Me comenta Laura los muchos anuncios de cruceros que están apareciendo estos días de Enero. Le extraña esta gran concentración de publicidad de algo que prácticamente solo tiene sentido en la estación veraniega. 

–¿Con este frío y hacen publicidad de cruceros veraniegos?

–Cada año es lo mismo–le indico–Estamos en lo que en el mundo de los cruceros se llama “wave season”, el período que cubre dos o tres meses, de Enero a Marzo. Las navieras concentran en esta “Wave Season” todos sus esfuerzos de márketing, pues necesitan contar con el máximo número de reservas anticipadas, de cara a planificar de forma rentable las singladuras. En primavera o verano ya no hacen publicidad, pues una nave dispuesta a navegar tendrá ya la práctica totalidad de plazas vendidas o simplemente no saldrá del puerto.

–Pues el caso es que me parecen tentadoras todas esas ofertas de viajes maravillosos…Lo malo es que siempre me mareo en los barcos. Y acabo vomitando.

–No tiene nada de raro. Creo que es algo que le ocurre regularmente al 30% de la población. Y parece que tres cuartas partes de los que han navegado lo han sufrido en alguna ocasión. Incluso los profesionales. Consta por ejemplo  (por una carta) que Lord Nelson se mareaba a menudo. Y también consta (por otra carta, tal vez apócrifa) que el Duque de Medina Sidonia, al que el imprudente Felipe II asignó el mando de la Invencible, no soportaba el movimiento de las olas: “yo no me hallo con salud para embarcarme–le protestaba el Duque al Rey– porque tengo poca experiencia de lo poco que he andado en el mar, que me mareo, porque tengo muchas reúmas”.

Laura se ríe. Y terminamos esta conversación de temática náutica, porque me dice que tiene prisa. 

Pero yo me quedo meditando sobre el hecho mismo del mareo.

¿Por qué diablos nos mareamos? Y, más específicamente ¿por qué el mareo nos hace vomitar?

Hago un esfuerzo por recordar algo que leí hace tiempo. Al parecer, nos mareamos porque nuestro cerebro no entiende bien lo que está pasando. 

La función básica, el sentido original, del cerebro humano no es pensar, como puede creerse, sino permitir el movimiento, hacer posible la consecución del alimento y poder escapar de los depredadores. 

Sí. El cerebro y los sentidos son el sistema que se empezó a desarrollar desde que aquellas criaturas marinas varadas en las lagunas creadas por grandes mareas (hace millones de años la Luna estaba mucho más cerca de la Tierra) se vieron obligadas a sobrevivir moviéndose en tierra firme. 

Y lo interesante es que este sistema cerebral de movimiento tiene un carácter “automático”, por decirlo así. Es un sistema anclado en la parte reptiliana, en los abismos ancestrales de nuestro cerebro. Por eso nos movemos eficazmente sin tener que pensar en cada paso. Incluso podemos caminar  como sonámbulos. Este pequeño milagro es posible gracias a los llamados mecanismos de propiocepción, es decir, aquellos que nos permiten percibir cómo está dispuesto nuestro cuerpo en cada momento y ajustar convenientemente nuestro equilibrio y la posición de nuestros miembros.

Ahora bien, cuando estamos navegando en un barco, sin otra referencia que el horizonte marino, nuestro cerebro se confunde. Nuestros ojos, y el sistema de propiocepción, nos indican que no nos estamos moviendo, mientras que el sistema vestibular del oído interno nos indica lo contrario. Todo este caos lo tratamos de procesar y hacer coherente en lo profundo de nuestro cerebro reptiliano, sin éxito.

Entonces, ese cerebro reptiliano, al que le debemos la supervivencia de la especie durante millones de años, llega a una conclusión: nos están envenenando; no hay otra opción.

Y esta convicción reptiliana es la que genera la irresistible náusea (palabra etimológicamente relacionada con la navegacion) y el vómito. 

O sea, que el ser humano vomita ante la incoherencia profunda de la información que nos mandan los sentidos. Creemos que algo nos está envenenando y nos las arreglamos para vacíar cuanto antes nuestro estómago.

¿No es fascinante?

Sin duda. Es un maravilloso ejemplo de los muchos «bugs», como se diría ahora, de nuestro cerebro primitivo. 

Medito sobre estas cosillas mientras paseo con Mao, en una mañana gélida.

Y estas elucubraciones de mi mente errabunda me llevan a pensar si la sociedad, a la que podríamos atribuir una especie de entendimiento agente, tal como hacía Aristóteles, reacciona también ante la incoherencia de todo lo que está viendo y viviendo: belicismo, corrupción, avaricia, manipulación mediática, degradación democrática…

¿Puede sentirse envenenada la sociedad como un todo? ¿Puede experimentar también la colectividad el mareo y la náusea?

Tal vez. 

Pero me temo que la forma que adopta el vómito, en la escala social, no sea otra, ay, que el ciego, tóxico y nauseabundo auge de las mil y una formas de populismo que estamos padeciendo…

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