Ayer fue viernes 13 y no parece que ocurriese nada especial en el mundo, si no consideramos especial que prosigan, insufribles, la carestía, el hambre, la guerra y la corrupción en todo el planeta.

Cada viernes 13, alguien me pregunta la razón de este temor al número 13. En realidad, hay mucho publicado al respecto de lo que técnicamente se podría llamar treiscaidekafobia (del griego treis-kai-deka, tres más diez, y fobia, del griego fobos, esto es, temor, odio…)

Se suele mencionar como razón, por ejemplo, el hecho de que fueron 13 los comensales de la Última Cena. El 13 entonces sería el número de la Traición.

Hay también quien busca referencias en no se qué líos de la mitología germánica o nórdica.

Incluso existen explicaciones tan chuscas como el hecho de que fue un viernes 13 cuando se quemó en una hoguera de París al maestre de los Caballeros del Temple, allá por los comienzos del siglo XIV.

Nunca me ha convencido todo esto.

Yo tengo mi particular teoría. Estoy casi seguro de que el temor al 13 está relacionado con un principio de la medicina antigua que estuvo vigente en toda Europa desde los tiempos de Hipócrates hasta el siglo XVI por lo menos. 

Hipócrates (siglo IV a.c), y todos sus seguidores a través de los siglos, especialmente Galeno (siglo II d.c) estaban convencidos de que las enfermedades se relacionaban con los planetas y que por lo tanto, un médico tendría que ser necesariamente un gran experto en matemáticas, geometría y astrología. Con estos saberes a mano, la medicina antigua y medieval establecía que el curso de toda enfermedad implicaba unos ciertos ciclos en los que cierto día el enfermo se ponía malísimo (paroxismo), y al día siguiente se producía la disyuntiva (crisis) entre la recuperación o la muerte. Los planetas y sus posiciones relativas lo determinaban todo.

Para Hipócrates, el primer paroxismo tenía lugar siempre (o mejor dicho, en las dolencias invernales, las más frecuentes según el Padre de la Medicina) en el cuarto día, seguido de una crisis en el quinto y la recuperación (o no) en el sexto. Y así sucesivamente. Pero si la crisis tenía lugar en el día doce, no se podía esperar una recuperación en el día 13, sino a lo sumo en el 14, pues muy frecuentemente, el desenlace era fatal en la jornada decimotercera…

Para mí, que no soy supersticioso (me atrevería a bromear diciendo que no lo soy porque temo que supersticioso me de mala suerte), todas estas historias me traen sin cuidado, incluyendo las disquisiciones planetarias derivadas de la astrología, ese cuento infantil que la Humanidad parece incapaz de proscribir.

Sin embargo, me interesa mucho la concepción de la “crisis” y de las “situaciones críticas” que tenían Hipócrates y, Galeno, a quienes yo me permito atribuir la entrada de estos términos en las lenguas que hablamos.

Para estos protomédicos, la crisis era “un súbito cambio en una enfermedad, bien hacia la muerte o bien hacia la recuperación” (lo entrecomillado es literal de Galeno). Tal vez tomaron el término del léxico de la tragedia griega.

Por su parte, la medicina medieval islámica, alimentada en buena parte por las traducciones de Hipócrates al árabe, tradujo también muy correctamente el término griego κρίσις como buḥrān, es decir, prueba o test. Avicena prefirió traducir el término como fasl, es decir, división. Pero en todo caso la idea es la misma. 

En general, los médicos musulmanes profundizaron mucho en la relación entre los planetas y las dolencias, con la ayuda de los avances astronómicos de Ptolomeo y de instrumentos como el astrolabio, que facilitaban los cálculos astrológicos. De esa vinculación entre los movimientos de los planetas y las enfermedades, ellos deducían la importancia de los diferentes días «críticos» en el curso del mal.

En fin, hoy he mencionado esta interpretación médica original de la “crisis” solo como algo que evoca una cierta esperanza. 

Tal vez, la crisis poliédrica que estamos viviendo sea simplemente un test, una prueba, una división. 

Quizá estamos llegando a ese paroxismo o exacerbación que podría preceder a la recuperación…

Y más vale que lo veamos así.

Más vale que pensemos que, como dice mi amigo Paul, que está sufriendo las turbulencias políticas allá en Perú, las cosas tal vez deban ponerse incluso algo peor, para que empiecen a ponerse bien…

Tal vez haya que llegar, metafóricamente hablando, a la oscura noche del 13, para que amanezca un día 14 tan hermoso como el que he disfrutado este sábado frío y de aire limpísimo, cuando he salido a pasear con Mao por la dehesa, casi al amanecer y me he entretenido pensando en crisis, en planetas y en esperanza.

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