Veo ese abrazo de la voluntaria y el migrante en la playa del Tarajal y siento ganas casi irreprimibles de llorar. Ganas físicas. Vuelvo a mirar la imagen y vuelvo a sentir el impulso del llanto.

Es raro. No soy yo de lágrima fácil. 

Quizá lo fuí. 

En realidad, todos los humanos somos de lágrima fácil cuando nacemos. 

Es bien sabido que los bebés en las maternidades comienzan a llorar tan pronto uno de ellos rompe a hacerlo. Es un lloro colectivo que emerge sin razón aparente. 

Se ha estudiado este sorprendente llanto que parece desencadenarse por simpatía, en una forma que evoca la coordinación y sincronización espontánea de las oscilaciones, frecuente en los sistemas dinámicos de la física y la ingeniería.

Y se ha llegado a la conclusión de que el recién nacido no distingue todavía entre su propio dolor y el ajeno.  Llora porque el dolor del que llora es también su dolor.

Tan simple, tan hermoso, como eso. 

El bebé comparte las emociones de los otros. Lo hace forma natural. 

Solo con el paso del tiempo ese pequeño humano aprenderá que una cosa es su dolor y otra bien distinta el ajeno. 

Por lo tanto, ser adulto, en esencia, es haberse despojado progresivamente de la empatía natural con la que venimos al mundo. 

Hacernos mayores es aprender a no llorar por los demás. 

Básicamente.

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