De a cuatro.

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De repente, la carne, y sus riesgos para la salud, se ha convertido en el gran tema de actualidad. Marta me pregunta mi opinión.
No se. No tengo muchos datos. Pero me da la impresión de que es un asunto que pone de manifiesto dos características de nuestro tiempo. La primera es el poder de los medios para manipular la opinión a cambio de audiencias. La segunda es el analfabetismo numérico de la población.
El abusivo poder de los medios es evidente cuando uno piensa que el informe de la OMS del que se han hecho eco, es uno mas entre muchos anteriores, de carácter muy similar. Y solo la manipulación, la presentación parcial de la información, la magnificación periodística de los datos, han convertido en drama mundial lo que en realidad no es más que una investigación más que abunda en hechos ya conocidos previamente.
En cuando al analfabetismo numérico, se deduce del hecho de que nadie parece haberse cuestionado el fondo “matemático” de la advertencia sanitaria. En realidad, lo que nos dice la OMS es tan solo que consumir 50 gramos de carne roja procesada incrementa en un 18% el riego de contraer cáncer colon-rectal. Pero, un porcentaje es eso, un porcentaje sobre una base. O sea, nada en absoluto si no conocemos la base sobre la que se aplica. Y es muy sorprendente que nadie o casi nadie se haya cuestionado sobre esa base a la que se refiere el 18%.
El hecho es que, una persona sana de 30 años parece tener apenas 1 posibilidad entre 100 de contraer ese tipo de dolencia en sus próximos 30 años. Si hacemos caso de la OMS, su hábito de comer a diario 50 gramos de carne roja incrementará ese riesgo del 1% hasta el 1,18%. Cabe preguntarse si ese incremento de 18 centésimas en la probabilidad de adquirir la enfermedad puede justificar decisiones tan drásticas como renunciar a un alimento tan habitual y significativo en la dieta. Yo creo que cabe plantearse algunas dudas. Y digo esto sin perjuicio de lo discutible que me parece el consumo masivo e intensivo de carne, tan dañino para la sostenibilidad del planeta…
Este asunto de la OMS no ha sido el único que ha llevado estos días la carne a plena actualidad. También ha sido comentada la noticia según la cual el 2% de los perritos calientes que se comen en Estados Unidos contienen trazas de DNA humano. Tal como han presentado los medios esta información, se diría que la noticia permite concluir que en aquel país existe un canibalismo sistemático. En realidad no es así. Esas trazas (tan solo trazas) de DNA humano en 2 de cada 100 muestras analizadas, son simplemente el resultado de un tratamiento y proceso industrial de la carne en el que intervienen operarios…humanos. Operarios que, hay que aceptarlo, tienen caspa, uñas, saliva, sudor…No hace falta decir mucho más. Tan solo que estamos ante otro ejemplo de información sesgada que provoca innecesario alarmismo y ahonda en esta cultura del terror colectivo y la sobre-seguridad que estamos consintiendo que se cree por todas partes. Por cierto que el tema de la carne humana en los productos alimenticios procesados es algo con muchos e interesantes antecedentes literarios. Podemos referirnos a Quevedo por ejemplo, que tenía una verdadera obsesión por hacer bromas con este asunto. En el Siglo de Oro, la gente pobre comía a menudo pasteles de hojaldre y carne, por ser realmente baratos y asequibles para cualquier bolsillo. No debían ser muy diferentes de los que todavía se pueden degustar en Murcia, en establecimientos como la legendaria pastelería Bonache. O como el que inspiró a Murillo en ese famoso cuadro en el que dos pícaros dan buena cuenta de uno de esos pasteles, empezando por el hojaldre.
Quevedo no dudaba en hacer toda clase de bromas y juegos de palabras al respecto. Quizá tenía algun fundamento, teniendo en cuenta que había leyes que penaban duramente el uso de carnes mortecinas, “de ninguna cosa”, en la elaboración de estos pasteles.
En El Buscón, capítulo IV, el protagonista narrador cuenta que en el alojamiento de su tío, junto al matadero, sirven en la mesa cinco pasteles “de a cuatro”, es decir, de cuatro maravedíes. Los hambrientos comensales, antes de devorarlos, toman un hisopo y “después de haber quitado las hojaldres, dijeron un responso todos, con su requiem aeternam, por el ánima del difunto cuyas eran aquellas carnes….ellos comieron, pero yo pasé con los suelos solos, y quedéme con la costumbre, y así, siempre que como pasteles, rezo una avemaría por el que Dios haya.” Esta no es la única broma de Quevedo al respecto. Cuando el protagonista se acerca a Segovia, cree ver a su difunto progenitor en el camino, en forma de bolsas de pasteles de a cuatro (“vi a mi padre en el camino, aguardando ir en bolsas hecho cuartos…”). Aquí el juego de palabras llega hasta el paroxismo, porque Quevedo especula también con el hecho de que la muerte del padre le proporcionará 300 ducados a su hijo (dinero=cuartos).
A mí no es que me guste mucho esta obsesión de Quevedo con los juegos de palabras. Una obsesión que no se detiene ante nada, ya se trate de crueldad o mal gusto. Estos enredos verbales de Quevedo le dan la razón a Hobbes, cuando decía que no reimos nunca de buen corazón y que quien trata de provocar la risa tan solo está intentando conseguir una mísera y efímera gloria, glorificándose siempre en detrimento de algún otro…Para Hobbes, el hombre, obligado por la vida social a reprimir su afán de violencia, recurre a la broma y al sarcasmo para expresar su sentido de rivalidad; el humor y los juegos de palabras serían tan solo una prolongación de la guerra…por otros medios. Quizá como el periodismo desinformado y desinformador. Periodismo pobre y de incierto contenido. Periodismo “de a cuatro”. Como aquellos pasteles quevedescos…

Grabado en roca.

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Uno de los personajes de Reikiavik, la obra de teatro de Juan Mayorga que se representa estos días en el Valle Inclán y a la que es muy aconsejable acudir, justifica que aquel match para el campeonato mundial de ajedrez de 1972 se celebrase en la fría capital islandesa. “Dias de veinticuatro horas en verano, noches de veinticuatro horas en invierno. Doscientas mil almas contando elfos y troles…allí todos juegan al ajedrez y se lo juegan todo al ajedrez: la mujer, los hijos…Tienen el cuerpo atrofiado de tanto jugar, solo son cabeza y mano…”
En realidad, hay fundamento en estas palabras. El ajedrez tiene profundas raíces en el mundo de los hombres del norte. Y quizá hay algo de justicia cósmica en el hecho de que el actual campeón del mundo sea precisamente un ciudadano del pequeño país del hielo.
Por extraño que pueda parecer, los antiguos vikingos, en sus viajes hacia el sur antes del año 1000, para llevar a cabo las temidas expediciones de saqueo en las costas europeas, jugaban al ajedrez en el barco. Se han encontrado tableros que indudablemente pertenecían a los marineros de aquellas expediciones. Son tableros con orificios en cada escaque, para encajar las piezas, de tal forma que no se desplazasen y cayesen con el ajetreo de la nave. Algunas de esas piezas que los arqueólogos han hallado, están bellamente talladas en oro, plata. Otras en madera. O en marfil de morsa, como el famoso Lewis Set, descubierto en las Hébridas, cuyo espléndido caballo reproduzco y que quizá fue creado poco después del cambio de milenio, en Noruega.
Por su parte, en Hemiskrigla, el ciclo de sagas escandinavas escrito por Snorre Sturlason, leemos episodios en los que el juego del ajedrez es protagonista, como el pasaje en el que se cuenta el desafío sobre el tablero, a cara de perro, entre el Rey Canuto y Ulf el Caudillo. En ese match, el Rey trata de deshacer una jugada errónea, pero Ulf lo impide, lo que provoca el rencor real y, en última instancia, su asesinato.
Puede que sorprenda un tanto que en la Escandinavia del siglo XI, en tiempos del rey Canuto, ya se jugase al ajedrez, siendo así que la tradición nos dice que el noble juego entró en la Europa de los señores feudales, el finamor y los trovadores, algunos siglos más tarde, gracias a los árabes, y a través de la península ibérica (o acaso de Sicilia). Pero el hecho es que el ajedrez parece haber viajado mucho antes desde Oriente hasta los países nórdicos, siguiendo las interminables rutas comerciales que desde Bagdad, y a través de las bocas del Volga, llegaban hasta los rincones más septentrionales de Rusia (y desde allí a Escandinavia). Estas rutas ya eran perfectamente practicables a mediados del siglo IX. No es de extrañar por tanto que los vikingos fuesen, y sigan siendo, buenos ajedrecistas).
Nuestro cliché respecto a aquellas gentes, que nos las muestra como bestias sin cerebro, es justamente, eso, un estereotipo. Un estereotipo interesado nacido del terrible espanto que generaba aquella forma vikinga de ganarse la vida, saqueando puertos y poblaciones costeras de toda Europa. No hay nada peor que tener una leyenda negra. No hay nada más indeleble que un estereotipo, como su propio nombre indica (de estereos, duro como una piedra y typo, carácter, marca, es decir, inscripción grabada en roca…)

El Futuro ya no es lo que era…

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Hace unas semanas ha muerto, a los 90 años, el que fue ídolo del baseball Lawrence Peter Berra, más conocido como Yogi Berra (por sus posturas de yogui en el campo). Fue una figura inmensamente popular en la Norteamérica de los años 50 y 60 del siglo pasado. No solo por sus éxitos como catcher sino por sus divertidísimas frases, llenas de incorrecciones sintácticas y malapropismos, pero en cierto sentido geniales. Su figura inspiró nada menos que a mi personaje favorito de los dibujos animados. Hanna Barbera se basó en el Yogi Berra para su inmortal creación del Oso Yogui, que se llamó así en inequívoca referencia al jugador (Yogi Bear/Yogi Berra).
Entre las maravillosas frases atribuidas a este gran deportista-filósofo desaparecido (que anticiparon muchas de las perogrulladas que hemos oído a las estrellas del fútbol patrio), se podrían destacar algunas especialmente memorables: “el partido no termina hasta que termina”… “daría mi brazo derecho por ser ambidiestro”…“siempre pensé que ese record se mantendría hasta que alguien lo rompiese”…”En teoría, no hay diferencia entre práctica y teoría. En la práctica si la hay”…”no puedo concentrarme mientras pienso”…”siempre voy a los entierros de los demás, porque de lo contrario ellos no vendrán al mío”…”el baseball es un noventa por ciento mental. La otra mitad es física”.
También se atribuye a Berra la frase según la cual “el futuro no es lo que solía ser”. Esto no es un malapropismo. Es una profundísima verdad que estos días, precisamente cuando Berra ha muerto, nos habrá evocado un poco a todos el recuerdo de Regreso al Futuro y este 2015 que vivimos, tan diferente del que imaginó el guionista de la película…

Ringxiety

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Una creencia oriental, de la que se hace eco Elena Fortún, nos dice que los milagros no ocurren porque hay demasiado ruido en el mundo.

Para los antiguos babilonios, la primera destrucción de la población de la Tierra, a cargo del malvado dios Erra, estaba justificada por los muchos y desagradables ruidos que los humanos producían. En el mito de Atra Hasis, el Noe de los acadios, Dios se cansa de los humanos, cuyos ruidos le impiden dormir, y decide librarse de ellos con el Diluvio Universal. Un mito sumerio nos habla del rey Ziusudra, al que el dios Enki informa de que los hombres serán destruidos por ser demasiado ruidosos y por impedir a las divinidades dormir durante la noche. En la epopeya de Gilgamesh, leemos que el dios de Mesopotamia, Enlil, se cansa de los ruidosos humanos y los destruye con una gran inundación.

Algo igual de terrible ha de ocurrir en nuestros tiempos, si seguimos aceptando la contaminación sonora por culpa de los teléfonos móviles. Algún día, en el tren, voy a cometer algún disparate si no consigo resistir tanto ring incansable (y tanta conversación idiota en voz alta subsiguiente).

El ser humano se ha convertido en un mero apéndice del ruidoso móvil. Vive pendiente de su sonido. Incluso cree oirlo cuando no suena. Ha surgido una nueva patología psíquica a la que ya se denomina ringxiety (portmanteau acuñado por el psicólogo David Laramie). Consiste en creer que el teléfono suena constantemente, y en llevarse las manos al bolsillo en cuanto suena en alguna parte algo parecido al ring del móvil.

La Humanidad se está ganando un nuevo diluvio como no se ponga freno a todo esto. Algo me dice que el ruido se está haciendo ya inaceptable para los dioses. Preparemos los paraguas.

El Tumor de Francisco.

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Por supuesto que el Papa Francisco tiene un tumor, tal como indicaba ese rumor divulgado por sus enemigos. Ese tumor es real, porque es el que está formado por todos esos poderosos profesionales de la vieja religión que aún gobiernan o al menos controlan buena parte de la Iglesia Católica. Es un tumor hecho de conspiraciones, intrigas, mentiras, rumores falsos y océanos de hipocresía. Sostienen su enorme poder con un discurso tenebroso. Un discurso que niega obstinadamente la libertad en todos los ámbitos. La libertad en la vida sexual. La libertad en la pareja. Niegan estos tiranos una libertad sin la cual no se debería concebir ni el amor, ni la felicidad ni, tampoco la familia o el matrimonio. Es una caterva de retrógrados que acaba de ganar una batalla más, en la forma de una Relatio Finalis del Sínodo más bien descafeinada e irrelevante, que deja en manos de cada confesor, o sea de cualquier presbítero, lo que debería haber sido una valiente toma de postura institucional de la Iglesia Católica, en la la línea de modernización que marcó el Vaticano II y que Bergoglio parecía haber sido el hombre elegido por el Destino para llevar hasta sus últimas consecuencias.
Bergoglio sabe que la verdadera misión de la Iglesia no puede ser forzar a que las parejas de distinto sexo sufran por siempre una unión que resulta inviable o invivible. Ni negar el pan y la sal a quienes sienten su sexualidad de manera diferente a la mayoría. La verdadera misión de la Iglesia, piensa Bergoglio, como decía el llorado Cardenal Martini, su amigo íntimo, debería ser, en esencia, la lucha implacable contra la desigualdad social y sus consecuencias. En todo lo demás, lo que procedería es aplicar sin más la regla universal cristiana del amor, la tolerancia y el perdón.
Así que, aceptemos los hechos: el Papa Francisco tiene un tumor. Es un tumor maligno. De los que cuesta mucho superar.

Altán y Azúa.

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La última viñeta de Altán en La Republicca lo resume todo. Y creo que se aplica tanto a Italia como a España. A España más, incluso.
Allí: dejando aparte a los que lo han cogido, ninguno de nosotros ha cogido un duro…
Y aquí..”hagamos abstracción de la corrupción…”, “nuestros sistemas de adjudicación de contratos públicos son impecables” (dejando aparte los que no lo son, ha olvidado añadir).
¿Cómo es posible tanta aceptación de la desverguenza y tanto ultraje a la razón?
Acabo de leer una entrevista a Felix de Azúa que podría dar la pista. Merece la pena entresacar algunas de las valientes respuestas del filósofo, poeta y catedrático de Estética, en contestación a las preguntas del periodista. No me atrevo a hacer ningún comentario adicional:
“Hay que limpiar el país de amiguetes, cosa difícil cuando todos los políticos se jubilan en las grandes compañías. No podemos seguir pagando jubilaciones de inútiles con el recibo de la luz y el teléfono…la situación política de España puede definirse como conflicto en la finca, los señoritos alterados. Hay dos peligros, que gane el PP y que gane el PSOE, los primeros porque son un desastre insoportable, y los segundos porque no son absolutamente nada, o son algo distinto en cada provincia…la izquierda populista (personajes como Monedero, Colau, Zapata…) surge del odio a la educación en España y del botellón; ellos no lo saben, pero son la continuación de Franco, como lo era ETA. Son la demostración de cómo ha funcionado la LOGSE y del lamentable estado de nuestras universidades. Este es un país analfabeto y narcisista. La desdicha es que la izquierda, que debería haber impuesto en el país algo de racionalidad e ilustración, es aún más analfabeta y narcisista que la derecha…la responsabilidad de los medios de comunicación españoles en la actual situación política es muy alta, especialmente la televisión, la peor de Europa, aunque no conozco la rumana. En relación con lo que ocurrirá en Cataluña en los próximos meses, solo caben dos posibilidades, o el gobierno se toma en serio sus responsabilidades y obligaciones y protege a sus ciudadanos, o estallará la violencia. La dejadez gubernamental ha permitido que avance el fascismo provincial de un modo insensato. Veremos si se puede remediar ese dislate o es ya demasiado tarde.”

Jurado.

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¿Qué decidirá el jurado en el juicio de la niña Asunta? Si estuviésemos en Estados Unidos, casi lo sabríamos con certeza. Allí existen, desde hace una década, servicios en internet como Online Verdict o eJury, que permiten simular, con personas seleccionadas del mismo perfil sociodemográfico que el jurado real, el resultado final del caso. Básicamente son costosos focus group on line con 25 o más personas. Estos servicios ayudan de forma decisiva a los abogados y a los fiscales norteamericanos a decidir sus estrategias de acusación y defensa. Y al parecer, el resultado de cada caso en el tribunal es muy similar a lo que predice previamente la simulación on line.
Yo tengo mis propias dudas respecto a la institución del jurado popular como mecanismo para impartir verdadera justicia penal. Pero estos servicios en internet, que ayudan a encontrar las vías más efectivas para manipular la opinión y forzar el veredicto deseado, no hacen sino aumentar aún más mis dudas.

Lo que me gusta y lo que no.

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Alguien me ha preguntado sobre esto. Fácil respuesta.
Lo que no me gusta son cosas muy básicas: la avaricia, la crueldad con los hombres o con los animales, la estupidez, las tertulias seudopolíticas radiofónicas, los tipos que hablan por teléfono en el AVE,  y los que se hacen selfies. Lo que me gusta son los deleites más exquisitos que le han sido otorgados al ser humano: escribir, pedalear en soledad por el campo y resolver problemas de ajedrez (o intentar hacerlo).

El Precio del Mañana

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En el barrio Londinense de Westminster, que es uno de los lugares con mayor renta per cápita del planeta Tierra, se han identificado dos grupos de residentes. Por un lado está el grupo de la gente rica (que allí es rica de verdad). Por otro lado el grupo de la gente pobre (que es pobre como en cualquier sitio). Pues bien, resulta que, como media, los individuos varones del primer grupo (gente rica), tienen una esperanza de vida 18 años mayor que los individuos varones del segundo grupo (gente pobre). Esto es un dato confirmado en la obra The Health Gap, recientemente publicada por el Presidente de la Asociación Mundial de Médicos y catedrático de Harvard, Michael Marmot, y reconocido abiertamente por el ministro de Salud británico, Jeremy Hunt.
La pobreza se paga actualmente con vida, por lo tanto. Como en aquella famosa película de ciencia ficción, el Precio del Mañana, en la que el tiempo de vida restante , marcado en el brazo, se compraba desesperadamente con dinero en metálico.
La pobreza, sí, se paga con vida. Con mucha vida. Cada vez con más vida.
Y esto no solo ocurre en la barriada de Westminster, por supuesto. Es un fenómeno global. El mes pasado, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, ha reportado que si eres norteamericano, eres pobre y tienes 50 años, lo que te queda de vida, como media, son 26 años, mientras que si perteneces al grupo de los ricos, podrás vivir 39 años más. Es una diferencia de 13 años de vida, según estés en la franja del 20% de los más pobres o del 20% de los más ricos. Y, lo peor de todo, es una diferencia que está creciendo años tras año, durante las dos últimas décadas.
La desigualdad, y la injusticia que subyace a ella, es el cáncer de la sociedad. Desde el nucleo familiar hasta el Estado o las organizaciones y empresas. El homo sapiens soporta muchas, muchísimas cosas, pero lleva muy mal el trato discriminatorio sistemático y arbitrario, la contemplación de la percepción indebida de mayores beneficios por parte del hermano, del compañero de trabajo, del vecino…
Y entre todas las desigualdades, la más devastadora e insoportable, se diría que es precisamente la desigualdad en materia de salud, en materia de vida.
Por eso, la primera obligación de los Estados es garantizar la máxima igualdad posible en materia de salud. Precisamente porque la verdadera función de los Estados es reducir el potencial de conflicto interno de la sociedad mediante mecanismos de redistribución de la riqueza. Mecanismos que transfieran recursos desde los que más pueden hasta los que más lo necesitan.
Y por eso, resulta asombroso que cada vez que se acercan las elecciones generales, se vuelva a hablar del copago sanitario, que es, querámoslo o no, una manera de retroceder en materia de igualdad en salud.
Es indudable que el copago tiende a reducir (y lo que es más importante, a optimizar) los gastos sanitarios. Faltaría más. Y es también indudable que los gastos sanitarios en las sociedades occidentales son enormes (entre uno y dos meses de trabajo al año es lo que nos cuesta a cada uno de los contribuyentes el sostenimiento del sistema sanitario a través de los impuestos que pagamos). Pero pensar que el único camino para optimizar esos gastos sanitarios es la implantación de un modelo de copago más o menos lineal revela una forma de pensar característica de la vieja y caduca mentalidad liberal, que ve en el dinero y en la avidez el único mecanismo para regular la vida en las sociedades.
Ha amanecido. Estamos en el siglo XXI. Deberían existir formas y métodos válidos para mejorar nuestra organización social y evitar el despilfarro económico distintos a la mera implantación de tasas y tickets por doquier. Y el desafío de los políticos y pensadores sociales no debería ser otro sino encontrar esas formas y métodos.
Promover el copago, en cualquier ámbito y sean cuales sean sus formas de implementación y modulación, es retroceder en un camino que nos debemos sentir orgullosos de haber recorrido. Es hacerle el juego a un modelo de organización social injusto y desigual basado en el ticket y el peaje. Si se trata de copago sanitario, esa injusticia y desigualdad es particularmente lacerante. Y por ello el copago contiene una carga de tensión social particularmente peligrosa.
La sanidad pública, universal y gratuita, con todos sus enormes defectos, es la gran conquista social de nuestro tiempo. Los que viven en países con sistemas sanitarios indebidamente desarrollados, deben luchar a toda costa por cambiar esos sistemas. Y los que vivimos en países en los que la sanidad de calidad tiende a ser accesible para todos, debemos esforzarnos por mejorar aún más el modelo conquistado, corregir progresivamente sus abusos y acallar con ello las voces de los adalides del copago y del peaje omnipresente. Porque de esa mejora dependerá una buena parte la victoria en la lucha contra la desigualdad, y por tanto, la consecución de la estabilidad, el bienestar social y la justicia. Ese será el verdadero precio del mañana.

Emperadores y Certezas.

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¿Cuál es la frase más cierta que jamás se ha escrito?, me pregunta Marta mientras terminamos de ordenar la librería.
Vaya cuestión. Finalmente se me ocurre una respuesta, quizá pensando en otra persona querida que se nos ha ido la semana pasada, a manos del temible Emperador de Todos los Males. Es una frase que creo se halla en las Meditaciones de Marco Aurelio. Busco el libro en el estante correspondiente, hojeo durante un rato y la encuentro. Y se la leo. “ἐγγὺς μὲν ἡ σὴ περὶ πάντων λήθη· ἐγγὺς δὲ ἡ πάντων περὶ σοῦ λήθη”
Marta me mira y me pregunta qué diablos puede significar eso. Le suena el pantón (todos) y el lethe (olvido), además del pronombre, sou.
Muy simple: “Un instante y habrás olvidado todo; un instante y todos te habrán olvidado a tí”.
Es una verdad terrible, pero la gran verdad después de todo. No puede haber nada más cierto. Y lo fascinante es que eso lo haya dicho otro Emperador. Un Emperador de Roma.
Esto hace a la frase mucho más impresionante. Más cierta aún para cualquiera. La más cierta de todas las frases. Por ser la certeza misma.