He visto, a instancias de Mercedes y Marta, el documental de Pippa Ehrlich “Lo que me enseñó el pulpo”. 

Tiene una soberbia fotografía submarina, lo que hará que posiblemente gane el Oscar en su especialidad en la entrega de premios que tendrá lugar la próxima madrugada.

En cuanto al contenido, el documental es simplemente una ingeniosa fabulación a partir de hechos y datos que ya se conocen desde hace tiempo. En este sentido, el documental es un poco “tramposo”, debo decir.

Tiene en todo caso esta obra audiovisual la virtud de hacer reflexionar a mucha gente sobre si la consciencia es algo privativo del hombre o si los animales también “sienten”, igual que nosotros sentimos. Este enfoque no es nuevo; muchas reflexiones sobre la conciencia de los animales se han realizado tomando al pulpo como elemento de análisis. 

Parafraseando a Thomas Nagel, que en 1975 formulaba la famosa pregunta “¿Qué es ser un murciélago?”, Frans de Waal, el gran primatólogo, se planteó también la pregunta “¿Qué es ser un pulpo?”.

Y de Waal se respondió a sí mismo diciendo que para saberlo, “necesitaríamos tener ocho brazos pensantes y una piel con capacidad de visión…”

El profesor Peter Godfrey-Smith, escribió no hace mucho una fascinante obra en la que indagaba en la consciencia humana y no humana, a la que precisamente tituló “Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia“. El capítulo tercero de esta obra es el que ha servido básicamente de guión al documental de Pippa Ehrlich, algo que hubiese estado bien que se reconociese en la obra audiovisual (a esto me refería cuando hablaba de “trampa” en el documental).

Y antes que el libro del profesor Godfrey-Smith, la fabulosa naturalista alemana Sy Montgomery escribió una muy amena obra divulgativa titulada “El alma del pulpo: una sorprendente exploración en la maravilla de la consciencia“. Recomiendo su lectura.

Pero ¿por qué tanto interés por el pulpo y por su relación con la inteligencia y la consciencia?

Pues porque desde tiempo inmemorial el hombre ha visto al pulpo como un ser sumamente astuto, un ser malicioso…

Claudio Eliano, en el siglo III de nuestra era, ya avisaba que “la malignidad y la astucia se nos han mostrado como las características de estos animales”. Plinio el Viejo también se hacía eco de lo mismo, y nos habló de las leyendas sobre grandes pulpos que se las arreglaban para vivir en las cloacas de Roma. 

Theognis de Megara, cinco siglos antes, ya se había hecho eco de la fascinante capacidad del pulpo la para el camuflaje. Su contemporáneo Clearco de Soli, por su parte, recomendaba a su hijo que imitase el mimetismo del pulpo e hiciese en lo posible como aquellos del país que esté visitando.

Un cierto temor hacia estas criaturas también arranca desde muy antiguo. En la saga nórdica Orvar-Odds, se habla de un gran pulpo, el “Hafgafa” que devora hombres y barcos; es el precedente del Kraken, fabulado por un obispo noruego.

Tennyson convierte a un pulpo monstruoso en sujeto de uno de sus sonetos. Victor Hugo y Julio Verne nos presentan también a monstruos con forma de pulpo gigante (un personaje de Los Trabajadores del Mar, de Hugo, nos dice que un tigre puede acabar con nosotros, pero un gran pulpo hace algo peor, pues absorbe brutalmente nuestro fluido vital).

Pero es en el siglo XX cuando el pulpo deja de ser sujeto de horrores literarios y fantasías de terror para convertirse en objeto de interés para biólogos y psicólogos. Hacia 1950, comenzó a verse el pulpo como un animal de fascinante inteligencia, gracias a los trabajos de Peter Dews en la Stazione Zoologica Marina de Napoles. Algo mas tarde, en 1973, el mismísimo Jacques Cousteau publicó su obra “El Pulpo y el Calamar: la inteligencia suave“. En esa obra, Cousteau se asombra de que el pulpo le produce “una sensación de lucidez, mucho más expresiva que la de cualquier pez o incluso que cualquier mamífero“.

El pulpo interesa entre otras muchas cosas porque tiene un cerebro sorprendentemente grande y aparentemente innecesario para una criatura tan pequeña. Es un cerebro con más de 50 lóbulos. En conjunto, el pulpo cuenta con 500 millones de neuronas, poco menos que las de un perro y muchísimo más que cualquier otro molusco, cuyo número de neuronas no supera unas pocas decenas de miles. En realidad, los pulpos son los únicos moluscos con verdadero cerebro. Un cerebro que al parecer desarrollaron para hacer frente a los grandes depredadores que surgieron en el mar en el período Devoniano, hace 400 millones de años. Se desprendieron los antepasados de los pulpos de su concha, para poder bajar a las profundidades, y desarrollaron un cerebro y un sistema nervioso poderoso para cazar mejor y evitar ser cazados. Fue una maniobra evolutiva que en cierto modo es paralela a la nuestra, cuando decidimos renunciar a la seguridad arbórea y adentrarnos en la sabana.

Jennifer Mather, de la Universidad Lethbridge en Canadá, y Roland Anderson, del Acuario de Seattle comprobaron cada uno por su lado, que los pulpos pueden abrir con sus tentáculos los frascos de medicinas con protección para niños (algo que no todos los humanos son capaces de hacer). Estos hallazgos, y otros no menos increíbles, fueron publicados en Journal of Comparative Pshycology. En particular, Mather y Anderson demostraron que los pulpos juegan, algo solo privativo de animales con “inteligencia” (primates, cuervos y loros, perros y humanos).

Sí, de algún modo, los pulpos parecen ser el resultado de un experimento de la evolución distinto y alternativo, pero paralelo, al que condujo al homo sapiens. 

Entonces, si podemos entrar en contacto con los cefalópodos no es porque seamos sus “primos”, como puede pensarse de nuestra relación con otros primates, sino porque la evolución parece haber hecho lo mismo, con ellos y nosotros, de dos formas distintas. Para Peter Godfrey-Smith, el encuentro con un pulpo es lo más parecido que podemos tener al encuentro con un alienígena.

Dicho de otro modo, el homo sapiens y el pulpo parecen ser dos extremos de un proceso evolutivo que se disoció a partir de criaturas ancestrales, antepasados de ambos, que apenas eran un simple gusano. La bifurcación de la derecha llevó hasta nosotros. La de la izquierda, al pulpo.  

Pese a lo anterior. y esto es fascinante, nosotros y los pulpos tenemos ojos similares, con sistema de enfoque como de lentes, con córneas transparentes, con irises que regulan la luz y retinas en la parte trasera del ojo para convertir la luz en señales neurales. (Pero hay también grandes diferencias: el ojo del pulpo solo trabaja en escala de grises y su percepción del color se realiza exclusivamente a través de la piel, como ya he indicado más arriba).

Siendo así que los pulpos son el resultado de un experimento de la evolución distinto y alternativo al que condujo al homo sapiens, se sigue que si podemos entrar en contacto con los cefalópodos no es porque seamos sus “primos”, como puede pensarse de nuestra relación con otros primates, sino porque la evolución parece haber hecho lo mismo de dos formas distintas.

Pero esta sorprendente inteligencia y paralelismo evolutivo del pulpo no explica completamente el por qué nos interesa tanto esta criatura cuando se trata de especular sobre la existencia de consciencia animal.

En realidad, esto se debe a que los pulpos, después de todo, son afectuosos, cariñosos, y amigables con los humanos. El pulpo, como muestra el documental de Pippa Ehrlich, a menudo extiende un tentáculo para tocar la mano del buceador, lo que parece todo un milagro de comunicación entre dos mundos, un poco como el dedo del extraterrestre de ET o como el dedo de Dios en la Sixtina.

En el pulpo encontramos las mismas hormonas y los mismos neurotransmisores que operan en el ser humano. Las hormonas del cariño, las hormonas del estress, las hormonas del miedo…el pulpo las posee. Eso casi nos obliga a pensar que esos seres deben algo parecido al cariño, al stress y al miedo que nosotros sentimos. Quizá por eso el pulpo tiene la condición de “vertebrado honorario” de acuerdo en la normativa vigente de la Unión Europea sobre experimentos con animales y maltrato de los mismos.

Quien sabe. Tal vez Wittgenstein tenía razón cuando decía que es metafísicamente imposible saber lo que siente un animal distinto a nosotros. Pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, no sentir ternura y empatía ante una criatura como el pulpo. Y esa ternura y empatía, que el documental de Ehrlich promueve eficazmente, puede servir para que demos un paso más en respetar a otras criaturas que nos acompañan en nuestro viaje por el cosmos sobre la nave Tierra.

Lo que me lleva a concluir un tanto jocosamente este post tan serio diciendo que, después de todo, el pulpo sí debe aceptarse como animal de compañía…

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