Mientras desayunamos, comentamos Marta y yo lo ocurrido ayer en Catar. Ya es bien sabido: los jugadores del equipo de Irán se negaron a cantar su himno, como protesta por la opresión que están sufriendo las mujeres en su país. Con sus bocas rabiosamente cerradas, con su silencio atronador, tal vez gritando interiormente la hendiatris de la actual revuelta persa-¡Mujer, Vida, Libertad!– se arriesgaron a todo. Incluso a perder la vida. Y esto es así por el disparatado uso que hacen las autoridades de su país de la repugnante noción “jurídica” de “guerra contra dios”. 

El gesto de los once futbolistas iraníes vale por todas las quejas que millones de nosotros podamos hacer desde el confort y seguridad de nuestro entorno. Ese gesto sobre el césped es verdadero coraje. Ese gesto es bravura. Ese gesto es dignidad. Ese gesto es lo que nos reconcilia de golpe con el género humano a todos los que estamos contemplando la ignominia de ver cómo un evento deportivo mundial se celebra en un siniestro feudo tiranizado por, infames, opulentos déspotas, con la manos manchadas de sangre.

La rebelión en Irán parece ya imparable. 

Mientras los fubolistas hacen llegar al mundo entero su gesto de valor, las mujeres en Irán siguen cortándose el pelo en señal de protesta. Son cada día miles las que lo hacen, decenas de miles tal vez, y lo vienen haciendo, más y más, desde que Mahsa Amini fue masacrada por la policía, tan solo por el crimen de no llevar el velo correctamente, vestir con faldas, cantar canciones y sonreir.

En este punto, Marta me pregunta por el sentido simbólico del corte de cabellos. Le indico que en la Persia medieval, hace más de un milenio, hay referencias literarias, por ejemplo en el poema épico Shahnahmeh, que ya nos hablan de una tradición secular persa según la cual las mujeres se cortan violentamente el pelo en circunstancias de luto o duelo. También nos sonarán las muchas veces que la Biblia menciona la costumbre de “mesarse (del latín metere, segar) los cabellos” como muestra de profundo dolor (junto con “rasgarse la vestiduras”).  En el antiguo Egipto, se sabe que las plañideras se tiraban del pelo en los funerales. Y, por cierto, en Occidente ha existido siempre la curiosa costumbre de conservar algo de los cabellos de los seres queridos desaparecidos, haciéndolos formar parte de esos pequeños y un tanto morbosos relicarios o bordados llamados guardapelos.

El cabello humano parece pues estar entrelazado con el amor, con la vida, y con la muerte. También con la libertad, como atestigua el tsunami de rebeldía femenina en Irán.

Para concluir la conversación, pues ya se hace tarde, y al hilo de estos comentarios sobre los cabellos y el duelo, le pregunto a Marta si recuerda una hermosísima copla del cancionero flamenco que cierto día escuchamos en una peña flamenca, cantada por gentes cuyos ancestros hunden también sus raíces remotas allá por Oriente Medio. Es una copla por seguidillas que habla también de cabellos cortados, de amor, de vida y de muerte. Sí que la recuerda. Debe ser de las cosas que no se olvidan nunca:

“Cuando me muera…/…te pido un encargo…que con las trenzas…/…de tu pelo negro…/ me amarres las manos…”

2 comentarios en “Zan, Zendegi, Azadi.

  1. Saludos, José Luis. Como siempre, de acuerdo contigo.
    Tengo una cuestión lingüística. Lo que yo aprendo de mi afgano es dari coloquial y no farsi oficial , por eso él pronuncia zendagi, pero me parece que en Libertad podría haber un error de consonante, yo he aprendido azadi.

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