Cierto periódico nos dice esta mañana que, a consecuencia de las medidas del gobierno, la electricidad está siendo pagada carísima en estos momentos. En otro lugar leo que el impuesto a los bancos acabará incrementando el gasto de los usuarios.

Yo no se si será cierto, pues tanto las políticas fiscales como el tema del control de precios me parecen asuntos de metafísica complejidad en los que me da pereza entrar. Lo que sí se es que a menudo, se dictan normas con demasiada alegría y sin mucho análisis. Y se consigue, no pocas veces, resultados opuestos a los que se persiguen.

Yo le llamo a esto el efecto cobra. Explico por qué.

En cierta ocasión, el gobierno colonial británico, en la India, comprobó que las mordeduras de las cobras estaban produciendo muchos accidentes graves. Así que, ni corto ni perezoso, dicho gobierno estableció sustanciosas recompensas a quien entregase cobras muertas.

A partir de la publicación de la norma, miles y miles de indios se dedicaron a criar cobras para después matarlas y recibir la compensación.

El gobierno colonial comprobó horrorizado el resultado de su apresurada medida, así que decidió sancionar a quien criase cobras.

El resultado fue que los que criaban esas serpientes, enfadados, las soltaron por las calles. Con ello, en solo unos meses, las medidas del gobierno consiguieron que hubiese tres veces más cobras que al principio.

Por el perfil de los prebostes y prebostillos que padecemos (y por sus obras) me malicio que, en sus manos, el Boletín Oficial del Estado es algo parecido a un Magnum 45 en manos de un chimpancé.

Y me da la impresión de que vamos a acabar teniendo cobras por doquier.

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