Caen misiles rusos sobre Odessa, la ciudad cosmopolita creada ex nihilo por el aventurero español José de Ribas, a quien Catalina II entregó 26.000 rublos para fundar una ciudad al estilo europeo, a imagen y semejanza de Nápoles o Milán. 

Caen ingenios destructores enviados desde Moscú sobre la ciudad que inquietaba a los zares por ser “demasiado europea”, y en la que por todas partes uno “respira Europa”, según dejó dicho Pushkin, que al parecer pasó allí algunos de los momentos más dichosos de su vida.

Caen los misiles rusos sobre la ciudad que vio nacer a la nueva Rusia; la ciudad en la que prendió la primera chispa del incendio bolchevique. Y son misiles lanzados por quienes alegan ser los herederos de aquellos rebeldes contra la servidumbre y la opresión.

Este bucle siniestro de la Historia hace pensar en la idea de justicia poética, si no fuese porque en esta tragedia no puede hablarse de justicia ni mucho menos de poesía. 

La llamada “justicia poética”, esa tonta noción que acuñó Rymer, el crítico literario británico que menospreciaba a Shakespeare por no cerrar sus obras con finales felices, exigiría algo muy distinto a esta brutal destrucción de la Perla del Mar Negro.

No. No hay ninguna “justicia poética” en la Historia, que viene a ser la consabida narración de ruido y furia contada por un idiota. 

No hay nada de justicia poética en el acontecer del homo sapiens. El mal y el bien se entrecruzan en la vida humana sin orden ni concierto, y todo, tanto lo bueno como lo malo, parece fatalmente determinado por ese imparable impulso hacia la autoafirmación y enaltecimiento del yo que caracteriza a la extraña “criatura pensante”. Es el impulso que acaso mueve tanto al héroe o al santo como al peor tirano o asesino depravado. El impulso que identifica al prímate que un día bajó de los árboles y comenzó a caminar por la sabana llevando en su interior una obsesión por el dominio y el poder que se diría no es sino un efecto secundario indeseable de la emergencia de la reflexión y la conciencia individual.

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