Tiempos difíciles para los togados. El esperado juicio del “procés” parece que se está convirtiendo más bien en el proceso al juicio (y por añadidura a los jueces). El alguacil resulta alguacilado, en cierto modo.

Un amigo mío se lamenta de esta crisis profunda de la fé en quienes imparten justicia. 

Pero yo le digo que ha habido tiempos peores. O más bien que casi siempre ha sido aquí lo mismo, que ya es fatalidad.  O quizá es algo que tiene explicación, si pensamos en el histórico descuido del Estado en relación con la administración judicial, con recursos que nunca fueron ni de lejos suficientes, ni siquiera en nuestros días.

En este sentido, le menciono un delicioso y malvado soneto de Quevedo, que no es muy conocido, y en el que se hace referencia mordaz a la figura del juez venal en los tiempos de nuestro Siglo de Oro. Una obra de arte e ingenio, como tantas creaciones de Don Francisco, aquel en quien Borges veía el interprete genial de una España apicarada y el fustigador implacable de lechuzos, alguaciles y leguleyos…

“Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,

menos bien las estudias que las vendes;

lo que te compran solamente entiendes;

más que Jasón te agrada el Vellocino.

El humano derecho y el divino,

cuando los interpretas, los ofendes,

y al compás que la encoges o la extiendes,

tu mano para el fallo se previno.

No sabes escuchar ruegos baratos,

y sólo quien te da te quita dudas;

no te gobiernan textos, sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas,

o lávate las manos con Pilatos,

o, con la bolsa, ahórcate con Judas.»

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