Frutos secos.

En algún medio he leído, esta semana que hoy termina, que un estudio científico muy serio ha demostrado la utilidad de que consumamos nueces si deseamos intensificar nuestras prestaciones sexuales. 

Así, es, querido lector. Resulta que los frutos secos tienen esa notable propiedad…

A lo mejor por eso, pensé al leerlo, en las fiestas nupciales de Marruecos, dejan a los novios un platito con estos frutos secos, para recuperar fuerzas durante la primera noche conyugal…

Pero, un momento, amable lector. Antes de que te precipites al supermercado más próximo, detén tu ánimo y reflexiona.

Si esto fuera de verdad así, tal como lo cuenta el ignaro plumilla del penoso digital, ¿no crees que el asunto habría tenido mucha mayor trascendencia mediática?

Lo mejor es, como siempre, echar un vistazo a la fuente.

El estudio, que ha sido publicado en Science Daily, resulta que lo ha dirigido el Dr. Salas Huetos y la Dra. Mónica Bulló, de la Universidad Rovira i Virgil en Reus. Y en realidad no trata de las nueces, sino de una combinación de frutos secos (nueces, almendras y avellanas).

Seguramente, el periodista ha traducido mal el inglés “nut”, que es un genérico. Suele pasar.

De entrada, ya surgen sospechas que algo va mal cuando descubres que la investigación que ensalza hasta este punto a los humildes frutos secos, elevándolos a la categoría de viagra natural, se ha realizado, mira por dónde, en Reus, que es la verdadera capital europea de los frutos secos, allí donde está establecida una conocida marca comercial con nombre muy literario, y donde opera una de las mayores plantas de envasado de Europa de frutos secos, con capacidad para el procesado de 25 mil toneladas al año de este tipo de alimentos. Uy uy uy…

Luego te enteras de que el estudio ha sido financiado por el International Nut and Dried Food Council.

Vaya por dios.

Y entrando más a fondo en el estudio, descubres que el estudio se ha realizado comparando el efecto de los frutos secos entre dos grupos de varones realmente mal alimentados (mucha grasa, mucho alimento procesado).

Por lo tanto, si se pudiese obtener la conclusión de que los frutos secos son buenos para mejorar la vida sexual, habría que aclarar que eso solo parece haberse demostrado si los que empiezan a consumirlos son personas habitualmente mal alimentadas, lo que puede o pued no ser tu caso, querido lector.

El objetivo último del estudio de Reus era detectar si el consumo de frutos secos incidía en los niveles de óxido nítrico y e-selectina en el flujo sanguíneo periférico, puesto que al inicio de la investigación se había comprobado que quienes afirmaban tener una mejor vida sexual tenían altos valores en los mencionados marcadores. El impacto de los frutos secos en el aumento de esos niveles no ha sido probado en absoluto. Todo lo contrario.

Los niveles permanecieron idénticos tanto para los que se hartaron a frutos secos como para los que no los cataron….El estudio se ve obligado a reconocerlo.

Sí es verdad, empero, que el estudio constató ciertas mejoras en la cuenta de espermatozoides, en su vitalidad y su motilidad, que parecían atribuibles al consumo de frutos secos.

Eso sí es un dato objetivo. Pero la presunta mejora en la actividad sexual de la que hablan los periódicos (y que es lo que le interesa realmente al personal) solo fue una simple conclusión obtenida a partir de preguntas explícitas a los participantes en la investigación. Sin ninguna objetivación científica. Muy poco fiable.

Por lo tanto, estamos ante una investigación a) financiada por los fabricantes de frutos secos, y que b) se limita, en realidad, a decirnos que si nuestra dieta es muy mala, nos vendrá bien, para la calidad de nuestro esperma, añadir un puñado de este tipo de alimento cada día (tal vez simplemente porque desplazará el consumo de alimentos procesados y grasas trans, como hubiese ocurrido si en lugar de frutos secos nos hubiésemos hinchado a brócoli). 

Pero desde luego, por sí mismos, los frutos secos no nos convertirán en sex machines.

Una lástima. Y un ejemplo de la superficialidad y falta de rigor del periodismo actual, que se combina a menudo con el triste fenómeno de la corrupción de la investigación médica por parte de los intereses comerciales.

De todos modos, yo me voy a llevar un puñado de nueces esta mañana, cuando salga en la bicicleta. Y alguna avellana también.

Es que nunca se sabe.

Bonos

En el contexto de las turbulencias económicas del momento, leo y comento un titular del periódico en el que se dice que la rentabilidad de los bonos del tesoro español ha llegado a mínimos históricos. Marta, que parece muy interesada últimamente por los vaivenes del mundo del dinero, me dice que le parece muy alarmante eso de que los bonos del tesoro español  no sean rentables y que por lo tanto sean despreciados por los mercados…

Esa misma alarma debe sentir mucha gente que ha leído ese titular. Y esa misma alarma quizá ha sentido el ignaro periodista, o becario estival, que ha decidido titular así de confusamente.

En realidad, es todo lo contrario. En estos tiempos de tribulación económica internacional y de pánico frente a una posible crisis, el dinero busca refugio en lugar seguro. Y un lugar seguro son los bonos del tesoro de los países más o menos serios, como es el caso del nuestro. Eso hace que aumente la demanda de bonos y por lo tanto su precio en el mercado secundario. Ahora bien, si los bonos aumentan su precio de transacción, la relación entre el interés fijo que pagan al término de su plazo y ese alto valor de transacción, implica indirectamente una reducción de su rentabilidad intrínseca. 

Eso es todo. Decir que los bonos del tesoro están fatal de rentabilidad es lo mismo que decir que los bonos del tesoro están siendo más deseados que nunca.

Comprender el funcionamiento económico de los bonos del tesoro está al alcance de cualquiera (aunque al parecer no de los periodistas). Y es muy importante, porque los bonos o letras del tesoro determinan en muy buena medida los tipos de interés del sistema como un todo y por añadidura inciden directamente en la vitalidad económica y el dinamismo de la bolsa de valores.

Economía y otros arcanos.

Marta está siguiendo con atención esa especie de guerra comercial desencadenada por Donald Trump. Nunca la he visto tan interesada por la economía mundial.

Anteayer, ella ha leído en un periódico que China ha devaluado su moneda y que Trump, muy irritado, ha dicho que eso exigirá una rebaja aún mayor de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal.

Marta me pide que le explique por qué la devaluación del yuan exige o parece exigir un recorte en los tipos de interés en Estados Unidos. Le parece un gran misterio. Y tal vez porque se marcha allá dentro de unas semanas, quiere saber algo más al respecto…

A mí gusta explicar estos aparentes arcanos de la economía monetaria de una manera un tanto imprecisa y heterodoxa pero pedagógicamente eficaz. Siento una especie de sensación de triunfo si consigo aclarar algo que parecía críptico.

Le digo a Marta que piense en un sistema económico de mercado como una relación entre dos grandes entidades. Por una parte estaría la masa de mercancías. Por otra parte tendríamos la masa de dinero. Ambas son entidades dinámicas, en constante crecimiento o decrecimiento debido a diferentes fuerzas o factores económicos.

El “destino” de la masa de mercancías es buscar el dinero (esto es otra forma de decir que los fabricantes buscan consumidores para sus productos). A su vez, el “destino” de la masa de dinero es buscar mercancías (esto es otra forma de decir que los consumidores ansían comprar cosas con su dinero). En otras palabras, las dos entidades se buscan la una a la otra y tratan de acoplarse.

Esta relación entre las dos entidades puede desequilibrarse. Puede ocurrir que la aportación de mercancías al sistema crezca de forma más intensa que la del dinero. O también puede ocurrir que la masa del dinero crezca mucho más que la de las mercancías (tengamos en cuenta que la masa de dinero no solo crece por obra y gracia de la actividad de la Casa de la Moneda, sino también, entre otras cosas, por la actividad crediticia de las entidades financieras, las cuales, prestando, crean realmente dinero.)

Cuando el desequilibrio que se produce es un exceso de dinero respecto a las mercancías del sistema, estamos ante una situación inflacionaria. Por decirlo así, hay pocas mercancías en busca de dinero, y eso hace que el valor intrínseco del dinero disminuya. 

Cuando el desequilibrio se produce por un exceso de mercancías, estamos ante una situación deflacionaria. Hay poco dinero en busca de mercancías, y eso hace que el valor intrínseco de las mercancías disminuya.

Los dos tipos de desequilibrio ocasionan diferentes problemas, que no vienen al caso. Pero es evidente que las autoridades monetarias (y políticas) están permanentemente atentas para evitar que esos desequilibrios no sean excesivos y ocasionen crisis y círculos viciosos.

Cuando Trump ha impuesto aranceles a China, lo ha hecho para evitar el exceso de mercancías respecto a la masa del dinero, en la economía norteamericana. Y cuando Trump exige a la Reserva Federal que recorte los tipos de interés, lo hace con el objetivo de que crezca la masa de dinero, debido a que ese recorte impulsa los créditos y por lo tanto incrementa la masa monetaria. Ambas cosas, aranceles y recortes de tipos, aspiran a cumplir la misma función de equilibrar un sistema económico en el que la producción de mercancías crece desaforadamente sin que la masa monetaria siga su ritmo (es decir, sin que los consumidores respondan con sus compras en la misma proporción).

Ahora bien, si China devalúa su moneda con respecto al dólar, eso significa una entrada masiva de mercancías adicionales en el sistema económico estadounidense, puesto que es ahora mucho más barato comprar productos chinos que antes de la devaluación. Por lo tanto, el sistema vuelve a desequilibrarse, y se hacen precisas nuevas medidas, ya sean nuevos aranceles o ulteriores recortes de tipos. 

–Pues más o menos ya lo entiendo–me dice Marta, tal vez porque ya está aburrida de mi rollo monetario. Pero yo creo que sí lo ha entendido. La economía es mucho más sencilla de lo que parece si nos limitamos a leer los periódicos. Y en realidad no hay nada en el mundo del saber que sea difícil de entender. Solo hay cosas que no se nos sabe explicar bien o que exigen un poco más de tiempo para ser comprendidas. Esto es válido para la economía y para cualquier otra rama del conocimiento.

A excepción, si acaso, de la teología, el montaje de los muebles de IKEA y las artes adivinatorias.

Miserabilis Insania.

Comento con un amigo las tristes noticias de estos días. Por un lado el enésimo tiroteo absurdo en el llamado país de las oportunidades, tan lejano a mí. Por otro lado los no menos absurdos incendios en torno al tesoro natural del Guadarrama, que me es tan próximo.

Al hilo de estos ejemplos de la capacidad del hombre para dañarse gratuitamente a sí mismo o a su casa colectiva, sostiene mi amigo que nuestra sociedad adolece como un todo de un cierto impulso sadomasoquista. Un especie de propensión global hacia el daño gratuito del prójimo y de uno mismo, algo que sería un subproducto de la postmodernidad y del nihilismo material que caracteriza a nuestros tiempos.

Puede ser. Esto del sadomasoquismo colectivo es una idea interesante que habría que explorar con más detenimiento. Explicaría en parte lo que hacemos con nuestros semejantes y con nosotros mismos.

Pero en lo que yo no estoy de acuerdo es en que el sadismo y el masoquismo sean algo propio de la modernidad o postmodernidad. Muy al contrario, ambas formas anómalas de encontrar placer me parecen casi consustanciales al género humano.

Respecto al sadismo, Ovidio, en el Ars Amatoria reconoce que hay un cierto placer que emerge del dolor ajeno (…haec quoque ab alterius grata dolore venit).

El goce en la visión del mal que sufre el otro, eso que los alemanes llaman Schadenfreude, ya está anticipado en el famoso pasaje de Lucrecio, en el que se nos habla de los testigos del naufragio, que disfrutan desde tierra firme contemplando la desgracia de los marinos.

San Agustín, por su parte, en Confesiones, también se pregunta asombrado cuál puede ser la razón de que la gente guste de acudir al teatro para contemplar terribles tragedias, miserias y dolor espantoso, siendo eso algo que le parece sino un “lamentable locura” (quid est nisi miserabilis insania?).

En cuanto al masoquismo, también es algo muy viejo entre nosotros. Metrodoro, citado por Séneca, señalaba que hay un tipo de placer que está próximo al dolor.  Soranos, el médico de Trajano y Adriano, también señalaba que hay gente que, cuando sufre de melancolía por alguna desdicha, si no pueden hacer otra cosa, ordenan que se les azote, pensando que con ello alivian su dolencia (algo que los médicos hacían sistemáticamente con los locos hasta que, a finales del XVIII,  Pinel y Esquirol comenzaron a luchar para proscribir tan horrible práctica de los manicomios).

De forma aún más precisa tenemos una interesante referencia en Pico de la Mirándola. En “Contra Astrólogos” figura un pasaje en el que el autor dice conocer a un persona que, asombrosamente, no se excita sexualmente sin una previa dosis de vapuleo con azotes (homo mihi notus prodigiosas libidinis et inauditas: nam ad venerem nunquam accenditur, nisi vapulet…). Este fenómeno también lo menciona el famoso médico, teólogo y botánico de la Maguncia del siglo XVI, Otto Brunfels, que nos habla de un respetado paciente suyo, un tal Wolfang Steirmester, que no puede hacer progresos con su esposa si primeramente no es azotado de forma apropiada. 

De todo esto se hace eco un siglo más tarde el holandés Meibomius, autor de la primera monografía que se conoce sobre el masoquismo (De Flagellatione usu in re veneria).

Así que sadismo y masoquismo son algo presente desde tiempos remotos.  Quién sabe si además, en nuestro tiempo, se han convertido en algo así como una patología colectiva.

Personalmente, yo creo que sadismo y masoquismo no son más que dos caras de una misma moneda, relacionadas ambas con la culpa sexual.

El masoquista es patológicamente consciente de su culpa sexual. Y se lacera para recuperar un cierto equilibrio.

El sádico lleva esa conciencia enfermiza incluso más allá, culpabilizando al otro por tentarle. 

Si esto es así, acaso el sadismo y el masoquismo no son algo consustancial con el ser humano, sino derivado de un esquema de valores que acaba haciéndonos sentir culpa por la pulsión sexual. Un esquema que quizá surge en un momento determinado de nuestra trayectoria como especie. El momento atroz en que nos hundimos en el horror de la propiedad, el poder, la guerra, la conquista, el dinero. 

Entonces, tal vez, solo tal vez, habría esperanza en que podamos algún día liberarnos del horror sadomasoquista, tanto a nivel individual como colectivo. Y volver a aquella Edad de Oro de la que nos hablaban los antiguos y que Ingres gustó de imaginar como un paraíso de armonía y amor libre.

Si por el contrario, el sadismo y el masoquismo estuvieran profundamente inscritos en la naturaleza humana, tendríamos que resignarnos a soportar la miserabilis insania de la que hablaba el de Hipona.

Crueldad.

Me escribe un amigo para indicarme cordialmente que la etimología que yo he mencionado en el post anterior sobre la palabra cruel, esto es, el latin cruor, sangre, debe ser inexacta, pues, según él ha consultado, nuestro cruel se deriva del latín crudus, crudo, que en sentido figurado acaba por significar cruel, es decir, sin contemplaciones.

Algo de razón tiene. Pero yo no carezco de ella. 

En realidad, cruor y crudus tienen una misma raíz remota, y se relacionan con el sánscrito krura que se refiere principalmente a la carne cruda y y, por añadidura, sanguinolenta. En sentido figurado, ese término, en su derivado latín, termina significando todo lo que no está tratado o procesado y se presenta en su estado más natural. 

El término krura está a su vez relacionado con otros vocablos sánscritos que evocan la idea de cólera (krud) o llanto (krus), lo que da idea de la connotación prioritaria de lo crudo como lo que se está desangrando o sufriendo.

Así que, es cierto, cruel viene de crudo, pero más bien de la acepción de crudo como calificativo para la carne sanguinolenta, recién sacrificada.

Para los antiguos, de algún modo, no podía haber crueldad sin derramamiento de sangre.

Es cierto que entre nosotros, esto no es así. Concebimos muchas formas de crueldad que no implican el despilfarro de la hemoglobina. Incluso sabemos bien que existe la crueldad mental, en la que ni siquiera interviene la violencia física.

Pero, la etimología siempre nos da pistas y pautas de pensamiento. Porque, en este caso, vinculando sangre a crueldad, nos da la clave de por qué se opta como forma de pena capital por aquellas técnicas que, como la horca, el garrote o la silla eléctrica, no implican derramamiento de sangre. Quizá pretendemos engañarnos y sentir que somos menos crueles cuando exterminamos a un semejante sin que veamos como brota su sangre a borbotones.

Pero electrocutar no es menos cruel que decapitar. Es más bien un acto de insidiosa crueldad. Como el que realizan esos dueños-indignos- de perros que utilizan collares eléctricos para adiestrar a sus infortunadas mascotas. Me sublevo cuando lo veo y me tengo que controlar para no intervenir. Me viene también a la cabeza la crueldad del infame Edison cuando electrocutaba en público a animales tan solo para demostrar, demagógicamente, los peligros de la corriente alterna que promovía su rival Nikola Tesla.

Deberían prohibir esos infames adminículos que electrocutan a placer a los canes (en Italia ya lo están). 

Aunque no hagan sangre, son crueles.

¡Oh, Humanidad!

¿Progresa la especie humana?

Nos hacíamos esa pregunta un par de buenos amigos y yo, en el curso de una amable cena. Apenas hace unas semanas.

Yo lo ponía en duda. O al menos no veía razón para afirmarlo de manera muy tajante.

Fernando, que es medio farmacéutico, sostenía lo contrario, y alegaba, como es habitual, los grandes avances en medicina y esperanza de vida.

Yo no creo que pueda juzgarse el progreso de la especie en términos estrictamente médicos. Pero acepto, provisionalmente, el desafío retórico. Y entonces me pregunto si los progresos que como especie hemos experimentado en lo relativo al cuidado del cuerpo han sido paralelos a los que hacen referencia al cuidado o mejora del espíritu.

Creo que no. Puede que tengamos antibióticos y scanners para vivir un puñado de años más. Pero es innegable que desde los tiempos en que éramos recolectores nómadas nos hemos ido transformando en depredadores implacables, violentos, avariciosos, incapaces de vivir unidos, amantes de la guerra y la conquista, destructores de nuestro medio, irresponsables como especie, caprichosamente egoístas como individuos.

Por lo tanto, no me acaba de convencer ese argumento basado en el progreso de la medicina. Ni el de la tecnología, por parecidas razones. 

Y creo que la idea de progreso continuado es un simple apriori sin fundamento.

Porque además, aunque progresásemos como especie en el largo plazo, es indudable que la línea evolutiva debería tener sus altos y sus bajos, por lo que una época no debería necesariamente ser mejor que todas las anteriores. Dudo que los que sufrieron los dos últimos conflictos mundiales puedan aceptar que todo tiempo, por definición, es mejor que el anterior. O los que vieron caer la bomba atómica.

No puedo aceptar sin más la idea de progreso continuado. No mientras el suicidio siga siendo la primera causa de muerte en Occidente en la franja de edad que va de 30 a 45 años. No mientras el infierno de la depresión afecte ya a más de 300 millones de seres humanos en el planeta, y creciendo. No mientras 1 de cada 9 personas pasa hambre en el mundo. No mientras las guerras subsistan en todas las latitudes, desde Afganistan a Ucrania, desde Nigeria a Pakistán. 

No mientras, como ocurrió ayer, a unos pocos kilómetros de mi casa la bárbara mano humana se atreve a dar fuego a un tesoro de la naturaleza y, casi simultáneamente, algo más lejos, unos majaderos racistas y crueles (crueldad, palabra derivada del latín cruor, sangre) masacran, porque sí, a decenas de sus congéneres

Boecio decía que todo hombre es ante todo un animal (animal prius est homine). Pero ningún animal, de ninguna especie, sería capaz de esos crímenes con sus congéneres. O con su territorio.

Domingo negro el de ayer, en el que a uno duda más que nunca del progreso de la especie a la que pertenece, y no le apetece mas que exclamar, resignado, el consabido, ¡oh, Humanidad!

Mas no el espíritu de sentir y gustar.

Vuelvo a casa con un compañero de pedalada dominical y este me dice que se extraña de que haya tantos libros por todas partes. ¿No te cansas de leer? 

Le respondo remitiéndole a un párrafo del prólogo general de Relox de Príncipes, obra sublime que descuella entre las favoritas de mi caótica biblioteca. 

El texto es un buen ejemplo del delicioso castellano de Fray Antonio de Guevara. Y sirve de apropiada justificación a mi manía por acumular volúmenes sin cuento:

“Todas las cosas esta vida después de gustadas y poseídas, empalagan, hartan y cansan, si no es la verdadera ciencia, la qual, ni harta, ni empalaga, ni cansa; y si por caso parece que alguna vez fatiga, serán los ojos que se cansan de leer, mas no el espíritu de sentir y gustar. Muchos señores y familiares amigos me dicen y riñen que cómo es possible que aya de vivir con tanto estudiar, a los quales yo respondo que cómo es possible que ellos puedan vivir con tanto holgar; porque, considerados los sobresaltos de la carne, los peligros del mundo, las tentaciones del demonio, las assechanças de los enemigos, las importunidades de los amigos, ¿qué corazón podrá sufrir tantos y tan continuos trabajos si no es leyendo y consolándose con los libros?”

Fraxinus in silvis pulcherrima.

Paseo con Marta y Mao por la espléndida fresneda que está apenas a unos pasos de nuestra casa y que es una preciada rareza, pues estos fresnos de hoja angustifolia no suelen encontrarse a más de 900 metros de altura, como es el caso de nuestro bosque vecino. 

Marta me dice que el la palabra fresno le parece sonora y bonita. Y me pregunta si le puedo decir su origen…¿Tendrá algo que ver con las frescas sombras de estos árboles amables?

Evidentemente no, le contesto, mientras Mao se acerca a un alcornoque centenario.

Fresno, etimológicamente, está relacionado con la idea de bloquear. Viene del griego φραξειν, fraxein, que significa justamente eso, bloquear. Y de hecho, el término taxonómico que se usa para definir este árbol es precisamente fraxinus, derivado de ese verbo griego.

–¿Bloquear? ¿Qué tiene que ver un fresno con la idea de bloqueo?

–Pues porque el fresno necesita buena tierra y mucha agua. Por eso es.

–Sigo sin pillarlo.

–Lo explico. Los antiguos agricultores griegos y romanos, como los de ahora, elegían para definir sus áreas de cultivo las mejores tierras, con agua abundante. ¿Estamos de acuerdo?

–Sí, claro.

–Pues ocurre que el fresno necesita enclaves como esos que elegían y eligen los agricultores, es decir, buena tierra y cierta cantidad de humedad y agua, incluso en verano. Pero como no se permitía que ocupasen la superficie cultivada, los fresnos, por decirlo así, elegían los bordes de los cultivos, que además era por donde discurrían las acequias..

–¡El lugar perfecto para ellos!

–Exacto. Y esto implicaba (e implica) que las hileras de fresnos acabasen siendo también los límites de cada terreno de cultivo. Y es fácil ver que la idea de bloqueo y la de límite están vinculadas.

–Es decir, fresno es el árbol que bloquea el paso de un cultivo a otro, y que sirve de límite. Porque sabe colocarse exactamente en el lugar apropiado.

–Exacto. 

–Inteligentes, los fresnos.

–Hay más inteligencia en los árboles que en muchos seres humanos…

–Va a ser que sí.

-Y generosidad. Pues los fresnos, en su variedad fraxinus orno, ofrecen una savia comestible que ha permitido crear todo un sector económico en algunas zonas del Mediterráneo, como en Sicilia. Esa blanca savia es sin duda el maná biblico, que a veces, cuando el viento sopla fuerte, parece caer del cielo, como rocío nutritivo (ya hablaba de esto Plinio el Viejo). Pero esa es otra historia que ya le corresponderá a otro paseo con Mao…

A Marta le parece bien dejar el asunto del maná para más adelante. Y seguimos caminando los tres por la fresneda, en el plácido atardecer de la canícula, cuando el calor ya parece haber renunciado un poco a su tiranía, se avecina tormenta, y a mí me viene a la cabeza, vagamente, aquel verso de Virgilio en las Bucólicas: fraxinus in silvis pulcherrima…El mismo que Garcilaso tradujo diciendo que  “el fresno por la selva en hermosura / sabemos ya que sobre todos vaya

El Parte.

Me preguntan por no se qué programa de televisión. La verdad es que yo apenas la miro. Si acaso los telediarios, aclaro. 

O tendría que decir los informativos, me corrigen, porque al parecer los telediarios, propiamente, solo son los de la cadena pública, que tiene registrado el nombre desde 2011 para sus no demasiado fiables noticieros, los cuales a menudo se nos antojan como meramente un eco de la voz de su amo.

Yo seguiré llamando telediarios a todos los informativos catódicos. Me da igual la oficina de patentes y marcas.

Del mismo modo que, como recuerdo bien, mi abuelo también denominaba “el parte” a cualquier noticiero de televisión y especialmente de radio.

“¡El parte”!…cuántos recuerdos me llegan de aquellos mediodías en los que al llegar justamente las dos en punto, mi abuelo nos pedía un poco de silencio a todos y giraba la ruedecita del transistor Lavis situado sobre el mantel de hule para sintonizar Radio Nacional y escuchar con suprema atención las noticias del día, que llegaban tras una inconfundible música de entrada. Noticias que sabían a maravillosas lentejas y buen pan candeal.

Obviamente, mi abuelo llamaba el parte a los informativos de radio y tv porque durante el conflicto incivil del 36, que marcó su vida y la de tantos más, era importantísimo escuchar cada día por la radio el “parte de guerra”, ya se estuviese en el frente o en retaguardia. Alguien me contó que el 1 de Abril del 39, al escuchar mi abuelo desde el CRIM de Alcoy, que él dirigía, el último parte de la guerra civil (el de aquella voz áspera, chulesca, repulsiva y rabiosa que se refería a los vencidos como cautivos y desarmados), no pudo evitar dar un puñetazo a la vieja radio de válvulas…

Parte, en el sentido de informativo, es un término muy interesante. Y cuesta un poco de trabajo entender su origen. La palabra nos remonta a la expresión “dar el parte”, que a su vez es una deformación de “dar parte”. 

Y “dar parte” equivale, en buen castellano, a participar a alguien de un asunto, a convertir a alguien en parte o partícipe de una cuestión, o sea, a informar.

Hay muchos ejemplos de este uso originario de “dar parte” en la literatura española; por ejemplo, lo encontramos en el capítulo segundo de El Quijote, nada menos que en el famoso pasaje en el que se nos dice que el caballero de la Triste Figura se decide a iniciar una nueva vida : “y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas (…) y por la puerta falsa de un corral salió al campo…

Así que dar parte es lo mismo que hacer partícipes a los demás. Y esta es una cuestión muy importante. Los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, tv…) hacen (hasta cierto punto) que la gente forme parte, que participe de una misma información común. No es lo mismo con los nuevos medios. Las plataformas de internet, los digitales y las redes social, con información a la medida y el concurso de los endiablados algoritmos, aislan al individuo, no lo hacen parte de un todo. Y eso es el factor que tal vez está incrementando el sectarismo, el fanatismo y, me atrevería a decir, el populismo.

Así que me gusta lo de “el parte”, además de llenarme de grata nostalgia. Y me parece que se ha perdido mucho cuando hemos pasado desde los noticieros o partes, en los que todos participaban, a este avispero de canales individuales de información digital en los que cada uno acaba sabiendo tan solo lo que desea saber o ya sabía.