Al hilo de lo que escribí ayer sobre la degradación del pan, en paralelo a su cada vez menor consumo, me pregunta Cristina si no habrá una relación causal entre ambas cosas; es decir, si no será que se come menos pan precisamente porque se hace incomestible (especialmente cuando han transcurrido algunas horas desde su compra, como cualquiera de nosotros puede comprobar).

Realmente no acabo de ver esa hipótesis. El descenso del consumo de pan responde a razones sociológicas relacionadas con el estigma del pan como alimento básico propio de un pasado de miseria, con el crecimiento de la renta disponible y con la presión publicitaria de los fabricantes de muy rentables productos procesados.

Sin embargo, lo que me dice Cristina tiene un fondo indudable de razón, al menos en la visión panorámica. Nuestra sociedad es autodestructiva: se va devorando a sí misma al ritmo mismo del llamado progreso. Creemos que nos comemos el mundo, pero somos nosotros los que nos comemos a nosotros mismos. Todo lo que nos rodea confirma esta pulsión autofágica: la crisis climática, las pandemias, las guerras, la inflación, la desertificación, las sequías, o el espectro de una nueva e inesperada escasez que afecta desde los microchips hasta los cereales

–¿Esto es así ahora o ha sido siempre así?– me pregunta Cristina.

Pues–le contesto–a lo peor es una constante en la trayectoria de la Humanidad. Bastaría evocar un fascinante mito de la Grecia antigua para comprender que la autofagia puede ser la verdadera condición del «hombre que cree que progresa«.

–Ya estás con la mitología. No falla. Tan pronto surge un tema, te marcas una referencia etimológica o mitológica–me protesta Cristina, mientras sujeta con esfuerzo a Kira, que trata denodadamente de ir a saludar al setter que ladra tras una verja.

Claro-replico-la etimología y la mitología nos desvelan verdades ocultas a las que de ninguna otra forma accedemos. Verdades que están en el alma de las palabras o en lo profundo de nuestros temores y ansiedades.

–¿Y cuál es ese mito griego del que hablas? Te doy tres minutos para que me lo cuentes. Ni uno mas.

–Es el mito que nos habla de un personaje, soberbio y tiránico, llamado Ericsicton, rey de Tesalia. Nos da detalles sobre él, entre otros autores, Ovidio, en las Metamorfósis. 

–¿Y que le pasa a ese tal Ericsicton?

–Ovidio nos dice que en cierta ocasión a este matón le dió por construir un majestuoso nuevo techo de madera para su sala de banquetes y decidió talar a golpe de hacha un gran árbol milenario consagrado a la diosa madre protectora de la Tierra, esto es a Demeter (la Ceres latina, eso es la diosa de los cereales). Como castigo por su transgresión, Demeter ordenó a Limos (el Hambre) que tocase el vientre del voraz Ericsicton y lo convirtiese en un ser insaciable; cuanto más comiera, más debería crecer su apetito.

Ericsicton, ya incapaz de conseguir saciarse, fue vendiendo todas sus posesiones a fin de poder comprar más comida. Incluso vendió a su propia hija. Pero era tal su hambre que no había forma de calmarla. Terminó como un mendigo, devorándose a sí mismo y comiendo sus propios miembros. «Et infelix minuendo corpus alebat«, termina Ovidio el relato, esto es, «el infeliz alimentaba su cuerpo disminuyéndolo«

–Pues la verdad, si que parece que este mito habla de lo que nos pasa–me dice Cristina, a punto de entrar ya en su casa–da mucho que pensar este mito de Ericsicton

–Lo que también da que pensar es que el movimiento ecologista no haya divulgado este delicioso relato cautelar. Solo se puede explicar eso por la cancelación del saber humanístico en nuestros tiempos. 

–Lo cual, en cierto modo, también podría ser otra consecuencia de la obsesión por devorarnos a nosotros mismos..

-Sí, De nuestra tendencia hacernos cada vez más infelices devorando o cancelando lo mejor que tenemos a nuestro alrededor o en nosotros mismos.

–Infelix minuendo corpus…

–Eso.

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