Son estos unos días de muchas calabazas. Mercedes me pregunta por qué esta suculenta legumbre (que en realidad es una fruta o una baya grande, pues contiene semillas y nace de una flor) se relaciona con estas detestables celebraciones de lo siniestro y de la muerte. 

–Tengo alguna idea, pero la verdad es que es asunto que no me interesa casi nada. 

En cambio, respondo, lo que sí me interesa es encontrar la razón por la que los españoles usamos la expresión “dar calabazas” para referirnos a la contestación negativa de un posible amante ante el requerimiento de quien le corteja.

Hay quien dice que esto se debe a que en los monasterios medievales daban semillas de calabaza a los monjes, a fin de que calmasen su deseo sexual y sublimasen sus instintos. A mí esto me extraña un poco. No acabo de entender que las semillas de calabaza tengan ese presunto efecto anafrodisíaco. En realidad, la farmacopea moderna dice justamente lo contrario, por el alto contenido en zinc de este vegetal, que al parecer ayuda a mantener el vigor sexual. Es verdad, sin embargo, que las calabazas eran algo que se sembraba a menudo en los monasterios. En Pedralbes, por ejemplo, hay una zona importante del huerto monacal dedicado a las calabazas. Puede haber una cierta relación de metonimia por contigüidad.

–Claro, y además, las calabazas vienen de América. Así que no tiene mucho sentido ese pretendido uso en los monasterios medievales…

–Cuidado. Es verdad que algunas variedades de calabazas provienen del Nuevo Mundo, pero otras variedades se conocen desde la antigüedad grecolatina. Anchuroso es el universo de las cucurbitáceas… Basta evocar la imagen de los peregrinos medievales a Compostela, que llevaban junto a su cayado la consabida calabaza en forma de botella (esto es, la calabaza de la variedad a la que los romanos llamaban lagenaria, de lagena, botella o frasca en latín.

Los griegos llamaban a la calabaza “kolokunza” (de kolon, alimento) y es posible que este término sea el que está detrás de nuestro vocablo, cuya etimología no es clara. También existe en el Dic. de la Rae la palabra “abobra”, para definir al mismo vegetal que llevaban los peregrinos. Este término lo encontramos en San Isidoro, aunque en la forma “abobora” (como calabaza en portugués) que es palabra derivada del griego “apópora” (retorcida, por la forma en la que crece la planta), con el que los antiguos se referían a las calabazas usadas en los ritos de fecundidad, por razones visualmente obvias. 

–Muy bien, pero nos hemos desviado del tema. Estábamos en descubrir por qué “dar calabazas” es sinónimo de rechazar a un posible amante.

–Pues mira por dónde, yo no lo tengo nada claro. Ya te digo que no me creo esa patraña de las semillas anafrodisiacas. Así que no se me ocurre cuál puede ser la razón. Y lo curioso es que, hasta donde yo se, esta relación de la calabaza con el rechazo solo se da en España y en…Ucrania.

–¿En Ucrania?

–Así es. No tengo certeza de un sentido parecido al español en Italia, Francia o Alemania. Sin embargo, los ucranianos dicen lo mismo que nosotros. Se dice dar “garbús”. Garbús es calabaza en ucraniano: гарбуз, igual que sandía en ruso; por ello, a todo ruso que pida a un ucraniano sandía, ocurrirá que le darán, en el mejor de los casos, calabazas…Tiene su gracia.

–Así que en ucraniano también…entonces debe haber alguna razón…

–Sí. Pero no la conozco. Y ¿sabes? Puedo sobrevivir sin saberla. Le doy гарбуз a la pregunta.

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