Parábolas

Marta me dice que le hace gracia mi obsesión con las palabras y su origen.

La verdad es que son centenares o tal vez miles las palabras cuya etimología he tratado de desgranar en este blog de WordPress, o en el que antaño mantenía en Tumblr, que incluía casi diez mil publicaciones.

Pero Marta me dice que se da cuenta de que, entre todas las palabras que he comentado falta, precisamente la palabra “palabra“.

Pues tiene razón. Y la observación es una clara provocación.

Le digo que, originalmente, el termino latino “parabola”significaba algo así como enseñanza o moraleja. De aquí el uso que conocemos por los evangelios. A su vez, ese término latino provenía del griego, con el sentido de lanzar algo en paralelo (para-bolé). Tiene lógica. La párábola en el sentido de “enseñanza” viene a ser una forma de relatar o enseñar algo en “paralelo”, manteniendo la correlación con la noción original, pero con mayor expresividad.

A partir de esa acepción de parábola como enseñanza de un concepto, en el bajo latín se empezó a usar el término como alternativa al vocablo latino clásico “verbum”, al que se prefería reservar para un sentido más bien sacro, debido a sus connotaciones bíblicas. De este uso “profano”nació el castellano “palabra” o el italiano “parola”.

Le cuento esto a Marta y me dice que tampoco es algo tan interesante como se imaginaba. Pero hay algo que sí la intriga. Constata ella que le he dicho que parábola en griego es más o menos sinónimo de línea paralela. Pero ella me hace notar que, de lo que recuerda de las clases de matemáticas, la parábola es una curva que no tiene nada que ver con una paralela. Es más bien, me dice, algo así como una campana invertida. ¿Por qué los matemáticos llaman parábola/paralela a una curva que no tiene nada de paralela? Son ganas de confundir, me dice.

Pues a esto le puedo contestar cumplidamente. Es verdad que la parábola no es una curva paralela, pero resulta que esta curva es el resultado de cortar un cono de un lado a otro y de arriba abajo (técnicamente es el resultado de la intersección con el cono de un plano paralelo cuya inclinación respecto al eje de revolución del cono es igual al de la generatriz del cono, esto es algo que se ve con cierta claridad en la figura). Es decir, la parábola es una de las llamadas secciones cónicas, una familia de curvas de enorme importancia en matemáticas. Y es en efecto, una curva que sí tiene mucho que ver con la noción de “paralela”, aunque no por su forma, sino por su origen.

Las parábolas tienen una fascinante propiedad. Explicado de una forma burda, si lanzas un haz de proyectiles de goma paralelos sobre ella, esas flechas deberían rebotar todas en un mismo punto. Este fenómeno hace que el diseño de esta curva sea idóneo para las antenas parabólicas. De aquí su nombre.

En fin, puede que la etimología de las palabras a veces no tenga mucho interés. Pero las cosas que denotan las palabras, casi siempre sí lo tienen. Yo debería reflexionar más sobre las cosas y menos sobre las palabras.

Felicidad y Feracidad.

En una publicación reciente, afirmé que el adjetivo “felix” en latín, significaba originariamente “fértil“, más bien que dichoso o afortunado. Por eso, el topónimo Arabia Felix que figura en los antiguos mapas para designar al actual Yemen debería interpretarse como la Arabia Fértil o Feraz.

Mi amigo Hussein, autorizado filólogo árabe y erudito, discrepa. Me dice, con toda razón, que Yemen en árabe deriva de árabe “ymnt“, que significa “sur“, pero también está relacionado con “yamn” que significa “bendecido” o “afortunado”. Por ello, sostiene Hussein, Arabia Felix es simplemente una traducción correcta de la idea de una tierra jubilosa, del rico país meridional de la legendaria reina de Saba, allí donde la felicidad y la abundancia tenía su asiento.

¿Contradice lo que me dice el profesor mi afirmación respecto al verdadero sentido del latino “felix” aplicado al sur de la península arábiga? 

Todo lo contrario, creo yo. Lo que me dice Hussein viene a confirmar lo que dije yo. 

Porque demuestra que tanto en árabe como en latín, la idea primitiva de felicidad no podía ser otra que la fertilidad de los campos, para los pueblos de interior, y los buenos vientos, para los pueblos marineros. Básicamente, eso.

Otra cosa es que esa idea primitiva de felicidad, evolucionase después, en latín y en árabe, hacia un concepto más abstracto y complejo. Y acaso más discutible.

Es en virtud de esa evolución que tenemos nosotros sustantivos de mal definido campo semántico, como felicidad y fortuna (esta última era originalmente el viento fuerte que hinchaba las velas) para referirnos a la dicha. Es tal vez prueba de que no somos ya capaces de encontrar la felicidad en cosas tan simples como las buenas cosechas y las buenas singladuras.

Así que, tal como yo lo veo, la vinculación evolutiva de lo fértil y lo dichoso se da, con sorprendente paralelismo, en ambos idiomas, árabe y latín, y eso sugiere que el alma profunda de diferentes pueblos y sus muy distintos lenguajes tiene más elementos en común de lo que podemos pensar.

Y, en fin, añado que sabemos por Festo, en De Verborum Significatione, que Catón se refería al arbor felix como aquel que no llevaba fruto (“Felices arbores Cato dixit quae fructum ferunt, infelices quae non ferunt“). Y hay muchos más textos latinos que atestiguan este sentido primitivo del adjetivo latino “felix“. Lo encontramos en las Geórgicas de Virgilio, en la Historia Natural de Plinio, en la Saturnalia de Macrobio, incluso en Ab Urbe Condita de Tito Livio.

No se me juzgue como pedantería el traer a colación estas referencias o estas disquisiciones.

Solo son mi humilde intento por asentar que la etimología nos está sugiriendo dos grandes verdades: hay mucho en común en las almas de los diferentes pueblos y, sobre todo, somos más felices cuando creamos, mas infelices si no lo hacemos.

San Bernardo, Trento y el póster de Almodóvar.

Uno de los milagros protagonizados por san Bernardo de Claraval, ese astutísimo líder religioso del siglo XII, inventor de Cluny y modelo supremo para los fundadores de órdenes religiosas, es el de la llamada “Lactatio Bernardi”, consistente, como su nombre indica, en el sorprendente prodigio según el cual una estatua de la virgen deja escapar desde uno de sus pechos un chorrito de leche, el cual, tras breve y preciso vuelo, oportunamente llega hasta el rostro del santo, curándole al instante de ciertas dolencias de piel, o favoreciéndolo con una sublime elocuencia, que sobre esto hay discrepancias. 

El portento que acabo de describir, se supone que tuvo lugar en Cîteaux, a donde había peregrinado el de Claraval cuando solo era un joven monje, según se nos narra en los exempla de Ci Nous Dit. No podía ser en otro lugar, pues es al Cister a quien hay que dar crédito por el súbito surgimiento de la veneración de la Virgen María en el siglo XI.

Este vistosísimo milagro de la lactatio bernardi ha sido representado con detalle por numerosos artistas, desde Bellegambe o Murillo a Juan Carreño o Joos Van Cleve. Y toda esa iconografía es buena prueba de que en tiempos pasados no parecía muy grave o censurable mostrar en la pintura el pecho de una madre en pleno acto nutricional, ni siquiera aunque esa madre fuese la madre de dios. De hecho, hay pocos temas más populares en la pintura medieval europea que las madonne del latte o vírgenes de la leche. Por no mencionar, ya en el ámbito del medievo oriental, las innumerables “galactotrofusas” (galacto=leche, trofusa=alimentadora) del mundo bizantino y sobre todo copto, que sin duda son el remoto eco de las imágenes egipcias de la diosa Isis, amamantando a Horus en sus brazos.

La cosa cambió, como tantas otras, con la reacción trentina. Fue a partir de aquel concilio promovido por el nada prudente monarca que quiso ser faro de Occidente y martillo de herejes, cuando se comenzó a proscribir del arte la reproducción de los senos, por benditos que fueran. No debía mostrarse, sentaban los teólogos de Trento, lo más propio de la anatomía femenina, por dañar el pudor y la decencia. 

Aquellos teólogos deben haberse alegrado mucho en sus tumbas al saber que Instagram, cuatro siglos y medio después del malhadado concilio que les congregó, ha censurado sin más un cierto pezón lactante que figuraba en el póster de una película. 

Por las mismas los descerebrados de Instagram habrían censurado también en su día el espléndido lienzo de Alonso Cano que arriba reproduzco y que indefectiblemente genera no poco saludable jolgorio en los grupos de escolares que visitan el Museo del Prado.

Qué tiempos oscuros…

Contemptus.

Me llama una amiga con la que no tengo contacto desde hace tiempo y, después del consabido intercambio de preguntas sobre la salud y la familia me plantea, así, de sopetón, una cuestión peliaguda.

–Entonces, ¿eres feliz?

–Mmm, qué pregunta, pues…en realidad ¿sabes qué? sucede que yo no creo en la felicidad. No sabría responderte, por lo tanto.

–¿No crees en la felicidad? ¿Por qué?, si puede saberse.

–Verás. La felicidad, tal como creo que se entiende la palabra, solo puede ser la satisfacción de todo deseo. Pero yo dudo que podamos desear no desear nada. Esa satisfacción global de los deseos debe ser algo parecido a la muerte o el sueño. Yo no busco eso.

–Eso suena a retórica. Pero puedo concedértelo. Porque en realidad, y creo que te he oído a tí decirlo alguna vez, la felicidad viene a ser la perspectiva de conseguir un deseo, más que la satisfacción misma del deseo.

–Acaso es así. Pero la perspectiva del deseo puede o no llevar convicción de conseguirlo. Si lleva esa convicción, no se diferencia mucho de la satisfacción del deseo, y estamos en las mismas.

–¿Y si no hay esa convicción?

–Entonces estamos hablando de esperanza difusa y eso no puede implicar la dicha sino más bien lo contrario. Recuerda que para la mitología griega, la esperanza era un vicio, no una virtud; concretamente el último vicio en perderse por el mundo, una vez abierta el ánfora de Pandora.

–Repito que te veo muy retórico y muy mitológico, como siempre. Pero, dejando de lado tus típicas discusiones bizantinas, ¿no crees que los seres humanos buscan algo así como la felicidad? ¿Me vas a decir que no la buscas tú?

–Yo creo más bien en el contento, que es un concepto a mi juicio más manejable y sensato. El contento es, en su esencia etimológica, la contención de los deseos y necesidades. Está contento el que valora lo que tiene (que suele ser mucho), no el que ansía lo que no tiene (que suele ser mucho más). El contento es la verdadera clave del saber estoico, que no es resistir como una roca ante los avatares de la vida, sino ser más bien un junco, un ser flexible, capaz de adaptarse a cada circunstancia, de contentarse dentro de ella, en suma. Ese contemptus mundi era uno de los topos principales del pensamiento moral medieval (junto con su compañero inseparable, el memento mori, mucho más siniestro y con el que no me identifico). Y es una pena que hayamos olvidado su significado.

–Vale. Pero entonces ¿la felicidad no es nada para tí?

–Para mí la felicidad lo es casi todo, siempre que la entendamos en su sentido etimológico profundo, que es el nos lleva a la idea de feracidad, de fertilidad. El “felix” latino es más bien sinónimo de fértil; arbor felix, árbol fructífero, escribe Catón; Arabia Felix, se llamaba a la región más fértil de la península arábiga. Si entendemos la felicidad así, es decir, como la capacidad de aprovechar los días y recoger su fruto, entonces sí estoy de acuerdo en la búsqueda de la felicidad. Y tal vez por eso yo me empeño en escribir mis humildes pensamientos, casi a diario. No son para nadie. Son para mí mismo. Son mi pequeño fruto diario de letras y palabras, y acaso alguna idea también; simplemente son algo que me hace sentir feliz–fértil– cuando lo veo plasmado en la pantalla.

–Pues eso. Tanto rollo para acabar respondiéndome que sí, que te sientes feliz. O que en todo caso estás…contento.

Contemptus

–Ay, sigues siendo el mismo de siempre.

–Un poco peor.

Raza.

Me llama Marta desde Sicilia y me habla de dos grandes incendios. Por un lado, me dice, está el incendio físico, con media isla ardiendo, especialmente en la zona de Trapani. Por otro lado, me cuenta que también está el incendio social, con media Italia a favor del pasaporte sanitario y media Italia en contra. 

Por si fuera poco,  me dice que también los italianos andan muy enredados en la posible modificación de la Constitución para suprimir la palabra raza. Estoy al tanto de eso. El artículo 3 de la Ley Suprema de la República Italiana menciona la palabra raza, al sentar la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, sin distinción de sexo, raza, lengua, religión, opiniones políticas ni circunstancias personales y sociales. Nuestra Constitución del 78 dice lo mismo en su artículo 14,  que parece meramente una copia literal del texto italiano, aunque, significativamente, la versión española suprime la mención de la “lengua”, como si los padres constituyentes hubiesen anticipado que, tristemente, la lengua acabaría siendo un factor real de desigualdad de los españoles, como cualquiera puede constatar en la actualidad.

Me pregunta Marta si creo que la palabra raza debería proscribirse, como sostienen tantos italianos. 

–Yo no creo que haya que proscribir las palabras, si acaso habría que proscribir las cosas.

–Algunas cosas. Cuantas menos, mejor. 

–Cierto. Lo que quiero decir es que el fanatismo actual por cancelar las palabras, los nombres de las calles, las estatuas, el pasado en suma, conduce al ridíciulo y al absurdo. Hoy he leído que un importante partido político promueve que se cambie el nombre de ciertos municipios, dada su resonancia “católica”. Horta de San Juan y San Carlos de la Rápita son dos de los casos. Me pregunto si a esta majadería le sucederá un intento por renombrar el callejero de Barcelona y alrededores, que está lleno de referencias a santos: sant Gervasi, sant Martí, sant Andreu, sant Adriá, sant Joan Despí, sant Boi, sant Vicenç, santa Coloma… Hay tantos nombres allí que evocan los altares que incluso uno de los mayores barrios de la ciudad condal se denomina precisamente “santos”. Y ya puestos, habría que cuestionar la Sagrada Familia mismamente, pues no solo es un monumento católico sino que es un templo, erigido en buena medida, al igual que el templo del Tibi Dabo, con fondos de grandes burgueses enriquecidos con el comercio de esclavos en Cuba. Ambos templos, además, tienen el carácter de “expiatorios”, es decir, se levantaron para redimir a la muy pecadora y rebelde ciudad condal de sus repetidas transgresiones y ataques a la religión y al orden, al igual que el Sacré Coeur de Paris (a cuya imagen y semejanza se diseñó el Tibi Dabo) se construyó para que la capital francesa expiase la “barbarie” socialista y libertaria de la Commune. 

–Ya me has hablado de esto.

–Por cierto, hay un curioso rincón en la Sagrada Familia, en el que vemos una escultura de un demonio entregando un artefacto explosivo a un paisano de torturada expresión. Es un ejemplo de lo que estoy diciendo.

–Es verdad. Me fijé la última vez que estuve por allá, en Mayo. Y me llamó la atención que esa esfera pareciese justamente un coronavirus, como si se hubiera previsto lo que está pasando ahora…

–Obviamente no es el coronavirus lo que sostiene el paisano. Aunque la funcionalidad de las “spikes” de ese ingenio esférico, tiene el mismo sentido que las del virus, es decir, maximizar el contacto con el entorno. Lo que entrega el demonio esculpido es un ejemplar de las legendarias bombas Orsini, como la que se lanzó en el Liceo en 1893. La Orsini es todo un símbolo de la rebeldía social y el ataque al orden establecido, porque fue “inventada” por el nacionalista italiano Felice Orsini, que la utilizó en su fallido atentado contra Napoleón III. Algún día tendremos que hablar de este Orsini, personaje indomable, culto, de familia noble, que murió en la guillotina como un vulgar asesino, negándose a pedir gracia, pero que para los italianos es un héroe nacional indiscutible.

–Si, mejor otro día me hablas de ese tal Orsini. Ahora me espera la playa.

–Es que me pierdo. Simplemente te quería decir que me opongo firmemente a que se cancelen las palabras. Ni siquiera me complace que se cancele la palabra raza, que es más bien fea y que, por cierto, para algunos tiene un origen etimológico hispano, pues se remontaría al término árabe que usaban los andalusíes, ras, cabeza, origen, principio generador…

No. Dejemos las palabras y los recuerdos como están y luchemos solo por interpretar mejor las cosas y los conceptos. Dejemos de enredar con el nomenclator urbano. Dejemos de perder el tiempo en derribos de estatuas. Que la Sagrada Familia, ese admirable adefesio, siga donde está, con esa extraña escultura y esa bomba Orsini. Y que sigamos usando, cuando haga falta, la palabra raza, aunque solo sea para expresar una gran verdad, a saber, que en lo tocante a nuestra especie, pese a las diferencias étnicas indiscutibles, solo existe una verdadera raza: la raza humana.

–Ay, cómo te gusta “finire in bellezza”…

–Es que es lo suyo. Especialmente estando tú allí.

¡Qué causalidad!

Hace ya bastantes años se acusó a la Universidad de Berkeley de discriminación, por dar preferencia a los hombres sobre las mujeres en las admisiones. Los datos parecían bastante indiscutibles. El porcentaje de admisiones entre las candidaturas presentadas por hombres era sustancialmente mayor que entre las candidaturas presentadas por mujeres.

Pero cuando se analizó con un poco más de profundidad el asunto, se comprobó que no existía tal discriminación. Tan solo ocurría que, por alguna razón, las mujeres solicitaban preferentemente la admisión en las facultades más “difíciles”, en las que el ratio de admitidos era muy pequeño. Al agregar todos los datos, se oscurecía el hecho de que en la mayoría de las facultades el ratio de admisiones era paritario, o incluso algo favorable para las mujeres.

Este caso de falacia lógico-estadística estuvo a punto de llegar a los tribunales y es una ilustración muy clara del error que podemos cometer al derivar una relación causal a partir de una simple correlación, sin profundizar lo suficiente para descartar que no existan factores causales ocultos oscurecidos por la agregación indiscriminada de los datos (Pearson ya alertó contra este riesgo de error nada menos que en 1899 y otros matemáticos como Judea Pearl en su excelente obra “Causality” lo han analizado con el máximo rigor formal). 

Verdaderamente, conviene repetir hasta la saciedad el principio básico de todo estudio estadístico: ¡correlación no es necesariamente causalidad!

Viene esto al caso porque estos días hay algunas noticias que nos dicen que entre los que están ingresando ahora en las Unidades de Cuidados Intensivos de los hospitales, por estar contagiados por covid, hay más proporción de vacunados que de no vacunados. 

De este dato estadístico-cierto-que parece vincular dos fenómenos, los chiflados del “no-vax” están extrayendo la relación causal que a ellos les interesa, es decir, sostienen que la vacunación es justo lo que está llevando a la gente a las UCIS. ¡Vade retro, jeringuilla!

En realidad, si profundizamos en el asunto, nos daremos cuenta de que la mayor parte de la población contagiada pero no ingresada en UCI es joven. Y esto es algo lógico, porque es bien sabido que los jóvenes son, por un lado los que aún no están vacunados y, por otro lado, los que tienden a resistir muy bien los síntomas de están enfermedad. 

Por lo tanto, la verdadera causa de que haya más mayores vacunados en cuidados intensivos que jóvenes sin vacunar, es que los no vacunados son en su mayoría jóvenes y por esa causa (la edad) es por la que no están hospitalizados o en UCI’s, no por razón de su no vacunación.

Fue Einstein quien dijo que el desarrollo del conocimiento científico se ha basado en dos grandes logros intelectuales,a saber, la invención del sistema lógico-formal (por parte de los griegos, como la geometría euclidea) y el descubrimiento de la posibilidad de establecer relaciones causales a través de la experimentación sistemática (lo que se consiguió durante el Renacimiento).

Pero a Einstein le faltó añadir, tal vez, que no hay nada tan difícil ni escurridizo como el establecimiento de relaciones causales a partir de los datos experimentales.

Nada tan susceptible de manipulación y engaño interesado.

Sabio

Oigo en la radio, mientras desayuno, que el mandamás que sufrimos ha emprendido un viaje vacacional al Imperio y, al parecer, allí ha dicho que desea pasar a la Historia “por mi labor contra la pandemia…” (sic).

Es una notable declaración. Casi se me atraganta la tostada. Es frase que expresa un deseo fácilmente validable, aunque tal vez no en la forma y sentido que el preboste querría.

Quien sabe, pienso: Sánchez I el Vacunador, o Sánchez I el Loimofobo. O Sánchez I el Antigénico. ¿Todo es posible?

Sí que puede ser. Porque en realidad, el alias de los diferentes monarcas de nuestra historia no siempre hace justicia a quienes lo han acabado llevando. En absoluto.

Fernando VII fue “El Deseado“, siendo así que resultó ser el monarca más indeseable, felón e infame que ha pasado por estas tierras.

Felipe IV fue llamado “El Grande” o “Rey Planeta“, pese que durante su ejecutoria, el inmenso reino que heredó no dejó de empequeñecerse día tras día y en casi todos los sentidos.

Y lo mismo podría decirse de Alfonso X el Sabio, a quien por sus hechos mas propiamente deberíamos conocer como Alfonso X el Majadero. Tal vez merezca la pena repasar un poco su ejecutoria para comprenderlo. Si mi esforzado lector tiene hoy gusto de un poco de historia, le animo a que siga leyendo. Pero reconozco que hay cosas mejores que hacer.

Veamos. Al comenzar su reinado, tras la coronación en 1254 en Toledo, y dada la ruina del país por causa de la costosísima campaña sevillana de su padre Fernando, más tarde elevado a los altares, Alfonso X comprobó que era muy difícil recaudar los ingentes impuestos que necesitaba para llevar a cabo su fantasía de convertirse en Emperador de Europa, a lo que juzgaba tener pleno derecho por ser su madre prima del Emperador Federico II y por sus antepasados godos.

Así que a este rey memo no se le ocurrió otra cosa que empezar por acuñar cuanta moneda fuera posible, de mínimo valor intrínseco, para iniciar así su campaña de promoción personal en Europa. La devaluación subsiguiente provocó una inflación galopante y, entonces, para evitar la carestía, ordenó un control estricto de los precios de los alimentos. Naturalmente, esto provocó que los comerciantes escondiesen los géneros y que surgiese por todas partes el mercado negro.

Furioso ante esta natural reacción, este monarca de ínfulas imperiales decidió promulgar leyes de austeridad, que fueron objeto de mofa por parte del paisanaje. Más aún, para recuperar algo de la fiscalidad, incautó las herencias de los hermanos para con hermanos, entre otros atropellos a la elemental justicia e ignominiosos desafueros.

Pese al absoluto caos al que llevó al país, este monarca incompetente se sentía muy orgulloso por su control de buena parte de la península ibérica (Granada le pagaba tributos e incluso poseía el Algarve en usufructo). Decía no tener a nadie por encima de él en términos de poder temporal en la Tierra y se autoproclamó vicario de Dios en este mundo. Tal cual.

En coherencia con esta autoproclamación, y para congraciarse con Roma, puso en marcha un costoso programa de expansión territorial hacia las tierras infieles del norte de Africa, invirtiendo una fortuna en naves y tripulaciones genovesas (lo que fue propiamente el punto de partida de una triste rivalidad secular marítima entre Castilla y Cataluña). 

También, como correspondía a un candidato a emperador, decidió llevar una vida de máximo lujo y pompa, como demostró en el gran bodorrio de su hijo Fernando con Blanca de Francia, en Burgos. La gente se escandalizó y enfureció con esos dispendios, que se producían al mismo tiempo que se ordenaba un nuevo impuesto sobre el ganado y se intentaba aplicar, a sangre y fuego, las dichosas leyes de austeridad.

Pero este monarca no solo extorsionó y soliviantó al pueblo llano, sino que también se enfrentó con las ciudades y con la pequeña nobleza. Lo hizo, por ejemplo, al apropiarse por las buenas del montazgo, o impuesto local por el paso de rebaños (fuente clave de ingresos de los pueblos y de los pequeños propietarios). Tuvo pues la suprema habilidad de hacerse odiar por todos: nobles, obispos y concejos. Un hacha.

Decidió huir hacia adelante y un mal día viajó a Lyon en la idea de que iba a ser coronado allí Emperador por el Papá. Nada más lejos de la realidad. Fue burlado. Ni Papa ni corona imperial encontró Alfonso en la ciudad francesa, y ese fracaso sirvió de señal del comienzo de muchas y diversas hostilidades en su contra, que trajeron la desdicha al Reino.

Tuvo que regresar apresuradamente de Lyon, “molt ayrat e malaut” como dejó dicho el cronista Muntaner. Porque aprovechando el inmenso fiasco y ridículo real de Lyon y su larga ausencia, no solo los mudéjares se alzaron en armas por todas partes, sino que su propio hijo Sancho conspiró para proclamarse unilateralmente monarca de Castilla, con el apoyo de Aragón y de su tío Don Fadrique, al que, furioso, el rey, su hermano, ordenó ejecutar cruelmente en Burgos (1277) tras acusarle de homosexualidad.

Entre tanta desazón, su esposa, Violante de Aragón, lo abandonó, al tiempo que llegaba a España un legado Papal para apercibirle del enfado generalizado del clero castellano. El desastre era general.

En 1282, las Cortes de Valladolid despojaron a Alfonso de la corona. Pero el malhadado monarca se negó a ser depuesto y decidió pedir ayuda al caudillo benimerín Abu Yusuf para defender su posición. Con ayuda de estos musulmanes reconquistó Córdoba y maldijo y desheredó a su hijo, recuperando por breve tiempo el trono de Castilla, para fallecer en 1284, no sin antes dejar un testamento que era una bomba de relojería, pues consagraba los derechos de su nieto Alfonso de la Cerda para heredar el reino de Castilla. Esta disposición anunciaba un enfrentamiento inminente entre dicho nieto y el desheredado hijo Sancho, con mayor derecho. Así ocurrió, y el conflicto, de carambola, acabaría provocando una guerra entre Aragón y Castilla, dando paso a un siglo entero (el XIV) de hegemonía en la península de Aragón/Cataluña, cuyos monarcas capitalizaron lo mucho logrado por el muy hábil y muy longevo Jaime I el Conquistador, verdadera antítesis de su contemporáneo Alfonso X, al que deberíamos llamar el Insensato.

Así que esta fue en grandes rasgos, la lamentable trayectoria de un rey que no escribió por sí mismo un solo libro y que muy pocos debió leer, y que ha pasado a la historia como “Sabio”, sin duda por su promoción de la Escuela de Traductores de Toledo (creada por su padre, no por él), que fue una iniciativa orientada más bien a la propaganda y el prestigio, y que no era sino la imitación de la ingente labor cultural que venía haciendo en Sicilia Federico II Hohenstaufen, quien por ello, en su caso y con toda razón, fue llamado “Stupor Mundi“.

Sabio” ha quedado pues como apelativo el de un monarca que arruinó a su pueblo con sus locas y costosísimas fantasías imperiales y que dejó a Castilla como subsidiaria de Cataluña/Aragon por más de cien años.

Siendo esto así, el apelativo con el que pase a la historia el actual preboste puede ser cualquiera.

Incluso puede ser también “Sabio“.

Dardos y agujas.

Al hilo de mi comentario de anteayer sobre la relación entre felicidad y magia, me dice Marta que algo de razón debo tener, pues el amor, ese componente clave de la felicidad, también parece cosa de magia…

Eso está bien visto, le contesto. Y ya que me da pie, de forma irresponsable, prosigo diciéndole que el amor puede ser en efecto, la cosa más relacionada con la magia. 

–¿Por qué lo dices?

–Se podrían dar muchos argumentos, pero a mí me gusta mencionar al respecto el hecho de que la mitología grecolatina nos presente a Cupido creando pasiones amorosas mediante las flechas que lanza. Y por cierto que seguimos diciendo flechazo para referirnos al enamoramiento súbito (pleonasmo, pues no suele haber enamoramiento paulatino).

–¿Y qué tienen de especial las flechas?

Pues la clave es justamente la magia, que está asociada desde tiempo inmemorial a las agujas, a los pinchazos. El dardo que clava Cupido para provocar ardor amoroso es el reverso oscuro de las agujas que usa, también desde tiempo inmemorarial, la magia negra. 

El hombre primitivo, ve en las agujas la herramienta perfecta para penetrar en el alma del prójimo y dominarla. Y esta es una forma de pensar que según parece comparten plenamente esos chiflados peligrosos de nuestro tiempo, que están convencidos de que las vacunas son una conspiración global, mira qué poco cambiamos.

Además–le sigo diciendo a Marta, que se está riendo ahora por mi observación sobre los majaderos antivax– recuerda que Cupido lleva en su carcaj dos tipos de dardos, los de punta de oro y los de punta de plomo. Con estos últimos, el divino niño arquero podía provocar no el amor, sino el disgusto y el rechazo. Dafne huye de Apolo por el dardo de plomo que ha recibido.

Y por cierto que la asociación entre los dardos y el amor proviene de la madre de Cupido, es decir, de Afrodita, diosa del amor, y experta en toda clase de filtros, hechizos y amarres, como el dardo que enloqueció a Medea por Jasón. Afrodita Cyprogeneia es a quien Píndaro denomina en sus odas “πότνια δ‘ ὀξυτάτων βελέων Κυπρογένεια”, es decir “señora de los velocísimos/agudísimos dardos” (Pítica Cuarta, 213). De hecho, en sus odas, el poeta griego menciona una amplia gama de dardos divinos con muy diferentes usos; dardos para crear odio, dardos para crear codicia, dardos para embelesar las armas…Había dardos pinchazos para todo. Gran variedad.

Sí. Sin la menor duda; el amor es uno de los ámbitos más propios y genuinos de la magia, si no el que mas. Y lo es porque, al igual que los de la felicidad, los mecanismos del amor se nos escapan; no parecen responder a reglas previsibles o racionales. Y allí donde la razón no tiene cabida, surge inmediatamente la necesidad del pensamiento mágico o supersticioso. Estamos hechos así.

–Es divertida tu explicación sobre los dardos de Cupido. No había caído en ello. Pero, ya que estamos ¿por qué narices tiene que ser Cupido un niño y no un dios hecho y derecho?

–Ah, ese es un tema discutido. Podríamos recurrir a Homero, que nos dice que el amor roba el sentido incluso a los hombres más sabios, y los hace niños.

O podemos releer a Shakespeare en el Sueño de una Noche de Verano, donde Helena nos dice que Cupido se pinta como un niño porque…solo a los enamorados y a los niños es muy fácil engañar.

–Me quedo con la explicación de Homero.

–Yo con ambas.

Ajedrez.

Tengo entendido que hoy es el Día Mundial del Ajedrez. Me parece muy bien.

El hecho es que para mí, todos los días son días del ajedrez, porque juego mucho. A diario y en el ordenador. Partidas muy rápidas, en tiempo real, con desconocidos de todo el mundo. Cada vez juego más y cada vez escribo menos.

–Y por qué juegas tanto al ajedrez? 

–Pues por la misma razón que tú disfrutas leyendo una buena novela o un gran poema. Porque en un tablero de ajedrez se producen más aventuras que en todos los mares del mundo…

–Esa frase no es tuya. 

–En efecto. La frase pertenece a Pierre Mac Orlan, el mandamás (con el bonito título de “Sátrapa“) de esa inolvidable agrupación de talentos provocadores autodenominada Colegio de Patafísica, de la que eran miembros de número nada menos que Queneau, Boris Vian, Jean Genet, Ionesco, Umberto Eco y Fernando Arrabal (este último buen jugador y gran erudito del juego ciencia).

Todos los literatos que acabo de mencionar eran ajedrecistas competentes. Y no pocas veces incluían al ajedrez en las tramas que fabulaban. 

Hay muchos premios Nóbel de Literatura que han llevado el ajedrez a su vida y a sus obras: Hauptman, Anatole France, Yeats, Isaac Bashevis Singer, Eugene O’Neill, Kipling, Thomas Mann, Canetti, Becket…

Samuel Becket escribió una novela ambientada en un hospital psiquiátrico en el que los enfermeros y los pacientes se enfrentan en el tablero (la títuló Murphy, como aquel prodigio norteamericano del ajedrez decimonónico, al que los trebejos condujeron a la demencia precoz). También Becket fue el autor del drama teatral denominado Final de Partida que no es sino una alegoría del afán de dominio y control que intoxica al mundo.

Canetti nos mostró en su Auto da Fe a un extraño personaje que fantaseaba con ser campeón del mundo del ajedrez y que, mira por dónde, se llamaba Fischerle (todo un caso de anticipación, pues Auto da Fe fue publicada ocho años antes de que naciese Bobby Fischer)

Para abonar mi tesis, en el sentido de que el ajedrez es una variante concentrada o un alcaloide de la buena literatura no quiero quedarme con la mención de ese puñado de ilustres laureados. Resalto que nada menos que Nabokov y Borges, los dos genios más injustamente preteridos por la  Academia Sueca, crearon también obras maestras en torno al ajedrez, como La Defensa Luzhin, del sublime ruso políglota o como aquel perfecto soneto en el que el coloso argentino convierte al ajedrez en la mas bella metáfora de la vida humana y su finitud.

Y por qué no evocar también a Woody Allen, que en un hilarante cuento cómico nos describe una kafkiana partida por correspondencia en la que cada uno de los dos jugadores pretende imponer sus propias reglas al duelo: toda una brillante glosa de la incapacidad de los humanos para dialogar y entenderse. Insuperable.

Sí. Efectivamente, se producen más aventuras en un tablero de ajedrez que en todos los mares del mundo. Tenía razón Mac Orlan, porque cada buena partida es una gran historia; un relato fascinante de pasión, lucha, ambición y crueldad.

–Claro. Y que siempre acaba en tragedia. 

–Pero sin derramar una gota de sangre.

Superpoderes.

¿Se puede ser lúcido  y al mismo tiempo ser feliz?

Jardiel decía que hay dos formas de ser dichoso en la vida. Una es ser imbécil. Y otra es hacérselo. 

Yo tengo dudas sobre la segunda vía. Creo que no siempre funciona.

Hay muchos pensadores que han visto en la razón no solo algo innecesario para alcanzar la felicidad (así pensaba Kant) sino algo que en realidad la obstaculiza. 

Gramsci verbalizaba esta idea de recalcitrante cenizo con eso tan manido del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, que en realidad no es sino una forma ingeniosa de decir que lo razonable es ver el vaso camino de quedarse vacío, por más que nos empeñemos en soñar que rebosará dentro de poco.

En realidad, puede que Kant tuviese razón. La felicidad es cuestión de instinto, de imaginación, de suerte en suma. Los antiguos también pensaban así. Que no se atreviese un mortal a buscar la felicidad por medio de su razón, talento o poderes. Tarde o temprano, los dioses castigaban su soberbia. La felicidad duradera solo podía llegar por otros conductos. Conductos más bien mágicos.

Mozart le decía a Bullinger: “sin algo de magia no me va a llegar la felicidad“. Y Kafka pensaba que la felicidad solo le llega a uno si uno acierta a llamarla por su nombre mágico y secreto.

Es decir, necesitamos una dosis de magia para invocar con éxito a la dicha. Sin magia, ni la vida ni la felicidad nos es dada.

Lo malo es que la magia la perdemos en cuanto nos hacemos mayores. Mi querida Violeta, con sus 11 años llenos de fantasía e inteligencia, bromea conmigo sobre nuestros respectivos superpoderes. Ella me dice que yo tengo el superpoder de convencer a su madre de que la permita quedarse a merendar en casa, viendo otra película de Disney. Yo le digo que ella tiene el superpoder de convencerme a mí de lo mismo. 

Pero estos superpoderes no son muy relevantes, la verdad.

En realidad, reconozcámoslo, no tenemos ni verdadera magia ni genuinos superpoderes. No somos como los personajes de Los Increibles.

Y sin superpoderes o magia no es fácil conseguir la felicidad.

Sobre este punto pensó Benjamin. Dejó dicho que la primera experiencia de la desdicha, el primer adiós a la felicidad de la vida es la comprobación por parte del niño de que no hay magia en el mundo, de que los adultos no tienen superpoderes. 

He ahí la primera frustración de nuestra existencia. Tomamos conciencia de que no podemos volar. De que no podemos mover objetos con la mirada. De que no tenemos magia a mano. 

Y sin embargo, necesitamos desesperadamente esa magia y esos superpoderes para ser felices. Con la razón no nos basta. 

De hecho, en buena medida, nos sobra.