Se suele decir que la verdad es la primera víctima de las guerras. Eso parece muy cierto, a juzgar por las patrañas que orquesta cada bando para justificar o negar sus propias atrocidades, o para fingir o realzar las del enemigo. 

Pero en realidad no es así. Porque la verdad muere antes de que las guerras estallen. De hecho, la mayoría de las guerras estallan solo cuando la verdad ya se ha retorcido a conciencia.

Todos los conflictos bélicos han surgido del engaño; de un engaño cuidadosamente orquestado por los gobernantes. Un engaño en el que quizá incluso ellos mismos llegan a creer en alguna medida.

No se encontraron armas de destrucción masiva en Irak, pese a los interrogatorios en Abu Ghraib.

Hitler hizo creer a sus ciudadanos que el país estaba amenazado por una conspiración internacional, promovida por los judíos, para destruir Alemania, lo que le obligaba a iniciar una guerra “defensiva”.

Napoleón, tras una larga sucesión de triunfos militares, se embarcó en la catastrófica aventura rusa, tal vez impulsado por el autoengaño de ser invencible y convenciendo a sus soldados de que la Grande Armée se disponía a un simple paseo militar por las estepas.

Y en nuestro tiempo, estamos viviendo una guerra que ha surgido tanto del engaño previo sistemático al pueblo ruso sobre la malignidad de los “nazis” ucranianos, como de la hábil propaganda occidental orientada a reforzar la idea de una Rusia siempre expansionista y tiránica.

Los hombres engañamos y nos autoengañamos. Y de qué manera. Tenemos una extraña habilidad para hacerlo. De hecho, pudiera ser que la explicación real del fenómeno humano sea justamente el asombroso talento de este simio que somos para autoengañarse y para engañar al prójimo. Este factor, junto con la extraña capacidad para pensarse a sí mismo, para tener “conciencia del yo personal” y para promoverlo por todos los medios, podría explicar lo que somos y lo que hacemos, especialmente en los aspectos más negativos de nuestra trayectoria como especie.

Se me puede protestar que todos los animales engañan. Y es cierto. El engaño tiene lugar en todos los ámbitos de la Naturaleza. Un pez agitará parte de su cuerpo para simular que es un gusano, de tal forma que atraerá a otro pez y se lo comerá. Un insecto imitará la forma y color de una ramita para evitar ser devorado. Y hay mil casos más, a cuál mas asombroso. El zoólogo suizo Thomas Bugnyar demostró que un cuervo hace creer que esconde trocitos de queso en ciertos recipientes vacíos, para engañar así a su rival dominante y poder ir luego a los que recipientes que están llenos. Incluso hay engaño en el mundo de las bacterias y los virus. El VIH modifica continuamente su cobertura de proteinas, a fin de despistar el sistema inmunitario del huésped.

Pero, aceptémoslo, nada supera la creatividad y diversidad del engaño y autoengaño del ser humano, y, sobre todo, su vinculación con el poder y la agresividad. En este punto solo se nos aproximan, mira por dónde, los chimpancés. La forma en la que los machos de estos primates organizan sutiles emboscadas para masacrar a los rivales, solo puede ser equiparada a nuestras habilidades para hacer lo mismo con nuestros semejantes. Esto sugiere una especie de continuum en la Naturaleza que va desde los elementales engaños de las bacterias hasta el sofisticado arte de embaucar de los humanos (arte, sí; recordemos que los anglosajones llaman a los grandes estafadores “con artists”, usando un término relacionado con la “confidence” , es decir, de la confianza de la que abusa el tramposo profesional).

Conciencia y engaño. Nuestro cerebro ha ido evolucionando para hacer que podamos pensarnos a nosotros mismos y para conseguir engañar con eficacia a los otros (es decir, en cierto modo, pensar en los otros). Y ambas cosas, voluntad de poder respecto al yo propio y capacidad engaño de cara a los demás (o autoengaño) explican lo mucho que el hombre, ay, tiene de dominante, falsario y, sobre todo, agresivo. Somos, tristemente, artistas del poder, del engaño y de la violencia.

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