De lágrima fácil.

Veo ese abrazo de la voluntaria y el migrante en la playa del Tarajal y siento ganas casi irreprimibles de llorar. Ganas físicas. Vuelvo a mirar la imagen y vuelvo a sentir el impulso del llanto.

Es raro. No soy yo de lágrima fácil. 

Quizá lo fuí. 

En realidad, todos los humanos somos de lágrima fácil cuando nacemos. 

Es bien sabido que los bebés en las maternidades comienzan a llorar tan pronto uno de ellos rompe a hacerlo. Es un lloro colectivo que emerge sin razón aparente. 

Se ha estudiado este sorprendente llanto que parece desencadenarse por simpatía, en una forma que evoca la coordinación y sincronización espontánea de las oscilaciones, frecuente en los sistemas dinámicos de la física y la ingeniería.

Y se ha llegado a la conclusión de que el recién nacido no distingue todavía entre su propio dolor y el ajeno.  Llora porque el dolor del que llora es también su dolor.

Tan simple, tan hermoso, como eso. 

El bebé comparte las emociones de los otros. Lo hace forma natural. 

Solo con el paso del tiempo ese pequeño humano aprenderá que una cosa es su dolor y otra bien distinta el ajeno. 

Por lo tanto, ser adulto, en esencia, es haberse despojado progresivamente de la empatía natural con la que venimos al mundo. 

Hacernos mayores es aprender a no llorar por los demás. 

Básicamente.

Desconectado

No hay nada mas desconectado que el ser humano hiperconectado. Nada más solitario. Nada más aislado. Nada más triste.

Asimetrías

Hablarle a Dios es relativamente fácil.

Lo difícil es conseguir que te conteste.

Además, cuando alguien nos cuenta que le dice muchas cosas a Dios, lo llamamos devoto.

Pero si nos añade que Dios también le habla a él, le consideramos un chiflado.

Esto es una asimetría incomprensible.

Santa Violencia.

Comento con un amigo las tristes noticias que llegan de Oriente Medio. Mi amigo se extraña de que esos territorios y culturas en los que nacieron esas grandes religiones que proclaman el respeto al prójimo y la fraternidad entre los hombres, sean precisamente el foco de una violencia y un odio sin fin desde hace miles de años.

Debe ser la santa violencia. Una violencia que parece fatalmente vinculada a los libros sagrados y a las palabras sagradas. 

De hecho, tanto el Antiguo Testamento como el Corán ofrecen abundante fundamento verbal para quien no quiera ver otro camino que el odio y la destrucción del vecino. 

En el Corán encontramos la maldición divina al pueblo judío ya en las primeras páginas_ “Allah les ha maldecido (a los judíos) por no ser creyentes” (2.88).

O “(los judíos) tendrán desgracia en este mundo, y recibirán pesado castigo después” (5.41).

O, en referencia tanto a los judíos como a los cristianos “Alláh caerá sobre ellos cuando menos se lo esperen, y creará terror en sus corazones y (…) y Alláh habrá decretado el exilio para ellos; ciertamente les habrá castigado en este mundo y les hará sufrir con fuego en el siguiente” (59.2 y 59.3)

Por otra parte, en el Antiguo Testamento no hay ninguna actividad o experiencia humana que se mencione tan frecuentemente como la violencia.

Raymund Schwager se tomó la molestia de contar más de 600 pasajes bíblicos en los que se habla de pueblos, reyes o individuos aislados que han atacado, masacrado o alienado a otros.

Más aún, en la Biblia hay más de 100 referencias a órdenes divinas de llevar a cabo venganza o aniquilación. Y, desde luego, hay una extraña abundancia en las Sagradas Escrituras de palabras que o bien son sinónimos de violencia hacia el prójimo o están relacionadas con esa violencia. Esto es muy significativo si se tiene en cuenta que el hebreo bíblico es muy limitado en cuanto a léxico, pues solo presenta 5.750 vocablos diferentes en total. Pero pese a ello abundan en la Biblia raíces como sdd (devastar), hrm (exterminar), hrg (matar), rsh (asesinar), ‘nh (oprimir con violencia), lhm (hacer la guerra), nqm (vengarse), sht (arruinar al enemigo) o, en fin, por no hacer la lista más larga, hms (actuar con violencia). 

Por cierto que hms es la raíz de la que se deriva la palabra “hamas“, que en hebreo significa violencia y que está relacionada con una palabra idéntica del árabe con el significado de bravura, entusiasmo beligerante. Y se da el caso que la organización armada que controla virtualmente la franja de Gaza y que manifiesta la necesidad impersiosa de aniquilar el Estado de Israel, adoptó el nombre de Hamas que, si bien es propiamente un acrónimo, no deja de tener también muy turbadoras resonancias para quienes hablan en hebreo.

En fin, que los libros (especialmente los libros que se quieren ver como sagrados) y las palabras (especialmente las palabras que se pretende sacralizar) parecen estar detrás de un infinito de violencia y barbarie.

Por extraño que parezca.

Sobrevivir.

Ayer me hicieron un concienzudo ecocardiograma. Un chequeo rutinario.
Al terminar, por los comentarios que escuché a los facultativos que consensuaban el informe, deduje que mi órgano no estaba perfecto, pero tampoco muy mal; los deterioros esperables, simplemente.
Así que mientras me abrochaba los botones de la camisa, bromeé con el doctor, preguntándole si a la luz del examen él consideraba que yo podría sobrevivir…
El doctor me miró en silencio y luego me espetó enfáticamente:
–Sobrevivir? No sobrevive nadie.
Tenía toda la razón este médico filósofo. Absolutamente nadie sobrevive. Caminamos todos hacia el final a la velocidad de 72 latidos por minuto.
No volveré a bromear en la consulta del cardiólogo.

Rayas

Me pregunta Marta por qué las camisetas icónicas de los marineros son a rayas.

Le respondo que es una medida de precaución. Cuando un marinero cae al agua, es mucho más fácil encontrarle si su vestimenta tiene esas llamativas rayas. 

Lo mismo ocurre–sigo diciéndole- con la ropa con la que se vestía a los prisioneros de los campos de concentración y con el vestuario clásico de los encarcelados (si bien en USA se ha optado por un naranja liso chillón, con el mismo sentido de fácil identificación). Puro recurso de seguridad.

–¿Y los pijamas? ¿Y los colchones? ¿Por qué también llevan tradicionalmente esas rayas?

–Ah, eso es muy fácil de explicar. 

Se trata de que la realidad no quiere que una noche de estas nos escapemos para siempre hacia ese otro mundo, el de los sueños.

Carcelera tenaz, la realidad.

Imaginación

Sí señor. Era una gran idea. Proclamada por los estudiantes del 68. Reverdecida por los indignados de Sol. Una gran idea, desde luego.

Pero lo que nadie nos aclaró es que la imaginación y el poder son como el agua y el aceite.

Y que la imaginación se va desvaneciendo a medida que se acerca al poder. A más poder, siempre menos imaginación. Y a más imaginación siempre menos poder.

Ahora, ya empezamos a saberlo.

Pesimismo.

Se dice que el pesimismo es sostener que el vaso está medio vacío, mientras que el optimismo es proclamar que está medio lleno. 

Puede ser. La forma en la que llamamos a las cosas determina cómo percibimos esas cosas.

Pero en realidad, se puede dar un paso más, algo más allá de las palabras y las descripciones.

Lo que distingue al optimista del pesimista es que ambos interpretan de forma diferente un mismo hecho.

El optimista considera que la ausencia de la mitad del liquido en el vaso es un detalle más bien irrelevante. Y, además, nunca esperó que se llenase.

El pesimista, en cambio, valora eso mismo como una verdadera tragedia. Y contaba con que debería estar lleno.

Optimistas y pesimistas extraen diferentes consecuencias a partir de un mismo dato de la realidad. Y cuanto más negativo es ese dato, más diferentes son las consecuencias. 

Las buenas noticias nos hacen igual de felices a todos, lo que evoca a aquello que se nos dice en la primera página de Anna Karenina: todas las familias ricas se parecen, pero son las pobres las que tienen formas muy diferentes de no ser dichosas.

Las malas noticias son las que tienen un impacto diferencial en la mente de cierto tipo de personas. 

De hecho esto es justamente lo que lo define al pesimista: acoge especialmente mal lo que ya es malo de por sí.

Y se pone en lo peor.

En un mundo de vasos llenos, no habría diferencias entre pesimistas y optimistas.

Cuando el agua escasea, se manifiesta la diferencia.

La montaña entera se ha vuelto rosa.

Uno de los regalos que nos da la primavera tardía son las azaleas, esa variedad de rododendros con diez estambres en el androceo, como los que vengo de fotografiar ahora mismo, aprovechando la luz de esta mañana sin sol, que es perfecta para matizar los detalles.

Parece que estas flores llegaron a Europa procedentes de remotas colinas de China occidental, donde son denominadas, como es usual, con un nombre muy poético: “Yang Shan-hung“, que significa “La montaña entera se ha vuelto rosa“.

El nombre de rododendro evoca la misma idea de un color que lo llena todo. El término de origen griego nos habla de árboles enteros de color rosa, pues nos remite a rodon y dendron, rosa y árbol.

El rodon griego es una palabra misteriosa. Quizá es un préstamo que tomaron los griegos de los armenios o los persas. Nadie lo sabe bien. Tal vez su origen remoto es el proto indoeuropeo hwerd, con la idea de lo que crece y se extiende, como el fuego mismo. En sánscrito clásico la palabra verdeti signifca lo que se eleva, lo que crece. Quién sabe.

En cuanto a la palabra azalea, los filólogos dicen que deriva del griego “azo“, resecar, por florecer en tierras áridas. A mí en cambio azalea me evoca a zaleia, que en griego significa lo lujurioso, lo rico, lo que florece de forma exuberante (de aquí tallo). Los griegos llamaban zalía o zalea a la fiesta, a las reuniones amistosas (de aquí Thalía, la musa y patrona de los festivales)

Da igual lo que diga la etimología. La azalea es lo que es. Una explosión inesperada de color en la gloriosa madurez de la primavera. Un regalo de belleza. Una celebración de la vida.

Una montaña de luz rosa que lo impregna todo. Incluso el alma. Yang Shang-hung.

Averno.

Estos días de verano anticipado protesto porque hay ya demasiadas moscas por la Sierra.

–Este año hay más moscas que nunca. Y son más molestas.

–Dices exactamente lo mismo cada año–me reprocha Mercedes con un cierto aire de resignación–Todos los años igual.

Puede ser. Tal vez con el tiempo  yo voy siendo más intolerante en relación con los odiosos dípteros. Quien sabe. 

O a lo mejor, no. A lo mejor es que realmente hay más moscas. Y más molestas.

Porque puede que la hecatombe aviar esté dejando via libre a las moscas. 

Porque el hecho es que tan solo en la última década han desaparecido 30 millones de gorriones en España. Y la especie ha sufrido un descenso del 21%. Estos pájaros han desaparecido virtualmente de las ciudades. Y sin ellos, las moscas campan a sus anchas.

Esta tragedia aviar debe ser cosa del poderoso Beelzebú, literalmente el “Señor de las Moscas”, que es como llamaban a esta divinidad cananea los judíos, mofándose de la carne putrefacta que dejaban los adoradores de Baal en sus templos.

Y cabe recordar que hay algo de profundamente diabólico en un mundo con muchas moscas y sin pájaros. 

Baste recordar que los antiguos griegos llamaban Averno al infierno.

Y Averno significa exactamente “sin pájaros” (partícula negativa “a“, y pájaro: ornis). Ni más ni menos.