Hace tiempo que no vemos a algún preboste o prebostillo llorar, como lo hizo en una célebre aparición televisiva Obama. Y es raro. Después de todo, sunt lachrimae rerum et mentem mortalia tangunt, es decir, hay abundantes cosas que son apropiadas para hacer llorar y conmover el alma de los hombres, como nos recuerda Virgilio.
En toda época, los héroes reales y mitológicos, e incluso los dioses, han llorado en abundancia. ¿Cómo no han de hacerlo los políticos, esos aprendices de héroes o dioses?
Una tabla cananea del XIV a.c, encontrada en Ugarit, nos refiere el llanto más ancestral del que hay constancia, que es el llanto del dios semítico Baal por la muerte de su hermana y amante Anat. También en la mitología egipcia, y en parecida situación, llora Osiris. Por su parte, los dioses mesopotamios Marduk y Tamuz lloran a menudo. Y el héroe/rey mesopotámico Gilgamesh solloza sin cesar por la pérdida de su amigo Enkidu; lo hace durante siete días seguidos…
En la Biblia, vemos llorar a David por la muerte de Absalón. Abraham llora cuando Sara ha muerto. José llora cuando se encuentra con Benjamín. Jesús llora por la muerte de Lázaro. En el Libro de las Lamentaciones, el autor lamenta la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor II diciendo: “de mis ojos fluyen ríos de lágrimas, y seguirán fluyendo hasta que el Señor del Cielo mire abajo y vea esto”.
Y no digamos entre los griegos. Aquiles llora sin consuelo la muerte de Patroclo (y también llora lleno de humanidad en su fascinante encuentro con Príamo, que le acompaña en el llanto). Agamenon llora al abrazar a Ulises en el país de los Muertos. Y este último se pasa llorando (“como una mujer”, nos dice Homero) los diez años que dura su retorno al hogar. Llora Ulises avergonzado ante la asamblea de los Feacios. Y también llora cuando llega a Itaca y su ama de cría le reconoce (de hecho le reconoce precisamente porque al llorar, el héroe se delata).
Los héroes de todas las mitologías y tradiciones lloran. Roldán, el héroe de la canción de gesta carolingia, llora frecuentemente. Al igual que lo hace Carlomagno, precisamente ante el cadaver de Roldán. Llora desconsoladamente Amadis de Gaula, tal como nos refiere Don Quijote, en uno de los capítulos de Sierra Morena. Lloran los personajes de la épica japonesa, como el guerrero Korimori, el de los Cuentos de Heiki. También llora el monje budista Soney o el héroe nipón Ho-o. Incluso lloran nuestros mitos cinematográficos como Marlon Brando en Un Tranvía Llamado Deseo, James Dean en Rebelde Sin Causa o Russell Crowe en Gladiator. Hasta los personajes más macho de las pantallas lloran, cuando se presenta la ocasión propicia, como lo hacen Rocky o Rambo (en cambio, no me consta que hayan llorado John Wayne o Clint Eastwood, alexitímicos sin remedio).
También se ha visto llorar a los líderes un país y una cultura de la contención emocional como los Estados Unidos, como es el caso mencionado de Obama. El General Grant lloró en público después de la batalla de Shiloh. Lee también lloró. Igual que lo hizo Lee. Lo mismo que Abraham Lincoln. Lo mismo que Theodore Roosevelt. Hemos visto llorar a Carter. Hemos visto llorar a Reagan. Hemos visto llorar a Bush padre. A Bill Clinton. Y también hemos visto llorar a Schwarzkopf, el de la Tormenta del Desierto. Es una dilatada serie de antecedentes de lloriqueo de prohombres norteamericanos. Es una serie bien notoria, que no deja de hacer un tanto sospechosas aquellas lágrimas de Obama, al inscribirlas en una tradición muy acendrada que sin duda el entonces Presidente conocía a la perfección. El inquilino de la Casa Blanca debió tener perfectamente presentes todos esos llantos excelentes, incluso el de Thomas Jefferson que también se sabe que lloró, aunque en su caso fuese por un asunto relacionado no con campos de batalla cubiertos de cadáveres sino con los líos amorosos con una de amante francesa.
Todos esos llantos prebostiles ¿han sido reales o artificiales?
En todo llanto existe un elemento finalístico más o menos significativo. Lloramos por algo. Pero también lloramos para algo. Es un dato de nuestra realidad antropológica. De hecho, el llanto es un buen candidato a ser considerado la piedra de toque de nuestra condición humana. No lloran ni siquiera los simios (pero sí los elefantes). Y lo interesante es que es un llanto que rara vez tiene lugar en soledad. Nuestras lágrimas se desbordan casi exclusivamente cuando estamos en presencia del otro. Somos, como especie, el zoon-politikon-que-a-menudolloriquea.
La historia de la literatura y el pensamiento universal está llena de referencias al llanto instrumental, a las lágrimas que se hacen brotar a discreción, con mayor o menor sinceridad, a fin de enternecer el corazón ajeno. Es, ciertamente, una simulación que normalmente se atribuye al sexo femenino (debe contar el hecho de que, según una investigación, las mujeres lloran 4 veces más frecuentemente que los hombres) . “Cuando una mujer llora”, decía Catón el Joven, «construye con sus lágrimas una trampa”. El pajarito que se ha escapado de su jaula, en el conocido soneto de Lope, vuelve a su prisión al ver llorar a la dueña (“que tanto puede una mujer que llora” nos dice Lope en el último terceto). “¡Demonios y más demonios!”-exclama Otelo ante las lágrimas de Desdémona-“¡si la tierra pudiese ser inseminada con el llanto de mujer que cayese sobre ella, de cada lágrima surgiría un cocodrilo”. El irascible personaje de Shakespeare hace alusión aquí (injustamente, por cierto) al fenómeno conocido desde tiempo inmemorial según el cual el cocodrilo, al abrir las mandíbulas para devorar a su víctima, presiona de paso sus anchurosos conductos lagrimales y llora copiosamente…
¿Son las lágrimas de los políticos lágrimas de cocodrilo? ¿Quién soy yo para decirlo? Pero algunos casos son obvios. Yo vi con asombro llorar como una Magdalena ante las cámaras, el día del óbito del Dictador, al que fue crudelísimo fiscal en los peores tiempos de la Guerra Civil. Cry Me a River le daban a uno ganas de cantarle al muy fantoche. I cry a river, over you.

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