Was is ein Tertuliano?

Hablo con un buen amigo alemán, de visita en España, y le mencionó el curioso fenómeno local de nuestros tertulianos radiofónicos. “Was ist ein Tertuliano?”, me pregunta. Muy sencillo: un tertuliano es alguien que no teniendo nada que decir, va y lo dice.

Ojo por ojo.

Gandhi, cuyo aniversario festejamos, decía que si la ley del Talión, esto es, el ojo por el ojo, fuese seguida por todo el mundo, conseguiríamos que todo el mundo acabase ciego.

Esto es uno de los muchos errores de Gandhi, tal vez un personaje algo sobrevalorado. “Ojo por ojo”, especialmente en el tiempo en que se enunció esa ley, es una medida civilizada y ponderada, muy alejada de la barbarie vengativa.

Y no hay razones para pensar que el principio de reciprocidad genere esa especie de reacción en cadena de la que hablaba el Mahatma, quien por otro lado, más allá de sus méritos, no dejó de decir insensateces a lo largo de toda su vida, como por ejemplo, defender la sociedad de castas, creer en la superioridad de la raza aria/indostánica, o renegar continuamente de la civilización occidental y de la ciencia médica y sus avances. Proponía curar la diabetes con hierbas.

Enigma.

¿Por qué Dios consiente que le pasen cosas malas a la gente buena? Nunca lo sabremos. Tal vez Él está demasiado ocupado con otras variadas cosas de importancia cósmica como para andar atendiendo a minucias como la justicia, la buena suerte o la justa recompensa por el bien realizado…O tal vez la buena gente le cae un poco mal, debido a la tendencia que tienen los probos de deslizarse hacia la autocomplacencia y la presunción.

Envidia

“No codiciarás la mujer del prójimo, ni su casa, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que tenga tu vecino”

Este es uno de los mandamientos menos seguidos, me de la impresión. 

Toda la cultura de consumo está basada en codiciar lo que uno no tiene (y que evidentemente tiene el prójimo, generalmente el cuñado). Si se obedeciese ese mandato divino, el capitalismo como un todo implosionaría.

Profesión

Me preguntan qué hubiera querido ser de haber podido elegir: científico, maestro, economista, político…. Respondo sin dudar: mi relación con las matemáticas es asimétrica; las amo apasionadamente, pero ellas no me aman a mí, así que posiblemente yo no llegaría muy alto en Ciencia; no tengo conocimientos profundos sobre casi nada, lo que me imposibilita para enseñar otra cosa que no sea dar lecciones sobre como subirse debidamente a la bicicleta o, muy especialmente, sobre cómo hacer buenos bocadillos de pastrami. De modo que con una escasa base de destrezas, mínima inteligencia y limitadas habilidades matemáticas, supongo que a lo sumo yo tendría una buena oportunidad de triunfar en la política.

Judas.

En la antigua Roma se matizaba lo que nosotros llamamos unívocamente traición. Por un lado estaba la proditio, que era esencialmente la violación de un secreto. Proditio venía de prodare , es decir, pro dare, ofrecer algo al prójimo; información primariamente. Por otro lado estaba la traditio, que estaba más vinculada al cambiar de mano las cosas que a desvelar las informaciones. La traditio era la violación de un compromiso de lealtad respecto a un objeto o un ente. Por ejemplo, si un general asediado en una ciudad entregaba el enclave al enemigo, estaba haciendo una traditio de las llaves encomendadas, y por añadidura una traición.

En estos tiempos se está hablando mucho de traición, en los dos sentidos que en Roma se le daba al concepto; la traición de los graves secretos que se divulgan ya sea desde las más bajas cloacas del estado o desde los más elevados tálamos; o la traición de quienes rompen su compromiso de lealtad y abandonan a sus electores o a las formaciones políticas que les encumbraron.

Son tiempos de Judas, por lo tanto. Porque Judas (si nos olvidamos de Tarpeia y de Bruto) es el primero y principal de los modelos de traidor. Y en Judas se reflejan muchos de los traidores de los que hablan los medios. 

El modelo de Judas nos enseña que entre el traidor y el traicionado siempre debe existir o más bien preexistir una relación de amor. Judas fue el único apóstol al que Jesús llamó amigo (a ninguno más). Y en los Evangelios se nos dice que Judas era “querido” por su maestro.

El mismo icono del beso de Judas, con el que el apóstol entrega a Jesús, después de haber informado oportunamente a los romanos sobre su localización (proditio y traditio combinadas), es el símbolo perfecto de la relación amor/odio inherente a toda gran traición. Esto hace fascinante la figura de los grandes traidores.

¿Han de ser bienvenidas estas traiciones que estamos viviendo? ¡Quién sabe! La traición de Judas, desde luego, se supone que cumplía un papel indispensable en el plan divino. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro subraya que la actuación de Judas es requerida porque “era preciso que se cumpliesen las Escrituras“. Esto a su vez planteaba a los teólogos medievales un rompecabezas filosófico: si Dios había planificado la traición de Judas, y lo había hecho para bien del hombre…¿qué culpa podría tener Judas respecto a sus actos? 

El puzzle lo resolvió el gran Abelardo que en sus Conferencias distingue entre el “actuar bien” (es decir, el “bene“) y el hacer una buena cosa (es decir, el “bonum“). Puede existir “bonum” sin que se de el “bene”. Esto es, se puede hacer algo bueno en sí mismo, pero actuando mal.

Ingenioso ¿no es cierto?

Pues quizá podríamos aplicar la doctrina de Abelardo a lo que está ocurriendo. Todas estas traiciones, delaciones, ruptura de deslealtades, desvelación oportuna de secretos con fines chantajistas, que estamos viendo, son en sí mismas actos repugnantes. No son “bene“.

Pero a mi me gustan. Porque tal vez sean “bonum“, en el sentido de que acaben siendo un factor principal de la necesaria catharsis. Y puede que, al igual que el arquetipo de Judas, nos impulsen a reflexionar sobre el Mal y su lenta interiorización, tanto en las personas como en las organizaciones y en las sociedades democráticas.

Todos estos Judas, proditores y traditores, acaso nos ayudan a reencontrarnos con la parte oscura que llevamos dentro, y a metabolizarla adecuadamente, tanto en el plano individual como en el colectivo

Influencers.

De repente, estamos rodeados. Rodeados de influencers…

Son personajes que al parecer determinan valores, pautas de consumo, criterios generales…

Están sustituyendo a la publicidad convencional. O en todo caso están fusionándose con ella.

¿Es algo inocuo esta extraña ubicuidad de personajes que no parecen tener (salvo excepciones) otra virtud que una inexplicable capacidad para atraer la atención y el seguimiento de multitudes?

Evidentemente, no. No es inocuo este estallido de modelos no ejemplares. 

Porque la influencia del influencer es, por decirlo así, irracional. De modo que la cultura de los influencers es también la cultura de la irracionalidad. Los criterios y los valores que ellos establecen no tienen otro fundamento que ser los suyos propios. Y por ello mismo no pueden ponerse en cuestión ni refutarse. Tienen followers en sus redes sociales como los profetas tenían fanáticos tras de sí. Y, salvo excepciones, son tan farsantes como los falsos profetas de siempre.

Hasta la palabra influencia nos da la pista del desastre que se avecina con esta eclosión de los irrelevantes conduciendo a las masas. Porque influencia es palabra originalmente astrológica (como lo es desastre, o revolución, o sideral, o ángulo, o tantas otras). 

La “influence”, en la jerga de los astrólogos y ocultistas provenzales era la emanación que provenía de las estrellas e influía en el carácter y el destino del individuo. 

Obviamente, pensaban los astrólogos, si los astros determinaban la vida, debería existir algún vehículo que canalizase esa determinación. Así que pensaron en que tendría que existir algo así como una sustancia vaporosa y fluida que permitiese a Marte, Jupiter o el planeta que fuera, influir sobre la persona.

ALa deleznable cultura de los influencers es puro ocultismo, en cierto modo. Lleva en sí misma un aviso de un nuevo peligro global, y revela que, de alguna manera, estamos recreando una especie de nueva Edad Media, volviendo a aquellos tiempos en los que la educación, la cultura y los valores se basaban tan solo en la lectura de las colecciones de exempla. Pero esos ingenuos exempla eran mucho más edificantes que lo que cuentan en sus vídeos los influencers al uso, me parece a mí.

Ad Astra.

Se diría que cada vez que el ser humano trata de extender su mirada hacia adelante, sobrepujándose a sí mismo, acaba volviendo a lo más remoto de sus origenes. Este recorrido circular parece darse en todos los ámbitos, desde el arte contemporáneo, que en tantos aspectos se siente primitivista, hasta la organización social, que aspira a hacernos más libres, más sabios y más felices insertándonos en complejas redes de comunicación, siendo así que nos hace tan siervos, ignorantes y superficiales como lo fuimos en los peores momentos de un lejano pasado. O quizá más.

También la literatura o el cine muestran este enorme peso gravitacional de las raíces. Ese peso que lleva al creador hacia lo más profundo del fenómeno humano, justo cuando cree estar lanzando su creación hacia lo futuro y desconocido.

Hace unos seis años, se estrenó Gravity, una muy premiada película de ciencia ficcción que parecía querer transportarnos hacia el lírico mundo de la conquista espacial, pero que en realidad, se centraba en el drama intemporal de la maternidad y nos mostraba, acaso como lo hubiera hecho el mismísimo Eurípides, a una mujer anímicamente anclada, igual que un satélite en órbita gravitatoria, en la tragedia irreparable de la pérdida de su hija. 

Más aún, en Gravity, el relato cumplía con todos los requisitos que Campbell y Propp identificaron en las narraciones que venimos escuchando y transmitiendo los humanos desde el neolítico: la llamada de la aventura, los compañeros del viaje, el trayecto más allá de las fronteras, la pérdida de toda guía, la aparición del monstruo o enemigo insuperable, el sabio anciano que nos aconseja, la recuperación de la conciencia y el sentido de la misión, el renacimiento, el final feliz…Todo eso, punto por punto, estaba en Gravity.

Y todo eso, punto por punto, está en Ad Astra, la recientemente estrenada película de ciencia ficción que también parece que nos quiere transportar hacia un futuro, siendo así que en realidad nos lleva directamente al patio donde jugábamos de niños.

Porque si Gravity nos mostraba el peso de la maternidad frustrada, haciendo de Sandra Bullock una especie de Niobe petrificada por la pérdida y el dolor, Ad Astra nos traslada al eterno conflicto entre padres e hijos, al llamado mito de sucesión, eso que quizá constituye el primer tópico narrativo de toda la literatura y mitología occidental. 

Hesíodo nos cuenta en su teogonía que el primero de los dioses, Urano, el dios nacido de ese bostezo cósmico que era el Caos, abusa cada noche de su esposa Gaia, y aborrece a los hijos que sin descanso va generando. Con la complicidad de su madre, el más joven, fuerte y ambicioso de sus vástagos, llamado Crono, atrapa a su padre Urano en una emboscada y lo castra, lanzando sus testículos al mar. 

Pero, ay, Crono a su vez es tan cruel con sus hijos como su padre Urano lo fue con él y sus hermanos. Y tal como sugiere su nombre, Crono solo aspira a detener el paso del tiempo y cerrar el paso a las nuevas generaciones. Por ello, devora sistemáticamente a la prole que la sufrida Rhea (la que fluje, la que menstrua) le va dando. 

Crono, sí, devora a sus hijos, con la misma sistemática precisión con la que el Tiempo mismo va devorando la vida de los mortales. Pero uno de esos hijos de Rhea, el gran Zeus, se salva del crimen parental, se esconde en Creta y un día, según nos cuentan los poemas Orficos, ese hijo, llamado a ser el Señor del Olimpo, conseguirá encerrar para toda la eternidad a su padre en la Cueva de Nix, la oscurísima caverna de la Noche, tan oscura como el espacio vacío del Cosmos.

En la nueva película, el personaje encarnado por Brad Pitt, cual moderno Telémaco, también inicia un largo viaje en busca de un poderoso padre que en realidad no amó nunca a su esposa ni a su prole, a quienes abandonó un día sin piedad. Un padre al que el hijo se ve forzado a intentar destruir y que se encuentra precisamente justo más allá de Saturno, es decir el planeta y el dios que en la mitología romana representa al griego Cronos.

Es un viaje el del Comandante McBride que, reitero, reproduce punto por punto los elementos del héroe de las mil caras de Campbell que más arriba he citado. Un viaje que culminará con el renacimiento del hijo y con el padre vagando para siempre en esa inmensa Gruta de Nix que es el espacio estelar.

Y, por si quedase alguna duda sobre la profunda vinculación de la película con uno de los conflictos más intemporales del fenómeno humano y de su transunto literario, la han dado en titular Ad Astra, lo que nos evoca el poema dramático de Seneca en el que se nos relata el descenso interior de un héroe (Hércules) hacia el infierno de la depresión y la locura, y su esforzadísimo ascenso de vuelta a las alturas de la razón. Una de de las frases del poema sintetiza de forma bellísima toda la temática del poema: “No es fácil el camino del hombre desde la tierra hasta las estrellas” (“Non est ad astra mollis e terris via“). Esta frase del sabio cordobés se popularizó en el medievo bajo la forma del conocido dictum “ad astra per aspera“, “hacia las estrellas a través de las dificultades”, una frase que, mira por donde, figura en el disco de oro que la Nasa incluyó en el Voyager para hacer su Gran Tour por el sistema solar, junto con otros mensajes, dibujos, música y demás testimonios de la especie humana.

Así que “Ad Astra“, nos lleva desde la Teogonía de Hesíodo a la carrera espacial, de la mano de una clave eterna del ser humano, que no es otra sino el inacabable conflicto intergeneracional.

Es una hermosa expresión latina que, remitiéndonos lo mismo a Virgilio que a Séneca, Lucano o a los ingenieros de Cabo Cañaveral, resulta por tanto una óptima elección para titular este nuevo estreno cinematográfico que, bajo la apariencia de un viaje a las estrellas, nos lleva directamente a nosotros mismos. Como toda verdadera obra de arte.

Psaht, Remez, Drash y Sod.

Tengo un buen amigo que tiene un precioso huerto, en el maravilloso sotomonte segoviano del Guadarrama, lleno de variados árboles frutales.

Mi amigo llama a su huerto fruteto, que es un término poco usado, derivado sin duda del italiano frutétto, que vale lo mismo que arboréto, es decir, huerto de árboles frutales en italiano. Lo mismo que el orchard inglés. También en castellano decimos arboreto, claro.

Me dice mi amigo, que su frutétto es su paraíso, el lugar donde se encuentra a sí mismo y, donde, paseando entre perales y manzanos, alcanza a veces a atisbar la verdad de las cosas.

Y a mí me hace gracia que diga esto, porque paraíso, en esencia, es un huerto (cerrado) de árboles frutales. Y no es menos cierto que esos árboles frutales estén relacionados con la sabiduría, más allá de aquello del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, de lo que se nos habla en el Génesis, sino porque frutétto en hebreo es sinónimo de paraíso, esto es “pardés” (palabra relacionada también con la lengua persa). Pero a su vez, “pardés“, en la cultura judía, es un acrónimo de los cuatro niveles de la sabiduría, entendida ésta como el conjunto de las cuatro capas posibles de interpretación de la Torah.

La primera capa interpretativa sería el nivel puramente literario o gramatical (pshat), luego estaría el nivel de las alusiones o relaciones (remez), después el nivel filosófico (drash) y, por último, el nivel de lo secreto o inefable (sod). 

Este último nivel del metafórico “jardín frutal” es el que se vincula al cuarto y último plano del conocimiento de la Torah, un nivel al que no se puede acceder por uno mismo, sino que solo se puede aspirar a recibir (kabbel, recibir) y que por ello se denomina Kabbalah…

Así que mi amigo está diciendo algo muy profundo cuando dice que su frutétto le abre las puertas a la felicidad y a la sabiduría.

Le entiendo perfectamente. Y también le entendería el menor de los cabalistas.

Lo inoportuno y lo oportuno.

En un almuerzo de este viernes, donde me senté a la mesa con gente mucho más autorizada que yo, se habló de actualidad y de política, como no podía ser de otro modo. 

Uno de los comensales se asombra del error de última hora de uno de estos “líderes” que venimos sufriendo, quien, después de mantenerse en sus trece durante meses, tiene la ocurrencia de modificar in extremis su postura y se muestra de repente más receptivo para apoyar un posible nuevo gobierno. 

Ese cambio de posición inoportuno (en el sentido más preciso de la palabra inoportuno) le costará muy caro en el futuro a ese líder y a su formación, nos dice el bien informado comensal…

Yo intervengo para subrayar que esas meteduras de pata de última hora son lo que en el mundo del ajedrez se conoce como síndrome de Kotov (en honor del gran pedagogo ruso del noble juego, en la foto), a saber, esa tendencia que todos tenemos de andar dándole vueltas a las decisiones sin saber que hacer y, finalmente, cuando ya se nos ha acabado el tiempo para actuar, ponernos nerviosos y apresuradamente “jugar la mala”, cometiendo un error de bulto decisivo.

Un poco más avanzado el almuerzo, ya en los postres, otro comensal señala que conviene reflexionar sobre el hecho de que en la vida política actual da la impresión de que los datos escandalosos sobre los líderes se conservan cuidadosamente en secreto para ser utilizados justo en el momento mas oportuno. Cita como ejemplo el caso de una destacada autoridad autonómica cleptómana cuya ominosa grabación en vídeo fue conservada sigilosamente durante diez años hasta salir a la luz en el momento óptimo…

Me permito replicar para indicar que esa noción de la oportunidad en el chantaje también puede ser vista desde una perspectiva ajedrecística, y la podríamos llamar “Principio de Nimzowitsch“, pues fue este genial maestro letón quien nos enseñó algo importantísimo, a saber, que la amenaza es siempre más poderosa que la ejecución de la amenaza…

Este Principio de Nimzowitsch, al igual que el Síndrome de Kotov, se cumple siempre en la guerra limpia del tablero, metáfora de la vida.

Y, al parecer, tanto el uno como el otro también se cumplen en la feroz guerra sucia de la política.