Cada día me interesan más las abejas. Cada día menos los humanos. Todos los detalles de su forma de vida (de las abejas) me hablan de una solidaridad y cooperación que ya quisieramos ver en nuestra especie, por más que compartamos con ellas, se supone, el carácter eusocial. El de las abejas es un esprit de corp que incluso parece poner en cuestión las leyes de la evolución, puesto que las obreras de la colmena no se reproducen y eso a priori resulta un status insostenible a medio plazo desde el punto de vista evolutivo. Pero el hecho es que la reina, para quien trabaja el grueso de la colmena, es hermana o madre de todas las demás abejas, por lo que el llamado «conundrum» evolutivo que atormentaba a Darwin queda resuelto en términos de lo que Hamilton llamó «kin selection«, es decir, el fenómeno por el cual el individuo acepta sacrificar su propia reproducción si le consta que sus mismos genes se transmitirán a través de sus hermanos.
Todo en las abejas hace que la mandíbula se me desencaje una y otra vez por los gestos admirativos. Daré solo un ejemplo más: la abeja reina de la colmena es mucho más grande que el resto y, como es sabido, es la única que está a cargo de la reproducción en la colmena. Pero lo curioso es que desde el punto de vista de dotación genética, la reina no es una criatura especial respecto a las restantes abejas. En sentido biológico es idéntica a las demás. Lo único que la hace especial es la alimentación extra que recibe de las obreras.
Son por lo tanto las obreras las que hacen reina a la reina. No la estirpe ni nada parecido.
Ὁ ἔχων ὦτα ἀκουέτω !

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