Desde Génova, me manda un mensaje una querida amiga para decirme que me traerá de allí una buena botella de bonarda, el refinado caldo de uvas negras y dulces plantadas hace tres mil años por los etruscos en el Piamonte, junto con un paquete de esos corzetti redondos y estampados como monedas y, sobre todo, un frasco de genuino pesto alla genovese con el inconfundible ajo de Vessalico, mucho más dulce, suave y perfumado que ningún otro. Me envía foto.

Le prometo a mi amiga que, a su vuelta, daremos buena cuenta de su sabia compra en una cena en la que estará prohibido hablar de guerra, de inflación, de corrupción o de cualquier otra de las miserias que afligen a la especie humana.

Podremos hablar en cambio de la maravillosa albahaca, con la que se prepara el más popular de los pestos italianos (pesto es realmente un genérico y  solo significa machacado, majado, con la misma raíz que nuestro pisto, ambos emparentados con el sánscrito pestar, aplastar).

La maravilla de la albahaca comienza por su propio nombre, que se deriva del árabe habaqah. Tradicionalmente,  (al menos desde Diego de Urrea, profesor de gramática en Alcalá, en el siglo XVI), se ha pensado que ese habaqah derivaba a su vez de veheqa, con el significado en árabe de “algo que se apodera del cerebro mediante un suave olor”. Esta etimología es inexacta, pero nos ayuda intuir el efecto afrodisíaco de una planta a la que los antiguos romanos ya vinculaban al despertar de pasiones más o menos inconfesables.

En realidad, el atributo de penetrar hasta lo profundo, de subir con sus efectos hasta la cabeza, puede derivarse, en la mentalidad popular, de la gran capacidad de esta planta para crecer y elevarse. Viene entonces al caso el bellísimo cuentecito italiano de Lisabetta, que nos habla de una joven que entierra el cráneo de su amante muerto en una maceta de albahaca, para regarlo a diario con sus lágrimas, quizá a la espera de verlo crecer como la albahaca y volver a sentir sus abrazos.

A propósito de abrazos, he ahí la verdadera clave de la palabra albahaca, que en realidad nos lleva al mismo ámbito que la etimología popular, como suele ocurrir.

Porque el habaqah árabe nos remite al acadio habacuc, que significa hiedra, es decir, la planta que abraza, la planta que crece y apresa, la planta que se enreda.

Y, ciertamente, el amor abraza, crece, apresa y se enreda como esa hiedra llamada albahaca. Si el lector no me cree, bastara que eche un vistazo a las antologías poéticas y que observe la legión de vates que han usado la metáfora de la hiedra en sus poemas para referirse al efecto del amor: Catulo, Ovidio, Lope, Calderón, Quevedo, García Lorca…

Mira estas hiedras que con tiernos lazos / dan a estos verdes álamos abrazos”, nos dice Lope, uniéndose a tantos poetas que han visto en la hiedra el emblema de la pasión que anuda a dos amantes entre sí.

Así que cuando a la vuelta del itálico periplo de mi amiga, disfrutemos los corzetti al pesto genovés regados con vino negro, podremos hablar de aromas, hiedras y abrazos. 

Pero acaso yo, que soy un bocazas, sienta la tentación de comentar que el pesto que estaremos saboreando nació en Genova por una necesidad histórica, puesto que Genova rivalizó siempre con Venecia, que a su vez controlaba el comercio de las especias orientales. Por ello, era preciso, para los genoveses, encontrar la forma de utilizar las hierbas de Liguria como sustituto de las especias. Y eso es lo que condujo al genial majado de quesos, piñones, aceite, ajo dulce y hojas tiernas de albahaca al que llamamos pesto. De la necesidad, virtud.

Pero, dando ese innecesario dato que vincula geopolítica y gastronomía, me malicio que acabaremos hablando de guerras, de bloques, de corrupción, de ansias de poder…Y nos sumergiremos quizá en tristes disquisiciones sobre la capacidad del ser humano de enredarse como la hiedra, en el amor sí, pero también en el odio, en el nacionalismo pueril, en la avaricia y en el afán de dominio. Necesitaremos la botella entera de bonarda y el sabor lírico de la albahaca ligur, empapando los corzetti, a fin de lograr algún consuelo para la melancolía que produce todo lo que está pasando a nuestro alrededor.

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