Jupiter asintió.

Entre las muchas fotografías excepcionales (en más de un sentido) que nos ha dejado el asalto de esa turba de majaderos al Capitolio, destacan al menos dos. 

La más notable, a mi juicio, es la que nos muestra a un asaltante sentado confortablemente en la tribuna, sosteniendo su smartphone en la mano, en lugar de la pistola que podríamos esperar (sobre todo recordando el golpe de Tejero). Eso ilustra muy bien hasta qué punto han cambiado los tiempos y cuáles son ahora las verdaderas y temibles armas de subversión. 

La otra fotografía insuperable es la de ese tipo que se descuelga ágilmente desde un nivel a otro del sacrosanto templo de la democracia norteamericana, dando así expresión visual, perfecta y quintaesenciada, a la idea de asalto, en su más nítido sentido etimológico. 

En relación con esta asombrosa imagen, un amigo me pregunta por la inscripción latina que oculta parcialmente el asaltante. Mi amigo no es el único que piensa que yo soy un buen latinista, lo cual es una cariñosa exageración de la que no puedo sino disentir.

Pero ocurre que dar respuesta a esa cuestión es cosa que sí está a mi alcance. 

Y a eso voy.

Lo que podría leerse en letras de oro, si el energúmeno ese no interfiriese, es “Annuit Coeptis“.

Coeptis es el plural de coeptum o ceptum, con el significado de iniciativas. Es palabra latina derivada del verbo coepio, o cepio con el significado de poner las manos en algo. Hay derivados en español como “incipiente” (lo que comienza), por ejemplo, o “excepción” (lo que no tomamos)

Annuit es el pretérito indefinido del verbo latino annuere, que significa asentir y que también nos ha dejado derivados, entre ellos anuencia.

Así que “Annuit Coeptis” significa “asintió a nuestras iniciativas” o “apoyó nuestras empresas“. El sujeto implícito del verbo es evidentemente la divinidad. Se está sugiriendo que el Ser Supremo vio con buenos ojos todo aquello que emprendíamos y lo aceptó. Estamos hablando de las iniciativas de los fundadores de los Estados Unidos, claro está.

Annuit Coeptis” es uno de los lemas latinos que figuran en el Gran Sello, que es una especie de escudo heráldico creado a toda prisa en tiempos de la fundación de los Estados Unidos para no ser menos que los acendrados reinos europeos, con sus elegantes escudos de armas. Los artífices del diseño fueron principalmente Franklin, Adams y Jefferson. Estos prohombres, que se veían a sí mismos como nuevos Eneas fundando la Roma de los tiempos modernos, echaron mano a menudo de los versos de Virgilio, el divulgador de la gesta legendaria del hijo de Anquises.

En un pasaje de la Eneida, Ascanio se enfada muchísimo con su enemigo Numano, que le ha llamado debilucho y afeminado (“¡vosotros bajo vuestras ropas teñidas de azafrán y de reluciente púrpura abrigáis corazones cobardes; vuestros recreos son los cantos y danzas, y lleváis sayos con mangas(…) dejad las armas para los hombres…“). Ante estas ofensas, Ascanio le pide a Jupiter que favorezca lo que él valerosamente está emprendiendo (o sea, la batalla contra Numano), comprometiéndose a sacrificar un novillo si así lo hace. 

El verso en concreto es “Jupiter omnipotens, audacibus annue coeptis“. 

La única diferencia es que en el texto de Virgilio, el verbo está formulado como petición, annue, mientras que en el Gran Sello figura en pretérito, como algo que ya se da por hecho, annuit

El matiz verbal no se debe tanto al orgullo de los padres fundadores por sus éxitos, como a la pretensión de que la frase tuviese exactamente 13 letras, evocando los 13 Estados que se independizaron de Gran Bretaña y jugando también con el rico significado esotérico del número13, que simboliza la idea de renovación, de comienzo (por ejemplo, se puede mencionar que tras trece meses lunares comienza cada nuevo año, entre otras muchísimas claves del ocultismo, la cabala y la masonería relacionadas con este número). Todo el Gran Sello está impregnado de este simbolismo del 13.

En fin, que lo de Annuit Coeptis es una más entre las muchas referencias a la Antigua Roma que forman parte del simbolismo fundacional de los Estados Unidos de América (la propia palabra Capitolio es más que indicativa). Creyeron ver los que constituyeron la Unión algo así como un nuevo Imperio Romano en ciernes. Y en cierto modo, la historia contemporánea les ha dado la razón. También en las formas de sus respectivas y fatales decadencias.

Pero hay diferencias sustanciales entre los dos Imperios. 

En la Antigua Roma se las gastaban de otro modo ante los aprendices de tirano.

Por ejemplo, cuando un trepa populista como Tiberio Graco amenazó con convertirse en un autócrata y someter al Senado, los legisladores no se andaron con contemplaciones. 

Ellos mismos se hicieron cargo de la situación. Faltaría más.

Y, la verdad, no le dieron ocasión al mayor de los Gracos para contarlo. Le corrieron a gorrazos.

Jupiter asintió. Annuit Coeptis.

Guerras, Quiasmos y Lentejas

Desde que comenzó la pandemia, a los prebostes y prebostillos les ha dado por decir que estamos en una guerra. Debe ser que se han sentido Winston Churchill enfrentándose a Hitler y la amenaza del fin de la civilización.

En realidad, esto no se está pareciendo a una guerra. En las guerras, los políticos tratan de evitar por todos los medios que la gente no sienta miedo. Ahora es al revés; se estimula y promueve el pánico de todas las maneras posibles, con o sin razón. En las guerras, se establece un mando único y todo se subordina a conseguir la victoria. Ahora es al revés; se dividen las responsabilidades, se quitan los muertos de encima las diferentes instancias y se usa cualquier circunstancia para atizar el fuego del debate y la denigración mutua entre las fuerzas políticas. En las guerras, no hay horarios para hacer frente al enemigo. Ahora se paralizan las vacunaciones al llegar los festivos y los fines de semana. Es más bien como una guerra de Gila, en la que se pide al enemigo que por favor pare un momento la guerra porque tenemos que hacer un recado.

Pero los políticos insisten en la comparación. Uno de ellos se ha atrevido a decir que con la vacuna estamos en el principio del fin. Con ello ha parafreaseado una famosísima expresión de Churchill cuando quedó claro que Montgomery se había impuesto a Rommel en el norte de Africa: “No es el principio del fin, sino el fin del principio”, dejó dicho el sentencioso líder británico.

Esa frase se ha convertido en uno de los dos más famosos quiasmos de la historia de la retórica política. El otro es, claro está, el de Kennedy, cuando dijo aquello de “no preguntes lo que puede hacer el país por tí, sino lo qué tu puedes hacer por el país” (una idea que en realidad es de Khalil Gibran no de Kennedy ni de quien le escribía los discursos).

Para construir un quiasmo o retruécano solo necesitamos disponer en orden invertido, los elementos de dos frases o secuencias. 

El nombre de quiasmo proviene del griego kiasmos o Xiasmos, que viene a significar cruzar con una X algo, o hacer algo de forma cruzada. La Real Academia presenta, después de la definición, un verso de Rubén como ilustración: “cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”.

El quiasmo una de las figuras del lenguaje que mas juego da. No solo a los políticos en busca de titulares. Su intrínseca simetría lo hace hermosamente contradictorio, pero, paradójicamente, clarificador.

Un quiasmo célebre es el de Mae West, cuando decía que lo importante no eran “los hombres en mi vida”, sino “la vida en mis hombres”. Otro quiasmo famoso es el de Picasso cuando decía que cuando era un niño de doce años pintaba como Miguel Angel, pero que le costó cincuenta años aprender a pintar como un niño…

Es casi insuperable el quiasmo de Temístocles cuando una joven le preguntó con quién debía ella casarse, si con un afeminado adinerado o con un hombre valeroso sin medios. Temístocles respondió que siempre sería mejor el hombre sin dinero que el dinero sin hombre.

Pero mi quiasmo favorito es uno de Diógenes el Cínico. De quién si no.

Resulta que un trepa que había progresado en la corte gracias a sus dotes adulatorias se encaró con el filósofo y le reprochó vivir como un vagabundo, comiendo legumbres.

-Si hubieras aprendido a adular a los poderosos no tendrías que vivir de lentejas.

A lo que Diógenes respondió inmediatamente con el más bello quiasmo de la Historia.

-Si hubieras tú aprendido a vivir de lentejas, no tendrías que adular a los poderosos.

Quizá, en esta vida llena de quiasmos y trepas, el secreto de todo sea simplemente aprender a vivir de lentejas. Que es justamente lo que hemos preparado hoy día de Reyes, para comer, Mercedes, Marta, Kenny y yo. Me salieron perfectas.

¿Qué demonios es el agua?

“Había una vez dos pequeños peces que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor lossaludó con la cabeza y les dijo “Buenos días chicos. ¿Cómo está el agua?…”

¿Cómo podría proseguir este microcuento, que tal vez debamos a Foster Wallace, para que, con un solo párrafo configure una parábola de alcance trascendental?

“Los dos peces jóvenes siguieron nadando en silencio un trecho. Por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo ‘¿qué demonios es el agua?’

Es demoledor. Entendida bien la parábola, nos expresa una terrible aporía epistemológica. No podemos saber la verdad. Porque estamos metidos en ella como los peces en el agua.

Ingénieurs Sociaux

La pandemia ha anulado este año el tradicional asunto de la politización de la cabalgata de reyes. Marta me dice que menos mal, que ya empezaba a estar harta de esta nueva instrumentalización de los magos de oriente.

En realidad, siempre fue así y siempre seguirá siendo, virus mediante. Las cabalgatas y las procesiones fueron siempre actos cargados de significación social. Y, en concreto, los Reyes Magos han sido históricamente una utilísima herramienta de transformación social. Nacieron en tiempos de la Roma recién revestida del cristianismo como religión de estado, para significar la sumisión de la sociedad civil a la autoridad religiosa (o su conjunción). Siendo principalmente astrónomos, se convirtieron en reyes, tan solo en tiempos de Carlomagno, y lo hicieron para afianzar la superioridad del monarca en el escenario feudal del medievo. Y pasaron de dos a tres solo cuando Europa empezó a soñar su dominio sobre Africa.

Ingénieurs sociaux, llamaba Trexler a los Magos de Oriente.

Amen. And a Woman.

El pasado día 3 tuvo lugar la ceremonia de apertura del 117 Congreso de los Estados Unidos. El discurso de apertura corrió a cargo del congresista Emanuel Cleaver, quien es un pastor metodista elegido por el Estado de Missouri.

Cleaver concluyó su discurso con unas bonitas palabras, muy propias de un religioso como él. Pedía paz y concordia al ser supremo, sea cual sea su nombre. Paz y concordia incluso en la propia Cámara, insistía. Y concluyó su discurso diciendo “amen and a woman“, lo que fue obviamente un guiño cómplice, no solo ante el loable hecho de que la Cámara contiene ahora más mujeres que nunca, sino sobre todo por la novedad consistente en que la que ahora ocupará el puesto de “chaplain” (es decir, la persona encargada de rezar al comenzar cada sesión) será por primera vez “a woman“.

Ante este guiño o juego de palabras del reverendo Cleaver, Donald Trump jr. ha lanzado un tweet de burla, criticando a Cleaver por propugnar (a su juicio) con esto el lenguaje inclusivo. “Amen significa “Así sea” en latín. No es una palabra con género, pero estas cosas no les detienen en su locura…¿A esto habéis votado?”

Este tweet retrata a quien lo ha escrito y a quienes lo han viralizado.

En primer lugar porque dice mucho de Donald Trump Jr. y de los seguidores de su lamentable progenitor, que se intente hacer creer que un pastor metodista, master en teología, pueda ignorar el significado usual de la palabra amen y crea que es declinable por género.

En segundo lugar porque el hijo del majadero de la Casa Blanca comete el error de bulto de decir que amen es palabra latina. Tal vez no sea preciso ser un erudito para saber que se trata más bien de un vocablo hebreo, uno de los no poco abundantes términos de la lengua hebrea que se han internacionalizado, como abad, aleluya, behemoth, golem o mesías, entre otros.

Y, en fin, podríamos decir que también es erróneo el significado que se le da a “amen” en el sentido de “así sea“, pero esto ya es mucho pedir a una persona como el vástago de Trump, que retrata su ignorancia y su perversión tan solo con los dos puntos anteriores.

Pero, sí, es cierto, amen no debería traducirse como “así sea“, pese a la opinión generalizada. Amén es, de hecho uno de los ejemplos más conspicuos de traducción inexacta universalmente aceptada.

Amen está relacionado con una raíz semítica que connota la idea de soporte o sujeción. Significa propiamente “yo mantengo esto” o “yo sostengo esto“. De hecho, cuando leemos eso tan frecuente en los evangelios de “en verdad, en verdad os digo“, estamos ante la traducción correcta del amen que se nos dice pronunciaba por Jesús justo antes de iniciar sus aseveraciones, a efectos enfáticos.

Amen es por lo tanto, más bien lo contrario de lo que indica su errónea traducción. No debería indicar deseo (así sea) sino más bien certeza (yo afirmo). Y deseo y certeza vienen a ser casi dos cosas opuestas.

En fin, que vivimos en tiempos procelosos en los que cualquier zoquete se siente autorizado para dogmatizar en redes sociales, pero a su vez se retrata a sí mismo con sus críticas. Tenía toda la razón Eco cuando decía que estas redes sociales han dado el derecho a expresarse a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de una vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ante tanto espabilado emergente armado con smartphone cabe evocar las palabras de Lope “O sabe Naturaleza/ más que supo en este tiempo,/ o tantos que nacen sabios/ es porque lo dicen ellos”

Y, desde luego, con estas mismas redes sociales, se aplica el viejo dicho castellano: lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro. Amen.

Bendito sea.

Una vez más, me escribe otro amigo lector para indicarme que ahora publico aquí poco e irregularmente. Pues que le voy a hacer…Dedico más tiempo a pensar que a contar lo que pienso. Y menos mal que es así. 

La verdad es que rara vez siento que tengo algo interesante que decir. Por contra, muy a menudo siento exactamente lo contrario. 

Y en todo caso viene bien recordar la famosa frase de George Eliot: “Bendito sea el hombre que cuando no tiene nada que decir, se abstiene de ofrecernos evidencia verbal respecto a ese hecho“.

Educar.

Converso con Ana sobre sus hijos, y sobre la educación y sus desafíos…Surgen, claro, las grandes cuestiones sobre el tema. Qué es más importante a los efectos de educar o adiestrar, ¿premiar o castigar?

Ana piensa que hay que aplicar ambas cosas, con prudente criterio y en dosis más o menos equilibradas. A veces, me dice resignada, no hay más remedio que castigar…

Puede ser. Pero yo soy escéptico respecto a la utilidad del castigo en el ámbito de la educación. Creo que cuando el castigo ya se nos presunta como única solución, normalmente es que hemos perdido esa partida. 

Y de lo que estoy seguro es que no hay simetría. Cuando otorgamos un premio, no solo otorgamos un premio, también damos una lección, en el sentido de que incentivamos al premiado a seguir haciendo lo mismo. Cada premio contiene algo más que un premio. En cambio el castigo es una cáscara vacía; tan solo es un castigo. No enseña nada. Desenseña, a lo sumo. Esto es así porque, por lo general, hay mil maneras de hacer una cosa mal, pero solo una o poco más, de hacerla bien.

Y tengo otra razón más para ser escéptico con los castigos. La persona a la que tratamos de adiestrar en una tarea, es muy posible que vaya alternando lo correcto con lo incorrecto, por pura variabilidad estadística. Si cada vez que hace lo incorrecto le imponemos un castigo, será lo más probable, en virtud de esa variabilidad estadística, que en el intento subsiguiente realice bien su cometido. Entonces deduciremos, erróneamente, que nuestro castigo “ha funcionado”. Craso error que promoverá nuevos castigos. Y nuevos errores.

Así que en el contexto de una natural alternancia de errores y aciertos (que se da en muchísimas tareas), castigar conduce a engañarse creyendo que el castigo es el más eficaz de los métodos. 

En fin, yo diría que en la educación, el premio es casi siempre más poderoso que el castigo. 

Pero en realidad, solo tengo claras dos cosas en materia de educación, aprendidas tal vez en el oficio de padre, torpemente ejercido durante años y del que uno no se jubila jamás. 

La primera es que lo que no enseñes mediante tu propio ejemplo, no lo enseñarás de ninguna otra manera. 

La segunda, y quizá la más importante, es que educar es, en esencia, instruir a una persona para que no sea nunca esclava de nada ni de nadie. 

Ni siquiera de sí misma.

Tragedy of the Commons.

Una persona de mi conocimiento me tiene dicho que no se pondrá esta vacuna cuya distribución comienza ahora en la Unión Europea, por considerarla muy peligrosa. “Ni siquiera es una verdadera vacuna“, me dice, aludiendo tal vez al hecho de que su metodología terapéutica no se basa en suministrar virus atenuados, como las vacunas clásicas, sino en introducir en las células cierto ácido nucléico mensajero que adiestra al cuerpo para producir por sí mismo los anticuerpos necesarios para combatir el virus. Hay que reconocer que esto es algo que, se viene aplicando normalmente y con mucho éxito en veterinaria, pero que no había sido probado con éxito en humanos hasta este pandémico año. 

Comentamos este asunto durante la cena de Nochebuena. Cómo no.

Yo afirmo, con mi habitual y sentencioso estilo, que el tema de la vacuna y la reacción frente a ella es uno de los más interesantes desde el punto de vista antropológico y ayuda a comprender bien la forma en la que nos organizamos socialmente los humanos. Muy especialmente, añado, evoca el papel de la religión y la moralidad.

Un poco a desgana, mientras apura el sauternes de su copa, Marta me pide que aclare esta extraña afirmación. ¿Qué diablos tendrá que ver la religión con esta vacuna de RNA mensajero?

Es muy simple–contesto mientras me dispongo a abrir otra botella mas del vin des rois.–resulta que los que se niegan a vacunarse pueden tener razón y no tenerla al mismo tiempo. Y eso, en última instancia, nos conduce al fenómeno religioso.

–¿Cómo es eso?

–Comencemos por reconocer que la decisión de no vacunarse puede tener sentido desde el punto de vista del interés estrictamente individual, siempre que dicha vacuna no esté exenta de serios riesgos. Sin embargo, para la sociedad en su conjunto, seguramente la razón exigirá el uso de la vacuna, pese a los riesgos.

–Suena raro. Lo que es bueno para uno debería ser bueno para todos.

–Ni mucho menos. En el caso que nos ocupa es fácil ver por qué no es así. Notemos que la vacuna (toda vacuna) tiene dos tipos de beneficios. Uno es el directo: protege a quien se la pone. Otro es el indirecto: protege a aquellos que rodean a quien se la pone. Si el individuo coloca en un plato de la balanza su beneficio directo y por otro su riesgo individual, bien pudiera ser que el resultado sugiera no vacunarse.  Solo cuando se añade a la ecuación el beneficio indirecto, el resultado a favor de la vacunación personal es abrumador, aunque los riesgos sean significativos.

–Comprendo. Pero al individuo pueden traerle sin cuidado esos beneficios indirectos que son tan importantes para la sociedad ¿no?

–Ese es el quid de la cuestión. Y el caso es que hay infinidad de supuestos en la vida social en los que se produce este conflicto de intereses entre el interés individual y el colectivo. Es un conflicto al que se le ha dado el feo nombre técnico de “Tragedy of the Commons” y que comenzó a analizarse a partir del problema de la explosión demográfica y de la superpoblación.

–Claro. Supongo que para una familia de una región densamente poblada podría ser racional pretender tener muchos hijos, pero para esa sociedad como un todo, esa actitud no es conveniente. ¿Eso es un caso de “Tragedy of the Commons“?

–Exacto. Y si recuerdas el famoso “Dilema del Prisionero” te darás cuenta de que ahí se ejemplifica perfectamente la tragedia derivada de dañar fatalmente al conjunto al hacer lo que parece ser mejor para el individuo.

–Pero, si hay tantos casos como dices de Tragedy of the Commons, en los que el interés individual choca con el colectivo ¿cómo es posible que las civilizaciones hayan sobrevivido tantos siglos? Algo no me encaja.

–La clave es que ese conflicto de intereses se ha podido resolver históricamente mediante la implantación de la moralidad, del sentido del deber, del honor, del civismo, de la idea de solidaridad y fraternidad…

–Y del miedo al castigo, supongo.

–Sí. Desde luego. Pero todo eso se ha hecho principalmente con el concurso de la religión. La religión ha sido una astuta respuesta de autodefensa social frente a la Tragedia de los Comunes. Es esencialmente gracias a la religión que el hombre se abstiene de ser un lobo para el hombre y renuncia a comportamientos asociales, pese a que esos comportamientos podrían beneficiarle individualmente. 

–Puede ser–añade Marta, con aire de resignación postprandial–pero quizá ya va siendo hora de que nos digas la conclusión de tu sesudo análisis y sobre todo de que abras de una bendita vez esa botella que tienes entre manos desde hace media hora.

–Vale. La verdad es que la conclusión es sencilla. Para conseguir que la mayoría de las personas se vacunen será preciso incentivar el proceso de dos maneras diferentes. Por un lado, será oportuno hacer que los que no se vacunen asuman que serán multados o penalizados de algún modo por no hacerlo, a fin de compensar los perjuicios indirectos que representará su negativa. Por otro lado, habrá que promover campañas que convenzan a la gente de que vacunarse es moralmente exigible y que si no se consigue una vacunación masiva, el resultado será desastroso para la sociedad como un todo.

–De acuerdo. Comprendido. Pero ahora que ya has conseguido, no sin esfuerzo, abrir esa botella, y al mismo tiempo convencernos de que hay que vacunarse, procede que brindemos por la vacuna.

–Por la vacuna y por la vida, que ahora, en realidad, viene a ser casi lo mismo…¡l’chayim!

Idiomas.

La hija de mi vecina me sobrevalora, y dice, en su infantil ingenuidad, que yo debo ser muy inteligente porque hablo varios idiomas…

No estoy de acuerdo, por supuesto. Un cretino políglota seguirá siendo un cretino en inglés, cretino en francés, cretino en ruso, etc…De hecho, yo conocí a un tipo que era cretino en cinco idiomas.

Es más. Estoy convencido de que cuando yo hablo en otra lengua diferente a mi español nativo, mi coeficiente intelectual se reduce de 20 a 40 puntos, dependiendo de mi dominio de la lengua en cuestión, lo que en algún caso me situaría muy próximo al percentil de los moderadamente retardados. Un monóglota es siempre igual de listo o de tonto. Pero un políglota es en ocasiones (cuando no habla su lengua) más necio de lo habitual.

No somos los mismos hablando en lenguas que no son las nuestras. Y lo curioso es que no somos los mismos ni intelectual ni moralmente. Porque se ha demostrado que la pasión, la emoción y los sentimientos, se reducen cuando no hablamos nuestra lengua. Hablar en un idioma diferente al nuestro nos hace más fríos y racionales. Hay investigaciones que lo demuestran. Las respuestas a los famosos dilemas morales del “trolley” son distintas si el experimento se realiza en lengua nativa o foránea.

Puede que esto tenga relación con el hecho de que nuestra lengua es, por definición, nuestra lengua materna. Son las madres, no los padres, las que enseñan el primer idioma que hablamos, y lo hacen al tiempo que nos abren las puertas al mundo emocional. Cuando los señores de la guerra visigodos invadieron durante un par de siglos la península ibérica, apenas dejaron huella en el lenguaje, precisamente porque en general no vinieron con sus esposas. La lengua árabe “solo” es hablada por 400 millones de personas. Deberían ser muchas más a juzgar por la expansión del Islam de no ser por la prohibición coránica de que una musulmana se case con un infiel.

Debe existir una profunda vinculación entre las emociones y la lengua nativa. Quizá esto explique muchas cosas, desde las frías e interminables negociaciones de los tratados internacionales a la exaltación de los nacionalismos exaltados de base lingüística o a la imposibilidad para el poeta de crear poesía en otras lenguas que no sean la suya propia. Unamuno habló de esto, pero no recuerdo dónde.