Almendros y demagogia.

Esta mañana templada de Febrero, durante mi paseo matinal en bicicleta me he parado un instante y me he quedado absorto mirando los almendros que están ahora gloriosamente floreciendo. Y contemplando esa orgía de flores me ha venido a la mente la crisis actual de la democracia y el auge de los populismos. 

Le he comentado esta vinculación a Marta durante el desayuno, mientras hablábamos de lo hermosos que están los senderos de la dehesa estos días.

–Tendrás que explicarte. ¿Almendros y política?

-Con gusto. Pues primeramente te  aclaro que hay razones para que los almendros hagan surgir un mar de flores tan pronto, antes incluso de que las hojas del árbol emerjan. ¿Nunca te has preguntado el por qué?

-No. ¿A qué razones te refieres?

–Ocurre que los almendros solo pueden ser polinizados por los insectos. Sin insectos no hay fertilización posible para los almendros.

–Ya. ¿y?

–Pues que al mismo tiempo, el periodo de maduración del fruto de estos árboles es especialmente largo, no menos de cinco meses desde la polinización. 

–Es verdad. Las almendras están todavía verdes cuando vamos en Junio o Julio a El Villar.

–Si. Y no se se si sabes que las almendras verdes son una delicatessen muy codiciada por los grandes chefs, con su interior gelatinoso, como el edamame…

–No te me desvíes. Sigue con lo que me ibas diciendo.

–Pues que puedes combinar la necesaria polinización por insectos y el largo período de maduración,  para comprender por qué las flores del almendro tienen que ser muchas y tempranas. Cuantas más flores muestre el almendro y cuanto antes aparezcan, mayores serán las posibilidades de fertilización de este árbol tan esforzado y diligente que se adelanta y excede en flores a todos los demás. Por cierto no se si sabes que en hebreo el almendro es llamado como shaqued, es decir “el diligente” o “el que se despierta”…

–Evidentemente, no. Pero insisto, dime de una bendita vez qué tienen que ver los almendros con la política.

–Vale. Se trata de algo relacionado con el cultivo intensivo de almendros. Es fascinante cómo utilizan los cultivadores a las abejas para polinizar sus huertos. Una simple colonia de abejas les permite polinizar hasta 500 millones de flores. Fascinante. 

–Sigo sin pillar a donde vas. Me empieza a parecer que a ningún lado.

–Pues ocurre que los cultivadores podrían intentar la polinización con cualquier otra especie de insectos, pero solo lo hacen, solo lo pueden hacer, con abejas. Precisamente con abejas. ¿Y sabes por qué?

–No.

–Pues porque solo las abejas son insectos sociales (también las hormigas lo son, pero estas no vuelan). Y en tanto que sociales, el cultivador puede llevar la colonia de un lado a otro, sin que esta se disperse. Manipula a sus abejas a voluntad. Ahora aquí, luego allá.

–¡Acabáramos! Mira que eres retorcido. Lo que pretendes decir es que la intrínseca sociabilidad de los humanos es lo que nos hace tan manipulables por parte de los demagogos. Y es en esto en lo que pensabas al ver los almendros esta mañana…No puedo creerlo.

–Exacto. Y no lo habría expresado yo mejor. Nuestro carácter de criaturas sociales es quizá lo mejor que tenemos, pero también puede ser lo peor. Hay que estar alerta.

–¿Y es en esas cosas tan rebuscadas en las que piensas cuando sales en bicicleta? No sería mejor que te limitases a disfrutar de la belleza y acaso hacer algunas fotos?

–Seguro que tienes razón. En cuanto a las fotos, no me animo a hacerlas. No tengo nada que aportar. Los almendros en flor ya han sido maravillosamente reproducidos de incontables maneras, en miles de fotografías y también en pinturas, basta recordar, a Manet, Renoir, o a Van Gogh, cuyo lienzo lleno de flores de almendro sobre mágico fondo azul me hipnotiza…Con las fotos hay que hacer como con las palabras: no decir nada que no mejore el silencio.

–Vale. Pues habrá que conformarse con mirar los almendros. 

–Suficiente, sin duda. Y aún nos quedan unos cuantos días con esta increible belleza.

–Carpe diem, entonces…

-Carpe. Has usado un muy apropiado verbo latino, porque carpe precisamente hace referencia a los árboles y sus frutos, y por cierto, debo decirte que la famosa frase de Horacio…

–No, no. Eso me lo cuentas otro día. Por hoy ya está bien…Nos vamos a quedar con los almendros.

–Y con la demagogia.

Sunt Lacrimae Rerum

¿Por qué lloramos? ¿Por qué el ser humano hace algo tan raro como verter líquido por los ojos cuando sufre mucho, ya sea física o espiritualmente? 

A mí me fastidió no saber responder a esta pregunta que hace unas semanas me planteó Marta. Algo me consoló el hecho de que tampoco un genio como Darwin supo explicar evolutivamente el por qué de las lágrimas, que él veía como “sin propósito”, “purposeless”…

Por supuesto, uno puede salir del paso mencionando unas cuantas respuestas convencionales al uso, pero ninguna me parece, ni de lejos satisfactoria. 

Que si lloramos para mostrar al prójimo nuestro estado de ánimo y requerir su ayuda urgente. 

Que si lloramos para crear lazos. 

Que si lloramos para sobrellevar mejor el dolor y la tristeza.

Lo único que me convence un poco entre las explicaciones habituales es eso de que las lágrimas contienen cortisol y adrenalina. Y que al deshacernos, llorando, de cierta cantidad de estas hormonas del stress, conseguimos relajarnos un poco. 

Tiene sentido. Llorar calma, es indudable. Y esto explicaría por qué también lloramos cuando nos abruma un exceso de emociones, aunque sean dichosas. Expulsando cortisol y adrenalina al llorar, algo de nuestro stress se queda en el pañuelo.

Pero ayer, al mirar un cartel en una farmacia de un conocido medicamento me dio por pensar algo más al respecto. 

Recordé que ese popular medicamento contiene la lisozima, que resulta ser una enzima con propiedades antisépticas, antibióticas e incluso antivirales, que fue descubierta por Fleming. Nada menos.

Eso justifica que el medicamento del cartel sea muy utilizado para las llagas bucales producidas por el herpes.

Y, mira por dónde, me acordé también de que el mismísimo Fleming fue quien descubrió la lisozima, al analizar los componentes de las lágrimas humanas. (Este dato es el tipo de cosas más o menos inútiles que extrañamente se van guardando en mi caótica memoria y que quedan almacenadas en algún rincón de mi mente errabunda.)

¿No será entonces…?-me dije a mí mismo mientras caminaba pensativo calle Toledo arriba–¿no será entonces que la Naturaleza promueve nuestro llanto para que tenga lugar la periódica higiene ocular?

Quien sabe. 

Tal vez no sea que la visión del mundo nos provoque el llanto, como se pudiera pensar. 

Quizá es el llanto lo que nos permite una buena visión del mundo. 

Tiene gracia.

Polios y Octodactilones

Me achaca un amigo lector que las conversaciones que aquí relato, como la de la anterior publicación (en torno a la felicidad, el sufrimiento y el sentido de la vida) son siempre muy sesudas…

¿Acaso nunca hablo de temas banales? ¿Soy tan pesado y espeso en mi vida personal como lo parece a tenor de todo lo que escribo?

No se. En mi defensa, alego ante mi amigo que el otro día, cenando con Cristina y Mercedes mencioné un asunto que provenía de la llamada prensa rosa. Y surgió una interesante conversación:

–¿Ah, sí? ¿Tú leyendo prensa rosa o mirando los programas de telebasura?–me reprocharon.

–En ocasiones, sí… ¿por qué no?

–Ya nos dirás.

–Pues sucede que una cierta revista del corazón ha mostrado gráficamente que la pareja del actual jefe del estado, ahora peina canas. Se ve muy claro.

–¿Canas…?

–Sí. Algunas canas en el regio pelo. 

A partir de ahí comentamos en la cena cuán lacerante es que sea noticia que una mujer no use los habituales tintes para atenuar los signos de la edad, en tanto que en el caso de los varones la noticia sería precisamente su uso, tal como ocurría con el anterior jefe de gobierno, de barba naturalmente blanca y cabellos de puro azabache, para chanza y mofa del personal.

–La verdad es que, es injusto que la sociedad actual haga que las mujeres envejezcamos mucho peor que los hombres–dice Cristina, que también en su pelo luce algunas canas y se niega, por cierto y tajantemente, a disimularlas.

–Es así–intervengo yo–y me viene a la memoria una obra de teatro en la que una mujer se queja amargamente y con maravillosa lucidez de que los años pasan de forma muy diferente para los hombres y las mujeres, en grave perjuicio de estas últimas. Y se habla en esa obra este asunto de las canas, en los diferentes sexos, por cierto.

–¿Ah sí?.

–Y lo curioso es que se trata de una obra escrita hace más de veinticuatro siglos. 

–¡Veinticuatro siglos”. O sea, que la cosa viene de lejos. ¿Cuál es esa obra?

–Lisístrata.

–Ya. De Aristófanes ¿no?

–Sí. En un pasaje, en torno al verso 590 de la comedia, Lisistrata, que lidera una huelga de sexo de las mujeres de la ciudad con el objetivo de parar la guerra, le dice a otro personaje que las mujeres sufren por partida doble: «…lo primero porque dan a luz a los hijos para luego enviarlos como soldados de infantería, y también porque cuando podrían sacar partido de la juventud, se ven forzadas a dormir solas por culpa de las campañas militares, envejeciendo en sus habitaciones…«

Dicho esto, el interlocutor de Lisístrata le replica diciendo que también los hombres envejecen…

Pero ¡por Zeus!”–protesta la protagonista–“no se parece la cosa en nada, pues cuando el hombre regresa, aunque esté lleno de canas (canas=πολιός, de aquí poliosis, nombre técnico para la pérdida de melanina en el cabello), en seguida lo tienes casado con una jovencita (taxi paida koren gegameken). Pero el momento de la mujer es muy breve ( tes de ginaikos esmicros o kairós) y si no lo aprovecha, nadie quiere casarse con ella, y ahí se queda, alimentando ilusiones…(esperando buenas nuevas, esperando profecías)”

–Caray, muy llamativo que el paso de tantos siglos no haya cambiado demasiado las cosas…

–Es que todo está en los antiguos griegos. Todo. Y merece la pena leerlos de vez en cuando. 

Lisístrata, que significa literalmente la que deshace la guerra, es una delicia, y su contenido, en más de un sentido, es de mucha actualidad. Además, provoca carcajadas y demuestra que no nos diferenciamos mucho de la gente de la Atenas del siglo V a.c. En el fragmento 95, de la obra, por ejemplo, Lisístrata se queja de que, «con los hombres en el campo de batalla, ni siquiera nos ha quedado a las mujeres el consuelo de los amantes…»

–¿Pero los amantes no se iban a la guerra?

–Los “amantes” (moijós) a los que se refiere Lisístrata, son un eufemismo. Está hablando de los consoladores o “deslizadores” (olisbos), como ellas llamaban a estos utensilios fabricados tradicionalmente en Mileto con piel de perro y de muy considerable longitud (octodactilón). Al parecer escaseaban mucho en tiempos de guerra. “Ultimamente no he visto ni un solo consolador de cuero de ocho dedos que nos pudiera servir de alivio cueril (eskutine pikouría) ”, se queja Lisístrata…

En fin, de esta forma jocosa y menor fuimos terminando en la cena de anteanoche la conversación y el vino. Hablando de canas y de octodactilones.

Banalidades, en suma, que en esta ocasión surgieron para contradecir un poco a quienes me critican por lo muy áridas que son mis reflexiones.

Aunque, pensándolo bien, creo que no fueron temas tan banales.

Empiezo a considerar que, en realidad, no hay tal cosa como un un asunto banal. 

Siempre salen los griegos por algún lado.

Sin quitar lo malo.

Cuando alguien me saluda preguntándome cómo estoy, yo suelo responder, esbozando una sonrisa de complicidad que, “quitando lo malo…estoy muy bien”.

Pero, el otro día, cuando usé mi muletilla al reencontrarme en Barcelona con alguien a quien no veía desde hace muchos meses, me quedé pensando en esta frasecita…

Subí a mi habitación de hotel y me puse a meditar mientras miraba por el ventanal la ciudad al atardecer, algo que, no se por qué, siempre me ha producido melancolía. 

En cierta ocasión, mirando la puesta de sol en Las Vegas desde lo alto del Bellagio casi me da por llorar…Sin razón concreta.

Pero ¿realmente hay que quitar lo malo?-me pregunté a mí mismo contemplando el ocaso urbano- ¿No será que “lo malo” también forma parte de una existencia plena?.

Comenté esto con Ana algo más tarde, durante la cena, en una terraza junto a la vieja plaza de toros, convertida ahora en un sórdido centro comercial.

Le dije que según creo recordar Zizek tiene dicho que la única vida de satisfacción profunda es una vida de eterna lucha. Puede ser.

¿Acaso no somos todos hedonistas por naturaleza?-Se preguntaba, Ana.

Yo no lo creo. No puede haber una una única variedad de felicidad. Alguna de las muchas manifestaciones de nuestra dicha incluyen el esfuerzo, que a menudo es doloroso.

No hay una sola forma de ser feliz. 

Porque la vida es complicada. Muy complicada. 

Pero estoy convencido de algo–le digo a Ana mientras brindamos con un l’chaim, es decir, por la vida, tal como prescribe la tradición judía–Estoy seguro de que la obsesión por el bienestar y la prosperidad acaba conduciendo a las personas a una existencia miserable. 

Desde los años 60 del siglo pasado, justo cuando Occidente inicia su expansión imparable hacia la riqueza material y la cultura del bienestar, las depresiones han crecido exponencialmente, hasta convertirse en un mal propiamente endémico.

¿Dónde está el fallo? 

Todos los que han viajado a los países del Tercer Mundo reconocen que en muchos sentidos, y a pesar de la pobreza, la gente parece más feliz allí que en nuestro entorno. 

En el siglo XVIII, Benjamin Franklin se sorprendía de que los niños indios criados por los colonos y educados a la occidental, cuando por alguna razón, ya crecidos, retornaban a sus lugares de origen, jamás querían volver a sus hogares de colonos.

Tal vez la clave sea el “sentido”. 

Si todo lo que nos rodea se mueve y nos mueve exclusivamente hacia el bienestar material o el hedonismo puro, lo que desaparece es el “sentido”. Y el sentido que damos a nuestra existencia es justamente lo que nos sostiene vivos. 

Llámale a eso genuina felicidad si lo deseas.

Casi todos los libros de autoayuda cometen el error central de ofrecer meras recetas de felicidad o fórmulas sencillas para el bienestar, cuando lo que deberían hacer es más bien promover la manera de encontrar un sentido para la vida. 

Un sentido que a veces podrá conducirnos a la lucha, al conflicto y a la aceptación del dolor como instrumento. Pero, como Frankl dijo parafraseando a Nietzsche, los que tienen un por qué pueden soportar casi cualquier cómo.

Desconfiemos de todo cuanto se nos ha dicho sobre la felicidad y la buena vida. 

Aceptemos que necesitamos de cierto grado de lucha y de conflicto. 

La próxima vez que alguien me pregunte cómo estoy, le responderé de una forma algo distinta a la habitual.

Pues todo va bien…incluyendo lo malo«.

O, tal vez, gracias en parte a lo malo.

El Codex

Me han regalado por mi cumpleaños un ejemplar, con encuadernación in-folio (como debe ser), editado por Rizzoli, del Codex Seraphinianus, esa obra maestra de la fantasía surrealista. 

Esta mañana le he mostrado mi espléndido regalo a un amigo y vecino que acude regularmente a un taller de escritura. Me lo he encontrado mientras paseaba con Mao y le he invitado a echar una ojeada a mi flamante ejemplar del Codex. Lo he hecho para sugerirle que utilice las increibles páginas del Seraphinianus como palestra de ejercicios para sus compañeros aficionados a la literatura. 

Elegir una página de esta enloquecedora enciclopedia, al azar, y tratar de traducir los textos que acompañan a esas imágenes sobrenaturales y perturbadoras puede ser una maravillosa gimnasia para la creatividad. 

Estoy seguro de que si Gianni Rodari hubiese conocido esta obra (el admirable autor de Gramática de la Fantasía murió en Roma pocos meses antes de la publicación del Codex) hubiera quedado tan fascinado y atraído por ella como lo estuvo, por ejemplo, Italo Calvino, Roland Barthes, o Franco María Ricci. 

En realidad, dada la casi simultaneidad entre el óbito de Rodari y la edición del Seraphinianus, estoy convencido de que fue el alma inmortal de Rodari la fuente de inspiración para la creación de estos dibujos, y no la gata callejera que se posaba en la espalda del autor mientras dibujaba, a la que Serafini ha reconocido la totalidad de la autoría del Codex. O tal vez Rodari era esa gata.

En fin, hoy he traído a colación el Codex, interrumpiendo brevemente el ya dilatado hiato creador al que me está obligando mi esforzada preparación ajedrecística para cada partida dominical, por una razón realmente importante. 

Sí, queridos lectores, sí. Tengo el inmenso placer de anunciar al mundo que he conseguido algo extraordinario: he logrado decodificar el Codex Seraphinianus. 

No voy a cometer la ingenuidad de divulgar aquí la clave, no. Me las arreglaré para “monetarizar” mi descubrimiento, como se dice ahora. Pero, como prueba de mi asombroso hallazgo, voy a copiar a continuación el texto de una de las páginas de la obra, en la sección V, Máquinas y Vehículos. Aquí la transcribo.

Y añado que si alguno de mis lectores desea conseguir la versión digital del Codex, solo tiene que pedírmela. Puede que además le obsequie con alguna otra página traducida gracias a mi esfuerzo criptográfico, solo comparable a los trabajos de descifrado de Bletchley Park.

Textos de la página aquí reproducida:

(Titular) 

Corrutecnia

(Leyenda 1, junto a la mano mecánica) 

Ingeniería aplicada a la corrupción masiva. Industrialización del soborno artesanal clásico.

(Leyenda 2, bajo el ingenio superior)

El Corrumotor Móvil permite industrializar la corrupción, multiplicando los fondos recibidos. Sus cuatro manos captadoras alimentan un tren de blanqueo de dinero. Dispone de una gran oruga en lugar de ruedas, para trasladarse a todas las Autonomías y municipios.

(Leyenda 3, junto a la mano mecánica)

El movimiento de dedo sabiamente articulado plantea una irresistible invitación para la entrega de fondos.

(Leyenda 4, bajo el ingenio inferior)

El Gran Corrupio es el máximo exponente de la nueva tecnología corruptiva. Cuando la captura de fondos con el Corrumotor Móvil es insuficiente, lo cual es cada vez más frecuente, dada la voracidad de los prebostes, este ingenio permite recoger una gran cantidad de fondos en convenientes carretillas, las cuales ascienden velozmente por unos rieles hasta el túnel de blanqueo.

El gato, Unamuno y Berdyaev.

Un amigo, que se anima a leerme de vez en cuando, se extraña de que yo escriba a menudo sobre mi compañero canino pero que rara vez lo haga sobre mi camarada felino.

Es cierto. Y lo es a pesar de que frecuentemente medito sobre el gato. Sobre los gatos.

Más de una vez, a lo largo del día, me quedo mirando a mi gato. El quieto. Yo absorto, pensativo, melancólico.

Sí. Pienso mucho mirando a mi gato, cuando está inmóvil sobre mi mesa de trabajo, mientras escribo. O cuando le veo estático, como una esfinge egipcia, en su rincón favorito del jardín, tomando el dulce sol de invierno. O cuando sestea, en la misma cama que Mao, a un par de metros de mí. Como lo hace mientras escribo esto.

Pienso por ejemplo en que el gato es una criatura mejor que yo. O más bien que su relación con el mundo es sustancialmente mejor que la mía.

Yo me paso la vida luchando agónicamente por ser feliz. Y para ser feliz trato de cambiar el mundo y acaso cambiarme también a mí mismo. 

El gato, no. 

El gato no necesita escapar de sí mismo para ser feliz. 

El gato es feliz siendo quien es. 

De hecho, palabra felino está relacionada con felicidad, a través del ancestro común de ambos vocablos, esto es, el verbo arcaico griego phyo, φύω, que significaba producir, crear, dar fruto.

Un felino es un felino, claro, por su gran capacidad para producir, para procrear, pero, al menos etimológicamente, también es felino por ser feliz.

Desde su felicidad casi metafísica, me parece que no trata el gato de cambiar el mundo, ni siquiera de juzgarlo. 

Para el gato, el mundo también es como es. Tal vez por eso se suele decir de los gatos que son más bien amorales. 

No son amorales los gatos, lo que son es sabios. 

Y de ellos podríamos aprender que toda búsqueda desesperada de la felicidad, si se busca fuera de uno mismo, está llamada a fracasar.

En estas cosas pienso cuando miro a mi gato. Contemplarle me invita a meditar. Me ayuda a meditar.

Puede que Mao me impulse más a menudo a escribir sobre él. Pero el gato me invita a diario a pensar y sentir.

E, impulsándome una a jugar y otra a pensar, tengo un afecto profundo por ambas criaturas. Sin privilegios.

En particular, con respecto al gato, comprendo bien a quienes como el filósofo ruso Nicolas Berdyaev escribían sobre su gato algo tan emocionante como lo que a continuación voy a transcribir. 

Es un texto conmovedor, en la autobiografía del autor, y tiene un tono en el que es imposible no reconocer a Unamuno, quien por cierto también amaba a su gato, al que jamás veía reir o lamentarse, pero de cuya capacidad de razonar el maestro vasco daba fé.

Pero escuchemos la voz de Berdyaev:

En el momento mismo de la liberación de París, perdimos a nuestro amado Muri, que murió después de una dolorosa enfermedad. Sus sufrimientos antes de la muerte fueron para mí los sufrimientos y trabajos de toda la Creación; a través de Muri yo me sentí unido a la totalidad de la Creación y tuve la esperanza de su redención. Era extremadamente conmovedor ver a Muri, en la víspera de su muerte, abrirse camino con dificultad hasta la habitación de Lidia (ella estaba también seriamente enferma) y subirse a su cama; llegaba hasta ella para decirle adios. Yo lloro raras veces-y esto puede parecer extraño, cómico o ridículo–pero cuando Muri murió lloré amargamente. La gente especula sobre “la inmortalidad del alma humana”, pero al respecto yo exigía también una vida inmortal y eterna para Muri. No podía conformarme con nada menos que con una vida eterna para él.

Unos meses después, perdí también a Lidia…No puedo reconciliarme con la muerte y con el destino trágico de la existencia humana…No puede haber vida más allá a no ser que restaure en su ser a todos aquellos a quienes hemos amado.»

El Pabellón (recordando a Bartleby)

«A Sonia no le pareció mal tener que confinarse en el pabellón diez días, tan pronto supimos que su test era positivo. 

Me pareció un poco rara tan buena actitud, teniendo en cuenta que ella es poco más que una adolescente. Pero hay que reconocer que el confinamiento se presentaba como algo relativamente cómodo en el pequeño pabellón para invitados que tenemos junto a la casa familiar. 

El hecho es que la cuidamos y la atendimos con esmero. En el pabellón, ella tenía de todo: ordenadores con wifi, televisión con Netflix, un baño completo, cafetera e incluso una pequeña cocinita para calentar algo entre horas. Y en cuanto a las comidas, ¡hay que ver cómo nos esmerábamos !. Le indicábamos para cada desayuno, comida o cena el menú a elegir. Y se lo servíamos todo a través de la ventana del pabellón; vamos, como en un hotel de cinco estrellas.

Pero, ay, cuando llegó el décimo día, el momento en el que debía concluir Sonia su confinamiento, ella nos dijo que se encontraba mejor dentro del pabellón, y que no creía que fuera el momento de salir. Decía que le dolía la cabeza y que mejor saldría mañana…

Fue una sorpresa. Pero pensamos que quizá ella sentía que todavía no estaba curada del todo. Asi que le fuimos pasando algunos tests para que comprobase la situación. No sirvió de nada. Los tests eran siempre negativos, uno tras otro, pero los días pasaban y Sonia nos decía que prefería quedarse en el pabellón. Tenía jaqueca, al parecer, y le dolía todo el cuerpo.

Comprenderá el lector que esto no tiene mucha importancia. Un día o una semana más sin querer salir al mundo no significa nada, aunque no haya razones evidentes para ello. Pero el caso es, querido lector,  que nuestra hija ya lleva diez meses en el pabellón. ¡Diez meses bien contados! Y no tiene pinta de que esto se arregle.

Algo me dice que será cuestión de años. 

Nosotros hemos hecho de todo para convencerle de que salga, pero su respuesta es siempre la misma: “tengo un poco de jaqueca y me duele todo el cuerpo; mejor mañana”.

A mí me cuesta cada vez más entender a los seres humanos. ¿Qué la retiene ahí adentro?

No se que pensar. 

Hombre, es cierto que el mundo se está haciendo algo complicado últimamente. Los virus y sus pandemias. La incompetencia y soberbia de los que mandan. La cerrazón de muchos. La irracionalidad de casi todos. Las traiciones. Las despedidas. Las pasiones dolorosas…Por no hablar del paro, el cambio climático, la nueva Guerra Fría o el precio de la luz.

En fin, pienso en alguna explicación plausible mientras escucho en la radio no se qué del concurso de Eurovisión y la participación en él de dos añosas folclóricas cuyos berridos, permítaseme la expresión, ya me producían a mí un shock anafiláctico en mi lejana juventud. Tras la noticia han puesto una canción del duo en cuestión; me parece entender la letra; ‘te lo juro por Louis Vuitton, que contra la depresión, quema la visa, vive deprisa, esas es la solución…

Y oyendo esta noticia y escuchando esta canción, noto yo mismo, mirando con ansiedad la puerta del pabellón, que, al igual que a Sonia, me está entrando un poco de jaqueca y me comienza a doler todo el cuerpo…«

Un claro en la jungla del caos.

Acompaño a Violeta hasta su casa, con Mao. Llueve un poco, sí, pero este paseo al atardecer resulta agradable.

Le pregunto a Violeta por sus clases y me dice que está divirtiéndose con unas actividades relacionadas con el Sistema Periódico.

Me alegra oir eso. Le digo que la Tabla de Mendeleyev es algo fascinante. Le deja a uno perplejo esa disciplinada alineación de los elementos que forman el cosmos en filas y columnas, dispuestos según el número de los electrones y protones, como si, después de todo, existiese un cierto orden en este universo que se nos antoja tan caótico.

Tiene gracia que Violeta me hable del sistema periódico, porque los tres libros que acabo de leer hablan precisamente de esa tabla, concretamente el muy entretenido de Hugh Aldersey-Williams, el best seller de Sam Kean y la obra maestra de Primo Levi sobre el sistema periódico que quizá sea el más bello libro de divulgación jamás escrito y que releo a menudo. Los tres están ahora en mi mesilla.

Al salir a la luz los átomos que forman la materia, le digo a Violeta que ocurre una cosa muy curiosa con ellos: están prácticamente vacíos. 

–¿Qué quieres decir?

–Pues que un átomo es básicamente  como una cáscara de huevo vacía, con un insignificante trocito de materia en el centro. 

–O sea que todo lo que tocamos en realidad está casi vacío. ¿Todo es cáscara?

–Pues sí. De hecho, ni siquiera hay cáscara. El núcleo, hecho de protones y neutrones, en torno al cual orbitan en sus capas los electrones, es veinte mil veces más pequeño que el átomo en sí. Cada átomo no resulta ser sino un pequeño universo espantosamente vacío. De hecho, podríamos pensar en una mosca en el centro de una catedral y eso nos daría una idea de lo muy vacíos que están los átomos.

–¿Todos los átomos que componen las cosas que vemos y tocamos son así de vacíos?.

–Así de vacíos.

Violeta se queda muy meditabunada. Caminamos. Su casa ya está cerca. Mao se para junto a un acebo.

–¿Sabes qué? A veces yo también pienso en cosas muy filosóficas–me dice-y en lo que más pienso es en por qué yo soy yo. Eso es lo que no puedo entender.

–¿Por qué tú no eres tú?

–Sí. Por qué yo soy yo y no soy cualquier otra persona, eso mismo, No se, por ejemplo por qué no soy yo esa señora que va ahí con el paraguas y en cambio soy yo misma…

Sonrío porque el problema que está planteando Violeta es mucho más interesante de lo que parece. Y es notable que sea una de esas cuestiones trascendentales que nos planteamos en la infancia, antes de que la vida nos empuje a ocuparnos de cuestiones más urgentes, como el pago del seguro del coche o el cambio de la caldera de calefacción.

Le digo a Violeta que tiene muchísima razón en plantearse esa cuestión tan “filosófica”. Le aclaro que es el genuino enigma de la conciencia del yo. Algo que no ha resuelto ni la ciencia ni la filosofía. Hasta el momento. Y que quizá sea el último problema que podamos resolver algún día.

–¿De verdad no existe explicación?

Pienso un poco antes de contestar. No se muy bien qué camino seguir. Podría hacer cómo los filósofos analíticos y salir del paso con un sucio truco, diciendo que simplemente la pregunta está mal planteada pues nos lleva a un bucle sin sentido: podemos preguntar por cualquier cosa excepto preguntar qué cosa es la cosa que pregunta. El ojo no puede verse a sí mismo. Podría incluso mencionarle aquella efectista, pero vacua, frase de Heidegger, que dejó dicho lo de que la conciencia del yo, la conciencia del ser, es un claro en la selva del caos universal (también Ortega y María Zambrano recurrieron a la metáfora del claro del bosque). 

Nada de esto me convence.

–Pues, verás, Violeta, yo creo que tú te sientes tú, simplemente porque si no te sintieses tú no sobrevivirías…no te alimentarías…no te protegerías de los peligros…desaparecerías…El sentido del yo te lo ha dado la Naturaleza  para que sigas siendo tú…

Se queda muy pensativa ante mi observación…

–Entonces, yo soy yo porque no podría ser otra cosa. Yo soy yo misma y ya está. ¿Es eso lo que quieres decir?

–Más o menos, Vio. Tu eres tú porque todos los demás…¡ya están cogidos…!

Se ríe. Pero sigue en silencio. Ya hemos llegado los tres a su casa. 

Kira ladra porque ha notado la presencia de Mao en la puerta. 

Violeta piensa. 

Suena un villancico en el interior de la casa.

El Poder del Perro

Mao acaba de cumplir 12 años. Son muchos. Demasiados para un labrador.

Se le nota la edad en su forma cansina de andar, en la expresión de su cara, en lo mucho que le cuesta levantarse cada mañana de su colchón para darme los buenos días tan pronto me ve bajar del dormitorio. Yo trato de aliviar un pcco su artritis con ejercicio. Dos veces al día nos vamos a la dehesa y jugamos él y yo con el platillo de silicona. Y hay que ver cómo corre tras el juguete cuando gira y gira en el aire. Parece otro. A tal punto el juego nos motiva y nos cura a los seres vivos. Pero al terminar la sesión vuelve a ser un perro viejecito, aunque maravilloso hasta el último de sus días.

A veces me encuentro con vecinos que se dan cuenta de cómo ha envejecido mi amigo. A menudo me dicen que ya no quieren otro perro debido lo mucho que sufrieron cuando murió el que tenían. Yo me revelo frente a esa tesis. Creo que los largos años de felicidad que Mao nos ha dado-y nos sigue dando- compensan de sobra el dolor de su ya no lejana partida.

Pero alcanzo a comprender lo que me dicen. Yo también noto cómo se ensombrece mi ánimo cuando pienso en que le tendré que decir adios a Mao. Tal vez en un año. Tal vez en dos. Quién sabe.

Hoy he sentido particularmente esa espina en el alma. No se por qué. Tal vez porque la mañana de sábado era hermosa y hemos jugado mejor que nunca.

Volviendo los dos hacia casa he pensado en un poema de Rudyard Kipling. Es un poema en el que precisamente el poeta inglés se lamenta de que nos encariñemos con un perro. Bastantes tristezas nos da la vida, dice Kypling en unos versos que he traducido parcialmente abajo, como para que, encima, hagamos que un perro, cierto día, nos haga trizas el corazón. 

Puede ser. Pero creo que Kypling, en ese poema, en realidad no está hablando de un perro, sino de su amado hijo, que murió trágicamente en la Primera Guerra Mundial. Quizá le vino en algún momento la negra idea según la cual es mejor no tener hijos, para evitar que algún día nos partan el alma de algún modo. No se atrevió Kipling a convertir en un poema este negro pensamiento, así que usó la metáfora del perro. Tituló al poema “El Poder del Perro”, tomando una expresión de los Salmos bíblicos en la que el salmista le pide a Dios que le libre del poder de los fieros canes. Yo creo que Kypling quisó dar otra interpretación a la frase bíblica. Quiso indicar que el poder del perro es abrumarnos cuando nos dice adios. Como ocurre con cualquier otro ser querido. Ese es el verdadero poder del perro.

El Poder del Perro ha sido el título que se ha dado a una fascinante obra cinematográfica que acaba de estrenarse, basada en el libro de Thomas Savage. 

No tengo claro si el Director ha querido hacer alusión al salmo bíblico o al poema de Kipling. Yo me inclino por lo último, pero explicar por qué implicaría destripar la película para quien todavía no la haya visto. Y vaya que merece la pena hacerlo pues es una fascinante producción en verdad. Una obra maestra.

Y dicho esto, solo me queda transcribir mi traducción de una de la estrofas del poema de Kipling. Es triste. Yo no estoy de acuerdo con sus implicaciones. Me niego a aceptar lo que sugiere. Mil veces vale más lo que nos dan que lo que nos quitan. Los hijos o los perros.

Pero lo entiendo.

“Hay suficiente tristeza en la vida,

de hombres y mujeres como para colmar nuestra resistencia

Y cuando sabemos que el depósito rebosa de amarguras

¿Por qué buscamos añadir aún más?

Hermanos y hermanas, os pido que lo penséis antes de hacerlo; 

Pesadlo antes de dar el corazón a un perro, para que algún día te lo desgarre.”

Непо́мнящий

El enfrentamiento por el cetro mundial de ajedrez comienza hoy viernes 26 de Noviembre, en Dubai. Mientras desayuno, leo un artículo en el periódico sobre los adversarios, esto es, el actual campeón islandés Carlsen y el retador, el ruso Niepomniatchi.

El articulista saca punta al desafío señalando que el candidato fue hasta no hace mucho amigo y personal y colaborador del actual campeón. Y que por ello, el gran reto del ruso será olvidar esa relación del pasado y evitar que influya en su juego. 

Me ha llamado mucho la atención este enfoque. Y también me ha entristecido lo que me ha evocado.

–¿Por qué te ha llamado la atención?

Porque no se si el periodista ha caído en la cuenta de que el apellido ruso Niemponiatchi significa justamente “el que no recuerda”. 

–Ah, qué casualidad. Y ¿por qué te ha entristecido?

–Pues porque ese apellido es un testimonio de la terrible opresión que sufrían los rusos en los tiempos de la esclavitud, que apenas terminó cuando alboreó el siglo XX.

–Ya me dirás.

–Cuando la policía zarista interrogaba a un vagabundo o a un siervo, y le preguntaba su nombre, era relativamente usual que este respondiese con un “yo no lo recuerdo”, es decir, “ia niepomniu”. Y lo tremendo es que ese olvido era creíble, hasta tal punto llegaba la mísera ignorancia de los siervos.

–Eran tan pobres que por no tener no tenían ni siquiera nombre…

–Así es. Y por ello la policía se limitaba a registrar al desdichado paisano como “el que no recuerda”, 

–Exacto: niepomniatchi, el que no recuerda, una expresión que con el tiempo se ha convertido en un apellido ruso más.

–Triste, estoy de acuerdo.

–Sí. A veces, explorar el origen de las palabras nos lleva a mundos oscuros. Pero también se puede ver algo luminoso en ese apellido, si te fijas bien.

–Explícate.

–Pues verás; nie-pomniatchi es un derivado del verbo ruso napominat que significa, en efecto, recordar. La partícula inicial nie es la que da el sentido negativo. Pero lo bonito, creo yo, es que a su vez, napominat está vinculado a mniti, que significa a la vez “recuerda” y “piensa”. Todo proviene de la raíz protoindoeuropea «men«, pensar, que es la que da vocablos como mantra, manía, amnesia, mentor, y, por supuesto, mente.

–¿A dónde quieres llegar? Siempre me acabas confundiendo con todos tus derivados y tus raíces protoindonosequé.

–Lo que quiero es resaltar que para el lenguaje ruso, de algún modo, el conocimiento es puro recuerdo. Y eso es muy sutil, muy platónico. Recuerda que ya hemos comentado alguna vez que para los antiguos griegos la verdad, la a-leteia, es aquello que se desvela, aquello que deja de estar escondido por el olvido, como el olvido que el lago Leteo produce en las almas de quienes pasan al otro lado para evitar que sufran recordando a los seres queridos.

–Uff, mejor lo dejamos aquí. Y ya me dirás quien gana la partida de hoy entre Carlsen y… ¿cómo es el nombre del otro?

–No me acuerdo.