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Me llama la atención escuchar a la dueña de esa viejita golden retriever que algunas mañanas se cruza con Mao y juega un poco con él, decir, con tristeza, que nunca más volverá a tener otro perro, para evitar el dolor de su desaparición. Pero yo no lo comparto. Es como si el miedo de perder cualquier cosa que amamos nos disuadiese de amar todo lo que amamos.

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