Conspiraciones cósmicas.

En “El Alquimista”, Paulo Coelho escribió aquello según lo cual “cuando realmente queremos una cosa, el universo entero conspira para que podamos realizar nuestro deseo”.

Evidentemente, esto es rematadamente falso, pese a haberse popularizado tanto (¿o no será que una cosa lleva a la otra…?).

En realidad, al universo le importa un pimiento nuestros deseos…

Y no puede haber nada más erróneo que esperar la más mínima colaboración del cosmos en nuestras cuitas.

Estamos pues ante una más de las incontables majaderías que inundan los libros de autoayuda, en los que está el origen de tantas frustraciones y decepciones de los ingenuos.

En este universo, que básicamente está vacío, mas vale que no confiemos en que alguien escuche nuestros gritos, y que por el contrario, tomemos humildemente en las manos las herramientas para llevar a cabo, por nuestra cuenta y sin otro concurso que nuestro esfuerzo, aquello con lo que soñamos.

Lo curioso es que la idea de la conspiración cósmica ni siquiera es propia de Coelho. 

Coelho debió inspirarse en este caso  en un gurú de la selfhelp de primera hora, un tal Douglas Harding, quien gustaba de asegurar que, desde el momento en que nos comprometemos con algo, la Providencia se pone igualmente en marcha a nuestro favor. Y que lo hace–nos dice Harding– mediante un completo encadenamiento de acontecimientos, situaciones e incidentes.

Circula por ahí esta idea de Harding, en la forma de un poemita escrito por él y falsamente atribuido en las redes a Goethe, acaso porque el sabio alemán sí pudo haber dicho lo que el vate irlandés John Anster escribió, inspirándose en el autor del Fausto: la audacia encierra en sí misma genio, poder y magia…

La frase de Coelho sobre el universo y su conspiración nos está diciendo el mismo disparate que Harding sostiene en su poema y que Anster escribió en su traducción libre de Goethe. 

Solo que Coelho lo expone de una forma más expresiva. 

Eso hay que reconocérselo al exitoso fabulador brasileño.

Pero, querido lector… ¿conspiraciones cósmicas? Como no sea la de los necios…

Kruger-Dunning y Platón.

¿Por qué los políticos que nos toca sufrir en este tiempo están tan pagados de sí mismos? ¿Por qué son tan ególatras y narcisistas? ¿Por qué gobierna, o aspira a gobernar, una pléyade de mediocres sin sustancia ni meollo? ¿Qué les hace sentirse, con toda su inexperiencia e insignificancia intelectual, capacitados para ordenar las vidas ajenas?

Pues es culpa de la ignorancia misma. De la ignorancia en acción, que es el más temible de los males. 

El incompetente percibe incorrectamente su propia incompetencia. 

Suele ser el necio incapaz de reconocer su propia ineptitud y, en no pocas ocasiones, como vemos, movido por la audacia temeraria que nace de la estulticia, se embarca en la aventura de querer mandar sobre los otros y empeñarse en disponer de las voluntades ajenas.

Este fenómeno lo estudiaron, mediante sesudos experimentos, dos psicólogos de la Universidad de Cornell, Justin Kruger y David Dunning. Demostraron que existe una deficiencia metacognitiva en los individuos con escasa habilidad o conocimientos. Son ellos los que sobreestiman fatalmente sus capacidades. 

Kruger y Dunning consiguieron el Premio Nobel por demostrar la existencia de este sesgo de la percepción, que explica tan lúcidamente lo que a menudo nos parece una conspiración de los idiotas. 

“Efecto Kruger–Dunning” se denomina a este hallazgo de la ciencia de la mente. Algo que acaso ya entrevió Platón cuando ponía en boca de Sócrates que es mejor saber que no se sabe nada que creer que se sabe algo. El mismo Platón que, en La República, argumentaba que un gobernante debería tener ante todo la cualidad de la sabiduría y el amor a la verdad y que los signos seguros de un mal político eran precisamente el narcisismo, la autoindulgencia y la desvergüenza en el uso de la mentira.

Cuando, cada mañana, leo los periódicos o escucho las noticias de la radio, siempre acabo acordándome de Kruger-Dunning.

Y de Platón.

Infravida

El biólogo Thomas Heams nos habla de la “infravida”, es decir, los virus, las ultramicrobacterias, las protocélulas, los priones…Es esa extraña fauna que se columpia en la frontera entre la vida propiamente dicha y la pura materia inerte. En algunos casos, como los virus, esa infravida muestra una extraña capacidad para incorporar información genética y evolucionar, de forma similar a los entes vivos. Y lo hace aún careciendo del metabolismo propio y autonomía que nos caracteriza a los vivientes.

Pero lo fascinante es que todos esos seres “infrabiológicos” parecen ser esenciales para la vida propiamente dicha. 

No hay vida celular sin virus”, nos enseña la moderna Biología. No hay vida sin infravida.

Y esto quizá también se aplica a la Sociología. Al igual que la existencia de las criaturas está bajo los auspicios de un incansable proceso de hibridación, intercambio e interdependencia, las sociedades tal vez se suicidan cuando enloquecen y deciden bloquear esa hibridación, ese intercambio y esa interdependencia. 

Es una misma lección que nos enseña tanto la Historia como la Biología. Deberíamos repasarla a menudo. Sobre todo en estos tiempos.

Ni libertad ni seguridad.

Cuando la autoridad pone en marcha la enésima medida de control de los súbditos y de restricción de sus derechos, sale el periodista de turno y pregunta a los viandantes en la calle, micrófono en mano, por su aceptación de la medida.

“Hombre, si es por razón de aumentar la seguridad, pues tendremos que aceptarlo…”

Todas las respuestas son mas o menos de este tenor. El ciudadano medio es capaz de aceptar cualquier desafuero si desde el Poder le han convencido de que eso se hace, claro, por su propio bien y seguridad…

Benjamin Franklin ya supo intuir, hace más de dos siglos y medio esta tendencia a la aberración de la sociedad hipervigilada, como la que ahora padecemos. En una carta al gobernador de Pensilvania, allá por 1755, escribió: “Those who would give up essential Liberty, to purchase a little temporary Safety, deserve neither Liberty nor Safety.

Hacer Lío.

He citado muchas veces a Lewis Carroll, cuando pone en boca de Humpty Dumpty esa expresión según la cual las palabras significan solo lo que los que mandan quieren que signifiquen…

Esta es una colosal verdad que conviene tener siempre presente para entender la realidad del mundo, convivir con el poder de la mentira, adaptarse al imperio de la palabrería, consolarse frente a la tiranía de la falacia y aclimatarse a una atmósfera en la que cada cual retuerce el sentido de los vocablos según su gusto y conveniencia.

Un buen ejemplo podría ser aquella famosa exhortación de Bergoglio en Rio de Janeiro, usando un castizo modismo platense: “hagan lío” que acaso deriva de la expresión italiana “fare un casino”.

Hacer lío es el barullo incendiado de los hinchas de la barra brava ante los atropellos del árbitro, o el revuelo festivo de los estudiantes en las fiestas de graduación, o el jaleo violento de los activistas en una manifestación…

Así que cuando Bergoglio invitó a los jóvenes a “hacer lío”, dejó a muchos bienpensantes sorprendidos, cuando no indignados. ¿Desde cuando los Papas de Roma hablan y piensan de esta manera?

Pero apenas se divulgó la audaz exhortación del sucesor de Pedro, los teólogos se pusieron a trabajar. Y se publicó casi inmediatamente un sesudo artículo en L’Osservatore Romano, en el que se explicaba que el Papa Francisco había transfigurado el sentido de la expresión “hacer lío” (sí, “transfigurado”) dándole un sentido según el cual “las puertas de las iglesias están siempre abiertas a humanidad dolorida del pueblo de Dios en camino por el mundo” (sic).

¿Lo ves?. Hacer lío ya no es gritar y arrojar bengalas en las gradas de La Bombonera. Hacer lío, es ahora, por decisión de unos que al parecer mandan, al menos en su ámbito, abrir amorosamente las puertas de los templos… 

Pues mira por dónde que yo seguiré atribuyendo a esa estupenda expresión “hacer lío”, su significado original y verdadero. Lo siento mucho. 

Y por cierto, creo no solo que Bergoglio usó “hacer lío” con plena conciencia de su verdadero significado, sino también que lo único que puede salvar al triste mundo en que vivimos es la voluntad de las nuevas generaciones para “hacer lío”, es decir, para perturbar sin descanso el sistema y para incomodar todo lo posible el mecanismo de producción y alienación de nuestra sociedad de consumo.

Como bien dice Vattimo, ahora que ya sabemos que Marx y Dios han muerto, solo nos queda cifrar la esperanza de una revolución que redima al ser humano en la capacidad de los jóvenes para hacer lío.

Mucho lío.

Redes, dioses, pucheros.

Pues ea, hijas mías, no haya desconsuelo; más cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores, entended, que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor, ayudándoos...”


Esto decía Teresa de Ávila en el Libro de las Fundaciones.

No es de extrañar por tanto esa chusca noticia que nos ha llegado, según la cual un cierto puchero electrificado vendido en no se qué red de supermercados, nos espía con un micrófono oculto. Sin duda lo hace a favor de la nueva deidad de nuestros tiempos, esto es, la Red y los que la controlan.

Zombies

Entre todos los monstruos que ha gustado de crear la fantasía humana, el más tonto y absurdo es el de los zombies, esos personajes tan sin alma y tan desalmados, tan bobalicones, que van dando tumbos hacia no se sabe dónde…
Sí. Son el menos interesante de los monstruos. Pero, curiosamente, son también los más populares en nuestro tiempo; The Walking Dead, el juego World War Z, la serie Black Summer de Netflix…¡incuso el último episodio de Juego de Tronos…lo que faltaba!
Puede que esta preeminencia de los muertos vivientes sea un mensaje sobre las características de los tiempos que vivimos.
O puede que sea tan solo el hecho de que producir pelis de zombis no cuesta nada. No son precisos efectos especiales. Nada de extrañas máquinarias ni costosa posproducción. Basta una legión de extras baratitos, vestidos con andrajos y moviéndose como imbéciles.
No se. Tal vez las dos razones cuentan.

Anamnesia

Conocí hace unos días–no vienen a caso las circunstancias ni la razón–a la autora de los “Niños de Lemóniz”, editado no hace mucho.

El encuentro con la escritora despertó mi curiosidad sobre la obra.

Así que me propuse leer, un poco por interés genuino, otro poco por cortesía, “Los Niños de Lemoniz”, que según me decían era ya una novela de éxito.

La verdad es que no me sentí muy impresionado con las primeras páginas, por decirlo eufemísticamente. Acaso eso se debía tan solo a mi contumaz escepticismo hacia los bestsellers…

¿Me tocaba leer una oportunista mezcla de “Patria”, “La Vida es Bella”  y “Esos Maravillosos Años? “

¿Tenía en mis manos otro intento de construir una narración mediante la dificilísima recreación del verdadero lenguaje infantil, tarea en la que siempre se acaba cayendo en algo parecido a ese error contraproducente que en publicidad se denomina “announcer voice”?

Es verdad que, formalmente, los diálogos de los primeros capítulos me parecieron tener un cierto y extraño dinamismo; puede que esto sea–pensé– una forma original y novedosa de presentar los acontecimientos banales de una familia…

Pero ¿por qué no ocurría nada, capítulo tras capítulo? Y, peor aún, por qué esa sucesión interminable de intercambios de frases en los que el lector casi no se aclara de quien dice qué, habida cuenta de la frecuente renuncia de la autora al habitual y conveniente “este dijo tal”, o “repuso aquel”, o “añadió el otro”, o “contestó el de más allá”….todo ello precedido del oportuno guión aclaratorio.

Formalmente, me parecía una fórmula narrativa inusual, pero, a mi juicio, fallida. 

Al parecer, tenía en mis manos una novela que se pretendía construir casi en su totalidad a partir de las conversaciones artificiosas e irrelevantes de una niña con sus compañeras de juegos y su familia; una obra carente del necesario equilibrio entre la parte sincrónica–la voz del narrador–y la parte diacrónica–los diálogos, el hilo de la acción tal como va ocurriendo–, es decir, toda una transgresión del canón de la novela.

Pero ocurre que conseguí persistir en los primeros diez o quince capítulos. 

Y, de pronto, comencé a intuir la estrategia creativa de la autora. 

Me empezó a parecer que acaso ella pretendía presentar primero las dramatis personae de la tragedia, sumergiéndonos en la versión más feliz y cotidiana de su mundo y de su vida. 

A partir de ahí, la trama iría avanzando, lenta, inexorablemente, desde lo trivial hacia el horror más absoluto; ambos con los mismos protagonistas.

Entonces la novela comenzó a interesarme. Y mucho. 

Me olvidé de que había conocido días atrás a su autora. 

¿Qué importancia tenía eso?

Fuí avanzando por el sendero del fanatismo y el espanto que esa autora había trazado casi maquiavélicamente, para que el lector lo fuese siguiendo sin posible escape, en lo que se adivinaba que iba a ser un in crescendo acelerado hasta el climax de una infamia infinita.

Compré inmediatemente la versión de kindle (9 horas y 8 minutos de tiempo de lectura estimada), a fin de poder aprovechar cualquier momento para continuar en mi iphone o en el Ipad la lectura. En un taxi me escalofriaba con las palabras del dueño de la carnicería; en un ascensor me indignaba con el cura que hablaba de efectos colaterales; paseando a Mao al atardecer de la Sierra me sentía abrumado ante el acoso siniestro a la familia en las calles del paradisíaco pueblo vasco (¡dios mío, el mismo pueblo costero soleado y dichoso al que yo, alternándolo con la peligrosa playa de Plencia, viajaba con mis padres y mi hermana los añorados fines de semana de mi infancia vitoriana, en aquel ruidoso pero confortable Seat 1500 con motor Perkins).

Y cuando terminé la lectura, tras la apoteósis de indignidad, infamia, sinrazón, miedo, abandono y crimen al que va acercándose la niña narradora y envolviendo simultáneamente al lector, me quedé pensando por ver si encontraba alguna palabra que sintetizase la intensa experiencia literaria que acababa de vivir. 

Y, no se por qué, me vino a la cabeza la palabra resiliencia, esa noción, concebida por Boris Cyrulnik, en el contexto de su trabajo para los programas de la ONU en favor de los niños traumatizados por los bombardeos de guerra en Oriente Medio.

Resiliencia sí, que equivale en cierto modo a la capacidad de sobrevivir al horror del pasado, mediante el esfuerzo por entenderlo y recordarlo. 

Porque la historia que se nos cuenta en “Los Niños de Lemoniz” es también la historia de una supervivencia. 

Para empezar, la supervivencia de la propia autora, que tiene el coraje y el talento de rescatar esos tiempos oscuros, desde la madurez personal y profesional que ha sabido conseguir, sobreponiéndose al no pequeño trauma de su infancia.

Y, en cierto modo, supervivencia también de la propia sociedad española, que, de algún modo casi inexplicable, ha consequido, si acaso frágilmente, sobrevivir a aquellos años negros de sangre y terror. Y, en cierta manera, rehacerse.

Pero esa delicada supervivencia de nuestra sociedad requiere de más ejercicios de memoria narrativa como los de esta opera prima. Porque es una obra valerosa, de una escritora que puede no tener la técnica literaria de un viejo zorro de los best sellers, pero posee la ventaja de haber vivido en primera persona aquellos acontecimientos y demuestra tener la capacidad para describirlos con la intensidad, frescura y objetividad de una mirada infantil.

Ahora bien, ¿necesitamos de verdad recordar? ¿Por qué hemos de esforzarnos por recuperar un pasado que a veces es nefando (es decir, etimológicamente, aquello de lo que no deberíamos hablar?

Imaginemos que en el mundo solo hubiese un par de tribus muy similares. Pero tienen una diferencia: una de ellas conoce sus orígenes, la otra no.

Ahora supongamos que acaece en el planeta un cataclismo. Apenas subsisten unas parejas de cada una de las tribus.

La pregunta es ¿cual de los dos grupos de supervivientes será capaz de resurgir y recrear de nuevo su mundo?.

Sin duda alguna, aquel que conoce sus orígenes, sus raíces. El otro se extinguirá. 

Porque entender de dónde venimos nos ayuda a sostenernos en lo que somos. Nos ayuda a tomar decisiones correctas, a evitar opciones que conducen al desastre. 

Cuando el autor o autores del Bereshit construyeron su narración, en pleno cautiverio de Babilonia, no lo hicieron pensando en el pasado remoto, sino en el futuro. Eso es el Génesis, un razón para confiar en el mañana.

Me alegro mucho, por eso, de que haya aparecido este libro. Y de haberlo podido leer. 

Acaso tiene efectos curativos. 

Winnicott, que era también pediatra, parangonaba la psicoterapia a “una forma muy ampliada de anamnesis”. 

En esa convicción creo que “Los Niños de Lemóniz” es un libro útil, e incluso necesario para una sociedad que a veces muestra una preocupante tendencia al olvido, y con ese olvido, abre las puertas al fanatismo y a la intolerancia, siempre al acecho. 

Por las mismas o parecidas razones, también me ha resultado útil a mí (acaso, necesario también, pues tengo algunas cosas en común con la biografía autora; yo también llegué al Pais Vasco siendo un niño, siguiendo el destino profesional de mi padre; y yo también viví en mi familia el horror de aquellos años, aunque de distinta manera).

La Historia y la verdad, me consta, son la única cura del alma. Para las personas y para los pueblos.

Y habría que terminar con la pregunta sobre el aspecto, digamos, artístico, de la novela. 

¿Hay o no hay arte en “Los Niños de Lemoniz”?

A mí juicio es arte simplemente todo aquel objeto, narración, conjunto de sonidos o puñado de pintura aceitosa sobre una tela, que sea capaz de producirnos cierta corriente eléctrica que va de abajo a arriba a lo largo de la medula espinal o que es capaz de acelerar nuestras palpitaciones, sin movimiento físico alguno por nuestra parte y de enrojecer nuestros ojos, sin necesidad de ser testigos o protagonistas de un acontecimiento real y doloroso para nosotros.

En ese sentido, me parece innegable que “Los Niños de Lemoniz” es creación artística. 

Porque yo he sentido mis ojos enrojecer en varios momentos de la lectura. 

Por ejemplo, leyendo el sobrecogedor comunicado de la mujer de uno de los ingenieros de la central en el funeral de su marido. 

Y, ciertamente, lo aseguro, no es fácil que mis ojos se tornen vidriosos ante un simple texto literario. 

En realidad, creo que es la primera vez que me ocurre.

Cabeza de chorlito.

Se supone que cada vez amamos y respetamos más a los animales. Pero el caso es que nuestro lenguaje por el momento, sigue reflejando otra cosa. Porque, cuando necesitamos insultar o vituperar al prójimo, en supremo ejemplo de antropocentrismo, preferimos recurrir a epítetos de origen zoológico. Llamamos burro al tonto, víbora al traidor, rata al bellaco, cerdo al inmoral y cabeza de chorlito al que es poco o nada avezado en el arte de la supervivencia, dado que el chorlito o pluvialis es ave con tan poco seso que hace sus nidos a ras de suelo, exponiéndolos a los depredadores. 

Safe as houses.

¿Por qué una y otra vez parece retornar la “burbuja del ladrillo”?  Quizá es porque en lo profundo de nuestra conciencia, solo vemos como inversión cierta y segura la que sea realiza comprando una casa.

Certidumbre para el inversor, como lo atestigua nuestro dicho “verdad como una casa”.

Seguridad para el ahorrador, como lo atestigua la versión inglesa de la expresión anterior: “safe as houses.