Converso con Ana sobre sus hijos, y sobre la educación y sus desafíos…Surgen, claro, las grandes cuestiones sobre el tema. Qué es más importante a los efectos de educar o adiestrar, ¿premiar o castigar?

Ana piensa que hay que aplicar ambas cosas, con prudente criterio y en dosis más o menos equilibradas. A veces, me dice resignada, no hay más remedio que castigar…

Puede ser. Pero yo soy escéptico respecto a la utilidad del castigo en el ámbito de la educación. Creo que cuando el castigo ya se nos presunta como única solución, normalmente es que hemos perdido esa partida. 

Y de lo que estoy seguro es que no hay simetría. Cuando otorgamos un premio, no solo otorgamos un premio, también damos una lección, en el sentido de que incentivamos al premiado a seguir haciendo lo mismo. Cada premio contiene algo más que un premio. En cambio el castigo es una cáscara vacía; tan solo es un castigo. No enseña nada. Desenseña, a lo sumo. Esto es así porque, por lo general, hay mil maneras de hacer una cosa mal, pero solo una o poco más, de hacerla bien.

Y tengo otra razón más para ser escéptico con los castigos. La persona a la que tratamos de adiestrar en una tarea, es muy posible que vaya alternando lo correcto con lo incorrecto, por pura variabilidad estadística. Si cada vez que hace lo incorrecto le imponemos un castigo, será lo más probable, en virtud de esa variabilidad estadística, que en el intento subsiguiente realice bien su cometido. Entonces deduciremos, erróneamente, que nuestro castigo “ha funcionado”. Craso error que promoverá nuevos castigos. Y nuevos errores.

Así que en el contexto de una natural alternancia de errores y aciertos (que se da en muchísimas tareas), castigar conduce a engañarse creyendo que el castigo es el más eficaz de los métodos. 

En fin, yo diría que en la educación, el premio es casi siempre más poderoso que el castigo. 

Pero en realidad, solo tengo claras dos cosas en materia de educación, aprendidas tal vez en el oficio de padre, torpemente ejercido durante años y del que uno no se jubila jamás. 

La primera es que lo que no enseñes mediante tu propio ejemplo, no lo enseñarás de ninguna otra manera. 

La segunda, y quizá la más importante, es que educar es, en esencia, instruir a una persona para que no sea nunca esclava de nada ni de nadie. 

Ni siquiera de sí misma.

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