En el lenguaje coloquial, la gente se refiere al virus como “el bicho”. Hay en ello algo de eufemismo apotropaico pues se trata de mantener lejos el nombre de la cosa, para intentar evitar con ello la cosa misma, del mismo modo que llamamos “larga y penosa enfermedad” al cáncer, o “bicha” a la víbora.

Lo curioso es que el virus no es exactamente un “bicho”, sino más bien una especie de robot bioquímico capaz de apoderarse de material celular ajeno para replicarse sin cesar. Solo en algunos aspectos se podría decir que tiene vida, pues ciertamente se reproduce, procesa energía, y se adapta al entorno. Pero carece de otras de las características esenciales de la vida, como la organización celular, la autorregulación o el crecimiento (el virus individual, es decir, el virión, no crece; lo que crece es el colectivo).

Pero digan lo que digan los biólogos es difícil no ver en el virus alguna forma de ser vivo, alguna especie de “bicho”. Tenemos todos muy arraigada la idea de que las enfermedades contagiosas se producen en virtud de la presencia de pequeños “bichos”.

Y lo curioso es que a la Humanidad le costó mucho tiempo asimilar esta idea de los bichos como vector de enfermedades. Durante siglos, las epidemias se atribuían a miasmas, a “aires tóxicos o corruptos”; no se podía siquiera imaginar que se debiesen a criaturas tan pequeñas que escapasen a la visión del hombre. Faltaban unos cuantos siglos hasta que Leeuwenhoek pudiese atisbar con sus primitivos microscopios a esos seres diminutos. 

Quien tuvo la primera intuición correcta al respecto fue un señor de Almería conocido como Abenjátima. 

Fue este Abenjátima o Ibn Jatima un genial polígrafo andalusí del siglo XIV, con importante obra como médico, poeta y literato. Este personaje, que vivió en primera persona la terrible peste negra de 1348, es la primera figura de la Historia que se atrevió a decir que aquella epidemia, y en general las diferentes epidemias conocidas hasta la fecha (que estudió y detalló con esmero), se debían a “minúsculas criaturas dañinas” que pasaban de un individuo a otro por los “alientos de las personas”.

Esta brillante interpretación del fenómeno del contagio (al adwa) la realiza Abenjátima cuando sus contemporáneos están en general convencidos de que la peste es más bien un castigo divino, una conjunción astral nefasta o el deliberado envenenamiento de las aguas. 

Por si fuera poco, Abenjátima elaboró lúcidas teorías sobre el mecanismo patológico de la peste, estableciendo acertadamente su relación con el aparato respiratorio y cardiovascular, algo que representó una sorprendente anticipación con respecto a lo que la medicina contemporánea sabe respecto a enfermedades virales respiratorias como el Covid19.

En coherencia con su teoría, y en su condición de médico, Abenjátima, al igual que su contemporáneo Abenjatib, elaboró las primeras normas conocidas de profilaxis y prevención de contagios, además de muchos remedios y terapias para aliviar el sufrimiento de los enfermos. Y no solo eso, Abenjátima también fue el primero en referirse a lo que ahora conocemos como FMO, es decir, la noción de fallo multiorgánico, tristemente de actualidad por ser el factor clave de la mayoría de los exitus que se están produciendo en estos momentos en las unidades de medicina intensiva.

¿Se conoce o se recuerda a Abenjátima? No mucho. Y es una lástima. Sus intuiciones geniales permanecen más bien olvidadas, como tantos otros logros intelectuales de los sabios andalusíes. Del mismo modo que tampoco recordamos a Ibn Firmas, el rondeño que inventó la primera esfera armilar para realizar complejos cálculos astronómicos. O al madrileño Maslama, al que debemos el astrolabio plano. O al toledano Azarquiel, que prefiguró los modelos de Kepler. O al jienense Ibn Muad, autor del primer tratado de trigonometría esférica. O al genial geógrafo ceutí Idrisi, al que debemos el primer mapamundi con coordenadas geográficas. O al sevillano Abenawuam, cuyo tratado agrícola siguió siendo estudiado hasta finales del siglo XVIII. O al místico murciano Ibn Arabí, sin cuya obra no se puede comprender a Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o, tal vez, a Dante.

Más allá de figuras prominentes como Averroes, Avempace o Maimónides, hay una legión de otros sabios andalusíes de los que apenas queremos saber mucho. Esto se debe tal vez al terrible hiato historiográfico que ocasionó la llamada “Reconquista”, que proscribió buena parte de la colosal cultura andalusí en la península. No es el único hiato historiográfico que hemos sufrido, pues con el cambio de dinastía, de los Austrias a los Borbones, se produjo otra lamentable cancelación de los logros pasados, como bien ha explicado recientemente una conocida autora de cuyo nombre no quiero acordarme.

Así es la historia de España. Una permanente puesta en cuestión de un pasado, de un pasado en el que no nos sentimos capaces de reconocernos. O del que incluso renegamos. 

Y esto supone algo así como un crónico déficit de autoestima colectiva. Lo cual es terrible. Porque la falta de autoestima, tanto para el hombre individualmente considerado, como para los grupos humanos, es tan perniciosa como el peor de los virus. 

Tan perniciosa como el peor de los “bichos”.

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