba en la noche en la que se empezaba a ver el creciente de la nueva luna, en Jerusalén, justo después del crepúsculo. La puesta de sol es la que marcaba el comienzo del “día”, lo que resulta razonable, especialmente teniendo en cuenta que en el Génesis se menciona que Dios creó la noche y el día, no el día y la noche (Génesis 1:5). 

El viernes, por ejemplo, para los judíos, comenzaba al atardecer de lo que llamamos jueves y terminaba en el crepúsculo de lo que llamamos viernes, momento en el que se iniciaba el Sabbath. Curiosamente, pese a esta forma de ver el día, las horas se determinaban a partir del amanecer (6:00 más o menos de la mañana en el momento del equinoccio primaveral), de forma que la tercera hora (hora “tertia”) tenía lugar a las 9 de la mañana y la hora sexta, al mediodía (las horas tenían una duración variable según la época del año; siempre eran 12 horas en total, empezando al amanecer y terminando en el crepúsculo, pero eran lógicamente más largas en verano que en invierno).

Como quiera Dios había “descansado en el séptimo día tras todo el trabajo realizado“, según Génesis 2:2, el sábado o Sabbath debería ser santificado por los judíos (Levítico 23:3 y Exodo 20:10). 

La cena del viernes era la cena del Sabbath, porque marcaba el comienzo del sábado. Durante el viernes propiamente dicho (horas de luz del viernes), tenía lugar el Día de Preparación (la Paraskeuon Prosabbaton, en el griego original de los Evangelios).

Además de los “Sabbaths“, los judíos tenían otras fiestas religiosas, siendo la más importante la Pascua, una fiesta móvil que podía caer en cualquier día de la semana y que era especialmente sagrada si caía en sábado.

El primer mes de los judíos, en el que se celebraba la Pascua, era el llamado mes de Nisan que significa en hebreo el que florece y deriva su nombre de una palabra sumeria para referirse a las frutas tempranas (nisag=ni, cosa; sag, primero). El mes judío de Nisan podía caer en Marzo o Abril, pues comenzaba quince días antes de la primera luna llena primaveral (es decir, de la primera luna llena tras el equinoccio). En esto, el calendario judío no era muy diferente del romano, que marcaba el comienzo del año con el comienzo de la primavera. 

La Pascua judía conmemoraba la salida de los judíos de su exilio forzado en Egipto. Se recordaba el poder que Dios había dado a Moises para infligir un terrible castigo a los egipcios, haciendo que muriesen a manos de un ángel exterminador todos los primogénitos de las familias egipcias, pero preservando a las familias judías que sacrificasen un cordero y tiñesen de rojo con sus sangre las puertas de sus casas. En la medida en el que el ángel “se saltaba” las puertas rojas, la fiesta se llamaba “pascua”, pues pascua en hebreo (Pesach) significa “saltarse” (en convergencia con otra etimología que connota la idea de protección).

La Pascua judía duraba una semana, empezando con la cena pascual (la pesach seder) que implicaba el sacrificio y consumo de un cordero y tenía lugar en la noche de luna llena en la noche tras el 14 de Nisan. Después del pesach seder tenían lugar otros 7 días del pan sin levadura”, período que duraba hasta el 22 de Nisan. La celebración de la cena pascual debía realizarse tras la peregrinación a Jerusalen, adquiriendo un cordero en el templo (debidamente sacrificado por los sacerdotes y vendido en el templo mismo, lo que ocasionó el célebre episodio evangélico de los mercaderes y la ira de Jesús). 

El cordero pascual debía sacrificarse exactamente el día 14 de Nisan por la tarde para que solo unas horas después, en el comienzo del 15 de Nisan, se pudiese comer su carne en la “pesach seder”. El día 14 de Nisan era por tanto el día de “la Preparación de la Pascua”, y no debe confundirse con el Día de Preparación del Sábado, por más que pudieran solaparse.

Los  cuatro evangelistas coinciden en que Jesús murió en el período pascual, habiendo disfrutado una “última cena” con sus discípulos y siendo crucificado durante el reino del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea (d.c 26 a d.c 36), siendo Caifás el sumo sacerdote de Jerusalen (d.c 18 a d.c 36) y siendo gobernador de Galilea Herodes Antipas (del 4 a.c al 39 d.c). Todo esto consta en historiadores como Tacito (Anales, XV 44) y Josefo (Antiguedades XVII y XVIII) así como en Lucas 3:1-2)

–Entonces, si los cuatro dicen lo mismo ¿dónde está la discrepancia de la que me hablabas?

Donde está la discrepancia es si esa “Última Cena” fue la “pesach seder”, cena pascual, o simplemente una cena más. Los tres evangelistas sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) nos indican que esa cena era en efecto la cena Pascual, lo cual tiene sentido “profético”. En cambio, en el Evangelio de Juan se nos dice que Jesús murió el día de Preparación de la Pascua, esto es el día del sacrificio de los corderos, lo cual también tiene un sentido teológico interesante.

Marcos es el autor del primer texto evangélico, escrito probablemente en el 70 d.c, justo el año en el que los romanos destruyeron el Templo de Jerusalén. Marcos, en el evangelio, cuenta que “en el primero de los “días del pan sin levadura, cuando se sacrifica el cordero pascual“, los discípulos preguntaron a Jesús dónde prepararían el cordero pascual “para que tú puedas hacer la cena pascual” (Marcos 14:12,  Mateo 26:17, y Lucas 22:15). Jesús contesta que desea  pasar esta Pascua con ellos, “antes de mi sufrimiento“. Sabemos que las preparaciones se realizan propiamente y que durante la cena pascual Jesús realiza unos actos simbólicos con el pan y con el vino, para sugerir que su sangre será derramada y su cuerpo mortificado. Luego, se nos dice que todos los comensales fueron al jardín de Getsemaní, donde Jesús fue arrestado por los romanos. Seguidamente fue juzgado y hallado culpable por Poncio Pilatos, y sin más tardar, fue crucificado a la “hora tertia”, es decir, a las 9 de la mañana del día de la Cena de Pascua (Marcos 15:25).

Ahora bien, Juan, que es el autor del último texto evangélico, hacia el 95 d.c. nos dice que Jesús murió “antes de la fiesta de la Pascua” (Juan 13:1), no en la fiesta de la Pascua. Juan no menciona nada relativo a la preparación de la cena pascual, ni habla de ninguna ceremonia especial durante la “última cena” (esto es muy sorprendente y plantea dudas sobre los ritos del pan y del vino). 

Juan solo hace alusión al lavado de pies y al nuevo mandamiento de amarse los unos a los otros. Según Juan, el arresto de Jesús tienen lugar en la noche en la que comienza el Día de la Preparación de la Pascua. Seguidamente, en la mañana Jesús es llevado ante los judíos (Caifás) no ante los romanos. Desde la casa de Caifás es conducido al palacio de Pilatos. El gobernador romano invita a los judíos a entrar, pero los judíos, nos dice Juan, no franquean el edificio, pese a la petición de Pilatos, puesto que según indican, la entrada en esa estancia les contaminaría y les impediría de participar en la cena pascual que tendría lugar al cabo de unas cuantas horas. Esta negativa a entrar obliga a Pilatos a un absurdo proceso de entradas y salidas de su palacio para comunicarse con los judíos. Finalmente, pese a los intentos de salvación de Pilatos, que propone a otro delincuente cualquiera para la ejecución (bar abbas=un cualquier hijo de su padre, etimológicamente) Jesús es llevado hacia la crucifixión que tiene lugar alrededor de la hora sexta del Día de Preparación de la Pascua (es decir, al mediodía).

Juan y Marcos, coinciden en que la muerte tuvo lugar en un viernes. Para Marcos, ese viernes era el día de la Pascua, subsiguiente a la cena pascual (15 Nisan). Para Juan en cambio, la muerte tiene lugar en el Día de la Preparación de la Pascua (14 Nisan), algunos minutos u horas después del mediodía, pero antes del crepúsculo (pues ya sería el Sabbath y la ley judía impedía que se ejecutasen penas capitales durante el Sabbath o que los cadáveres permanezcan a la intemperie). De acuerdo con el historiador Josefo, la hora exacta estaría entre la hora nona y la undécima ( o sea entre las 3 de la tarde y las 5 de la tarde).

En Juan, la Cena Pascual en el que Jesús muere coincide con el sábado (lo que también tiene significado profético). Así lo señala este evangelista. Ese sábado era para Juan “un día elevado” (19:31), indicando con ello que el viernes era Día de Preparación por partida doble. Juan, por tanto, hace coincidir la muerte de Jesús con la muerte de los corderos pascuales, dando validez las palabras de Juan el Bautista en el sentido de que Jesús era el “cordero de dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) y dando validez a lo indicado en la primera epístola a los Corintios en la que se nos dice que “Cristo es el sacrificado en la Pascua por nosotros

En fin, la discrepancia en los Evangelios sobre algo tan decisivo como el momento de la muerte de Jesús, plantea no pocos interrogantes sobre la realidad histórica de los últimos días de Jesús, tal como los narran los evangelistas canónicos. Y, francamente, nos hace dudar sobre cuál de las versiones es “fabricada” o si lo son ambas.

Marta me dice que entonces, a la luz de todo lo que le acabo de contar, la Pasíon es todo un misterio. Cierto, como tantas cosas de la religión. 

Pero a pesar de que el significado etimológico de misterio es “lo que debemos callar“, a mí me encanta hablar o escribir de estas cosas. Ya lo creo.

La fe de los sin fe.

Es conocida la afirmación de Nietzsche en el sentido de que la fe es más ansiada y deseada allí donde la voluntad falta (“wo es an Willel fehlt“); cuánto menos sabe uno cómo ordenar, tanto más necesita alguien que le ordene, ya sea un dios, un príncipe, una clase social, un médico, un padre confesor, un dogma, un partido político…

Tan pronto un ser humano alcanza la convicción esencial de que ha de ser “mandado”, se convierte en un “creyente”, en un follower, en un defensor de la pertenencia a alguna identidad.

Esta lúcida idea que encontramos en Die fröhliche Wissenschaft puede ayudarnos a entender la eclosión del fenómeno identitario. Todo es identidad en nuestro tiempo. Y todo es defensa y protección de la identidad. Identidad de raza. Identidad nacional. Identidad de creencias. Identidad de género. Identidad de no género…

Tal vez tanta ansiedad por afirmar la identidad se deba justamente a que no acabamos de encontrar nuestra propia y genuina identidad.

Somos incapaces de sentir estima por lo que meramente somos, tratamos entonces de sentirla por aquello a lo que pertenecemos o creemos pertenecer, ya sea una etnia, un color de piel, un territorio geográfico, una patria, una determinada orientación sexual. Es raro, pero es así. Aunque cueste mucho trabajo que alguien pueda sentirse orgulloso de lo que hicieron o dejaron de hacer sus antepasados del siglo XIII o de las apetencias sexuales que le son propias.

Así, resulta que hay pocas cosas más sobrevaloradas en nuestro tiempo que la identidad. 

Con tanta fiebre identitaria, corremos el riego de que, del desideratum ilustrado–libertad, igualdad y fraternidad–no nos quede casi nada, pues poca igualdad y fraternidad puede haber ante este paroxismo fanático de la identidad, 

Y tampoco mucha libertad, por cierto. 

Porque también la libertad se acaba viniendo abajo ante la pujanza de la identidad, esa nueva fe de los que no tienen fe.

Tiempos de Shuffle

Me llama la atención el baile de moda, eso que al parecer inunda la etérea y deletérea cosa llamada Tik Tok. Es el shuffle. Son movimientos frenéticos de pies y brazos, golpeando con los zapatos en el suelo y simulando la carrera o el caminar, pero sin cambiar de sitio. 

Veo una cierta coherencia en esta modalidad de danza, en la que uno se mueve sin moverse, pues parece la apropiada para estos tiempos de confinamiento físico y mental.

Me entero también de que el genuino shuffle nació entre los esclavos de los campos de algodón, cuando les prohibieron comunicarse entre ellos con tambores y optaron por hacerlo golpeando el suelo con los pies.

Pues aquí también veo una coherencia con esta nueva esclavitud que estamos viviendo. Todo cobra sentido. Cada época tiene su forma de danza. Vivimos tiempos de shuffle.

Soledades

Hay una soledad deseable y una soledad indeseable. En inglés es más fácil intuir la diferencia pues disfrutan los anglosajones de dos palabras específicas y matizadas, loneliness y solitude. No en español. Nuestra soledad es solitaria.

La soledad deseable sería aquella soledad que elogiaba Montaigne, la soledad del que alcanza a tenerse a sí mismo en plenitud. 

La indeseable vendría a ser la del que está tan solo y alienado que hasta se priva plenamente de sí mismo. 

Esta última soledad es la característica de nuestro tiempo y nuestra circunstancia. Y urge combatirla.

Exceso de mortalidad.

Me dicen que para valorar el verdadero impacto de la pandemia hay que fijarse en el llamado “exceso de mortalidad”, más bien que en los datos estadísticos proporcionados por las autoridades sanitarias.

Sin duda es cierto. Y también será cierto que en esos datos de “exceso de mortalidad”, deben estar incluidas muchas muertes indirectas del Covid, por tristeza, por soledad, por miedo, por melancolía…

Uno imagina a un viejito con demencia senil incipiente al que se ha encerrado en una habitación sin el trato con sus familiares y visitas, que antes avivaba su memoria y ralentizaba su deterioro cognitivo. Ese viejito o viejita en suprema soledad habrá sufrido una aceleración en su degradación mental y habrá anticipado en mucho su hora final. Y así todo.

Nos llegan mil y un datos a diario sobre contagios, pero no se habla de esa otra epidemia de desolación que acaso no es menos mortal. El sistema sanitario entero se vuelca en la primera de las pestes. Pero pocos recursos se aplican a la segunda. Algún día entenderemos las consecuencias.

Macacos de Bali.

Me escribe una persona querida para hablarme de Christian Neuhäuser, el filósofo de moda alemán que propone una prohibición general de la riqueza. Le contesto que la idea no es nueva. Se ha propuesto muchas ocasiones y por muchas voces autorizadas, desde Moises a Piketty, pasando por el Nuevo Testamento, los Padres Cristianos, Thomas Moore, Campanella, Saint Simon, Owen, Blanc, Lasalle, Marx o Kropotkin…Por citar solo unos cuantos nombres.

El problema es que las experiencias que se han realizado para llevar a cabo este ideal de igualdad han sido frustrantes. Soviets, kibbutzs, icarianos, falansterios, colonias fourieristas…nada consiguió germinar y todo ello parece condenado a terminar en el olvido y el abandono o en algo decididamente peor. Produce melancolía reconocerlo.

Puede que el ser humano sea avaricioso por naturaleza y puede que considere esencial vivir con la expectativa de riqueza, aún a costa de un riesgo de caer en la miseria. 

En cuanto mamíferos que un día tuvimos que competir por esas mamas que alimentaban también a nuestros hermanos, y en cuanto a simios inteligentes capaces de conspirar y maquinar para apropiarnos de lo ajeno, pudiera ser que llevásemos en nuestros genes el afán de dominio y apropiación. 

Este triste pensamiento me viene a la mente cuando leo que los macacos de Bali, famosos por robar a los turistas sus objetos personales, no solo han desarrollado una asombrosa habilidad para el “tirón” y para aceptar después su devolución si el legítimo propietario les ofrece una chuchería, sino que, como ahora se ha demostrado, han aprendido a valorar lo que roban: exigen recompensas a la medida del valor de lo hurtado; por un Iphone requieren más golosinas que por una gorra. Este increible fenómeno ha sido analizado por investigadores de la Universidad de Lethbridge, en Canadá.

Quizá haga falta algo más que las sesudas reflexiones de un filosofo teutón para establecer el camino hacia una sociedad igualitaria. Tal vez sea preciso un nuevo tipo humano capaz de alejarse aún más de nuestra naturaleza simiesca. En todo caso, mientras ese hombre nuevo llega, contentémonos con tolerar, sí, la expectativa de riqueza, pero solo a cambio de garantizar un bienestar mínimo y digno para todos.

Soso y sosegado.

A cierto jerifalte autonómico se le pone tacha de soso, al parecer. El dicho jerifalte se defiende diciendo que si es soso por sosegado bienvenido sea el epíteto.

Yo creo que comete error el personaje, pese a ser de letras, al sugerirnos cierta vinculación entre ambos adjetivos. 

Sosegar viene del bajo latín sessicare, con el sentido de obligar a alguien a sentarse o apaciguarse (por ejemplo, se sosiega un territorio rebelde reconquistado o sus gentes levantiscas). Así, una persona sosegada viene a ser alguien a quien las circunstancias aconsejan prudente calma y quietud. 

En soso, por otro lado, encontramos un ejemplo de los numerosos bisílabos que formados por aliteración ofrecen connotaciones peyorativas: bobo, ñoño, lelo, memo, tonto, fofo, chocho…Soso es palabra, además, en la que convergen felizmente dos vectores etimológicos, el latín insulsus, con el significado de carente de sal o poco gustoso, y el castellano antiguo zonzo, vocablo popular al que el Diccionario de Autoridades ya atribuía el significado de “poco advertido, sin viveza o gracia en lo que hace o dice“,

Ni soso ni sosegado son buenos atributos para un político. Malo es que en cuanto soso, carezca de la viveza que precisa la cosa pública. Casi peor es que, por sosegado, no guste de levantarse de la poltrona para alzarse frente a tanta injusticia y dejadez que nos rodea.