En el paseo con Mao de esta mañana no he podido menos de hacer una foto, apresurada y mal encuadrada, a un espléndido hinojo, que se recortaba sobre el fondo del Guadarrama. 

¡Qué humildísimo arbusto, pero dios cómo rivaliza en belleza con la más exquisita de las flores!

Me quedo absorto, mirando al hinojo, y me viene a la mente un par de cosas, una buena y otra mala.

La buena es que, según la mitología, el hinojo es lo que sirvió al astuto Prometeo para llevar al hombre el fuego, sin que los dioses se apercibieran. Se valió el filántropo y malogrado titán del hecho comúnmente aceptado según el cual el hinojo puede arder por dentro sin que la llama se note por fuera. Ningún olímpico se apercibió del sacrílego hurto.

La mala también está relacionada con el fuego interior, y nos la contó hace unas semanas Nico, nuestro amigo siciliano al que ya echamos mucho de menos, tras haber compartido con él dos meses de arresto domiciliario. Nico me dice que en los Estados Pontificios, cuando quemaban a un homosexual, añadían a la hoguera arbustos de hinojo, a fin de que ardiera más lentamente y se multiplicase el dolor del condenado. Dice Nico que de ahí viene el uso de llamar a un gay “finocchio”, es decir, hinojo en italiano. Es una hipótesis creíble. Recordemos que cuando los calvinistas de Ginebra ejecutaron en la hoguera a Servet, los verdugos añadieron al fuego leña verde, para alargar el tormento. El sabio aragonés, ignorante de la malicia, viendo el pobre combustible que aprestaban los ejecutores, se quejaba en voz alta, desde el poste al que estaba atado, de que no hubiese recursos en la ciudad para quemar a un cristiano con buena leña…

Me olvido de Servet y su tormento para volver a la contemplación extática de la belleza del hinojo. Pero entonces un moscardón viene al acecho y se posa en una de las hojas; se puede ver ahí, abajo y a la derecha de mi descuidada foto. Ese díptero intruso altera mi goce en la contemplación de la planta. Tenía razón el hace muy poco desaparecido Steiner cuando decía que la mosca es una expresión de la fragilidad de nuestra atención sensorial, a su vez una causa de la indestructible tristeza del ser humano, la que Steiner llamaba “unzerstörliche Melancholie”.

Al fijarme en esta mosca insolente sobre el hinojo, cuando trato de componer torpemente la foto, me viene a la mente la extraña omnipresencia de la mosca en la pintura, la famosa “musca depicta“.

Creo que la primera “musca depicta” fue obra de Giotto, como una broma maquinada por el genio florentino para burlar a su maestro Cimabue (nos cuenta esto, como siempre, Vasari, y antes de él, Filarete).

Yo no creo que fuese una simple broma. Yo creo más bien que esas moscas pintadas fueron la coartada para marcar el punto de partida de toda la pintura renacentista. Si el pintor se sentía con fuerzas para pintar lo más profano, e incluso maligno, esto es, una mosca, junto a los temas sagrados, entonces la suerte ya estaba echada para refutar la concepcion primitiva de la pintura como otra ancilla religionis. Con la excusa de la broma y el “trompe l’oeil”, los artistas estaban abriendo la puerta a la modernidad y al Humanismo.

A partir de las moscas de Giotto son incontables las moscas que alcanzamos a ver, aunque con dificultades, cuidadosamente camufladas en obras maestras de la pintura. La mosca aparece por todas partes. La vemos posada en el marco falso del fabuloso Retrato de un Cartujo de Petrus Christus. En la cofia blanca del Autorretrato Con Su Esposa del maestro de Francoforte. En el manto que cae sobre el hombro del San Jerónimo, de Benaglio. En la repisa de la Madonna con Niño, de Crivelli. En la espalda de un angelote que decora el arco de la Madonna con Niño de Giorgio Schiavone. En un pasquín colgado en una superficie de la Anunciación de Cima di Comegliano. En una tarjetita sobre la mesa donde trabaja Luca Paccioli en el famosísimo cuadro de Jacopo de Barbari que si mal no recuerdo ilustraba mi libro de Contabilidad Financiera. En la calavera de “Los Cuatro Doctores de la Iglesia Contemplando a Jesucristo”, de Lorenzo di Pietro. En el pecho del Nazareno del “Cristo en el Sepulcro” de Giovanni Santi. En un rincón del mantelito donde reposa una hogaza de pan negro en El Pago, de Lucas Cranach el Viejo. En el borde de un paño que sujeta en su mano derecha Agostino. en el fantástico retrato de los hermanos della Torre de Lorenzo Lotto. En la rodilla izquierda del Cardenal Bandinello, de Sebastiano del Pombo. En un escalón del altillo en el que vemos a la Santa Ana con Niño de Jacopo di Bassano. En un cráneo de la Vanitas de Bruyn y en la cofia de su Retrato de Mujer. En una grieta del techo del estudio donde pinta el Artista en su Estudio, de Gerrit Dou. En un grano de uva de una naturaleza muerta de Louise Moillon. En el dintel de la ventana de la Naturaleza Muerta con Flores de Ambrosius Boschaert. En un pomelo del Trofeo de Fruta de Jois van Jan. En un membrillo de la Naturaleza Muerta con Cesto de Fruta de Baltasar van der Ast. En la calavera de Et In Arcadia Ego del Guercino. En un jarrón del bodegón de Juan Van der Hamen que podemos ver en el Prado. En el melón de los Muchachos Comiendo Melón y Uva de Murillo. En la Calavera del San Jerónimo, de Joos Van Cleve. O en la tapa de un cesto en La Ultima Cena del Cristo, de Hausbuchmeister. ¡Hay moscas por todas partes!

No sigo enumerando más porque sería repetir el ímprobo esfuerzo que ya hizo en su día Andor Pigler, el autor del catálogo más extenso sobre la presencia de la mosca en la pintura.

Pero es un tema tan apasionante como turbador. Porque a mí a veces se me antoja que todas esas moscas son en realidad un misma y única mosca. Acaso la misma mosca impertinente que ha venido a perturbar mi contemplación de un esplendoroso hinojo, en una hermosa mañana de Mayo. Nos volvemos a casa Mao y yo mientras le doy vueltas a este pensamiento.

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