Izquierda.

En la víspera del domingo de elecciones, recorro en bicicleta la comarca, cruzando no menos de siete pueblos. Más de tres horas sobre la bici.

Por todas partes veo publicidad electoral. Pero si un Rip Van Winkle ciclista hubiese salido a acompañarme en mi cabalgada solitaria, despertándose de un sueño de 30 años, se hubiera sorprendido mucho por toda esta publicidad. 

Porque, entre otras cosas, la noción de “izquierda” ya no aparece por ninguna parte, no está en ningún cartel ni en ninguna banderola. 

Todo son formaciones de nombres largos, hechos con frasecitas o expresiones cargadas de promesas vacuas o poco creibles, agrupaciones eclécticas de vecinos muy felices de haberse conocido que sonrien al elector con sus caras amistosas y benéficas, candidaturas de paisanaje diverso lideradas por los caciques locales de siempre, que se nos proponen como las alternativas oportunas y necesarias frente los partidos tradicionales…Es todo grotesco y pueril.

Y no. No aparece la palabra “izquierda” por parte alguna. 

¿Cuál puede ser la razón de esta ausencia, siendo así que hasta no hace mucho se decía que nuestra sociedad estaba escorada casi permanentemente hacia ese lado del espectro político, particularmente tras cuarenta largos años de dictadura militar?

Mientras bajo el puerto hacia el pueblo de Navacerrada, con muho sol y algo de viento de cara, pienso que el fracaso de la izquierda es precisamente el resultado mismo de su éxito histórico. Los avances sociológicos de la izquierda han acabado por crear una sociedad profundamente conservadora. Y la izquierda misma ha perdido con ello la mayor parte de su sentido y su razón de ser. Y está siendo incapaz de reinventarse.

Lo explicaré con una simple referencia histórica.

El Estado del Bienestar no nació con la izquierda laborista y socialista británica, como a veces se piensa. Las primeras leyes sociales, como el sistema estatal obligatorio de pensiones y el seguro médico surgieron en la Alemania militarista e hiperconservadora de Otto von Bismarck, allá por 1880. ¿Y por qué surgieron? El propio Bismarck lo dejó bien claro: la idea era “engendrar en la gran masa de los desposeídos el estado mental que brota del sentimiento de tener derecho a una pensión”. El canciller de hierro sostenía que “un hombre que tiene una pensión para la vejez es mucho más manejable que un hombre sin tal perspectiva”.

Bismarck no tenía inconveniente en reconocer que aquellas primeras leyes sociales eran realmente ideas “propias de un Estado socialista, en el que la generalidad debe comprometerse a ayudar a los desposeidos”. Pero los motivos de legislar en ese sentido no estaban precisamente en relación con los valores de progreso y justicia, sino con las posibilidades de manipulación y control social. 

Creo que es fácil entender lo que estoy sugiriendo. El inmenso desarrollo que ha tenido el concepto de Estado del Bienestar, impulsado por la izquierda europea desde finales del siglo XIX, ha acabado por vaciar de contenido a la propia izquierda, desorientarla y neutralizar fatalmente el impulso social que le daba sentido y potencialidad.

Se entiende entonces que ya ni siquiera se tenga claro qué cosa es la política de izquierdas. Todo son aporías.

¿Debe la izquierda impulsar una política fiscal menos agresiva o más bien ha de aumentar la carga fiscal para controlar el déficit público y y la deuda externa, que acabarán por empobrecer a los más débiles a través de la inflación y nuevos impuestos directos? 

¿Es de izquierdas impulsar las prejubilaciones masivas o lo es más combatirlas para preservar el derecho al trabajo y a su dignidad? 

¿Debe la izquierda impulsar el mercado laboral mediante las facilidades a la creación de grandes empresas o debe imponer trabas a cierto tipo de industria, desde enfoques ecológicos o medioambientales?

¿Es de izquierdas apoyar el proteccionismo comercial para frenar la hegemonía creciente de un estado totalitario e hipercapitalista como China o es más de izquierdas enfrentarse a las barreras aduaneras que impone un reaccionario como Trump cuando pretende evitar que China, que ya se ha comprado Africa entera y media latinoamérica, acabe dominando el mundo? 

¿Es de izquierdas apoyar la Europa de los banqueros y burócratas de Bruselas o es de izquierdas aspirar a un nuevo modelo de cooperación continental? (y recordemos lo muy “europeistas” y defensores de los “valores de la civilización europea” que se declararon siempre Hitler y Mussolini) 

¿Es de izquierdas defender un internet abierto y sin restricciones o es más de izquierdas luchar contra el inmenso poder que están acumulando los gigantes de Silicon Valley? 

¿Es de izquierdas apoyar el llamado “derecho a decidir” o es más de izquierdas combatir el supremacismo y soberanismo tribal impulsado generalmente por fuerzas conservadoras y xenófobas?

Hemos llegado, gracias a la izquierda, a un punto en el que ya no tenemos muy claro lo que es la izquierda. 

Y tenemos entonces pendiente la necesidad de redefinir esa misma izquierda. 

Tal vez sea posible.

Tal vez aún sea posible si pensamos en que la verdadera explotación del hombre por el hombre en nuestro tiempo tiene más que ver con la hegemonía en internet y el tráfico de datos que con las relaciones laborales. 

Tal vez sea posible pensando en que la lucha popular habría que dirigirla ahora prioritariamente contra un concepto de sociedad hipervigilada. 

Tal vez sea posible si nos atrevemos redefinir el concepto de alienación incardinándolo ahora en las redes sociales y en la inmensa maquinaria de manipulación en la que se han convertido…

Y todo ello sin renunciar a seguir progresando en la batalla por la transparencia, en la lucha contra la desigualdad creciente, contra la corrupción rampante, contra la evasión fiscal descomunal y contra el creciente poder de las bien llamadas élites extractivas…y, por último pero no lo menos importante, avanzando en el esfuerzo por la consecución de un sistema judicial digno y justo que haga verdaderamente igual para todos el cumplimiento de la ley…

Todo eso seguirá dando sentido a la palabra “izquierda”.

Pero es precisa la reinvención.

Y bien pudiera ser que la primera tarea fuese la recuperación de la palabra. 

Porque a veces, las cosas empiezan a desaparecer cuando se van oscureciendo o confundiendo las palabras que las denominan.

Y con estas ideas en la cabeza, llego a casa y me bajo de la bicicleta con el habitual apetito que dan los muchos kilómetros sobre el sillín.

Ya se nos tiene dicho en el Quijote que uno tiende a la metafísica cuando el hambre aprieta…

Poderoso Caballero.

También en referencia a un post anterior me dicen que tal vez las connotaciones negativas (o más bien duales) del dinero no es correcto que se imputen exclusivamente a la cultura judeocristiana sino que acaso vienen desde mas lejos y son algo inherente al hecho de que el dinero puede da y quita la felicidad al ser humano, según se utilice.

Puede ser. Es cierto que el pensamiento cristiano es muy claro al respecto y nace no solo en San Pablo o San Agustín, como mencioné en mi post (y ambos son los dos co-creadores del corpus doctrinal del cristianismo, sin la menor duda, y con permiso del de Aquino), sino que arranca de Mateo 6.24 : “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Pero también es justo reconocer que el recelo frente al dinero viene de mucho más lejos. Por ejemplo, en Sófocles ya encontramos claramente expresada la idea, en las famosas palabras de Creonte al coro, en Antígona: “No hay nada peor que el dinero / El dinero arrasa las ciudades, expulsa / A los hombres de sus casas, envenena los corazones / Convierte la honestidad en acciones vergonzosas / Muestra a los hombres el camino a la villanía”

Y esa idea clásica es la que pervive y se desarrolla durante toda la Edad Media, al menos hasta el renacimiento y la emergencia de la burguesía hegemónica. Y no siempre tuvo vinculación al pensamiento ortodoxo cristiano. Eso es cierto.

Por ejemplo, en las Canciones Bávaras que entonaban los provocadores, anticlericales e irreverentes estudiantes goliardos (es decir, en los Carmina Burana) encontramos la misma idea, aunque el fragmento en cuestión no lo consideró Orff para su célebra cantata. Una lástima.

Es un fragmento de los Carmina que me he permitido traducir a mi modo y que creo tiene el interés de ser una de las indudables fuentes del famoso poema del no poco goliardesco Quevedo (además de otros posibles elementos que acaso le inspiraron, como el Elogi dels Diners del mallorquín Tureda o los versos de Niccolò de Rossi que creo haber mencionado en algún post hace años).

He aquí el fragmento de los cantos goliardos que me he permitido adaptar:

Es en la Tierra el dinero hoy en día el gran Señor

El Dinero quiere al amo, y le sirve con esmero

Ama el dinero el mendigo y lo venera la Curia 

Nada teme el poderoso sino el mal de la penuria

Por igual monje y abad gozan los dos del dinero

El dinero da consejo desde el último al primero

A la paz lleva a las gentes y a la guerra si le place

Al prior le da la dicha y al abad también complace

Al inocente le acusa y al rico quita la calma

Por dinero peca el santo y el honesto vende el alma.

Harrakas.

Me preguntan por la palabra “harraka” que utilicé anteayer en el contexto del comentario sobre Salvini, ese bufón que, impone multas a quienes rescaten inmigrantes en el Mediterráneo; ese payaso populista, xenófobo, nacionalista y supremacista, que besa el rosario en público y encomienda Italia a la Virgen María, olvidando por cierto que ese personaje bíblico al que alude debió ser una mujer virtualmente indigente, extranjera, habitante del otro lado del mar que sirve de frontera a Europa y que, al menos según cuenta el relato evangélico, supo muy bien lo que era la persecución, la injusticia y la huída. 

Tal como hacen los miles de harrakas que cruzan el mar para llegar, con suerte, a nuestro continente. 

Porque eso es precisamente lo que significa “harraka”. Emigrante desesperado.

Harraka es palabra árabe relacionada con el verbo que significa “quemar” y  denota eso: emigrar, huir, escapar, quemar las naves que nos unen con un presente o pasado invivible.

Los harraka son, sí, los que material o figuradamente cruzan las fronteras y queman sus papeles para que nadie les pueda devolver al infierno de donde vienen. 

Quien sabe si el castellano “haragán”, de etimología misteriosa y no confirmada, tiene algo que ver con los vagabundos que rondaban las fronteras de los reinos cristianos en la España medieval en busca de nueva vida.

Harraka es una palabra que, por cierto, también hubiese comprendido muy bien el personaje bíblico al que se encomendaba el otro día el demagogo lombardo al servicio de Bannon, ese granuja que pone precio al kilo de carne humana, como si fuese un nuevo Shylock. 

El aramaico “hrr” tiene el significado de quemado o calcinado. El verbo hebreo hara tiene también el significado básico de “quemar” o “incinerar”. Y en cananeo, “hry” significa enfadado o airado.

Enfadado y airado, tal como deberíamos estar cualquiera de nosotros al escuchar al canalla que aspira ser un nuevo y grotesco Duce del país más bello del mundo y cuya resistible ascensión es de esperar que alguien allá detenga más pronto que tarde.

Aurum colligere de stercore.

Ayer, en Milán, el caudillo reaccionario al que, incompresiblemente, sigue casi media Italia, ese demagogo que se atreve a poner precio a los rescates de harrakas en el Mediterraneo (como si la carne de inmigrante hubiese de pagarse por kilos), ese pre-fascista que se atreve a arengar a la plebe desde el mismo balcón de Piazza Venezia tan caro al Duce, arremetió contra Bergoglio (provocando silbidos contra el Papa entre la chusma), pero al mismo tiempo besó públicamente un rosario y fustigó al que llamó “dios dinero” (él, que hace nacer su pujanza desde una de las regiones más opulentas de Europa, como lo es esa gris Lombardía que impulsa egoísticamente la plutocrática Lega)

Todo esto es un perfecto ejemplo de la liquidez de las ideas que caracteriza nuestro tiempo. Todo es confuso. Todo se desliza. Todo es dual.

En particular, emerge en el discurso del neocondottiero la dualidad respecto al dinero que ha caracterizado desde hace siglos a la cultura europea.

Odiado y venerado, el dinero ha sido denunciado desde siempre por el pensamiento católico, a la vez que fustigado por los más grandes escritores, desde Dante a Molière, pasando por Rabelais, Quevedo, Dickens o Balzac.

El cristianismo nace y se desarrolla en el odio al dinero, sí. Para San Pablo, la “filarguiria”, es decir, el amor al dinero, es el origen de todos los males (πάντων τῶν κακῶν ἐστὶν ἡ φιλαργυρία, leemos en la carta a Timoteo). En coherencia, San Agustín define la avaricia como uno de los vicios más extremos. 

Desde entonces, queda claro que el cristiano debe elegir entre servir a Dios o a Mammon. 

Pero al mismo tiempo, el dinero se sacraliza en nuestra cultura, como reconoce ayer en su discurso el populista lombardo, que afirma su rango efectivo de divinidad. Y lo hace en una de las ciudades más vinculadas históricamente a la banca y al dinero.

Esta fascinante dualidad evoca la otra gran dualidad, que es el sexo, ese otro dictador tiránico de lo que somos o queremos ser.

Y sin duda ha de existir algún tipo de vinculación entre esos dos dioses que parecen imperar en nuestra vida íntima y en nuestra organización social respectivamente.

Freud incluye la relación del ser humano con lo crematístico en el marco mismo de su teoría de la sexualidad. El doctor vienés está convencido de que los humanos tratan los asuntos monetarios del mismo modo que las cuestiones sexuales. Considera Freud (y algunos de su seguidores, pero no todos) que el afán dinerario está relacionado con un placer anal de la primera infancia, consistente en retener la materia fecal en el intestino propio, en lugar de ofrecerla gratuitamente al exterior como quien otorga un crédito sin interés. Para Freud, la avaricia del adulto, el culto al dinero, tiene su origen, o puede tenerlo, en una vivencia demasiado represiva de la limpieza en la infancia, algo que resulta característico de la sociedad burguesa contemporánea. Y acaso los problemas intestinales del adulto, como el estreñimiento, pudieran ser concomitantes con un patológico sentido de la avaricia…

Quién sabe. Las ideas freudianas son fascinantes, aunque difíciles de probar por lo general. Pero lo cierto es que la asociación entre el dinero, el diablo y la divinidad, y la material fecal no es en absoluto privativa de la fantasía psicoanalista. Recordemos a Papini, que llamaba al dinero excremento del diablo. O a Casiodoro, que daba pie a la burla generalizada de los médicos medievales, siempre obsesionados con el color de la orina o la forma de las heces, a los que se acusaba por ello de enriquecerse con el estiércol, como si fuesen campesinos abonando los campos (“…aurum colligere de stercore”)

Aurum colligere de stercore. Recoger oro del estiércol. En cierto modo la frase también se ajusta bien al vil populismo del que el caudillo lombardo es el mejor exponente: recoger votos a partir del estímulo de las más sucias pasiones humanas: el egoismo, la xenofobia, el tribalismo nacionalista…

Y todo eso es, ay, una mina que no parece agotarse jamás.

España

Marta vio anoche un programa de televisión en el que se hablaba, creo, del Imperio Español y de su enorme poder en los siglos XVI y XVII. 

Comentando el programa, me dice que le parece extraño que después de todo aquello, tengamos un país que no acaba de encontrar su identidad y que parece ir por detrás en muchas cosas de otros países europeos que apenas eran significativos en aquellos dos largos siglos en los que los españoles eran más admirados y temidos que ningún otro pueblo. ¿Cómo es posible?

Me pide Marta que le de la pista para entender esta larga decadencia y este conflicto interno interminable. Pero me exige que lo haga en menos de cinco minutos…

¿En cinco minutos? ¿Explicar más de tres siglos de decadencia en cinco minutos?

Déjame pensar…¿por qué no?…al menos lo intentaré.

Tengo que hablarte, Marta, de varias cosas. Tengo que hablarte de Iglesia, de Imperio, de Dinero, de Ciencia.

En primer lugar la Iglesia.

España, como unidad, surge con los Reyes Católicos, con la conquista del Reino de Granada (técnicamente una Cruzada cristiana) y con el Descubrimiento. Y, por ello, surge lo español en el contexto de una profundísima vinculación entre Iglesia y Estado.

Isabel y Fernando habían conseguido su unión con la indispensable complicidad del mismísimo cardenal valenciano al que Isabel y Fernando ayudarían después a convertirse en Papa y que a su vez, bendeciría la colonización de América y otorgaría medio mundo a los españoles (y otro medio a los portugueses).

Esos mismos Reyes Católicos habían conseguido en 1478, poner al Tribunal del Santo Oficio bajo la autoridad de la monarquía–caso excepcional en toda Europa–lo que dio origen a una vinculación poderosísima entre el poder de la Iglesia y el de Estado. Vinculación que duró casi cuatro siglos y que no tuvo parangón en ningún otro país.

Este protagonismo de lo eclesiástico en la vida social y cultural española, tan intenso y durante tanto tiempo, tuvo consecuencias muy negativas, ralentizando la entrada de España en la modernidad y frenando dramáticamente la expansión de las ciencias y la técnica en la sociedad española. Baste recordar que incluso en los años 60 del siglo XX, la Universidad española estaba férreamente controlada por la Iglesia Católica, que desde siempre estuvo más obsesionada por promover el mal llamado saber humanista y teológico que el científico.

Así que ya tenemos una primera clave del retraso: el inusitado poder de la Iglesia Católica en la sociedad, en la política y en la cultura española. Y llevo solo 1 minuto. 

La segunda clave está relacionada con la primera, y se trata del concepto de Imperio global de la dinastía de los Austrias, esa familia que dictó los destinos de España entre 1518 y 1700, tomando el relevo–precisamente, de otro Cardenal de la Iglesia Católica, que ejerció como rey virtual de España entre 1506 y 1517, con alguna interrupción en favor de Fernando de Aragón. 

Los Austrias españoles nunca apostaron por una España unida, sino por un Imperio Europeo unido. Y en esa tarea imperial se desangraron económicamente, aliados también con la Iglesia romana en la lucha interminable contra las fuerzas centrífugas de la Reforma. Esos Austrias contribuyeron a crear los embriones del nacionalismo europeo que cristalizaría en el XIX, al mismo tiempo que debilitaban, simétricamente, el sentido de la unidad española; pensemos , por ejemplo, en los recursos económicos y humanos que Olivares exigía, sin ninguna legitimidad y creando un rencor duradero, a los catalanes de principios del XVII para defender el Imperio en Napoles, el Rosellón o Flandes; recursos que no sirvieron finalmente para sostener dicho Imperio y que en cambio condicionaron por siglos la armonía entre Cataluña y el resto de España.

La tercera clave es el dinero. Y también está relacionada con las anteriores, lo que nos confirma que las causas de los grandes dramas históricos son siempre múltiples y se entrelazan. No hay nunca causas únicas.

La monarquía española consiguió enormes recursos de metales preciosos con el Descubrimiento (de hecho, el impulso principal del viaje de Colón no fue otro que el de conseguir recursos que permitiesen evitar la bancarrota ocasionada por los veinte años de la costosísima Cruzada contra el Reino de Granada). Esos recursos no solo se consiguieron, por cierto, con ayuda de una brutal esclavización de los nativos americanos, lo que contribuyó a la fabricación de la famosa Leyenda Negra por parte de los rivales de la monarquía hispánica, sino que se abusó de ese oro y de esa plata americana de forma totalmente indebida, para sostener locamente la fanática idea imperial. Con ello se creó una inflación continuada y se hizo sufrir a España de la llamada “Maldición de los Recursos”, como a menudo les sobreviene a los países que súbitamente descubren diamantes, coltán, petroleo u otro recurso valioso, y que condicionan fatalmente a dicho recurso, y en exclusiva, la totalidad de su economía, poniéndose en evidente riesgo de desastre financiero y retraso tecnológico cuando las cosas les vengan mal dadas. España, henchida de poder militar y político, no supo desarrollar un sistema bancario adecuado y se puso en manos de los comerciantes y prestamistas de Amberes y Génova para descontar en efectivo las futuras descargas de plata americana. Con la caída del valor de la plata, la Corona española entró en default de su deuda, no una sino muchas veces: catorce exactamente entre 1557 y 1696. El Imperio Español puede que fuese la mayor potencia global que vieron los tiempos, pero era una potencia insolvente.

España no entendió que el dinero y la riqueza tenían que ver más bien con el crédito que con los metales. No supo crear entidades financieras que permitiesen dinamizar la economía del país a través de la expansión del crédito, tal como hicieron por aquellos tiempos otros países europeos.

A principios del Quattrocento había surgido ya en Italia el genial sistema bancario florentino, de la mano de los Medici. A partir de aquel modelo se habían desarrollado nuevas entidades bancarias en Amsterdam, Londres, Estocolmo…pero, ay, no en España. El Amsterdamsche Wisselbank se fundó en 1609. El Stockholms Banco nació en 1657 ya con una misión crediticia expresa. Y en 1694 nació en Londres el Banco de Inglaterra, que fue absolutamente innovador en diferentes aspectos, como su carácter de banco por acciones y la emisión de pagarés sin intereses para facilitar los pagos sin necesidad de que comprador y vendedor tuviesen cuentas corrientes.

¿Por qué el sistema financiero y bancario, tan esencial para el desarrollo económico (y por añadidura tecnológico) no floreció en España? Pues en parte por el inmenso flujo de metales preciosos americanos que expandía la masa monetaria y creaba el espejismo de hacer innecesario el crédito bancario, y sobre todo por la propia hegemonía de la Iglesia Católica, que nunca vio con buenos ojos la actividad bancaria; recordemos que los prestamistas fueron excomulgados por el III Concilio de Letrán en 1179, y que el Concilio de Viena de 1311 declaró que era hereje incluso el que sostuviese que no era pecado la usura. Los usureros cristianos (y era usurero todo el que prestase con interés) habían de indemnizar a la Iglesia en sus testamentos (!) como condición para poder ser enterrados en sagrado…Asimismo, la banca y los banqueros eran particularmente detestados por las órdenes de los franciscanos y los dominicos, que determinaron la vida de la Iglesia a partir de principios del siglo XIII. ¿Debemos recordar que Dante reservaba una parte del Séptimo Círculo del Infierno a los prestamistas, “mordidos de pulgas, o de moscas, o de tábanos…que en el cuello tenían una bolsa con un cierto color y ciertos signos que parecían complacer su vista

En fin, para terminar, le digo a Marta, todo este enredo de poder eclesial, idea imperial, maldición de los recursos, bancarrota y retraso financiero, contribuyó, por un lado, al retraso científico y tecnológico que nos hizo llegar tardísimo a la revolución industrial (acaso ya entrados en los años 60 del siglo XX) y, por otro lado, a la incapacidad de forjar una verdadera unidad nacional tal como lo hicieron otros países europeos durante el siglo XIX que fue nefasto para nuestro país en lo político, con incontables conflictos bélicos internos sucesivos (a veces hasta tres guerras simultáneamente).

Y en esas estamos.

Pero compruebo que me quedan 30 segundos para cubrir los 5 minutos prometidos. Y le digo a Marta que la Historia no es Destino. Y que todo ese retraso económico y esa crisis permanente de la unidad nacional no está escrito que sea para siempre. Ni debe hacer que nos sintamos estigmatizados por el pasado.

Habitamos un país en el que la gente no parece ser especialmente infeliz; en el que se diría que existe un cierto arte de vida; en el que aún subsisten redes de soporte familiar; en el que contamos con una tradición de arte y humanismo extraordinaria; en el que aún se vive en la calle, esa genial invención mediterránea, en el que la esperanza de vida es la mayor del mundo, junto con la de los japoneses, en el que el nivel de delincuencia y criminalidad está a años luz, por debajo, del que se da en otros países aparentemente más desarrollados…Vivimos en fin, en un país que es, por muchas razones, es el mejor destino turístico mundial según el World Economic Forum.

Eso le digo a Marta en los últimos 30 segundos. 

Y quizá es lo más importante de todo lo que le he dicho. Porque lo esencial de conocer el pasado, o creer que se conoce, es aprender y motivarnos para hacer que el presente y el futuro sea algo mejor. El resto cuenta poco.

Momento Angular

Hacemos el paseo de la tarde con Mao, en el majestuoso ocaso primaveral, hacia la fresneda, por el sendero flanqueado ya de amapolas y gemista. 

Mientras caminamos, Marta me dice que quiere hacer un corto y me pide alguna idea para el argumento.

Miro a la luna, que ya se empieza a entrever, y le sugiero una idea que me vino a la cabeza leyendo un cuento de Italo Calvino.

Le digo que hubo un tiempo en el que la luna estaba muy cerca de la Tierra. Los hombres acostumbraban a usar barcas para acercarse al horizonte del mar y, desde allí, subían con una escalera hasta el satélite. Una vez arriba recogían polvo lunar. Y ese polvo lunar era el que convertía a casi todos los hombres en poetas. O en lunáticos, que viene a ser lo mismo.

Pero la luna se fue alejando poco a poco de la Tierra. Y esa es la causa de que la poesía comenzase a escasear en nuestro planeta. Hasta casi desaparecer.

A Marta le parece interesante la idea y le resulta una ocurrencia inesperada eso de que la luna se va alejando de la Tierra.

Pues el caso es que tiene un cierto fundamento físico, le digo.

Me mira extrañada y se teme lo peor. 

Así es, le digo. La Tierra y la Luna forman un sistema solidario gravitatorio. La rotación de la Luna en torno a la Tierra se asemeja a dos patinadores sobre hielo, sujetos por los brazos y dando vueltas y vueltas. 

–Sí. ¿y qué?

–Pues que se da el caso de que la Tierra rota cada vez más despacio, por culpa del efecto friccional de las aguas. Hubo un tiempo en que casi toda la superficie terrestre era hielo. Al convertirse ese hielo en agua, la velocidad de rotación de la Tierra comenzó a disminuir.

–¿Y?

–Pues que rotando la Tierra más despacio, la ligazón entre ella y la Luna es más débil. Y la Luna se aleja. Es por lo que los físicos llaman el mantenimiento del momento angular.

–No lo comprendo.

–Volvamos a la metáfora del patinaje artístico. Visualiza la imagen clásica del patinador dando vueltas frenéticamente. Si quiere ir lo más rápido posible, encoge los brazos y atráe hacia sí a su compañera. Si quiere reducir la velocidad de rotación, los alarga. El momento angular relaciona la velocidad de giro con el radio de giro, y es algo que se mantiene constante. Es una ley física.

–Ajá.

–A la inversa, si el patinador disminuye su velocidad de rotación, su compañera tenderá a alejarse. Por esa misma ley física.

–Es bonita la metáfora. la Tierra y la Luna como dos patinadores artísticos. Y uno de ellos alejándose eternamente del otro. Qué triste y qué lírico. Por culpa del mantenimiento del momento angular, como tú dices.

–La física puede ser también poética. Es verdad que hemos quedado sin la proximidad de la luna. Pero aún nos queda lago de su poesía.

–Deben ser que aún andan por ahí los restos del polvo lunar que recogían nuestros antepasados…

–Si. Será eso.

En esto ya estamos de vuelta. Y ya es noche cerrada. Mao entra en casa ansioso, buscando su cena.

Omnia Habent Tempus

Al hilo de mi anterior post me hace Marta una interesante pregunta.

Me inquiere por mi afirmación respecto a que Galileo intuyó la relatividad del espacio pero no la del tiempo, para lo que, señalo, tuvimos que esperar a Einstein. 

No lo entiendo”, me dice Marta en un whatsapp, “favor de aclarar”.

Pues creo que esto se lo puedo explicar de un modo relativamente simple.

Galileo intuyó la relatividad del espacio al atisbar que no se podría definir un marco de referencia espacial fijo. Moviéndose la Tierra respecto al Sol, como había planteado Copérnico, la idea de un movimiento absoluto en la Tierra carecía de sentido.

Por ello, la relatividad del espacio se puede definir como la imposibilidad de establecer una medida exacta y universal del desplazamiento de un objeto que se mueve en relación a nosotros. Esto lo comprendió Galileo.

La relatividad del tiempo se podría definir, a su vez, como la imposibilidad de determinar un lapso fijo y universal para ese objeto que vemos desplazarse entre un momento y otro posterior.

Esta segunda imposibilidad, en principio, no  se le presentó a Galileo. Debío pensar que bastaría con observar el comienzo y el fin del desplazamiento, y hacer un par de consultas a un reloj. Eso es todo.

El problema está en el término “observar”. Porque ocurre que la luz tarda un tiempo en llegar a nosotros. 

Y esto no sería grave si la luz se comportase como cualquier otro objeto en movimiento. Bastaría tener en cuenta su velocidad a la hora de computar el desplazamiento del objeto. Y la medida del lapso seguría siendo algo objetivo y universal.

Pero el verdadero problema es que la luz, respecto a nosotros, y por extraño que parezca, no va más rápido cuando la emite un objeto que se acerca. Ni más despacio cuando la emite un objeto que se aleja. 

Los experimentos de Faraday, y las ecuaciones de Maxwell, en el siglo XIX, demostraron que la velocidad de la luz es constante: no se suma ni se resta de la velocidad respecto a nosotros que tenga el objeto que emite dicha luz. 

Esta colosal anomalía, empíricamente probada, es la que, en principio, hace imposible hablar de valores absolutos cuando medimos el lapso de tiempo que tarda un objeto en desplazarse de un punto visual a otro. El comportamiento “extraño” de la luz determina que no nos podamos fiar de la medida temporal que tomamos. Existe un famoso experimento mental que nos presenta a un observador en un andén de una estación contemplando el reloj de una especie de oscilador de eje vertical en un tren que pasa raudo ante él. Ese experimento mental muestra que el tic tac del reloj del tren tarda más en producirse para el observador que para el viajero del tren. Si tardase lo mismo, eso implicaría que la velocidad de la luz se habría sumado a la del tren, lo que sabemos es imposible. Gracias a Faraday y Maxwell.

Llegamos entonces a un mundo de absurdos: el lapso de tiempo que transcurre durante el desplazamiento de un objeto de un punto a otro es necesariamente diferente para dos observadores distanciados entre sí. Con ello, da la impresión de que el tiempo se convierte en algo sin mucho sentido. En algo no objetivo, en algo incomprensible.

La genialidad de Einstein fue reconocer que el tiempo simplemente es relativo: cada observador tiene su propio tiempo: el que marca su reloj. Y la velocidad a la que se aleja o acerca un observador de otro implica, curiosamente, una pérdida de sincronicidad de sus respectivos relojes. Así de simple. Esto no lo pudo imaginar Galileo porque seguramente ni pensó en profundidad sobre la velocidad de la luz ni mucho menos pudo imaginar que esa velocidad tendría la limitación que atisbó Faraday.

Einstein estableció que si el objeto B se aleja del objeto A, el reloj de B se ralentizará con respecto al de A. Y si B se aleja tan rápido que se acerca a la velocidad de la luz, su reloj se irá acercando también a una parada total (respecto al reloj de A).

Con este planteamiento, el tiempo tiene sentido solo en una dimensión estrictamente relativa, es decir,  los valores temporales dependen de cada observador. Es más, nos dice Einstein, la deformación del Tiempo no es propiamente una consecuencia de la limitación de la velocidad (c) de la luz, sino más bien al revés: los fotones no pueden superar c porque el tiempo no puede ralentizarse más allá de la parada; no pueden ir los fotones más despacio que parados…

Tiempo y espacio son relativos y se interrelacionan. Y por eso, en sentido estricto, dos observadores no pueden decir a ciencia cierta que están en un lugar o en una hora determinados. Están más bien, cada uno de ellos, en un valor específico del continuo espacio/tiempo, puesto que tienen una posición y una hora, digamos, “personales” e interrelacionadas.

Yo tengo mi tiempo, en función de mi desplazamiento relativo a tí en el espacio. Y tú tienes tu propio tiempo, en función de la velocidad a la que te alejas o te acercas a mí.

Lo creas o no, las cosas encajan con esta concepción. Y los resultados empíricos prueban que es correcta. Tu GPS no funcionaría bien si no fuese así, entre muchísimas otras cosas.

Es decir, que es exactamente lo que ya nos sugería el Eclesiastés, hace más de dos milenios:

Omnia habent tempus, todo tiene su propio tiempo…Una sabiduría intemporal…

Infinita è la schiera degli sciochi.

Como dijo Einstein…”, veo que escribe un plumífero ignaro, en uno de los incontables panfletos digitales que saturan de ruido informativo la red, eso de que “…la estupidez humana es infinita”. Ya no sigo leyendo.

El muy indocumentado recoge, parcialmente, la frase que en su forma algo más ingeniosa se suele atribuir al padre de la Teoría de la Relatividad:

 “Hay dos cosas que son infinitas, el Universo y la estupidez humana; y no estoy muy seguro respecto al Universo”.

Por supuesto que esto no consta que lo haya pronunciado nunca Einstein. El carácter apócrifo se puede sospechar, con tan solo conocer un poco la personalidad del gran físico, que encaja mal con este sarcasmo despreciativo respecto al género humano.

Quizá solo hace falta un poco más de cultura general para saber que la visión cosmológica de Einstein hace referencia a un universo espacialmente finito. Así lo expuso en su famosa conferencia “Geometría y Expansión” de 1921, en la Academia de Ciencias.

En realidad, la observación sobre la infinitud de la estulticia del ser humano y su comparación sarcástica con la ausencia aparente de límites en el universo observable, parece tener variados antecedentes.

Por ejemplo, en el Grand Dictionnaire Universel de Larousse, en su edición de 1867, se atribuye a Alejandro Dumas hijo esta frase: “Une chose qui m’humilie profondément est de voir que le génie humain a des limites, quand la bêtise humaine n’en a pas”. No indica Larousse en qué lugar escribió o dijo eso el autor de la Dama de las Cameilias, pero hay que darle el crédito que merece a la prestigiosa enciclopedia gala.

Por mi parte, lo que yo puedo añadir a estos antecedentes es la frase del Eclesiastés que, en el capítulo I, versículo 15 de su versión latina nos dice: “Stultorum infinitus est numerus”.  Esta idea la recogió también Petrarca casi literalmente en uno de los versos del poema Trionfo del Tempo: “Infinita é la schiera degli sciochi” (Trionfo del Tempo, v. 84). 

Lo curioso es que también Galileo se abonó a la teoría de la infinitud de los tontos. En Il Saggiatori, le recuerda al destinatario de su misiva, Monseñor Cesarini, que “…infinita è la turba degli sciochi”.

Digo curioso porque con Galileo se hace un tanto circular este post. En cierto modo, Galileo fue el verdadero descubridor de la Relatividad. Al menos en lo que respecta a la relatividad del espacio. Tuvo la genial intuición de comprender que no existe un movimiento absoluto. Estaba convencido de que en relación con los fenómenos físicos observables, el movimiento es irrelevante. Y esa fue la convicción que sirvió axiomáticamente a Einstein para explorar la otra posibie relatividad, la del Tiempo, sin la cual la relatividad del Espacio conduciría a absurdos. 

Pero esto ya es otra historia. Este post se le debe estar haciendo interminable al paciente lector. Al escribirlo, solo pretendía yo indicar que la cantidad de majaderos en el mundo puede que no sea infinita. Pero lo que es infinito, sin duda, es el número de frases apócrifas e indebidamente usadas que circulan por la red.

El Fascismo y el Teorema de Humpty Dumpty.

No está nada claro que el fascismo haya resurgido en Europa. Afortunadamente.

Pero está más allá de toda duda que la palabra sí lo ha hecho, bajo la forma de herramienta léxica universal y polivalente que ahora se tiene siempre a mano para designar una amplísima variedad de personas y entidades con las que uno no está de acuerdo. Fascista es lo mismo ese historiador o el filósofo que no comulga con cierto nacionalismo, aquel líder político del partido burgués que saca pecho constitucional o el padre de más allá que se atreve a negarle a sus hijos el uso del teléfono móvil…Por no mencionar al profesor universitario que no pone notas suficientemente altas en los exámenes…

“Bueno, y qué”, me dice Marta, al oir mis resignadas quejas sobre la omnipresencia de la palabra, “qué más dará que se use o no con propiedad…”, prosigue con actitud displicente, ”eso son cuestiones terminológicas sin importancia…algo muy tuyo…

Pues yo creo que sí tiene su importancia. Y además es un ejemplo más del lamentable “presentismo” que impera por doquier, es decir, la miopía de juzgar el presente conforme a modelos esquemáticos del pasado.

Le digo a Marta que si abusamos de la palabra fascismo, cuando fascismo realmente no hay (al menos por ahora) acabamos vaciando la palabra de contenido. Y puede que ese contenido lo echemos de menos algún día, si es que (esperemos que no) el verdadero fascismo retorna, ya sea en su avatar original o bajo alguna forma mutante, y necesitamos agrupar fuerzas para combatirlo. Dicho de otro modo, abusar de la palabra debilita el sistema inmunológico social para defenderse de la cosa, para reaccionar frente un eventual renacimiento de lo que parecía haber desaparecido. 

Hasta el año 1934, Stalin tenía decidido que todos los partidos europeos que no perteneciesen a la Komintern fuesen denominados fascistas. O socialfascistas, en el caso de los partidos socialistas. Esa aberración maniquea, que dividió y debilitó a las fuerzas progresistas europeas, tuvo no pocas consecuencias. Y muy graves. Entre ellas el advenimiento del poder nazi en alemania y la consolidación del totalitarismo de Mussolini en Italia. Solo después de 1934 Stalin reconoció el trágico error y comenzó una política de colaboración con el progresismo europeo que a la larga sería vital para la supervivencia del continente. Por su parte y en la misma década, Palmiro Togliatti, el legendario líder del PCI, decía que los socialdemócratas eran “traidores del proletariado” y que “mañana marcharán con los fascistas y tomarán su puesto, para masacrar a los revolucionarios” pues, pensaba Togliatti, fascismo y socialdemocracia “tienen bases ideológicas idénticas”…

Durante la guerra civil española, ya sabemos que solo había dos categorías humanas, los rojos, leales a la república, y los fascistas o facciosos, rebeldes frente a ella. 

En la zona repúblicana, durante la refriega, bastaba que alguien vistiese de traje o se cubriese con sombrero para levantar la sospecha de ser un…fascista. Un anuncio de la postguerra capitalizaba, a la inversa, este punto: “los rojos no usaban sombrero“, rezaba el titular de una sombrerería de la calle Montera 4, en Madrid.

Esta simplificación es muy propia de todos los conflictos bélicos, que requieren siempre de una definición dicotómica de los bandos en liza.

En realidad, el fascismo murió en 1945, con la victoria de los aliados. Y que se sepa sigue bien muerto en Europa. Y es dudoso que se pueda calificar de fascista al matón que ocupa actualmente de la Casa Blanca o al fantoche que se acaba de acomodar en el Palácio do Planalto.

Porque, seamos claros, fascismo es un concepto totalitario del Estado. Fascismo es un regimen militarista y militarizante, antidemocrático, nacionalista a ultranza y con vocación de expansión y conquista bélica. 

Y ese perfil no se manifiesta en ninguno de los movimientos políticos actuales mínimamente significativos, por mucho que los consideremos de “ultraderecha” o “derecha extrema”…

El problema se agrava por el hecho de que “fascismo”, como definición, se diferencia del resto de los identificadores de ideología política. 

El comunismo aspira a una propiedad en común de los medios de producción. 

El liberalismo pretende una libertad de mercado máxima. 

El socialismo persigue un estado orientado a la protección social

El anarquismo busca el derribo de todo ἀρχὴ, de todo poder o principio director…

Y así todo. 

Pero…¿fascismo”?

Fascismo significa en esencia promover la agrupación en haces, impulsar la unidad de lo diverso. Y, en este sentido, fascista puede significar todo y no significar nada, al igual que populismo. 

En un sentido etimológico, al menos, todos pueden ser fascistas, al igual que todos pueden ser (¿y acaso no lo son?) populistas..

Entonces, propongo que reservemos la palabra fascismo para un uso propio, y preferiblemente en un contexto histórico. 

Y propongo que recurramos a otros epítetos más precisos para definir a los opositores ideológicos.

Pero bien se que esta propuesta mía no servirá de mucho.

Al fin y al cabo, la vida nos enseña la exactitud de lo que podríamos llamar el teorema de Humpty Dumpty, tal como lo expresaba Lewis Carroll en Alicia: 

“When I use a word,” Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone, “it means just what I choose it to mean—neither more nor less.” “The question is,” said Alice, “whether you can make words mean so many different things.” “The question is,” said Humpty Dumpty, “which is to be master—that’s all.