El monarca declaró hace unos días que “no es admisible apelar a una supuesta democracia por encima del Derecho”.

Esto es una torpeza. Y provoca una respuesta retórica muy eficaz como la que se ha escuchado esta mañana en el Tribunal Supremo, en boca de uno de los procesados, a saber, que el Estado franquista era un Estado de Derecho y sin embargo no era demócrata.

Pero ¿quién asesora al monarca en sus discursos?

Naturalmente que la democracia, supuesta o no, resulta un concepto supremo, contrariamente a lo que parece haber sugerido el monarca.

Y en el plano puramente teórico, la democracia, sí, debe estar por encima del llamado estado de derecho (asumiendo que tenga sentido concebir un estado plenamente de derecho que no sea de algún modo demócrata).

Pero es que eso no es lo que se debate. Lo que se debate es quien tiene la legitimidad para erigirse en guardián o promotor exclusivo de la democracia y si alguien puede arrogarse dicha legitimidad por su cuenta y riesgo, violando o despreciando el ordenamiento jurídico de un Estado que, en principio y según diferentes criterios, parece ser democrático y de derecho.

Aceptar la gatomaquia de las palabras, discutir como Marramaquiz y Micifuz sobre la primacía de este o aquel concepto, es precisamente dar pábulo y entrar al trapo de quienes de forma puramente retórica y falaz vienen sosteniendo la primacía de su concepto particular y personal de “democracia”. Pasando por encima del Estado de Derecho.

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