Presagio.

Lucy es el nombre del homínino hembra de 3,2 millones de años de antigüedad cuyos restos encontraron los antropólogos Johanson, Coppens y White el valle del Río Awash, en Etiopía.

Durante muchos años, se consideró que Lucy era la Madre de la Humanidad. 

Y, curiosamente, se llegó a demostrar que este australopiteco había muerto al caerse por accidente de un árbol. Exactamente así.

¿No es curioso entonces que la historia de la Humanidad comenzase con un tropiezo fatal? ¿No tiene esto algo de presagio?

Solidaridad.

Cada país tiene el Trump o Trumpito que se merece. O acaba teniéndolo, según parece. Sobre todo cuando entra en crisis la fraternidad (o solidaridad, si te gusta más la palabra).

La fraternidad es el elemento indebidamente olvidado del slogan revolucionario. 

La Libertad y la Igualdad están siempre presentes en la dinámica social. Son las protagonistas.

Pero la fraternidad no parece contar para nada.

En realidad, Libertad e Igualdad, en política, viene a ser lo mismo. Porque la libertad política no es otra cosa sino tener iguales limitaciones legales que el prójimo. Ni una más. Sin sitio para los privilegios. Y en realidad, ni la libertad ni la igualdad son nunca completas.

En cambio la fraternidad (o solidaridad) es algo concreto y objetivable. Y lo curioso es que, en última instancia, se revela como más sustancial que la libertad y la igualdad. Porque sin solidaridad, la igualdad y la libertad se resienten. 

Y en cuanto quiebra la solidaridad, como digo, aparecen los demagogos y los populistas. 

Y es entonces cuando nos quedamos sin libertad, sin igualdad y sin fraternidad.

Y con Trump o Trumpitos.

Sigurd el Poderoso (y Máel Dientes Largos)

Debemos a la saga Orkneyinga la interesante historia de Sigurd hinn Riki, segundo jarl de las Islas Orcadas, quien recibió el título a manos de su hermano Rognvald, jarl de More, martillo de piratas y mano derecha del rey Harald I de Noruega.

Sigurd fue llamado “el Poderoso” (hinn Riki), tal vez por su enorme estatura, y acaso por sus ansias de dominio, que le llevaron a conquistar buena parte de Escocia.

En el curso de una de sus empresas bélicas, Sigurd retó a muerte al caudillo escocés Máel Brigte Bucktoothed, cuyo nombre podríamos traducir como el “Devoto de Santa Brígida de los Dientes Muy Largos”.

Sigurd el Poderoso le propuso a Máel Dientes Largos un duelo. Por un lado estaría él y cuarenta caballeros de su mesnada. Por otro lado estaría su rival y otros cuarenta caballeros de su tropa.

Al llegar el día y la hora, en el lugar convenido se presentó Máel Dientes largos con sus cuarenta hombres.

Sigurd el Poderoso se presentó con ochenta.

Como era de esperar, Sigurd venció a Máel y le cortó la cabeza.

Muy ufano, el Poderoso colgó de su silla de montar la cabeza cortada y sangrante de Dientes Largos y cabalgó de nuevo a su castillo.

Pero mira por dónde, el artero vencedor no colocó bien en la montura su tétrico trofeo. Y ocurrió que los colmillos del decapitado Máel Dientes Largos fueron rozando la pierna de Sigurd el Poderoso, produciendo una pequeña rozadura.

Y resulta que esa rozadura produjo una infección. Y esa infección causó la muerte de Sigurd.

Así nos lo cuenta la saga. Corría el año 890 de nuestra era.

De modo que Máel Dientes Largos acabó con Sigurd el Poderoso. A mordiscos. Y después de muerto.

Tal vez alguien lo profetizó.

A mi me encanta este pasaje de las sagas. Es una historia que, no se bien por qué, me parece que sirve de enseñanza para algunos temas de actualidad (consúltese el periódico de hoy, que trae noticias de denuncias a dentelladas).

Porque, por un lado, demuestra que no conviene nunca ensañarse con el vencido, especialmente si tiene los dientes muy largos. Debido a que nos puede pasar lo que a Sigurd el Poderoso.

Y por otro lado, también deja claro que ser un perfecto imbécil y creer en la palabra del enemigo, suele ser letal. Como le ocurrió a Mael, el de los Dientes Largos.

El chicle cósmico.

En un post reciente, mencioné el famoso experimento mental que Einstein realizó cuando era solo un adolescente. Se trataba de la fantasía según la cual Einstein acompañaba a un rayo de luz, a su misma velocidad. Luego lo adelantaba y miraba hacia atrás. Se imaginaba viendo un mar de ondas lumínicas “congeladas”. 

Sin embargo, él sabía muy bien, porque ya tenía suficientes conocimientos de física y electromagnetismo, que una onda, por definición, no puede estar congelada. Esto le llevaba a una contradicción que solo podía ser salvada si se asumía que resultaba imposible superar la velocidad de la luz.

Un lector me dice que no ve con claridad la razón por la que Einstein se negó a aceptar la visión de un océano de ondas lumínicas congeladas. ¡Yo puedo imaginar es mar de luz con claridad!-me dice este lector.

La mejor respuesta es una metáfora. Pensemos en el sonido que emite un violín. Sus cuerdas crean oscilaciones en el aire. Esas oscilaciones o vibraciones…¿pueden congelarse? ¿cómo nos lo imaginamos? ¿Acaso como una nota contínua sonando sin cesar?

Evidentemente, no. 

Para que una nota suene, debe haber vibración. Si “congelamos”, no hay vibración. Y si no hay vibración, no hay nota. 

Del mismo modo, si las ondas lumínicas estuvieran “congeladas”, simplemente no habría nada. Por eso no es posible que el veloz corredor que adelantase a la luz viera tras sí un mar de ondas. No tiene sentido decir esto. 

No tiene sentido tampoco imaginar el espacio que ocupa un fotón. No se puede hablar de un mar de fotones “congelados”. Un fotón no ocupa espacio porque no tiene límites espaciales definidos. Esto es así porque un fotón es meramente la excitación de un modo de vibración del campo electromagnético. No ocupa un lugar en el espacio. No es una entidad espacial.

De hecho, el espacio en sí mismo es una noción que no encaja nada bien con lo que la física contemporánea nos enseña. Nuestra noción de espacio se relaciona con nuestra experiencia moviéndonos a cierta velocidad. Pero la velocidad para los físicos es algo muy diferente que para el hombre ordinario.

Todas las leyes físicas, absolutamente todas, son invariables sea cual sea la velocidad a la que nos estemos moviendo. Dentro de una nave espacial, no existe ninguna forma de determinar si estamos o no viajando a cierta velocidad, como no sea en referencia a algún objeto exterior. 

Tiene entonces que existir una forma de concebir un mundo en el que la velocidad subsista como realidad objetiva, pero sin contradecir el hecho de que no puede objetivarse desde el punto de vista del sujeto que se está moviendo.

Esto puede hacer pensar que la velocidad es una ilusión de la mente. Pero sabemos que no es así. En absoluto. 

La solución a este dificilísimo rompecabezas conceptual es la que intuyó (y luego demostró) aquel adolescente de 16 años: ¡de algún modo, estamos insertados en un gran “chicle cósmico” que se estira y deforma!

Cuando creemos que nos movemos respecto a un observador externo, lo que está ocurriendo realmente es que el chicle en el que estamos se estira, y el observador externo tiene la impresión de que nos alejamos de él (lo mismo que nosotros). Pero en realidad, lo que está ocurriendo es que se está produciendo una deformación del “chicle cósmico”. Por decirlo de algún modo, no nos movemos del sitio…

Y, en la medida en que nosotros mismos formamos parte de ese chicle cósmico que se estira o encoge, también nosotros nos deformamos, al igual que nuestros relojes. Y si se deforman los relojes, el tiempo se deforma, porque el tiempo no es sino aquello que medimos con los relojes. Si acaso.

El universo al que se accedió con las ecuaciones de Maxwell y la Teoría de la Relatividad, es por lo tanto muy extraño. Tan extraño, que hace falta la mente de un niño o un adolescente para intentar entenderlo.

Preferiblemente si ese niño o adolescente se llama Einstein. Y aún mejor si le gusta mascar chicle…

Cerrar.

Hoy, día de Santiago, es un buen día para recordar aquello de “Cierra España”, ese curioso slogan que gritaban las huestes cristianas durante la llamada Reconquista (recordemos que “slogan” significa grito de guerra en gaelico).

Santiago y cierra España, claro…pero ¿qué significa exactamente? 

¿Significa que hay que levantar muros para que no nos invadan, como tal vez alguno piensa o desea? 

Poco probable. 

Es poco probable que el grito de guerra de unos belicosos “reconquistadores” tuviera ese significado tan defensivo.

En realidad, el “cierra” significa todo lo contrario que proteger. 

En el slogan, “cierra” significa “avanza”, “ataca”, “arremete”…

Y el “España” del slogan, es un vocativo, no un complemento directo. 

Debería ir precedido siempre de una coma.

Es decir, el grito es una invocación del apóstol, seguida de un imperativo que significa “ataca”, y de un vocativo que hace referencia a quién debe realizar el ataque que se está solicitando.

¿Cómo se explica esta extraña polisemia del verbo cerrar, con dos significados casi antinómicos? 

La clave, como siempre, esta en la historia de las palabras, en su etimología.

Los dos significados de cerrar tienen su origen común en la idea de trabar o encajar.

Se cierra una puerta trabándola con una barra. Se ataca al enemigo trabando combate con él, enzarzándose con él, entrando en el cuerpo a cuerpo, entrometiéndose en sus filas…

Por otro lado, en latín, la barra con la que se cerraban las puertas era una barra de madera o hierro llamada “sera”, y es de ella de la que derivaba el verbo latino “serare” con el significado de trabar. 

Así que serare, trabar, es el verbo latino que está en el origen del francés “serrere”, del italiano “serrare” o nuestro castellano arcaico “cerrar” que encontramos en el slogan jacobeo, y este origen es el que explica la polisemia entrelazar/arremeter. Especialmente en el lenguaje militar, cuando se dice “¡cerrar!, se está queriendo decir, “¡trabad, ¡apretad las filas y entrad en el cuerpo a cuerpo!”

Es algo que también podríamos haber intuido, por ejemplo, al pensar en el verbo italiano “attacare”, que significa igualmente ambas cosas: unir o ligar, y también embestir. O en el francés attacher, que significa juntar o adherir y al mismo tiempo se relaciona con attaquer o atacar. En estos estos casos, detrás de las palabras citadas está la idea de “estaca” o barra de trabar, al igual que lo está en en el caso de cerrar, tal como arriba he indicado.

Para ilustrar todo esto, me apetece transcribir un fragmento de El Sueño de la Muerte de Quevedo, en el que el autor (caballero por cierto de la Orden de Santiago y gran adalid del patrocinio hispano del Apóstol) usa “cerrar” en el sentido de atacar. El pasaje nos cuenta cómo el narrador se cruza con un muerto que se encara agresivamente con él y tiene interés porque nos indica también como la idea de cerrar se relaciona con la de llegar, o más específicamente llegar a las manos..: “…íbame poco a poco, y buscando quien me guiase, cuando sin hablar palabra ni chistar (como dicen los niños) un muerto de buena disposición, bien vestido y de buena cara, cerró conmigo. Yo temí que era loco y cerré con él (…) Decía el muerto: ‘déjame a ese bellaco, deshonrabuenos, voto al cielo de la cama que le he de hacer que se quede acá’. Yo estaba colérico y díjele: ‘llega y te tornaré a matar, infame, que no puedes ser hombre de bien; llega, cabrón’.

En fin, que lo de “Cierra, España” no tiene tanto misterio. E incluso lo podríamos suscribir si se entiende la expresión tan solo en el sentido de involucrarse en la refriega de cada día, de entrar en el cuerpo a cuerpo de las dificultades; si se interpreta como el imperativo de no seguir en la espera pasiva de soluciones providenciales, sin entrar a fondo en los problemas, lo que es actitud, muy común en nuestro tiempo, y es de actualidad rabiosa en un día como hoy en el que se debate si tendremos o no un gobierno que cierre algún día alguna cosa.

Solo en ese sentido de avanzar o actuar, me vale lo de cerrar. No en otros.

Esas cosas me traen sin cuidado.

“¿Quién inventó la libertad de expresión?”, recuerdo que me planteó esto un día Marta, creo que apenas con ocho o nueve años de edad.

No supe bien cómo responder a esa curiosa pregunta. 

Pero, pensando un poco, y siguiendo el juego, me atreví a decirle a Marta que la libertad de expresión la inventó un político cordobés llamado Galio, hace casi 2.000 años.

“¿Cómo es esto?”, se estará preguntando el amable lector de este post. Lo mismo se preguntó Marta.

Bueno, pues es algo sostenible. Mi teoría se apoya en una historia que se nos cuenta en los Hechos de los Apóstoles, nada menos; así que tengo un aval divino para mi planteamiento…

El caso es que Pablo de Tarso llevaba más de un año predicando en la región vecina a Corinto, con gran éxito entre el gremio de fabricantes de tiendas y toldos, muy poderoso en la capital, Acaya.

Incluso el jefe de la sinagoga local, un tal Crispo, se había convertido al cristianismo paulista. Los judíos estaban que rabiaban y se la tenían jurada al de Tarso. Así que aprovecharon la llegada de Roma de un nuevo y presuntamente inexperto (alias “el Novato”) prefecto cordobés llamado Galio (y hermano de Séneca, por más señas) para montar una manifestación ante su palacio, exigiendo el proceso y ejecución de Pablo por sus tesis en torno a la nueva religión.

Pero con un sabio de Córdoba habían topado esos capitostes de la sinagoga…

Sin contemplaciones, según se nos dice en Hechos, el prefecto hispano ordenó a sus lictores que expulsasen a mamporros a todos esos ruidosos manifestantes. Y, según se nos cuenta declaró que él solo podría juzgar sobre hechos, y crímenes (ἀδίκημά τι ἢ ῥᾳδιούργημα), nunca sobre denominaciones o palabras (περὶ λόγου καὶ ὀνομάτων).

¿Curioso, no es cierto? Todo un precedente del derecho a expresarse con libertad, sin riesgo de que los tribunales lo encierren a uno por ello.

Este Galión (o Gallio) ha pasado a la historia no tanto por ser el pionero de la libertad de expresión sino más bien por ser un ejemplo de quien no desea meterse en disquisiciones filosóficas o teológicas. Es otro punto de vista.

Precisamente esta última idea la recoge Kipling en un fantástico poemita dedicado al prefecto andaluz y que creo no ha sido debidamente traducido al castellano. Así que me apetece transcribirlo aquí, adaptándolo con cierta…libertad.

“Todo el día llevaban aquellos sayones

a la puerta de la prefectura

aullando por la sangre del hereje.

El tumulto evocaba insurrección

y despertó al Prefecto de su siesta.

Así habló Galio ante la masa:

“Si el Dios desciende de lo alto

o es el hombre el que a lo alto asciende,

Si este fabricante de tiendas y carpas

es el mismísimo Jupiter

o una deidad más joven,

no seré yo quien lo juzgue

no entro en esos temas 

de refinadas disputas teológicas

¡Guardias! ¡Echad a estos tipos de aquí

a palos si es preciso.

¡A mí estas cosas me traen sin cuidado!

¿Era el asunto una cuestión legal?

¿Alguien había negado la voluntad del César?

¿Por qué razón debería yo soportaros?

Esta es una cuestión de palabras y nombres.

Ya me se yo de que va este asunto.

No aceptaré ninguna de vuestras peticiones

¡Porque a mí estas cosas me traen sin cuidado!

Solo veo una cosa clara

Y espero que estéis también de acuerdo

El César de Roma me puso aquí

a fin de que salvaguardara su paz

la paz que vosotros queréis que se rompa

con todo ese lío de asuntos de conciencia,

¡y a mí estas cosas me traen sin cuidado!

Si os levantáis por un credo

y alborotáis pidiendo sangre,

yo solo actuaré frente a los hechos.

No permitiré la injusticia

sea cual sea la doctrina de la que brote.

Pero tanto si seguís a Priapo o a Pablo

a mi esas cosas me traen sin cuidado”

Adolescencia

El otro día le decía a una amiga, un tanto quejumbrosa de su hijo adolescente, que casi todas las cosas importantes que ha hecho el ser humano, han sido creadas o más bien intuidas por adolescentes.

A mi amiga le pareció un buen consuelo, pero exagerado. Y me pidió un ejemplo. 

Un perfecto ejemplo podría ser la Teoría de la Relatividad. Einstein la intuyó con solo 16 años. Con una iluminación revolucionaria que acaso solo puede proceder de un adolescente genial, 

Ese Einstein juvenil fantaseó con galopar junto a un rayo de luz. Se imaginó adelantando al rayo y contemplando al mirar atrás un mar de ondas congelado. 

Pero incluso con 16 años, Einstein sabía que, como demostró Maxwell con sus ecuaciones, las ondas electromagnéticas (como la luz) no podían estar “congeladas”, porque su única posible naturaleza es precisamente el movimiento, la oscilación.  Sin oscilación, una onda no es nada. No existe.

Por lo tanto, Einstein sabía que algo fallaba y que nada podría rebasar la velocidad de la luz.

A partir de esta genial “iluminación”, nunca mejor dicho, el resto fue, en cierto modo, pura rutina. Con el tiempo, el adolescente demostraría que para hacer realidad su fantasía de adelantar al rayo de luz tendría que haber aumentado su masa corporal hasta el infinito, lo que exigiría toda la energía del universo…y un poco mas. Algo también impensable.

La adolescencia es el gran invento de la Humanidad. Es lo que hace posible el progreso de una generación a otra. Pero no es fácil convencer de esto a quien sufre los desaires del adolescente típico. Es que todo es relativo.

Vulcano

Creo que se está preparando el lanzamiento una nueva temporada de Star Trek, esta vez producida por Amazon.

Muy oportuno es esto, en unos tiempos en los que parece renacer el interés por los viajes al espacio (algo debe contar el tesoro de helio3 que parece que alberga la Luna, combustible suficiente para alimentar miles de centrales nucleares durante siglos, y sin riesgos).

Mi personaje favorito de Star Trek era el Mr. Spock interpretado por Leonard Nimoy . Propongo que Roddenberry Entertainment considere resucitar al vulcaniano, con ayuda de las nuevas tecnologías de efectos especiales y creación de realidad virtual.

Estaba por cierto muy bien elegido ese origen de Spock: el planeta Vulcano. 

Porque Vulcano fue durante mucho tiempo (en todo el siglo XIX) un planeta misterioso que los científicos creían que se encontraba en el interior del Sistema Solar, no muy lejos de nosotros. Estaban convencidos de ello por el comportamiento anómalo de Mercurio, que parecía contradecir las leyes newtonianas del movimiento. 

Como no acababan de vislumbrar a Vulcano, ni siquiera observando el cielo en los eclipses totales y con potentes telescopios, los astrónomos pensaron que, por alguna razón, Vulcano era un planeta invisible. No se les ocurrió que tal vez lo que había que modificar eran las leyes newtonianas.

Y eso es lo que hizo Einstein, demostrando que la irregularidad de la órbita de Mercurio estaba en relación con el nuevo modelo gravitatorio relativista que él había concebido.

Pienso en esto cuando oigo hablar de la materia oscura, esa entidad incomprensible que la ciencia hace bajar ex machina para explicar lo inexplicable. Me preguntó si tal vez hace falta un nuevo Einstein que cambie de arriba a abajo lo que sabemos en cosmología.

Deberían dedicar un capítulo de la nueva Star Trek a este asunto. Y que nos lo explicase el Mr. Spock redivivo. Larga vida y prosperidad para él.

Great Again

El último exabrupto del majadero que ocupa la Casa Blanca, exigiendo que retornen “a su país”, mas o menos todos los que no son tan blancos y tan rubios como él, pero que no piensan como él, no debería hacer que nos rasgásemos una vez más las vestiduras. 

Después de todo, esta actitud está en el DNA de los Estados Unidos, por mucho que se diga lo contrario. Por lo menos en un sentido histórico.

La primera ley norteamericana que estableció los requisitos de la ciudadanía fue la United States Naturalization Law (Marzo, 1790). En esa ley se limitaba el derecho a pedir la ciudadanía a las personas blancas y de buen carácter (“free white persons of good character”.)

Curiosamente, esta previsión supremacista de los padres constituyentes de los Estados Unidos, que excluía de la nación a los indios, a los asiáticos, a los esclavos y por supuesto a los negros, en cierto sentido sigue siendo aplicable, pues no se ha derogado explícitamente.

En este sentido es en el que el descerebrado mandamás de la Avenida Pensilvania debe querer que América sea grande de nuevo.

Una cita es como una farola.

Me envían por whatasapp uno de los manifiestos que ha aparecido estos días en pro de la formación de un gobierno de coalición constitucional, el manifieso llamado de los “intelectuales de izquierda” (de las tres palabras la única que no es equívoca en nuestros días es la preposición).

El manifiesto viene encabezado por una frase que los firmantes atribuyen a Abraham Lincoln: “Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie”.

Qué funesta manía de citar tiene la gente. Esa frase, que es sumamente banal y si lo miras bien no aporta nada, es cierto que la pronunció Lincoln, pero no es del coleto del honest Abe.

Es una frase que los tres evangelios sinópticos (y alguno de los apócrifos) pone en boca de Jesús. El pasaje nos habla de aquellos fariseos que, asombrados al comprobar que el nazareno consigue expulsar a Beelzebul del cuerpo de los endemoniados, le acusan de tener pactos con el Adversario, pues de otro modo no se explican tales proezas exorcizantes.

Jesús, nos dicen los evangelistas, les responde a los fariseos con un sencillo razonamiento de pura lógica escolástica: no es posible que él sea de la casa del demonio, porque si lo fuera, no podría enfrentarse al demonio, ya que una casa no puede estar dividida contra sí misma. Si lo estuviese, no subsistiría. Voilà! Lógica aplastante.

Los fariseos, sin embargo, no parecen muy convencidos y es entonces cuando Jesús les lanza la famosa especie de maldición por la falta de respeto, diciendo que quien blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá jamás perdón por sus pecados…

Que Abraham Lincoln repita la frase de marras sobre el demonio y los endemoniados, tiene sentido, porque lo hace en un contexto histórico de dogmatismo religioso y culto al texto literal bíblico.  Citar el evangelio le otorga a Lincoln un filo retórico indudable. Lo mismo pensaron quienes, bastante antes que Lincoln, también creyeron conveniente usar la dichosa frasecita evangélica, como San Agustín en sus Confesiones, Thomas Hobbes en el Leviathan o Thomas Paine en su Sentido Común. Ninguno de ellos por cierto lo que se dice pensadores afines a la llamada izquierda…

Pero no tiene un pase que estos doce autodenominados “intelectuales de izquierdas” recurran a la trivial frasecita evangélica, y además lo hagan mal, mostrando con ello un claro desconocimiento de la llamada Historia Sagrada (sin la que resulta complicado entender la cultura occidental), y además no haber leído ni a San Agustín, ni a Hobbes ni a Paine, ya es el colmo.

Es el perfecto ejemplo del predominio de una funesta manía: la funesta manía de citar, esa manía de quienes teniendo su pensamiento un tanto cojo, buscan la muleta de las palabras ajenas para sostenerse. Una cita es como una farola. El sabio la usa como un maestro, para iluminar. El necio la usa como un borracho, para sostenerse.