El Teorema de Adams

Ver cualquier novedad tecnológica como algo positivo es simplista. Pero ver toda innovación como negativa es cansino.
Yo creo en la validez de lo que yo llamo el Teorema de Adams, expresado en el la Guía del Autoestopista Galáctico, si no recuerdo mal. Son tres puntos:

  1. Todo lo que existe en el mundo cuando nacemos es normal y correcto y simplemente es un elemento natural del mundo y su funcionamiento.
  2. Todo lo que se inventa entre nuestros 15 y 35 años de edad es maravilloso, excitante y revolucionario.
  3. Todo lo que se inventa después de nuestros 35 años es contrario al orden natural de las cosas.

La Paradoja de Espera

Si solemos coger un autobús que suele pasar cada diez minutos por la parada ¿cuál será el tiempo medio que tengamos que esperar?
Se suele pensar que serán cinco minutos como media.
Realmente no es así.
Veamos. Si pasa el autobús mas o menos cada 10 minutos como media, durante todo el día, entonces, a largo plazo, cada minuto del día (desde el número 1 al 1439) habrá estado sin autobús en parada una media de 10 minutos. Ejemplo: el minuto 60, correspondiente a la una de la madrugada, habrá estado distanciado del minuto de llegada unas veces 15 minutos, otras 5, etc…así hasta una media de 10 exactamente.
No puede ser de otro modo. Ningún minuto puede recibir más trato favorable del azar que otro. Y si el valor medio fuese inferior a 10 minutos estaríamos contradiciendo nuestra premisa inicial.
Por lo tanto, si el Destino elige para nosotros un minuto al azar para estar en esa parada, lo normal es que llegando en ese minuto tengamos que esperar…10 minutos.
Esto es, simplificando mucho, lo que se denomina la paradoja del tiempo de espera. Decir que un autobús pasa como media cada 10 minutos (no cada 10 minutos exactos) es lo mismo que decir que tendremos que esperar en la parada una media de…10 minutos.
Le cuento esto a Marta para que se consuele un poco por el fastidio de tener que esperar a su autobús, a menudo, más del doble de tiempo de lo indicado en los horarios. Y sobre todo para que reflexione sobre el riesgo de sacar conclusiones a partir de la intuición superficial.
Todo es mas complejo de lo que parece…Todo merece un poco más de análisis de lo que superficialmente pensamos.

Homofilia

El tal cardenal Sarah ha organizado un buen lío con la publicación de un libro que ha querido presentar como escrito a cuatro manos con el pontífice emérito Ratzinger y dirigido a fustigar a quienes promueven (con muy buen criterio) el matrimonio entre sacerdotes católicos (algo que por cierto ya es un hecho, desde hace medio milenio, entre los prestes de Calabria de rito católico oriental, descendientes de los que huyeron desde Albania a Calabria por las conquistas otomanas: son curas, son católicos y están casados…sin que se hunda el mundo…)
Este Sarah es un personaje fascinante. Es un integrista de tomo y lomo, homófilo hasta la médula, brujo animista en su juventud guineana, habitual de los festejos y saraos que organiza la princesa Gloria Thurn und Taxis y, sobre todo, partidario acérrimo de la misa en latín y ad orientem (es decir, con el oficiante de espaldas a los fieles).
A mí esto último es lo que no me parece mal. Creo, como Ezra Pound, que la misa debería ser en latín (o en chino, o en urdú…esto es, en cualquier idioma incomprensible para los asistentes). Además, la liturgia en latín, incluyendo la lectura de los evangelios en esa lengua, da las claves de muchos lugares comunes lingüisticos que usamos a menudo.
Decimos por ejemplo “busilis” para referirnos al meollo de una cosa. Y eso se deriva del “in diebus illis”, con el que a menudo se comienzan los pasajes del Nuevo Testamento (“en aquellos días…”).
Decimos “lavabo”, para referirnos a la pila que nos sirve para lavar nuestras manos. Pero esa palabra no se deriva de ninguna lengua romance, sino que es un reflejo de las palabras de Pilatos al desentenderse del peliagudo asunto de la condena del nazareno (lavabo:yo me lavaré las manos).
Decimos “soponcio” a partir de la forma latina de decir “en tiempos de Poncio Pilato” (“sub Pontio Pilato”).
Decimos que una cosa es feísima, un adefesio, evocando la incomprensible epístola de Pablo Ad Ephesios.
Hablamos de un toletole como gran alboroto y putiferio (en ese sentido lo usa a menudo Galdós) por derivación del “tolle, tolle crucifige eum”, que es el grito del populacho para exigir a Pilato que soltase a Barrabás y que ordenase la crucifixión de Cristo (“¡suéltalo, suéltalo y que haya crucifixión”).
Decimos “al buen tuntún” en referencia a un salmo bíblico leído con frecuencia en la Misa y en el que aparece la expresion ad vultum tuum (ante tu rostro) y que los fieles entendían como a bulto.
Decimos “hocus pocus” (más usual en el mundo anglosajón) para referirnos a algo muy importante, y lo hacemos en referencia a la frase “hoc corpus christi” que pronuncia el sacerdote en la Misa (“este es el cuerpo de Cristo)
Decimos “sursum corda” para referirnos a algo o alguien importantísimo. Y lo hacemos a partir de la exclamación que pronuncia el sacerdote al final del ofertorio, para invitarnos a levantar los corazones, a animarnos un poco..
Hay decenas de palabras y expresiones que tienen su origen en una deformación de lo que los fieles escuchaban, sin entender nada, en latín. Son palabras que han enriquecido maravillosamente el lenguaje y que se unen a los centenares de términos que usamos y que desconocemos su origen religioso, como Florida, requiem, cólico miserere, tibidabo, san Jacobo, tegito, candileta, sambenito, barrabasada y muchísimas mas. De todas ellas, mi favorita es “catalina” como denominación de una de las ruedas o coronas de la transmisión de una bicicleta.
Se deriva esa catalina del martirio de Santa Catalina de Alejandría, a la que torturaron haciéndola pasar sobre su cuerpo una gran rueda de afiladas cuchillas.
Algo parecido a lo que parece que en su fuero interno querría hacer con los gays ese dichoso cardenal díscolo Sarah, antiguo hechicero junior de una tribu de Guinea, látigo de herejes y prestes uxorizados…
Dime lo que irracionalmente odias…y te diré lo que secretamente amas.

Sonámbulos

Hace mas de veinticinco siglos, Pindaro lo dejó bien escrito: “gluku d’apeiro polemos, pepeiramenon de tis tarbei prosionta nin kardia perissos“, es decir, “la guerra es dulce para el que no la ha probado, pero el hombre que tiene experiencia nota como su corazón tiembla en demasía cuando se acerca.”
Glosando esta idea, Erasmo, a quien erróneamente se atribuye la frase, escribió uno de los más extensos, profundos y apasionados comentarios de sus Adagia, con el encabezado de la formulación latina convertida ya en proverbio: “Dulce Bellum Inexpertis”. El sabio holandés había conocido y sufrido bien el poder de un infame tirano belicista como lo era el Papa Julio II, “el Rey de la Guerra”, que sin duda, al igual que quien tú ya sabes, no la había experimentado en carne propia. Tal vez por eso intuía Erasmo que su siglo, y el comienzo del siguiente iba a ser escenario de una tragedia colectiva como nunca había vivido el continente europeo.
Pero la versión latina que Erasmo utiliza en Adagia carece del elemento tensional que Píndaro aporta, es decir,: es la cercanía (προσιόντα) de la guerra lo que hace temblar (ταρβἐω) el corazón del experimentado, del competente (πεπειραμένων)…
Y ese temblor del experto, ya lo sabía bien Pindaro, suele sobrevenir precisamente porque las guerras comienzan de una manera imprevisible. No suelen avisar. De repente todo se complica y la puerta del Templo de Jano se abre súbitamente de par en par, dando paso al horror y la muerte.
Las guerras que ha ido sufriendo la Humanidad a lo largo de los milenios apenas han servido nunca para nada, a juzgar por el terrible siglo XX y sus dos conflictos mundiales, los peores que jamás vio el hombre y que tampoco sirvieron para mucho, a lo que se ve. Pero si acaso podemos extraer una enseñanza de esa larga historia de muerte y desolación, sería, en la línea que nos sugiere Pindaro, la de que las guerras comienzan cuando menos lo esperamos. El mejor ejemplo sería la Gran Guerra del 14, que nadie supo prever, ni por lo más remoto, tan solo un mes antes de su estallido.
Esta capacidad de la guerra para sobrevenir sin avisar, como consecuencia de la articulación imprevisible de acontecimientos menores que se encadenan fatalmente, ha sido muy bien estudiada por los historiadores. Lo ha hecho de forma admirable el genial Alessandro Barbero con su fascinantes conferencias sobre “come scopianno le guerre“. También lo ha hecho Barbara Tuchman, con su premiada The Guns of August. Y en la misma línea lo ha hecho también Christopher Clark en su ensayo Sonámbulos.
¿No nos ha enseñado nada la Historia? ¿Seguiremos aceptando que los que no conocen ni han de sufrir la guerra sigan sentando las bases para que estalle?
Se diría, sí, porque somos como sonámbulos que cabalgamos, dormidos, hacia el abismo. Una y otra vez. Sonámbulos.

Lo obsceno.

En un medio digital, usaban hoy el adjetivo obsceno (e indecente) para calificar al casi seguro gobierno de izquierdas que se formará estos días.
Sí, señor. El epíteto obsceno está muy bien utilizado para referirse a la muy plausible coalición de izquierdas. Aunque me temo que el periodista no sabe exactamente por qué.
Obsceno, en su sentido etimológico profundo, significa precisamente “de izquierdas” porque es una palabra relacionada con el latín scaevus que significa lo que no está derecho, lo que cojea, lo izquierdo.
Encontramos ese sentido de scaevolus como “zurdo” en Plauto o Ulpiniano, por ejemplo. Y recordemos que el héroe legendario de la historia romana, Mucio, cuando fracasó en su intento de asesinar al rey etrusco, quemó en un altar de sacrificios su mano derecha, para castigarse por su error, por lo que pasó a ser conocido como Mucio el Zurdo, es decir, Mucio Scaevola o Mucio Escévola.
Por su parte, scaevus significa zurdo en latín a partir del griego skairo, no ir derecho, cojear…
A su vez, este skairo griego está relacionado con la raíz protoindeuropea sker, que significa doblar o encorvar y que es el antecesor de palabras que usamos a diario como curvo o escorar.
Pero lo interesante es elucidar cómo y por qué evoluciona el concepto de zurdo o de izquierdas hacia la idea de indecencia que connota la palabra obsceno.
El primer estadio de la evolución del significado es curiosamente “de buen augurio” (por más que la valoración de “lo siniestro” en el pensamiento de los antiguos esté llena de ambigüedades, eufemismos y otros laberintos del significado). Lo cierto es que los augures romanos que adivinaban el futuro a partir del vuelo de los pájaros, consideraban buen fario que las aves apareciesen en el cielo…por la izquierda.
Así que ya tenemos en Roma scaevolus, lo izquierdoso, con la connotación de buen agüero.
Pero ¿cómo pasamos de lo obsceno en el sentido de buen augurio a lo obscaeno en el sentido de indecente?
Muy posiblemente la verdadera explicación sea el uso universal y extendidísimo en el mundo grecolatino de los amuletos en forma de higa o pene, con los que se pretendía obtener protección frente al mal de ojo, mediante la “fascinación” del avieso que pretendiese el daño. Esto nos lo confirma Varron, el gramático, en un conocido pasaje de su De Lingua Latina. Un pasaje en el que el autor denomina a estas higas “scaevola“, lo que abona el origen etimológico de la palabra obsceno.
Sin embargo, en ese mismo pasaje, Varrón introduce confusamente una idea que lleva a la errónea noción según la cual la palabra obscena se deriva de escena
Por lo tanto, todo lo que es vergonzoso es denominado obsceno, porque no debe ser eso dicho salvo en la escena. Tal vez esto se debe a cierto objeto indecente que se cuelga en los cuellos de los niños, para prevenir daños que puedan afectarles, y que se llama scaeva, es decir, bueno. Esto se deriva de que scaeva, que significa izquierda es considerado de buen augurio
(“Quare turpe ideo obscaenum, quod nisi in scaena palam dici non debet, potest vel ab eo quod puerilis turpicula res in collo quaedam suspenditur, ne quid obsit, bona scaevae causa scaevola appellata ea dicta ab scaeva, id est sinistra quod quae sinistra sunt bona auspicia existimantur“) De Lingua Latina VII. 96-98)
Sí, es casi seguro que esos amuletos fálicos o fascinus sean lo que dan lugar la expresión “obscaena dicta” o “palabras indecentes” que encontramos en Ovidio, por ejemplo, al relatar las licenciosas fiestas romanas de Anna Perenna, que se celebraban en los Idus de Marzo.
Con ello, lo obsceno, que inicialmente significa lo zurdo o lo que evita el mal de ojo, adquiere en Roma el sentido de lo que es sexualmente provocativo o escandaloso. Y con ese sentido entra el término en la lenguas romances. Montaigne nos cuenta que esponja era palabra obscena en latín porque las mujeres las usaban para la higiene íntima (“se torchoient le cul”). Pero también es cierto que el término mantuvo durante siglos la vinculación con los augurios y el mal de ojo, a veces en un sentido opuesto al original al que se refiere Varron. Por ejemplo, en el mismo siglo XVI de Montaigne encontramos obscaeno (osceno) como sinónimo de infausto o de mal fario, por ejemplo en las Sátiras de Ariosto, que se refiere a la mala suerte que se puede atribuir a las lechuzas (“…d’infelice piume si recoperse, e restò augello osceno, dannato sempre ad aborrire il lume“). La vinculación, por más que ciertamente dual, de lo obsceno, lo escandaloso por un lado, y lo supersticioso por otro, es indiscutible.
En resumidas cuentas, y para no enrollarnos más, sentemos que, como decía al principio, es doctrina segura que la izquierda es obscena…por definición.
Lo que pasa es que también se podría decir que también la izquierda es intrínsecamente de buen augurio.
Al menos desde el punto de vista etimológico…Yo, más allá de este ámbito, ya no me atrevo a decir nada.

Exilio

La nostalgia es, etimológicamente, el dolor causado por el deseo incumplido de regresar a nuestro hogar. En muchos idiomas está presente esta connotación territorial de la idea de nostalgia. La homesickness inglesa o la Heimweh alemana incluyen el componente home/Heime que nos evoca el hogar originario. Incluso nuestro (hasta cierto punto) sinónimo “añoranza” contiene también la idea territorial, pues proviene (a través del catalán) del latin “ignorare“, es decir, siente añoranza quien ignora lo que está ocurriendo en su lugar de origen; típicamente siente añoranza el marinero que está lejos de su hogar o el expatriado que habita en lugares distantes. De hecho, nostalgia no es una palabra que usaran los griegos. Es más bien un término portmanteau, un mot valise creado en el slglo XVII por un médico alemán a partir del griego “nostos” retorno y “algia“, dolor, para definir el malestar de los mercenarios suizos alejados durante años de sus queridos valles alpinos.
Sin embargo, también usamos la palabra nostalgia para referirnos a la añoranza de un tiempo pasado o de sensaciones antaño vividas. Sentimos a menudo nostalgia sin que eso parezca significar que echamos de menos un lugar perdido.
Pero en realidad, si lo pensamos bien, nos daremos cuenta de que todo recuerdo está asociado a un lugar, a una coordenada del espacio/tiempo. Es casi imposible evocar un recuerdo sin situarlo en un territorio. Y por ello, todo recuerdo es, como decia Cicerón, el recuerdo de un lugar. Y por ello toda nostalgia es nostalgia de un hogar.
Añoramos nuestra infancia o nuestra juventud. Pero si profundizamos en esa nostalgia indefinida nos daremos cuenta de que nos lleva a los lugares de nuestro pasado. A su vez, nuestro pasado es nuestra verdadera patria. Nuestro hogar perdido. Una patria de la que el tirano Tiempo nos ha obligado a exiliarnos. Y en esa condición de exiliados sentimos sufrimiento por el retorno que sabemos imposible: nostalgia.

Falls the Shadow…

Ayer sábado se cumplieron exactamente 55 años desde la muerte de T.S. Eliot. Por lo tanto, era un magnífico día para ir a ver la versión cinematográfica del delicioso cuentecito infantil sobre gatos que el poeta escribió como regalo para la hija de su editor.
La película me pareció un gozoso producto audiovisual, y disfruté mucho con la coreografía, los decorados, los prodigiosos efectos especiales, las interpretaciones y, por supuesto, la música en sí misma.
Sin embargo, casi todas las críticas han sido negativas para esta película. Injustamente negativas, pienso yo. Porque lo curioso es que dichas críticas, por lo general, no argumentan. Se limitan a decir que la película no cumple su objetivo…a señalar que el director no ha sacado partido de sus abundantes recursos.
Yo hubiera entendido que esas críticas incidiesen, por ejemplo, en el montaje, que es pura, excesivamente cinematográfico, y que no acierta a realzar todos los verdaderos valores musicales y coreográficos de la obra. Es obvio que el director ha tenido que buscar un difícil equilibrio entre sacar partido del impresionante elenco de individualidades del reparto y respetar al mismo tiempo la dimensión coral y teatral de la obra. No está claro que lo haya conseguido.
Pero nada de esto he visto mencionado en las reseñas que casi unánimemente denigran el film de Hooper, desde el New York Times a Rotten Tomatoes (las de aquí, que como siempre se limitan a seguir ovinamente los dictados de las de allá, no merecen ni ser comentadas).
En realidad, creo que lo que ocurre es que muchas personas salen del cine con una sensación extraña, no muy placentera (no es mi caso). Y es posible que eso se deba a un fenómeno psicológico muy interesante.
Ocurre que nos produce un cierto terror aquello que nos resulta íntimo, próximo, familiar (como los gatos), pero que al mismo tiempo también posee algunos rasgos extraños o inhumanos (como ese cruce de hombres y felinos que nos muestra el film).
Imágina que te has quedado encerrado en los almacenes de una tienda de ropa. Vas a pasar la noche en ese gran sotano tan oscuro y tenebroso. Todo está lleno de maniquís y tú deambulas entre ellos. El cansancio y el sueño te hace ver cierto hálito de vida en esos muñecos hasta el punto de que sientes escalofríos al mirarlos. Temes que de un momento a otro cobren vida. Es más, ya los estás viendo con vida. Será sin duda una noche de terror…Un terror nacido de lo íntimo/distinto, es decir de los maniquíes inanimados, en este caso.
No nos inquietan los seres que son muy distintos a nosotros (los gatos, por ejemplo). Y tampoco nos inquietan, por supuesto, los seres que son idénticos a nosotros (los actores). Pero entre medias, la gráfica de preferencias describe una hondonada, un valle. Nos inquietan los maniquíes, nos perturban los muñecos con miradas extrañamente vívidas. Los espectros de nuestros seres queridos. Los muertos vivientes. Los gatos antropomórficos y bípedos.
Es decir, desencadena nuestra incomodidad o incluso nuestro terror, ese tipo de seres que se parecen a nosotros, pero que no son realmente como nosotros.
Freud analizó in extenso este fenómeno. Lo hizo en su ensayo titulado “Das Unheimlich”, que se ha traducido en español como Lo Siniestro y en inglés como The Uncanny.
Luego, los expertos en estética y en cine han confirmado ese hundimiento de la gráfica de preferencias y denominaron el fenómeno como The Uncanny Valley.
Saliendo anoche del cine pensé que la Humanidad en su conjunto puede que esté entrando en un Uncanny Valley.
El cine, la literatura, la ciencia, la tecnología, el pensamiento…todo nos está conduciendo fatalmente a un espacio en el que el lo humano deja de ser humano sin ser todavía otra cosa inteligible. Nos dirigimos a un mundo que puede ser siniestro. Tan siniestro como los zombies, como los drones asesinos, como el muñeco diabólico…como esos extraños seres, medio humanos y medio felinos y con rostros extrañamente familiares (¿es esa Judy Dench, es esa Taylor Swift, es ese Idris Erba?) que cantan y danzan vertiginosamente en esta versión cinematográfica y transhumana del musical del Broadway.
Entre el presente y el extraño futuro al que ahora parece que nos encaminamos, se diría que se levanta un valle de sombras.
El propio T.S. Eliot lo supo intuir y de algún modo lo dejó dicho:
Between the idea and the reality…Falls the Shadow.

Arreboles

En estos fríos días de anticiclón, al atardecer, los arreboles suelen decorar las cumbres del Guadarrama, allá por dónde se levanta el Monasterio.
No hace falta ser un Góngora para sentir un cierto impulso poético al mirar esa caprichosa pirotecnia del cielo.
Pero hace falta ser un Góngora para observar esos arreboles, y viendo cómo compiten con los altos torreones de El Escorial, dar forma a un par de versos en los que brilla en su mejor sonoridad la lengua castellana:” Sacros, altos, dorados capiteles./ Que a las nubes borráis los arreboles.
¡Ah, esos arreboles gongorinos del Guadarrama sobre El Escorial! ¡Ah esa lumbre melancólica del sol que no quiere morir! Yo se bien que son doblemente hermosos. Porque siendo efímeros son aún más bellos.

Tener o no tener.

Me preguntan si tengo perro o gato.
No puedo responder así como así. Porque creo que la pregunta está mal planteada.
No es posible tener un gato. Los gatos te tienen a tí. Vivir con un gato significa, en mayor o menor medida, estar engatusado. Quien no comprenda esto es que no sabe nada de los gatos. O no sabe nada de las personas. O ambas cosas.
Con los perros sí puede tener sentido usar el verbo tener, habida cuenta de su carácter generalmente obediente o sumiso. Pero esto, a su vez, es estrictamente provisional porque algún día alguién explicará a los perros que son en realidad inmensamente superiores a nosotros en términos morales. Y ese día, puede que los cánidos abandonen su habitual sumisión.
O sea que, propiamente hablando, no tengo perro y no tengo gato. Pero reconozco que Mao y Satán (este último en la foto de arriba) comparten felizmente nuestra casa. Para felicidad de todos.

Le pido vivirlo.

Cuando, en la Odisea, Ulises baja al mundo de los muertos, encuentra allí a Aquiles, que se le queja amargamente de su nuevo estado. Ulises trata de consolar al héroe diciéndole que al igual que en el reino de los vivos él era venerado como un dios, también en el Hades su autoridad es respetada por todos. Aquiles responde a Ulises que antes preferiría ser el más vil de los campesinos en el reino de los vivos que soberano en este oscuro reino de los muertos…
El pasaje homérico está cargado de sabia ironía, porque también por Homero sabemos que Aquiles, en su juventud, puesto en la tesitura de elegir entre una larga y mediocre vida convencional o una más corta como héroe, eligió la segunda. Algo de lo que ahora sin duda se arrepiente profundamente.
En un diario digital de hoy día 2 de Enero un exfutbolista llamado Carlos Matallana, afectado de ELA en estadio muy avanzado, aparece fotografiado sonriente, delante de la pantalla del ordenador que le sirve para comunicarse con el mundo.
El periodista le ha preguntado a Carlos qué le pide al 2020. “Le pido vivirlo” ha sido la contestación que ha aparecido en el ordenador del ex futbolista.
No puede haber una respuesta más sabia. Del mismo modo que no puede haber otro brindis más sabio que aquel que se hace simplemente “por la vida”. Yo también brindo en este capodanno con mis amigos y/o lectores. Brindo por la vida. Y brindo por gente como este futbolista que no le pide a la vida otra cosa sino vida. Nada más. Y nada menos. Lejaim!