Tus ojos, palomas.

Tus ojos, palomas“, dice Salomón a su amada.
Yo nunca entendí bien esta comparación. Pero al poeta se le han de perdonar sus líricas ocurrencias, aunque cuando rocen la extravagancia.
No se me ocurría la explicación. Tal vez el rey aludía al hecho de que las palomas eran el ave de la diosa egipcia del amor, como atestigua el hecho de que en griego antiguo se refieren a este ave como peristera, que es posiblemente un término derivado del hebreo perah Ishtar, es decir, el pájaro de la diosa del amor, Ishtar.
Hasta que un día, en el British, me fijé en el perfil de aquella diosa egipcia, con sus ojos pintados de kohol…¡Ahí estaban las palomas de Salomón!
Y en cada movimiento de sus divinas pestañas alcancé a ver el aleteo de unas aves.

We value your privacy.

Orwell atisba que el estado totalitario se ha de servir de una neolingua para apuntalar su tiranía sobre las mentes de los súbditos. Los ejemplos de ese lenguaje orwelliano son bien conocidos: “la guerra es la paz”, “la libertad es esclavitud”, “la ignorancia es fuerza”…
–¿Es demasiado fantasioso pensar que se pueda implantar entre nosotros este tipo de antinomias? ¿Llegaremos algún día a estas aberraciones del lenguaje?
–Pues yo diría que sí. Basta navegar un poco por internet y encontrarse con toda esa infinidad de avisos vinculados a la regulación de protección de datos que nos dicen con alarde tipográfico: “Nosotros valoramos su privacidad”, “Su privacidad nos importa”, etc…
A poco que reflexionemos, nos damos cuenta de que esos avisos significan exactamente lo contrario de lo que parece, o sea, se pueden traducir como: “Nos importa un pimiento su privacidad”, “Valoramos ávidamente (o sea convertimos en valor para nuestras cuentas) su pérdida total de privacidad”, etc…
–¿Es esto un aviso de que estamos llegando ya a los niveles de la neolingua orwelliana?
–Cuestión de tiempo.

La inteligencia de los estúpidos.

–La vida política actual es un portentoso festival de estupideces…es algo que no se ha visto nunca– comento mientras desayunamos y miramos con desgana el noticiero de una cadena de televisión.
–Pero ¿cómo es posible?–me replica Mercedes–no me creo que todos estos políticos hayan conseguido sus ventajosas posiciones sin poseer un cierto grado de inteligencia. Tienen estudios. Están formados. Conocen mundo…Han sabido trepar hasta sus puestos.
–Claro que no. Pero es que el gran error es creer que lo opuesto de la estupidez es la inteligencia.
–¿Ah, no?
–No. Lo opuesto de la estupidez es la ausencia de estupidez. Lo opuesto a la inteligencia es la ausencia de inteligencia.
–¿Qué quieres decir?
–Que se puede ser absolutamente estúpido y al mismo tiempo poseer cierto grado de inteligencia. A la vista está.
–¿Sí?
–Sí. Y no solo es eso. Es que la estupidez verdaderamente peligrosa es justamente la de los que no carecen de cierta capacidad intelectual. Cuando la estupidez se combina con la inteligencia, es cuando se convierte en un arma de destrucción masiva.
–O sea, que la inteligencia estúpida es lo más peligroso que existe…
–Tú lo has dicho. La inteligencia de los estúpidos. El arma nuclear.

Silencio, polvo, nada.

Además de Greta Thunberg, diversas celebridades del cine, de la música, del espectáculo…están manifestando públicamente, y de forma muy notoria, su apoyo a la causa del activismo contra el cambio climático. Estas manifestaciones, a su vez están provocando acerbas críticas. Son, por lo general, críticas de la peor especie, es decir, críticas ad hominem.
No se entra nunca en el fondo del asunto, pero se fustiga sin piedad al personaje en cuestión por su supuesta incoherencia: viaja en avion privado, navega en yates, posee coches de gran cilindrada…”¡Y así y todo tiene la osadía de pronunciarse a favor del cambio climático!, ¡Anatema sea!”
Puede que tener recursos económicos sea un pecado nefando que cualquiera tiene derecho a anatemizar. Puede que viajar en yate, en jet o en coches lujosos sea un terrible crimen. Pero de lo que yo no estoy seguro es de que ese delito se agrave por el hecho de expresar un compromiso moral con una causa que, en sí misma, sí parece digna de ser apoyada.
A lo sumo, el delito de tener medios económicos sobrados se atenuará con el compromiso moral con una buena causa, digo yo.
Me parece que los que critican a estas celebridades más o menos opulentas por su apoyo a la lucha contra el cambio climático son el tipo de personas (o medios de comunicación) que no combaten usualmente las desigualdades económicas o los desastres que provoca el sistema socioeconómico que padecemos. Es decir, en sí mismos, no les parecen a ellos mal ni los yates, ni los aviones privados ni los coches de gran cilindrada. No, señor.
Por lo tanto, sugiero que acojamos con alborozo esas burdas críticas ad hominem, porque más allá de la triste perplejidad que pueden producirnos (¿no sería más lógico que encomiasen a quien pese a su confortable status individual asume el incómodo gesto de apoyar activamente una causa de interés común?), lo cierto es que acaso son el punto de partida de un cambio de perspectiva en quienes hasta ahora no mostraban jamás el más mínimo interés en corregir las injusticias sociales ni en aliviar el daño ecológico ejercido por el sistema económico que ha producido esas mismas injusticias. Algo se mueve, ¿no?.
Y en cuanto al furor que desata en esos mismos fariseos la personalidad de la joven Greta, asumamos que es algo inevitable. Es un viejo furor en verdad. Es el mismo furor que han desatado a lo largo de la Historia las mujeres, generalmente jóvenes o muy jóvenes, que se atrevieron a desafiar el sistema sociopolítico o los esquemas de pensamiento de su tiempo (y que en buena medida lo lograron). En ese sentido, el odio burlón hacia Greta reproduce el mismo odio burlón, paleto, machista y miserable que generaba Hipatia en el siglo V, Hildegard von Bingen en el XII, Catalina de Siena en el XIV, Juana de Arco en el XV, Teresa de Jesús en el XVI, Cristina de Suecia en el XVII o Marie Curie en el XX.
Así que del mismo modo que debemos acoger esperanzadamente las críticas hacia esos famosos que se están pronunciando a favor del activismo climático, también debemos aceptar con comprensión las burlas y chanzas hacia Greta, porque responden a una pauta histórica. Y porque la figura de esta joven tan atrabiliaria como inspiradora se recordará durante mucho tiempo, y subsistirá universalmente en la memoria de las gentes cuando todas esas burlas y chanzas, junto con los que las divulgan, ya no sean más que silencio, polvo, nada.

El desmedido amor a la sisa.

Lo fascinante de la etimología no es tanto averiguar el sentido prístino de las palabras como desvelar la evolución progresiva de su significado y a partir de ahí obtener alguna conclusión.
Pongo un ejemplo: la palabra “sisa“.
Se trata de un término que en esencia significa corte, recorte o reducción de ajuste, a partir, más que posiblemente, y diga lo que diga Corominas, del latín “scissum“, cortado, lo que nos evoca el inglés scissors, o el castellano escisión)
Este sentido de corte o recorte se mantiene, por ejemplo en el mundo de la sastrería. Yo recuerdo vagamente que mi madre hablaba de sisa para referirse a la necesidad de cierto ajuste final de algún jersey que me hacía probar; “hay que coger sisa”; me parece que decía, o algo similar.
Este sentido de recorte o ajuste es el que hizo posible la aplicación del término al mundo de los tributos que el rey recibía en los tiempos medievales. La “sisa” fiscal del medievo era simplemente la parte de los impuestos recaudados que se le permitía retener a quien se encargaba de esa recaudación, como remuneración por su labor. No había en el término ningún sentido de transgresión o apropiación indebida.
Más tarde, ya por el siglo XVIII, la palabra sisa comenzó a utilizarse también para referirse una curiosa práctica fiscal consistente en permitir que los establecimientos comerciales (por ejemplo las carnicerías), entregasen menos mercancía de la comprada por el cliente, de forma que quedase un remanente dinerario, el cual habría de entregarse posteriormente a las autoridades, en forma de impuesto indirecto. Es decir, el cliente compraba y pagaba cuatro libras de salchichas, por ejemplo, pero se establecía que debía recibir solo tres libras y media, quedando el importe de la media libra “sisada” o recortada como impuesto que el carnicero debía liquidar al fisco. Era una especie de astuto malabarismo tributario orientado a disimular el esfuerzo fiscal del contribuyente o pechero, enmascarándolo en el diferencial de peso de lo que compraba. No muy diferente al actual IVA.
Naturalmente, este nueva acepción de sisa dio comprensible paso al sentido de apropiación indebida del dinero que alguien recibe para hacer compras. En el siglo XIX ya se usaba la palabra para definir sobre todo la al parecer inveterada práctica de las empleadas de hogar o los mayordomos de retener una parte del dinero que se les daba para acudir al mercado y proveer a la casa de viandas (“Nina fue cocinera en su juventud, sirvió en buenas casas, pero por su desmedido amor a la sisa no permaneció por mucho tiempo“, escribe Galdós en Misericordia). Y este sentido de amor al fraude es justamente el que se ha consolidado en nuestros tiempos.
¿No invita entonces a la reflexión el hecho de que lo que era al principio un tributo acabe siendo visto con el tiempo como una pura apropiación indebida? ¿No indica esto algo con respecto a la visión que tenemos respecto al pago de los impuestos, tasas y gravámenes?
Interesante palabra esta de sisa. Y una lástima que ya esté quedando fuera de uso. Porque en realidad, bien podríamos denominar al sistema político que sufrimos como Sisópolis, connotando con ello la fiebre fiscal que padecemos y la práctica sistemática de la corrupción y el dinero bajo cuerda, desde la Gürtel a los Eres. Corrupción que, al fin y al cabo, ya parece haberse convertido en otra forma de carga tributaria inevitable.
Propongo pues Sisópolis como definición del modelo socioeconómico en el que nos movemos. Sería la versión española de la italiana Tangentópolis, que es denominación derivada del latín tangere, tocar, puesto que al realizar el reparto de una ganancia, se utilizaba este verbo para referirse a lo que a cada uno le tocaba en la distribución. La tangente era en Italia la parte que le correspondía al jefe o dueño de algún gran negocio, botín o saqueo, valga la redundancia.
Hablo de todo esto con Marta, y al mencionar el término italiano me pregunta si la práctica de la sisa es muy propia de los pueblos mediterráneos. Se lo niego de plano, y me pongo a contarle la célebre historia de Cesar Ritz, el chief que trabajaba en la cocina del lujoso hotel Savoy en Londres, y que durante años sisó a la propiedad una enorme cantidad de dinero. Dinero con el que, una vez despedido del hotel por chorizo, y junto con su compinche y socio August, le sirvió para sentar las bases del imperio hotelero Carlton-Ritz.
–¡Qué curioso! O sea que cuando vemos uno de esos hotelazos con limusines de potentados en la puerta debemos pensar en que todo eso nació de la sisa.
–Todo eso. En efecto. Todo nació de la sisa. Del desmedido amor a la sisa. ¿De dónde si no?

Reformas Estructurales

Las tres grandes narrativas distópicas del siglo XX, es decir, 1984, Un Mundo Feliz y Fahrenheit 451, acertaron en no pocos aspectos, pero erraron en otros muchos. Como era de esperar, pues predecir es bastante difícil, sobre todo si se trata de predecir el futuro…
Predecir el pasado es sencillo. Lo hacen los economistas y los tertulianos cada día…
El caso es que Huxley atisba lúcidamente que los individuos estarían dispuestos a dejarse esclavizar y dejarse atrapar en redes de algún tipo, si a cambio se les proporcionase entretenimiento continuado y algún sucedáneo de felicidad.
Orwell entrevé con acierto un odioso mundo hipercontrolado, con infinitas cámaras y sistemas de espionaje al individuo.
Bradbury da en el clavo cuando comprende que los medios de comunicación de masas acabarán para siempre con el interés por los libros y la literatura.
Pero nuestro mundo no muy feliz no apuesta ya por un consumo aberrante como combustible necesario del sistema económico, tal como pensaba Huxley, sino más bien, al menos desde hace algún tiempo y aparentemente, por la sostenibilidad y el reciclaje.
Tampoco acertó Orwell al pensar que el totalitarismo se impondría a nivel planetario; mas bien ha ocurrido lo contrario y la democracia tiende a universalizarse, por más que lo haga en formas cada vez más aberrantes.
Y en cuanto a la quema de libros, no tendrá lugar en absoluto. No tendrá lugar porque, con la llegada de las nuevas tecnologías de la información y el entretenimiento, dentro de poco ya no habrá libros que quemar.
Pero hay algo en lo que las tres distopías acertaron de pleno. A saber, en asignar un papel clave al lenguaje en lo relativo a la manipulación de las masas.
Así es.
Huxley visualiza la enorme capacidad de las consignas y los mantras ideológicos, repetidos una y otra vez desde la más tierna infancia, para hipnotizar a los ciudadanos y colonizar para siempre sus conciencias.
En Fahrenheit 457, se nos muestra cómo se usa el poder del lenguaje para hacer frente a quienes pretenden liberar al hombre del yugo y la ignorancia.
Y Orwell comprende bien que solo mediante la cancelación del significado original de las palabras, y su adecuada sustitución por otros significados nuevos y más ajustados al esquema totalitario, es posible crear y sostener la tiranía.
Y a mi me viene a la cabeza todo esto tan pronto como enciendo la radio o la tv o leo un periódico. Esta mañana, por ejemplo, escucho por enésima vez una mención a las dichosas “reformas estructurales“.
Pero ¿qué diablos serán esas “necesarias” “reformas estructurales” que al parecer es totalmente preciso realizar y que el futuro gobierno parece que no será capaz de llevar a cabo?
Pues este ejemplo notorio de la neolingua de nuestros tiempos tiene su traducción exacta, y la podemos enunciar tal como lo haría un diccionario de neospeech:
Reformas estructurales: f. Dícese del conjunto de medidas legales y económicas a aplicar para hacer aún más precaria la posición de los trabajadores, reducir aún mas su cobertura social, minimizar hasta el límite sus derechos y facilitar a los empresarios la contratación, sin asumir riesgos ni compromisos, de la fuerza de trabajo disponible.
Yo dudo que sean necesarias esas medidas, especialmente después de lo que ha llovido en los últimos años. Pero de lo que no dudo es de que la prostitución del lenguaje es a la vez condición y consecuencia de la corrupción del sistema.
Esto ya no se puede poner en cuestión en estos tiempos distópicos de enredo en redes, big brothers, postverdades, fake news, jerga económica al servicio del sistema…y reformas estructurales.

De asesinos y héroes.

Atentado de Londres. Clamor popular por no haber mantenido al yihadista encerrado de por vida.

Pero…resulta que el héroe que le bloqueó para que no siguiera matando, abalanzándose temerariamente sobre él, estaba recién salido de la prisión tras haber cumplido pena por un brutal y odioso asesinato…

¡Ah, la vida pone a menudo pegas a nuestra visión unilateral de las cosas! Y lo hace con ingenio propio de un buen literato.