Nos disponemos a cenar en un sencillo restaurante de la Sierra.

Miro la carta y no acabo de decidirme.

Yo me tomaría una sopa, pero ya estoy acostumbrado a no encontrar sopas en los menús de los restaurantes.

Esta ausencia me parece intolerable.

Yo tengo dicho que el mundo se divide en dos tipos de personas.

Por un lado, los bocadilleros, que son todos potencialmente asesinos en serie.

Por otro lado los soperos (como yo) que somos en general personas de gran sensibilidad y buenos sentimientos…

Hay que movilizarse a favor de las sopas y los caldos, que además son comida muy apropiada, por lo económico y austero, para los tiempos duros que se avecinan (recuerdo haber leído que durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno inglés se esforzaba muchísimo en divulgar el consumo de sopas y caldos de verduras entre la sufrida población). 

Si es preciso, debemos ofrecer sólidos argumentos teológicos. Como es sabido, el relato evangélico nos dice que el nazareno gustaba de la sopa, ya que se nos explica que, al menos en la Ultima Cena, el Redentor mojaba el pan en caldo.

Así es, en San Juan leemos que Jesús, “moja” un trozo de pan (βάψω τὸ ψωμίον). Nótese por cierto que ese “bapso” griego es un forma del verbo “bapto”, sumergir algo en líquido, de aquí baptismo y nuestro “bautizo”), 

Después de bautizar ese pedazo de pan en caldo, nos sigue diciendo el evangelista, Jesús se lo ofrece a Judas para que lo coma, y es al ingerir ese bocado cuando, al parecer, Satanás entra en el alma del apóstol deicida…

Para mí no cabe ninguna duda que esto tiene relación con el hecho de que, en la Ultima Cena, el Iscariote no estaba tomando sopa y era preciso que algún otro comensal le ofreciese el pan mojado en ella…Clarísimo.

En fin, teología aparte, el hecho de que en estos procelosos tiempos, las sopas parezcan haber sido proscritas de los restaurantes es, además de muy criticable, paradójico.

Es paradójico porque los restaurantes nacieron precisamente como lugares en los que, principalmente, se servía sopa. 

Verás, amable lector: en los años previos a la Revolución Francesa, las tiendas de alimentación orientadas a la gente humilde estaban sometidas a un océano de impuestos y restricciones legales. Esto hizo surgir un tipo de establecimientos destinados a proporcionar alimentos “restauradores” para los sufridos estómagos de las clases altas, en la confianza de que esos negocios se beneficiarían de una mayor permisividad. Muy astuto.

Y así fue. Florecieron en la capital francesa algunos locales en los que se ofrecían, a precios altos, preparados alimenticios con ciertos supuestos beneficios, digamos, terapéuticos, entre los que destacaban los consomés de carne y otros caldos (también huevos, cremas y valiosas conservas). 

Esos alimentos eran denominados “restaurants”, esto es “restauradores”. Así se indicaba en el Dictionnaire de L’Académie française, que definía “restaurant” como un “aliment qui restaure, que donne des forces”, y en particular “un consommé fort succulent, un pressis de viande”.

Conforme a una obvia metonimia, aquellos establecimientos de París que servían restaurants acabaron denominándose precisamente restaurants

¡He aquí la lacerante y paradójica injusticia de la desaparición de las sopas en nuestras actuales casas de comida…!

En fin, recién venidos al mundo, comenzamos alimentándonos con el nutritivo líquido tibio que nos ofrece el pecho materno.

Y en las horas finales, cuando ya no tenemos dentadura, nos alimentamos con potajes y purés. 

La vida es entonces un simple y confuso paréntesis entre dos sopas.

Con no poco desconsuelo lo constato.

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