Escatología.

Esto que los ingleses llaman “loo paper” en un curioso doble eufemismo que a su vez es también un galicismo (“el loo inglés nos lleva al elegante eufemismo galo de llamar “el agua”, “l’eau“, al excusado…), se ha convertido en un genuino protagonista de esta crisis sanitaria. El producto se agota en los supermercados y en las redes abundan las bromas sobre esta fiebre colectiva por no quedarse sin el dichoso rollo.
¿Por qué el público da prioridad al almacenamiento de papel higiénico sobre todos los demás productos?
Yo creo que se dan dos razones.
La primera y más importante es el ratio valor/volumen de este producto.
En los supermercados, se da un control de existencias basado cuidadosamente en el consumo habitual por parte de los clientes. El stock de productos se sitúa en las estanterías, complementado con otras cantidades, cuidadosamente calibradas, en el almacén interior del establecimiento.
Pero ocurre que el espacio de la estantería es caro. De hecho, una forma de definir una buena gestión de un supermercado es precisamente igualar la rentabilidad marginal de cada centímetro de estantería, optimizando así el espacio disponible. Precisamente por esto, los productos que ocupan mucho espacio pero tienen coste reducido no pueden tener una gran presencia en las estanterías…ni en el stock complementario de almacén.
Por lo tanto, cuando la gente prevé que pueda haber escasez y se apresura para almacenar productos de primera necesidad, lo primero que parece desparecer de los lineales es el papel higiénico. Esto es lógico, porque la limitación de sus existencias en el establecimiento, hace que su desaparición de los lineales sea rápida y, sobre todo, muy conspicua (se ve enseguida que han desaparecido esos enormes paquetes). Esto, a su vez, impulsa la convicción de que hay escasez de papel higiénico (al fin y al cabo es casi lo único que se ve ausente de los lineales). Consecuentemente los clientes se concentran y llenan sus carros con enormes megapaquetes de papel higiénico. Esto a su vez alerta a otros clientes que ven los carros llenos de papel y por si acaso acuden a abastecerse de la preciada celulosa…es un proceso que se autoalimenta de forma exponencial.
Pero puede haber una segunda razón, además de esta. Es indudable que la gente vincula la falta de higiene con las enfermedades (y es obvio que eso es cierto, aunque en el caso de las epidemias víricas hay factores aún más relevantes) . Entonces, puede que la idea de pasarse una temporada sin papel higiénico sugiera un entorno sanitariamente peligroso, además de muy incómodo. Debe haber algo subconsciente en esta obsesión por el rollo de papel.
Sea como sea, la fiebre del papel higiénico se está dando sistemáticamente allí donde llega el riesgo de cuarentenas colectivas y el súbito temor a la muerte invisible que nos amenaza en forma de virus. Es un curioso asunto en lo que lo escatológico en sentido terminal converge, mira por donde, con lo escatológico, en sentido fecal.

Cuarentenas.

¿Cuándo acabará todo esto? Me pregunta Marta en referencia a la crisis del coronavirus.
Nadie lo sabe, le digo, pero lo que es seguro es que acabará. Ninguna epidemia dura eternamente. Y, en cierto modo, cuanto más virulenta y letal es, más rápido termina, como ocurre con tantas cosas.
Lo alarmante es que el crecimiento inicial de la infección es de tipo exponencial. Y es exponencial porque el número de infectados en un día determinado es el resultado de multiplicar tres factores, a saber, a) el número de infecciosos del día anterior, b) la cantidad media de personas susceptibles que como media contagia un infeccioso y c) la probabilidad de que un infeccioso transmita el virus a las personas con la que contacta.
En el inicio de la epidemia, el factor a es pequeño, pero cada aumento de un día determina un aumento mayor del día siguiente, y eso es lo que implica un crecimiento propio de una progresión geométrica. El factor b se mantiene constante siempre. Y en cuanto al factor c, también es muy grande al inicio del proceso. La multiplicación de los tres factores es lo que da el crecimiento explosivo inicial.
Sin embargo, a medida que la gente se infecta, el factor c, es decir, la probabilidad de que un infeccioso transmita el virus a sus contactos, va disminuyendo, pues la mayoría de esos contactos ya estarán infectados. Y lo mejor es que ese factor c irá disminuyendo también a enorme velocidad hasta que se produzca un equilibrio. Es decir, el enorme número de infectados impulsa la epidemia hacia arriba, pero del mismo modo, el creciente número de infectados, en proporción al total de la población, va reduciendo dramáticamente las posibilidades del virus de encontrar nuevos húespedes. El resultado de estos dos procesos antitéticos es la llamada curva logística que, a diferencia de la exponencial, muestra un punto de inflexión seguido de una estabilización de la epidemia. Solo hace falta aplicar la fórmula de las progresiones geométricas, operar un poco la expresión algebráica y hacer uso del calculo diferencial elemental, y resulta inmediato establecer la forma de S de esta curva logística.
El problema es que sabemos que el punto de inflexión de la curva llegará, pero no sabemos cuándo. Nos falta confirmar ciertos datos (tiempo de incubación, tasa recuperación, tasa real de mortalidad, tasa de recidivantes…)
Es lo que tienen las matemáticas. Nos ofrecen modelos. Pero la verdadera utilidad de esos modelos requiere a menudo algo más que fórmulas o ecuaciones.
El punto de inflexión puede alcanzarse la próxima semana, desde luego. Pero puede que sea, mucho más tarde, cuando una mayoría de la población haya sido ya infectada.
Mientras llega ese punto de inflexión, solo podemos actuar sobre el factor a, es decir, sobre la cantidad de personas susceptibles de infectarse. ¿Cómo hacerlo? Pues el único método disponible por el momento es la cuarentena. Al remover del sistema a un subconjunto del mismo (es decir, ponerlo en cuarentena), en la práctica se reduce el número de posibles anfitriones para el virus, se contrae el crecimiento exponencial de la epidemia, y se adelanta la llegada del punto de inflexión.
Cuarentenas. Esa es por lo tanto la única herramienta que tenemos para adelantar el punto de inflexión. Y es la misma que se viene aplicando para las epidemias desde tiempo inmemorial.
En determinados aspectos, no hemos cambiado mucho. Cada catástrofe que afronta la Humanidad nos lo recuerda.

Rockefeller

Un amigo mío se refiere a cierto conocido de ambos diciendo que “lleva el dinero en el DNA“.
En realidad, a mí no me gusta nada esa expresión que vincula los ácidos nucleicos a los defectos o virtudes de las personas. De algún modo, es una torpe muletilla de ahorro mental y estigmatización, que me evoca una especie de fatalismo más racial que racional.
Pero es totalmente cierto que esa persona aludida lleva, en cierto modo, el dinero el DNA. Como tú y como yo. Y como cualquier ser humano, por supuesto.
Porque la partícula “rib, que está dentro de la denominación dexorribonucleico, nos lleva directamente a Rockefeller, nada menos.
Y es que fue en el Rockefeller Institute of Biochemistry, o sea, en el RIB, donde se idenitificó la pentosa llamada ribosa o, vulgarmente “azucar rib”. Ese oligosacárido, en una de sus formas cíclicas, viene a ser la desoxirribosa, que forma parte del DNA.
De modo que todos llevamos a Rockefeller en cada célula del cuerpo. El dinero en los genes. Vaya por dios.

Susceptibles, infectados y removidos,

Mientras desayunamos churros, en compañía de Eva, Mariona y Danny, en la fría mañana dominical, comentamos las noticias. Marta se extraña de que en Italia, se haya puesto en virtual cuarentena a una región con más de 16 millones de habitantes. ¡En cuarentena la hermosa y opulenta Lombardía donde pasamos juntos las últimas vacaciones de verano!
–Pero ¿por qué se pone en cuarentena a tantos millones de personas? ¿Acaso no es verdad lo que nos dicen aquí, en el sentido de que el virus es poco letal y que no vale la pena establecer restricciones?
–Pues tal vez porque están haciendo mucho mejor las cosas allí que aquí.
–¡Pero es un hecho que este virus no es muy letal!
–Cierto. Y puede que ese sea justamente el problema. Puede que eso sea justamente lo que exige que se haga lo que no se está haciendo aquí, pero se hace sistemáticamente allí, es decir, una política masiva de test y de cuarentenas.
–¿En serio?
–Claro. Dejadme que os explique un poco.
–Vale. Pero que sea realmente un poco.
–Mirad, hace un siglo justamente, un par de matemáticos escoceses, Kermack y McKendrick (no confundir con la otra pareja de matemáticos escoceses a los que debemos la matemática actuarial) establecieron las bases lógicas para entender y controlar las epidemias. Crearon el famoso modelo SIR, que permite entender la dinámica de la epidemia tan solo resolviendo tres sencillas ecuaciones diferenciales.
–Déjate de ecuaciones diferenciales, pero dinos que significa SIR.
–Pues que en toda epidemia hay que contar con tres grupos de individuos; tres grupos disjuntos. Por un lado estarían los “susceptibles“, es decir, todos aquellos que, a priori, pueden llegar a infectarse. Por otro lado estarían los “infecciosos” (o infectados), tanto si lo saben como si no. Y finalmente los “removidos“, que serían los recuperados e inmunes tras la infección, o muertos tras contraerla; es decir, los que quedan fuera del sistema . Además, hay que tener en cuenta la velocidad con la que los infectados contagian a los susceptibles y la tasa de recuperación de los infectados.
–¿Y bien?
–Pues que la gravedad de una epidemia está en proporción directa con el número medio de contagiados por infeccioso (la magnitud beta) y con la cantidad de susceptibles e infeccioso, pero en proporción inversa con la magnitud de los removidos, y con la tasa de recuperación de los infecciosos (la magnitud gamma). Y ocurre que la reducción del grupo de removidos tiene que ver tanto con la letalidad de la infección como con la amplitud de la cuarentena.
–Esto último no lo veo claro.
–Pues es obvio. Las cuarentenas convierten, en la práctica y de golpe, en “removidos” a una enorme cantidad de la población; en relación con el sistema epidémico, es como si estuviesen muertos o recuperados.
–Eso es siniestro.
–Sin duda. Pero esta es la razón por la que una política sanitaria como la nuestra, que minimiza los tests (para evitar, teóricamente el pánico social) y que es reticente a las cuarentenas o a las medidas profilácticas como la suspensión de aglomeraciones, es una garantía de catástrofe.
–¿En serio?
–Claro. Porque al reducir los tests, esa política tiende a justificar aún menos las cuarentenas, y reduciendo las cuarentenas, mantiene elevado el número de susceptibles. Si además el virus es poco letal o tiene períodos largos de incubación (lo que suele ir asociado), el número de removidos es bajo (de hecho a veces, paradójicamente, es mucho más peligroso un virus menos letal que uno muy letal; el primero puede ser mucho más dañino a medio plazo).
–Interesante. Entonces aquí lo estamos haciendo todo justamente al revés.
–Por desgracia sí. Y lo más importante es que la baja letalidad del virus, su largo período de incubación y su clínica relativamente asintomática en muchísimos casos de infección (su discreta “fenomenología“, digamos) es en buena medida lo que está impulsando una irresponsable dejadez de las autoridades sanitarias. Además, la tasa de recuperación real es todavía muy incierta, pues hay cierto temor a que el virus permanezca y pueda reinfectar a los recuperados. Y como te he dicho más arriba, esa es otra magnitud relevante, e inversamente proporcional a la gravedad de la epidemia.
–Pero ¿cómo te atreves a juzgar tan ácidamente las decisiones de gente preparadísima, mucho más experta que tú en estos temas?
–Pues entre otras cosas porque son decisiones totalmente opuestas a las que se están tomando ahora en Italia, sobre hechos y datos muy similares.
Y porque desconfío cada vez más de las decisiones de nuestras autoridades, ya sean del ámbito sanitario o del sector de la cría caballar.
–Es que tú eres muy…susceptible.
–Sí. Pero mejor ser susceptible que infeccioso. O removido.

Gens Una Sumus

Nos aterra más aquello que, amenazándonos, no podemos ver o tocar. Nuestro pánico es más intenso si lo que se cierne sobre nosotros es algo de lo que no podemos escapar mediante el oportuno alejamiento.
El temor es más insoportable cuando no sabemos dónde está o por donde nos puede llegar el mal.
Temblamos especialmente ante el mal que parece estar oculto entre nosotros, insidioso, traicionero…
De hecho, la misma palabra miedo nos evoca en cierto modo el horror ante lo que flota invisible en el aire, el horror frente a lo que se nos “mete” en el interior sin que podamos evitarlo (el “metus” latino). Ante ese mal incierto y ubicuo solo podemos defendernos o mas bien creer que lo hacemos, enmascarándonos, lo que a su vez provoca mayor terror en el otro. Es un círculo vicioso.
Y no viendo el origen de la amenaza, la creamos. Necesitamos materializarla de algún modo. Por eso toda peste colectiva acaba generando culpables: los gatos negros, los jesuitas, los judíos, los chinos, el gobierno, la globalización, el sistema, la tecnología, los aviones, los italianos del norte, los inmigrantes…
Pero el miedo no solo segrega. El miedo de la epidemia también une. Crea una extraña solidaridad entre los hombres. Genera una cierta conciencia grupal. Hace que los humanos se olviden de las miserias habituales y les impulsa a sentir que, después de todo, forman parte de una sola tribu. Esa es quizá la única ventaja de estas crisis apocalípticas que los medios y las redes alimentan como nunca. Nadie se preocupa mucho estos días de bobadas como el dichoso pin parental o la necesidad de persistir no se qué vía unilateral. A los políticos se les escapa de la mano su monopolio del miedo. Revelando a los mortales la gran verdad de su soledad, de su fragilidad y de su indefensión, la epidemia obliga a los humanos a sentirse, por una vez, parte de una comunidad.
Fue Camus quien lo vio con claridad: cuando Dios quiere unir a los hombres, les envía la peste.

Die Menscheit denk nicht.

Los que mandan se asustan ante la nueva peste. Más que por sus víctimas, por sus consecuencias económicas, claro. Acaso alguien les ha desasnado diciéndoles que una pandemia de este calado puede tener parecidos resultados a los de la Peste Negra del Trescientos, que acabó para siempre con el feudalismo y el servilismo en buena parte de Europa.
Dicen los insensatos del análisis económico, que esta crisis viral es uno de esos cisnes negros que aparecen de repente en el escenario para hacer pedazos las previsiones. Con la metáfora aviar se alude a un concepto que acuñó el muy agudo Nassim Taleb (si bien este lo toma de la Lógica de Aristóteles) para expresar el impacto de lo altamente improbable…que suele ser mucho más probable de lo que piensan los lechuguinos de esa ciencia triste y ancilar que solo prevé lo que ya ha pasado.
Pero no es verdad que estemos ante un cisne negro. Y no es verdad porque lo que define al cisne negro– en el sentido de Taleb–es la imposibilidad de preverlo. Y ocurre que una pandemia como la del coronavirus estaba más que cantada. Se nos había explicado hasta la saciedad que los desequilibrios en los ecosistemas, la explosión demográfica y, sobre todo, la globalización, acabarían, tarde o temprano, por desencadenar pandemias virales.
Pero nadie movió un dedo para evitarlo. La Humanidad siguió tan campante con el piloto automático, feliz y sonriente. Haciendo oídos sordos a todas las cassandras y agoreros.
Porque ocurre que el Sistema no piensa. Porque ocurre que la Economía no piensa. Ni el mercado. Por lo que el rumbo del género humano y del planeta Tierra parecen marcarlo tan solo los intereses de los poderosos. Que tampoco piensan, al parecer.
Parafraseando a Heidegger, que decía que la ciencia no piensa–Die Wissenschaft denkt nicht–tendremos que asumir que la Humanidad tampoco piensa, Die Menschheit denkt nicht…
Y que la ruta que sigue nuestra especie parece trazada en un confuso mapa que ha debido dibujar algún imbécil. Que no piensa.

K.

Viendo lo que está ocurriendo en las fronteras griegas de la UE, cuesta trabajo superar la vergüenza y es obligado evocar las palabras de Kafka, cuando nos contaba que a las puertas del castillo, tras una larga vida sin encontrar descanso ni justicia, K. yace tendido en su lecho de muerte. En eso, llega el mensajero del castillo que le trae la noticia decisiva: K. no tiene derecho a vivir dentro del recinto amurallado, pero, atendiendo a ciertas circunstancias, se ha decidido que le será permitido en adelante el residir y trabajar aquí. Y, entonces, fallece.

Identidad

Da la impresión de que el desorientado homo sapiens del tercer milenio ha perdido toda referencia de su propia identidad. No sabe ya muy bien quién es. Así que esa puede ser la razón de que no pare de hacerse selfies.

Mandarina

Un amigo mío, ingeniero informático de profesión, ha dejado todo y se ha marchado a la India para seguir las enseñanzas de un gurú, un tal Om Swami, me parece que se llama.
Mi amigo me dice que descubrió las enseñanzas de este tunante a través de la mandarina.
Al parecer, el tal Swami sostiene que a través de una mandarina, concentrándonos en su textura, aroma y sabor, es como podemos llegar a las verdades más profundas del yo y del universo (lo explica en un libro que se titula One Million Thoughts).
Puede ser. Nunca se sabe.
Lo curioso es que mandarina, mente y mantra son palabras relacionadas. Mandarina es un término que le debemos a los portugueses, que lo tomaron de un vocablo malayo derivado a su vez del sánscrito, y que en esta última lengua connotaba mente y saber, y servía para referirse a los consejeros de los reyes (los portugueses lo aplicaron también a los altos funcionarios de China). Y como estos consejeros y sabios del lejano oriente solían vestir de color naranja (al igual que los gurús y los chiflados de Hare Krishna), los portugueses acabaron llamando mandarina a la dulce fruta que conocemos y que ellos precisamente introdujeron en Europa desde Oriente, tal como hicieron también con las naranjas (denominadas con términos relacionados con Portugal en muchos lenguajes, desde el griego, portokali, al turco, portakal,o al árabe, al bortakal y muchos más).
Así que tiene cierta lógica linguística pensar que la mandarina nos puede ayudar a penetrar en los misterios de la mente y concentrarnos en lo que verdaderamente importa. Teniendo en cuenta lo mucho que yo creo en que la etimología nos revela el alma de las palabras, y lo enloquecido que parece estar el mundo que me rodea, voy a dejar ahora mismo de escribir y a concentrarme en pelar y saborear una mandarina. Ya le informaré de los resultados a mi amigo. A lo mejor acabo yo siguiendo también al tal Om Swami…No se.

Februus

Con motivo de la ya casi declarada pandemia, parece que se han agotado los termómetros. Es la fiebre de la fiebre.
Y esto no deja de ser curioso porque Febrero, en cierto sentido, es, desde hace miles de años, el mes de la fiebre.
Lo digo porque los romanos dedicaron el último mes del año, nuestro Febrero, al dios etrusco de la muerte, los infiernos y de la fiebre, Februus (del verbo romano februo, purificar, purgar…). Tal vez pensaron que había que cumplir con dicha divinidad funesta, pero mejor hacerlo con el más corto de los meses.
Siendo el último mes del año y el más corto, era el idóneo para añadirle el día extra necesario para que el curso de los años se ajustase mejor al ciclo aparente del sol. Pero también aquí la superstición entró en juego. En lugar de darle a ese día extra una consideración singular se vino a decir que era simplemente un duplicado de otro día del mes, concretamente un duplicado del día sexto antes del comienzo de marzo.
Recordemos que los romanos no se referían a los días del mes mediante cardinales consecutivos, como nosotros. Tan solo se referían a las fechas indicando las jornadas que faltaban respecto a los tres momentos especiales de cada mes, esto es las calendas, (que llegaban cada comienzo del mes), las nonas (más o menos siete días después de las calendas) y los idus (a mediados de cada mes). Siendo esto así, el día 22 de Febrero vendría a ser para ellos el “sexto día antes de las calendas de Marzo”. Ese día, por cierto el que conmemoraba la persecución del rey y el nacimiento de la República romana (el Refifugium)
Entonces, cuando Julio César reformó el calendario para añadir el día extra, prefirió mantener el número de días de Febrero en un número par, puesto que se consideraban infaustos los días impares (César era también supersticioso, como nos sugiere la anécdota del vagabundo que le avisó del peligro de los idus de Marzo). De modo que al día 29 de Febrero prefirió denominarle como un simple duplicado del día 22, sin darle carácter propio. Y lo denominó bis sextus, es decir, segundo sextus ante calendas. De aquí bisiesto.
Pero el carácter infausto del bisextus persistió, pese a la artimaña juliana. Y en todos los pueblos de tradición romana subsiste el recelo hacia los años que añaden un día más mes de la fiebre: “año bisiesto, año funesto”, se dice en nuestros pueblos, “anno bisesto, anno dissesto”, dicen los italianos, es decir, año bisiesto, año inestable.
Así que los supersticiosos tienen aquí (fiebre, funesto, inestable) una cierta justificación para sus temores. Más aún si añadimos el dato no menos curioso de que cierta organización internacional ha declarado el día de hoy como día internacional de las enfermedades raras, y que, mira por dónde, sea hoy también el cumpleaños del actual ocupante del palacio de la Moncloa.