Dicen los periódicos que estos tiempos son tiempos de cambio. Que la gente quiere cambiar. Exige cambiar. Yo lo entiendo. Pero no solo por las circunstancias que vivimos. En realidad, el ansia de cambio es una clave antropológica para comprender al ser humano. La criatura que somos se caracteriza por la convicción, no siempre acertada, de que el futuro ha de ser necesariamente mas favorable. Y que por lo tanto, el cambio será positivo. Tal vez el hombre medio es un animal optimista por naturaleza. Y ser optimista, esencialmente, es pensar que los cambios son, por lo general, a mejor.

Hablo de esto con un buen amigo y le planteo un juego mental que se relaciona con nuestro afán intrínseco de cambiar. Es muy sencillo. Tiene la forma de un concurso televisivo. Del estilo de aquel famoso 1,2,3 responda otra vez. El presentador le ofrece al concursante la elección entre 2 sobres cerrados. Le indica que en ambos hay billetes. Pero en uno de ellos, la cantidad es el doble que en el otro. No indica en cambio el presentador cuáles son las cantidades. Se limita a decir que un sobre contiene el doble que el otro. 

Cuando el concursante elige uno de los sobres, comprueba que contiene 1000 euros. En ese momento, el presentador, le ofrece al posibilidad de cambiar. El concursante piensa un poco y seguidamente acepta el cambio. Deja los 1000 euros y pide el otro sobre.

¿Ha hecho bien el concursante en cambiar el sobre por el que inicialmente optó? El sentido común, la razón y la lógica nos dice que no tiene sentido el cambio. No hay razón para hacerlo.

Sin embargo, la forma en la que razonó es esta: «Tengo 1 posibilidad sobre 2 de que el otro sobre contenga 2.000 euros y que por lo tanto gane 1.000 euros», piensa, «por contra, también tengo 1 posibilidad entre 2 de que el otro sobre contenga 500 euros y por lo tanto pierda 500 euros, así que siendo la probabilidad igual en ambos casos, optaré por el cambio, ya que es más lo que puedo ganar de lo que puedo perder, es decir, puedo ganar 1000 euros, mientras que solo puedo perder 500, con igual probabilidad para ambos supuestos».

Esta divertida paradoja, que ha generado mucha literatura y que, curiosamente, no está del todo resuelta, es todo un símbolo del amor del hombre hacia el cambio. 

Más allá de un supuesto como el del concurso y el concursante, el ser humano siempre tiende a creer que, en relación con el cambio, es más lo que se puede ganar que lo que se puede perder. Esta convicción está en nuestro DNA y hasta cierto punto es el motor de la Historia.

Por contra, el pesimismo no es otra cosa sino el escepticismo sistemático respecto al cambio. «¿Tu eres optimista o pesimista?», me pregunta mi amigo, que se ha quedado muy meditabundo con la paradoja de los dos sobres. «No lo tengo claro», le respondo, pero me siento identificado, hasta cierto punto, con un fascinante párrafo, lleno de interrogaciones, de Nietzsche en El Nacimiento de la Tragedia (obra por cierto cuyo título completo es «El Nacimiento de la Tragedia; el pesimismo en el helenismo». Nietzsche, ya se sabe, imputaba a Socrates y a Platón un sentimiento antitrágico, un optimismo apolíneo esencial, apoyado en el extremismo de la Razón y la fé en la Ciencia.

Terminemos este post con ese párrafo completo del maestro de la sospecha: 

«¿Es el pesimismo necesariamente un signo de decadencia, de degeneración, de fracaso, de instintos cansados y debilitados como ya lo fue en los indios y como parece a todas luces en nosotros, los hombres «modernos» y europeos? ¿Existe un pesimismo propio de la fortaleza? ¿Existe una predisposición intelectual a la dureza, al horror, al mal, al hecho enigmático de existir, que hunde sus raíces en una salud desbordante, en una existencia plena? ¿Existe tal vez un sufrimiento derivado de ese mismo exceso de plenitud? ¿Existe una valentía experimental intrínseca a la mirada más acerada, esa misma que exige lo terrible como enemigo, el digno enemigo con el que uno mide sus fuerzas y gracias al cual aprende a saber lo que es el miedo? ¿Qué significado posee, justo en la mejor época, la más poderosa y mas valiosa de los griegos, el mito trágico? (…) ¿Acaso la voluntad epicúrea contra el pesimismo no sería más que la cautela de quien sufre?…»

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