Hemos vuelto al frío y la lluvia en la Sierra. Pero han bastado dos días de pausa para que las primeras margaritas ya asomen en el prado cercano, avisando de la primavera que felizmente se acerca. Mercedes me las señala, mientras paseamos con Mao.

–Qué pequeñas, qué humildes son,–me dice, mientras yo me tumbo en la hierba para fotografíar estos primores,–pero quizá esa sea precisamente su grandeza, la simplicidad ¿no crees?.

–Tal vez…

–Por cierto ¿cuál será la razón de que esta flor tan sencilla, tan elemental sea la que se menciona en el dicho ese que nos recomienda no echar margaritas a los cerdos? ¿No sería más apropiado hablar de orquídeas o crisantemos, qué se yo?

–Cierto que sería más apropiado–replico mientras me incorporo–pero es que las margaritas son el objeto de un curioso error de traducción. Lo que tu llamas “un dicho” es más bien una frase bíblica. Aparece en Mateo 7:6: “Μὴ δῶτε τὸ ἅγιον τοῖς κυσίν, μηδὲ βάλητε τοὺς μαργαρίτας ὑμῶν ἔμπροσθεν τῶν χοίρων” es decir, “no deis lo que es santo a los perros ni arrojéis perlas delante de los cerdos

En este momento Mao da un respingo, quizá porque no está de acuerdo con la referencia canina del evangelio, que sin duda considera injusta.

–Pero en ese pasaje se dice “perlas“, no “margaritas“…

–Exacto. La palabra griega “μαργαρίτας” no tiene nada que ver con ninguna flor, sino que significa exactamente “perlas”, y se deriva a su vez del verbo griego “μαραυγεω”, brillar, deslumbrar los ojos.

–¡Perla! ¿Y cómo es qué se produce ese error tan flagrante de traducción?

–Hay que remontarse a la desdichada esposa del chiflado Enrique VI de Inglaterra, la hija de Renato de Nápoles e Isabel de Lorena, cuyo nombre de pila era Margherita, es decir, “Perla“. Esta reina, al parecer, adoraba la flor que conocemos ahora como margarita, y por ello, en Francia, donde esa reina angevina buscó refugio al final de su vida, acabaron llamando margarita a esas flores. Al menos eso es lo que yo tengo entendido. Y de ahí el error de traducción…¿De qué otra forma se iba a traducir el griego bíblico “μαργαρίτα” o el latín de la Vulgata “margarita” sino como…margarita?

–Bueno, pues a mí de todos modos me parece que las margaritas tienen algo de perlas. Son como una pequeña gema, tan redondas, tan resplandecientes…

–Puede ser. De hecho, el nombre inglés es “daisy“, como sabes, que etimológicamente significaría “el ojo del día“, la luz del día. 

–Entonces, tampoco carece de sentido lo de no echar margaritas a los cerdos…

–Sí. A menudo, los errores de traducción evocan verdades profundas. Pasa lo mismo con el autocorrector de los procesadores de textos. A veces nos iluminan verdades que ignorábamos…

Y diciendo esto tan profundo, retomamos camino a casa. Está empezando a llover.

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