Escribí el otro día que las palabras pueden ser tan peligrosas como los misiles.

Marta me dice que eso es una de mis habituales exageraciones. No está de acuerdo.

Me limito a comentarle un notable experimento científico, dirigido por Elizabeth Loftus, que es una de las máximas autoridades mundiales en el campo de la psicología de la testificación y la memoria.

En ese experimento, se mostró a los voluntarios el vídeo de un accidente automovilístico. Seguidamente, se dividió a los asistentes en dos grupos. 

Más adelante, se preguntó al primer grupo que estimase la velocidad de aquellos automóviles cuando se encontraron. 

Al segundo grupo se le preguntó que estimase la velocidad de los automóviles cuando chocaron.

Una semana después, se preguntó a los voluntarios si habían visto cristales rotos en la escena del accidente. 

En realidad, el vídeo no mostraba ningún cristal roto, pero los voluntarios del segundo grupo afirmaron haber visto (inexistentes) cristales, en una proporción de 2 a 1 con respecto al primer grupo.

Las palabras no son jamás inocentes. Las palabras dan forma a lo que experimentamos y creemos. Y a menudo nos manipulan.

El totalitarismo de las palabras, cuando lo ejercen esos miedos de comunicación, articulados en mayor o menor medida con el sistema económico y político, es insidioso. Y es insidioso porque es un totalitarismo que nos deja particularmente indefensos. 

Es difícil rebelarse frente a los autócratas y los dictadores. Pero no es más fácil rebelarse contra las palabras que nos manipulan.

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