Schrodinger.

Un amigo me manda un mensaje aludiendo al celebérrimo Gato de Schrodinger. 

Le respondo que es muy curioso lo que pasa con este topos de la cultura popular moderna.

Porque lo cierto es que Schrodinger concibió ese experimento mental tan solo para mostrarle a Einstein (con quien se estaba carteando) lo absurdo de la llamada interpretación de Copenhague de la Teoría Cuántica (la establecida por Bohr y Eisenberg entre otros…) que convierte al observador en el verdadero responsable del colapso de la función de onda (¡el observador, sí, y ya se trate de un observador humano listo, un humano tonto o incluso de una zarigüeya, que es criatura muy observadora…!)

Sorprendentemente, con el tiempo, la gente ha llegado a pensar que esta jocosa barbaridad sobre el gato que está vivo y muerto a la vez es algo real y no una simple reducción al absurdo. Y encima se señala a Schrodinger como avalista del disparate. ¡A Schrodinger, que precisamente fue quien imaginó la jocosa reducción al absurdo! 

Lo cual demuestra no que un gato puede estar muerto y vivo a la vez, lo que es obviamente imposible, sino que alguien puede pensar una cosa y el resto de la gente atribuirle exactamente la contraria. Y no pasa nada.

Presidios.

Escucho en la radio el gran jaleo que se ha armado porque el país vecino ha denominado “presidios” a las ciudades autónomas españolas del norte de Africa.

En realidad, no hay razón para el enfado. Esas ciudades son, en sentido propio, presidios. Porque presidio indica, etimológicamente, un puesto avanzado en la expansión de un poder territorial; un puesto susceptible de ser fortificado para guarnecer soldados o refugiar a los civiles que participan en el proceso de expansión,

La palabra original es la latina praesidium. Ahí vemos “prae”, que nos indica anticipación o adelanto; luego vemos “sidium”, que está derivado de sedere, asentarse. Los que hayan estudiado latín recordarán sin duda que los amenos relatos bélicos de Julio César aludían a menudo a los “praesidiums” (“Ibi praesidium ponit”: estableció allí un puesto avanzado, leemos casi nada más empezar la Guerra de las Galias).

Ocurre que los presidios o fortalezas avanzadas acaban siendo lugares idóneos para encerrar al personal que el tirano o conquistador no quiere tener cerca. Lugares perfectos para la represión. Y esto demuestra la sabiduría del idioma. Hay toda una metáfora en la evolución del significado.

Toda conquista militar lleva dentro la semilla de la opresión. La Historia lo demuestra una y otra vez.

Nec spe nec metu.

A unos metros de mi club de ajedrez, en la calle empinada que tiene el lírico nombre de Molino de Viento, me encuentro con esta pintada. Me quedo parado mirándola.

Se diría que la ingeniosa versión de la frase de Dante viene a ser un mensaje positivo, estimulante…

Pero a mí me parece equívoco. Incluso, turbador.

Necesitamos abrazar la esperanza cuando sentimos que la desdicha nos acecha. Así que esperanza y desdicha son compañeras inseparables.

No hay esperanza sin llanto”, dejó dicho Spinoza, adaptando una máxima de Fedro que relacionaba la esperanza frustrada (la “delusa spes”) con el llanto. Y quien espera, desespera, dice la sabiduría popular…

Sí. Yo tengo muchas dudas sobre el valor de esperanza e intuyo su insidiosa relación con nuestro infortunio. Porque no pocas veces la esperanza es la antesala de la decepción. Y la decepción es lo más devastador para nuestra felicidad. Hay psicólogos convencidos de que la esperanza es la primera causa de suicidio, precisamente porque es la esperanza la que pavimenta el camino hacia la decepción.

Quizá la esperanza es más un vicio que una virtud. Por de pronto, así lo veían los griegos, desde Hesíodo hasta los estoicos. En el mito de Pandora, la esperanza es inequívocamente uno más entre los muchos males que los dioses envían a los mortales. 

Tal vez, solo cuando ha sido proscrita la esperanza y ha resultado cancelado el miedo, el hombre puede aspirar a ser feliz. “Nec spe, nec metu”, era la divisa de Walt Whitman, inspirada en la de Isabella D’Este, aquella fascinante dama renacentista de la corte mantuana. Ese lema es un sabio y contundente programa vital que también uso Ezra Pound y que proviene de Séneca. El sabio cordobés, en una de sus cartas, cita a Hecato de Rodas y su convicción de que no hay diferencias entre el miedo y la esperanza: ambas son el anverso y el reverso respectivamente de una misma cosa.

Vivimos en un mundo que se obstina en infundirnos vanas esperanzas. A cada paso. Puede ser la charlatanería de un político. O el artificio de un publicitario. O una simple pintada pintada callejera. Pero, ay, la vida no responde casi nunca a esas esperanzas. De modo que el secreto para evitar la ansiedad y la angustia quizá sería aceptar la vida tal cual es, nec spe, nec metu. Sin miedo. Y sin esperanza.

–¿No estás siendo un tanto fatalista? ¿Vas a decirme ahora que la desesperanza es compatible con la felicidad?

–La felicidad y la ausencia de esperanza, llámala desesperanza si gustas, pueden ir de la mano porque ambas son deux filles de la même terre, como diría Camus. Y algo parecido creo recordar haber leído en Comte-Sconville.

Cuando no esperamos demasiado del mañana es cuando podemos concentrarnos en cuidar del hoy. “Hay vida antes de la muerte”, rezaba una genial pintada del 68. Lo sintetiza todo.

Aprender a vivir sin necesidad de abrazar esperanzas es aprender a ser feliz. 

Después de todo, el mensaje que nos deja el mito de Pandora puede no ser otra cosa que hacernos saber que la esperanza es simplemente lo único que permite que los seres humanos sufran indefinidamente…

Patriotismo.

Esta mañana, leo en el periódico un artículo sobre Patti Smith, que inaugura una instalación visual en el Pompidou. El titular reproduce una frase de la cantante en la que ella señala que el nacionalismo es lo peor que le puede pasar al mundo.

Cuánta razón tiene Smith. Porque vivimos en un odioso despertar de la serpiente nacionalista. Apesta a nacionalismo por todas partes. Apesta en Italia, donde los Fratelli han conquistado el poder de la noche a la mañana con el consabido y siempre eficaz en cualquier idioma, “prima gli Italiani”. Apesta en Rusia, donde la población (mayoritariamente) acepta con alegría que lleven a los padres de familia al matadero para inmolarse en el altar de la Madre Patria. En Estados Unidos, con los locos del MAGA. En España, con los majaderos (y majaderas) empeñados en contrarrestar con torpes manipulaciones históricas la llamada leyenda negra (que también nació desde otro nacionalismo, el de los anglosajones y holandeses…) En fin, aceptemos que también apesta en Francia, donde se avecina un cambio como el italiano, lo cual tiene su lógica porque los franceses han sido los verdaderos inventores de la idea nacionalista, en un arco conceptual que va desde Juana de Arco a De Gaulle, pasando por el Rey Sol, los Napoleones o Ernest Renan, el primero en elevar la vulgar pulsión nacionalista a la categoría de doctrina, lo que inspiró a los nacionalistas germanos en su periplo hacia la Gran Guerra y la Shoah.

Hablo de esto con una amiga que lo ve de distinta manera. Me dice que una cosa es el nacionalismo, que es malo según ella, y otra el patriotismo, que es harto loable…

Bueno, yo no alcanzo a ver la diferencia entre esos dos conceptos. Me da que son objetivamente iguales. Solo cambia  la actitud o posición de quien usa uno u otro. Esto se da en otros ámbitos. Cambiar las palabras ayuda mucho a hacer malabarismo con las ideas.

Por ejemplo, lo que para uno es libertad, para otro es libertinaje. Hay muchos más ejemplos.

¿Qué es el patriotismo?

Pues muy sencillo; el nacionalismo es el simplemente el patriotismo del otro.

También hizo cosas buenas.

En este triste renacer de los neofascismos, se escucha a veces aquello de “también Franco hizo cosas buenas”.

Hombre, faltaría más. Cuando oigo esta bobada, me siento tentado a protestar diciendo que es bastante difícil que en cuarenta años de dictadura no haya habido al menos alguna iniciativa constructiva distinta a la represión y la propaganda. Algún tendido ferroviario…unos cuantos pantanos…

Pero hay una replica genial, infinitamente mejor que la mía, y es la que debemos a Pessoa, dicha en los tiempos en los que el Duce dirigía los destinos de Italia. La transcribo íntegra:

“La principal obra del fascismo es la mejora del sistema ferroviario. Los trenes ahora funcionan bien y llegan siempre en hora. Por ejemplo, tu vives en Milán, tu padre vive en Roma. Los fascistas matan a tu padre, pero tú tienes la certeza de que, tomando un tren, llegarás a tiempo al funeral.”

No se puede ser decir mejor.

Id a cumplir audazmente con vuestro deber militar.

Durante estas semanas no publico nada. Estoy, temporalmente, en otros menesteres. Pero a veces me llegan cosas que me obligan a desahogarme escribiendo y romper mi propósito de dejar a un lado el blog.

Un ejemplo son las infames palabras que nos ha obsequiado esta semana, en un sermón pronunciado en el monasterio Zachatyevsky, “su Santidad” (esbiatieshi) Kirill, ese repulsivo patriarca moscovita de la Iglesia Ortodoxa, con ocasión de la movilización decretada por el gobierno del Kremlin. 

Esto es lo que ha dicho este majadero: 

“Id a cumplir audazmente con vuestro deber militar. Y recordad que si dais la vida por la Patria, por vuestros amigos, entonces vais a estar con Dios en su reino, con gloria y vida eterna”.

Me deja totalmente perplejo que en pleno año 2022 alguien siga vendiendo esta porquería que ha ido a llevando al matadero a millones de seres humanos, siglo tras siglo.

De hecho, me asombra tanto la frase, que he tratado de descartar que no se trate de un ejemplo más de la burda propaganda que ambos bandos del actual conflicto divulgan a diestro y siniestro, como se hace siempre en las guerras.

Así que he hecho una pequeña búsqueda y, sí, he podido confirmar el disparate del mentecato Cirilo. Lo publican medios digitales rusos, oficialistas o no, como exler.ru, biwork.ru, ok.ru y otros muchos.

De modo que por si alguien, al igual que yo, no alcanza a creer que esto pueda ocurrir en nuestros tiempos, con mucho gusto transcribo aquí las palabras originales del pérfido barbudo que invita, como tantos carniceros de la Historia, a aceptar la muerte a fin de cumplir el mandato divino y conseguir la gloria eterna. Leer para creer:

“Идите смело исполнять свой воинский долг. И помните, что, если вы жизнь свою положили за Родину, за други своя, то вы будете вместе с Богом в его Царствии, славе, вечной жизни”

Amor y banca

–Según ciertas estadísticas, siete de cada diez personas manifiestan odiar intensamente a los bancos. Y los ven como sus enemigos. Esto se ha acentuado con los nuevos despidos por miles que avecinan. Y que coinciden con los escandalosos aumentos de megasueldos de los capitostes bancarios que propician esos despidos.

–Se puede comprender el rechazo, desde luego. Pero ese odio africano no es cristiano. El evangelio nos enseña que hemos de amar a nuestros enemigos.

–Sin duda. Amemos a nuestros enemigos. Así se dice. Pero olvidas un pequeño detalle.

–¿Cual?

–El contexto. Esa bella idea evangélica sobre el necesario amor a los enemigos se enuncia justamente en el contexto de una proscripción clara de la actividad bancaria.

–No puede ser.

–¿Que no? Te transcribo literalmente lo que escribió el evangelista Lucas:

» y si prestas a aquellos de los que esperas recibir ¿cuál es tu mérito? Son los pecadores los que conceden préstamos para obtener otro tanto. Amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad, sin obtener nada a cambio”.

–Pues sí.

Lo maravilloso en las baldosas.

Estamos en el jardín, descansando tras un paseo en bici y recibiendo los últimos rayos de sol del verano. Diego se me queja de que le durante el trayecto le he ido dando “la brasa” con eso de que sus odiadas matemáticas están-misteriosamente-en todas partes. 

Me pide un ejemplo clarito y definitivo. Al menos un ejemplo.

Pensativo, miro al suelo del jardín unos instantes y, contemplando las baldosas, se me ocurre una idea. 

Entro a buscar un rotulador, se lo entrego y le pido que lo tire al suelo. 

–Vale.

Le digo que se fije si el rotulador cruza alguna de las líneas horizontales que forman las baldosas. Me dice, correctamente, que en este caso, no.

Entonces yo le propongo un juego consistente en apostar. Si al tirar al aire el rotulador se produce un “cruce”, gana él 1 céntimo. Si no hay “cruce”, gano yo 1 céntimo. 

Me dice que vale y yo le digo que pensándolo bien mejor no jugamos. Resulta que yo conozco las razones matemáticas que me darían a mí la ventaja. Y eso no sería leal. 

Diego me pide que le explique el asunto. Lo hago con gusto.

Resulta que la probabilidad de “cruce” es, obviamente, directamente proporcional al tamaño del rotulador  e inversamente proporcional al ancho de las baldosas. Cuanto más largo sea el rotulador y más estrechas las baldosas, mayor probabilidad de “cruce”.

Por lo tanto, una primera aproximación “burda” a la probabilidad buscada sería dividir ambas medidas (13cms y 21 cms respectivamente), lo que nos daría un resultado de 0,62, o sea, 62% en términos de probabilidad. Esto, al menos, no nos suena raro: obviamente la probabilidad será menor de 1 (puesto que el rotulador mide menos que el ancho de las baldosas) y mayor que 0, pues es seguro que en algún caso el rotulador caerá sobre las líneas. En este sentido, 62% no suena mal…

Ahora bien, si hacemos la prueba cientos de veces, comprobaremos que la frecuencia con la que aparece el “cruce” del rotulador con las líneas no es 62% sino bastante menos, y que va a aproximándose al 40% de los casos a medida que lanzamos el rotulador. Solo el 40% de los casos cruza el rotulador los bordes de las baldosa.

–¿Y?–Replica Diego, con el temible monosílabo.

Pues lo interesante es que esa frecuencia de un 40% aproximadamente es el resultado de utilizar un hallazgo matemático que debemos al francés Buffon, del siglo XVIII. Este matemático demostró que la frecuencia con la que se produce el “cruce” en problemas como el que nos ocupa tiende a ser el resultado de multiplicar esa relación entre el tamaño del “rotulador” y el “ancho de la baldosa” por un número mágico de infinitos decimales que empieza por 0,636…. 

–Ya…

–Por eso, en nuestro caso, la frecuencia es el resultado de multiplicar 62% por 0,636…, lo que da, redondeando, el 40% mencionado. Si tuviésemos tiempo para lanzar miles de veces el rotulador, lo comprobaríamos. Así que sí tú apuestas a que se produce el cruce, acabarás perdiendo. Tu posición es mala en proporción 40/60.

–Vale. ¿Y a dónde llegamos con todo esto?

–Pues lo maravilloso es que ese numerito mágico de Buffon, esto es el 0,636…(que es el que nos ayuda a calcular la frecuencia, y por añadidura la probabilidad, del cruce) es precisamente el resultado de dividir 2 por el número π. Repito, 0,636…es simplemente 2 partido por 3,1415…o sea, 2 dividido por π.

–¿Y qué?

–¿No te parece fascinante que el número π, que se diría relacionado con las circunferencias y los ángulos, acabe apareciendo entre las baldosas del suelo que estamos pisando? ¿No es esto una prueba de que las matemáticas están por todas partes?

–Puede ser–me reconoce Diego mirando pensativo al rotulador que está en el suelo. Y yo quiero pensar que le he inducido un poco a mirar las matemáticas con asombro y curiosidad. 

A mirarlas como una de las cosas más maravillosamente misteriosas de nuestro mundo, que son muchas.

A lo mejor lo consigo.

El Efecto «Cobra»

Cierto periódico nos dice esta mañana que, a consecuencia de las medidas del gobierno, la electricidad está siendo pagada carísima en estos momentos. En otro lugar leo que el impuesto a los bancos acabará incrementando el gasto de los usuarios.

Yo no se si será cierto, pues tanto las políticas fiscales como el tema del control de precios me parecen asuntos de metafísica complejidad en los que me da pereza entrar. Lo que sí se es que a menudo, se dictan normas con demasiada alegría y sin mucho análisis. Y se consigue, no pocas veces, resultados opuestos a los que se persiguen.

Yo le llamo a esto el efecto cobra. Explico por qué.

En cierta ocasión, el gobierno colonial británico, en la India, comprobó que las mordeduras de las cobras estaban produciendo muchos accidentes graves. Así que, ni corto ni perezoso, dicho gobierno estableció sustanciosas recompensas a quien entregase cobras muertas.

A partir de la publicación de la norma, miles y miles de indios se dedicaron a criar cobras para después matarlas y recibir la compensación.

El gobierno colonial comprobó horrorizado el resultado de su apresurada medida, así que decidió sancionar a quien criase cobras.

El resultado fue que los que criaban esas serpientes, enfadados, las soltaron por las calles. Con ello, en solo unos meses, las medidas del gobierno consiguieron que hubiese tres veces más cobras que al principio.

Por el perfil de los prebostes y prebostillos que padecemos (y por sus obras) me malicio que, en sus manos, el Boletín Oficial del Estado es algo parecido a un Magnum 45 en manos de un chimpancé.

Y me da la impresión de que vamos a acabar teniendo cobras por doquier.

Infelix minuendo corpus.

Al hilo de lo que escribí ayer sobre la degradación del pan, en paralelo a su cada vez menor consumo, me pregunta Cristina si no habrá una relación causal entre ambas cosas; es decir, si no será que se come menos pan precisamente porque se hace incomestible (especialmente cuando han transcurrido algunas horas desde su compra, como cualquiera de nosotros puede comprobar).

Realmente no acabo de ver esa hipótesis. El descenso del consumo de pan responde a razones sociológicas relacionadas con el estigma del pan como alimento básico propio de un pasado de miseria, con el crecimiento de la renta disponible y con la presión publicitaria de los fabricantes de muy rentables productos procesados.

Sin embargo, lo que me dice Cristina tiene un fondo indudable de razón, al menos en la visión panorámica. Nuestra sociedad es autodestructiva: se va devorando a sí misma al ritmo mismo del llamado progreso. Creemos que nos comemos el mundo, pero somos nosotros los que nos comemos a nosotros mismos. Todo lo que nos rodea confirma esta pulsión autofágica: la crisis climática, las pandemias, las guerras, la inflación, la desertificación, las sequías, o el espectro de una nueva e inesperada escasez que afecta desde los microchips hasta los cereales

–¿Esto es así ahora o ha sido siempre así?– me pregunta Cristina.

Pues–le contesto–a lo peor es una constante en la trayectoria de la Humanidad. Bastaría evocar un fascinante mito de la Grecia antigua para comprender que la autofagia puede ser la verdadera condición del «hombre que cree que progresa«.

–Ya estás con la mitología. No falla. Tan pronto surge un tema, te marcas una referencia etimológica o mitológica–me protesta Cristina, mientras sujeta con esfuerzo a Kira, que trata denodadamente de ir a saludar al setter que ladra tras una verja.

Claro-replico-la etimología y la mitología nos desvelan verdades ocultas a las que de ninguna otra forma accedemos. Verdades que están en el alma de las palabras o en lo profundo de nuestros temores y ansiedades.

–¿Y cuál es ese mito griego del que hablas? Te doy tres minutos para que me lo cuentes. Ni uno mas.

–Es el mito que nos habla de un personaje, soberbio y tiránico, llamado Ericsicton, rey de Tesalia. Nos da detalles sobre él, entre otros autores, Ovidio, en las Metamorfósis. 

–¿Y que le pasa a ese tal Ericsicton?

–Ovidio nos dice que en cierta ocasión a este matón le dió por construir un majestuoso nuevo techo de madera para su sala de banquetes y decidió talar a golpe de hacha un gran árbol milenario consagrado a la diosa madre protectora de la Tierra, esto es a Demeter (la Ceres latina, eso es la diosa de los cereales). Como castigo por su transgresión, Demeter ordenó a Limos (el Hambre) que tocase el vientre del voraz Ericsicton y lo convirtiese en un ser insaciable; cuanto más comiera, más debería crecer su apetito.

Ericsicton, ya incapaz de conseguir saciarse, fue vendiendo todas sus posesiones a fin de poder comprar más comida. Incluso vendió a su propia hija. Pero era tal su hambre que no había forma de calmarla. Terminó como un mendigo, devorándose a sí mismo y comiendo sus propios miembros. «Et infelix minuendo corpus alebat«, termina Ovidio el relato, esto es, «el infeliz alimentaba su cuerpo disminuyéndolo«

–Pues la verdad, si que parece que este mito habla de lo que nos pasa–me dice Cristina, a punto de entrar ya en su casa–da mucho que pensar este mito de Ericsicton

–Lo que también da que pensar es que el movimiento ecologista no haya divulgado este delicioso relato cautelar. Solo se puede explicar eso por la cancelación del saber humanístico en nuestros tiempos. 

–Lo cual, en cierto modo, también podría ser otra consecuencia de la obsesión por devorarnos a nosotros mismos..

-Sí, De nuestra tendencia hacernos cada vez más infelices devorando o cancelando lo mejor que tenemos a nuestro alrededor o en nosotros mismos.

–Infelix minuendo corpus…

–Eso.