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Teresa de Jesús es uno de los personajes más universales y admirables de la cultura española. Más recuerdo del que tiene merece esta mujer genial, verdadera feminista de primera hora, fantástica comunicadora, artista del lenguaje. Hasta fue jugadora de ajedrez (en Camino de Perfección dedicó un par de páginas a este juego, en el que ella veía una alegoría del juego del alma para llegar a lo divino).
Fue también una gestora brillantísima. La verdadera pionera del mecenazgo. Se las pintaba sola para manejar con éxito a los poderosos y obtener sus recursos para fundar. También a veces fracasaba con ellos. Entonces se frustraba y decía cosas como su célebre frase: “ ya se ve que no hay nada que hacer con los ricos del mundo, tendremos que ir con los pobres”. Su sentido de la misericordia era profundísimo, coherente con el sentido etimológico de la palabra, esto es, tener el corazón próximo a los que sufren miseria. Pero además, su carácter femenino y su condición de nieta de judío quizá daba un sentido especial, aún más hermoso, a esa misericordia. Porque la misericordia bíblica, en hebreo, es, principalmente, “rahem”, que significa literalmente, temblor del útero. Los traductores al griego de la Septuaginta comprendieron la idea, y tradujeron “rahem” por “eleos”, que significa igualmente en griego conmoción uterina, emoción nacida de las entrañas.  Eleos es una de las palabras que San Jerónimo traduce, pobremente, por misericordia, en la Vulgata. La misericordia, en esencia, es generatriz y es femenina. Acaso Teresa de Avila, en alguno de sus sacros furores uterinos y éxtasis místicos (que ahora la neurociencia, cortando las alas a la mariposa quiere atribuir a no se qué carámbola de neurotransmisores) lo intuyó. De modo que Teresa supo hacer de la misericordia un prodigioso impulso creador y fundador. Un siglo antes, Juliana de Norwich también había meditado sobre esta mística vinculación entre la misericordia, lo femenino y lo creador. Por eso, Juliana, acaso como Teresa, pensaba que no podría exisitir el Infierno, pues la misericordia divina debía ser como la misericordia de una madre, que no puede tolerar bajo ningún supuesto la perdición definitiva del hijo.
Si Dios es misericordia, como señala la Iglesia Católica y como también proclama el basmalah islámico, entonces habremos de colegir, que Dios es el útero. El útero creador y misericorde. No me parece mala metáfora.

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