Me pregunta un amigo por qué escribí el otro día que la llamada inteligencia artificial del Chat GPT no es ni inteligencia ni artificial.

Le confirmo que veo el término inteligencia artificial como una falacia . Como mucho entendería que el dichoso ChatGPT, en sus diversas versiones, se calificase de lenguaje artificial. 

No hay inteligencia en lo que produce el ingenio. Ni artificial ni “natural”. 

Hay lenguaje, eso es innegable. Pero no hay más inteligencia en ese sistema que en el loro que repite una y otra vez “lorito bonito” desde su jaula. 

La comparación con el ave parlanchina está bien traída y es bien conocida. Los loros, lo sabemos bien, emiten sonidos que son como nuestras palabras. Y tiene también sentido el adjetivo «estocástico» conjetural, que viene del griego stokhos, la diana sobre un pilar (stoa) a la que apuntaban los arqueros griegos, y connota la idea de evaluación probabilística, en referencia a la «habilidad» de estos ingenios informáticos para explorar la base de datos en segundos y encontrar la palabra que con más frecuencia sigue a la que la precede.

La primera en utilizar esta feliz metáfora de los «loros estocásticos» fue la científica etíope Timnit Gebru en su famoso “paper” sobre lenguaje artificial titulado “On the Dangers of Stochastic Parrots”, que, por cierto, le costó la pérdida de su puesto como investigadora en Google. Esta admirable ingeniera de computación, que después de haber sido a los 15 años una refugiada más de los horrores de la guerra de Eritrea, arribó a Estados Unidos y consiguió graduarse en Stanford, alertaba, junto a tres destacados colegas, sobre los riesgos de esta mal llamada inteligencia artificial.

Gebru nos daba la pista de que la inteligencia artificial, de no tomar medidas preventivas (y nunca se toman en este barco loco que es el mundo cuyo rumbo solo lo marca la avaricia y el afán de poder) estaba destinada a consolidar el pensamiento único, dar por bueno lo que solo es pensamiento convencional, sesgar ideológicamente el conocimiento, exterminar el sentido crítico del individuo, cuestionar la creación artística, desarmar progresivamente al ser humano de sus genuinas capacidades cognitivas y creativas, sabotear el sistema educativo y consolidar la hegemonía de los más poderosos social y económicamente.

Mucho de peligro y nada de inteligencia hay por el momento en estos loros estocásticos  que se limitan a colocar una palabra tras otra de acuerdo con algoritmos de inimaginable complejidad y bases de datos colosales. 

Aunque, pensándolo bien, la referencia de Gebru a las aves parlanchinas es un tanto injusta.

Porque se ha demostrado una y otra vez que los loros son mucho más inteligentes de lo que pensamos.

Anteayer, por ejemplo, tuve noticias de un divertido experimento (Rebecca Kleinberger, Northeastern University) en el que se ha demostrado que los loros son capaces de comunicarse perfectamente entre sí por videollamadas (Zoom, Meet, Teams…etc).

Algo que, por cierto, a mí me cuesta bastante.

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