Cada mañana, cuando salgo a hacer correr un poco a Mao, me quedo pasmado mirando un majestuoso acebo que crece apenas a unos pasos de mi casa, junto a la de Cristina. 

He ido viendo como el color de sus frutos, verdes en el comienzo del pasado Otoño, ha ido variando, semana tras semana, hasta llegar a un rojo intenso a mediados de Diciembre. ¿Será esta sincronización una de las claves que hacen de esta planta un símbolo de las fiestas navideñas, con sus connotaciones de paz y fraternidad?

Estos frutos del acebo, que ahora muestran un tono entre carmesí y amaranto, son muy parecidos a los del muérdago, que en los países anglosajones simboliza también el período navideño; o más específicamente el amor, de acuerdo con esa tradición de besarse bajo los auspicios de una rama de muérdago.

Puede tener lógica que tanto el acebo como el muérdago se asocien a la felicidad y al amor, en sus diferentes formas. La explicación debe estar en el hecho de que estos arbustos se empeñan en mostrar este intenso color rojo, que puede asociarse a la sangre y a la vida, en un momento en el que todo en la Naturaleza parece ser fatalmente gris y marchito. 

Eso es quizá lo más propio del amor: rebelarse frente lo inexorable de lo real, renegar del destino, oponerse a la degradación y a la muerte.

Pero cuando me viene a la mente esta idea de la muerte, ya caminando de vuelta a casa, con Mao renqueando tras de mí y su frisbee en la boca, me doy cuenta de que los bellos frutos de ambos arbustos, que parecen tan deseables, son muy tóxicos en realidad, siendo su ingestión fatal en muchos casos. 

El muérdago, además, es una planta parásita, que necesita asociarse a un árbol, penetrar en su corteza lentamente y absorber el agua, las sales minerales y los nutrientes que el muérdago no puede conseguir por sí mismo…Y haciendo todo eso acaba a menudo con el árbol que parasita.

Prefiero no seguir con estos pensamientos. Quizá son la consecuencia de la noticia que he leído esta misma mañana, sobre el enésimo crimen de género. Me ha producido escalofríos constatar que unirse a una pareja parece ser una de las conductas más peligrosas que pueden realizarse en la actualidad. 

Recuerdo un estudio publicado hace cuatro años por el Ministerio del Interior de España, según el cual el 35% de todos los homicidios está vinculado a relaciones de pareja o ex-pareja.

A partir de este dato escandaloso, se podría decir, en cierto modo, que el amor mata, si no fuese porque no puede llamarse amor al espantoso impulso que lleva a un ser humano a acabar con la vida de otro.

Trato de quitarme estos pensamientos de la cabeza. Y hago esfuerzos por quedarme con la increible magnificencia de esos frutos del acebo impregnados del agua que ha caído en esta lluviosa mañana de enero. 

Al fin y al cabo, la belleza es uno de los pocos consuelos a los que podemos recurrir frente a la brutalidad del odio y del crimen. 

Puede que el amor, mal entendido, acabe matando. Pero la belleza siempre nos regala vida.

Un comentario en “Amor, muerte y belleza.

  1. Yo tengo dos acebos en mi jardín, uno más alto que yo y con frutos, el otro me llega por las rodillas y debe haber sufrido mucho con la sequía de este verano, porque no tiene frutos. Los muérdagos que yo he visto por Baviera son de frutos blancos. Y en cuanto al amor y la muerte, es tema para escribir una enciclopedia entera.
    Feliz domingo, José Luis, un abrazo.

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