Los madroños empiezan a dar fruto a finales de Octubre; al menos los de aquí, por la Sierra del Guadarrama. 

Los antiguos miraban al cielo para saber cuándo podrían comer estas bayas.

Al parecer, en Octubre, cuando las seis Pléyades ya se ven bien en el firmamento–la séptima, Mérope, apenas se vislumbra pues fue la única que no se unió a los dioses–es el momento de disfrutar del muy azucarado fruto de este arbusto al que los ingleses llaman árbol de fresas (por cierto, querido lector ¿no te llama la atención que el logotipo de Subaru sea un conjunto de seis estrellas? Tiene su lógica, porque Subaru significa Pléyades en japonés).

Las Pleyades por otro lado, eran también las palomas que llevaban la dulce ambrosía a los dioses, de modo que todo encaja.

En fin, que me desvío y enrollo, como siempre; solo quería decir que es muy oportuno que los madroños puedan comerse en estas noches que quieren ser de brujas, muertos y juegos infantiles. Porque, se crea o no, los romanos consideraban que el «arbutus«, que así llamaban al madroño–arbusto por antonomasia–resguardaba a los niños que vagaban por las calles, y les libraba de las brujas y los encantamientos, gracias a la intervención de la deidad de esta planta, esto es Cardea, que era la hermana de Apolo y protegida de Jano, quien a su vez resultaba ser el guardián de las vías y de las puertas.

¿No es fascinante esta vinculación entre los mitos de antaño y las costumbres de hoy?

Esta mañana he salido a fotografíar madroños, que son muy agradecidos. Y me he comido unos cuantos. Debo estar por tanto bien protegido frente a los hechizos.

Pero habré ganado algo de peso, porque el madroño maduro es sumamente dulce. De hecho, cuando fermenta, produce mucho alcohol. Por eso en los pueblos lo llaman borrachero o algo similar. En esto también se une el presente y el pasado porque Plinio el Viejo nos dejó dicho que solo se debe tomar un madroño si se quiere evitar la melopea, y por eso les puso el epíteto de «unedo«, que es el término al que recurrió Linneo para denominar taxonómicamente a esta baya: arbutus unedo, derivado de unum tantum edo, yo como solo uno.

Quién sabe, pues, si el oso del escudo de la villa de Madrid está abrazado al madroño para no derrumbarse por la borrachera producida por estos rojos frutos.

O quizá sea más cierta la hipótesis de Mingote, que aseguraba que ese oso se abraza al árbol para evitar que venga un concejal y lo corte.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s