Varias veces al día, Mao y yo salimos al jardín para jugar un rato con el disco de silicona. Nos conviene a los dos hacer esas breves pausas. Yo estoy seguro de que la artritis de mi amigo mejora mucho con el ejercicio metódico. Y a mí me viene bien levantarme de mi silla y quitar la vista de la pantalla unos minutos.

Lo curioso es que, con el tiempo, esta rutina cotidiana ha experimentado importantes cambios. 

Al principio, Mao corría tras el disco, lo cogía y me lo traía. Entonces yo se lo quitaba de la boca y volvía a arrojarlo lo más lejos que podía, para iniciar de nuevo el proceso. 

Sin embargo, poco a poco, Mao empezó a negarse a devolverme el disco. Se acercaba a mi lado, pero se resistía cada vez más a aflojar su mandíbula para permitirme retomar el objeto y seguir jugando.

Yo no comprendía bien ese comportamiento. Supuse, en todo caso, que en el alma de ese “retriever” profesional que es mi amigo canino, empezaba a primar algún elemento genético que le ordenaba no soltar la presa nunca, ni siquiera a costa de perder el placer de seguir jugando. Una cuestión de principios, por lo tanto, razoné.

Así que, forzado por las circunstancias, me acabé viendo obligado a ofrecerle pequeños trocitos de queso para conseguir que soltase el disco de una bendita vez. 

Al principio fue sencillo, pero una vez más las cosas cambiaron. 

Mao empezó a rechazar mis trocitos de queso. Yo se los acercaba tentadoramente a su boca pero, en esta segunda fase, él me rechazaba y movía a un lado su cabeza, manteniendo siempre el disco entre los dientes y como si estuviera despreciando mi oferta, tal vez desconfiando de mi vil truco de artero homo sapiens. 

“He aquí el soberbio poder de los principios en estas nobles criaturas”, llegué a pensar.

Sin embargo, no tardé pronto en descubrir que si cambiaba el queso por jamón, y si además aumentaba la dosis, el sistema volvía a funcionar. Mao me devolvía entonces el disco, se comía feliz el jamón, y así podíamos seguir jugando.

Estos hallazgos de conductismo de andar por casa, me alegraron, pues pude encontrar en ellos una solución para el ejercicio cotidiano. 

Pero por otro lado, esos hechos me hicieron reflexionar, no sin cierta tristeza. Resultaba que para los perros, al igual que para los humanos (especialmente para los que gobiernan, claro) los principios venían a ser algo esencialmente flexible y acomodable. Todo era función de la cantidad de jamón ofrecida. 

Pero da lo mismo. Lo importante es que gracias a mis artimañas, mi viejo compañero, ese amigo maravilloso que no me juzga jamás, y que ya cumple trece años, se anima a llevar a cabo breves pero vigorosas carreras tras el disco. 

Son tal vez las últimas carreras de su vida, pero las lleva a cabo con admirable vigor, como si quisiese hacer buenos aquellos memorables versos del Ulysses. 

Es decir, se ve que ya no tiene la fuerza de los días pasados, esa que movía tierra y cielo, pero no es menos cierto que sigue teniendo, al decir de Tennyson, el mismo temple de los corazones heroicos, un tanto debilitado, sí, por el tiempo y el destino, pero fuerte en voluntad, para resistir, para buscar, para encontrar y para no rendirse…

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