Una persona de mi conocimiento me tiene dicho que no se pondrá esta vacuna cuya distribución comienza ahora en la Unión Europea, por considerarla muy peligrosa. “Ni siquiera es una verdadera vacuna“, me dice, aludiendo tal vez al hecho de que su metodología terapéutica no se basa en suministrar virus atenuados, como las vacunas clásicas, sino en introducir en las células cierto ácido nucléico mensajero que adiestra al cuerpo para producir por sí mismo los anticuerpos necesarios para combatir el virus. Hay que reconocer que esto es algo que, se viene aplicando normalmente y con mucho éxito en veterinaria, pero que no había sido probado con éxito en humanos hasta este pandémico año. 

Comentamos este asunto durante la cena de Nochebuena. Cómo no.

Yo afirmo, con mi habitual y sentencioso estilo, que el tema de la vacuna y la reacción frente a ella es uno de los más interesantes desde el punto de vista antropológico y ayuda a comprender bien la forma en la que nos organizamos socialmente los humanos. Muy especialmente, añado, evoca el papel de la religión y la moralidad.

Un poco a desgana, mientras apura el sauternes de su copa, Marta me pide que aclare esta extraña afirmación. ¿Qué diablos tendrá que ver la religión con esta vacuna de RNA mensajero?

Es muy simple–contesto mientras me dispongo a abrir otra botella mas del vin des rois.–resulta que los que se niegan a vacunarse pueden tener razón y no tenerla al mismo tiempo. Y eso, en última instancia, nos conduce al fenómeno religioso.

–¿Cómo es eso?

–Comencemos por reconocer que la decisión de no vacunarse puede tener sentido desde el punto de vista del interés estrictamente individual, siempre que dicha vacuna no esté exenta de serios riesgos. Sin embargo, para la sociedad en su conjunto, seguramente la razón exigirá el uso de la vacuna, pese a los riesgos.

–Suena raro. Lo que es bueno para uno debería ser bueno para todos.

–Ni mucho menos. En el caso que nos ocupa es fácil ver por qué no es así. Notemos que la vacuna (toda vacuna) tiene dos tipos de beneficios. Uno es el directo: protege a quien se la pone. Otro es el indirecto: protege a aquellos que rodean a quien se la pone. Si el individuo coloca en un plato de la balanza su beneficio directo y por otro su riesgo individual, bien pudiera ser que el resultado sugiera no vacunarse.  Solo cuando se añade a la ecuación el beneficio indirecto, el resultado a favor de la vacunación personal es abrumador, aunque los riesgos sean significativos.

–Comprendo. Pero al individuo pueden traerle sin cuidado esos beneficios indirectos que son tan importantes para la sociedad ¿no?

–Ese es el quid de la cuestión. Y el caso es que hay infinidad de supuestos en la vida social en los que se produce este conflicto de intereses entre el interés individual y el colectivo. Es un conflicto al que se le ha dado el feo nombre técnico de “Tragedy of the Commons” y que comenzó a analizarse a partir del problema de la explosión demográfica y de la superpoblación.

–Claro. Supongo que para una familia de una región densamente poblada podría ser racional pretender tener muchos hijos, pero para esa sociedad como un todo, esa actitud no es conveniente. ¿Eso es un caso de “Tragedy of the Commons“?

–Exacto. Y si recuerdas el famoso “Dilema del Prisionero” te darás cuenta de que ahí se ejemplifica perfectamente la tragedia derivada de dañar fatalmente al conjunto al hacer lo que parece ser mejor para el individuo.

–Pero, si hay tantos casos como dices de Tragedy of the Commons, en los que el interés individual choca con el colectivo ¿cómo es posible que las civilizaciones hayan sobrevivido tantos siglos? Algo no me encaja.

–La clave es que ese conflicto de intereses se ha podido resolver históricamente mediante la implantación de la moralidad, del sentido del deber, del honor, del civismo, de la idea de solidaridad y fraternidad…

–Y del miedo al castigo, supongo.

–Sí. Desde luego. Pero todo eso se ha hecho principalmente con el concurso de la religión. La religión ha sido una astuta respuesta de autodefensa social frente a la Tragedia de los Comunes. Es esencialmente gracias a la religión que el hombre se abstiene de ser un lobo para el hombre y renuncia a comportamientos asociales, pese a que esos comportamientos podrían beneficiarle individualmente. 

–Puede ser–añade Marta, con aire de resignación postprandial–pero quizá ya va siendo hora de que nos digas la conclusión de tu sesudo análisis y sobre todo de que abras de una bendita vez esa botella que tienes entre manos desde hace media hora.

–Vale. La verdad es que la conclusión es sencilla. Para conseguir que la mayoría de las personas se vacunen será preciso incentivar el proceso de dos maneras diferentes. Por un lado, será oportuno hacer que los que no se vacunen asuman que serán multados o penalizados de algún modo por no hacerlo, a fin de compensar los perjuicios indirectos que representará su negativa. Por otro lado, habrá que promover campañas que convenzan a la gente de que vacunarse es moralmente exigible y que si no se consigue una vacunación masiva, el resultado será desastroso para la sociedad como un todo.

–De acuerdo. Comprendido. Pero ahora que ya has conseguido, no sin esfuerzo, abrir esa botella, y al mismo tiempo convencernos de que hay que vacunarse, procede que brindemos por la vacuna.

–Por la vacuna y por la vida, que ahora, en realidad, viene a ser casi lo mismo…¡l’chayim!

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