Mientras las chicas y Kenny parecen entretenidas viendo la película, yo me distraigo meditando sobre el milagro de las palabras y sobre el mensaje de unidad que nos transmiten.

Avatar es un perfecto ejemplo de esta idea de profunda unidad. Para nosotros, avatar significa vicisitud o, más precisamente, y en relación con el uso actual, identidad virtual en el mundo de los videojuegos.

Pero es bien sabido que avatar deriva del gerundio sánscrito avatarati con el significado de «descender atravesando«. Esta palabra sánscrita es la usada por la religión hinduista para referirse a cualquiera de los múltiples episodios de reencarnación del dios Vishnu (el último sería el de Buda Siddharta). Un avatar es cualquiera de esos episodios en los que la deidad hindú cambia su aspecto aparente, atravesando su identidad previa, por así decirlo, y haciéndolo mediante un descenso desde lo alto.

Ahora bien, en esa palabra de la lengua sagrada del Indostán, aprecian dos elementos.

Por un lado, ava, o aua, con el sentido en sánscrito de algo que está fuera, en otro lado. Esto nos conduce a la raíz indoeuropea «au», con ese mismo significado, que resulta ser el antepasado etimológico de palabras como away en inglés («fuera»), autem en latín («por otro lado») o öde en alemán («desolado», «aislado»…), por citar solo unos pocos ejemplos…

Y en cuanto al otro elemento de avatar, nos lleva al sánscrito तरति, tarati, con el sentido de atravesar. Un sentido que, a partir de la raíz protoindoeuropea *terə, también encontramos en numerosas palabras de nuestro idioma, como atravesar, tránsito, transponer…(incluso tarot, como creo haber comentado en otro lugar, pues los primeros naipes de tarot estaban artesanalmente “taladrados»). Por supuesto, esta raíz *terə también tiene descendientes en otros muchos idiomas de nuestro entorno, baste citar por ejemplo, la preposición inglesa «through«, con el sentido de atravesar, cruzar…

Precisamente, focalizando en el inglés moderno, el término avatar podría traducirse muy literalmente por algo así como «awaythrough», que suena muy parecido a avatar, ¿no es cierto?. Por eso me resulta fascinante esta curiosa conexión entre el idioma que hablaban los sacerdotes hindúes de hace miles de años, con el habla actual de una buena parte de los habitantes del planeta.

–Pero, ¿de verdad te has pasado dando vueltas a todo ese lío lingüístico durante las tres horas que ha durado la película?–me pregunta Mercedes cuando comento por encima estas reflexiones, mientras tomamos unos tacos a la salida del cine.

–Qué remedio–respondo–eso o dormir una siesta; la película me parecía insoportable, infumable, inaceptable y todos los demás términos derogatorios terminados en able que se os puedan ocurrir.

–¿En serio?

–En serio. Este nuevo «Avatar», es una chapuza de tres interminables horas. Ciertamente es un despliegue sorprendente de tecnología audiovisual, eso es innegable. Pero el relato parece la obra de un alumno de un curso de escritura cinematográfica, y no de los más aventajados de la clase.

–Ja, ja. Tú siempre tan maximalista y tan dogmático.

–Puede ser. Pero es que hay que ser radical cuando un tipo como este director, consigue (o le dejan) quemar dos mil quinientos millones de dólares para contarnos una historia que no es sino un vulgar refrito de narrativa barata. Su guionista-dios lo confunda-se ha limitado a preparar un chopsuey mediante el vulgar expediente de meter sin más en la olla una película de cowboys o de indios, la mala conciencia de la sociedad norteamericana por Vietnam, Irán o Wounded Knee, la ambivalente mitología y los discutibes usos de los «marines» (watch your six!, dice todo el rato el malo de la peli–de nombre Miles, es decir, soldado–para reclamar atención en la retaguardia), la preocupación colectiva por la ecología y la sostenibilidad del planeta, el feminismo más elemental (es la madre la que furiosamente pelea y salva la situación), el miedo abstracto a la tecnología, la dialéctica primaria entre primitivismo y civilización, el conflicto entre padres e hijos, el capitalismo extractivo, la consabida voracidad empresarial, la sacrosanta unidad de la familia tradicional (pero solo la basada en la sangre, claro está), la inteligencia artificial y sus desafíos, la memez de la singularidad y el no envejecimiento, las identidades virtuales, el metaverso, las evocaciones de Titanic y su naufragio y qué se yo cuantos topicazos y estereotipos más.

–Vaya, pues sí que parece que te ha fastidiado la peli. El caso es que a nosotras nos ha gustado bastante…Y a Kenny también.

–Puedo entenderlo, pues el espectáculo visual es soberbio. Pero ahí no hay nada más que tecnología. Pura y fría tecnología. Desde el punto de vista artístico no es mejor esa película que un frigorífico. No hay nada de todo aquello que debe caracterizar a una obra artística, esto es, la capacidad para conmovernos, para elevarnos, para emocionarnos, para hacernos llorar o reir o soñar, para admirar la creatividad del autor. Para sentirnos mejores después de ver la obra. Nada.

–Pero la película tiene un mensaje ¿no? Al menos nos dice que debemos deshacer el camino que nos ha alejado de la Naturaleza…

–Tampoco lo veo claro. Y ciertamente yo no quiero estar en un mundo como ese Club Mediterranée de los «navis» pasados por agua, en el que no hay nada de lo que a mí me hace algo más soportable la existencia, es decir, pensamiento, filosofía, arte, música, literatura, historia, ciencia…

–Ni ajedrez, ja, ja…

-¡En efecto! Si acaso hubiese ajedrez…

En fin, este soporífero film solo me parece que es un juguete carísimo de James Cameron, que se lo habrá pasado de maravilla creando su fantasía particular y consumiendo para ello una ingente cantidad de dinero que supera el producto nacional bruto en todo un año de un país como Somalia, por poner un ejemplo. Esta película es una versión moderna de las pirámides de Egipto o los jardínes colgantes de Babilonia; es el delirante capricho de un faraón, un Nerón o un sultán loco…Y lo malo es que incluso tendrá cierto éxito comercial (aunque tengo mis dudas).

–Bueno, la película ha tenido al menos la ventaja de hacerte meditar sobre palabras y etimologías, como nos decías antes. 

–Cierto. Lo interesante de Avatar es, como mucho, el título. Todo lo demás es prescindible. Volvamos a ese asunto…Os iba diciendo que la palabra avatar nos evoca la profunda unidad de nuestra especie…

–Mejor no. Que ya es muy tarde y hay que sacar a Mao a dar un paseo…

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