Paseo con Mao en la mañana de llovizna y justo al llegar a casa de vuelta me encuentro con una flor marchita en el jardín. 

Unos instantes después, Mao, con un delicado gesto, me avisa de que es hora de entrar en casa. Solo entonces me doy cuenta de que me he quedado estático, ensimismado todo ese tiempo, observando cada detalle de esa flor ajada. Ha debido ser varios minutos.

¡Qué instantes de lucidez bajo la lluvia! ¡Qué sensación de comprender hasta qué punto la naturaleza puede ser inmensamente creativa! ¡Qué intuición sobre el poder del paso del tiempo para enriquecer las cosas con una pátina de belleza y llenarlas así de una rara emoción!

Me doy cuenta de que es esa la noción wabi-sabi, el principio estético del budismo zen. Es la sublimación de lo que aparentemente es triste, pesimista, melancólico (wabishi), cuando se combina con la idea de soledad, de abandono, de austeridad y de elegante envejecimiento (sabishi). 

La contemplación de esa flor otoñal, embellecida delicadamente por las gotas de lluvia ha sido como entrar profundamente, con un corazón melancólico, en una montaña de sabiduría. Justo lo que expresó, en un verso inmortal, Fujiwara no Shunzei, el poeta medieval japonés que mostró, acaso por vez primera, el camino luminoso/numinoso del wabi-sabi…

Eso es: entrar profundamente en la montaña, con un corazón melancólico…wabishi, sabishi.

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