Mientras desayunamos unas tostadas con aceite y tomate, Mercedes me ve muy silencioso, muy pensativo. Como ausente.

–Vamos a ver ¿por dónde viaja ahora esa mente errabunda?

–¿Cómo? Ah…pues estaba pensando en el pan precisamente. Como este que vamos a comer que acabo de traer en la bicicleta desde la panadería de Guadarrama. Y en la idea de progreso. Y en la corrupción generalizada.

–A ver, explícate.

–Estaba pensando en que cuando yo nací, cada español comía al día una barra de pan como media. Hoy esa cantidad se ha dividido por cinco, es decir, poco más de un par de tostadas como estas. Esa transformación de la dieta nacional es increíble y ha debido tener consecuencias de todo orden.

–Claro, hemos sustituido todo aquel pan por alimentos procesados, con sus correspondientes dosis de conservantes, aditivos…en detrimento de un producto natural como el pan. Mala cosa.

–Sí. Y lo peor es que incluso el pan es ahora algo altamente procesado. Es uno de los alimentos con más sustancias químicas añadidas entre los que consumimos a diario: amilasas, hemicelulasas, proteasas, oxidasas…. Ahora no se hace nunca pan con harina, agua y levadura. Se le añade siempre un conjunto de sustancias químicas destinadas a reducir el tiempo de fabricación, facilitar la tarea del panadero y darle su pan una apariencia más «comercial»; todo ello a costa de hacer un pan más insípido, con menos proporción de harina, más de agua y por supuesto, nada natural.

–Pues buenos estamos–me dice Mercedes mientras echa una mirada escéptica a la media tostada que aún queda en su plato. Vamos empeorando en muchas cosas, la verdad. 

–Así es. Y lo malo es que no sabemos cómo retroceder cuando vamos por un camino al que erróneamente llamamos progreso. Como decía Walter Benjamin, el verdadero progreso no es acelerar la locomotora en la que vamos, sino saber cuando debemos echar el freno.

–Ya. Pero es innegable que en la mayoría de las cosas vamos mejorando.

–Depende de qué entendamos por mejora. Y depende de quién sea el que se beneficie de esa presunta mejora. Mira, a ese conjunto de aditivos del pan a los que me acabo de referir, la industria panadera los llama «mejorante«.

-¿Mejorante?

–Sí. Y tiene gracia que se llame mejorante a algo que en realidad empeora las cosas. Ese mejorante lo único que mejora es la productividad de la industria de panificación. Y el beneficio de las empresas extranjeras (generalmente belgas o francesas) que poseen las patentes de esos odiosos potingues químicos. 

–O sea, que cada barra de pan que compramos enriquece un poco más a un potentado de Bruselas o París.

–Básicamente. La masa de panificación lleva casi un 1% de ese cóctel químico mal llamado «mejorante«, y es un producto que se vende (en polvo) a precio de oro, por los dos o tres fabricantes europeos que monopolizan el mercado. Nadie hace pan sin ello.

–Eso es un tanto escandaloso.

–Para mí, lo más escandaloso es la corrupción de las palabras; esto es, que exista una conspiración generalizada, en muchos ámbitos, para llamar mejor a lo que en realidad es peor. Cuando las palabras se corrompen, todo lo demás se acaba corrompiendo con ellas. 

–¿Eso lo dijo también Benjamin, como lo del progreso y el freno de la locomotora?

–Esto lo digo yo. Y ahora, vayamos de una vez con estas tostadas, que ya se están enfriando. Tal vez no sean tan buenas como deberían, pero el caso es que me he levantado con hambre y tampoco vamos a ser tan estrictos…

–Claro, te levantas con hambre y te da por cavilar amargamente. Cómo te conozco…Pero se te pasará con un par de bocados y el café con leche.

–Creo que sí.

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