Nuevos y viejos mundos.

Comentamos algunos aspectos de la distopía de Huxley (cuyo torpe título en español traiciona el significado de la cita sarcástica de Shakespeare a la que el autor recurre ingeniosamente para titular su novela, evocando la ingenua exclamación de Miranda en La Tempestad).
A Marta le indigna en particular la idea de que un gobierno pueda asignar en un futuro diferentes funciones laborales a los ciudadanos, clasificándolos sin piedad desde la más tierna infancia.
En realidad, le aclaro que esto es así desde el principio de los tiempos, no hace falta imaginarlo en el futuro.
Tan pronto como el ser humano abandonó el nomadismo y la supervivencia basada en la caza y la recolección, surgieron las ciudades, la ganadería y la agricultura, las fortalezas, las masas laborales, el poder político y el religioso…y con todo ello, se instauró sin remedio la estructuración y jerarquización de la sociedad en clases y castas.
–¿Le interesó siempre al poder mantener grupos sociales fuera del acceso a la educación?
–Sí. A fin de facilitar la asignación a esos grupos de las tareas más básicas (y penosas) que sustentan el edificio económico.
Le pongo como ejemplo a Marta algo que no es muy lejano en el tiempo. Le hablo de la famosa Pragmática de 26 de Abril de 1623, promulgada por el rey Felipe IV. Esta norma intentaba evitar que los niños de las aldeas y pueblos pequeños pudiesen proseguir la enseñanza primaria más allá de la formación básica en lectura y escritura, que normalmente concluía a los 9 años, cuando pasaban a incorporarse a las llamadas “Escuelas de Gramática”; en las que esencialmente comenzaban a aprender latín. La justificación es que esos niños del campo, pertenecientes a familias humildes de agricultores, deberían orientarse al trabajo manual, tan necesario para el Reino, y no desviarse hacia la formación más avanzada, pretendiendo ser letrados.
Esta Pragmática fue ley aplicable durante siglos. Lo podemos comprobar consultando la Novísima Recopilación, en la se integra el derecho civil y penal vigente en España hasta la codificación realizada en el último tercio del XIX.
Lo que leemos en la Novísima (Libro VII, Título XXII) es explicativo por sí mismo:
74. Todos los niños han de ir a las escuelas de Primeras letras, debiendo haber una en cada concejo para los lugares de él, situándose cerca de la Iglesia, para que puedan aprender también la doctrina y la lengua española a un tiempo. 75. No habrá estudios de Gramática en todas estas nuevas poblaciones, y mucho menos de otras Facultades mayores, en observancia de lo dispuesto en la ley del Reyno, que con razón las prohibe en lugares de esta naturaleza (Ley I, tit.2. lib. 8.), cuyos moradores deben estar destinados a la labranza, cria de ganados y a las artes mecánicas, como nervio de la fuerza de un Estado.
Lo fascinante es que estos dos artículos transcritos de la Novísima, son perfectos para seguir la pista del larguísimo proceso de decadencia de España y la dinámica disgregadora que nunca termina en estas tierras.
–¿En qué sentido?–me pregunta Marta, ya con un cierto tono displicente, y mientras veo que comienza a echar mano del móvil.
En primer lugar, le digo, fíjate en que estas normas, que se remiten a la Pragmática del año 1623, deben contextualizarse en la fortísima crisis económica de la segunda y tercera década del siglo XVII, cuando la Guerra de los Treinta años vaciaba las arcas de la monarquía hispánica y las continuadas exacciones y levas soliviantaban sin remedio los innumerables territorios de la Corona. No pasaron veinte años desde esa Pragmática de Felipe IV cuando los segadores catalanes se decidieron a propugnar severos golpes de hoz contra el “malgobierno” de Olivares y cuando Portugal consiguió liberarse del yugo de los Felipes. El colosal caos económico y fiscal derivado de un Imperio inmanejable por su tamaño y de la “maldición de los recursos”, comenzó justamente en aquellos años de principios del XVII, y la prohibición de las Escuelas de Gramática en las aldeas es solo la expresión de un patético esfuerzo del gobierno para reorientar la formación profesional y ampliar la base de braceros, que se juzgaba pilar de la riqueza.
En segundo lugar, estas normas nos dan la pista sobre las limitaciones de la formación secundaria en España y, sobre todo, sobre la hegemonía de la Iglesia española en el ámbito de la educación (trasunto de la excepcional primacía clerical en nuestro país durante siglos, sin rival en Europa, salvo acaso en Italia y Portugal, y que está en relación con la obsesión de Carlos V y su hijo por articular un nuevo Imperio sacro europeo, en lugar de centrarse en fortalecer el Estado en la península ibérica). Esa primacía eclesial ha sido sin duda la causa del terrible retraso español en ciencias, que a su vez ocasionó nuestro retraso de casi cien años en la incorporación a la Revolución Industrial que tuvo lugar en Europa y Estados Unidos
En tercer lugar, y por último, hay que fijarse en que la Pragmática en cuestión es promulgada por un triste epígono de la poderosísima dinastía de los Austrias (“abúlico y degenerado“, le llamaban a Felipe IV en mis libros del bachillerato), quien, junto con su enfermizo hijo Carlos, baja el telón del Imperio en el que nunca se puso el sol. Ese cambio de dinastía, que llegaría sin remedio al término de aquel siglo, y que sentó en el trono de España a un joven rey francés–y forzosamente francófilo– supuso una tragedia duradera para la autoestima colectiva española, y una subordinación de nuestra intelectualidad y pensamiento al país vecino. Y esto ocurrió durante los cruciales tiempos de la Ilustración y la Revolución Industrial. Tan interesante fenómeno ha sido destacado por un controvertido, discutible e ideológicamente sesgado, pero en esto muy acertado, ensayo histórico reciente.
Pero, terminando esta frase, compruebo que Marta ya está un poco aburrida de mi perorata. Echa vistazos a su móvil. Y casi me está rogando con la mirada que demos por terminado mi sesudo análisis histórico.
Después de todo, me dice, nos hemos desviado en demasía del tema inicial, que era el poco feliz mundo feliz de Huxley y sus espantosas técnicas de eugenesia y disgenesia al servicio de una organización social clasista.
No hay por qué enrollarse con viejas leyes y sus enjundias. Mejor pensar el nuevo mundo que viene que darle vueltas al viejo mundo que pasó.
Pues tal vez tiene razón. Aunque para mí tengo que los viejos y los nuevos mundos no son tan distintos

No Visible Bruises.

Comento con Marta, volviendo del aeropuerto, el aniversario que se celebra hoy en todo el mundo, dedicado a concienciar sobre la violencia contra la mujer y en recuerdo de las hermanas Mirabal, brutalmente asesinadas por orden del architirano Trujillo (ah qué buen día para recordar que los restos de ese canalla arquetípico se encuentran reposando aquí al lado, en El Pardo, por cortesía de su amigo, cuyos despojos desde hace poco también le acompañan en el pudridero vecino…¡el día menos pensado alguien inspirado escribirá una especie de apéndice a Bobok, con los diálogos entre los dos personajes, de panteón a panteón…!).
Sale a la luz, en nuestra conversación, el dato espeluznante que proporciona la ONU, esto es, que el 35 por ciento de las mujeres de todo el mundo ha sufrido la violencia física ejercida por un compañero sentimental y que de las aproximadamente 100.0000 mujeres que son asesinadas en el planeta cada año, la mitad han sido víctimas de sus parejas masculinas.
Marta me pregunta si este alucinante valor medio no estará algo sesgado por el mayor grado de violencia sobre la mujer en el Tercer Mundo, especialmente en los países islámicos. Pues, tristemente, no. Y ese rotundo no sugiere que el problema es algo más profundo, no necesariamente relacionado con el desarrollo cultural o económico. De hecho, en Estados Unidos, por ejemplo, los datos son parecidos (o incluso peores) a los que da la ONU para el conjunto del mundo. Según los datos ofrecidos por Rachel Louise Snyder en su muy recomendable libro No Visible Bruises, también en ese país al que Trump quiere hacer grande de nuevo, la mitad de las mujeres asesinadas lo son a manos de su pareja. Snyder proporciona un dato escalofriante: entre 2000 y 2006, fallecieron un total de 3.200 soldados norteamericanos en los diversos frentes que el Imperio global tenía (y tiene) abiertos en el mundo. Durante ese mismo período, el total de mujeres asesinadas por sus parejas fue de 10.600…Así que se justifica la afirmación que leemos en el famoso informe de la ONU titulado “50.000 mujeres” en el sentido de que, tal como están las cosas, el lugar más peligroso para una mujer es, precisamente, su hogar.
Y esto solo es la punta del iceberg. Estamos refiriéndo las cifras a la violencia visible, a la contrastable, a la que se puede llevar al Instituto Forense y luego a inhumar o cremar. Pero tambíen está la otra violencia, que es un crimen de dimensiones aún mucho mayores en lo cuantitativo. Es la violencia silenciosa. La violencia sin huellas. La violencia sin marcas. La violencia que, si subsiste, nos acabará convirtiendo a todos en criminales. Sin visible bruises.

Las Fuerzas que dividen son más poderosas que las Fuerzas que unen.

Marta me ha pedido que la ayude con un trabajo que está realizando sobre El Mundo Feliz de Huxley.
Lo haré encantado, entre otras cosas porque hay pocas obras tan relevantes de cara a entender el tipo de mundo en que vivimos, al que podríamos también calificar de espléndido, con el mismo sarcasmo que inspiró a Huxley a la hora de titular su novela, a partir de una frase un tanto sarcástica de Miranda en La Tempestad.
En Brave New World (pésimamente traducido como Un Mundo Feliz) está todo o casi todo lo que nos debe ocupar y preocupar: la cultura del usar y tirar, el boom de la industria del entretenimiento embrutecedor, desde la telebasura al aberrante y pernicioso Tik Tok o al superficial cine de Hollywood en 3D o 4DX, la banalización de las relaciones sexuales, el crepúsculo del amor romántico y, sobre todo, la comprobación de que teníamos sobrevalorada la privacidad y, por añadidura, la libertad, visto que el hombre contemporáneo está dispuesto a renunciar pastueño a ambas a cambio del mecanismo de dulce condicionamiento, manipulación psicológica, satisfacción y gratificación instantánea que le ofrecen las redes sociales.
La gran contribución de Huxley fue prever que ya no existirían revoluciones orientadas a cambiar las cosas, sino revoluciones orientadas a cambiar las mentes. O a manipularlas, para ser más preciso. Estamos en medio de una de esas revoluciones. Y esta vez los guillotinados somos nosotros.
Deberíamos leer y releer de nuevo a Huxley. Y no solo por su iluminadora distopía sobre el Estado Mundial, sino por otros muchos ejemplos de lúcida intuición. Anoche, leyendo uno de sus ensayos, me encontré con esta deslumbrante observación que nos ayuda a entender lo que está pasando:

Las fuerzas que dividen son más poderosas que las que unen. Intereses inalienables en el lenguaje, filosofías de vida, costumbres domésticas, hábitos sexuales, organizaciones políticas, eclesiásticas y económicas, son lo suficientemente poderosas como para bloquear cualquier intento por unir a la Humanidad para su bien y por métodos racionales o pacíficos. Y está también el nacionalismo. Con sus cincuenta y siete variedades de dioses tribales, el nacionalismo es la religión del siglo XX. Podemos ser cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, confucianos o ateos; pero el hecho que persiste es que hay una sola fe por la cual las grandes masas de nosotros están preparadas para morir y mater. Y esa fe es el nacionalismo. Que el nacionalismo seguirá siendo la religión dominante de la raza humana por los próximos dos o tres siglos parece como mínimo muy probable. Si la guerra nuclear total se evita, podemos esperar encontrarnos, no con el surgimiento de un único Estado Mundial, sino con la prolongación, en peores condiciones, del sistema actual, bajo el cual los Estados nacionales compiten por los mercados y las materias primas y se preparan para guerras parciales.”

Amén, cuya etimología significa “verdaderamente”, no “así sea”.

Ez dira pasako!

Vuelve a pronunciarse el No Pasarán. Por todas partes.
Se lo escuchamos a un prebostillo periférico para negarle el pan y la sal a los adversarios políticos.
Se lo escuchamos al partido de las confluencias en el gran mitin de cierre de la reciente campaña.
Se lo escuchamos a un político de Honduras. O a otro de Bolivia.
Incluso se escucha ahora la proclama en vasco para indicar que los valles euskéricos se cierran en banda, como en los tiempos de Roma o de Roland, ante la nueva formación emergente: ez dira pasako!
Se suele vincular el No Pasarán a la Pasionaria, quien efectivamente lo utilizó con elocuencia en los peores momentos de la Defensa de Madrid, allá por los primeros días de Noviembre del 36, esos terribles días de abandono en los que el gobierno repúblicano salía por pies hacia Valencia dejando la capital a su suerte. Fue la frase que se escuchaba en boca de todos y que se inscribió en las pancartas que se colgaban de los balcones.
Se suele señalar que el slogan no fue invención de la Pasionaria, sino del mariscal Petain, con ocasión de la batalla de Verdún (en realidad, debería atribuirse más bien al General Nivelle, en la defensa de la línea del Marne). Y se subraya la aparente contradicción de que Dolores Ibarurri recurriese a una frase de un capitoste reaccionario galo que por añadidura acabó pactando con Hitler (aunque eso no lo pudo prever la Pasionaria, claro está).
En realidad, lo más posible es que el “No Pasarán” que se escuchaba y leía en las calles de Madrid durante Noviembre del 36, se inspirase más que en Pétain o Nivelle, en el They Shall Not Pass de los rebeldes de la Batalla de Cable Street, que tuvo lugar en Londres justo un mes antes, y que sin duda tuvo un eco enorme en España republicana.
Lo que ocurrió en el East End londinense el domingo 4 de Octubre de 1936 fue un brutal choque de guerrilla urbana que enfrentó por un lado a la policía y a varios miles de matones antisemitas liderados Oswald Mosley, en marcha agresiva hacia los barrios donde mayor era la presencia de judíos londinenses, con un grupo de aguerridos judíos locales, socialistas y anarquistas. Estos últimos levantaron barricadas en Cable Street y Christian Street y lograron paralizar la marcha beligerante contra los hebreos. Un joven testigo de 15 años, Bill Frishman, dejo narrado cómo se emocionó viendo a judíos barbudos y obreros irlandeses mantenerse firmes ante los matones de Mosley, que avanzaban con sus camisas negras al estilo del Fascio italiano, y que finalmente no consiguieron pasar.
Pero los combatientes de Cable Street no solo impidieron aquella marcha antisemita. En realidad, con la Batalla de Cable Street consiguieron cancelar para siempre el movimiento fascista británico, tan activo en el Reino Unido durante la primera mitad de los años 30. Fue una especie de vacuna.
Es más que posible que entre quienes se enfrentaron a Mosley en aquellos primeros días de Octubre del 36, hubiera algunos (o muchos) que habrían de viajar poco después a Madrid para ir formando como voluntarios, durante los cuatro meses siguientes, el Batallón Británico de las Brigadas Internacionales. Con ellos, y con el gran eco en los medios internacionales del suceso de Cable Street, debió llegar a las calles madrileñas y a los oídos de Pasionaria la famosa frase. Una frase que acaso ayudó a la capital a resistir, un tanto milagrosamente y durante casi tres interminables años, las ofensivas de las columnas de Franco.
Ez dira pasako!, Ils ne passeront, They Shall Not Pass…Tienen un poder extraño, casi mágico, como de talismán esas palabras. En cualquier idioma. Pero, ay, ocurre que cuando se escucha por todas partes este exhorto tan negativo, hay que empezar a preocuparse, porque suele ser indicio de que han llegado los tiempos en los que sí pasa, y hasta lo más profundo, el conflicto y la intolerancia.

Bujarrón.

Me pregunta Mercedes por qué me obsesiona tanto el saber etimológico.
Pues no se qué decirle.
Le aclaro que la etimología no es interesante en sí misma.
Le explico que muy poco interés tiene saber que tal o cual palabra se relaciona con tal o cual raíz, ya sea árabe, latina o protoindoeuropea.
Lo interesante de la etimología no es tanto lo que nos enseña de las palabras, como lo que nos ilustra respecto a las cosas o las personas.
Si el dato etimológico se limita a derivar un vocablo de otro, estamos ante algo fútil o banal. Y lo malo es que esto ocurre a menudo.
Pondré un ejemplo.
Tomemos la palabra “bujarrón”, como sinónimo de aficionado a las prácticas sodomitas. Es una palabra que encontramos a menudo en Quevedo, por ejemplo. Aparece en el famosísimo poema jocoso dedicado a Misser de la Florida, cuyo cuarto verso dice eso de que ningún coño le vio jamás arrecho, y que termina con el lapidario “requiescat in culo, mas no in pace”.
Si consultamos a la mayor autoridad en nuestras etimologías, es decir, al profesor Corominas, se nos dice, esencialmente, que “bujarrón” se deriva de “búlgaro”, por ser este un insulto que se usaba en la Edad Media por parte de los católicos romanos para referirse a los naturales de Bulgaria, pertenecientes a la Iglesia de Oriente.
¿Sí? ¿Y qué sacamos de esto? Poca cosa, la verdad. Nos quedamos incluso más desorientados de lo que estábamos cuando abríamos el primer tomo del Corominas (A-CA) para conocer el origen etimológico de la palabra tan querida por Don Francisco.
En realidad, el origen de la palabra “bujarrón” nos exige hacer un poco de historia.
Debemos remontarnos al siglo III d.c, cuando el predicador persa Mani enseñaba que para evitar el contacto con el mal del mundo, era preciso abstenerse de trabajar, guerrear o casarse. Estas enseñanzas de Mani pasaron de Persia al Imperio Romano, sobre todo en el norte del continente africano consiguiendo, curiosamente, muchos seguidores, entre los que se encontraba San Agustín. Aunque el que luego fuera obispo de Hipona abjuró de su juvenil maniqueismo, algo le debió quedar. Y cabe pensar que la reticencia católica frente a los placeres de la carne y el sexo algo le deben al maniqueismo residual de ese gran inventor de la religión cristiana que fue San Agustín.
Lo cierto es que en el siglo V, una poderosa comunidad de maniqueos, los llamados paulicianos, se establecieron en Armenia, desafiando el credo niceano oficial impuesto por el Emperador Constantino un siglo antes. Obviamente, no tardaron en ser objeto de pogroms por parte de las legiones de Bizancio, y fueron finalmente deportados en masa a Tracia y a las tierras que mas tarde constuirían el Primer Imperio Búlgaro, que se extendía desde Budapest al Mar Negro. Allí, el maniqueismo echó raíces, dando lugar a una secta fundada por un sacerdote eslavo llamado Bogomil. Esa secta combinaba elementos cristianos y maniqueos, pero rechazaba el Antiguo Testamento, los sacramentos y la jerarquía eclesial. Y en particular, siguiendo el espíritu de las enseñanzas del persa Mani, sostenían que tener hijos era aliarse con el diablo en la perpetuación de una especie maldecida por el contacto con la materia. Ahora bien, en un alarde de comprensión hacia las necesidades humanas, muchos seguidores de Bogomil aceptaban el sexo anal, por no implicar reproducción.
Fue así como en la Edad Media, se fue asociando el patronímico latino “bulgarus” o el romance “búlgaro”, a la sodomía. Especialmente cuando buena parte de los combatientes de la Primera y Segunda Cruzada se vieron obligados a atravesar tierras búlgaras en su peregrinación armada hacia Outremer. Y cabe añadir que esos cruzados que se encontraron en su cabalgada de mil leguas con aquellas comunidades paulicianas fundadas por Bogomil no solo importaron al Occidente Europeo la dichosa palabreja, sino que también se trajeron de vuelta algo del espíritu maniqueo original, en el sentido de rechazo del ansia de riquezas materiales y del poder del aparato político y administrativo de la Iglesia. Cabe pensar que los cátaros, los seguidores de Valdés o incluso los franciscanos, algo tuvieron que tomar de los bogomilianos.
¿Tiene interés todo esto que acabo de contar? Puede que algo. Si es así, se lo debemos, en parte, a la etimología, que a menudo nos da las claves no solo sobre el origen de las palabras, sino sobre el origen de las cosas.

Stupor mundi.

Un amable lector me escribe para reprocharme mi abundante uso de los latinajos, sin aportar traducción. En particular se refiere a eso que escribí ayer al referirme a un preboste del momento: “stupor mundi et immutator mirabilis“. Lo siento. No lo volveré a hacer.
Pero aclaro que estas palabras son las muy famosas que servían para definir el aprecio que suscitaba el Emperador Federico II, un hombre sapientísimo y adelantado a su tiempo (siglo XIII). Lo que significan es “estupor del mundo y transformador admirable“. Son calificativos que, con la evidente sorna, se le podrían adjudicar al actual mandamás que sufrimos.
Pero, ya que estamos, debemos decir que Federico II, por tantas cosas admirable, también era un genuino majadero. Prueba de ello son sus experimentos “científicos”, que hicieron de él un peligroso aprendiz de brujo. Ordenó encerrar a un hombre en un tonel de vino para ver si se podía observar cómo el alma abandonaba el cuerpo cuando muriese (tal vez situó el tonel sobre una balanza). Hizo asesinar a dos hombres para eviscerarles seguidamente y obtener datos comparativos sobre los efectos del sueño y del ejercicio. Y, cómo ya escribí hace años en otro post, mandó mantener a unos recién nacidos en aislamiento absoluto para descubrir, si la lengua que surgiría entre ellos era el hebreo, el griego, el árabe o el latín, lo que indicaría cuál era la lengua madre y sagrada de la Humanidad; poco pudo descubrir porque todos los niños acabaron muriendo sin decir palabra.
Stupor mundi, sí. Racionalista avant la lettre. Diestro en la música y la cetrería. Políglota. Hábil político y diplomático. Tolerante. Insumiso ante la tiranía papal. Mecenas incansable de la cultura, como su pariente Alfonso el Sabio…Pero también, en buena medida, un verdadero Doctor Mengele del medievo.

Doctor, como el otro stupor mundi…

Cruzados

Marta, que ha leído mi post en el que hacía referencia marginal a las Cruzadas, me pregunta por qué no hay casi nombres de nobles de Castilla o Aragón entre los que acudieron a rescatar la Tierra Santa para la cristiandad. Ha leído algo al respecto. En nuestra historia tenemos al Cid, claro, pero carecemos de héroes cruzados míticos como Godofredo de Bouillon o Ricardo Corazón de León, por poner un par de ejemplos.
La razón es que sí hubo miles de castellanos y aragoneses que fueron cruzados. Y lo fueron en su lucha contra los musulmanes, pero en el territorio de la península ibérica.
El Papa Alejandro II fue el primero que calificó de Cruzada las escaramuzas entre cristianos y musulmanes y le convirtió en verdadera protocruzada la conquista cristiana de Barbastro en 1064, un cuarto de siglo antes de la Primera Cruzada a Tierra Santa. Comenzó el papado con los aragoneses, por estar los castellanos hasta cierto punto enfrentados a Roma. Alfonso VI estaba empeñado en convertir él mismo en Cruzada sus esfuerzos de conquista, sin recurrir al Papa. Algo que le costaría a León la independencia de Portugal, si bien esto ya es otra historia.
El caso es que en1073, Gregorio VII declaró que el Regnum Hispaniae pertenecía a San Pedro (alegando la Constitutum Constantini). Y un poco más tarde, Urbano II, solo una década antes de que los Cruzados iniciasen sus jaleos en Jerusalén, exhortaba a los nobles catalanes a recuperar Tarragona y convertirla en fortaleza de la cristiandad, equiparando en indulgencias los esfuerzos empleados en esa tarea a los de los peregrinos a Tierra Santa. A partir de aquí, ya era obvio que la Iglesia romana acabaría equiparando el iter redemptor jerosolimitano a la llamada Reconquista peninsular.
En los primeros años del siglo XII, cuando miles de aristocratas europeos ya estaban dando los primeros mamporros en Palestina, un gran número de nobles castellanos y aragoneses manifestaban al Papa su ansia tomar la cruz y acudir también a Tierra Santa. Pero el Papa les convencía siempre de que su misión era combatir a los almorávides de la península ibérica. Dicho esto sin perjuicio de la participación aragonesa en las últimas cruzadas, con botones de muestra cono Pedro de Moncada, comandante de Templarios.
En 1114, con las hordas de el morabito a las puertas de Barcelona, el conde Ramón Berenguer III se las arregló para convencer al Papa Pascual II de declarar “cruzada” la tarea de limpiar de enemigos los alrededores de Barcelona y sus costas (con ayuda de los marinos pisanos).
Y más adelante ocurriría lo mismo cuando a los almorávides los relevaron los aún más temibles almohades. También las luchas que concluyeron con la victoria de las las Navas de Tolosa en 1212 fueron una verdadera cruzada multinacional, en la que participaron nobles de toda Europa y muchos centenares de caballeros Templarios; es decir, fue una variante de los esfuerzos de los cruzados cristianos en Palestina.
Pero cabe preguntarse si este alejamiento de los hispanos con respecto a las primeras Cruzadas a Tierra Santa no fue un cierto precedente (o incluso una causa remota) de la marginación crónica de los peninsulares en muchas de las tareas colectivas de los europeos. Quién sabe.
En fin, que sí, le digo a Marta. Que también hubo cruzados de primera hors, a su modo, entre los hispanos. Y si cabía alguna duda, basta recordar la licencia que Samuel Bronston se permitió cuando le espetó una cruz en el pecho al Cid que interpretaba Charlton Heston. Porque le pareció oportuno, que para eso pagaba.

Amarillo

Es curioso como se va consolidando la asociación de los colores a las formaciones políticas: los rojos, los azules, los violetas, los naranjas, los verdes…
Creo que esto tiene relación con el hecho de que el color es la máxima banalización posible. Y ayuda a distinguir el amigo del enemigo, como los estandartes en las batallas medievales, en las que único que tenía que hacer cada soldado es permanecer cerca de sus colores y arremeter con la mayor energía contra los del adversario. El color es el máximo grado de la simplificación. El color no dice nada en concreto. Solo es eso, un color. Y el votante se adhiere a él sin nada que pueda ponerse en cuestión. Somos azules porque somos azules. O rojos porque somos rojos. No hay nada más que decir.
Uno de los colores que está cobrando más protagonismo en la dinámica social de nuestros días es el amarillo. Es el color de los chalecos franceses, de los lazos catalanes, del movimiento italiano 5 Estrellas…Y esto es tal vez coherente con la ambivalencia de ese color, que corre parejas con la ambivalencia de nuestros tiempos. Porque el amarillo era un color de prestigio en la antigüedad, evocador de la majestad del oro. Luego, en el medievo, fue el color de la traición, el color de Judas. En el Renacimiento recuperó cierto prestigio (recordemos los maravillosos amarillos de Giotto, o de Piero della Francesca o de Vermeer). Más tarde volvió a caer en el descrédito, como lo atestigüan expresiones como prensa amarilla o el amarillo de la estrella de David que los nazis imponían a los judíos. Y ahora son un símbolo del impulso antisistema o de la rebeldía frente al orden establecido.
A mí no me gusta mucho esta policromía de la política. En la medida en que aborrezco la simplificación y la intolerancia. Y me viene al pelo recordar que para Platón, no solo los narradores o constructores de poemas debían ser proscritos de la vida pública, sino también los tintoreros, por ser enemigos de la verdad.

Asshole.

Conversando con un amigo, nos preguntamos cómo es posible que personajes a todas luces mediocres (como mucho) ocupen las más altas magistraturas de la vida política.
No me apetece analizar este tema. Supongo que cuenta mucho la casualidad y la suerte. Es difícil explicarlo de otro modo.
En cualquier caso, le cuento a mi amigo una historieta que me contaron hace mucho en un college de Cambridge. Tiene más sentido en inglés, pero puede comprenderse también en español.
Al parecer, un día, las diferentes partes del cuerpo tuvieron una reunión para decidir quién debía mandar. El cerebro alegaba la inteligencia, necesaria para el gobierno del conjunto. Las piernas argumentaban que sin ellas todo el cuerpo se derrumbaría. Las manos insistían en que de nada vale el resto del cuerpo si no es posible utilizar las manos para hacer cosas útiles. Los ojos, por su parte, señalaban que, sin ellos, de poco serviría el cerebro, las piernas o las manos. En último lugar intervino el agujero del culo que reclamó para sí el mando, aunque sin dar ningún argumento. Naturalmente nadie le hizo el menor caso. Y se le marginó de la elección, que se pospuso para una nueva sesión.
Así que a partir de la reunión, el agujero del culo decidió declararse en huelga. Al poco tiempo todo comenzó a ir mal en el cuerpo. El cerebro entró en fase febril. Las piernas empezaron a temblar, al igual que las manos. Y hasta los ojos producían una visión borrosa, como consecuencia del terrible taponamiento del sistema excretor.
No pasaron muchos días en esa tesitura y, finalmente, las diferentes partes del cuerpo se rindieron y reconocieron la suprema autoridad del agujero del culo, nombrándole jefe indiscutible. Esto es lo que explica que veamos tantos agujeros del culo en las más altas cumbres del poder.
Naturalmente, como dije arriba, en inglés tiene mucha mas gracia el cuento. Porque, como es sabido, en inglés un agujero del culo, es decir, un asshole, se puede traducir más o menos como…perfecto imbécil.

Asalto a los Cielos.

Ese controvertido líder político que está a punto de coaligarse (o no) con el muy resistente y resiliente preboste doctorado en funciones (stupor mundi et immutator mirabilis), ha reconocido, en una carta a sus militantes, que ahora el “cielo se conquista con perserverancia”. Esto contrasta un poco con lo que famosamente declaró ese mismo lider en el año 2014 (18 de Octubre), en el sentido de que “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto“. No tiene mucho de extraño este cambio de actitud, pues es sabido que las declaraciones solemnes de principios, como nos han enseñado personajes como el Cardenal Mazzarino o Groucho Marx, son meramente instrumentales, y están al servicio de las circunstancias. Por otro lado, es mas coherente en quien lo dice eso de conquistar el cielo por perseverante consenso que lo de conquistarlo por asalto, por estar más en la línea del pensamiento gramsciano al que tanto se acoge el lider de referencia. Después de todo, la esencia de Gramsci es la idea de avanzar progresiva y consensuadamente hacia la hegemonía, mediante el paciente juego posicional de las influencias y las confluencias…
Pero a mí todo esto me trae bastante sin cuidado. En realidad lo único que me llama la atención es el uso continuado de esa extraña metáfora del cielo y del asalto, que parece tener relación con la conquista del poder. Y que se usa una y otra vez, en muy diferentes contextos.
Yo creo que el origen de la relación entre el asalto y el reino de los cielos tiene su inequívoco precedente en la Biblia, como tantísimas expresiones y lugares comunes que utilizamos a diario. En el Evangelio de Mateo (11:12) se mencionan las palabras de Jesús cuando les indica a los mensajeros enviados por su primo desde la cárcel: “…desde los días de Juan el Bautista el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo asaltan por la fuerza” (en el texto bíblico de los Setenta se usa el poco usual verbo griego “biazomai” que realmente significa asediar violentamente o usar la fuerza y el poder para asediar, lo que bien puede traducirse por acosar al asalto).
A partir de esta referencia, posiblemente se consolidó la idea de que el Reino de los Cielos era algo susceptible de ser atacado o o defendido por la fuerza, como si fuera una fortaleza cualquiera. De hecho, los primeros y muy tenebrosos siglos del cristianismo, en su nueva condición de intolerante religión de Estado, desde la victoria de Constantino en Puente Milvio (“in hoc signo vinces“) y el Edicto de Milán, hasta los sangrientos tiempos de los cruzados y los caballeros templarios, hospitalarios de San Juan o teutónicos, son la prueba de esa profunda vinculación que el aparato doctrinal clásico de la cristiandad quiso ver entre el uso de la fuerza y el “Reino de los Cielos”. En particular, esto lo expresan muy bien las palabras de San Bernardo de Claraval dirigidas a los señores feudales ingleses, en el contexto de sus exitosas prédicas para promover la Primera Cruzada y enviar el mayor número posible de mamporreros a Palestina:

“El Señor del Cielo está perdiendo su tierra, la tierra en donde él se apareció a los hombres, en la que vivió entre los hombres durante treinta años (…) vosotros tenéis una causa por la cual podéis pelear sin poner en peligro vuestra alma; una causa en la que ganar es glorioso y por la que morir no es sino ganar (…) no perdáis esta oportunidad. Tomad el signo de la Cruz. De inmediato tendréis la indulgencia por todos los pecados que confeséis (ahora) con arrepentimiento. No os cuesta mucho comprarla; y si la usáis con humildad, descubriréis que es el reino de los cielos.”

En realidad, la triste historia de aquellas Cruzadas en Palestina epitomiza perfectamente la idea según la cual tiene pleno sentido la violencia y el asalto si es con fines más o menos santos y nos ayudan a conquistar el Reino de los Cielos. Cabe recordar en este sentido el muy acertado título que Ridley Scott dio a su film sobre la violentísima Segunda Cruzada, esto es “Kingdom of Heaven“.

Pero es que se trata en todo caso de la “santa violencia“, que viene a ser una idea que también tiene profunda raigambre bíblica, como deducimos de las palabras que el evangelista Lucas (49:53) pone en boca del nazareno:

…He venido a traer fuego a este mundo y ojalá que ya estuviera ardiendo…

Y esa virtualidad justificativa de la agresión incendiaria la encontramos, por ejemplo, tanto en las barricadas encendidas de estos días como en las palabras de aquellos que desde los púlpitos atizaban hace 83 años la rebelión contra la República, con propuestas como aquellas tan bizarras del clérigo Escrivá de Balaguer, que ponderaba desde su refugio en una embajada de Madrid la “santa coacción“, y la “santa intransigencia” en sus prédicas a favor de esa otra Cruzada-oficialmente llamada así por el Vaticano- que fue el violento alzamiento del 36 al que el fundador del Opus Dei (gran admirador de San Bernardo de Claraval) se adhirió con toda el alma…

Por lo tanto, ya tenemos configurado, a partir del Evangelio, los Padres de la Iglesia y el santo de Clairvaux, el lugar común que vincula el Reino de los Cielos y el asalto.
Entonces se explica bien la anécdota que circulaba en Roma el invierno de 1513, con ocasión de la muerte del muy belicoso y agresivo Papa Julio II, alias “El Papa Guerrero“. Se decía jocosamente que a las puertas del Cielo, San Pedro le negó la entrada, argumentando que con lo muy rico que era, podría construir él mismo su propio y privado paraíso y que además había inducido al mundo entero a la guerra más espantosa…para poder mentir impunemente…y que había celebrado triunfos después de haber hecho morir a tantos cristianos por sus intereses personales. Entonces, proseguía el chiste popular recogido en el panfleto anónimo “Iulius exclusus e coelo“, Julio II amenaza a San Pedro con excomulgarle (!) y le insta a rendirse amigablemente, avisándole que si nos lo hacía, en unos meses volvería encabezando una gran tropa de sesenta mil hombres armados…deciso a prendere d’assalto il cielo si gli si rifiuta l’entrata. Todos los obispos son de este género?, le pregunta entonces San Pedro al Angel de la Guarda del Papa Julio. La mayoría son de la misma pasta, pero ninguno está a su altura, le contesta el “nume” del pontífice a San Pedro.

Creo que este divertido libelo contra el “Il Papa Guerriero“, con todos los precedentes evangélicos y clericales que he mencionado antes, es lo que consolida en los tiempos modernos la pintoresca idea de que el Reino de los Cielos se puede tomar por asalto (eso sí, siempre que tengas suficientes hombre armados). Y tal vez por eso no debemos extrañarnos de que Hölderlin, en uno de sus poemas de temática mitológica se refiera al asalto del Olimpo por parte de los Titanes o que Karl Marx, buen lector e incluso amigo de Hölderlin, recurriese también a ese lugar común de la conquista del cielo por asalto en una carta a su amigo el Dr. Kugelman, en 1871, en la que alababa la heroica resolución de los Communards de París y su firme decisión de conquistar el poder mediante asalto.

A partir de esa carta de Marx, la expresión “tomar por asalto los cielos” se divulga entre los comunistas románticos mitad del siglo XIX. Persiste y circula aún más la idea entre los comunistas de primeros del XX (recordemos que la secretaria de la Pasionaria titula sus memorias precisamente con la frase “Asalto a los Cielos“) y cobra nuevo vigor en el marxismo autonomista italiano, como lo prueba la conocida frase de Antonio Negri en “Dominación Capitalista y Sabotaje de la Clase Trabajadora”: “Nuestro sabotaje es el que organiza el asalto a los cielos del proletariado, a fin de que esos malditos cielos no existan nunca más

No me diga el lector que no tiene cierto interés seguir la pista de esta curiosa frase, que nos lleva desde el evangelista Lucas o Eusebio de Cesarea hasta Negri o el líder emergido del 15M, pasando por San Bernardo de Claraval, el Papa Julio II, Hölderlin, Karl Marx o la Pasionaria. A mí esto es lo que sí me parece digno de ser resaltado, mas allá de las insensateces e incoherencias de los prebostes o prebostillos con los que el destino parece habernos castigado y que no merecen, la verdad sea dicha, mucho comentario por sí mismas, como no sea decir que la Historia sugiere que quien pretende tomar el cielo por asalto, no pocas veces acaba abriendo las puertas del infierno.